la mañana del viernes
El foetazo de luz le quema la cara al descorrer, tirando abúlicamente de la gangorra que llega a la cama, la oscura cortina malva de la persiana. Piensa Matilde la dejó abierta otra vez. Nada. Otro día más. Levantarse en seguida si quiere llegar a tiempo a la cátedra. El tictac del despertador se confunde con ruidos lejanos de la cocina, un aroma inconfundible se escurre por debajo de la puerta: el café de Matilde. Colándolo diligente allí estará ella, con el mandil limpio y el moño recogido a la altura de la nuca. Siente un vago deleite, hace un esfuerzo por pensar que es domingo y no hay clases en la universidad. Ya eso es un alivio. Cierra los ojos y se tapa los oídos para evitar el tac de las tazas y el tin de las cucharitas. El aroma continúa ahí, trabado a la punta de la nariz, un torniquete que aprieta y aprieta. Se da vuelta a la izquierda, a la derecha, se cubre la cabeza con la sábana dejando los pies desarropados tac. El sol calienta, deja una mancha cárdena en los párpados cerrados. Levantarse en seguida tin, esperando la mesa con el mantel blanco de hilo, tentando el pan tostado en la servilleta fina sobre la canastita de mimbre, el jugo de naranja en el vaso de cristal impecable, el café con leche, la margarina, el Velveeta, jugueteando entre los platos el agua caliente del grifo tac, lavando la loza Matilde. Inmediatamente, tactac de tazas, se sienta en la cama, la cabeza oscila, tiene que recobrar el sentido de lo vertical, estrellitas, demasiada luz, los objetos vuelven a su lugar, se restriega los ojos, bosteza, tintín de cucharitas, se rasca la cabeza, se huele la punta de los dedos, se aprieta la barriga, suelta un pedo, abandona el proyecto de levantarse y se lanza de nuevo sobre la almohada. Matilde toca a la puerta, el aroma del café devorándole la nariz, mira el despertador, aún puede ganar algunos minutos.
Sentado otra vez para ponerse en pie sin más demora. La sábana, tendida que tienta. Cierra la cortina malva y el cuarto queda a oscuras. Bostezo. Los ojos parpadean levemente y se van quedando cerrados en la placidez del cuarto. La clase abarrotada de alumnos, como siempre: unos leyendo el periódico, otros comiendo pastelitos y bebiendo frío-frío, los más tranquilos haciendo chistes. ¡Pero qué relajo es este! Otra vez tarde, veinte minutos después de la hora reglamentaria. Abre la maletita y saca las fichas garabateadas del primer aflo que entró de profesor y que aún usa. No encuentra las de la clase de hoy, se escuchan algunas risitas malvadas al fondo de la clase. ¡Silencio! Hubiera querido agregarle un coño al mandato y no se atrevió después de pensar en la nobleza de su profesión. Se aclara la garganta, toma la libretita de nombres y empieza a pasar lista mientras transcurren los minutos. Presente Presente Ausente. Un olor a café inexplicable Presente, la cafetería está demasiado lejos Ausente, aquí sólo llega la peste de los sanitarios Presente.
—El desayuno está listo! —canta en la cocina Matilde.
