PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

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josé alcántara almánzar

el zurdo

De todos los amargos recuerdos de la infancia hay uno que se impone, como ahora, en los momentos cruciales. Es el tuyo, Rosario —corpulenta y testaruda, inflexible guardiana del hogar y las costumbres—, agarrándome la mano izquierda para forzarme a comer con la derecha, y yo gritando y pateando, sucio de lágrimas y caldo tibio, con la camiseta salpicada de fideos, el pantalón mojado, una rabia ciega que me ponía lívido, unas ganas terribles de quitarme de encima tu cuerpo de lapa sofocante y el deseo no satisfecho de inmovilizar tus manoplas, que me abofeteaban sin compasión hasta llenarme de moretones y hacerme sangrar. Es la noción más remota que conservo de mi desgracia personal, porque yo, a decir verdad, ignoro cuándo comenzó a gestarse en mí la inclinación a preferir esta mano inefable para explorar el mundo circundante, manipular objetos, conocer sus tamaños y formas, abrirme camino en el complicado ámbito de los seres y las cosas. Es probable que al principio, igual que muchos, usara las dos manos indistintamente. Sin embargo, lo desconozco. Trato en vano de hallar el origen de mi orientación y lo que aflora es tu arrolladora humanidad, con la cara satánica y los ojos prendidos en candela, obligándome a tomar la sopa con la derecha, en tu firme determinación de hacer de mí un muchacho correcto, que pudiera escribir como Dios manda, comer en público sin pasar vergüenza y evitar que la gente se burlara al verme maniobrar en sentido equivocado. Te habías propuesto llevarme al redil de los diestros para ofrecerle tu trofeo a papá en prueba de lealtad servil y lo único que conseguiste fue acentuar mi tendencia contraria e instigarme un odio feroz y prolongado. Durante años no supe cuál de las dos —la sopa o tú— me producía más aversión. Esta noche, en cambio, al verte tendida e indefensa, sin respiración, me das pena y me arrepiento de lo que hice. Aunque no lo creas, sufro por ti y dreno mis recuerdos en busca de alivio, mientras los ecos del concierto que escuché hace apenas unas horas se convierten en mi única compañía verdadera.
Mamá había muerto cuando yo tenía cinco años, y papá, pienso que más por comodidad que por cariño, al año siguiente te buscó y te trajo a casa un día lluvioso en que, como ya era habitual, me había dejado solo con la niñera. Entonces no capté la desfachatez irremisible con que me dijo:
—Esta es Rosario, tu nueva mamá a partir de hoy.
Tú me levantaste, trataste de abrazarme y yo me puse a llorar, tembloroso y confuso ante una flamante tutora, sorpresiva e indeseada, distinta por completo a la madre que conocí y amé. Mamá era alta, delgada, de manos suaves que al acariciar infundían seguridad. Después de un año sin verla ni saber adónde la habían llevado, papá me la devolvía convertida en un mujerón rollizo de ademanes bruscos que no inspiraban confianza. Al verme reaccionar así no intentaste conquistar mi corazón de niño asustado ni calmar mi llanto. Me dejaste en el sofá, con el desdén con que se abandona en cualquier sitio un muñeco de peluche resobado, papá y tú me dieron la espalda, y tomados del brazo, caminaron hasta la habitación donde antes no había pisado otra mujer que mamá.
Agravaste mi soledad al interponerte entre papá y yo, impidiendo nuestros contactos en esos minutos de camaradería juguetona cuando él regresaba de la oficina. Impusiste tu férrea disciplina, articulada en torno a una mecánica de hábitos de higiene, comidas y descansos que pronto me convirtieron en tu soldado de plomo, en un robot que se levantaba a la primera voz de su operadora, que aprendió a lavarse y vestirse en cuestión de segundos para desayunar temprano y recibir el programa del día.
