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Libros de josé alcántara almánzar

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josé alcántara almánzar

la forza del destino

El día en que determinó trocar su nombre provinciano por uno artístico, más eufónico y del gusto del público europeo, tuvo en cuenta dos antecedentes ilustres: el nombre de La Divina y el apellido del autor de Norma. Su profesor de canto, Luchino Vitti, estuvo de acuerdo en que María Bellini sería un seudónimo de sólida personalidad para una cantante venida de allende los mares, del lejano Santo Domingo, a conquistar Italia y las grandes urbes del mundo operático.
(El verdadero nombre de María Bellini era Ana Mejía, nativa de Baní, según consta en uno de los libros de la iglesia parroquial. Había nacido en el seno de una familia acomodada que no escatimó esfuerzos para ayudar a la muchacha en el desarrollo de sus aptitudes. Hizo estudios elementales en la academia pública de Baní, la cual contaba entonces con dos profesores y tenía por único instrumento un viejo piano Zimmermann traído al país poco antes de la segunda Guerra Mundial. Después que completó la primera etapa del ciclo preparatorio, partió a Santo Domingo e ingresó a la Escuela Nacional de Música para seguir los estudios de piano, solfeo, composición y armonía. Fue durante el ciclo superior que cantó por primera vez, en una velada de fin de año. Una compañera había declinado participar por hallarse afectada de gripe y Ana la sustituyó. Los profesores quedaron impresionados con su voz. Se dijo que la interpretación de una criolla conocidísima había resultado lo mejor de toda la velada. Después el director de la Escuela le recomendó que tomara lecciones de canto, cosa a la que ella accedió, interesada como estaba en todos los aspectos de la música. Muy pronto aprendió cuanto podía aprenderse en la Escuela, dejando atónita a la profesora de canto. La familia acordó enviarla a Europa a perfeccionar sus estudios. Hubo que vender dos vacas, tres cerdos y casi toda la cosecha de café de ese año para reunir el dinero del viaje. La Escuela dio también su aporte: las recaudaciones de una rifa y una subasta de libros de música que habían pertenecido a un antiguo profesor).
Era un nombre que, en buena lid, podía competir con los de las grandes prima donnas del momento. La recién bautizada diva dio un profundo resoplido que estremeció la taza de té vacía que el maestro había dejado sobre el piano. Luego pidió, toda emocionada, que la acompañase en un aria de Verdi, compositor predilecto de sopranos y tenores. El maestro miró el reloj, frunció el ceño, apuntó que la hora de clase había concluido y señaló que el entusiasmo no le obligaba a realizar trabajo extra sin paga: vivía exclusivamente de la música y le esperaban otros alumnos.
(En realidad, el profesor Vitti era un pobre diablo que no tenía más de tres alumnos, de los cuales Ana era la que le pagaba más puntualmente. Había caído en desgracia con el director de la orquesta sinfónica de Novara por haber sustraído unas partituras que revendió a precio irrisorio. Tuvo entonces que dedicarse a la enseñanza privada, pero ganaba muy poco).
La diva insistió, suplicante, y el maestro —siempre flexible a pesar de su aparente mal genio— echó mano de una partitura. Cuando ella cantó las primeras notas del Caro Nome, el maestro, enternecido hasta los huesos, quedó imantado por la dulcísima voz de aquella banileja que había llegado a Italia en pos de conquista. No se imaginaba a una Gilda de trescientas libras en escena, mas intuía que su voz habría de cautivar al fanático público de su país, aunque también le era difícil pensar en un Rigoletto ciclópeo, capaz de cargar a una hija tan voluminosa.
(Al salir de Santo Domingo, el peso de Ana era de aproximadamente ciento ochenta libras. Unos meses después de su arribo a Italia, cautivada por la sabrosura de las pastas, aumentó a doscientas veinte y tuvo que vender la ropa que había llevado para comprarse vestidos que pudieran cubrir su aplastante humanidad. Para la época en que entró como alumna del profesor Vitti pesaba doscientas cincuenta libras y ya ni se molestaba en pesarse, pues sabía que estaba perdiendo el tiempo. Cada vez que aumentaba diez libras tenía que agrandar los vestidos o comprar ropa nueva).
