PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

Autores

josé alcántara almánzar

la muchacha que conocí en guadeloupe

No puede ser. Creo que nadie puede pasar por una experiencia como la que yo he vivido y luego sucederle lo que a mí. Siempre hubo un halo nebuloso en nuestras relaciones, mas esa no es una razón suficiente para suponer que las horas que pasamos juntos fueron menos reales que los días sufridos en las clases de traducción o en el comedor. Llegamos a la isla en la tarde y ninguna autoridad universitaria había ido a recibirnos al aeropuerto. Por eso tuvimos que llegar al Lycée como mejor pudimos. Allí nos recibió un guadalupeño con cara de conserje (en verdad lo era), que después resultó ser también jefe de cocina. Fue parco en sus explicaciones y se limitó a mostramos las habitaciones que podíamos ocupar y señalarnos el horario de comidas que había que cumplir lo más estrictamente posible o de lo contrario correríamos el riesgo de. Nuestro grupo estaba hambriento. Habíamos viajado toda la mañana sin tomar ni un vaso de agua en el trayecto (hicimos el viaje en un horroroso avión militar francés donde no nos ofrecieron nada) y ya eran las cuatro de la tarde y no habíamos ingerido ningún alimento. Dejé mis maletas en el cuarto, sin fijarme en los muchachos que iban a ser mis compañeros de habitación y salí del liceo en busca de algún lugar donde comer. Sin mucha suerte (digo sin suerte porque antes estuve trastabillando por el pueblo durante media hora) llegué al bar Abymts, que luego se convirtió en mi favorito. Allí, después de esperar otra media hora en la que me vi envuelto en la insulsa conversación de unos franceses ebrios, me atendió Paulina, una haitiana de quien guardo buenos recuerdos por su amabilidad y mesura. Comí el sandwich de jamón y cammembert que me preparó la muchacha, atragantándome a cada paso y apurando entre bocado y bocado un trago de cerveza. Así era distinto, me sentía nuevo, podría volver al Lycée y reunirme con los demás. Yo estaba desarraigado, no conocía a nadie ni entre mis propios compañeros, durante el viaje no había podido trabar ni la más breve conversación (¡tal era el ruido que hacían los motores de aquel odioso aparato!). Me di un baño en cuanto llegué al liceo y después de vestirme estuve mirando hacia el patio desde el balcón, tratando de reconocer a alguien entre los bañistas de la piscina, hasta que nos avisaron que podíamos ir al comedor. La primera noche quedaron reunidas en el comedor las tres cuartas partes del total de estudiantes que se esperaba para dar inicio al curso. El director abrió la sesión alimentaria con unas palabras, dio la bienvenida a los estudiantes visitantes, explicó el reglamento del liceo en cuatro frases que prometió ampliar poco a poco en sucesivos almuerzos y cenas, y ofreció informaciones y respuestas a los que preguntaron. La cena fue animada y novedosa. Ochenta o noventa mandíbulas masticando al unisono, extraños comiendo con extraños al son del interminable y extraño parloteo de la mayoría y el chirrido de cuchillos y tenedores. Yo, para variar, preferí sentarme entre desconocidos; dos muchachos de Guayana Inglesa a mi lado, una profesora francesa cuyo nombre he olvidado a mi izquierda, frente a nosotros un jamaiquino que chapurreaba el francés, a su lado una simpática señora que hacía el curso por segunda vez, y por último una monja norteamericana que hablaba un francés decididamente macarrónico. La simpática señora, de nacionalidad haitiana, no dejaba de esbozar una aviesa sonrisa cada vez que la monjita, ya entrada en años, abría la boca para hablar.
Salí al patio después de la cena. Las venezolanas comenzaron a estrenar las canciones populares de su país, que luego todos nos aprendimos de memoria a fuerza de los repetidos conciertos a que nos obligaron desde entonces. La dulce voz de la niña más joven del grupo me forzó a quedarme un rato en el zaguán. Quise conocer el resto de las instalaciones del liceo y fui a dar un paseo solo por el campus. Era una típica noche de julio: calor intenso, humedad pegajosa, dos o tres nubes en el cielo, ya se formaban, ya se desplazaban, ya se desvanecían, sudor copioso, y un olor peculiar que se nos pegó al cuerpo en cuanto llegamos. No disfruté el paseo. Cuando menos lo esperaba tropezaba con otros estudiantes a los que saludaba sin conocer, alguien me preguntaba si yo había visto al director. El cansancio me aflojaba las piernas y me hacía sentar de rato en rato en los bancos del patio. Me paraba, caminaba unos minutos y volvía a sentarme. Empezaba a cabecear no bien me acurrucaba (me había levantado muy temprano) y hasta escuché la risita burlona de dos muchachas que pasaron junto a mí como a las diez. Hice un esfuerzo, bostecé a todo pulmón hasta lagrimear y me fui a mi habitación y me dormí en seguida.