Te agradezco la organización que me enseñaste; no así tu rigidez militar. Mis alimentos cotidianos fueron la norma y el tiempo. En esta casa donde nací y me crié, cautivo entre cuatro paredes, sin poder quejarme, fui galeote esforzado, autómata por conveniencia, preso de confianza que guerreó por no doblegarse o parecer sumiso o cobarde. El maltrato cebaba mi rebeldía y capacidad de resistencia, dándome el valor que exigían las circunstancias para no sucumbir a tus golpes. El desamor me ayudaba a crecer independiente, valiéndome de la astucia para enfrentar tus castigos y la cachaza de un padre desalmado a quien le daba un pito lo que hicieras conmigo.
—¡No puedes negar que eres un tauro, cojollo! —ladrabas, fervorosa creyente del horóscopo, cuando me exigías que agarrase la cuchara con la derecha.
Todo eso terminó, Rosario. Ya no volveré a padecer tus gritos destemplados ordenándome hacer cosas, humillándome en público y en privado. Tú seguirás ahí, pálida, fría, con los ojos abiertos y vidriosos, las pestañas duras apuntando al cielo raso, hasta que alguien, tal vez papá, que agoniza su borrachera de hoy roncando en una cama, te ponga la mortaja. Aún tengo tu sangre pegada a mi mano. No he corrido a lavarla como hubiera hecho en otras circunstancias: ella me pone en contacto con la vida que acabas de perder.
Tu encarnizada lucha disciplinaria duró no sé cuánto tiempo. Sólo sé que mientras me viste resistir y combatirte, violando el patrón de conducta que habías diseñado para mí, no cejaste en tu empeño, no diste a torcer tu voluntad de piedra. En algunas ocasiones buscaste convencerme con palabras melindrosas que no enmascaraban lo suficiente tu indignación contenida, y en otras —por desgracia la mayoría— alzabas el puño amenazando con reventarme a trompones si no accedía a cumplir tus compulsivos encargos.
Tampoco podría decir con exactitud cuándo empecé a defenderme torpemente con la diestra para evitar tus flagelaciones y regaños. Cambié de táctica para sobrevivir, procurando complacerte aunque manteniendo en secreto mi orientación esencial. La derecha vino a ser mi mano pública y más débil, la de los saludos y adioses, las reverencias corteses, la de abrir y cerrar puertas. La izquierda, que no necesitaba de instrucciones, se mantuvo activa y fuerte. Con ella me protegía del castigo o atacaba, comía, cepillaba mis dientes, me enjabonaba y peinaba. Hasta los catorce años duró el suplicio de la mesa, que me empujaba a rechazar la comida o tragarla a disgusto, derramándola sobre manteles que tú te esforzabas en preservar inmaculados.
—¡Cochino! ¿No te da verguenza?— aullabas, dando un puñetazo en la mesa.
A papá le tenía sin cuidado lo que me ocurriera. Dudo que le diese importancia al asunto ni se percatara de la magnitud de mi sufrimiento. Llegaba muy tarde, borracho, y te insultaba a la menor contrariedad. Las peleas se iniciaban en el comedor y terminaban en la cama. Era la hora de mi desquite. Yo esperaba cobrarme tus machacones en la zurra que papá te propinaría con el garrote de sus puños, pero estaba ebrio y tú solías hallar el modo de ablandarlo. Me quedaba detrás de la puerta, oyendo los chillidos provocados por la furia pasajera de aquel oficinista sin porvenir. Al rato se producía un silencio extraño, más tarde él y tú empezaban a retozar y reír como si nada hubiera ocurrido y yo, perplejo, iba a mi cuarto y me dormía después de dar muchas vueltas en la cama.
Una noche en que pasó lo de siempre entré al aposento sin llamar. No olvidaré mientras viva la imagen de papá, desnudo, picando como un tábano la mole de tu carne excitada, ni olvidaré tu cara de placer, inmensa Rosario, tú, que ajena a mi presencia en el cuarto permanecías igual que un rumiante lustroso y saludable, disfrutando del cuerpo que te cubría. Estabas como ahora, boca arriba, echada sobre tu caparazón, sin decir nada, excepto que la vida te brotaba por los ojos, había en ellos un fulgor de apetito voraz, muy diferente a la expresión glacial y estática con que miras sin mirar desde tu último vagido.
