PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

Autores

josé alcántara almánzar

en carne viva

Gabriel entra al baño temiendo que Alma se duerma antes de que termine el noticiero de las diez, como siempre le ocurre a esa hora en que todo el cansancio y las tensiones del día parecen desplomarse sobre ella sin compasión. Una leve ráfaga de aire tibio y húmedo penetra por la persiana, que él cierra de inmediato, receloso de una corriente dañina. Se quita la bata, los pantaloncillos, se tienta con una mano piadosa la incipiente pancita que lo abochorna cuando va con sus hijos a la piscina del club y se da un chapuzón delante de quinceañeras indiferentes que no se enteran de que él existe. Quiere saber si ha aumentado de peso durante el fin de semana recién transcurrido y sube a la balanza. Con disgusto comprueba que ganó dos libras, para un total de quince, con las trece que ya tenía en exceso. Su incapacidad para controlar el apetito provoca en él un sentimiento de autocompasión y desprecio. Por enésima vez piensa en lo que hay que hacer para mantenerse en forma y evitar una obesidad prematura. Ante todo, reducir la cantidad de alimentos, dejar los tentadores tragos en las comidas y poco antes de acostarse, llevar una dieta saludable, baja en grasas, calorías y carbohidratos, y, por supuesto, ejercicio, practicar algún deporte, quizás correr o jugar tenis, aunque sea los sábados, que es el único día verdaderamente suyo, sin horario de oficina, reuniones engorrosas o compromisos familiares ineludibles. Lo peor del caso es que conoce estas fórmulas a la perfección y no las aplica por debilidad e indisciplina.
Cuando Gabriel manipula los grifos de la ducha, el agua brota caudalosa, con una fuerza inusitada. Desde la habitación llegan sonidos del televisor, ininteligibles, mientras Alma se pule las uñas o le pregunta algo que él es incapaz de entender. Se queda inmóvil, concentrado en Alma, que lo espera plácidamente acostada, lista para entregarse a él cuando la requiera. Apartándose del caño se enjabona despacio y al concluir se coloca de nuevo bajo la enérgica lluvia que limpia y masajea su cuerpo al mismo tiempo. Más que una rutina aséptica, el baño es para Gabriel un rito cotidiano de renovación que lo libera de la suciedad que el mundo exterior arroja sobre él. Con frecuencia dice que el agua depura su cuerpo y le da fuerzas para afrontar la vida. Se seca la cabeza, la cara, las extremidades y el resto, poniendo especial cuidado en los pies. Sale de la bañera y va directamente al botiquín, de donde extrae un frasco de colonia. Gabriel es pródigo con sus perfumes, sobre todo cuando se propone llamar la atención de las mujeres. Piensa entrar desnudo a la habitación, pero sabe que Alma no aprobaría una conquista tan descarada y decide ponerse el piyama nuevo que le regalaron los niños en su cumpleaños.
Al llegar al aposento descubre que Alma se ha quedado dormida y dejó encendido el televisor. El desaliento se mezcla con la frustración. Reprime su fogoso impulso y deja que siga la transmisión, interesado en mantener el agradable ambiente de luces y sonidos discretos emitidos por el aparato. Se mueve con el sigilo de un gato para no molestar a su mujer, aunque se siente miserable después de tantos juegos de imaginación condenados a quedar en su cerebro como meras fantasías de cuarentón embullado. Observa a Alma, acostada de lado, hecha casi un ovillo, ocupando muy poco espacio de la enorme cama. Gabriel le quita un mechón de pelo que le cubre parcialmente la cara y luego trata de despertarla, secreteándole con ternura que se ha perdido lo mejor de las noticias: el inesperado discurso del presidente. Ella permanece inmutable y Gabriel sonríe. Sabe muy bien que el sueño de Alma es de piedra y que no despertará, a menos que la zarandee o la asuste. Entonces reaccionaría hecha una furia y sus planes se estropearían. Le entran ganas de fumar y sale al balcón.
