PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

Autores

josé alcántara almánzar

él y ella al final de una tarde

Todavía queda un trozo de incierta luz anaranjada cuando ellos llegan al Mirador. Vienen de lejos sin detenerse a descansar en ningún sitio. Hoy, como todos los días, han atravesado media ciudad y ahora se sientan bajo una crecida jabilla americana que proyecta un paraguas gigante sobre ellos. Se disponen a engañar el hambre con sobras conseguidas en zafacones. Un alegre bullicio de niños que juegan en columpios y toboganes y el retumbar de una música lejana son las únicas perturbaciones que cortan el apacible silencio de la tarde. Ellos no parecen notarlo. Él engulle el locrio sin levantar los ojos. Mete las manos entre los granos de arroz amarillo en busca de un pedacito de pollo. Lo único que encuentra son huesos chupados y una tira de servilleta de papel azul. Los extrae con naturalidad y luego los arroja muy cerca de allí. Ella, ansiosa, lo mira antes de comer y espera que él le dé orden de tomar un puñado de arroz. Sus ojillos de gata apaleada se mueven implorantes, como si temiera un boche o un violento manotazo. Él traga los restos rápidamente. Encuentra un rabo de plátano maduro y se lo entrega a la mujer. Ella abre una boca de encías casi mondas donde bailotean dos dientes cariados y sonríe, toma lo que él le ofrece y lo come sin masticar, más bien amasando con las mandíbulas la suave pasta agridulce. Así pasan unos minutos hasta que consumen el botín. Él enrolla el papel que servia de recipiente y lo tira a las hormigas.
El hombre se tiende boca arriba, pone las manos bajo la cabeza y le hace una señal a la mujer. Una brisa fresca se cuela entre las hojas del árbol y llega a los cuerpos del hombre y la mujer tirados en la yerba. Ella es una negrita tímida y nerviosa, vestida de harapos igual que él. Su cabello es una selva de motas rojinegras. Tiene el cuerpo salpicado de rasquiña, pero sus manos poseen una rara habilidad para el consuelo. Ella está sentada y le acaricia al hombre la cara, le cosquillea la cabeza con los dedos para inducirlo al sueño. Él cierra los ojos y ensaya una expresión satisfecha y feliz. Es alto, flaquísimo, y en la cintura lleva una balumba de objetos inútiles recogidos en distintos lugares. Son una especie de tesoro que siempre carga, amarrado con una soguita: latas, frascos de perfume vacíos, desodorantes gastados.
Ahora pueden olvidarse de la pesada caminata del día, cruzando calles, enfrentando el peligro en cada esquina, en cualquier jardín amurallado. El piensa en los perros que intentaron atacarles cuando trataron de buscar comida en el tanque de basura de una mansión. Aunque lo desea no puede olvidar los colmillos de los animales, amenazantes y atroces, la baba cristalina que les humedecía los hocicos, el fuego de los ojos mientras les ladraban, encaramadas las patas en la verja. Salieron corriendo sin detenerse a considerar si las fieras saltarían o no sobre los filosos herrajes que remataban la valla.
Él simula dormir, pero está bien despierto, algo turbado por las caricias de la mujer, cuyas manos viajan, itinerantes y provocadoras, por el cuerpo yacente. Él tiene los ojos cerrados y una respiración intranquila. Los eructos confirman que comió demasiado y que la postura horizontal no es la más conveniente en estos momentos. Los niños continúan chillando y riendo a lo lejos. El parque —una larga faja de tierra— ocupa un área de varios kilómetros, solitaria la mayor parte del tiempo, donde ellos han visto que corren gentes en ropas ligeras y pasean a pie los que intentan vivir cien años.