Durante mucho tiempo María Bellini acudió al estudio del maestro Vitti a recibir lecciones que le ayudaran a perfeccionar su ya impresionante voz. Aprendió la técnica y fue capaz de memorizar, en sólo cinco años, un repertorio amplísimo que iba de la ópera italiana a la francesa, de la alemana a la rusa. Sin embargo, guardó siempre preferencia especial por las heroínas de la ópera italiana, más apasionadas, libertinas y teatrales que las de la alemana y la rusa.
(El gusto por la ópera italiana le venía de su afición al teatro. Ana, más que todo, era actriz de pantomima que nunca había asistido a una escuela profesional. Su capacidad histriónica anunciaba una rivalidad inminente con otras divas cómicas que se disputaban la primacía absoluta de los teatros).
Contraponía, por ejemplo, la fogosidad de Tosca con la ambivalencia de Isolda, la risueña alegría efímera de Violeta con la ternura apagada de Marguerite o la ingenuidad de Elvira, y veía cuán grandes eran las diferencias. Por eso, cuando le tocó hacer su debut, se decidió por La Traviata, obra de la que una buena cantante puede hacer una representación excelente y memorable. Fueron días de intensos ensayos en los que demostró poseer un temperamento irascible y voluble. Pasaba del arrebato a la piedad, del ruego al despotismo, de la vulgaridad callejera a la elegancia, del patetismo a la sencillez.
(Nos abstenemos de reproducir aquí las palabras que les decía a los compañeros de trabajo cuando se enfrascaban en bravatas. Había aprendido el idioma con todas las lindezas de la jerga popular y no se detenía ante nadie para vomitar su rosario de diatribas contra tenores, barítonos, mezzos y bajos).
El maestro de escena y el tenor primo se convirtieron en sus enemigos. El primero porque no podía lograr que ella se sometiera a sus indicaciones; el segundo debido a la corpulencia de aquella rival que lo aplastaba en casi todos los dúos: Alfredo no era más que una sombra insignificante frente a una Violeta gigantesca, eufórica, avasalladora.
(No pudo conseguirse un tenor de seis pies y hubo que recurrir a Enzo del Fiore, esmirriado tenor primo de cinco pies y cinco pulgadas, cuyo peso oscilaba entre las ciento diez y las ciento quince libras. Cuando la diva vio a aquel enano en el escenario lloró de rabia y hubo que convencerla de que no había en toda Novara una voz mejor educada ni más potente que la de Enzo del Fiore, quien compró unos zapatacones que le aumentaron tres pulgadas de altura. Sólo así su cabeza estuvo al nivel de la cabeza de la diva, aunque al caminar se le notaba la misma torpeza zancuda de Herman Monster).
Llegado el día del estreno, el público abarrotó el teatro y fue testigo de una soberbia representación. No se tenían noticias de que hubiese ocurrido fenómeno semejante en los últimos cincuenta años. La gente olvidó, subyugada por aquel fenómeno del bel canto, la Violeta con figura de hipopótamo, en su papel de gran amante y tuberculosa crónica. Todos se concentraron en la prima donna, la siguieron en cada aria, la aplaudieron al final de cada acto y al término de la función la ovacionaron durante veinte minutos en los que salió al escenario unas diez veces por lo menos.
(Ana salió doce veces al pequeño escenario del teatro de Novara. Cinco con el tenor, dos en compañía del elenco y una con el director de la orquesta. Las cuatro restantes salió completamente sola, a pesar del esfuerzo de Enzo del Fiore por aparecer montado en sus zancos. La diva le dio un empujón tan fuerte que Enzo no intentó lucirse de nuevo. Ana recibió las flores y las ovaciones y se fue a casa sin quitarse la ropa del último acto).
En el teatro de la ciudad de Novara ocurrieron varios accidentes en la época en que María Bellini campeó como prima donna absoluta. En una representación de Cavalleria Rusticana, la Bellini, en el papel de Santuzza, destrozó el tabloncillo del escenario cuando fue arrojada al suelo por su amante Turiddu. La reparación del tabloncillo le costó al municipio de la ciudad una suma equivalente a las recaudaciones de la temporada. En Pagliacci, Canio estuvo tan nervioso ante la omnipotente presencia de Nedda, que arruinó su interpretación de Vesti la Giubba y sintió unos escalofríos tremendos al asestar la puñalada vengadora en el busto colosal de la Bellini. Cuando se montó Tosca, fue tal la fuerza que la cantante imprimió a sus movimientos en el asesinato de Scarpia, que éste tuvo que ser sustituido por otro en las representaciones subsiguientes, debido a las contusiones sufridas en la caída. El aria de la locura de Lucia di Lammemoor se convirtió en una tragedia espantosa cuando la Bellini, sin darse cuenta, rasgó su bata y quedó semidesnuda, poseída por los agudos del delicioso diálogo que sostenía con la flauta. Por último, costó trabajo construir un balcón lo suficientemente fuerte para soportar el peso de la soprano en el estreno de II Barbiere di Siviglia.