Así pasaron varios días: clases toda la mañana, prácticas en la tarde y tediosos almuerzos que se repetían indefectiblemente cada semana. Se podía incluso hacer apuestas sobre el menú de cada semana. Ricardo, el único muchacho con quien logré hacer amistad en todo el tiempo que duró el curso, solía decir: “Hoy tendremos torta de bacalao, frijoles, ensalada de tomates, sopa, pan y de postre helado”. A mí me daban ganas de rabiar hasta la desesperación porque detesto el bacalao y a Ricardo, en cambio, le encanta. Hacíamos entonces un trato: él me dejaba comer su ración de helado y yo le cedía mi ración de torta. Los martes y jueves estábamos más contentos que de costumbre porque nos servían un vino seco que costaba sólo un franco la botella, pero que al segundo vaso nos producía una tontera deliciosa. Los domingos muchos salían del liceo aun cuando no había excursión oficial. Pero los domingos nos servían un vino rosado, superior al Cœur Volant de los martes y jueves, y con frecuencia pollo, papas fritas, y de postre una manzana. Ése no era el único punto de contacto que Ricardo y yo teníamos. Estábamos en la misma clase, estudiábamos juntos y a veces nos íbamos al Abymts a beber las tibias cervezas que Paulina nos servía en silencio. Para paseos, en cambio, a mí me gustaba gozar de independencia y nunca invitaba a Ricardo.
La vi en uno de mis solitarios paseos por el campus. Estaba sentada en un banco del patio al que yo, fatigado de aquella caminata crepuscular (mis recorridos de varios kilómetros tenían siempre una trayectoria distinta) fui a parar. Ella no dijo nada cuando susurré perdón y me senté. Pensé que se trataba de una estudiante y por eso traté de conversar poco, haciendo la estúpida pregunta de rigor en estos casos: “Vous étudiez ici, mademoiselle, n’estce pas?”. Me respondió que no, pero confesó que le gustaba venir a pasear por los jardines. Entonces supe que era francesa. Extrañamente, hablaba el español con una fluidez increíble y no arrastraba tan guturalmente la ere, como la mayoría de los franceses que aprenden nuestro idioma. La presencia de Claudette en el liceo me sorprendió doblemente. Lo usual cada verano es que hombres y muchachos de Pointe-á-Pitre vayan allí en busca de muchachas para llevadas a bailar a las boîte, a nadar a la playa, o a cualquier motel para acostarse con ellas, y en un mínimo de casos, para hablar de la isla. Siendo francesa no me extrañé demasiado de la actitud libre y desenvuelta de sus gestos, de la indocilidad de su sonrisa, del atrevimiento de sus vestidos que dejaban más a la vista que a la imaginación. Nunca le pregunté qué hacia allí aquella noche. Claudette me atrajo, quizás sin proponérselo, en ese primer encuentro. Ella no me dio demasiadas explicaciones y yo, tontamente, no me atrevía. Había estudiado historia en Francia, estaba terminando la agregación, y quería presentar como tesis un trabajo sobre la esclavitud en Guadeloupe; por eso venía cada verano a recoger datos sobre la isla. Vivía sola en un apartamento de la ciudad, tenía una Renault en la que muchas veces recorrimos la Guadeloupe, la isla mariposa. No dejé que se marchara sin antes externarle mis deseos de volverla a ver, en un francés de novelas decimonónicas, y ella me aseguró que le gustaban los jardines del Lycée y no dudaba que volviéramos a encontramos.
El resto fue un torbellino. Varias veces volvimos a vemos en el mismo lugar, bajo una cornisa poblada de acacias, y no recuerdo bien pero creo que siempre las conversaciones eran de historia de Francia, Guadeloupe y Santo Domingo.
—Todo está ligado —decía Claudette—, Francia ha tenido mucho que ver con la historia de todas estas islas y es allá donde hay que buscar el origen de los fenómenos, pero es en las islas donde hay que desentrañar la realidad de los hechos, la esencia de esos fenómenos. —Y se quedaba mirándome, con su mirada gélida e impenetrable, sin agregar nada más—.
