PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

Autores

josé alcántara almánzar

el regreso

A Germaine le pareció, mientras el potente Pontiac atravesaba el túnel submarino que intercomunica Detroit y Windsor, que el agua comprimía el enorme tubo, irrumpía a empellones por huecos y grietas y terminaba inundando el interior del cilindro. Fue una simple sensación, una impresión que no contaba con ningún asidero lógico, la misma premonición fatídica que surgía en cualquier circunstancia semejante siempre que se hallara bajo el efecto de sus crecientes temores. Hacía tiempo que sentía la misma angustia y no podía impedir hacer el ridículo o comportarse como cualquier histérica en determinados momentos. Era casi una tortura aquel paseo y ella lo sabía, pero había prometido no abandonar a sus amigos hasta después del verano. Al abrir tímidamente los ojos, como preguntando si el auto ganaba el último tramo del túnel, notó que Paul no había caído en la cuenta de nada. Agarrado al volante con firmeza algo nerviosa, Paul aminoró la marcha, acatando las señales lumínicas que se veían en la boca del túnel, sacó el pañuelo y secó las gotas de sudor que le perlaban la frente. Había pasado el peor momento; Germaine respiró profundamente, echando fuera todo el aire de los pulmones, aliviada, consciente de que otra vez aquello que se obstinaba en llamar destino se portaba bien con ella y la dejaba escapar ilesa. Serge seguía dormitando en el asiento trasero, plácidamente engaritado, ajeno al ruido de los autos apiñados frente a la oficina canadiense de migración. Se habían levantado demasiado temprano, querían hacer el viaje en menos de seis horas —tiempo razonable para un grupo de inexpertos—; pero Serge continuaba el sueño de la noche anterior, ovillado indiferentemente en el asiento, sordo a las agrias protestas de Paul, que no acababa de entender sus motivos.
—Despierta, mojón, que nos van a chequear —dijo Paul malhumorado—. Van a saber que te drogas —agregó en tono cínico.
—No seas grosero —replicó Germaine.
—Lo van a despertar de todas maneras, ya verás —se justificó Paul,
Paul sabía que los oficiales demoran, si no hay problemas, sólo el tiempo necesario para revisar los papeles y poner el sello a los pasaportes de los visitantes. Confiado en esa premisa detuvo el auto y se desmontó, seguido por Germaine. Serge abrió los ojos débilmente, acercó la cara al vidrio y se acurrucó de nuevo, haciendo caso omiso a la llamada impaciente de Paul.
—¿Qué le pasa al del auto, está enfermo? —preguntó el oficial, al tiempo que revisaba las tarjetas turísticas.
—Nada, un poco de sueño todavía, es un haragán... voy a llamarlo.
—Déjelo, no es necesario —dijo el oficial, como si le hubiese bastado la explicación de Paul.
—No es nada —insistió Paul—; lo llamaré.
Germaine hizo un gesto de fastidio, pero no dijo nada.
—¿Propósito del viaje? —preguntó el oficial.
Paul sonrió y fue a llamar a Serge, con quien volvió después de un rato. Germaine contestó la pregunta. El oficial les dio cuarentiocho horas para conocer territorio, canadiense fronterizo, alegando que era lo usual en esos casos. Luego inspeccionó el baúl del auto. Serge se amodorró en un banco en el momento de la inspección de los papeles y trató de taparse los oídos e ignorar por completo la escena, casi envuelto otra vez en su plácido sueño.
—Era innecesario —protestó Germaine cuando volvían al auto.
—¿Qué era innecesario? —preguntó Paul con inocencia.
—Despertar a Serge —añadió Germaine—, sabes que no pudo dormir en toda la noche.
—Es mejor —se limitó a responder Paul, como para sí—, hay que disipar dudas.