(En Il Barbiere hicieron falta unos tablones gruesos y cuatro troncos que soportaran el peso de los andamios; aun así, durante la representación se oyó un horrible crujir de maderos cada vez que la Be-llini se empinó para cantar. En Lucia, quedó con las posaderas al descubierto y el público rió hasta irse de boca en una escena que movía más al dolor y a la conmiseración. En Tosca, lo peor ocurrió en el acto final, cuando la cantante, enloquecida al comprobar que había sido vilmente engañada por Scarpia y que Mario Cavaradossi en realidad estaba muerto, se lanzó al precipicio: después del grito lastimero de Tosca se oyó un estruendo espantoso que arruinó el final del último acto. Respecto a Pagliacci hay que imaginarse el impacto que causaría en el público la escena de un Canio diminuto frente a una Nedda de senos gigantes que se negaba a morir con una simple puñalada en el pecho. En Cavalleria, exactamente treintiocho piezas del tabloncillo quedaron arruinadas y hubo que remover otras veinte que se astillaron).
La Bellini comprendió, olvidándose de los elogios que se le hacían, que tenía que rebajar unos kilos para ponerse a tono con sus papeles de heroína romántica, amante impetuosa, vengadora arrebatada, sacerdotisa épica, dama refinada, hija sumisa, esposa traicionera, hermana fiel, reina despótica, mujer frívola y otros menos trascendentes. Comprendió también que de nada valían las palabras con que la crítica elogiaba sus interpretaciones, si no lograba dar a su figura la línea ideal de sus heroínas.
(Además, el único diseñador de Novara, negado de plano a vestir semejante cuerpo, se declaró contra Ana, quien debió acudir, en lo sucesivo, a costureras de cuarta y quinta categorías).
Quiso someterse a una dieta bárbara que consistía en ingerir tro-citos de carne tres veces al día. Su debilidad pudo más que ella. El primer día comió seis libras de carne de ternera, bebió medio galón de agua y decidió añadir, por cuenta propia, una libra de vegetales, seis naranjas, doce duraznos y un número indeterminado de vasos de vino tinto. Al día siguiente le agregó a la lista anterior tres vasos de leche, una pinta de cerveza, una caja de helado y tres manzanas. Durante los siguientes aumentó la cantidad de alimentos a doce, con uvas negras, chocolate, té y café. Cambió la carne de ternera por la de cerdo y usó azúcar en las bebidas. Había perdido la noción primigenia de la dieta. Pasado un mes montó en una balanza romana y comprobó que no había rebajado ni una onza, aunque su peso se mantenía casi igual. Contenta con ese triunfo sobre la obesidad, decidió no preocuparse demasiado por el asunto. Su voz seguía siendo divina, impostada, armoniosa, meliflua, delicuescente, vivaz, angelical como la de Lily Pons, educada como la de Joan Sutherland y de un registro de octavas casi tan espantoso como el de María Callas.
(Estas comparaciones no son más que hipérboles de la heroína y el narrador. Ana estaba lejos de poder compararse con estas divas).
El teatro de Novara desplazó a la Bellini. La sustituyó por una cantante italiana que daba muestras de convertirse en un portento. La Bellini, decepcionada por el rechazo, profundamente disgustada por la dirección del teatro al que había consagrado excelentes interpretaciones, marchó a Francia en busca de mejores oportunidades. Aceptó la cena de despedida que le ofreció la Compañía Operática de Novara por no desairar al maestro Vitti, quien le rogó que acudiera en son de paz al homenaje que le rendían sus compañeros de trabajo. El desquite de la soprano fue magistral: comió la mitad de los bocadillos, una tercera parte del asado, y bebió casi tanto vino como los hombres.
