historia a manera de pastiche
Dejó la cuartilla en blanco sobre el escritorio, bajo la pluma fuente lista para emborronar, y fue hacia la ventana a mirar al patio. Horas tratando de sacar una nueva historia de la cabeza y era como si las ideas, de pronto, se hubieran secado en algún rincón perdido del cerebro, negándose a emerger como en el pasado, brillantes y sustanciales. Esta vez el relato debía quedar perfecto, ser absoluto, sin estigmas estilísticos o fallas de contenido. Se trataba del relato puro, de la narración que sólo estuviese al servicio de sí misma y fuese la única beneficiaría de su propio contenido. Durante años ensayando métodos, estudiando con morosidad montañas de libros sobre el tema, investigando acuciosamente la evolución, persistencia y desintegración de las formas, para llegar a la decepcionante conclusión de que muy pocos sabían el secreto: la fórmula de la hermenéutica literaria. Ahora, en el pináculo de su carrera, cuando la mente arribaba al máximo esplendor, se creía capaz de abordar con éxito la creación de la prosa pura, imperecedera, ajena a las minucias del tiempo y la época, hábil para enfrentar críticas y comentarios, las embestidas de las corrientes exóticas de moda, los más absurdos juicios críticos. El produciría el fenémeno que sólo la poesía había logrado con aproximada ventura.
Toda la mañana la cabeza concentrada, amamantando las ideas, sin que sintiese satisfacción de ninguna frase inicial. Cierto que aún no tenía el tema que iba a desarrollar, pero era justo lo importante: desconocer lo que habría de hacer, preocuparse constantemente por el surgimiento de los matices de la historia, sin averiguar demasiado las sorpresas o el final. Su gran experiencia de narrador se lo decía. Lo peor era sucumbir a los sentimientos, fogosos, deslumbrantes, amigos de la displicencia y la torpeza. Era preferible pasarse la mañana encerrado en el estudio, puliendo las ideas que darían principio a la historia, a tener que llenar de imbecilidades ocho o diez hojas de costoso papel. De mediocridad estaba inundado el mundillo literario; trabajar así lo dejaba a los maestros ae novelas por entregas, a ciertos colaboradores fijos de revistas y periódicos que habían invadido el mercado con tanta palabrería insulsa e incongruente. Miró los maceteros con nostalgia, se quitó los espejuelos y respiró el aroma de las flores, confusamente mezclado con la desagradable bosta que el jardinero usaba como abono. Vio la validez de la naturaleza; más bien el porqué ésta había tenido alguna vez razón de ser en el arte y lamentó que tantos recurriesen a la geografía y olvidasen la mente del hombre, esa parte tan importante donde están atrapadas todas las soluciones. Quizás toda esa maravilla del patio verde, engalanado de flores, no fuese otra cosa que el efecto del abono y el agua que se le echaba cada mañana, algo artificioso y falso. ¿Quién podía afirmar que lo verde realmente fuese verde y no una ilusión, producto de la conceptualización humana, del carácter eminentemente fantasioso del hombre? Porque a su juicio las cosas sólo existían en la mente del hombre y lo sensorial era una de ellas. Respiró profundamente, saboreando las hermosas frases metafísicas que acababa de repensar, recogió los espejuelos, los limpió con el pañuelo y se los ajustó de nuevo, gozando plenamente la verdura que sólo existía en su mente, el juego cromático que engañaba cada segundo sus ojos con una determinación tan objetiva que lograba estremecerlo.
