el laberinto revisitado
Hace meses trabaja como mecánico en la fábrica. Revisa la maquinaria de la unidad ocho. Limpia, repara, mantiene el equipo en buenas condiciones para que pueda funcionar sin interrupción toda la semana. Los desperfectos de las máquinas de coser son de su exclusiva responsabilidad. Ahora que el día llega a su término, él se quita los guantes y guarda las herramientas. El silbato emite tres aullidos liberadores que las costureras y otros obreros reciben con caras de alivio. Las máquinas se detienen y el ruido desaparece en la unidad ocho. En medio del cuchicheo de las obreras que emigran hacia los vestidores, él se detiene a poner en orden las herramientas. La unidad ocho va quedando vacía. Él contesta parcialmente los adioses de los compañeros, casi sin quitar los ojos de la caja en que coloca los utensilios. A veces levanta la cabeza y sonríe a alguno que le habla en un inglés mezclado con dominicano, le guiña un ojo a una amiga, dice hola al último grupo que abandona la unidad. Después, como todos los días, sólo quedan sonidos aislados que él identifica: la carraspera del capataz, intoxicado por el cigarrillo, las puertas estrelladas involuntariamente, los interruptores que anuncian el cese de actividades, unas voces femeninas que chismean en un Spanglish confuso, una llave inglesa que choca contra un latón, un saludo lejano e impreciso que se escucha al momento de apagarse las luces principales. Después que deja las herramientas en la caja, se dirige a los vestidores. Observa cada una de las máquinas bajo su cuidado. Están lustrosas, engrasadas, aunque una estuvo fallando todo el día. Ya en el vestidor, descarga su vejiga en un urinario. Un desconocido lo chequea de reojo. Él se vuelve y oculta el pene entre las manos. El otro se da cuenta de la situación pero no intenta excusarse. Más bien parece que le gusta esa actitud inhibida del mecánico. Cuando empieza a desabotonarse el uniforme de trabajo, el desconocido pronuncia una frase que él no responde y sale. En el espejito del botiquín mira su cara embetunada de doce horas de faena. Necesita hacer veinte horas extra cada semana. Es la única manera de equilibrar el presupuesto y hacerle frente al gasto que va a presentarse en cualquier momento. Con una lanilla se quita las manchas de grasa, sin preocuparse del tiempo que le toma la operación. Aprendió a hacer las cosas sin prisa, pero dejando un sello distintivo, una terminación satisfactoria. Podría cambiarse el overol por la camisa y los pantalones limpios que guarda en su armario. No lo hace. En los últimos días ha salido tal como está cuando termina sus faenas. Parece una contradicción con su forma de ser. Él se justifica pensando que a nadie le interesa cómo viste uno en Nueva York, así que se puede ir por la calle endomingado o zarrapastroso y es lo mismo. A veces resulta práctico pasar inadvertido, ser uno más entre los millones que pululan en las calles. A él le gusta poco llamar la atención. Cada tarde pone la proa en dirección a la estación cercana, baja las escaleras que lo llevan al subterráneo, espera la llegada del tren, monta en uno, después de una hora de trayecto hace transferencia y al final vuelve a la calle y camina hasta el apartamento. Lo peor es subir nueve pisos cuando el elevador está descompuesto, como ocurre un par de veces a la semana. La cara se ve limpia, no quedan restos de grasa ni hay lamparones alrededor de los ojos. Basta, para terminar, un profundo lavado con jabón y agua tibia. Cuando se inclina sobre el lavamanos siente que le crujen los huesos y por primera vez en el día se da cuenta de los efectos de doce horas de trabajo continuas. Él no desea renunciar a su cargo en la fábrica porque le gusta el oficio. Además, aspira a convertirse en capataz. Nunca se ha puesto a considerar la dificultad de realizar sus aspiraciones. Le parece que su jefe inmediato es un hombre gastado que debe ser reemplazado y él es el único que ofrece condiciones entre el grupo de la unidad ocho para sustituir al viejo capataz. Seca la cara y mide los resultados del aseo. Echa mano a la chaqueta de cuero y al salir de los vestidores comprueba que todavía quedan algunos trabajadores en el recinto. A la salida, una voz amiga le grita: «¿Cuándo?», y él se encoge de hombros, esboza una sonrisa, dice adiós en su precario inglés. El primer contacto con el exterior es agradable. Hay un trozo de luz solar que unas nubes ahogan rápidamente. A él le gusta el paisaje urbano. No importa que ese paisaje sea siempre el mismo: edificios chorreados de grasa y polvo, millares de ventanas cerradas, rotas. La soledad del espacio abierto es siempre preferible a la soledad del encierro. Hoy el viento es frío, más frío que de costumbre en abril y las ráfagas vaticinan empeoramiento del tiempo. Mete las manos en la chaqueta y echa a andar hacia la estación. La actividad exterior le causa sorpresa. En la fábrica todo se mueve al compás de un ritmo dirigido, mecánico: las obreras cosen millares de camisas, pegan botones y cuellos, doblan, empaquetan, y lo hacen siempre al unísono, sin otras alteraciones que las de los recesos o los accidentes que ocurren de cuando en cuando. La calle es otra cosa. La gente hormiguea frente a los semáforos. La mayoría corre, empuja sin volver la cara. La calle lo confunde y él quiere hacer el trayecto a la casa en el mínimo tiempo posible.