Hace una noche espléndida, clara, sin ruidos ni calor excesivo. Desde su casa, ubicada en un promontorio, Gabriel domina una vasta zona de residencias y áreas verdes que están al norte. Sentado en un confortable sillón saborea un cigarrillo, intenta olvidar sus frustrados deseos y piensa que hacía tiempo no pasaba un rato tan armonioso, en medio de una ciudad que ha dejado de serlo. En este instante sólo le importan Alma, los niños, la quietud del hogar, su cigarrillo, el silencio de la noche, su piyama nuevo.
A lo lejos parpadean las luces de las casas situadas al pie del farallón que hay enfrente de su calle y una columna de humo que aniebla la transparencia de la noche. Gabriel recuerda los montones de basura arrojados dondequiera y las improvisadas hogueras que la gente inventa para combatir la pestilencia y las plagas. Cierra los ojos tratando de borrar las escenas que quiebran su paz interior, pero el inconfundible hedor de materia orgánica en combustión tortura su nariz negándole el sosiego que hasta hace poco disfrutaba.
Entra a la casa, camina por los pasillos del piso superior y llega a la habitación de los niños, que duermen desde temprano. La puerta está abierta y Gabriel contempla enternecido a sus hijos. Como de costumbre, el pequeño está atravesado en la cama, oprimiendo a la miedosa gordita que ha venido a buscar refugio en el aposento de sus hermanos. Coloca al primero en una postura adecuada, lleva a la niña a su cuarto, la acuesta, la arropa y regresa. El mayor olvidó apagar la luz de la pecera. Echado boca arriba, resuella con el pitido sonoro del que respira con dificultad. Gabriel abre por completo las persianas para que la brisa circule. Apaga la pecera y sale de la habitación. Pasa por la suya, ve que Alma sigue igual mientras el televisor la cubre de fuegos artificiales. Baja la escalera, se detiene en la sala, recoge unas revistas que encuentra tiradas en el piso y las pone sobre el sofá. Va a la cocina y, sin encender la luz, abre la nevera, saca hielo del congelador, coloca varios cubos en un vaso y se sirve whisky de una botella que guarda camuflada entre cajas y latas en la despensa. Al beber el primer sorbo, un súbito espasmo le contrae la garganta. Es una especie de incomodidad que pronto deja paso a un estado de bienestar. Con la botella en una mano y el vaso en la otra sube a su cuarto. A medio camino se pregunta si las puertas tendrán puestos los pestillos, pero ya es tarde para constatarlo.
Gabriel procura no despertar a Alma, aunque su excitación se mantiene. Todavía es temprano. Apenas son las once y se le ha espantado el sueño. Termina el trago que se preparó en la cocina y se sirve otro. El canal interrumpe Cine de la Noche y la figura de una actriz de moda se desvanece. El locutor oficial aparece con un reporte sobre inesperados enfrentamientos callejeros en la capital. Fuego, barricadas, trincheras, violencia de una multitud furiosa que protesta y avanza con una fuerza avasalladora entre los escombros de un barrio recién demolido. Muchos hombres, jóvenes y viejos, arrojan piedras, mientras mujeres y niños alimentan las fogatas formadas en las calles. Por todas partes emergen bocanadas de humo de neumáticos, madera astillada que consumen las llamas, bombas lacrimógenas arrojadas contra la muchedumbre para amedrentarla. Gabriel sospecha que se trata de una sedición de alcance impredecible y, más que inseguridad, lo sacude un ligero sobresalto cuando advierte que se dispara contra los sublevados, que caen por decenas en las calles revueltas. Sabe que su casa se encuentra lejos del lugar de los sucesos, que la ciudad es inmensa, que la situación está aún bajo control. Quiere no mortificarse demasiado y se sirve otro trago, sin medir que está bebiendo muy deprisa. Empieza a sentir un alivio que afloja sus músculos y lo hace reclinar la cabeza en su almohada. Alma sigue a su lado, hecha una muerta que respira, ajena a lo que pasa. Él acaricia su cuerpo acurrucado y detiene una mano pegajosa en sus caderas de potranca joven que a él tanto le gusta samar.
