PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

Autores

josé alcántara almánzar

la insólita irene

Así es la vida de injusta y traicionera, uno se esfuerza en andar por camino claro y recto, trabajar como un animal mucho más de ocho horas diarias —que es lo corriente—, estudiar reventado, tener una ocupación que le permita a uno vivir decentemente, respetar la ley, casarse como Dios manda, ser, en dos palabras, un ciudadano honrado, y cuando comienza uno a estabilizarse, a progresar, con una casa aunque sea comprada a plazos y el carro casi pagado, queda uno preguntándose por qué no le sucederán cosas así a otros, no lo digo por la forma en que se fue Irene (todavía me cuesta trabajo creerlo y sólo he vuelto al lugar de los hechos porque me parece mentira que haya dejado la comodidad de su casa sin cargos de conciencia), sino por lo que le cae a uno encima el día menos pensado.
Irene me había pedido que la llevara de paseo al campo. Ya no le satisfacían las vueltas por el Mirador y unas cuantas cervezas en el restorán del lago; quería ver el campo a plena luz del día, meter los pies desnudos en el agua de un arroyo, subir a una montaña para sentirse alpinista amateur y atrapar mariposas. Como las mujeres tienen sus caprichos y la pobre Irene pocas veces me pedía cosas y las semanas y los meses se los pasaba encerrada en la casa —excepto cuando visitaba a la mamá— cuidando de que todo estuviera en orden a mi regreso de algún viaje, me pareció que no estaba mal que la complaciera. Un viajecito de descanso al campo no me venía mal a mí tampoco. Lo ideal era irnos al Cibao, allí la vegetación es pura y uno se siente trasegado a un lugar lo que se dice nice. Pero como yo estaba resentido aún de la última bronquitis y todavía en marzo corre un friíto que enferma por esas lomas, le dije a Irene que iríamos al sur. Quizás llegáramos a Barahona y de vuelta pasaríamos por Ocoa, donde vive la familia de mi mujer. Le pareció increíble que yo mismo propusiera una ruta y planificara con cuidado el paseo. Así tenía que ser. Como viajante profesional no me gusta la improvisación, me cuido de planear mis viajes, hacer las listas de los clientes, agrupar las facturas atrasadas y hacer un mapita de los sitios en que voy a detenerme. Si algún cliente de esos que hablan hasta por los codos me retiene más de lo debido, tengo un julepe del diablo para lograr equilibrio otra vez. Pero comenzar sin plan jamás.
Empezó a preparar la ropa y hablarme de lo que haríamos. Yo la veía tan ilusionada que me puse a pensar en la suerte que había tenido casándome con ella. Cuando nos casamos la veía tan poco decidida a cumplir sus deberes de esposa que nunca hubiera creído entonces que llegaríamos al acoplamiento perfecto. El único punto en que nunca estuvimos de acuerdo era en eso de estar en la calle, paseando o visitando. Tuve que plantarme y exigirle más apego a la casa. Al principio aceptó de mala gana mi imposición. Demostró luego cuánto asimilaba mi manera de pensar y aceptaba que yo tenía razón. No iba a permitir que mi mujer anduviera por ahí como si no tuviese quien la protegiera. Eso no. Y tampoco nada de visitas. A mi casa sólo las hermanas y las mamás, que son las únicas en quienes confío. Los amigos en la calle, las cafeterías, el estadio. En un santiamén hizo la maleta y arregló lo necesario para el viaje mientras yo llevaba el carro a la bomba a que le echaran gasolina y le dieran una lavadita, total que en el sur hay tanta sequía y polvo a principios de cuaresma, que de todos modos el carrito iba a volver hecho un desastre. Al llegar a la casa ya estaba en la puerta, vestida con pantalones blancos y blusita glauca —como ella decía— que le había traído yo del extranjero. Tenía una pañoleta que le cubría las orejas y hacía de su cara un melón adornado, una marioneta. La vi alegre, espontánea, dispuesta a irse conmigo al fin del mundo. Cuando vi su cara risueña pensé que era una mujer satisfecha de su vida conyugal, y le eché el brazo por el hombro. Se apoyó un instante sobre mi pecho, agarrándome con ambas manos.