Una noche yo la besé y ella me dejó hacerlo sin inmutarse. Estrujé sus labios contra los míos, metí mi lengua en su boca y empecé a deslizar mis manos por sus carnes pálidas, por sus muslos redondos, bajo la falda cortísima hasta tocar el sexo húmedo, reptando mis dedos bajo la blusa de seda hasta agarrar los pechos tumefactos y erguidos. Ella comenzaba a quejarse como si la oprimiera la fuerza que mis manos imprimían a todo su cuerpo. De ahí nos fuimos a su apartamento y al llegar nos desplomamos en la cama aún vestidos y allí pasamos horas, no sé cuántas, de caricias, gimoteos y orgasmos repetidos. En la madrugada, bajo el peso agobiante de la bruma que salía del puerto y alumbrados por la luz desnutrida de los faroles, Claudette me trajo al Centro, que así también llamábamos al liceo. No había dormido gran cosa ni preparado mi disertación sobre Camus para la clase de literatura, sentía flojos los músculos, no me había bañado, mis ropas estaban estrujadas. Crucé el patio cuando no pude percibir más la sombra mostaza de la Renault de Claudette que se alejó con un sonido ronco, suave, dejando tras de sí un hilillo de humo azul. Casi no tuve tiempo para descansar. Como Ricardo y los otros dormían afín, me quité los zapatos para no hacer ruido. Fui al baño, me afeité y tomé una ducha de agua caliente. Durante el desayuno, Laura, compañera de curso y novia de Ricardo, me preguntó si había tenido pesadilla porque lucía cansado, y Ricardo me aleteó con el rabillo del ojo de una forma tan pérfida en el mismo momento de la pregunta, que hizo que Laura se sintiera una imprudente. Yo contesté con un monosílabo, terminé mi taza de café con leche y pedí excusas para abandonar la mesa. Me sentía mareado, tenía la cabeza hueca y no dejaba de pensar en Claudette.
No debí asistir a la clase de literatura. El profesor hizo ostentación de su galo cinismo cuando me pidió que le explicara la teoría del absurdo en la obra de Camus, basándome en Meursault. Yo me había puesto unos lentes oscuros para ocultar las ojeras y el sueño incontenible, y Ricardo no dejó de ponerme la mano en el hombro, en señal de derrota, cuando el profesor, con una sutil sonrisa de disgusto en los labios, esperó mi respuesta durante dos minutos en los que se oyó un silencio sordo. Tuve que disculparme. No había leído más de cincuenta páginas del libro, desconocía el final de la novela, ni siquiera había hojeado los textos críticos que usábamos para los seminarios. Entonces el profesor recurrió a Laura, que mostró profundidad sicológica en su análisis del personaje de L’Étranger. El profesor asentía con la cabeza durante la explicación de Laura, y al final la felicitó con una prolongada sonrisa por su brillante exposición. Aunque no era propiamente su triunfo, Ricardo se sentía muy orgulloso. Se le notaba en la comba del tórax, en la forma de poner las manos sobre la mesa y en la mirada que hacía que un casi refulgente carmín ascendiera a las mejillas de la muchacha. La clase terminó con la asignación de un trabajo. Los que no habían leído el libro de Camus —entre los cuales me hallaba yo— debían hacerlo antes del examen general, ahora nos tocaba leer Les Conquérants, de Malraux, para una disertación oral. El profesor me invitó cordialmente a ser el expositor del primer análisis en la clase del lunes próximo y le dije que sí, para no tolerarle un instante más el matiz recriminatorio de su mirada. Luego vino la aburrida clase de traducción, de la que me retiré sin completar el trozo del ensayo de Unamuno asignado para ese día, y me fui a acostar inmediatamente.
Esa tarde fingí sentirme indispuesto y envié una disculpa al profesor de fonética, que esperaba a mi grupo en el laboratorio. Ésa fue la primera vez, aunque no sería la última. Con frecuencia falté a clases y prácticas, a tantas que el director me llamó un día y me instó a exponer mis quejas si algún disgusto tenía contra el liceo o los catedráticos; mi asistencia, dijo, era muy pobre y los profesores estaban preocupados, ellos veían en mí una rara dicotomía: capacidad de análisis y poca constancia en los estudios. Prometí no faltar a clases y realizar mis deberes, al fin y al cabo yo disfrutaba de una beca de la universidad y no debía perder el curso. Sin embargo, esa misma tarde violé el pacto. Claudette vino a buscarme y nos fuimos al Abynus, donde bebimos algunas cervezas tibias que nos sirvió Jean-Louis, el dueño del barcito, después de decirnos que Pauline estaba enferma y no podía trabajar. El francés se sentó a la mesa con nosotros, pretendidamente interesado en la historia de Santo Domingo, y Claudette consintió con una sonrisa en que se quedara y habláramos de historia si no tenía que servir a nadie más. Y en efecto, se quedó porque nadie más había en el bar. Sentí rota nuestra intimidad, pero no podía exigirle a Claudette exclusividad ni podía arrogarme derechos que no tenía. Jean-Louis era un tipo interesante, tenía un velero que él llamaba yate, en el cual nos prometió llevarnos a conocer la costa al tiempo que nos mostraba fotos del mismo. Constructor por oficio, ese pequeño bar era el único medio de no aburrirse después del trabajo en una isla que no tenía, según expresaba abriendo los ojos desmesuradamente, la fabulosa e intensa vida nocturna de París, su ciudad natal. Entraron unos clientes y el dueño tuvo que atenderles. Yo le pedi a Claudette que nos fuéramos a su apartamento y ella, pasándome la mano delgada por los cabellos, dijo que sí. Pagamos a Jean-Louis cuando se disponía a sentarse de nuevo con nosotros, y no dejó de lamentar que nos marcháramos así, tan de repente, hasta que desaparecimos del local.
