la aventura del cuento
I
El cuento proviene de una vieja tradición oral y popular que se remonta a la Edad Media, pero alcanzó su plenitud como género independiente en el siglo XIX, bajo el influjo del romanticismo. Los grandes cultores del género —Andersen, Poe, Maupassant, Chéjov, entre otros—, contribuyeron a su consolidación, llevándolo a niveles de perfeccionamiento nunca antes alcanzados. Desde entonces, en un proceso de auges y ocasos, el cuento ha seguido múltiples direcciones, en casi todos los idiomas y culturas del planeta y hoy, en los albores de un nuevo milenio, se perfila como uno de los campos narrativos con mayor potencial para atraer lectores.
Los intentos por teorizar sobre el cuento, definirlo y enunciar su preceptiva han sido tan numerosos como disímiles. La tendencia de la crítica y los estudiosos de la literatura consiste en ordenar esos esfuerzos intelectivos, señalar sus aciertos y limitaciones y hacer taxonomías relativamente útiles que permiten una perspectiva amplia y con frecuencia orientadora. En cambio, para los creadores de ficción, el cuento es un ámbito de exploración permanente, en el que se debe comenzar por olvidar lo aprendido para dar rienda suelta a la imaginación, poniendo en marcha no sólo el acopio de experiencias personales del narrador, sino su dominio del lenguaje y las técnicas narrativas, a fin de construir un universo propio e identificable.
El gran cuentista guatemalteco Augusto Monterroso, con esa mordacidad que le caracteriza, ha dicho lo siguiente: “La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad”. Creo que Monterroso quiere poner de relieve lo estéril que puede ser todo intento definitorio y normativo, para no hablar de leyes inexistentes, con las que se pretenda reducir a meros preceptos el acto creador.
Casi todos los que han escrito sobre el cuento concuerdan en que se trata de una narración breve, con “unidad de efecto o de impresión”, como señalaba Edgar Allan Poe, en la que todo debe confluir certeramente hacia un final. En el “Manual del perfecto cuentista”, Horacio Quiroga insistía en la importancia de las primeras y las últimas líneas del cuento, en el peligro de la adjetivación recargada y en la importancia de llevar a los personajes de la mano hasta el final. Juan Bosch, que comparte con Quiroga esa visión autoritaria del narrador, recomienda en sus “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, que el cuentista se base en un solo hecho, y que siga su curso como una flecha disparada hacia el blanco. Por otro lado, insiste en la necesidad de dominar la técnica, la relevancia de la búsqueda y la selección del tema, la concisión y la intensidad. Para él hay dos leyes fundamentales en el cuento: la fluencia constante y el uso de las palabras indispensables para exponer la acción.
Como se sabe, la brevedad no es una característica indispensable del cuento. Algunos cuentos memorables de Poe (“El escarabajo de oro”, “Los crímenes de la calle Morgue”) y Chéjov (“El beso”), e incluso del propio Bosch, como lo prueba su “Cuento de Navidad”, tienen una extensión que, por el número de páginas, desbordarían los límites establecidos, colocándose en los predios de la llamada “nouvelle” francesa. Por eso, la brevedad de un cuento proviene de que está centrado en un solo hecho y en esa intensidad que se mide por el grado de tensión interna y que lo hace seductor e irresistible. Julio Cortázar sostiene que la intensidad es “la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o frases de transición que la novela permite e incluso exige”. Para él, un cuento “es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas”.
Un gran cuentista peruano, Julio Ramón Ribeyro, injustamente poco conocido fuera de las fronteras de su país natal, también tiene su decálogo y en él afirma que el cuento debe contar una historia, real o inventada, que debe entretener, conmover, intrigar o sorprender. Según Ribeyro, y en eso concuerda con otros creadores, lo esencial es la intensidad que diferencia al cuento de otras formas narrativas. En el cuento “no debe haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible”, dice Ribeyro.
II
Pocos escritores pueden decir con certeza por qué escriben. Sólo saben que es necesidad expresiva, búsqueda, tentación irresistible, experiencia única, obsesión que se les impone a pesar suyo con fuerza avasalladora, captando todos sus sentidos. El escritor ama las palabras, que son para él su instrumento de comunicación por excelencia y dedica su vida a crear mundos imaginarios, a jugar con palabras que provienen de su acervo cultural, de la colectividad en que ha crecido, de sus lecturas de otros escritores que antes o al mismo tiempo que él han hecho uso del lenguaje en todos los países e idiomas del planeta.
En la introducción al libro de Eudora Welty, Una cortina de follaje y otros cuentos, Katherine Ann Porter dice que “el cuento es un medio difícil y especial y, en contra de una superstición popular muy extendida, no tiene una fórmula que pueda aprenderse en un curso por correspondencia”. Esta observación, llena de fina ironía, intenta prevenirnos de los errores más divulgados sobre nuestro oficio, de la facilidad con que la gente cree que el cuentista engendra sus criaturas. Pienso que los cuentistas somos, ante todo, amantes de la síntesis. El cuento es como un chispazo que deslumbra, una pequeña gema que logra sobrecogernos con los destellos de su fulgor, un golpe certero a los sentimientos de los lectores, una aventura apasionante.