El parque solitario, la brisa de la tarde moribunda volcándose sobre ellos, chocando suavemente contra la parda corteza de sus cuerpos, la satisfacción de la modorra después de una intensa fatiga y un locrio, y ese masaje continuo que la mujer le aplica por todas partes hacen que él decida no dormir por el momento. Desea dormir, quisiera bañarse con agua limpia y fresca, le gustaría quitarse el sucio de días que le produce una intensa picazón en la piel y después echarse a roncar en un colchón blando. Pero no puede. La mujer lo empuja hacia un abismo de locura, despierta en él un deseo escondido. Su cuerpo se eriza lentamente, electrizado por esas manos pequeñitas y eficaces que se deslizan por sus territorios más íntimos. Él siente que todo su cuerpo tiembla, que un nuevo y diferente apetito aparece, aumenta con firme intensidad. Ella se coloca encima de él. Le abre la camisa hecha jirones y empieza a succionar con su boca desdentada la cara, el cuello, los labios, el pecho. Él la deja hacer. Se entrega —derrotado antes de la batalla— a los ardides bélicos de la mujer. No se empeña en abrazarla ni corresponde a sus tenaces caricias. Está como desmayado sobre la yerba. Solamente lo delatan la rigidez de su miembro y su agitada respiración. Ella se quita los harapos que le sirven de vestido y queda desnuda encima de él. Es toda huesos en su diminuta estructura, posee unos movimientos gráciles, rítmicos, pausados, y su boca gelatinosa comienza a decir palabras que actúan sobre él como un encantamiento. En una vuelta rápida, él se coloca sobre ella y se adueña plenamente de la situación. Abre los ojos y le sonríe. Hace una mueca, saca su lengua viscosa, que a ella le sugiere el infierno y la gloria. La mujer emite una risita putona y lo abraza, le agarra la greña, lo muerde en una oreja. Los cuerpos grasientos y sucios están sudando, emanan humores vitales, se revuelcan en la verba, próximos a los niños que juegan, subiendo y bajando en la montaña rusa, columpiándose despreocupados a la caida de la tarde, poseídos de una inocente alegría. Él y ella, metidos en el furor de la excitación, continúan agitándose: violento él sobre ella o manso bajo ella; castigadora ella sobre él, enroscada a un palo como una culebra. Él, arriba, la penetra ahora, acelera el ritmo de sus movimientos y no se da cuenta de la niña que se acerca en busca de su pelota y se queda observándolos, muda de terror. La pequeña cree que el hombre trata de estrangular a la mujercita que parece ahogarse bajo aquel cuerpo que la aplasta. La niña retrocede, se oculta tras unas matas y después sale corriendo a dar la noticia del crimen.
Poco después, él oye unas voces que ordenan agarrar al asesino. De golpe cesa la música de tiovivo y los gritos de los niños cambian, adquieren un tono nervioso y aterrador. En ese instante él llega al momento final de la batalla. Ella se retuerce también, gozando los últimos espasmos del acto.
Hombres y mujeres, voces adultas y jóvenes, gente que grita y amenaza con llamar a la policía, se acercan al lugar que hasta hace poco les pertenecía a ellos por completo. Se ponen los harapos y salen corriendo, asustados, dejando el bulto de cosas inútiles y unas chancletas de goma. Él corre, agarrándose los pantalones porque no ha tenido tiempo de amarrárselos. Ella le sigue, dando saltitos, aullando, llamándolo, tratando de alcanzarlo. Y no puede, sus pasos resultan demasiado cortos en relación con las grandes zancadas del hombre. Los perseguidores no se desaniman, corren tras ellos, les arrojan piedras y botellas que ellos esquivan con giros zigzagueantes. Se escuchan ladridos y la voz de alguien que condena:
—¡El maldito es haitiano, hay que atraparlo!
Él siente pánico. Mentalmente vuelve a la mansión de los perros guardianes y no puede evitar la horrible imagen de las fieras que tratan de saltar la verja.
—¡Vamos a rodear a ese cabrón! —oye él que otro ladra.