Todavía la pesadez del sueño le cierra los párpados, la sujeta sin esfuerzo al universo de la subconsciencia y la obliga a permanecer postrada, inhábil para desmontar el mecanismo que la mantiene allí, horizontal, el cuerpo mojado de humor salino. De vez en cuando abre los ojos, adivina el curioso dibujo de la grieta en el techo y vuelve a cerrarlos torpemente, como si el sueño la encadenara a seguir así, atada a la cama, indefensa, soportando el peso de la inflada barriga. Quiere despertar, sentarse, estrujarse los ojos, abrirlos, desperezarse, tomar un vaso de agua fría que le refresque el garguero, darse un enjuague y aplacar la sed. Y quiere, sobre todo, preparar la cena. Pero la modorra la vence, una infinita debilidad la invade y toma posesión de su cuerpo, adoquinado en la colcha esponjosa que cubre la cama. Burbujas de ácido provocan leves eructos sucesivos y trepan por el gaznate hasta la boca. Ella rechaza la amarga sensación picante con una mueca, contrae los músculos faciales, traga la saliva que se aloja en la cavidad bucal. El viento penetra por el espacio pequeñísimo de la ventana entornada, refresca la habitación, la airea con suaves golpes intermitentes. El sol, casi oculto entre el macizo bloque de edificios cercanos, proyecta rayos tenues que iluminan el interior de la habitación. No le gusta correr las cortinas durante la siesta, aun cuando se expone a que algún fisgón espíe sus movimientos desde ventanales vecinos. Sencillamente no está acostumbrada al encierro y aborrece la oscuridad si puede disfrutar la luz y contemplar por las ventanas cuanto es posible del barrio. No importa que el paisaje sea siempre el mismo. Edificios chorreados de grasa y polvo, millares de ventanas cerradas, cubiertas de trozos de cartón, empapeladas, descascaradas, rotas. La soledad del espacio abierto es siempre preferible a la soledad del encierro. Abre de nuevo los ojos y logra mantenerlos fijos en la grieta. Después, despierta totalmente, otea la imagen de la Señora de Las Mercedes, alumbrada por el pabilo de un velón rojo. Las flores colocadas junto a la Virgen, secas y grises, denuncian el prolongado abandono a que la ha sometido la devota. Sonríe y celebra que su protectora tenga aún el alimento de la llama sagrada, algo que, según aprendiera en la infancia, no puede faltar. En seguida, sin disfrutar la alegría que le causa el saberse hija fiel de la Virgen, lamenta un descuido imperdonable: las gotas de esperma resbalan por el lomo del velón, caen sobre el platillo rebosado de cera y van a dar a la superficie del gavetero. Ya sentada, mira con atención la foto de su familia, tomada cuando vivía en la casa paterna, en Moca. Siempre retornan los olores inefables: yerbabuena del campo, excrementos de vacas y caballos, cacao desgranado puesto a secar, humo de pailas de café tostado y túbanos, vapor de gordas capas de cerdo cocidas, aroma de chicharrones fabulosos, almizcle de hombres jóvenes. El papá luce viejo, algo contrariado. Tiene la mirada caída, el pelo blanco, la mano izquierda sobre el hombro de la difunta -entonces muy viva- y en la otra sostiene un sombrero oscuro, de anchas alas curvadas hacia arriba. Los labios esbozan una sonrisa dolorosa. El semblante insondable sigue firme y serio. Retornan también los sonidos del bosque, el trino grácil de los pájaros montañeros, el cloqueo incesante de las gallinas ponedoras, el gruñido de los chanchos, la música de un acordeón lejano, los