Montaron en el Pontiac y emprendieron un delicioso recorrido por la carretera, a través de dorados reflejos solares que se levantaban a lo lejos como flamas inquietas. Serge se acomodó tranquilamente en el asiento y continuó dormitando, tolerado ya por Paul, que seguía sudando, tal vez a causa del calor o de la rabia que en silencio acababa de pasar por las palabras de Germaine. Esta volvió la cara a la derecha y decidió contemplar el paisaje. Pensó que el primer movimiento de aquella carrera hacia lo desconocido se presentaba como un andante que inspiraba confianza, una confianza tristona, y pese a la inquietud que la oprimía, se refugió en la contemplación de los pastos secos que amarilleaban el campo, el oleaje tranquilo de las espigas de trigo azotadas por el viento cálido del verano, los campesinos que amontonaban heno en enormes montañas y luego recogían con palas mecánicas, las casas de madera con techos a dos aguas que no eran otra cosa que establos y almacenes de granos plantados en medio de los campos de trigo inmensos. Aquella quietud la trasbordaba a un apacible estado de ánimo. Bajó el vidrio y dejó que el viento entrara por la ventanilla, le abofeteara el rostro, la obligara a cerrar los párpados de vez en cuando. La carretera, gris, sinuosa, sin hoyos, dejaba que Paul —silencioso, atento a los desvíos que los llevarían a la autopista Queen Elizabeth— la recorriera con rapidez sensual, bastante erótica. Germaine lo miró, sacó su pañuelo y le secó la frente, con un mohín de cariño.
—Ay, qué calor que jode —dijo Paul—. Gracias.
—Así es más agradable —dijo Germaine—; lo más tétrico del mundo debe ser esta tierra en invierno, cubierta de hielo, sin luz.
—Sí. El calor es mejor que la lluvia o el hielo. ¿Qué hace Serge?
—Duerme.
—El muy pendejo creerá que vino a dormir. —Déjalo, qué te importa, a fin de cuentas...
—No quiero cargar con durmientes, eso es todo.
La brisa se hizo impertinente a medida que Paul aceleraba. Germaine subió el vidrio y siguió mirando. La pradera se tornó más dorada, desaparecieron establos y campesinos y un paisaje adusto surgió casi de repente. Siguieron hasta Brantford sin intercambiar palabra, cada uno embebido en sus propios pensamientos. Germaine encendió el radio, buscó música suave y se recostó del asiento, sonriente, intentando dormir con la sonata de Schubert que trasmitía la onda de Ottawa.
—No me digas que tú también —comenzó Paul a decir, pero calló en seguida porque vio que la muchacha no tenía ganas de discutir y parecía decidida a echar un sueño a pesar de la protesta.
No le quedó otra alternativa que seguir conduciendo, ahora más rápidamente, apagando en el fuego de la velocidad un vago sentimiento de indignación y resentimiento, de cariño y odio, sin comprender por qué había organizado ese viaje cuando en el fondo deseaba estar a solas en el viejo apartamento de Woodward. Había una mezcla de confusa atracción y repulsión en todo, algo como un deslizar de manos ciegas y suplicantes sobre cuerpos fríos de mármol o yeso, tan familiar a Serge, como un sueño tortuoso de amantes extraviados, un resignado deseo de posesión y desesperanza que no llegaba a alcanzar nunca un punto de equilibrio. Desde aquella muerte que ninguno se atrevía a recordar en voz alta, Serge se había convertido en una sombra inseparable. Así lo quiso Paul entonces. Sin embargo, cada día que transcurría mostraba más intolerancia respecto a su propia decisión. Y la interferencia de Serge aumentaba, avanzaba como un charco de aceite que se esparce lenta y firmemente sobre objetos valiosos. En Brantford se detuvieron a echar combustible. Germaine había despertado y sostenía con Serge —muy animado ahora— una manida discusión sobre música romántica.
—Después de Mozart —aseguró Germaine— nadie como Schubert ha puesto tanta dulzura en sus composiciones.
—¿Y Chopin, y Mendelssohn? —inquirió maliciosamente Serge.
—Chopin es a veces innecesariamente alambicado —ripostó Germaine, con aire de autoridad musical—; y Mendelssohn es tan superficial a ratos... ¿Quieres algo más poco profundo que la Marcha Nupcial?
—Bueno, es cuestión de gustos...
—Por qué no desayunamos y dejamos quietos a esos atormentados —interrumpió Paul, dando una orden más que formulando una pregunta.
Serge y Germaine se miraron, cruzaron claves indescifrables para Paul. O quizás no, porque Paul lo habría hecho adrede y buscaba no darse por aludido, o habría querido mostrarse indiferente ante la reacción que provocó su frase. Entraron al minúsculo lounge-wagón y se sentaron en los taburetes más próximos al mostrador. Todos pidieron un ligero desayuno. Serge pidió otro servicio en cuanto terminó con el primero. Comieron mecánicamente, con desgano —excepto Serge—, como si el desayuno hubiera sido un compromiso de donuts y café puro que no habían podido cancelar al dejar Detroit. Serge permaneció en el taburete, royendo la tercera rosquilla, sacando la lengua burlonamente a la moza de servicio. Los otros salieron a esperarlo a la carretera. Afuera el viento silbaba entre los árboles, se aferraba a los geranios sembrados junto al lounge-wagón y los estremecía con furor. Germaine y Paul estiraron las piernas, aspiraron el aire seco, con los ojos cerrados, y luego quisieron adivinar los nombres de las plantas ornamentales.
