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josé alcántara almánzar

intramuros

Ese aparatito metálico que emite chirridos malditos a determinadas horas es un símbolo aniquilador. El martillo golpea con estridencia la semiesfera y siento que pronto seré trasquilado por cuarenta verdugos provistos de navajas y cuchillos, pequeños verdugos despiadadamente agresivos que aparecerán en fila dentro de unos minutos mostrándome sus colmillos lechosos. El timbre nunca falla riiiiiiiiiing, a las siete cincuenticinco ya la secretaria está apretando el botoncito, melindrosa, aguajeándoles a los del último año, el director poniendo el disco del himno nacional y los muchachos preparándose para ver izar la bandera riiiiiiiiiing. Todos acuden mecánicamente a sus puestos temerosos de que el primer compás del canto a la patria los agarre fuera de base. Nada tan pautado y rítmico como los múltiples gestos que ensayamos a esta hora de la mañana. Yo me quedo rezagado, tomo el único' vasito de agua que tendré oportunidad de beber en el día y refresco mi galillo con una menta que da náusea. Riiiiiiiiiiiiing. Otra vez he venido al colegio sin desayunar; apenas tuve tiempo para ojear las noticias principales, los titulares. Pero claro, las profesoras dando tijera y aferradas a las páginas de sociales no le daban chance a nadie. La verdad que hoy llegué tarde y es una gran desventaja, Quisqueyanos valientes, alcemos / nuestro canto con viva emoción, / Ya está, me agarró a la salida de la sala de profesores. Ahora tengo que convertirme en una estatua de sal y esperar a que concluya ese viejo disco de 78 rpm que hace tantos años grabó el Coro Nacional. Desde aquí veo que a otros les ha pasado igual que a mí y se empeñan en sacar el pecho más de la cuenta. La actitud de esas profesoras es imperdonable, no dejan la chercha en ninguna parte, continúan cuchicheando lo más quitadas de bulla en medio de la solemne melopea patriótica. El director las mira con la rabiza del ojo, carraspea, ellas siguen como si tal cosa, ¡Salve el pueblo que intrépido y fuerte / a la guerra a morir se lanzó / Lo cierto es que los periódicos son un asco, publican las noticias de una manera tan indignante para el lector. Las noticias que gozan de preferencia en las enormes columnas de nuestros diarios son redactadas con estupendo sentido acrítico. Kissinger ansia la paz en el Medio Oriente, una ola de compasión en Estados Unidos por una flebitis. Ningún pueblo ser libre merece / si es esclavo, indolente y servil; / El alza del petróleo nos va a hundir a los chiquitos, de,cualquier modo tenemos que comprarlo al precio que les venga en gana a los proveedores. Hoy la cosa puede ponerse durísima en la capital si la huelga estudiantil se expande. A ver qué deciden los verdugos, con este peo político en el aire no sé cómo los vamos a contener en clase. Se nota lo nerviosos que están. Y yo con mi problema sin que lo termine de resolver, por cobarde, Mas Quisqueya, la indómita y brava, / siempre altiva la frente alzará; / pero hoy le hablo al director o no me llamo Pedro Pérez. Con la huelga la cosa puede llegar tan lejos que nadie sabe si el director se ve forzado a ordenar suspensión de clases hoy mismo, que si fuere mil veces esclava, / esas profesoras podrán ser todo lo habladoras que se quiera pero están más buenas que otras tantas ser libre sabrá.
Me muevo con rapidez, contrariamente a lo que hacen las profesoras, veo a mi grupo de verdugos clamando por mí, silbando, gritando, empujando, golpeándose. El orden no sirve para nada, la disciplina es una porquería que sólo puedo usar para echar de clase a quien ya no aguanto. Este jaleo en fila es una muestra graciosa de lo que vengo diciéndole hace tiempo al estúpido del encargado de disciplina, que si no les damos chance a los verdugos para que digan lo que sienten y boten el disgusto que les produce el encierro en esta ‘prisión del saber’ y protesten, discutan y exijan,nunca conseguiremos sinceridad, C AA AAAAAA A A AAAA A AAAAA AA ALLEN SE. Menos mal que siempre aparece el Bocón y le grita a la turba en tono amenazante. Gracias, Profesor Meléndez. El Meléndez es el Bocón del colegio. Un cohete casi explotado a quien queda poca munición en la garganta. Se mantiene rabioso. Su deber consiste en estarse paseando todo el día por el patio y los pasillos, con una tabla en la mano, correteando detrás de los que escapan de clase. Encima de eso se dice que sufre de un priapismo incurable, que tiene aterradas a las maestras jamonas y encantadas a las jóvenes solteras de la Primaria. Desgraciadamente Meléndez es un solterón intransigente en materia de casamiento y no creo que se deje atrapar así como así. No comprende que para su verga indiscreta la solución está en el matrimonio.