Ya en el apartamento, Claudette comenzó a preparar unos tragos mientras yo trataba de conseguir algún disco de Moustaki entre el montón desordenado de elepés que aparecía en una mesilla junto al tocadiscos. Bebimos y estuvimos no sé cuánto tiempo escuchando canciones tristes. Claudette se sentó en mis piernas y comenzó a acariciarme la frente y las sienes y a besar mis párpados suavemente, acción que yo interrumpía de vez en cuando para sorber un trago de Ricard. Nos fuimos confundiendo. Yo traté de desnudarla pero no pude porque mi torpeza me impedia ejecutar la acción sin que la cremallera se trabaja. Entonces ella, con una ligera mueca de esfuerzo, se bajó el largo cierre metálico. Me quité la camisa para sentir más de cerca sus pechos, desnudos como las paredes de las habitaciones del apartamento, extrañamente peladas. El contacto de su cuerpo me producía una sensación de frío que luego iba alegremente extinguiéndose. Claudette no era mujer apasionada para el amor. Se encendía fugazmente, como una cerilla, y volvía a apagarse en seguida. No hablaba de su familia ni de sus amigos ni me hada preguntas sobre mi vida, lo cual obligaba a callarme mis interrogantes. Nuestras relaciones se reducían a un ir y venir de cuerpos sudorosos de verano en una cama estrecha, a besos prolongados, a escuchar canciones francesas pasadas de moda, a hablar de historia de Guadeloupe —de la cual me daba lecciones magistrales— y a quedarnos mudos mirando los muros claros, iluminados por el sol que atravesaba los cristales de la ventana y se estrellaba contra ellos, difuminando por toda la habitación un aura macilenta que hacía más pálidos aún nuestros cuerpos. Yo encendía un cigarrillo en silendo, sin mirarla, y Claudette otro, sin mirarme. Fumábamos uno, dos, tres, innumerables cigarrillos en silendo, con los ojos atrapados en el techo; luego yo me cansaba de estar así, en el vacío, y tomaba el libro de Malraux. Y entonces Claudette miraba con sus ojos ausentes de esa hora y sonreía diciendo: “La acción da sentido a la vida, ¿verdad?”, haciendo una alusión directa a la filosofía de Garine. Llegaba la noche y el aura macilenta se iba transformando en naranja, lila, azul casi negro, de no ser por las luces que se encendían en la calle y daban un tono rojizo a la habitadón. Claudette iba al baño y comenzaba a ducharse y yo corría hasta allá y me metia intempestivamente, con gran alboroto, y comenzaba a estregarle enérgicamente la espalda. Después salíamos del baño, secándonos mutuamente y nos poníamos la ropa para correr al liceo. Muchas veces llegué tarde a las conferencias que se daban en el salón, pero el profesor que las organizaba nunca me llamó la atención. En la noche me iba a la biblioteca tratando de recoger información para mis seminarios. Allí me encontraba con Ricardo y Laura, que habían estrechado inefablemente (esta palabra es de Laura) su amor. La mirada de Laura era muy distinta a la de Claudette; en Laura, una pequeña luz delataba una chispa interior, un gozo de vivir y amar, una eterna satisfacción de querer a Ricardo y la confianza en sí misma, en su capacidad.
Claudette era fría, de mirada pastosa y casi inexpresiva, de piel pálida, mujer delgada que llevaba el pelo cortísimo y vestía de blanco porque decía que los colores oscuros no son para el trópico. Nunca dijo quererme, y a pesar de todo, algo en esa mujer me atraía poderosamente, algo que no podía explicarme entonces y ni aun hoy podría explicármelo. Sí sé que no pude desprenderme de ella en esos meses, hasta que sucedió lo inesperado.