—Nunca había visto tanta variedad —dijo Germaine—, tal vez sea el único país, después de Holanda, Dinamarca y Suiza, donde en esta época se encuentran tantas flores. Hasta en los comedores de la carretera.
—En esta época sí —dijo Paul sin agregar nada especial a la idea y se acercó a la chica y la agarró por la cintura.
—Hay de todo —sonrió ella—; fíjate.
El la acercó más a su cuerpo y la besó violentamente, apretándole la cintura, metiendo un puñado de cabellos en una mano. Ella lo rechazó con un por-favor-Paul—aquí—no, irritada por esa súbita demostración de fuerza, viendo que Serge ya salía del lounge-wagón limpiándose los restos de azúcar de los labios. Ella corrió al auto y trepó al asiento trasero. Los otros ya no podían soportar el calor, se quitaron las chaquetas y subieron después. Paul echó a andar el Pontiac con un patinazo. Un sentimiento de desolación invadió a Germaine, indolentemente abandonada en el asiento, entre chaquetas de denim, cuya tersura .acariciaba. La autopista Queen Elizabeth era ahora de una rectitud uniforme e impresionante y la planicie del campo mostraba cierta homogeneidad monótona, sólo que más verde y compacta. Quiso varias veces cerrar los ojos y entregarse al sueño, pero entonces los labios de Paul emergían inquietos a través de la pesada modorra y empezaban a cubrir su cara, embarrándola de saliva reseca y gomosa. Paul y Serge discutían sobre moteles y pequeños .pueblos; éste revisaba un mapa y promediaba las millas que habían recorrido. Germaine terminó acostándose en el asiento, con lo cual perdió buena parte del paisaje. Ya no le importaba mucho, quería aturdirse con el ruido del motor y dormir. Sentí que retornábamos al túnel, dábamos marcha hacia atrás, regresábamos apresurados al apartamento de Woodward, desempacábamos las valijas, colocábamos las gaseosas y laterías en los gabinetes de la cocina, la ropa en los viejos closets impregnados de naftalina. Paul se marchó al día siguiente y quedamos Serge y yo solos, inventando aventuras para no aburrimos, disfrazándonos de payasos y cosas así, cocinando alimentos típicos del Caribe, grabando voces y sonidos estrafalarios, colocando una bocina en la ventana del apartamento para que los vecinos los oyeran y se asustaran y llamaran a la policía. Ya complacidos escuchamos con seriedad sagrada música de Stravinsky, hablamos del Pájaro de Fuego y Edipo Rey con el mismo desenfado que lo hubiéramos hecho de picantes condimentos haitianos, especiales para carnes. También nos hicimos el amor. Serge con los mismos besos de Paul, el mismo hábito de agarrar el cabello y tirar de él como si fuera una soga, acariciándome felinamente en el sofá-cama, más niño y humano que el otro. Con su manera particular de hacer el amor, Serge, flaco, cuasi-esquelético, se olvidaba del mundo y de las cosas y se entregaba todo él a un rito de connotaciones míticas. Alguna tarde húmeda fuimos al centro desafiando la neblina y la llovizna que embozaban la ciudad, entramos a una de las tantas salas de cine cercanas al Washington Boulevard y durante dos horas nos deleitamos con una copia nueva de Candilejas. Salimos de la sala semivacía, enfrentándonos al brumoso ambiente contaminado de Detroit, hablando de Claire Bloom y del legendario Chaplin que osaba incursionar en el cine sonoro y escribía él mismo el tema musical de su película. Caminamos bajo la lluvia fina, nos metimos en un bar y, sin quitarnos los abrigos, pedimos ginebra y agua tónica y bebimos hasta sentir una mutación adorable. Fue delicioso desafiar de nuevo la ciudad en otoño, abrirle un surco de despreocupación y afecto en el corazón, en medio de la tensión de las seis de la tarde, cuando tantos rostros anónimos se entrecruzan sin saberlo, cuando muchos ciegos suben a los autobuses con sus perros-guías y piden transferencias, los pederastas se meten en las cafeterías y combaten la soledad con expressos, los gangsters se refugian en ía extraña frialdad del otoño y estrenan bufandas y abrigos, los obreros bajan ascensores y abordan el metro, los ancianos vuelven a sus casas con gravedad fingida o cierta, atizados por temores reales. Fue fascinante llegar al apartamento de Woodward, observar la ciudad a través del vidrio empañado de la habitación de Paul, las lucecitas en los ventanales de los edificios de la General Motors, pensar que Beverly Sills habría tenido que suspender su función de arias italianas en el Ford Theater debido a un repentino ataque de ronquera, mirar los autos minúsculos desplazarse sin movimiento, seguir tragando ginebra y tónica con zumo de limón y quedarnos dormidos. Y luego no sentir que Paul regresaba al apartamento, cansado, con sueño de una semana, y nos encontraba desnudos, abrazados, y en lugar de enfurecer también se desnudaba y echaba en la cama.