Los temas del cuento pueden ser infinitos. No vamos a su encuentro, sino que ellos vienen sin que los llamemos, nos persiguen con tenacidad, nos atrapan, nos desvelan. Se alojan en nuestro cerebro y empiezan a crecer hasta que decidimos deshacernos de ellos escribiéndolos. Después viene un momento crucial: dar forma a esa masa informe que gira en nuestra mente. A veces creemos que vamos a dominar la evolución de un tema, los hilos de una trama, pero un relato con frecuencia marca sus propios pasos y los personajes no siempre resultan figuras sumisas que se pliegan a la voluntad de su hacedor. Es algo misterioso y seductor a la vez que desafiante.
Para escribir un buen cuento se necesita, más que un buen tema, un conocimiento cabal del lenguaje y las técnicas. Lenguaje y técnica apoyan al escritor en su faena, pero no deben convertirse en un programa, ni en un esquema preconcebido, ni en una camisa de fuerza. La técnica debe siempre sostener, nunca impedir. El lenguaje es ante todo un medio, no un fin en sí mismo. Cuando podemos manejar todos los problemas de la composición —lo cual no significa dominio absoluto—, dejamos entonces fluir lo que llevamos dentro y se produce el prodigio de la creación literaria. Todo esto implica que sabemos cómo resolver los problemas de la sintaxis, la estructura, el punto de vista, los diálogos y monólogos, las dificultades con los personajes, los detalles que podemos resaltar u omitir en la descripción y la narración.
Un libro de cuentos es una proeza de la imaginación, una lucha constante contra las digresiones que debilitan el relato. Densidad, concentración, coherencia, intensidad son las palabras que sirven para expresar la dinámica interna del cuento y su resultado final.
Si es bueno logrará atraparnos en sus redes de principio a fin; si no lo es, dejaremos el texto en seguida, aburridos o desilusionados.
Un libro de cuentos es, en la sociedad dominicana, un triunfo de la voluntad creadora, una victoria ganada al pavoroso reto de la página en blanco, a la rutina de la vida cotidiana, a los obstáculos que entorpecen la labor creativa en todas sus dimensiones. El escritor dominicano batalla contra la indiferencia del ambiente. Escribe en silencio sin esperar mucho, con la secreta alegría de alcanzar su cometido y poner su libro, una vez publicado, en manos del público que desee acogerlo. Escribimos a pesar de los tropiezos, la crisis que nos agobia, y el desaliento que a ratos nos invade. Escribimos porque no podemos ni queremos evitarlo, para conocer y conocernos, para descubrir los secretos del mundo circundante y sorprendernos de nuestros propios hallazgos.
III
El cuento es el poema de la narrativa. Toda la experiencia humana puede rotar en él como en un giroscopio minúsculo, multiplicarse a golpe de ritmo certero, o ser transformada mediante un proceso de inusitada densidad.
Muchos son los caminos que llevan al cuento. He tratado de recorrerlos todos, solo o en compañía de otros, guiado por maestros que conocen bien su oficio, internándome en la espesura de una selva enmarañada, siempre buscando luz en medio de las sombras. Después de mucho andar, siento que a cada paso surgen nuevos caminos que se reproducen como un poliedro en un cuarto lleno de espejos. Se abren cada día rutas desconocidas que me hacen sospechar que nunca podré agotarlas todas porque son infinitas.
Parto de experiencias muy hondas y realidades concretas, y con ellas invento microcosmos a través de la palabra. La realidad sólo me interesa como punto de partida, no tanto como puerto de llegada. De ahí mi afición a la fantasía. Creo que la imaginación se nutre de la vida, alimentada por fuerzas subconscientes, fobias, delirios, fijaciones, desmesuras, goces efímeros o perdurables, desgarramientos o esperanzas que emergen de mi interior y se convierten en los personajes y las cosas que pueblan mis historias.
No siempre sé lo que va a ocurrir en mis cuentos. Me gusta que me sorprendan los acontecimientos, asistir a los azares de una fiesta que comienza con la palabra y termina con las palabras. Me someto a la lógica del relato, aunque la misma contradiga mi deseo de provocar un efecto sorprendente. Desdeño los trucos, porque no son eficaces ni duraderos y el lector se siente engañado cuando los descubre. No quiero llevar a mis personajes a un lugar determinado, como si fuera un férreo dictador que sabe hacia dónde se dirige y conoce perfectamente el destino de sus criaturas, con la rotunda e infalible sabiduría de los seres omnipotentes. Prefiero aventurarme con los personajes, padecer sus dolores y gozar sus placeres.
Hoy tampoco busco los finales sorpresivos, aunque no los evito si convienen a la dinámica del cuento. Si éste lo requiere, el final sorpresa puede ser funcional y regocijante. No quiero llevar mensajes al lector, ni proclamar, recomendar, analizar o significar nada. No intento cambiar el mundo, ni busco soluciones que no sean otras que las del propio relato. Sólo aspiro a que el lector, al enfrentarse con un cuento mío, reconozca parte de su experiencia y la disfrute, o pueda participar de la mía, o se identifique con mis personajes y viva con ellos la aventura de la ficción.
Respeto al lector y por eso trato de entregarle textos “potables”, aunque estén contaminados de vivencias escandalosas, o sea, textos depurados en los cuales el lenguaje juega un papel primordial. Ante la página en blanco me despojo de cuanto llevo, poniendo al desnudo, de modo impúdico, esa parte intangible pero poderosamente viva, que el escritor, todo escritor, intenta comunicar.