Cambia de canal para evadir las imágenes perturbadoras y descubre que en el otro también transmiten los acontecimientos incendiarios de las últimas horas. En cada estación se repiten las mismas escenas subversivas provocadas por el vértigo colectivo. Es el torbellino de un rencor ciego desatado en el corazón de unos barrios derribados a fuerza de patanas y mandarrias en nombre del progreso. Ahora Gabriel cae en un ligero sopor, en un estado de relajamiento delicioso, no obstante la persistencia de las tumultuosas noticias de la tele. Desea apagar el aparato y la curiosidad se lo impide. Está deslumbrado, horrorizado por la destrucción monumental y las conmociones callejeras. No sabe de dónde sale tanta gente abigarrada, millares de individuos airados que se enfrentan al desamparo y la muerte —porque ya nada tienen que perder— con uñas y dientes, con estacas, piedras y cuchillos que ingenuamente blanden contra los agentes del orden.
De repente cree oír ruidos afuera, gritos y bramidos que asaltan el reposo de su vecindario, sin que él pueda determinar dónde se originan. El perro ladra, prueba inequívoca de que algo raro ocurre en el patio. Incrédulo aún, Gabriel aguza el oído, baja el volumen de la tele, buscando la procedencia de ese fragor inusitado en los alrededores de su casa. Ahora sabe, sin lugar a duda, que no se trata de una fantasía causada por falsas impresiones surgidas en el duermevela de la medianoche, sino de una innegable realidad: el furor callejero se ha propagado por todas partes, convirtiéndose en una fulminante amenaza para los pacíficos ciudadanos que viven en las urbanizaciones más exclusivas y distantes del centro de la ciudad. Gabriel vacila poco antes de echar un vistazo a la calle. Se pone la bata, deja el vaso y el control remoto de la tele sobre la mesa de noche y, sin despertar a Alma, sale al balcón. Allí comprueba que no eran cándidas suposiciones suyas. Los vándalos se hallan tan cerca que ya puede verlos en plena acción. En su vecindad también hay fuego, peste de caucho y basura chamuscada. No comprende por qué no viene la policía a rematar tanto desenfreno, violación de domicilios y saqueo indiscriminado.
Los vecinos más precavidos sacan sus armas de fuego y se enfrentan a los intrusos, pero éstos son demasiados y aquéllos no pueden contenerlos. Algunos desharrapados caen, mientras muchos otros continúan avanzando. Brincan las cercas, estrangulan a los perros guardianes, destrozan las cerraduras y asaltan las viviendas para apoderarse de los objetos valiosos. Gabriel se lamenta de no haber comprado el revólver que un amigo quería venderle hace poco, aunque supone que en circunstancias como ésta las armas de fuego tienen escaso valor práctico. Se asoma a la ventana de su aposento y le sorprende que Alma siga dormida, pese al escándalo que súbitamente ha invadido los predios de la urbanización. En cierto modo le tranquiliza que su mujer e hijos no se percaten de nada. Todavía cree poder asegurar la casa, fijar puertas y ventanas o tratar de persuadir a los invasores para que cojan lo que quieran y dejen tranquila a su familia.
Baja al primer piso, pone los pasadores a las ventanas y arrima un pesado mueble a la puerta que da al patio. Convencido de que la casa está protegida se dispone a subir cuando oye golpes en la entrada. Percibe un forcejeo, una trepidación descomunal y la puerta finalmente cede. Un grupo de desconocidos irrumpe en la casa. Son seis o siete hombres y varias mujeres en los que Gabriel reconoce indigencia prolongada y desesperación. Sin darle tiempo a hablar lo golpean y cuando él intenta defenderse uno de ellos le cae a trompadas hasta derribarlo, mientras otros suben al segundo piso y las mujeres se adueñan de lo que encuentran en la planta baja, ante la mirada impotente de su propietario. Gabriel está en el suelo, medio aturdido por los golpes, aunque consciente de lo que ocurre a su alrededor.