—Estamos en Hamilton —le dijo Paul, despertándola—. Vamos a conocer un poco.
Germaine se desperezó, tomó el bolso y sacó el espejito. Miró su cara estriada y rojiza, con dibujos de la tela del asiento marcados en la mejilla derecha. Paul los llevó a un parque cerca de la salida a tomar algunas fotos, después de hacer un breve recorrido por otros sectores. Serge lucía irrecusablemente despabilado, incluso más vivaz que nunca, indiferente, empero, con la chica. Ella pudo percibirlo y dos veces, mientras Paul les tomaba las fotos, intentó preguntar lo que ocurría. La reverberación del sol en la hierba era molesta, aunque Paul insistía en sacar las fotos en lugares iluminados.
—No cierres los ojos, Maine, vas a parecerte a una ciega —rió Paul cuando apretaba el botón de la cámara.
—Me molesta demasiado —se quejó ella—, ¿por qué no vamos a otro lugar?
—Allá —señaló Paul, invitándoles a colocarse bajo unos cedros.
Un fresco invadió el ambiente. El grupo decidió tenderse en la hierba a mirar complacidamente a los gansos chapotearen la laguna, a pensar, a sacarse los zapatos. . . Paul fue a buscar unas cocacolas al Pontiac, estacionado en la entrada del parque.
—¿Qué pasa, Serge? —preguntó Germaine cuando ya Paul metía la cabeza en el baúl del auto.
—Nada, estoy un poco fatigado por estas cuatro horas de viaje, estoy mareado.
—Hay algo más, lo sé.
—No es cierto, no inventes cosas.
—No puedo evitar lo que ocurre, es algo que está fuera de mi control, lo sabes mejor que yo.
—Cállate, viene Paul.
Paul les ofreció los refrescos con una mirada condenatoria que intentaba pasar por ingenua. A Germaine se le heló la sangre un segundo y luego sintió que su pulso aceleraba notablemente. Tomó la botella y bebió del gollete, con más rapidez de la que solía.
—Te vas ahogar —dijo Paul—, ve más despacio, Maine.
—No jodas tanto, Paul —braveó Serge.
Paul no dijo nada. Bebió tranquilamente, como si no hubiese oído, después encendió un cigarrillo que fumó tendido en la hierba. Su mirada, complacida, confundida, parecía perderse en las copas de los cedros.
—Pronto llegamos, mojón —dijo Paul—. Esta es la última ciudad. Creo que haremos el viaje en sólo poco más del tiempo que nos fijamos antes de salir.
—Ya no tengo tanto entusiasmo —dijo Serge—, hubiera preferido quedarme en Detroit.
—¿Haciendo qué, la misma mierda de siempre?
—No, quería ver la competencia de bolos.
—Bah.
Serge recogió las botellas vacías y las llevó al auto. Paul montó en Germaine y empezó a mordisquearla hábilmente, agarrándole las manos; ella trataba de zafarse, repelía el ataque y hacía más trabajosas aquellas caricias. El la dejó, escupiéndole algunas groserías, la levantó y arrastró hasta el auto, donde Serge esperaba, en el asiento trasero. El calor había subido a su punto máximo, mas la humedad era mínima y el aire daba una sensación saludable, transparente, que no había en el ambiente de Detroit. A lo largo de la autopista comenzaron a aparecer, desparramadas en el camino, decenas de moteles y casas de huéspedes de colores vivos,primorosamente cuidadas, con maceteros florecidos en el jardín. Algunos letreros rompían la armonía de los conjuntos. Cruzaron varios puentes y vieron cómo los ríos tomaban la región exhuberante. Paul y Serge habían empapado de sudor las camisillas y Germaine hacía de sus cabellos un improvisado moño y resoplaba, maravillada de esas casitas del camino, y evadía enfrentarse con pensamientos, con la realidad del triángulo. Una interminable hilera de carros impidió que Paul continuase con el mismo ritmo que traía desde Hamilton. Primero habían aparecido montones de moteles, después una incontable cantidad de hoteles famosos.