gritos de los hombres en la gallera, la voz de los niños que juegan trúcamelo. La mamá viste de blanco: un vestido de percal sencillo, mangas largas y cuello triangular. No puede vérsele la enfermedad reflejada en la cara -pese a que ya estaba bastante enferma- porque siempre se las arregló para ocultar su dolencia hasta el final. Tiene los mismos zapatos con que la enterraron, años después, y en el anular derecho lleva el anillo de bodas -único regalo en cincuenta años de vida-, inmejorable recuerdo de tres décadas de devoción doméstica. Bosteza largamente, se pasa las manos por la cara, sacude la cabeza, espanta la nostalgia, introduce los pies en las pantuflas y se dispone a dejar la habitación. Alrededor de la pareja del cuadro están los hijos, que ella cuenta antes de salir: tres hembras y dos varones. Ella es la más pequeña en la foto y nadie podría hoy reconocerla a no ser que lo dijera. Va a la ventana y la cierra por completo. Siente un leve dolor abdominal y se lo atribuye al esfuerzo realizado. Ha sido una punzada casi imperceptible en lo más bajo del vientre, como un desprendimiento. Se dirige al baño y orina. Al terminar, todavía tiene deseos aunque no se produce micción. Permanece sentada y al tocarse ve que su vagina expulsa un poco de líquido claro, acuoso. Se coloca un tapón sanitario y decide cepillarse para borrar la amarga impresión de la boca. Mientras el cepillo da barquinazos entre dientes y encías, ella revisa su cara en el espejo. Hoy está más abotagada y la marca violácea que circunda los ojos la hace ver emaciada, deforme. Lava su rostro con agua y alcohol, se pone una ancha bata fresca y sale del baño rascándose la barriga.
La gente espera arracimada en el andén. Hora de intensa circulación en la estación subterránea. Cuando se acerca un tren, la muchedumbre se agolpa bajo el letrero que indica las rutas. Con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, él permanece a prudencial distancia del grupo que bulle a unos cuantos metros de la entrada principal. Se filtra un aire frío en la galería. A veces penetra una ráfaga de viento glacial, desciende las escaleras, se precipita sobre la gente, levanta abrigos y bufandas, reseca labios, enrojece cachetes. Prende un cigarrillo y se pone a fumar parsimoniosamente, recostado en una columna. Los trenes cruzan cada cinco minutos con un ruido sísmico, enloquecedor. Observa el cable principal que impulsa los vagones y se pregunta qué habrá sido del hombre perseguido por la policía que hace una semana saltara en ese mismo punto. Sabe de media docena de asaltos y crímenes perpetrados en ese andén de Brooklyn. Primero fue una anciana acuchillada por uno que intentaba quitarle la cartera. Apaga el cigarrillo con el pie y se coloca detrás de la multitud que forcejea por penetrar a un tiempo en el vagón. Después fue un grupo de adolescentes que golpeó a dos hombres ante la mirada impasible de los que esperaban. La llegada del tren le toma desprevenido. El vagón se llena de gente en cuestión de segundos. El tercer caso todavía no puede entenderlo: un hombre empujó a otro sobre los rieles. Hay muchos pasajeros de pie. Él se deja llevar por la corriente y termina en un rincón del lado izquierdo. Se coloca junto a una barra y hace un esfuerzo por quedarse allí, pero un envión lo remueve del sitio y lo coloca junto a una de las puertas. Otros dos casos fueron violaciones a mujeres, perpetradas en horas de la madrugada. Cuando