Era final de marzo, un día claro como hoy, exactamente igual, por eso creo que voy a encontrarme con ella en cualquier momento, que va a decirme que la perdone por la tontería que hizo, que volvamos a lo de antes, a nuestra vida de entendimiento mutuo. Lo primero que hice fue no alejarme de la casa inmediatamente. Dimos una vuelta y volvimos a la estación gasolinera para que los muchachos revisaran el aceite y le dieran una chequeadita al agua del radiador. Mi carro estaba okey pero siempre es mejor asegurarse, por las dudas. Irene comenzaba a impacientarme: bajaba el vidrio, pasaba el paquete de novelitas que traía en la mano al asiento de atrás, miraba a todos lados. Sabía que estaba nerviosa y que de buena gana se habría fumado un cigarrillo, pero yo se lo tenía prohibido y por delicadeza no se atrevió. Volvimos a pasar por la casa, sólo para estar seguros de que nadie la rondaba, no quería que me fueran a robar el equipo estereofónico que acababa de comprar o la escopeta que me había regalado el Tío.
A veces Irene no comprendía mis razones y eso puedo entenderlo porque la pobre nunca tuvo mucho seso. Da pena decirlo en estos momentos, pero es la verdad. Yo la había elegido así, y así la quería. Una mujer que piensa demasiado puede convertirse en peligrosa. Inventará cosas, intrigará, vivirá descontenta; en fin, le arruinará la vida al marido. Irene era casi perfecta: no pensaba demasiado, aunque muchas veces daba muestras de cansancio, de querer escapar. Por eso le compré el televisor, para que se divirtiera en casa. Se lo compré de la mejor marca, dejando de apostar a los caballos durante meses. Mis viajes me impedían llevarla al cine con frecuencia. Después que nos mudamos a la urbanización hallaba lejos el centro de la ciudad, estaba generalmente cansado y me dormía con el periódico en las rodillas antes de las nueve de la noche. No quería que se sintiera inconforme y por eso le compré el televisor y todo lo que necesitó siempre. Complacía sus caprichos en lo posible, como también lo hice durante el viaje. No me queda ningún remordimiento.
Después que pasamos la Cervecería enfilamos hacia el sur. Por ese lado la ciudad parece que va a juntarse con Haina, con esos proyectos masivos de construcción. Yo he tenido la precaución de hacerme de ahorros, conseguir un solar del Estado y pedir un préstamo al banco para construir mi casa con las comodidades que siempre soñé. En mi profesión (soy contable, pero tengo mi propio negocio: promoción y venta de electrodomésticos) uno no puede darse el lujo de la suerte. Irene lo observaba todo con curiosidad lepidóptera, marcadamente lepidóptera: sus ojos grandes, de los que surgían dos pestañas negrísimas de rímel, atentos a los cambios de la carretera. Sus antenas atravesaban el vidrio y escrutaban pedazos de edificios recién pintados, yerbajos crecidos en el camino, niños desnudos en las puertas de los ranchos. Disfrutaba del paseo, chupaba el sabor de la aridez que ya se anunciaba a ambos lados de la carretera. Al pasar el puente quiso que la dejara bajar a contemplar el río. Y dije que no. Tantas veces había visto yo el camino, el puente, la carretera, el puesto de peaje, que poco me decía su interés. A ella todo la enternecía, la hacía erguirse en el asiento, sacar peligrosamente la cabeza por la ventana y decir adiós a un desconocido que saludaba, o irrumpir en ahogadas palabras de inocente satisfacción.