El aire se hizo pastoso, viciado de gases, y Germaine lamentó no poder quitarse la ropa. Serge celebró la idea y sin pensarlo dos veces se quedó en calzoncillos. Ella se volvió a mirarlo un momento; luego controló su curiosidad y no lo intentó de nuevo. Paul no dijo nada, sonrió, mutilando cualquier expresión enemiga.
—Propongo el Sheraton —dijo Paul.
—Demasiado caro —dijo Serge.
—Qué importa —fanfarroneó Paul, tentándose uno de los bolsillos—, esto sólo puedes hacerlo una vez en tu vida. ¿Qué les parece el piso más alto?
—Desde allí veremos todo mejor —dijo Germaine— y el aire no estará tan raro como aquí; me parece que voy a asfixiarme con todo el vapor que sube del asfalto. Esto es peor que Detroit.
El aire se cargó de vapor de agua, de un vapor más bien dulzón, y la chica sacó la cabeza por la ventanilla y aspiró. Las tiendas de souvenirs se multiplicaron, los turistas brotaron de los rincones del parque en hormigueros, como pintorescos especímenes en shorts y gorritas deportivas, operando cámaras fotográficas y Aliñadoras, llevando bebés en coches, neveras de mano, loncheras, bultos, paquetes. Germaine sintió un vahído y metió la cabeza. Paul estacionó en un área de aparcamiento. Serge se vistió y bajó detrás de los otros, abotonándose la camisa. El Sheraton, con un impecable sentido. del confort y el lujo que traspasa los límites de la imaginación, hacía honor a sus precios. Un botones recogió el equipaje y los condujo a la administración. Paul comenzó a llenar una ficha, preguntando sólo si tenían una habitación doble y otra individual en el último piso. El administrador asintió, sin atreverse a preguntar si tenían reservaciones, o señalar que el penthouse era, por su posición, el más caro de todos los pisos.
—Desde allá verán un espectáculo formidable —dijo el administrador mansa y suavemente, dirigiéndose a Paul—, en ninguna otra parte se obtiene una vista tan completa, les puedo asegurar. Tienen suerte, quedan habitaciones.
Paul respondió con una mueca y omitió las gracias; él y los demás entraron al ascensor precedidos del botones. Ya en el piso, Serge habló de encontrarlos abajo en media hora y Paul y Germaine fueron a la habitación contigua. Ella se echó en la cama, apretó los puños, chasqueó los dientes, pensó en Serge. Paul había ido a la ventana; a distancia considerable, a través del vidrio, observaba el torrente desplomarse en silencio, el espumazo blanco que emergía de la garganta, del mismo fondo, y se levantaba como una polvareda opacadora. Serge pensaba, mirando el mismo torrente a través del vidrio, en el poema de Heredia, veía la masa líquida precipitarse al abismo y agonizar valiente, infinita, en una fosa que ahondaba su cauce con los años. Ella gimió, sobrecogida por el miedo, retornó al túnel, al agua que comprimía el enorme tubo y terminaba rompiendo los vidrios del auto y ganaba su garganta, su boca, todos los huecos de su cuerpo, ahogándola.
—No perdamos tiempo, Maine —dijo Paul entusiasmado—, bajemos de una buena vez.
—Yo iré después —dijo ella.
—Qué estupidez, te vas a perder lo mejor.
—Vayan ustedes, no tengo ganas.
—¿Tienes miedo?
—No es eso.