Esperaba que en la escuela se aliviaran por unas horas diarias mis tormentos contigo, Rosario. Me gustaron el local espacioso con su patio de columpios y subibajas a la sombra de las amapolas florecidas y las aulas donde pensé que haría muchos amigos. La maestra no hizo sino prolongar el martirio de esta casa forzándome a escribir y recortar con la derecha, al principio en un tono casi amable que proclamaba en voz alta los desastres de unas tijeras manejadas con la zurda, luego por medio de gestos impacientes y al final con exclamaciones de incredulidad y desaprobación.
Eran tiempos rígidos, lo sé. Vivía en una especie de cepo, sin poder moverme ni dar rienda suelta a mi imaginación. Pronto comprendí que no tenía sentido ofuscarme con una terca desviación que sólo me procuraba castigos y la mofa de mis compañeros. Pero el impulso era más fuerte que mis razonadas conclusiones y así siguió profundizándose mi confusión, un poco en volandas, escindido entre dos manos autónomas que me colocaban en una encrucijada y me hacían titubear, dos polos contrarios que tenían vida propia y eran tan desafiantes como el fuego cruzado entre la casa y la escuela.
Aprendí a escribir y dibujar según los requerimientos de mis maestras no más para evitar sus ojerizas y reprimendas constantes, por pavor a convertirme en el ridículo de la clase. Creo que fue bastante lo que logré, luchando contra mí mismo, suprimiendo la espontaneidad, pagando mi rendición parcial con una tartamudez que surgió de improviso y trabucó mi lengua haciéndola estropajosa e ininteligible. Llegué a conseguir una letra más que aceptable, aunque la mejor caligrafía, los dibujos más hermosos salían de mi mano proscrita, aquella mano prohibida que al compararla con la otra no me parecía distinta ni inferior. Al ponerlas juntas me lucían semejantes mas no idénticas. Casi iguales por el tamaño alargado de los dedos, aventureros y soñadores, a primera vista demasiado frágiles para el trabajo manual, y por la morenez de la piel: un terreno de trazos y pliegues oscuros que cubren los infinitos nervios que les dan agilidad y posibilidades motoras inconcebibles. Diferentes por las llamadas líneas de la vida, el amor y la fortuna, que en cada palma buscan su propio sendero, mucho más largo y profundo en la izquierda que en la derecha; por las uñas duras de oblonga superficie, por la fuerza desigual y la capacidad de inventiva.
Sufría el estigma de ser zurdo en un mundo derecho al que todo le sale torcido, un mundo chueco que exige rectitud, un medio cruel que nos aplasta y espera bondades incondicionales, lleno de gente que todavía ve en la siniestra un símbolo demoníaco, la representación del pecado. Desde entonces, cada cierto tiempo, sufro dolores en el cuello que me inhabilitan durante días. Es la respuesta de mi cuerpo a esas fuerzas que tiran de mí a diestra y siniestra sin darme tregua. Es un nudo que se inicia con ligeras molestias y punzadas que van endureciendo los músculos a medida que transcurren las horas, ganando los hombros y la espalda, causando fiebres que me dejan sin ánimo. El cuello, convertido en un espinoso nudo gordiano, tieso y quebradizo a la vez, rige mis movimientos. Sólo puedo caminar mirando hacia adelante, como una figura de cristal, inarticulada y vulnerable, aguantándome el dolor, deseando una almohada mullida para apoyar la cabeza y olvidarme de cuanto me rodea.
En la intermedia nació mi fama de peleón y de bravo. A la salida de clases siempre tenía un pleito, y me emburujaba con cualquier de los carajotes del curso que no encontraban otra diversión que burlarse de mí con insultos que me ponían a hervir la sangre y activaban mi mano defensora.
—¡Gago, lengua de trapo! —gritaba el más tiguerón de la clase—. ¡Aprende a hablar!
Seguía mi camino con los libros bajo el brazo, repitiéndome que no valía la pena hacerle caso a ese idiota, mientras mis orejas reventaban como granadas y mi zurda temblaba de ira.