La cortina vuelve a abrirse dejando que el flash solar lo cubra todo. Insistente ha vuelto a llamar a la puerta Matilde. Ahora sí va de veras. Ya sentado mete los pies en las pantuflas tibias. Bostezo. Viajar al baño y ducharse, aguantar la satrapía de la afeitadora. Bostezo. Un sacudión y se Done de pie encaminándose al baño brrrrrrrrrr. Hay que usar agua caliente, la natural estará muy fría. No tiene que quitarse más que el saco de la piyama, pues se descubre desnudo de la cintura para abajo. Los pantalones se han quedado en la cama, entre los ardores de la noche pasada en que él y Matilde dieron rienda suelta al “piélago de ardoroso amor que aún mantiene en ascuas una unión de más de veinte años”. Como sacado de un poema romántico de los que ella lee. Se rasca los genitales complacido. El preservativo de la noche anterior, todavía gelatinoso, abandonado fuera del inodoro. Lo toma con dedos asqueados y lo tira en el centro del aparato donde la goma desaparece en el trueno del agua. El servicio no debe encontrarlo bajo ninguna circunstancia. Después de viejo tener que usar condones porque a la mujer le hacen daño las píldoras. ¡Qué vergüenza! A su edad algo inusitado. ¿No es realmente un chiste cruel? Si los colegas supieran. Uno nunca sabe qué hará en la vida hasta que se ve obligado por la necesidad. Matilde es joven aún y no se pueden tener más hijos. Salen muy caros y todo para qué. Además ya está muy viejo para empezaar a cambiar pañales de nuevo, a perder noches de sueño cuidando bebes. Es una suerte ser potente a los cincuenta y cinco, conoce a otros que a los cuarenta ya están acabados. Piensa en Abraham y demás patriarcas. Que café que huele, madre, se mete al mismo baño.
Abre la ducha calibrando la cantidad de agua hirviente. La temperatura debe ser exacta, ni un grado más ni uno menos de lo que conviene a su quebradiza salud. Se mete a la bañera y ensaya un silbido afónico y remeda alguna canción olvidada por la gente. Agua silbido jabón agua bufidos de contentura. Ahora salta completamente despierto por el calor. El baño se llena de vapores perfumados, se pregunta si habrá líos en la universidad hoy, coge un buche de agua, piensa que sí, lo escupe rabioso, coge otro buche en tanto se jabona la cabeza, los muchachos no se quedan a la zaga y saben defenderse, sí señor, defienden lo suyo. Cabeza limpia, sin jabón, cuerpo fresco, el agua se ha enfriado un poco brirmrrrr, piel de gallina. Se pierden clases y es lo peor de todo, si se pudiera evitar el enfrentamiento, pero cómo, ya se siente cansado, a veces no quiere luchar y alberga temores, bota el buche de agua caliente y babosa, se- seca rápidamente. En el closet le aguarda la ropa interior, limpia como Matilde. Se empolva, se desodoriza, Matilde mantendrá el café caliente, como acabado de colar, y los huevos hervidos como a él le gustan: ni muy duros ni muy blandos. Ahora cepillarse, probar el nuevo dentífrico a ver qué tal, tener que afeitarse porque hoy le toca. Sssssssssssp empezar con la parte más dura de la barba, de abajo para arriba sssss cortar los pelos lo mejor posible ssssssssssp, tener que explicar un punto tan polémico del programa hoy ssssssssssp de arriba para abajo ssssss profesor de derecho más de veinte años sssssss enseñando a los alumnos a defender al patrono ssssss sí ssssssssssp ese pelo duro cerca de la verruga que siempre sale junto a la patilla hay que quitarlo de ahí ssssss práctica de derecho laboral y el obrero abajo ssssssssssp terminar el programa a tiempo ssssssssss a eso se reduce todo ssssssssss en semestres óptimos ssssssssss
—¡Se enfría el desayuno! —vocea lejana Matilde.
Hay que acabar pronto, pero no, afeitarse es un trabajo delicado. Un ligero dolor de garganta. Habla demasiado, discute sin cesar, nadie puede resguardarse de su verborrea, insulta, grita, algunos le dicen que no se esfuerce tanto cuando lo ven discutiendo con voz ronca, llenándoles la cara de saliva a los interlocutores. Otros lo conminan a que detenga su diarrea verbal. Ahora el aftershave. Arde, como ají montesino en la lengua. Hablando de lengua, anoche la sintió pesada cuando trataba de acariciar a Matilde. Se pone la ropa interior, los pantalones. ¡Se enfría el desayuno! Otra vez Matilde. La correa, va al armario en busca de una camisa, revuelve el perchero, no le gusta ninguna. ¿Dónde habrá puesto Matilde la de rayitas que le va bien al traje crema? Mejor tomar cualquiera y acabar de una vez.