(Comió, además, cincuenta pizzas, una fuente de lasagna, una libra de spaguetti, dos panes dulces de doce onzas cada uno y tres botellas de vino rosado).
En Francia, país al que viajó con grandes esperanzas, trabajó en pequeños teatros de provincia. Las representaciones eran escasas. Dominaba muy bien el idioma y no le fue difícil la nominación para el papel estelar de Carmen, aunque la ópera fue un rotundo fracaso porque un temporal redujo el público a menos de un tercio de la concurrencia normal durante los días en que la obra de Bizet se mantuvo en cartel. Por otro lado, había un obstáculo insuperable: la Bellini no pudo subir a la mesa para hacerle a Escamillo demostraciones de coquetería y gracia.
(Los fraceses, acostumbrados a cantantes esbeltas, se negaron —aun cuando se trataba de un modesto teatro de provincia— a pagar diez francos para vez a una Carmen con cuerpo de ballena, incapaz de moverse con la gracia que el papel exige).
Marchó a Alemania, confiada en su dominio del idioma. No pudo adaptarse a los roles de las heroínas wagnerianas. Richard Wagner había destruido la tiranía de las prima donnas, supeditando a los cantantes al marco de sus dramas musicales. Nada pudo edulcorar la antipatía de la Bellini por el público germano. Se sentía bien cantando óperas de Mozart y, al efecto, participó en Die Zauberflote y Le Nozze di Fígaro. Pero su entusiasmo sucumbió definitivamente al pretender ingresar en el Teatro de la Ópera de Bayreuth, tradicionalmente consagrado a la música de Wagner.
(En Alemania se aficionó a la cerveza, que bebía en grandes jarros rebosantes de espuma, a las salchichas, al pan negro, al jamón ahumado y a las tabernas donde cantaba, cuando no tenía dinero, para pagar la cuenta).
Su última etapa en Europa la pasó en Barcelona, colocada como cantante de segunda en un teatro de zarzuelas. Pesaba entonces trescientas cincuenta libras.
(Convertida en una trotamundos, Ana rebajó treinta libras, pero no pudo conquistar el favor de empresarios que preferían a las nativas).
En una ocasión tuvo la oportunidad de sustituir a la soprano principal en La Revoltosa. La crítica juzgó que el ceceo de la Bellini arruinaba todo y al día siguiente fue reemplazada por una castellana neta.
Estando en Barcelona recibió carta del Cabildo de Baní, en la cual se le invitaba a retornar a la patria después de tantos años de ausencia. Se le auguraba un regio recibimiento y una colocación como profesora de canto en la Escuela Nacional de Música.
(Texto de la carta: “El Cabildo de Baní, en sesión extraordinaria del mes de octubre en curso, ha resuelto a unanimidad extenderle una invitación a su hija preclara a fin de que retorne al país que tanto la admira. Conocemos bien los lauros conquistados en playas extranjeras como cantante de opereta [sic], por lo cual le auguramos un triunfo seguro a su regreso a la república. El Cabildo ha gestionado una plaza de profesora en la Escuela Nacional de Música de la capital para que la eminente cantante pueda seguir trabajando y contribuya a formar nuevos cultores del bel canto. Con sentimientos de consideración y estima...” La firman los ediles, el presidente del Cabildo y el Alcalde).
Fue una noticia grata y al mismo tiempo lacerante. Sus amoríos con un torero sevillano tenían que acabar o su pueblo la juzgaría como una ingrata. Fuertes ataques de chovinismo la mantuvieron en cama durante algunos días en los que su corazón se debatió ante el siguiente dilema: el amor o el retorno.
(Tenía amores con un banderillero, y a decir verdad las relaciones estaban bastante deterioradas).
Regresó en un barco turístico En la travesía, que duró un par de semanas, tuvo la oportunidad de hacerse amiga del capitán, a quien propuso sus servicios en los espectáculos nocturnos organizados en el barco, a condición de que le facilitaran un camarote donde pudiera acomodar su inmenso cuerpo. El capitán, un español amante de la música, dijo que accedería, siempre que ella cantara música de salón. Por las noches, después de su actuación, salía a cubierta y entonaba arias memorables de la ópera italiana. Era como un barco dentro de otro barco que cantara olvidándose del mundo. Parecía que algo se le desprendía del corazón al cantar Vissi darte (quizás como terrible premonición de que no volvería a Europa), o entonaba patéticamente arias de La Boheme y Madama Butterfly.