Su autosuficiencia me pasmaba, su desafecto por algunas cosas me enloquecía, únicamente le interesaba la historia: el pasado, los hechos fríos vueltos a vivir. Claudette era, en cierto modo, una mujer del pasado. Laura era una mujer del presente, de sentimientos simples y de inteligencia despierta.
Ese domingo fuimos a una plaza de Basse-Terre. Claudette rechazó mi propuesta de llevar a Laura y Ricardo diciendo que prefería estar conmigo a solas. Me molestaba tener que desairar a mis amigos o rechazarlos de plano. Pero estaba loco por Claudette aunque eso no impidió que el incidente me agriara por completo el paseo. Me pasé todo el tiempo enfurruñado, casi sin hablar, mirando las olas, cómo iban y venían, movidas por una mano invisible, hacían rizos sobre la arena, los rizos blancos se deshacían y volvían a hacerse al instante; la luz solar parecía descompuesta por un prisma y el calor nos obligaba a refugiarnos bajo un almendro. Corría un aire descarado y tibio, que resecaba la piel de Claudette. Su piel parecía ahora menos pálida; después de exponerla prolongadamente a los rayos, empezaba a tostarse el cuerpo de la mujer que todas las noches se acostaba conmigo en su apartamento de Pointe-á-Pítre. Claudette tenía unos lentes ahumados y llevaba bikini, inmóvil sobre la toalla de minúsculos girasoles que atenuaba el castigo del calor en la arena. Allí tendida, la vi unos minutos respirar sin sobresalto, sin prisa, y recomencé la lectura de Malraux. No sé cómo me quedé dormido. Cuando abrí los ojos, las primeras gotas de lluvia me aporreaban el cuerpo mojando el libro que había quedado abierto sobre mi pecho. No había nadie en la playa. Claudette y yo nos refugiamos bajo el almendro; ella me echó el brazo por la espalda y me contempló con aire mohíno y destemplado. Me sentí de repente imantado y mis deseos se avivaron de golpe. Hicimos el amor en la arena, dando vueltas sobre la superficie punteada de hojas muertas mientras la lluvia seguía cayendo con furia sobre nuestros cuerpos. Poco a poco calmamos nuestros deseos y nos fuimos quedando quietos, como hacíamos en la habitación en que encendíamos un cigarrillo, nos poníamos a mirar el techo sin decir nada, y luego otro y otro cigarrillo hasta que se agotaban y nos quedábamos dormidos y corríamos al liceo porque yo tenía que preparar un seminario. Esta vez nos embebimos viendo la maraña que formaban las ramas del árbol, cruzadas con anarquía como dedos salpicados por abundante y copioso vello, y Claudette rompió inesperadamente su silencio de siglos.
—¿Qué piensas de la muerte? —dijo, incorporándose y cruzando las piernas al estilo oriental.
—¿En qué sentido? —yo comencé a frotar su espalda con la toalla de girasoles minúsculos.
—Quiero decir, qué actitud tienes frente a la muerte, cómo la ves, cómo la sientes.
—Raras veces pienso en ella y sólo la siento cerca cuando voy a un funeral. Entonces tengo toda clase de sentimientos desagradables: me veo cayendo al fondo de un precipicio donde terminarán mis dias, ahogado en el mar después de luchar inútilmente con las aguas, o carbonizado en el incendio de un edificio del que no he podido escapar, y...
—Y...
—Y entonces siento unos escalofríos terribles que se me incrustan en el cuerpo hasta producirme dolor de cabeza. Pero todo pasa pronto. Me encuentro con un amigo, lo invito a un café, hablamos de otras cosas y el miedo momentáneo y los pensamientos desgraciados se esfuman casi de inmediato.
—Qué curioso. Yo no pienso nunca en ella. Te pregunté sólo para ver qué decías.
—Pues siempre pareces triste, como si meditaras sobre el futuro, o algo así.
—Yo no tengo futuro. Sólo pasado y presente, la vida se nos está acabando a todos en cada instante, ahora aquí en esta playa o en la ciudad, en edificios nuevos o en casas viejas.