Paul se sentó en la cama, la miró tiernamente, deslió el sobre plástico y sacó los cigarritos. Le ofreció uno. Ambos fumaron, tragando el humo, paladeando el aroma de la hierba, procurando que fuese a la cabeza, mirándose complacidos en esa secreta ceremonia que también Serge coihpartía desde su pieza. Algo se fue ablandando en Germaine, regresaron a su cabeza el triángulo, el deseo brusco de alcanzar la total compenetración, los vivaces colores de las casas del camino, las percepciones se hicieron más intensas en ambos, una claridad inhabitual se incrustó en sus mentes, podían ahora tener sensaciones más nítidas, comprender mejor, aceptar, barajar proposiciones. Después del primer compás de tiempo una viscosa claridad les amelcochaba las miradas, se encontraron de pronto engranados, Paul masculiando frases recelosas, amargas, Germaine defendiéndose, protegiendo el triángulo, respondiendo jadeante a las acusaciones, las manos deslizándose libres, los dedos trenzados, crepitar de barrigas ondulantes, encuentro de bocas golosas, vehemencia de unos brazos velludos que apretaban, de unas manos finas con otras manos, trepando un cuerpo sobre otro cuerpo, desencontrándose, exhalando quejas convulsivas y entrecortadas, él penetrándola, chillando, echándose de bruces, golpeándole los pezones con el mentón, los poros abriéndose, el calor fabricando gotas saladas que impregnaban de humedad las sábanas, ella sintiendo que aquellas manos fuertes le “apretaban la garganta, la ahogaban casi, gozaban placenteramente con robarle el aire, ella arriba, cabalgándolo, desquitándose los golpes, los tirones salvajes, impetuosa, succionando el sudor caliente, lamiendo la musculatura, chupando el sexo volcánico de Paul, dejándose penetrar nuevamente, con ritmo acelerado, la lengua haciendo piruetas alrededor de los labios, un goce tumultuoso que se desprendía del interior y parecía arrastrar consigo todo cuanto encontraba a su paso, él dando bramidos, ella volteando los ojos como si fuese a morir, despidiéndose, cayendo exhausta sobre el otro cuerpo debilitado.
Encontraron a Serge bebiendo limonada en el bar del hotel. La chica pidió una doble, empujada por la tentación de las burbujitas, la cereza en el fondo del líquido, el sudor de la superficie de cristal y esa secreta complicidad que no acababa de desvanecerse. Paul fue a comprar una cajetilla de cigarrillos. El silencio de Serge y Germaine formó un foso alrededor de la mesa, ambos se miraban desde la lejanía de sus sillas, cuatro ojos en blanco, aislados en medio del salón. Ella jugó con la cereza, la persiguió con el agitador sin darle oportunidad de moverse libremente. Si la vida fuese una cereza, Serge, si el mundo fuese una cereza jugosa y grande, tú y yo no estaríamos hoy aquí, sólo por el deseo estúpido de ver el agua caer y formarse un remolino temible, por dejamos arrastrar a esta ruleta de carnaval. Hoy estaríamos en Detroit, Germaine, en un autobús por Gratiot o Woodward, tal vez sin motivos, burlaríamos el sueño una vez más y vagaríamos confundidos con los otros de siempre, con los negros asustados que asoman las cabezas por ventanales de sucios edificios en los barrios bajos, o aquellos inquilinos del YMCA que rumian la desolación de sus vidas en el vestíbulo del viejo mamotreto de ladrillos y esperan con caras melancólicas el frío del otoño. Vagaríamos, te lo aseguro, levemente irritados por esas imágenes, pensando que la vida tiene que ser así para ser realmente vida, nos iríamos a comer papas fritas y cocaleca a una conocida sala de cine, a disfrutar de la reposición de otra cinta de Charlot y luego nos meteríamos en el Club a oír tocar ese jazz incomparable, dejarnos envolver por aquellos negros voluptuosos y asfixiamos con las melodías. Si el mundo fuese una cereza, Serge, hoy estaríamos sacándole el jugo, comiendo su pulpa roja, lejos de estas aguas tan frías. Paul volvió con una cajetilla de Camel y pidió un trago. Encendió uno y repensó lo que creía haber visto. Al regresar, vio que la mano de Serge cubría la de Germaine, envolviéndola suavemente; ante la mesa comprobó que la mano acariciaba una servilleta, los dedos se movían curiosos sobre la tela. Después el grupo se mantuvo inmóvil y cuando Paul terminó con el trago todos se movieron en dirección a la salida.