Antes de llegar a San Cristóbal supe que el paseo no iba a terminar en nada bueno. Insistió en bajarse a ver un montecito donde había margaritas silvestres. Estábamos divirtiéndonos, no debía ser tacaño; detuve el carro y esperé a que cortara margaritas. En San Cristóbal paramos a desayunar. Irene tenía hambre. El comedor era el típico de pueblo: cuatro o cinco mesas de mantelitos a cuadros y detrás del mostrador una gorda cocinera despachando órdenes. Había pensado ir a un lugar más caro pero en un pueblo todo es lo mismo y en las fondas uno tiene que esperar menos. A los diez minutos de estar en el localito vino la gorda con dos platos humeantes y tazones de café con leche. Irene movía el azúcar despacito, sonriéndome después de cada círculo hecho en su tazón. Como no le gustaban los alimentos calientes creí que tibiaba su leche. Vinieron dos tigueritos y se pararon en la entrada del negocio, comiéndonos con los ojos. Irene les sonrió, les guiñó un ojo y ellos se taparon la cara con vergüenza. La gorda les dijo tres palabrotas, los espantó seguido. Al rato ya nos vigilaban de nuevo. Yo quise terminar pronto y le dije a Irene que se apurara, pero la buena tonta cogió el plato y el tazón, se levantó y fue a entregárselos a los tigueritos. Ellos se tragaron todo de un salto y la gorda les quitó la loza porque aseguró que eran capaces de llevársela al menor descuido.
—No le pelé a la doñita —me dijo la gorda con palabras finas⁠—. Si eso la complace, déjela. A lo mejor hasta de encargo está.
Pensé que no valía la pena decirle que mucho me hubiera gustado encargarle a ella una faja para que represara aquel abdomen inmenso. Irene estaba contenta. Era un crimen echarle a perder el momento. Entre San Cristóbal y Baní la castigué un poco para hacerla caer en la cuenta de su inmadurez: enmudecí. Irene iba lo más quitada de bulla, jugando con las margaritas. El sur ya se palpaba en el polvo de la carretera, el tabuco de los montes, la guazábara reseca de los caminos. Unas vacas se atravesaron en el camino y me vi obligado a frenar. En eso Irene saltó del carro y echó a correr hacia un lado de la carretera, hacia donde se alzaba una colina. Corría, gritaba, saltaba. Subí los vidrios, acerqué el carro a la vía de desahogo y me lancé tras ella. En vista de que últimamente estoy un poco gordo —⁠un poco no, muy gordo⁠— la carretera me sofocó bastante y no pude alcanzarla sino al llegar a lo alto de la loma. La buena zonza abría los brazos, daba vueltas con alharaca olvidándose del declive.
—Irene, tienes que estarte volviendo loca.
Casi sin hacerme caso, perdida en un mundo distinto, desconocido para mí, Irene bajó. En el carro continuó con su estupidez y abrió la ventana. Tuve ganas de regresar, dejarla en casa y salir con los amigos. Eso no resolvía el problema. Por otro lado me picó la curiosidad el hecho de que Irene se portara como una boba y encima ni explicaciones me diera. Sentí calor cuando llegábamos a Baní. Ya no hablábamos: ella alelada, con sus disparates; yo atento a la carretera. El auto se llenó de tensión. Me quité el saco, me aflojé la chalina. Irene sonrió, tomó el saco y lo puso sin doblar en el asiento. El carrito saltaba como maco cada vez que caía en una tronera del camino. No bien el carro se atascó, Irene abrió la puerta y se precipitó a la orilla del puente, palmoteando como niña por no sé qué nueva bobada. Empezó a desnudarse: se quitó los zapatos, metía los pies en la corriente del río, sentada en una piedra. Lo peor de todo era que el agua le mojaba los pantalones y ella parecía no darse cuenta de nada. Me gritó que la acompañara. Para mí fue un alivio descubrir que todavía se percataba de mi existencia, pero un momento después pareció perder la noción de todo lo que la rodeaba. Se quitó los pantalones y la blusa, lista a lanzarse al agua.
—¡IRENE!
Ni me miró. Tampoco supe si ya oía mis gritos. Chapoteaba en el agua con alegría loca; no era la Irene que yo había conocido, la que había traído paz a mi vida de solterón, no la reconocía. De ahí en adelante todo empeoró. Temí que se ahogara y fui a rescatarla.
—Irene, ¿te has vuelto loca?