Salió del estudio contando los pasos, comprobando la deplorable condición de la alfombra, rumbo a la cocina. Encendió la estufa, puso la marmita al fuego y esperó el pito del vapor de agua al salir por el orificio de la válvula. Una idea, se dijo, es como un silbido inesperado que escapa jubiloso cuando menos se piensa, sólo que se requiere madurez, que la idea esté bastante madura para que' pueda brotar sin vicisitudes. De vuelta al estudio, con la taza de té chino en la bandeja de plata, se detuvo ante los cuadros al óleo que colgaban de las paredes del inacabable pasillo, retratos de antepasados y parientes remotos que moraban en la penumbra de loS corredores. Siempre le impresionaban el del abuelo, escritor en su tiempo, impostor y esnóbista a la vez, arrugado y mustio en su sillón de piel ae cocodrilo, con un libro en la mano y el pastor alemán echado a los pies. Y el de la madre, la expresión facial coqueta, voluntariosa, los hombros desnudos bajo la fina estola de encaje púrpura, luciendo las alhajas de la noche de bodas. La influencia del abuelo había sido decisiva: él lo introdujo en el mundo literario cuando apenas era un mozalbete, le concertó reuniones y entrevistas, le escogió amigos, le propinó encuentros, le financió las primeras ediciones. La madre también había guiado su talento, excitando sus sentidos con deleite sibarítico, alentándolo, orientando las mejores ideas, acosándolo durante años, llevándolo del brazo al laberinto de la creación. Era una mujer valiosa, insustituible. A su muerte, él decidió no casarse nunca, temeroso de que otra mujer pudiese llenar el hueco que había quedado, desplazándola de su memoria. Un matrimonio en ese momento, cuando ya los mejores ratos de la juventud se habían extinguido en el estudio y el jardín hubiese sido extemporáneo. Desde entonces adquirió el odio por el ruido, por el género humano, y se recluyó en la villa a escribir libros, a leer los comentarios que aparecían en los diarios con una foto suya, antiquísima —de la época en que todavía dejaba que le tomaran fotos—, y reirse de buena gana con las sandeces de los críticos. Los libros eran la única compañía tolerable, el único recurso silente, estático, que resumía las experiencias de otros hombres y podía estarse quieto y no hablar durante siglos.
Se detuvo también frente a los inmensos estantes, bebió un sorbo de té, aún demasiado caliente, e inspeccionó con amor los lomos de sus obras favoritas, percatándose de lo poco que recordaba de aquellas de títulos desvaídos y forros manoseados que hablaban de una predilección pretérita. Eso le preocupó. No recordar siquiera lo que ya habían dicho otros era sencillamente un sacrilegio. Traía tan dentro su propio trabajo que le estaba comiendo el cerebro. Dolencia sin duda saludable la de partir de cero; una experiencia inolvidable la de no tener antecedentes ni influencias. No recordaba ningún otro caso en la literatura universal que consignase algo semejante. Había habido intentos, nunca logros. Entró al estudio, recuperado ya, volvió a tomar asiento ante el escritorio; terminó de un tirón la taza de té. Algo le impedía escribir, la idea estaba a punto de brotar pero la mano se declaraba indócil y cuando por fin cedía ya aquélla se había esfumado y tenía que recomenzar. Tomó la pluma fuente y empezó a garabatear el papel, sombreando de puntos la blanca superficie. Su pensamiento vagaba en un remoto cosmos, difuminándose en la blancura de la hoja. Dibujó figuras deformes, lo cual indicaba que el pensamiento no poseía la coordinación necesaria para alumbrar la idea acabada, digna de abrir un relato perfecto. Un ruido apagado llegó al estudio, él se levantó y caminó hacia la ventana, corriendo los visillos totalmente. El jardinero trabajaba en los tiestos ensayando injertos, abstraído. Cerró la pluma, hizo una bola de papel emborronado y salió del cuarto, jugueteando con ella, haciendo un pequeño bollo en el fondo de su mano, contando los pasos, comprobando el desgaste de la alfombra. Volvió a detenerse ante los cuadros y observó la malicia en la expresión del abuelo, la soterrada complicidad de la madre, la socarronería del viejo, diseñadas por la mano del mismo pintor.
