PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

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josé alcántara almánzar

enigma

Me deslicé con sigilo por la puerta del fondo, en puntas de pie, y esa fue la primera vez que lo encontré inmóvil, sentado frente a la ventana abierta de par en par, mirando al mar. Entré en silencio, con pasos felinos. Me llamó la atención su quietud y aquella estática postura. Estuve observándolo mientras me desabrochaba la bata y me sacaba los zapatos en espera de que hiciera un ademán, un pequeño ruido o señal de vida. Seguramente lucía cansada y debía tener unas ojeras atroces y los labios resecos y amoratados. No podía verme pero lo suponía. Él siguió mirando al mar sin darse cuenta de que yo había llegado. Permanecía quieto, lanzando la mirada a través de la ventana, por encima de la avenida y del interminable malecón que separa la acera de las rocas del farallón, y los ojos iban a empotrársele en el agua, a esa hora llena de irisaciones amarillas. Me cansé de esperar y quise acercarme, pero me detuve en seco cuando lo vi poner la mano en la ventana y levantar un poco la cabeza. Pensé que mi brusco movimiento al detenerme un instante antes le había advertido mi presencia. Volvió la mano al brazo de la butaca y se mantuvo inmóvil. Ese era el momento de romperlo todo, de no dejar que lo envolviera el retraimiento y la soledad. No fui capaz de sacarlo de aquel hoyo, no hablé lo necesario, no llamé a los amigos. En ese momento no pensé en nada útil porque no creí que se volviera insondable, ni creí tampoco que se transformara por completo a partir de esa misma tarde. Me hice solidaria entonces. En los minutos iniciales me convertí en una pieza más del juego de su mente y lo seguí. Quedé allí parada, viendo el respaldo de la vieja butaca y, por encima de ella, el dibujo de su cabeza petrificada.
Dije hola, echando a caminar de nuevo hacia la ventana. El también hola sin volver la cara. ¿Cómo va la pierna? Mejor. ¿Duele? Me di cuenta de que habría que llevarlo al hospital para cambiarle el vendaje. No mucho. ¿Quieres fumar? Yo tenía la cajetilla en la mano, ahora no, más tarde. Con los cigarrillos en la mano sentí deseos, fui hasta la mesita donde estaba la cartera y busqué los fósforos. El humo anebló un momento los objetos de la sala, desvaneciendo en un azul indefinible el naranja que les llegaba del otro lado de la avenida. Veo que has estado mirando al mar. Me acerqué más a la ventana. Eso ayuda. Exhalé una bocanada de humo. No contestó. Está bonito, hace mucho que no tenía ese color; con la guerra comenzaron las lluvias y el mar perdió ese azul tan suyo, después se puso cobrizo, sucio, apestoso. Ya pasó, el color de las aguas va a cambiar ahora... y hoy no llovió ni ayer tampoco, ojalá que dure. Lancé otra chorrera de humo, sin percatarme que hablaba demasiado. Fumé con ansiedad el cigarrillo, hasta el filtro, dejé la colilla en un cenicero extrafio: un tiesto del balcón. Él había vuelto la vista al mar. ¿Tienes hambre? No, en absoluto, dijo sin quitar los ojos del agua. ¿Por qué no te animas y comes algo?, lo necesitas. Como quieras, habló secamente. No estás de buen humor esta tarde, y ya en la cocina agregué: eso se nota en seguida. No se si te molestará... les dije a los muchachos que podían venir esta noche, quieren verte, ¿te molesta que les dijera? No, qué me va a molestar. Esta respuesta cortante me indicó que era tiempo de callar. Siguió mirando al mar desde la salita. Pensé que estaba recibiendo mensajes. La quietud inusitada de las aguas no me traicionaba, ese movimiento oscilatorio tan calmo debía significar algo.
Se levantó de la butaca en la que había estado horas muertas, tomó la muleta, abrió la puerta y salió. Ella, perdida en la meditación y atenta a la olluela, no se dio cuenta de que él abandonaba el apartamento. Bajó las escaleras sin pausa, arrastrando un dolorcito agrio que le punzaba la pierna débil, ahí, en el mismo lugar de la herida. En el edificio se oían murmullos y voces apagadas detrás de las puertas. Caminó despacio, agarrándose a la balaustrada y oyendo, magnificado por la acústica de la escalera, el golpe de la muleta en el granito de las losas. Cuando salió a la avenida aún se podía usar la última luz de la tarde. Caminó un trecho sin pararse, sin percatarse de otros peatones que cruzaban con indiferencia. Cruzó la avenida, caminó hasta alejarse bastante del edificio y llegó a un punto donde ella no podría detectarlo.