Entre upis y risas incontenibles la saqué del agua, casi en cueros porque la ropa interior se le había pegado de tal forma al cuerpo que cualquiera no necesitaba mejor estímulo para atacarla. Acabamos de quitarnos la ropa cerca del carro. La froté con una toalla y saqué ropa de la maleta. En el carro, Irene no dijo nada ante mis regaños. Su cuerpo desnudo despertó en mí viejas ansiedades, dulces momentos no vividos en muchos días. Su piel fresquita, la colonia untada con discreción en partes tentadoras, me hicieron olvidar el rencor que sentía a causa de tantos sucesos extraños. El camino seguía solitario, perturbado sólo por el cuchicheo de las aguas del río y las cigarras. Había una forma de calmar aquella ansiedad repentina de la que ningún hombre puede escapar. Irene no reaccionó, mis caricias se volvieron violentas sin resultado, se entregó con desinterés. Era la primera vez que eso ocurría en nuestra vida matrimonial, era una derrota en mi propio terreno, pero aquello no fue culpa mía. Irene iba a formar parte de un mundo distinto y se estaba transformando.
A la desgracia de aquel día se agregaron las mariposas. Las mariposas fueron las seductoras que la robaron de mi vida. Muy cerca de Baní salían de los caminos miles de mariposas que chocaban contra el parabrisas o evadían instintivamente el vidrio. Irene participaba de la sencilla gracia de los insectos. Los ojos le saltaban, captaba cada vuelo precipitado, sus manos hacían decepcionantes intentos de captura y hacía llamados confusos, invitaciones en clave, saludos de vieja amiga. Mi paciencia llegaba a su límite. Aquel viaje no podía continuar. Sin embargo, la vida tiene sus arbitrariedades y mantuve el pie en el acelerador. Las mariposas aumentaban en número, se multiplicaban los colores, salían de los árboles, invadían la carretera, correteaban locas, envueltas en la brisa cálida. Irene bajó el vidrio y por accidente algunas mariposas penetraron quedando atrapadas. Puso las rodillas en el asiento delantero y bajó el torso tratando de capturarlas, dejando el trasero bien visible. Era inútil luchar contra aquella chiquilla. Avancé un trecho y detuve el carro junto a un claro donde revoloteaban miles. Era muy tarde para llegar a Azua antes de que el sol comenzara a bajar. La hora era dura, el calor intenso. Irene se había quitado la blusa y hecho un colador de esos que usan los coleccionistas. Había algo de rito en su acto. Verlas volar le producía un placer que aumentaba con la cantidad. Ya semidesnuda no le bastó la blusa-colador y se bajó la falda. Me dije que era demasiado, mi mujer había perdido el juicio. Corrí tras ella: Irene daba vueltas con sus mariposas y yo con un sofoco del diablo tratando de agarrarla para que nadie la viera en esas fachas. No sé de dónde salía tanta agilidad y rapidez; mis esfuerzos eran vanos. Una tontera me fue atrapando, las mariposas aumentaban, me perseguían, quería zafarme y era imposible; miles de lepidópteros dejaban los capullos y salían a juntarse con Irene, quien corría alegre, completamente desnuda. Se había quitado toda la ropa y correteaba impaciente entre insectos multicolores. Ya no perseguía ni atrapaba, le bastaba corretear con las amigas y bailar al compás de su danza. Casi desmayado caí. Me levanté para seguir mi carrera tras Marirene; ahora todo era confuso, terriblemente confuso: veía a una mujer que se repartía en otras, eran varias Ireposas que se juntaban y separaban. Tenía que quedarme un buen rato sobre la hierba y esperar a que se le pasara la loquera a mi mujer. Pero comenzó a transformarse: un brazo se le trocó en un ala enorme, amarilla, con ojuelas negras, y luego el otro brazo lo mismo. Dio cuatro vueltas y así le salieron dos antenas grandes que se movían a cada lado. Las amiposas celebraban el ingreso de mi mujer al orden lepidóptero, del cual sería, indudablemente, miembro importante. El tórax se le cambió en un tronco ceniciento, cubierto de pelos diminutos, las piernas se le convirtieron en dos patas torcidas. Horroroso. ¡Irene hecha una horrenda mariposa! Me levanté y volví a caer, ya impotente. Me dejaría, levantaría vuelo y me dejaría. La Marirene gigante me sonrió y empequeñeció y desapareció con las otras.
Estoy en el lugar de los hechos, espero el regreso de Irene. Tiene que volver, no puede negarme la paz que su compañía siempre me ofreció.