No habló más; tampoco yo. “Yo no tengo futuro”. Esa frase me sonó desconocida sin llegar a azorarme. Una mujer acostumbrada a los textos históricos no podía ver más allá de dos metros de su vida peni era raro que no ligase el pasado con el porvenir, cuando existe una concatenación inexorable entre ambos. “Yo no tengo futuro”. Ahora comprendo la frase. Claudette era el futuro mismo. Mi futuro, el futuro de todos los hombres de la tierra, de los hombres de América, Europa, África y Asia. Todos los hombres van a la cama con Claudettes, sin saber lo que hacen, a tientas, guiados por una mano extraña que les induce el placer, que los mueve al deseo. Y todo acaba en el lecho, en una cama húmeda de sudor y semen, entre almohadas impregnadas de olor a cigarrillos fumados, entre mesitas de noche sobre las que hay lamparitas que no alumbran nada y ceniceros llenos de colillas y fósforos apagados, en cuartos con paredes en cueros, alfombras roídas y vasos malolientes. Y un día se dan cuenta de que han estado tan cerca del final, tan cerca. La lluvia cesó y sentí frío. Claudette dijo que le agradaba esa temperatura porque le recordaba las primaveras y otoños de París y sus calles desiertas en las tardes, por donde sólo se ve cruzar uno que otro transeúnte emboscado en su gabán, con el sombrero metido hasta las orejas, sin fijarse en nadie. Y se quedó mirando a ninguna parte, con los ojos perdidos en la oquedad de un azul indefinible que caía sobre las aguas tranquilas de la playa.
El foyer del liceo estaba muy animado. Claudette y yo habíamos convenido en no vernos esa noche pues yo tenía que preparar la disertación sobre Les Conquérants para el día siguiente y aún no había trazado las líneas generales del plan a seguir. Si al llegar a la isla me había sentido extraño, cada almuerzo o cena en el comedor, con más de cien comensales extranjeros distribuidos en mesas de seis personas cada una, me hacían sentir peor aún, con la diferencia de que eran viejos desconocidos los que ahora se sentaban a la mesa conmigo, sin hacerme preguntas sobre mi vida fuera del liceo. De vez en cuando conversaba con Ricardo y le consultaba sobre una clase a la que yo no había podido asistir o acerca de la bibliografía para algún trabajo; pero eso era todo. Él, lo bastante discreto como para no asediarme con preguntas, andaba también ocupado con Laura y apenas le alcanzaba el tiempo para estudiar. En el foyer me saludaron algunas muchachas de otros cursos y una me sacó a bailar, yo me dejé conducir como un autómata sin disfrutar realmente el baile. Ricardo me había dicho que la muchachita estaba interesada en conocerme pero yo nunca le presté mucha atendón. Había una luz intensa que nos negaba intimidad. Cuando nos acercamos a la puerta, la chica deslizó su mano sobre el interruptor y apagó la luz. Todo quedó en una peligrosa penumbra, rayada por trazos rectilíneos que agonizaban a nuestros pies, en nuestros cuerpos, deformándose, convirtiéndose en doblados metales al chocar. La muchacha me hablaba de sus estudios y planes y no dejaba de decir lo lindo que sería estudiar en mi curso, el último de la serie, y donde se podían tener clases de literatura francesa moderna. Se lamentaba del fastidio de sus clases, cuatro horas de gramática, reglas estáticas y ejercicios y composiciones poco gratificadores. Yo asentía con la cabeza cuando lo requería el momento y negaba cuando me parecía que así debía hacerlo. Las venezolanas, que no soportaban dejar de ser la máxima atracción estudiantil, pulsaron sus cuatros y empezaron a cantar sus consabidas canciones populares en el patio, sin importarles que en el foyer tuviéramos música grabada para bailar y nos molestara su vernaculismo musical. El foyer poco a poco se fue quedando vacío. Las primeras en salir fueron las brasileñas, en su afán de no perder el inmerecido segundo lugar en la competencia de canciones y cancioneras latinoamericanas. Prometieron, sin que nadie se lo pidiera, cantar algunas sambas después que las venezolanas terminaran. Nos quedamos la muchachita y yo, otra pareja y Elio, un muchacho que también compartía cuarto conmigo y que ahora ponía los discos en la consola. Apreté a la muchacha contra mi pensando que tenía el cuerpo de Claudette en mis brazos. La chica trató de zafarse con un empujón gentil, pero mis manos la asieron con más fuerza y ella no opuso resistencia, sintiéndose protegida por la oscuridad de la sala. Del otro lado del foyer creí ver que Claudette nos miraba fijamente. Pensé que andaba buscándome porque quería acostarse conmigo otra vez. Casi sin dar explicaciones dejé que Elio se encargara de la chica y salí.