(Nunca pudo conseguir un camarote de primera, su relación no había sido con el capitán sino con un oficial que la ayudó bastante en la travesía).
Cuando el barco Galeón Español hizo su entrada en el puerto de Santo Domingo, la Banda Municipal de Baní, dirigida por el jefe de bomberos del pueblo, empezó a tocar una serie de piezas alegóricas. Ella, emocionada, miraba a los compueblanos que habían ido a recibirla y suspiraba con las notas discordantes como tocadas con el corazón. La banda arrancó con la marcha de Aída, un poco irreconocible al principio porque las trompetas, acatarradas, tosían de mal modo. María columbró las cabezas encanecidas de sus padres en el momento en que interpretaban la obertura de Guillermo Tell, y les dijo adiós agitando el pañuelo. Vio al antiguo novio, con un ramo de flores en la mano, al tiempo que la banda ejecutaba la canción del Toreador. Vio al primo que había amado en silencio en la adolescencia y su pecho se estremeció con los acordes de La donna e mobile. Estaban allí las amigas de infancia, todas arregladitas y pintadas, haciendo saludos interminables a la que retornaba. En ese instante la banda disparaba la obertura de Il Barbiere.
La Bellini ofreció un concierto en el Cabildo de Baní, al cual acudieron el gobernador, el alcalde, el párroco, miembros de las familias prominentes, el jefe de la dotación policial, el jefe de bomberos y bastante público. Fue un éxito que se comentó en un diario local con los epítetos siguientes: voz maravillosa, sublime, excelsa, diamantina, aterciopelada, encantadora, increíble, potente, fascinante, subyugadora. Su segundo concierto, organizado en el Teatro Colón, tuvo una formalidad mayor. Incluyó en la primera parte varias romanzas de Brahms y Schumann, y dejó las piezas ligeras para la segunda. Es cierto que mucha gente bostezó, cabeceó, tosió e hizo toda clase de manifestaciones de desaire, pero la Bellini estaba dispuesta a conquistar al público. En la segunda parte la sala pareció reanimarse con la aparición de algunos vendedores ambulantes que durante el intermedio habían vendido refrescos, helados en palito, cocaleca, emparedados, caramelos, chocolatines y cigarrillos. En medio de los silencios rotundos entre aria y aria de La Sonnambula, se escuchaba un batir de mandíbulas que en nada se compadecía con la trascendencia de la obra. Otro inconveniente fue la pequeña orquesta improvisada con músicos de la capital: se adelantaba, provocando que la soprano acelerara, o se retrasaba, estropeando las arias. María, soberbia, permanecía inmutable sobre la plataforma que le habían construido. Emitía gorjeos de ruiseñor prisionero, unos agudos que bastaban para taladrarle los oídos al más plantado, arpegia-ba, retorcía, subía, bajaba, modulaba, asordinaba las notas, las escalas se sucedían con una regularidad desigual. El público parecía embobado y aplaudió eufóricamente al final. La crítica de la capital, más sensible y educada que la pueblerina, ensayó calificativos poéticos para juzgar la voz de la Bellini. Se dijo que era una voz que podía competir con las del Metropolitan Opera House, que era una voz exquisita, plúmbea en las notas graves, alígera en las agudas, dúctil en los trinos, flexible en las modulaciones, temperamental en los momentos dramáticos, conmovedora en la tragedia, académica en los lieders, evocadora en lo romántico.
Los triunfos momentáneos pasaron al olvido tan pronto como la diva dejó de ser noticia en periódicos locales, o tema de conversaciones. Se comentó muchísimo acerca de su obesidad e incluso los diarios propalaron una teoría según la cual existe una relación directamente proporcional entre la obesidad y la calidad de la voz. Algunas admiradoras le enviaron recetas especiales para rebajar de peso y el entrenador de la Escuela Normal de Santo Domingo le hizo unos dibujos de ejercicios físicos para adelgazar. A todo esto, la Bellini hizo caso omiso. Se retiró a Baní, deseosa de convivir con la naturaleza. Cada noche la oyen cantar extrañas melodías con una voz que conmueve a los que pasan frente a la casa. Es la voz de una mujer que parece cantarse a sí misma.