En el patio el jardinero lo saludó con una sonrisa y siguió agachado sobre el tiesto, engarzando una ramita en el rosal. Tomó asiento en un banco y contempló la faena del hombre, lenta, delicada, firme. Sintió deseos de charlar y dijo algo. Por el silencio del otro recordó al punto que era sordomudo, no podía entender si no leía los labios del parlante. Sordomudo de nacimiento. Recordó que el jardinero estaba en la casa desde niño y que los juegos de la infancia habían sido silenciosos y extraños con aquel muchachito tarado. Se preguntó cómo había podido olvidarlo. Sobrecogido por la amenaza de una inminente crisis de amnesia trató de rememorar nombres y ocupaciones de amigos. Acudían a su mente dispersos, vagamente delineados. Si recordaba la existencia de funcionarios, artistas malogrados cuyos cuadros se vendían entonces por una bagatela, contertulios de café con quienes discutía de literatura treinta años atrás, era incapaz de recordar los nombres. Siempre datos incompletos, sólo señas, sin propietario conocido, o la ocupación del individuo —un actor, un músico— sin las señas. El jardinero terminó el injerto e hizo un hoyo en otro tarro para plantar un curioso arbusto. Regó la tierra, le añadió abono y colocó la plantita en el hoyo, dejándola a la sombra. El se cambió de lugar, huyendo del sol que lo perseguía. Había detrás un mundo inmenso, acaloradas discusiones de temas de actualidad, ardientes polémicas con amigos y enemigos y una ruptura final que lo alejó de dicho mundo. El Café, otrora concurrido por gente sensata, se le presentó ocupado por esperpentos que chillaban sinrazones, palmoteaban, pedían otra botella de cerveza. Ln munduio Heno de tarsantes, donde él sobraba, donde su talento incomprendido chocaba contra la muralla de los mediocres. Por eso se recluyó en la villa, sencillamente asqueado, encargó revistas y libros y determinó sólo escribir y leer. De esa época eran los libros más raros, los que nunca merecieron la atención del público ni el favor de los críticos. Pero estaba seguro de que no escribía para los críticos o el público sino para sí mismo, convencido de que un acto de creación no es más que un humilde homenaje a su propio autor.
De regreso a la casa, con la sensación de hastío reflejada en el ceño, concluyó que al menos la tarea del jardinero dejaba resultados concretos: un árbol que daba frutos tarde o temprano, injertos que mejoraban las plantas, bellos jardines. Pero él, hasta el cuello de libros, producía para una élite anónima, perennemente inconforme, y al cabo de unos meses, el nuevo libro envejecía e iba a los estantes a morir apelillado, comido por el polvo. ¿Valía la pena crear personajes, historias que poco o nada decían de la experiencia vivida? ¿Qué movía al hombre a crear una sinfonía, a pintar una agrupación de figuras en una tela, a escribir una historia? Saberlo era dar con la clave. Había una fuerza desconocida que se instalaba en su cabeza y golpeaba rudamente empujándolo a tomar la pluma y la hoja de papel. La fuerza le hacía temblar la cabeza cada vez que las ideas se escapaban y un dolor la martillaba a partir de ese momento. Al acercarse al estudio inspeccionó los estantes. En una sección lateral se encontraban algunos suyos, de los primeros publicados, de los que él mismo se había prohibido releer para no caer en el miedo a las repeticiones. Las variaciones sobre un tema tenían sus encantos ¿a qué negarlo? No temía las repeticiones, la literatura toda era para él una repetición continua de las mismas cosas. Tomó un diminuto libro y entró al estudio. Escogió la primera historia y empezó a leer.
Casi al final Jansen tuvo deseos de destruir su novela, insatisfecho del giro que los personajes habían dado a la historia, y acabar así con las obsesiones que interferían su creación. Pero creyó que un acto de ese tipo volvería añicos en un instante tantos años de arduo trabajo y que no merecía la pena. No estaba tan descontento con el desarrollo de los acontecimientos que había planeado de antemano con tortuoso cuidado, sino más bien del brusco cambio del final. El protagonista había muerto cuando debía sobrevivir para ver concluida su obra y los antagonistas se habían salido con la suya. ¿Vencían los ideales positivos? No, el mal había triunfado de nuevo y Jansen se proponía una cruzadá contra las fuerzas maléficas. Quería, pues, encontrar solución al problema.
La historia de Jansen era breve y sensiblera, pero él no recordaba el final. ¿Cuántos años desde que la. escribiera? Veinte o treinta (no se ocupó de ver la fecha de edición del libntoj, bastantes para olvidar cualquier cosa. Corrió los visillos de la ventana y tomó la pluma para subrayar algunos párrafos. Encendió la vieja lámpara de mesa y se sentó en el sillón del abuelo.