¿Se siente bien? , preguntó el desconocido. Sí, alcanzó a decir, acezante. Sólo estoy un poco cansado.. . por el peso, ya me está pasando. Tenga cuidado, no es bueno abusar. Lo tendré, pierda cuidado. El desconocido prosiguió su camino sin volver la cara, satisfecho de su caridad. Unos palmos más allá encontró un buen sitio. Apoyó la muleta en un recodo del muro y se sentó de espaldas a la avenida, siempre mirando al mar. El naranja rutilante de la superficie se había transformado en un violeta oscuro que le daba en pleno rostro al farallón, trocando las rocas en engañosas figuras vibrátiles. Él siguió inmóvil, con los ojos fijos en el agua, atento a un punto indefinido. Ni el cabello que le caía desordenado sobre la frente impidiéndole mirar con claridad, ni la brisa que había aventado la muleta sobre las rocas conseguían que se inmutara; tenía las manos enlazadas y la cabeza imperturbable sobre los hombros, como soldada.
No estaba en la sala cuando salí de la cocina. Creí que había ido al baño pero allí no lo hallé ni tampoco en el aposento. Me desprendí por la escalera hasta los apartamentos contiguos; nadie lo había visto y en cada puerta me decían lo mismo. Salí del edificio, la avenida estaba desierta a esa hora. Escudriñé el malecón y me pareció verlo a bastante distancia. Caminé entonces más despacio, aún excitada. Él no se movió cuando llegué. No tenía fiebre. ¿Por qué no me dijiste?, fue lo único que se me ocurrió. No quería molestar. Volvamos a casa, propuse. El retomo fue lento; él llevaba un brazo alrededor de mi cuello y con el otro agarraba la muleta. ¿Qué hacías en el farallón? Mirando al mar. Puedes hacerlo desde la ventana. Quería estar más cerca. Parece que no comprendes, la herida se puede infectar. No se burló de mis frases cuasimaternales, se dejó llevar, con la vista en unos alcatraces grises. Quedaba un trocito de luz cuando llegamos a la puerta del edificio.
Comió poco, le pedí que hiciera un esfuerzo y apenas tocó la natilla y el pan. No sé cómo se me ocurrió preguntarle si quería seguir viviendo, nunca he comprendido por qué me salen frases tan imbéciles a veces, pero no puedo evitar el decirlas cuando las siento. Sí, dijo sin énfasis. Empecé a sentir miedo por los dos. Cuando terminamos él se fue a la butaca y se puso a mirar al plato negro que ya era el mar a esa hora, serpenteado por una luz ocre que proyectaba la luna en la superficie del agua. Vacilé, quería irme a la cocina y estar con él también. Por fin dejé la mesa descompuesta y me senté a su lado. No hablamos, estuve acariciando sus manos y después me puse a fumar. A sus pies podía ver el origen de la barba en la mandíbula inferior, nunca había visto una barba así de tupida. También veía los labios y algunos pelos taladrándole las cavidades de la nariz. Los ojos no, me lo impedían sus pómulos saltones; únicamente alcanzaba un pedazo de pestañas y algunos pelos de las cejas que claramente se distinguían del cabello. Los camaradas llamaron para decir que no vendrían, que tenían un coloquio en casa de no sé quién. Colgué el teléfono y me quedé junto a la mesita, deseando que él preguntara quién había telefoneado. Aparentemente ni se percató. Era difícil concebir que su mente se hallara en la habitación, aun de espaldas yo podía sentir su ausencia. Comencé a recoger los platos de la mesa, tuve la intención de pedirle que no se moviera de la butaca y pensé que eso le molestaría y no le dije nada.