La tarde se apelmazaba en sus propios resplandores, los turistas comenzaban a buscar refugio en los rincones del parque, acorazándose bajo los árboles, atrincherándose en parcelas interiores apestadas de rosales, preparándose para viajar veinte o treinta millas hacia los moteles de las afueras. El viento levantó una vorágine de papeles, empañando la impoluta superficie del césped. Las tiendas de souvenirs comenzaron a cerrar y una bandada de espectadores se aferró a la barandilla desde donde se contemplaba todo el espectáculo. El grupo pasó junto a la Skylon Tower y Germaine sintió un suave mareo ante el movimiento giratorio de la bobina. Lo mismo le ocurrió cuando treparon a los carritos mecánicos: el ariete que los impulsaba trocaba la diversión en una sorpresa desagradable y ahora ella y Serge eran tripulantes involuntarios de los carros, forzados de nuevo a ser espectáculo para Paul. Poco a poco se fueron acercando a la barandilla de hierro, embestida por el agua de las cataratas. El recorrido había sido triste —deprimente, hubiera dicho ella— y terminaba, para colmo, en el agua. Bien les habían dicho que era una de las maravillas del globo, incomparablemente superior al Sahara, al Amazonas, a las regiones heladas de Noruega, a los volcanes de Centroamérica, porque ejercía una atracción mucho más poderosa que cualquiera de las anteriores y el miedo que infundía no era tan repulsivo como el magma corrosivo de un volcán ola traidora quietud del desierto o el río. Los tres quedaron atónitos en la barandilla, fascinados por el sortilegio de los millones de metros cúbicos de agua que el Niágara contenía y por aquel despeñadero de más de cincuenta metros de altura. El torrente se desplazaba de territorio norteamericano a territorio canadiense con mansedumbre pasmosa, engullía cauteloso rocas y troncos, hacía un pequeño descenso todavía del lado de Nueva York y continuaba insaciable hasta doblegarse en Canadá. Las aguas al caer producían un ruido ensordecedor. Paul levantaba la voz, gritaba casi, señalando el nacimiento de un arcoiris en el agua, el amasijo de turistas en una lancha, encapotados, protegidos por impermeables de hule, observando las cataratas desde abajo. Serge tomaba fotos, dejándose bañar por el violento rocío que ascendía. Germaine, aferrada a la barra, observaba las chorreras gigantes hacer cabriolas en el aire y caer al abismo; y repetirse la acción infinitamente, como si las aguas ascendieran al cauce del río y volvieran a caer vencidas. Pensó que podía ser empujada por alguien al vacío, impulsivamente trató de protegerse en Serge. Paul los vio desde atrás, vio sus cabezas juntarse, vio sus cuerpos rozarse tenuemente y tuvo deseos de ayudarlos a confundirse en un abrazo único en el fondo del río. Los sujetó por el cuello, riendo, amagó con aventarlos al agua. Ambos reaccionaron de manera distinta: Serge con un ademán enérgico, agarrando a Paul por el cuello de la camisa, Germaine con gritos de pavor. Ella salió corriendo, gritando, ante la extraña risa de los turistas, que parecían corear: “otra que no soporta el vértigo”. Paul se quedó en la barandilla, pensando en los cuerpos caer abrazados al agua, envueltos en los chorros blancos y salvajes; Paul indiferente y pálido, paladeando una acción que se había repetido en su cabeza varias veces en el curso de la tarde. Los otros habrían ido a alguna parte, tal vez a echarse en el césped, cerca del busto de Heredia, junto a los versos que celebran con elocuencia apasionada la grandeza del Niágara.
La oscuridad del cielo y las aguas, la luz de los reflectores, anunciaban la tercera tanda del espectáculo: la nocturna. Paul seguía junto a la barandilla, casi solitario, pensando en la muerte de sus amigos, si los había perdido o recién entonces comenzaba a recuperarlos. Las luces que enfocaban las cataratas las vestían de vulgares matices. Paul se retiró al Sheraton, hambriento, aturdido por los focos, la brillantez de los anuncios y el movimiento vertical y giratorio de la Skylon Tower, que nunca cesaba su trajín. Fue a la habitación, tomó una ducha, se vistió. No los había visto ni preguntó por ellos en la administración. Los encontró en el comedor. Ella muy linda con el vestido de franela, sólo que los ojos miraban de un modo raro y los labios le temblaban. Serge hojeaba una revista y no se dio cuenta de la llegada de Paul.
—Fue un abuso —dijo Germaine cuando Paul tomó asiento.
—Pudimos haber caído, ¿te das cuenta? —dijo Serge.
—Fue una broma... pesada —dijo Paul sin arrepentimiento.
—Vaya, qué interesante —dijo la chica.