No huele lo mismo el café. Piensa se enfrió. Listo, lleva el saco en la mano, queda poco tiempo. En esta casa se come en la cocina por la mañana, en el comedor principal por la tarde, después que llegan los hijos de la universidad. Son órdenes de Matilde. Un olor a pan muy tostado que vuela de la mesa y se esparce por toda la cocina. Matilde lo ha dejado chamuscar un poco. Piensa debe estar pataleando. Un beso cuando aparece en el umbral de la cocina.
—Buenos días. Vas a llegar tarde hoy.
Gruñe en respuesta, pone el saco en el respaldo de la silla, se acomoda de un tirón ante la mesa.
—No te derrames el café en la camisa, la última quedó totalmente estropeada. Esa mancha no se sale con nada.
Golpea la taza, gruñe, Matilde da vueltas, regruñe, de la estufa a la mesa, de la mesa al fregadero, va a marearlo. Puta de margarina tan mala, vaselina pura, el pan sabe a gamuza, mareo, con lo caro que está todo.
—Ya podrías comer más despacio. A ver si te ahogas.
Palo si boga, palo si no boga. El café caliente, olorosito, los huevos en punto, quiere decirle a Matilde que están buenos y abre la boca pero sale un sonido ininteligible, algo así como un ruido.
—¿Dijiste?
—...
—Uno de estos días te vas a quedar sin habla por esa mala costumbre de gritar que tienes. No hablas con la gente como debieras.
—Cuando salgas de la universidad pasa por mi, tengo que ir a probarme un vestido a casa de la modista. Ya sabes como es, si no voy a su casa se queda con el vestido todo el año.
—Y no te demores por ahí, recuerda que hoy es viernes. ¡Demonio de mujer, es que no se callará nunca! Acaba el café con leche, sorbe el jugo de naranja, maneja con cuidado acuérdate de lo que le pasó al pobre Sebastián la semana pasada, se limpia la boca con rabia, ¿me oyes? , coge un palillo de la cajita, ve despacio por favor, se pone el saco, cuídate, sale estrellando la puerta, babái.
Encuentra las fichas a tiempo, menos mal, le sigue doliendo la garganta, siente la lengua achicada, Silencio señores el profesor va a comenzar la clase, y si enfermara de repente, ¿qué decir al curso? Seca la frente, miran impacientes los estudiantes, imposible enfermarse tan pronto, no hace dos meses pidió licencia de quince días por una alergia, comienzan a chistear al fondo, los estudiantes protestaron, una barbaridad haberle enviado una carta tan sucia al decano, abre la boca, ficha en mano, va a hablar: el sonido no sale, hace otro intento:
Nada. Se ha quedado sin voz. Trata de aclararse la garganta, se esfuerza, pronto saldrá la voz esplendente de la mañana, aunque al querer gritarle ‘animal’ al chofer del público en la Bolívar sólo le salió un gallo apagado, la voz lozana de las primeras horas del día, por el maldito tapón y el semáforo apagado también en la hora más congestionada. Otro esfuerzo: Nada. Ya se escuchan las risas malvadas, Profesor, ¿qué le pasa, se siente mal? (una estudiante con cara compungida). No sabe qué hacer. Recostado a la mesa vacila, mareo, piensa mejor excusarse, pero tiene que demostrar que realmente está enfermo, esfuerzo supremo:
Desfallecimiento, algunos lo sostienen, se tambalea, le duelen también las piernas, pide con señas que lo ayuden, se acerca al pizarrón, tiza en mano, los pies las manos puro tembleque, escribe con dificultad:
ME HE QUEDADO SIN VOZ
HOY NO HAY CLASE
Sorprendente título para una cátedra. Asoma a las caras un intento de carcajada cruel, Ay profe qué pena (una muchacha considerada), los otros no esperan un minuto y cogen los libros y se largan del curso. Si no fuera por estos muchachos lo agarrarían muerto, Ay profe que se sane pronto (otra muchacha considerada), el viernes social comenzó temprano. Piensa la verdad que el campus no puede estar más sucio ni caben más letreros en las paredes, no puede hablar pero todavía piensa, camina con dificultad, deterioro físico de los edificios. Curiosos se acercan a su salida del curso. Quítense del medio que el profesor se puso malo (un muchacho, considerado también). Cómo han cambiado las cosas, en sus tiempos no se veía a tanto holgazán en los pasillos, fuera de cátedra sin excusa. Hace un sol grosero, más muchachos se agolpan al pie de la escalera. Una mirada final a la Facultad, le parece que no volverá a verla, unas lágrimas que quieren escapar, sin haber conseguido la jubilación, hay que ser valiente, hombre, qué sentido tiene dejar estallar ahora una niñada.