Mi fila de verdugos comienza a desplazarse. Un poco más tranquilos ahora, algunos esquivándome, vergonzantes; otros dándome los buenos días, simpaticones; la mayoría indiferente, preparando jugarretas, como la del españolito a quien se le ocurrió la semana pasada traer un maco y materlo en la gaveta del escritorio y yo que siempre saco la hoja de la asistencia sin mirar me encontré con el pendejo maco, puro hielo, vivo. Y él excusándose: “ese maco es para la clase de biología, profe”, y el curso muerto de risa. El castigo que se llevó el descolorido cabroncito y las que tiene uno que pasar por noventa míseros pesos. Y sin esperanza de que me hagan el aumento que me han prometido. Todos los años me dicen lo mismo: que no se puede, que no ha habido ganancias, que tal vez el próximo año, que quizá con la evaluación, que pronto viene el escalafón de la Secretaría y entonces sí. No me llamo Pedro Pérez si no hablo con el director hoy mismo. Los problemas hay que arreglarlos a base de diálogo y cuando no se logra nada por esa vía, entonces a palos si es necesario.
Voy a final de la cola, vigilante. No me siento con ánimos de dar clase, me oprime una inseguridad que no alcanzo a comprender, quizás porque le tengo miedo al director y saber que voy a enfrentarme a él me llena de terror. Todos los verdugos están en sus puestos, de pie, atentos a mi disposición de ánimo, quieren percatarse si habrá clase de verdad o vengo dispuesto a barajar. Me haré el chivo loco y les pondré un ejercicio, les diré que es un pruebín de veinte para la nota del mes. Si no les digo que tiene valor no hacen nada, son los verdugos más interesados del mundo.
A ver, muchachos, haremos una pruebita sobre veinte puntos para la nota mensual. Tomen papel tamaño mediano y pluma o bolígrafo, no escriban con lápiz que después no entiendo ni jota. Número ocho, borre la pizarra, por favor. ¿Listos? Primera pregunta: Explique causas y consecuencias de la Invasión de Dessalines... (yo no sé cuándo van a ponerle abanico a este curso, se pone como un horno desde que el sol se planta en la ventana)... la Invasión de Dessalines... Muchacho, dije que no escribieran con lápiz; préstenle un bolígrafo al número veintitrés... y compare los efectos de dicha invasión con la Campaña de Toussaint. Toussaint y Dessalines llevan doble s y Toussaint t al final. No escriban mucho si quieren buena nota, detesto a los aguajeros que llenan diez páginas y no dicen una sola frase sustanciosa. (Qué raro que nadie protesta, nunca aceptan un examen sin previo aviso, por corto y fácil que sea). Segunda pregunta: Hable de la personalidad histórica de Luperón... Gregorio Luperón, y explique las razones de su disputa con Lilis... Ulises Heureaux, Lilis... no me cuenten chismes que no me interesan, quiero hechos... de su disputa con Lilis. ¿Que no saben lo que es una disputa? Entonces consulten el diccionario. (Estos verdugos no saben ni donde tienen la nariz, ni la más mínima idea de las cosas. Eso es lo peor, ¿o lo mejor? Si leyeran los periódicos. Aterran. Las noticias de la inflación son terribles, pensar que el año próximo el costo de la vida se elevará mucho más...). Tercera pregunta: Muchacho, avívate, ¿te estás durmiendo? No, perdón, eso no iba en la pregunta, era una observación que le hacía, al número cuatro. Tercera pregunta: Explique la táctica militar del General Santana en sus campañas de la Restauración. (Cómo se salva un pueblo así, con gente joven durmiéndose en plena clase, un lunes precioso que invita al trabajo. El número cuatro tiene ojos rarísimos, no hay clase que no se la pase en babia. Ay, si el General Lilis viviera). Esa es la última pregunta. Faltan veinte para el timbre; tienen exactamente dieciocho minutos para contestar y dos para entregar. No quiero oir la voz de nadie, este es un examen individual; individual: ¿oyeron números siete y treintidós?