—¡Lo suldo se cagan la mano! —exclamaba otro baboso, cuya principal virtud consistía en haber nacido en un barrio de guapos de la capital.
Envalentonados por mi silencio, ambos reían, vociferaban sus groserías en la calle y me tiraban piedrecitas. Sin poder aguantar más dejaba los libros en la acera y me lanzaba sobre ellos. Rodábamos por el suelo los tres, en una trabazón furiosa, dándonos coces y trompadas, mordiéndonos, quitándonos la rabia bajo aquel solazo embravecido de mediodía. Les hacía tragar los ultrajes con mi mano poderosa y no dejaba de golpearlos hasta que pedían perdón. Aquellas frases hicieron su efecto. A partir de entonces no resisto la suciedad ni el caos. Mantengo mi cuarto ordenado y limpio y lavo mis manos muchas veces a1 día, creyendo que están sucias aunque no lo estén, acosado por aquellas palabras malignas que siguen percutiendo en mi cabeza.
Al llegar aquí me escondía para que tú no pudieras ver en mi ropa y mi cara las señales de los pleitos. Tú, astuto globo, te las arreglabas para descubrirme y cobrarte la paliza que papá te había dado la noche anterior. Ya no tendrás que hacerlo más. Hoy he resuelto, sin proponérmelo, las pugnas de nuestro pequeño infierno. Por fin he vencido mis taras de años, Rosario; esta noche he realizado tu viejo sueño, por el que tanto afanaste y me hiciste padecer.
—¡Buen rnanganzón! —gritabas al verme—. ¿Para eso me fajo a lavarte?
Nos mirábamos: tú, colérica, echando espuma por la boca, con ganas de entrarme a pescozones; yo, erguido y atento, chillándote con los ojos: «ven, atrévete*; tu mordiéndote los labios, indecisa, estrujando el delantal con tus manos nerviosas porque sabías que ya no era un niño indefenso. Después de un momento de incertidumbre dabas media vuelta y te ibas mascullando un último agravio. Desde el comedor, ya fuera de mi alcance y sabiendo el efecto que tus palabras me causarían, voceabas:
—¡Tu sopa está en la mesa, tajalán!
La soberbia daba a mi zurda una violencia que no podía contener. Era una fuerza destructiva que la hacía agitarse, golpear las paredes, arrojar al suelo las porcelanas que encontraba a mi paso. Me asustaba la idea de una extremidad autónoma, rebelde, que actuara por cuenta propia sin acatar mis mandatos. Pero también era un modo de desahogar la cólera que mi lengua obtusa nunca hubiera podido expresar.
Hubo épocas en que estuve a punto de perder mi identidad. Ya casi nadie me llamaba por mi nombre, sino por un mote ofensivo. En la escuela era el «zurdo torpe», el «bueno-para-nada», el «gagoabeja- de-piedra». Tú me calificabas de «bellaco» y «maleante» y te quejabas con papá de las cosas del «zángano» de tu hijo, el «tunante» de tu hijo. Sé que hubieras querido arrancarme la lengua para no oír mi habla defectuosa y desquiciante, mis frases lerdas que parecían arrastradas por una grúa, cortarme la mano inservible que sólo resultaba buena para pelear. Aprendí a resistir y a no quejarme. En las noches me encerraba en el cuarto y lloraba en silencio, bebiéndome las lágrimas que bajaban a mis labios resecos, con la lengua en reposo, a salvo de la burla colectiva, con las manos juntas sobre el pecho, reconciliadas al fin, dos mellizas pendencieras que deponían las discordias de la jornada para trabarse en un apretón afectuoso y necesario.