—Gracias, les agradecemos mucho —dice Matilde, ofreciéndoles una mano meliflua de despedida.
Lo conduce a la habitación. No es nada, con unas pastillas y unas gárgaras se te pasa pronto, mucha gente se queda sin voz de la noche a la mañana hoy día y pronto la recupera, fíjate en los artistas, voy a hervirte eucalipto, descanso es lo que necesitas, ahí está el mentol, trabajas demasiado y te esfuerzas inútilmente. El cuarto vacío. Ahora le molesta la cama y la oscuridad sencillamente le aterra. Abrir la persiana, Matilde con sus brebajes caseros, caray, recoger la cortina malva. ¿Qué habrá pasado con la lengua? Porque el problema no está sólo en la garganta, también en la lengua. El baño, en el baño hay un espejo, camina con dificultad, renquea, hay que ver la boca cueste lo que cueste. Nunca un reuma y ahora un endurecimiento de las piernas que mata. El espejo. ¿Dónde está la lengua? Se ha puesto tan chiquita, encogida como el fuerteazul cuando lo meten en agua y lo ponen a secar, blanca como una película de leche de magnesia. ¿Qué podrá ser? Llamar al médico. No. Llamar a Matilde. No. Su buena mujer armaría tal barullo que prefiere quedarse en cama y descansar. Mejor acostarse. Renquea de nuevo, los pies se arrastran doblemente torpes ahora. Si estuvieran aquí los estudiantes, qué amables fueron. Finalmente la cama antipática y fría, ponérsela piyama de nuevo, cerrar los ojos y no pensar en nada, contar ovejitas.
El sueño no llega y ya pasan de mil las ovejitas le molesta la claridad y la cortina le parece llena de polvo mildoscientas Matilde no maneja bien al servicio se ve que lo rematan todo de mala gana que no se ocupan de sus quehaceres como manda el ama hay que batutearlas mildoscientascinco cómo excusarse en la facultad de seguro que hoy se arma y no se lo toman en cuenta para mañana hay que tener certificado médico mildoscientasdiez se necesita un sello de a peso y un formulario de veintiocho centavos y si mandan a uno de los médicos de la universidad mejor que se enteren y constaten por sí mismos la realidad mildoscientasquince no se puede ocultar lo que está a la vista veinte años sin enfermarse y ahora mudo y renco como si le salieran todos los males del mundo en un solo día tan contento que estaba esta mañana bajo la espuma divina del Dove mildoscientasveinte un calmante necesita un analgésico qué piernas que duelen lo de la lengua no es nada comparado con esto si Matilde viniera si entrara por esa puerta aunque fuese con su mal genio de hoy pero con un calmante mildoscientasveinticinco el dolor trepana los huesos la puerta sigue cerrada él con un deseo terrible de que se abra y entre Matilde mildoscientastreinta con el eucalipto se lo bebería la dejaría ponerle mentol en las piernas darle a oler alcanfor lo que sea pero que entre ya con un calmante mildoscientastreinticinco.
La puerta cerrada, no llega Matilde, en la mesita de noche unas pastillas y el vaso de agua bajo la lamparita, cómo no haber pensado en eso antes, no tiene ánimo pero el dolor tritura, levanta un brazo, temoieque, anora agarrar el tirador del cajón, tembleque, está demasiado apretado. Un poco de agua al menos, concluye que está nervioso, debe controlarse, la soledad del cuarto le da pánico.
—Papá —susurra una voz desde el umbral.