Media hora después lo encontré en el farallón. Había vuelto a salir. El agua tenía un oleaje fuerte, ya no era un plato uniforme sino una masa alborotada; las olas chocaban contra las rocas y nos salpicaban de salitre. Él no contestó ninguna de mis preguntas y yo comencé a llorar, agregando un imperceptible ruido más. No logré movilizarlo. Mi cara llorosa se avivó de súbito cuando una pareja pasó por la acera opuesta. Grité y no pareció escuchar. El hombre y la muchacha se besaron, se detuvieron y luego continuaron mientras yo seguía gritando desaforadamente. Tal vez el ruido de las olas apagaba mi voz porque caminaron hasta perderse en la avenida. En los edificios cercanos no quedaban luces encendidas ni ventanas abiertas, todavía la nuestra proyectaba la luz de la sala en medio de la noche. El cansancio me vencía, ya no sentía deseos de luchar ni podía hacer otra cosa que no fuera esperar.
Joven, va a coger una pulmonía, me despertó el viejo que recogía desperdicios en el farallón. Me había quedado dormida y no logré verlo todo con claridad en el primer instante. El mar había rescatado la quietud y el ruido de las olas contra las rocas era apenas perceptible. Por un momento no supe qué hacer, estaba atolondrada, quise buscarlo cuando noté que no estaba. Me costaba creer que hubiera atinado a cubrirme con el abrigo, todavía medio húmedo. Inspeccioné los alrededores, pregunté al viejo y éste soltó un atado de incoherencias. Ya en pie me sorprendió hallar la muleta flotando en el agua, rebotando contra las rocas. Eché un vistazo al pedazo de mar que jugueteaba más abajo y tampoco lo vi. Esperé a que hubiera más luz para bajar, aunque todavía tardaría el sol.
Pude verlo sentado en una roca, en un nivel inferior al que me hallaba. Ayudada por el viejo bajé. Lo llamé y no contestó. Desgarrándome el vestido lo empujé hasta hacerlo subir. ¿Qué hacía allí, señor? El viejo seguía sin comprender. Su hermana estaba como loca. Contemplé su pelo empapado, presentí que enfermaría, que no contestaría al viejo, que su boca se había cerrado y que todo esfuerzo por saber la razón sería inútil. Cuando rescatamos la muleta volvimos al apartamento. Dejé de sentir frío en las escaleras. Temía que algún vecino olisqueara nuestra presencia y por eso no hablé. Al entrar, la luz me golpeó y me lancé frenética a apagarla. Ya en la oscuridad adivinaba torpemente los objetos. Él volvió a sentarse en la butaca. Antes de entrar en la habitación yo también me había detenido a mirar al mar, a hacerme mil preguntas desordenadas. A esa hora de crepúsculo al revés, en que el aliento vómico del mar se confundía con el vaho grasiento del apartamento y los colores del amanecer brotaban con rapidez inusitada, me descubrí molida, como si me hubieran dado una paliza. Me tiré en el sofá y me enrollé pensando que no podría ir a trabajar en la mañana.
Confiaba que todo pasaría aquel mismo día. Me equivoqué. Él se adhirió a la butaca y soportó los cambios de la mañana sin comentarios, sin quejas, sin deseos. El sol subió y entró a puñetazos por la ventana, la avenida se pobló de ruidos, de autos, de gente. Me quedé con él, indecisa, dando vueltas locas por la sala, sin hablar porque habría sido una estupidez hacerlo, tragándome mi angustia. Llamé por teléfono a los muchachos y vinieron en seguida, alarmados de mi voz de enajenada. Fue inútil. Las preguntas flotaron en el aire sin que ninguno hablara, se limitaron a entrar con miedo, pisando suave como cuando acaba de morir alguien y no se quiere provocar accesos de llanto. Lo miraron, se acercaron a él, lo examinaron con cuidado, sin hablarle. Uno le recordó después los símbolos de amistad de los viejos tiempos, otro se tendió frente a la butaca y estuvo acechando el mar por los huecos del balcón. Yo no sabía qué hacer y fui a la cocina a preparar café, que tomamos en silencio. Al final uno me habló al oído. Luego se marcharon.
Estuve acurrucada en el sofá durante dos horas en las que volví a dormirme. Él había vuelto a abandonar el apartamento, pero no tuve que acercarme al balcón ni bajar a la avenida para saber dónde lo hallaría. Estaba otra vez en el farallón, entre las rocas, contemplando su padremar, mi enigmar, con los labios descascarados de sol y agua salada y su pétrea mirada perdida. Fui al teléfono, levanté el auricular, marqué el número, esperé, me contestaron, les di algunos datos, salí al balcón. Hacía frío, me abroché el abrigo, miré cara a cara al sol de invierno y me puse a otear el mar y a esperar la ambulancia.