Por primera vez piensa que está perdido. Tiene ganas de vomitar y hace esfuerzos por contener el buche de desperdicios que le llena la boca, se derrama en su pecho, le llega a la mano que le sirve de tirante y pasa al sexo debilitado por el susto. Detrás viene la mujer, cada vez más separada de él, incapaz de unírsele. Él quisiera tenderle una mano, ayudarla, pero no debe perder un instante. Sabe que se juega la vida y los segundos son valiosos; el tiempo cuenta más que nunca.
Se escuchan detonaciones de una escopeta de perdigones. Él se escuda en troncos y árboles caídos que abundan en el parque después del último ciclón. Los perseguidores aumentan. Él nota que las voces son muchas, vuelve la cabeza y ve a los que le siguen. Muy cerca avanza el grupo de violentos curiosos y varios perros. Muchos gritan maldiciones y juran matar al “negro criminal”. Le parece que el aire se agota. El dolor en el pecho es muy grande, no puede soportarlo por más tiempo. Y sin embargo sigue corriendo, cortándose los pies entre pedruscos y espinas. No sabe de dónde saca fuerzas para huir sin detenerse nunca, corriendo hacia el final del Mirador. Si llega a la salida de la zona de Herrera podrá escapar. Aunque el parque es una franja estrecha, no intenta salir por las avenidas paralelas. Allí hay —él lo sabe bien— embajadas, automóviles que pasan como bólidos, gente corriendo, guardianes armados... peligro. Ignora si la mujer lo sigue o se ha escondido en algún sitio. No puede oirla ni siente sus pasos alocados. Las voces de los perseguidores crecen; los plomos rebotan contra las piedras o se incrustan en los árboles. La multitud avanza. Él corre, corre igual que un cerdo apestoso, sucio de vómito, y como una exhalación sigue huyendo en el parque. Ella lanza un grito espantoso entre unos matorrales y ya él sabe que nada puede hacer para salvarla. El jubiloso gruñido de la muchedumbre proclama la captura de la negrita. Él corre, siente que el corazón le brota por la boca, llora de impotencia y pena ante los alaridos de la mujer. Las lágrimas le van empañando la mirada, una espesa mucosidad le sale de la nariz y resbala hacia el labio superior y los carrillos. Se limpia la boca y las mejillas con el dorso de una mano. No distingue los obstáculos que se levantan a su paso, choca con las ramas de un guayabo, tropieza, cae. Varios perseguidores están en el lugar donde atraparon a la mujer. Los otros prosiguen, se sienten orgullosos de cumplir con un deber; el acoso se ha convertido en una cuestión de honor. Algunos vociferan frases de enconado rencor, le lanzan piedras y maldiciones. Él puede incorporarse y hace un esfuerzo por no perder el equilibrio. Cuando reinicia la la huida siente un golpe en la cabeza. Está medio aturdido por la pechada, casi no ve, aunque atina a llevarse una mano al cráneo y se palpa la sangre que fluye. No entiende por qué casi no siente dolor, por qué no ha caído ya en medio del camino, acribillado, perforado como un cimarrón en la soledad del monte. Nada puede ser más fuerte que sus deseos de escapar de la furiosa turba que lo persigue para darle muerte. Todavía tiene esperanzas de lograrlo. Los otros no son tan resistentes como él, acostumbrado a caminar muchas horas cada día, experto en saltar y correr entre callejones y patios. El parque luce como un inmenso cementerio de árboles caídos y troncos resecos. Alcanza a ver los últimos pisos de un hotel, envuelto en el aura rojiza de la prima noche. Pronto va a oscurecer y será más fácil burlar a los perseguidores. Las zarzas le espolean los pies, la gente y los perros se acercan demasiado, por lo menos ésa es la sensación que él tiene cuando se interna en la zona de los cactus, exponiéndose, ofreciendo su espalda como un blanco perfecto para una cacería sin tregua. Un poco más y desembocará en la zona industrial de Herrera. Ya adivina las edificaciones que están al otro lado de la avenida. Por un momento tiene una sensación de alivio y renovada esperanza. De pronto siente una punzada en una pantorrilla. Pierde el equilibrio. Cae de bruces. Los perdigones le han inutilizado la pierna derecha. Los perseguidores saltan de alegría.