Desde la calle llega una confusa vocinglería que él no puede descifrar. Hace un intento de levantarse y una fuerte patada en la espalda se lo impide. Ya no le importa que se lleven lo que les dé la gana; los únicos que cuentan para él son su mujer y sus hijos. Sobreponiéndose al dolor en el espinazo levanta la cabeza para suplicar piedad. En ese momento los malhechores bajan a empellones a su mujer e hijos. Alma grita y maldice; los niños sollozan asustados sin comprender lo que pasa. Gabriel está a punto de ahogarse de indignación; la sangre se le arremolina en la cabeza, siente en carne viva el atropello contra su familia y decide impedirlo, aunque en la acción pierda la vida. Haciendo un esfuerzo titánico se levanta, trata de llegar hasta los suyos para defenderlos. Entonces dos hombres lo golpean salvajemente. Las trompadas son tan brutales que los chisguetes brotan de sus pómulos y cejas. Es una sangre fría, profusa, que le opaca la mirada. Gabriel cae de nuevo, seguro de que sus atacantes lo rematarán allí mismo, aumentando los aullidos de Alma y el griterío de los niños. La sangre le corre por la cara, el cuello y los brazos inermes. Y entonces recibe el golpe de gracia: un puñetazo terrible que lo hace despertar espantado, sudoroso, con el vaso de whisky derramado sobre su pecho. Todavía está encendido el televisor y no obstante su brusco movimiento al despertar, Alma continúa dormida. Ella siente la helada humedad del líquido volcado en la cama y se arrebuja con la sábana sin cambiar de posición.
Por un instante Gabriel siente un enorme alivio. Presiona un botoncito y apaga el televisor, con una rabia que sólo puede oprimir al que ha sido burlado y no puede desquitarse. Le duele la cabeza, como si se hubiera dado un golpe. Le laten las paredes del cráneo. El dolor castiga los huesos y aumenta y disminuye, desaparece y retorna provocando un molesto vahído que Gabriel atribuye a los tragos. Toma la cajetilla de cigarrillos y enciende uno. Echa un copo abundante y respira hondo, libre por fin de la agonía que acaba de pasar. Está incómodo. La humedad del piyama se une al frío sudor que moja su cuerpo. Aun así, permanece en la cama, débil, marcado por unas repentinas ojeras que revelan el tortuoso trayecto de su pesadilla. Corre una brisa agradable. La luz del farol de la calle choca contra los cristales de las persianas, se filtra a través de la cortina e inunda la alcoba con una claridad moderada. Gabriel enciende la lamparita, se levanta, saca una camisilla del gavetero y se la pone. Sale de la habitación, chequea a la niña, que duerme con un dedo en la boca y una muñeca entre los brazos, y después se dirige hacia los varones, que lucen tranquilos y parecen inmersos en la placidez de un sueño sin compromisos. Gabriel les guiña a los peces, de eternos ojos abiertos, navegantes en el limitado espacio de su universo, y retorna a su cuarto.
Al acostarse oye ruidos afuera. El perro, nervioso, ladra sin parar. Se escuchan susurros y pasos mal disimulados entre el cascajo del patio. Gabriel salta de la cama, corre por los pasillos, desciende la escalera y en unos segundos llega a la primera planta. El perro, de repente, calla. Gabriel enciende la luz del jardín y el patio, pero ya es demasiado tarde. En la puerta de enfrente suena el golpecito seco de una llave maestra que pone a girar el picaporte. Gabriel tiembla, siente que el corazón le da un vuelco. Se pregunta si estará todavía sumergido en los horrores del sueño o verdaderamente despierto para enfrentarse a una pesadilla tangible que ya no puede detener. Se apresura a verificar si la puerta tiene el cerrojo y en ese preciso instante entran dos enmascarados que lo encañonan con un revólver y le ordenan buscar el dinero y las prendas si no quiere que le arranquen la cabeza.