Para asombro mío, no hallé a Claudette en el patio. Pregunté a unos muchachos que se besaban en un banco si habían visto a una muchacha vestida de blanco y me contestaron que nadie pasaba por allí desde hacía media hora. Recorrí el patio y tampoco vi la Renault, pero eso no probaba que yo había tenido una falsa impresión, yo estaba seguro de haberla visto frente a la ventana, con el vestido blanco que había usado el domingo en la playa y sus ojos tenían la misma expresión congelada de otros días, cómo podía entonces equivocarme tan estúpidamente. No conseguí taxi para llegar a Pointe-à-Pitre y tuve que irme a pie. Me pareció que no llegaría a la ciudad, y no dejaba de imaginar las cosas más absurdas, las más descabelladas suposiciones sobre Claudette: que la hallaría muerta en su apartamento, estrangulada con una media de nylon, que había perecido, antes de llegar al hospital, en un accidente... Toqué el timbre sin resultado. No contestaba. Cuando agarré el picaporte la puerta se abrió sin dificultad. Entré. La busqué por todas partes: Claudette no estaba en el apartamento. Cuando salía, una mujer, balde en mano, me preguntó qué hacía yo allí y a esas horas. Sin contestarte la agarré por un brazo y le hablé de Claudette, me gritó que en ese apartamento no vivía nadie pero que lo estaba limpiando a esa hora de la noche porque en la mañana del día siguiente vendrían unos huéspedes. Desconcertado, bajé las escaleras y me detuve en la portería donde exigí al conserje noticias de la francesa. La respuesta del conserje me dejó estupefacto: el apartamento 4-B, vacío desde hacía un mes, estaba siendo limpiado para rentárselo a unos turistas. Sin salir de mi angustia, le dije que había ido allí muchas veces con Claudette, una francesa que se hallaba en Guadeloupe buscando datos para su tesis. El hombre pareció no comprender y se encogió de hombros. No sabía nada de ella, sólo recordaba a una francesita como la de mi descripción, pero de eso hacía un año.
—No me equivoco, monsieur, tengo buena memoria y más de cinco años trabajando en este edificio.
Yo salí mesándome los cabellos. ¿Cómo encontrar a Claudette si yo mismo había impedido que mis compañeros la conocieran, incluso Ricardo? Pensé en Jean-Louis y fui desesperado al bar. Jean-Louis no estaba. Pauline me dijo que había salido de la isla luego de inspeccionar una construcción en Base-Terre y comprobar que faltaban algunos materiales y accesorios importantes que él mismo quería comprar en Francia. Al verme el rostro demudado, la muchacha me pidió que tomara algo. Puso una cara de asombro cuando ordené un trago de ginebra, pero en esa condición el alcohol, aunque no podía serenarme me daba fuerzas. Pregunté a Pauline en qué dirección podría localizarse a Jean-Louis y me respondió que el francés nunca le daba su dirección de Francia. Si se le presentaba algún problema, ella debía resolverlo sola. No tenía nada que hacer allí. Pauline no sabía nada de Claudette porque nunca la había visto, y en un mes, para el regreso de Jean-Louis, yo no estaría ya en Guadeloupe. Vacilé un momento antes de ir al cuartel de la gendarmería porque todo esto podría traerme complicaciones enormes, tales como perder el curso, retrasar mi partida a Santo Domingo, fallar en los exámenes, en fin, mil cosas. Pero tenía que hacerlo. A Claudette podían haberla asesinado y yo sería el cómplice si no hablaba. Me dije que quizás el mismo Jean-Louis estuviese implicado en el asunto; todo era posible.
En la gendarmería tomaron los datos de la muchacha. El oficial que me atendió se quedó meditabundo un momento, con la cabeza gacha, como si tratara de escarbar en su memoria. Se paró de su asiento, fue al archivo y extrajo un cartapacio de donde sacó unos papeles. Entonces me miró como si yo estuviera loco. La noticia me enmudeció: “Claudette Oger, francesa, de veintiocho años, sin parientes conocidos en la isla, fue encontrada ahogada por unos pescadores en la playa de Anse-Bertrand en la mañana del 25 de julio de 1970” (un año antes de mi llegada a Guadeloupe). “Se desconocen las circunstancias en que murió la muchacha que aparentemente andaba sola en una guagüita Renault que había arrendado a su llegada a la isla, dos semanas antes. La señorita Oger vivía sola en el apartamento 4-B de la 17 rue Madame Curie, en Pointe-á-Pitre. No se le conocían amigos. La policía, después de realizar las investigaciones correspondientes y recibir el informe del médico forense, ha llegado a la conclusión de que se trata de un puro accidente, de un fatal accidente que le ha costado la vida a la joven parisiense”. Era un recorte de periódico. El oficial me pidió regresar al liceo y tomar algún calmante. Yo no podía haber conocido a Claudette porque ésta había muerto exactamente hacia un año.