—¡Ya lo cogimos, coño! —grita uno y todos se dirigen a él de inmediato.
Los perros van echando espuma por la boca, están listos para destripar al perseguido. El hombre sigue revolcándose en la tierra, bañado en sudor, con los pies destrozados y sangrantes. El grupo se detiene al llegar. Los perros, sin poder zafarse de las cadenas, rugen y saltan. El hombre no intenta verles las caras a los enemigos, seguro de que lo acribillarán allí mismo sin darle oportunidad de explicar lo que ocurrió. Ahora lo golpean salvajemente los que gritaban “¡muerte al asesino!". Lo patean, alguno le propina un leñazo. Él muerde la tierra y lo único que quiere es morirse, desea que lo maten, que acaben con él. Pero el grupo disfruta la escena. Alguien pone al hombre boca arriba, lo empuja, lo palea varias veces. Entonces él abre los ojos y ve las caras a contraluz sin distinguir ninguna. La tenue luz, violeta de la prima noche invade el Mirador. Se oyen grillos, ladridos, voces de niños asustados, órdenes y contraórdenes. Hablan de llevarlo a la estación policial del parque, acusarlo de malar a la mujer. Él se da cuenta de que ella está muerta; no puede ser de otro modo. Uno del grupo propone lincharlo allí mismo. Se produce un forcejeo. Él sigue tendido en la tierra, esperando lo peor. El agresor saca un cuchillo y se lanza sobre el herido. Los otros tratan de impedirle que haga un disparate. El agresor lucha con sus compañeros, se abre paso en medio del caos. El hombre cierra los ojos cuando ve que el perseguidor va a hundirle el acero en el cuerpo. Siente una cuchillada profunda, dolorosa, en un brazo. Es el aguijón de una avispa que se hinca en su carne, un aguijón metálico; es un objeto punzante que alguien clava en su piel sin misericordia. Vuelve a sentir una, dos, tres estocadas más, esta vez en el pecho y el vientre. El dolor es agudo, terrible, y él continúa con vida a pesar de las heridas. Ahora las voces se apagan, los ruidos disminuyen y sólo se oye una voz, insistente y chillona, que le ordena levantarse y salir de allí. Entonces él, saliendo de la más absoluta oscuridad, haciendo un esfuerzo titánico, abre los ojos y ve al guardián que de pie, con una estaca en la mano, lo amenaza y golpea.
—¡Vago, negro sucio —le dice el guardián— lárgate de aquí con tu cuero!
Ella está junto al vigilante, lloriqueando, temblando de miedo, tapándose la cara con las manos. Y él, todavía acostado boca arriba sobre el césped, cobijado por el inmenso paraguas de sombra que proyecta la jabilla, comprende lo que ha pasado. Y sonríe, feliz de estar vivo, dando gracias a Dios de que la persecución no fuera más que una horrible pesadilla.
El vigilante está desconcertado; no entiende lo que ocurre. El hombre sonríe, ríe a carcajadas, se seca el sudor.
—¡Sinvergüenza —grita el celador—; son todos iguales. Fuera de aquí, que esto es para gente decente!
Y lo golpea de nuevo. El hombre está bien despierto y lo mira con rabia. Se levanta, recoge sus féferes, se pone sus chancletas, le hace una señal a la mujer y se van casi corriendo, dejando al celoso guardián bajo el árbol, maldiciendo y rabiando por la basura que ellos dejaron en el lugar.
La tarde llega a su fin cuando él y ella salen del Mirador. A lo lejos se oye una música de tiovivo y el alegre bullicio de niños que juegan en columpios y toboganes.