Jansen siempre creyó que escribía por convencimiento ególatra, buscando lauros y admiradores; nunca tuvo fé en sus personajes y fue demasiado débil cuando debió comportarse con energía. El final de su historia le trajo constantes jaquecas que lo hicieron refugiarse en la bebida. Día tras día se metía en el estudio, con una botella de whisky, pretextando dar término a su trabajo inconcluso, mostrando una desagradable faceta de inconsistencia intelectual. No podía crear, estaba definitivamente acabado para sí mismo, para el público. Era víctima de la peor enfermedad que puede atacar a creador alguno: la inanición, la paralización de las facultades que confieren el poder de extraer del cerebro —esa pequeña masa que cabe en las manos— fabulosos universos donde la imaginación debe lograr que lo falso parezca cierto y lo real ficticio.
¿Cómo había podido degradar a un personaje-escritor convirtiéndolo en un beodo improductivo, en un hombre de poca madera incapaz de cambiar satisfactoriamente el curso de su propia creación? ¿Venganza? ¿Mostraba ello el predominio de presiones ocultas sobre el artista? Detestó el contenido de la historia y se mostró más comprensivo con el problema de Jansen, ahora que también él parecía a punto de perder los recuerdos y devenir el más inútil de los creadores. Podía asimilar la angustia de Jansen impotente, inepto para alterar el Universo del que era único responsable y hacedor.
Pronto la esposa de Jansen se enteró de la patética realidad de su marido y, lejos de mostrarse comprensiva, se ensañó contra él, atacada por celos infundados y desajustes emocionales. Le escondía la bebida, le obturaba el único escape que encontraba a su incapacidad. Se entabló entre ellos una lucha indirecta, manifiesta en tensiones mudas...
Cerró el libro, cortando la lectura abruptamente, esforzándose en dar una solución al problema de Jansen, tal vez idéntica, tal vez distinta a la ya consignada en el libro. La cerrazón de la villa, a pesar de su jardín cuidado, podía ser la causa de su incapacidad de pensar, de recordar con lucidez. Después de tantos años de retiro voluntario sintió miedo de lanzarse a la calle y volver a los lugares que le eran conocidos. No tenía idea de lo que pasaba en el exterior, había suspendido la compra de diarios y se negaba a ver televisión. Tratar sería el único modo de saber. Le pareció que hubiese sido interesante salir de la villa, cruzar la única frontera que separaba las residencias del barrio del resto de la ciudad y recibir de golpe el impacto del cambio. Ya en el portón se asomó a las rejas y tendió la vista a la calle larga, sin captar más que un par de cuadras. Era tan fácil salir, echar por la calle protegiéndose de la garúa con el paraguas, doblar por la Avenida Principal, irse al parque de las fuentes y ver brotar el agua, conversar con los amigos, terminar sentado en el Café, discutiendo de literatura y bebiendo vino o cerveza. En la calle le acechaban los problemas, el tumulto, la mucnedum-bre que había echado a perder la armonía de su ciudad pequefla, donde todos se conocían y nadie temía a nadie. Y también se acercaba la oscuridad que haría más odiosa la caminata por esas calles ya desconocidas. Vaciló antes de reingresar a la casona, tentando los barrotes del enrejado y metiendo la cara entre ellos como si tratase de alcanzar más de lo que su posición le ofrecía. Desde la puerta el sordomudo le hizo una seña. Dio un giro, caminó hacia la casa y penetró en ella seguido por el otro. La mesa estaba puesta para recibir al único comensal que la ocupaba desde la muerte de la madre. Trajo el consomé, dos platos —uno de fiambre, otro de carne— y sirvió vino y agua en copas de diferente tamaño y forma. Nunca se miraban en esta ceremonia de la tarde. Uno servía mientras el otro desdoblaba la servilleta, se la colocaba en las rodillas y comprobaba la brillantez de los cubiertos. Al quedarse solo comía parte de los alimentos con lentitud. Cuando bebía la copa de vino pensó en el posible final de la historia de Jansen y calculó que la bebida le habría perdido. Comió más fiambre que de costumbre y bebió toda la botella de vino que el jardinero dejó en la mesa a petición suya. Al levantarse, secándose aún los labios ácidos, tambaleó y tropezó con una mesita, de donde cayó una porcelana. Sin recoger los restos del adorno volvió al estudio, confiado en terminar la lectura de la infortunada historia de Jansen esa misma noche.