—Quizás esté usted estudiando demasiado, monsieur, vaya con calma —me dijo el oficial al despedirme—, no se apresure demasiado, ya pasará el curso.
Yo seguía repitiéndome que no podía ser, masticando ese no puede ser que todavía me golpea el cerebro. Estuve dos días con fiebres altas. En el liceo, Ricardo tuvo que llamar al doctor aquella misma noche para que me atendiese. La fiebre subió bastante en pocas horas, pero un baño de agua helada y unos calmantes me mantuvieron en cama más tranquilo. Ricardo tuvo que hacer guardia frente a mi cama en las noches hasta las dos de la madrugada, hora en que Elio lo relevaba. Esas medidas las tomaban porque yo salía con frecuencia al pasillo, sin dar explicaciones, y casi me lanzaba del tercer piso: yo sabía que Claudette estaba allí y sin embargo no podía tocarla. Tal vez en mi delirio divagaba, aunque Ricardo y Elio no se percataron de ello nunca. Yo estaba seguro de que la veía, siempre con el vestido blanco de la playa, y no podía resistir las ganas de hablarle y tocarla. Ricardo y Elio no pudieron seguir haciendo guardia durante muchos días, los exámenes se acercaban y era un extremo sacrificio perder por completo las horas de descanso. Fui trasladado a una clínica por orden del médico. Allí estuve una semana. Recobré la serenidad rápidamente y la vigilancia de los enfermeros se hizo prescindible. El médico me dio de alta y me recomendó descansar lo más posible. No debía preocuparme por el curso, todo estaba irremediablemente perdido. Me pasaba las tardes esperando a que Claudette llegara de un momento a otro en su Renault, no creía lo de su muerte, yo no estaba loco. El olor de las acacias me adormecía y la brisa acababa cerrándome los párpados. Allí quedaba, en el banco donde por primera vez hablamos, hasta que Ricardo, a la salida del laboratorio de idiomas, iba a despertarme para subir al comedor. El director hubiera querido que yo partiese para Santo Domingo en un vuelo especial, pero le pedí que me dejara quedar hasta el fin de curso y así reponerme por completo porque no quería que mi familia me viera en esas fachas. Él accedió, convencido por mis argumentos. Yo no hablaba de Claudette, aunque su pensamiento seguía persiguiéndome. En horas de clase deambulaba por los predios del liceo, arrancándoles hojillas a las matas que hallaba a mi paso. El resol me empujaba a las sombras-refugio de las pilastras y allí me quedaba mirando la cornisa poblada de acacias blancas.
Llegó el día de la partida. Las muchachas, llorosas y con los ojos fritos por la vigilia, preparaban sus valijas. Yo no había vuelto a ver a Claudette. Comenzaba a pensar que todo había sido una ilusión mía, un producto de mi imaginación, que yo había estado enfermo, atacado por alguna fiebre tropical desconocida y que tal vez fui presa de un fenómeno parasicológico inexplicable. Había que resignarse si no quería pasar por loco. Ricardo y yo volvimos a estar más juntos. A veces lo acompañaba en sus paseos con Laura, y hasta me reía de sus chistes. Casi nadie probó bocado en el desayuno. El tiempo pasó en abrazos, besos y anotarse direcciones o hacerse efusivas recomendaciones de no-me-olvides y nodejes-de-escribirme. La noche anterior, agotadora por el escándalo y el trajín de las comparsas improvisadas para despedir el curso, extenuó a muchos. Poco más o menos una noche de aquelarre en que participé de los ritos siendo sólo un iniciado.
Me acomodé el último en la guagua que estaba a punto de partir. Fui recibido por los compañeros con silbidos y aplausos que se disiparon en risas y alboroto. Ricardo me había guardado un asiento junto a él y Laura. Desde la ventanilla miré por última vez el banco bajo la comisa poblada de acacias y entonces un repentino golpe al corazón que aceleró mi pulso, me hizo pegar los ojos al vidrio de la ventanilla, que hubiera querido traspasar. Ya el autobús estaba en marcha. Ricardo y Laura notaron mi alteración y me preguntaron si me sentía mal. Lancé un gemido que las voces de despedida del grupo se encargaron de apagar. No pude responder. Señalé con mis manos crispadas el banco bajo la comisa poblada de acacias, y Ricardo y Laura, sin comprenderme, sin atinar a entender mi actitud, extrañados, sin sonreír, confusos, con sus pañuelos en alto, dijeron adiós a la muchacha vestida de blanco que afanosamente agitaba el suyo, mientras dejaba escapar un “¡hasta pronto!”.