los vagones se deslizan semivacíos, hacia la medianoche o muy de madrugada, todo es factible en el tren subterráneo. El aire del vagón, viciado por la peste de los abrigos húmedos, se hace irrespirable. Él lleva la mano sobre el pecho, presiona los únicos dólares que le quedan. Un gesto de suspicacia se refleja en su rostro. Lo cierto es que nadie se fija en nadie. Las caras de hastío y cansancio se limitan a revisar una y otra vez los anuncios del vagón, recientemente embadurnados de pintura verde por las pandillas invisibles que operan a altas horas de la noche y burlan la vigilancia de los inspectores del tren. En las breves paradas él nota que algunos pasajeros conversan o leen el diario, una mujer parece concentrada en las páginas de un libro, unos ancianos dormitan cabizbajos, dos negros acarician al niño que llevan en brazos. El último caso fue, sin duda, hechura de algún demente, porque él no se explica cómo puede un hombre sano dispararle a otro a quemarropa y emprender tranquilamente el regreso a la calle. En la primera parada sale un grupo numeroso y él siente un tremendo alivio cuando puede por fin sentarse. Reclina la cabeza sobre la chaqueta enroscada bajo la nuca y cierra los ojos. No quiere que el cansancio lo venza. Resiste el monótono balanceo, la invitación al sueño, el tableteo continuo del ruido, la acolchada suavidad del asiento. Dos hombres sentados enfrente lo miran y él abre los ojos, saca un pañuelo y lo pasa por la cara húmeda. Inquieto por la actitud de los extraños, intenta descubrir si las pupilas se dirigen a él o hacia algún otro lugar. Hace una mueca y espera la reacción de los hombres, que permanecen con los ojos en blanco y miran a ninguna parte. En la penúltima parada desciende otro grupo y el vagón queda prácticamente vacío. Están la mujer del libro, los hombres de la mirada petrificada, los negros con el niño, dos muchachos de impermeables empapados que entraron en la parada anterior, tres hombres —negros maletines en mano— enfundados en sus abrigos, una muchacha con espejuelos y él. Falta poco para hacer la transferencia. Él no tiene deseos de moverse de ahí. Le hubiera gustado tomar un taxi, pero habría tenido que pagar el equivalente a un jornal. Desliza la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca los cigarrillos. Cuando intenta encender uno se fija en el letrero que advierte a los pasajeros la interdicción de fumar. Las bombillas parpadean, baja el voltaje del fluido eléctrico. El tren se detiene, está atrapado en la oscuridad del túnel. Algunos de los que viajan en el vagón prorrumpen en gritos. Una voz estentórea se impone y trata de evitar el caos. Él se queda sentado, sin sobresalto, sin palpitaciones, piensa que pronto retornará la luz. El tumulto de los otros vagones no se percibe en toda su magnitud. Los pasajeros del tren subterráneo, sorprendidos por el apagón, no saben qué hacer. En el vagón en que él viaja se ha restablecido la calma momentáneamente. Un hombre enciende un fósforo e inspecciona los rostros de los demás, aluzándolos hasta que la llamita se extingue. Él aprovecha la claridad efímera, mira su reloj y calcula que llegará tarde al apartamento. Por primera vez en el trayecto a la casa siente un vago temor. Piensa en la precariedad de una mujer encinta, la indefensión a que la someten el aislamiento y la soledad. Se levanta, seca el sudor que baja abundante por las sienes y se acerca a la puerta del vagón.