Jansen comprendió que el aislamiento podía servir de terapia a su congestionado cerebro, siempre que no recurriese al alcohol. Así lo dijo a su mujer un día y por dos o tres semanas pareció que la crisis iba a desaparecer. Retornó a la vida normal del estudio y la mesa de trabajo, a los paseos matinales, recogiendo en el frescor de la mañana el silencio del campo que rodeaba la finca donde estaba ubicada la casa. Pronto un hermetismo lo envolvió. Las comidas en compañía de su mujer eran tan aburridas que optó por comer en el estudio, definitivamente mejor acompañado por los libros. Ella no protestó, prefería el silencio del hombre que rechazaba internamente a tener que soportar a un borracho que daba tumbos por la casa. Se olvidaron mutuamente. El quedó sepultado en el estudio, en obsesiva búsqueda de conocimiento, arremetiendo contra pilas de libros, libros que devoraba en vano intento de encontrar una nueva fórmula heurística, nutriéndose de ideas mientras no pudiese hacer otra cosa. Ella, todavía con bastante calor en las venas, se refugió en el jardinero, único ser humano que compartía muy de cerca la lejanía de sus vidas. Así, mientras Jansen se apagaba en las cenizas de las investigaciones, ajeno a la indignación de su mujer, ésta compensaba el desequilibrio de la nueva situación en atormentadas sesiones amorosas con el jardinero.
El vino comenzaba a interferir la lectura. Los ojos se le cerraban por segundos, se quitaba los espejuelos, los limpiaba, tornaba a ponérselos y hacía esfuerzos por continuar releyendo párrafos que no entendía. Hubo un momento en que debió quedarse dormido más de lo que supuso pues al abrir los ojos, detrás de los visillos no se distinguía nada. Esa cómoda posición del cuerpo en el sillón del abuelo y la pálida luz de la lámpara contribuían a aquella soñolencia traicionera que lo invadía.
Jansen salió de su encierro, convencido de que debía insuflar cierta vida a su propia obra con personajes de la realidad. ¿Loco? Buscó a la mujer por toda la casa con las cuartillas a medio emborronar, la pluma entre los dientes. En vano se desplazó de un lugar a otro escudriñando los salones vacíos y las habitaciones. Quiso preguntar al jardinero y no lo encontró.
Se levantó con la pesadez del sueño colgante de los párpados, destapó una botella de agua mineral y empapó el pañuelo y lo pasó por la cara. Tomó el libro y retornó a la lectura, buscando la postura que lo ayudase a mantener la vigilia.
Después se dirigió a la habitación del jardinero y tocó varias veces a la puerta. Nadie respondió. Creyó escuchar murmullos; no insistió. Se alejó en dirección al estudio. En la tarde la mujer fue al estudio y él la recibió con una desgastada sonrisa. Ella lucía rejuvenecida, con un vaporoso vestido y el rostro transformado. Él la invitó a pasar diciéndole que tenía algo muy importante que tratarle. La expresión alegre de la mujer cambió de manera sensible sin que pudiese evitar que él lo notara.
Tuvo sed, buscó en la mesa del fondo y sólo encontró whisky, muy fuerte, que bebió en grandes sorbos. Se encontró demasiado cansado para continuar la lectura de la historia de Jansen pero quería probarse a sí mismo que aún era resistente y podía trabajar sin descanso hasta el amanecer. El vino y ahora aquel enorme vaso de alcohol lo sumieron en una deliciosa modorra. Retomó la obra y leyó el final, saltando algunos párrafos.
La desesperante agonía de Jansen concluyó con la búsqueda interminable de una conclusión perfecta para su novela: mató a la mujer en el estudio, acusándola de adulterio, pidiéndole acremente que se convirtiera en un personaje más. El jardinero había acudido a los gritos de la señora y al forzar la puerta la encontró sobre un montón de hojas emborronadas y a Jansen a su lado, escribiendo un final que había buscado y que ya ni siquiera comprendía.
Cerró el libro, se rasco la cabeza y levantó las cejas, confundido por la maraña de aquella absurda historia, pobretona y simple, propia de arrebatos de juventud. Se avergonzó de haber escrito tal adefesio. Fue al escritorio, vio la cuartilla en blanco junto a la pluma y pensó que ya aquella noche no podría seguir trabajando. El agua mineral se había agotado y le resultaba imposible escribir sin agua mineral, tan refrescante contra el sueño. Salió del estudio, bostezando, limpiando los espejuelos, mirando los estantes y los cuadros, comprobando la deplorable condición de la alfombra.