Mi adolescencia transcurrió despacio, entre escarnios y soledades, burlado por unos e incomprendido por todos. Meses y años en que se repetían los agudos dolores del cuello, que yo calmaba con analgésicos y relajantes, escuchando música y leyendo. Me convertí en un anacoreta, rechacé el contacto de los demás por temor al sarcasmo, busqué asilo en mi habitación, donde dibujaba y leía sin preocuparme del acontecer callejero, sin tener que avergonzarme de mi ineptitud. Comenzó así una apasionada afición por libros que absorbían horas de mi tiempo, llevándome a otros espacios y realidades en páginas apretadas, hablándome de mil y una noches fabulosas, contándome aventuras increíbles de exploradores y enamorados, cazadores heridos en la cumbre nevada de un macizo africano, nidos boxeadores que se ganaban la vida quebrándose la nariz en los cuadriláteros. Me convertí, sucesivamente, en fantasma dublinés, gigante egoísta, espectador que asistía maravillado al cumpleaños de una infanta. En regiones ignotas busqué escarabajos de oro, resolví complicados problemas de lógica hasta dar con el autor de unos crímenes horrendos. Me estremecieron los misteriosos anocheceres de cementerios donde había fosas violadas y enterrados vivos. Fui vengador ruso a mi manera, probando en una tienda revólveres que no compraría, y con humor y gracia desempeñé papeles de burócrata, policía y funcionario del imperio zarista. Navegué a la deriva en un peligroso río, muerto de sed, con el veneno de una víbora agarrotándome una pierna. Anduve por secos parajes mexicanos, convertido en el espectro de un hijo ilegítimo en busca de su padre. Fui objeto de persecución y maltrato por el incendio que un magnate, sin saberlo, había provocado en un cañaveral antillano, y escapé de la cárcel un día de Nochebuena para caer poco después acribillado por las balas de la guardia rural. Padecí el holocausto y el fuego; vi pasar trenes llevándose la inocencia de unas chicas que jugaban modelando estatuas y terminé en el centro de una gran ciudad del cono sur, en compañía de un ciego memorioso que me invitó a reinventar el mundo en paseo interminables.
Tú no comprendías nada de eso, Rosario, como no pudiste entender mi satisfacción esta noche, al regresar de Bellas Artes. Había ido lleno de expectativas, buscando, más que razones, un nuevo modo de conocimiento y aceptación personal. El Palacio se llenó en cuestión de minutos y fue difícil, entre tantos susurros e interferencias, dar inicio a la función. Por suerte llegué temprano y encontré asiento en una de las primeras filas. Después de la obertura entraron a escena el director —un sudamericano bajito de gestos imperativos— y el pianista, alto, calvo, esbozando una sonrisa con que trataba de desvanecer sus propias aprensiones. A los aplausos siguió una romanza de toses y carrasperas. Ya sentado en la banqueta, listo para tocar, el pianista miró al director. Cerré los ojos, con inquietud y devoción por el estreno que iba a presenciar. Esperé. La música estaba suspendida en las manos del director. Se prolongaba el fastidioso coro de toses y susurros, el tableteo de sillas metálicas que en el fondo del balciín acomodaban a los que no tenían donde sentarse. Abrí los ojos. El director, varias veces, levantó las manos y volvió a bajarlas, todavía indeciso y bastante incómodo. Buscaba el silencio imprescindible, la concentración que le negaba el desordenado auditorio y sin la cual todo se vendría abajo. Fue una pausa desesperante en su brevedad. Por último, lanzó al público una mirada de fulminante autoridad y en el precario silencio que se produjo comenzó el concierto. El pianista tenía la mano derecho en reposo sobre su pierna; yo sonreí, complacido de ver inactiva la mano triunfadora en todo el planeta. Cerré los ojos de nuevo, ansioso de penetrar en los enigmas de la música, con los oídos atentos, pensando que nada podría cortar la comunicación entre los intérpretes y yo, pero tu imagen me perturbaba, Rosario, tus reproches y tus sopas me impedían gozar a plenitud. Cuando sonaron las primeras notas en el piano sentí un júbilo inexplicable de ser zurdo, inflado por las maravillas de la diestra zurda que se desplazaba, potente y ágil, sobre el teclado, una mano que parecía muchas en aquel increíble torrente de notas. Casi no podía creer que aquello fuera posible. Entreabría los ojos y observaba por unos segundos la mano del pianista saltando sobre las teclas, transformada por la velocidad en varias manos que surgían de un solo brazo, creando una simultánea ilusión Óptica y sonora. Los dedos de mi zurda también se movían, furtivamente, libres y confiados, sobre el brazo de la butaca, reproduciendo mi exaltación interior, mientras lloraba emocionado, orgulloso, indiferente al público que no hubiera podido comprender jamás el motivo de mis lágrimas. Pasé todo el concierto en vilo, con el corazón agitado y un nudo en la garganta, redimido por la música de Ravel.