Me extraña que el director no se haya presentado todavía con sus avisos de costumbre, hoy con más razón, pues la cosa está tan caliente en escuelas y colegios. Esta calma de los muchachos es un mal presagio. Seguro. Tengo unas ganas tremendas de sentarme, pero si me siento comienzan a decirse y debo mantener el respeto a toda costa, no vaya a ser cosa que venga el director. Yo no seré muy eficiente en mi trabajo pero ningún verdugo se burla de mí en mi propia cara. Los verdugos se burlan de las profesoras porque la reacción es distinta. A la de Inglés la miran por debajo de la mesa para ver de qué color trae la faja y la pobre ni se lo imagina, a la de Español la insultan por lo menos dos veces al mes, cada vez que entrega las notas de los pruebines y lo que hace es llorar como una Magdalena. Las de primaria no confrontan esos problemas; en realidad no los tienen, a la edad de ocho o nueve los verdugos no son tan fuertes o desconsiderados como para hacerle una mala jugada al maestro, a esa edad están pensando en barquitos, bicicletas, rallies, son más disciplinados en baloncesto, admiran a las profesoras, las aman, se enamoran platónicamente de ellas. Increíble que se transformen tanto. ¿Será porque de pequeños se ven a través de nosotros, en tanto que al crecer buscan los rasgos de su verdadera personalidad y se oponen a todo el que trate de imponer criterios o señalar caminos? De cualquier modo la situación se hace insufrible aquí arriba; los profesores nos ponemos cada vez más viejos e ignorantes, nos fosilizamos, como dice el profesor de biología, somos las víctimas a quienes los verdugos decapitan cada mañana durante nueve meses. ¿Por qué sufrir vejámenes de niños archiengreídos que no sienten compasión ni por su madre, por qué dejar que ellos impongan las reglas del juego en clase? Pero también me pregunto hasta cuándo seremos nosotros los que impondremos las reglas unilateralmente para que los verdugos jueguen. ¿No serán esas actitudes el resultado de nuestra posición? Ay, cada vez que me pongo filosófico me vuelvo un enredo. Bueno, los cambios a veces no ayudan gran cosa. Yo me paso el año leyendo noticias horribles del mundo entero y no veo que la Humanidad cambie. Terminó la guerra en Viet Nam y los americanos fracasaron y se están muriendo miles de niños en Bangladesh y en otras partes de Africa y Asia y los ministros especiales de los países desarrollados celebran una conferencia en Roma donde concurren a los mejores restaurantes a comer opíparamente los ganaderos echan la leche al Río Yaque y en Canadá sacrifican a tiro de escopeta cientos de cabezas de ganado porque el precio de mercado no les conviene a los propietarios el terrorismo continúa en América Latina liquidan militares asesinan guerrilleros se amotinan presos dan golpes de Estado fallece Papá Doc aquí los campesinos continúan ocupando tierras porque saben que no les queda otro camino por primera vez después de muchos años los yankis empiezan a sufrir derrotas simultáneas en varios frentes su economía está al borde del colapso el alza de los precios del petróleo el subdesarrollo tan campante la devaluación del dólar las drogas azotando los pueblos permitiendo la manipulación la corrupción y el crimen Solzhenitsyn expulsado de la Unión Soviética por traidor la locura de la clase media dominicana con sus desfiles de modas todas las semanas las inauguraciones de boutiques supermercados agencias de viajes salones de belleza multifamiliares parques lagos inútiles escuelas que no tendrán maestros avenidas que sólo satisfarán a los ricos. Dios mío, es para volverse loco, loco. Hay días que quiero dejar todo esto, estas paredes pintadas de rosado pálido, el pizarrón, las tizas, los borradores, los tinteros, los complejos de culpa de profesores frustrados y oprimidos que se pasan la vida construyendo castillos en el aire, educando a un montón de parásitos. Quiero lanzarme a un mundo donde tenga más oportunidades, otras condiciones, donde deje de ser un maestrillo desconocido de noventa pesos, que no gana ni para comprarse una corbata decente, donde no tenga que aguantar necedades y pueda disfrutar de un fin de semana de descanso merecido, sin la presión de la entrega de notas, un mundo más igualitario en el que los niños que se quedan hoy sin escuela reciban lo poco que sé de historia. Parece que me han hecho brujería, cada vez me siento más incapaz de romper el círculo vicioso que me ahoga desde hace diez años, mi honestidad no le interesa a nadie, tendré que seguir viéndole la cara al director, oyendo la aburrida cantilena de las profesoras jamonas que suspiran con príncipes azules a los cuarenta, dando consejos estúpidos Riiiiiiiiiiiiiiiiiing). Entreguen sus papeles, muchachos. Dos minutos.