¡Por fin alguien! Solícita y oliendo a lavanda la hija. Beso, cara contrariada, deseos de ayudar, empieza a poner todo en orden, él levanta el brazo tembloroso y apunta al cajón.
—Ya sé, papito, quieres que te traiga más agua.
¡No, por Dios, un calmante! ¡Un calmante! Los ojos ansiosos se mueven, dos lagrimones calientes que bajan, no sufras tanto papito, cierra los ojos, la niña se desespera, va a la persiana, cierra la malva, voy a llamar al médico, papito, ya verás como te pones bien. Tinieblas, no distingue ni las agujas fosforescentes del despertador. Silencio, el dolor no cede, pero para qué llamar al médico sin necesidad, las piernas se engurruñan y acortan bajo la sábana, todo preferible al dolor, entra con el eucalipto Matilde, remedios caseros y él tan mal, abre la ventana, sabe que la luz acaba de reingresar al cuarto por la mancha cárdena en los párpados, pero no ve a Matilde, voy a dejar la puerta y la ventana abiertas, necesitas luz y aire, anímate. Un frío tremendo, el sol entra por la ventana sin calentar, se revuelve en la cama, se echa la sábana encima, el sol se adosa a los objetos del cuarto como perro sato, está tiritando, la piel engurruñada, le duelen los huesos, piensa el cuerpo debe seguir encogiéndose irremediablemente, el dolor de las piernas se le ha encaramado por el tronco y lo inmoviliza, esto debería verlo el decano, el muy cretino se cree que él, profesor de derecho más de veinte años es de los que inventa excusas cuando falta a clase, piensa lo malo que será difícil salvar la más vieja en esta enfermedad, frío, morirse así, pendejamente, sin completar el ciclo, sin haberle hecho caso a la chiquita aquella de la cátedra de derecho laboral, la que le picaba el ojo para que no la mandara a extraordinarios, dolor en el pecho, dificultad de respiración y él tan tonto que nunca la invitó a cenar, en los brazos, ni la invitó a, en el cuello y la cabeza, como hacen otros profesores con las alumnas. Estornudo, dolor insoportable, debe haber reducido un metro de tamaño, no siente las extremidades, la lengua o lo que de ella queda no le sirve para identificar sabores, es un animalito tiritando en una cama ajada, estornudo, calor, frío, con lo lindas que tiene las teticas la alumna, las teticas son su obsesión, por las teticas lo tiene encadenado Matilde.
—Sóy yo —suavemente desde la puerta Matilde—. ¿Te tomaste el eucalipto?
No responde, no quiere oir, no puede oir a nadie, al diablo el eucalipto, los sentidos embotados, casi muerto. La mujer avanza hacia el centro de la habitación, hasta la cama, tos, examina, le pone la mano al marido en la frente ardiente, algo serio sin duda. Tos, fiebre, mal presagio. El profesor ardiente. Matilde se asusta y llama por teléfono.
—Déjennos solos —dice el doctor—. A ver, qué pasa, viejo amigo —avanza optimista el doctor, dejando en un diván el maletín—. Levanta ese ánimo, hombre.
Es incapaz de oír lo que le dice el doctor, ya no oye, tampoco ve, no puede moverse. Raudo avanza el mal, ha perdido gran parte dé sus facultades auditivas, visuales, fonéticas. El doctor se asombra de verlo tan pasivo, un paciente tan fogoso y testarudo. El galeno inicia una inspección minuciosa: comprueba reflejos palpa manotea ausculta la presión el pulso los ojos la boca los latidos cero perplejidad. Escribe una receta, mete los aparatos en el maletín, sale de la habitación.
—Díganos la verdad, doctor —en coro angustioso la familia—, ¿es algo serio?
—No se preocupen —con calma profesional el doctor—. Ha pescado un mal resfriado; es el virus, ustedes saben, eso anda.
Entrega un papel a Matilde, las caras se alegran.
—Que lo beba —dice ya en la puerta el doctor—. Cuatro al día como indica la receta, descanso total el fin de semana, sus huesos lo necesitan. Llámenme si empeora. El lunes volverá a su trabajo en perfectas condiciones. Adiós.