Cuando terminó el concierto, aún en medio de los aplausos, no pude resistir la tentación de ir a pedirle su autógrafo al solista. Me consideraba testigo privilegiado de la proeza que él acababa de ejecutar. Me deslicé hacia los camerinos, donde cruzaban músicos y curiosos y algunos cazadores de autógrafos igual que yo, que burlaban la vigilancia de los porteros. Había un gentío y se oían saludos y congratulaciones mezclados con risas de amigos y admiradores del pianista, que se imponía por su tamaño y su vozarrón. No habían podido esperar el final de la noche para aclamarlo en privado. Me quedé fuera del camerino, con el programa en un bolsillo del saco, temeroso, sin atreverme a dar un paso. Poco después el solista salió y cruzó junto a mí, riendo y hablando, escoltado por el enjambre que lo seguía con ramos de flores y comentarios triviales.
Salí del Palacio de Bellas Artes antes de que comenzara la segunda parte del concierto, poseído por la música que una sola mano, precisamente la izquierda, acababa de producir. Vine a pie, disfrutando de la noche clara y tibia, del aroma de ilang ilang de los jardines de Gazcue, abstraído, inmerso totalmente en una vivencia que no podré olvidar.
Tenía hambre y al llegar aquí, sin hacer ruido, busqué algo de comer. Pensé que papá y tú estarían ya dormidos. Las luces estaban apagadas, se oían los latidos del reloj de péndulo, el ronquido de la nevera en la cocina. Estaba transgrediendo una de tus normas principales y debí suponer que eras capaz de esperarme despierta y agredirme por un refresco, pan y un trozo de queso que acababa de cortar. Casi me aturdiste con los primeros golpes en la cabeza y la espalda. Traté de detenerte, de impedir que continuaras un ataque que no probaba nada, excepto tu ofuscación y tu disgusto. Iba a decirte que estoy harto de peleas y que pienso mudarme pronto. Sabes bien que luché por no hacerte daño, Rosario. Ultimamente me das más pena que rabia, estoy cansado de este tedioso juego de la gata y el ratón. Por eso te agarré las manos. Tú blasfemabas igual que siempre, ciega de ira. Yo, por mi parte, no podía oírte, seguía sumergido en la música de Ravel. Forcejeamos, pudiste zafarte y me golpeaste de nuevo con un palo, transfigurada por el encono. La sangre me corría por la cara, nublándome la vista. Te pedí que te calmaras, no con mi habla estropajosa y lenta, sino con frases muy claras y fluidas que salían de mis labios sorprendiéndome. Me agarraba de ti para no caer y entonces ocurrió lo inesperado: mi mano derecha —la que nunca había sabido defenderme o agredir—, en un impulso veloz cogió el cuchillo que había en la mesa y lo hundió hasta el cabo en tu panza fofa. Abriste los ojos, me abrazaste como no lo habías hecho nunca desde que llegaste a esta casa, un abrazo tierno de madre que emprende un largo viaje y se despide, y un gemido sordo salió de tu boca, una queja leve, un adiós simple y angustiado.
Ahora sé, Rosario, que gracias a ti, al fin he podido vencer mis limitaciones. A partir de hoy podré hablar sin tropiezos, con palabras seguras y articuladas que expresen mis ideas y sentimientos claramente, sin avergonzarme. A partir de hoy mi mano derecha, tanto tiempo dormida en su letargo de flojera e inutilidad, será una mano fuerte, una mano redentora.