Es mi hora libre y voy a conversar con el director. Tengo que esperar en la salita junto al despacho. La secretaria me informa que está resolviendo problemas de un verdugo en presencia de los papas y ya tienen más de una hora discutiendo. Me voy poniendo nervioso; cuando me dan pase creo que he olvidado el pequeño discurso que preparé antes de venir esta mañana. El verdugo problemático porta una mirada tristísima, me observa con los ojos arrasados en lágrimas, moqueando bárbaramente; los padres me esquivan: están rabiosos, heridos en lo más recóndito de su sensibilidad de padres amorosos que pagan para que su hijo reciba la mejor educación. Entro al despacho y soy invitado a tomar una tacita de café. Espere un momento, profesor, déjeme completar el expediente de este muchacho, si no lo hago ahora después lo olvido. (Un expediente, como los de la policía, con foto y todo, lo único que le falta es un par de huellas digitales del verdugo para que la identificación esté completa. Tomo asiento en un sillón que ya quisiera yo tener en la sala de clase y miro al director servir el café con distinción y refinamiento propios de un escanciador de vinos. Ambos encendemos cigarrillos. Yo no quiero mirarlo, detesto las verrugas que pueblan su nariz y los bolsones morados debajo de los ojos). Bien, profesor Pérez, estoy a sus órdenes, dígame. Señor director, como usted sabe... (apago el cigarrillo y me apresuro a encender otro inmediatamente)... como usted sabe yo siempre he querido trabajar en este colegio, por la honradez, la seriedad y el alto nivel de los estudios que aquí se imparten. Me complace oirle decir eso, profesor, no siempre cuenta uno con gente que ama su trabajo, y ya sabe usted que enseñar, más que un trabajo cualquiera es una vocación, un oficio que requiere dedicación, amor y sacrificio, sobre todo sacrifico. (Sé muy bien lo que quieres decirme con eso, explotador). Comprendo, señor director. Verá usted... se está cómodo aquí. Me gusta ese cuadro que cuelga detrás de usted, reúne las condiciones de un cuadro bien hecho, y además hace juego con las cortinas. Lo compré hace tiempo, viajaba entonces por Europa; pero es una imitación en cartón de una famosa pintura de Van Gogh, “Girasoles”. La gente que viene aquí sabe poco de estas cosas, por eso decidí colgarlo ahí. Verá usted, señor director. .. (tomo otro trago de café y lo siento amargo)... con su permiso voy a echar más azúcar... desde hace algunos días quería venir a conversar con usted y realmente no sé cómo empezar. Dígame lo que sea y ya está, no tenemos mucho tiempo. Es tan difícil hablar de algo tan engorroso, preferiría hablar de la situación mundial, cualquier otro asunto y no mis problemas personales, soy tan reacio... (Su cara comienza a endurecerse, parece que sabe lo que quiero y se prepara para atacar). Verá... necesito comunicarle... que los problemas de la disciplina del colegio me preocupan, creo que deberíamos hacer algo. Magnífico, me gustan las iniciativas, haga usted al encargado de disciplina las sugerencias que considere pertinentes. (El tema se me va de las manos, estoy esquivando darle el frente a este gorila y él saldrá ganando como siempre). Ya se lo he dicho y parece no entender, lo mejor sería... Profesor, lo único que puedo prometerle es convocar una reunión del claustro de profesores, todos juntos tomaremos la mejor decisión en relación con ese problema, me interesa involucrar a la gente, no me gusta tener que tomar resoluciones impulsivas y unipersonales, usted sabe; ¿le satisface así, profesor? Cómo no, usted es tan comprensivo. (Tengo un nudo en la garganta, me corro el de la corbata como si tuviera calor, pero es un gesto absurdo porque el aire es tan frío aquí). ¿Hay algún plan para el año próximo, señor director? Muchos, profesor. Si me permite, me gustaría no tener que avanzarle nada, para que sea una sorpresa. (A lo mejor piensas echarme, gorila, pero vas a tener que pagarme antes las prestaciones). ¿Sorpresa? (Faltan dos minutos para el timbre y tendré que irme a clase. Es mi última oportunidad, si no la aprovecho, fracasaré, no es tan fácil hablar con este tipo). Sí, sorpresas agradables para la mayoría. (Mira su reloj, va a echarme, lo sé. Descuelga el auricular y llama a la secretaria). Tráigame los expedientes que le pedí, señorita; toque el timbre, ya es hora. Señor director... Riiiiiiiiiiiiing... Profesor, espero que podamos conversar en el claustro, le pido que me excuse... Gracias, señor director. (Salgo con mi rabito entre las piernas y cuando la secretaria abre la puerta y le entrega el paquete de expedientes ella me mira como gritándome mediocre, pendejo).
Me anudo la corbata, preparado para enfrentarme a los verdugos. Pienso que será mejor presentar mis reclamos en el claustro, sé que los otros me apoyarán, todos tenemos el mismo problema, lo que pasa es que nadie se atreve. Soy el único que se juega el puesto. Dios mío, ¿qué pasará con la huelga de hoy?