—No volverá a ocurrir —concluyó Paul.
No se habló más, algo lo impedía, era como si aquella muerte que nunca mencionaban retomara y se instalara cómodamente en la mesa, acusándolos. Después de unos tragos cenaron en el aburrimiento de aquel silencio, y Paul los invitó a dar una vuelta antes de concluir la noche, antes del regreso. “Niagara Falls, a wonderful dream you will never forget” —se leía en el letrero de neón colocado a la salida del Sheraton. Había oscurecido, sin que ello impidiese que el hormiguero se mantuviera activo. Al fin y al cabo las cataratas estaban ahí, con una expresión nocturna, las mismas cataratas envueltas en luces, la bobina de la torre Skylon girando, tragando y vomitando gente que acudía ansiosa a ver el espectáculo desde arriba. Hubo un momento en que Germaine, ya frente a los carros mecánicos, cerró los ojos, gritó a todo pulmón y luego echó a correr. Nadie la oyó, aquel ruido se confundió con el golpe estridente del ariete de los carros. Paul y Serge corrieron tras ella, llamándola. Dieron vueltas locas por el parque, como tres adolescentes jugando al escondite, persiguiéndose alegremente en medio de la muchedumbre satisfecha. Serge tropezó al subir una calzada, cayó sobre el césped mojado, con una pierna retorcida bajo el cuerpo. No pudo levantarse al intentarlo, inutilizado por la luxación que acababa de sufrir. Paul siguió detrás de la chica, siempre a punto de alcanzarla, corriendo ahora entre un grupo de personas, hacia la barandilla. Serge vio en el desenfreno de la carrera una magnífica oportunidad para Paul, quien se acercaba a su objetivo por una casualidad. Los perdió de vista, se imaginó el resto: Paul y Germaine llegarían a un punto oscuro de la barandilla, ella con sus gritos, él detrás lograba al fin atraparla; se establecía un forcejeo inadvertido para unos cuantos turistas que contemplaban las chorreras a unos cien metros de distancia, ella con la melena mojada, como acariciándose violentamente con él, las cinturas retorciéndose en la barra de hierro, los cuerpos inclinándose al vacío, una vez él y otra ella, una lucha muda que terminaba con la caída de alguno de los dos. Las aguas tragaban el cuerpo, se quedaban con el secreto, mientras el sobreviviente miraba al vacío, oía el ruido, las chorreras desparramarse monótonamente.
Ambos buscaron sin éxito a Serge por todo el parque. Volvieron al hotel y Paul le pidió a la chica que se quedara, que él seguiría buscándolo. Salió con una cara ansiosa, dejándola a ella sedada, en cama. A las tres de la madrugada regresó, subió a la habitación, la encontró dormida. Esperó, mirando por el vidrio un espectáculo que perdía su aire fantasmal de la noche y se desvanecía en la bruma de la madrugada, cuando las luces eran apagadas y los reflectores dejaban que la claridad de la mañana volviera a cubrir las aguas.
—Hace un rato me aseguró que continuaría el viaje solo —dijo Paul cuando la chica despertó.
—¿Pero cómo, no comprende? —dijo con una mirada anhelante—. Tuve otro acceso de nervios, Serge sabe que paso por estas crisis a veces.
—No quiso. No sé, iba a buscar un taxi que lo llevara a Windsor. Serge es así, tú lo sabes.
Mientras Paul calentaba el Pontiac ella notó que el cielo ennegrecía. Más tarde, a unas cuantas millas de Niagara Falls, la lluvia comenzó a caer, copiosa, enceguecedora. Mientras el agua opacaba el vidrio, él recordó por última vez el cuerpo enjuto de Serge, tendido en el césped, con una pierna inútil, pidiéndole ayuda, su cara de asombro al recibir el golpe que lo noqueaba; recordó que echaba a andar con él por el parque, ya muy entrada la madrugada, cuando no había turistas, y luego todo se le confundía al llegar a la barandilla. Sólo sabía que el regreso al hotel lo había hecho solo, sin Serge.
—Ya lo alcanzaremos —dijo Paul, mintiendo—, no te preocupes.
La lluvia decreció un momento y ella se esforzó por limpiar el vidrio y ver, a través de la opacidad, si algún taxi pasaba. Paul detenía el Pontiac junto a unos flamboyanés, alejándose de la autopista, y se acercaba a ella y la besaba en la núca, agarrándola por el cuello con manos vehementes.