Las papas húmedas caen en la olla, mondadas a la perfección por el utensilio que ella maneja con habilidad, mientras un puchero hierve en la estufa. La cocina es la zona donde se concentran los sonidos. Sólo allí ella sabe que en el edificio habitan otras personas: oye la descarga de excusados de pisos superiores y aledaños, el estruendo de los camiones municipales cuando recogen la basura, el infernal estampido de los zafacones metálicos arrojados al callejón por los recogedores, las voces que en inglés dan órdenes, insultan, piden, cuentan, llaman y los gritos de la chiquillería que se congrega a jugar. Al tiempo que oprime el botón de la recién adquirida lavadora automática, ella sigue atenta el seco tam-tam de la pelota de baloncesto, el intermitente rebote en el cemento, los chillidos que se cruzan en el aire, una frase en español dicha por algún hispanoamericano. Ella se acerca a la ventana y saca la cabeza. El grupo discute. El dominicanito del piso de abajo alega que le han hecho trampa. Uno de los muchachos susurra unas palabras y todos miran hacia arriba. Ella, amilanada por la descarga acusatoria de tantos ojos rabiosos, hunde la cabeza en la cocina. Pronto se aburre, pasa a la habitación contigua, enciende el televisor, sintoniza el Canal Hispano. Regresa a la cocina y presta atención a la imagen de la mujer que anuncia, con dinamismo y simpatía, el uso múltiple de un detergente. Pone a hervir las papas y procede a echar jabón líquido en la lavadora. Después del comercial, una voz predice la continuación de la película protagonizada por Brando. El actor personifica a Napoleón. Echa un vistazo a las papas, aún embelesada por las imágenes que narran una historia de amor en la turbulenta Francia posrevolucionaria. Reconoce a Brando, lo recuerda en otra cinta que viera antes de abandonar Santo Domingo. En la película que transmite el Canal Hispano, Brando aparece joven y temperamental, siempre perseguido por una muchachita de provincia que no se detiene ni ante la fastuosa Josefina. La sala está oscura y ella se percata de ello cuando suspenden la transmisión e insertan un comercial de alimentos caninos. Asustada por la suerte de las papas, regresa súbitamente a la cocina, apaga el fuego, comprueba que la lavadora ha dejado de trabajar y que la ropa está lista. La voz de Brando reinicia la transmisión. Toma una manzana del refrigerador y se acomoda en el mueble, frente al televisor. Napoleón sonríe a Désirée enigmáticamente, acaso disgustado por la presencia de la atrevida muchacha en París, adonde ha llegado para reclamarle, sabiéndole triunfador y laureado, su olvidado compromiso de amor. Afuera comienza una lluvia violenta y ella cierra todas las ventanas, pasa cerrojo a la única puerta y coloca las llaves en una repisa junto al espejo de la pared del fondo. Un nuevo dolor, más intenso y prolongado. El locutor habla de un baratillo de automóviles de lujo. El feto se ha movido con fuerza, patalea, da coces contra las paredes del útero, se estira y encoge sin que ella pueda evitarlo. Se queda junto a la pared, medio atontada, pasa el mal rato entre sudores y escalofríos. Luego va al baño, abre la tapa del excusado, se sienta y a poco el agua se tiñe de rojo. Es mucha la sangre que sale de la vagina, cae en gruesos chorritos, la libera de la contracción iniciada frente al televisor. La sangre huele a pasto húmedo, a hojas podridas, y ella, después de descargar el aparato, coloca en el baño una pastilla aromática. Al llegar a la sala advierte que ha perdido un largo trozo de la película. Después del anuncio de una sopa que el propagandista califica de extraordinaria, el Canal Hispano retransmite Désirée. Momentos antes estaba interesada en la película y ahora no puede concentrarse. Tiene la respiración pesada, le duelen las piernas, la retama le vuelve a la boca, la acobardan los truenos que estallan cercanos. Es imposible distinguir nada a través de las ventanas. Llueve. En la calle el espectáculo es otro: el agua se desploma enloquecida y forma una capa impenetrable. Sólo puede ver una claridad difusa en los edificios de enfrente, borrosas siluetas de seres humanos, cintas de luz y sombra. El miedo a la soledad la domina. Va a la cocina y retoma el hilo de la cena a medio hacer. Parte las papas compulsivamente, derrama un pozuelo de leche, se excede en la cantidad de aceite, olvida la sal. Sus movimientos son torpes, nerviosos, inciertos. Espera oír los toques característicos que confirman la llegada de su hombre, esos tres golpes únicos precedidos de un timbrazo. Es la señal convenida. Él ha dicho que hay que tomar precauciones, que tiene que permanecer encerrada y mirar por el ojo mágico antes de abrir la puerta, observar cuidadosamente la cara de pescado del visitante, preguntarle el nombre si no lo conoce, echar la cadenita si se trata de algún cartero o vendedor. No abrirle a nadie, a nadie que no sea él. Es una especie de consigna. Hay que evitar las agresiones de los ladrones, los maniáticos, los enfermos mentales. Ella debe seguir al pie de la letra las instrucciones, por nada del mundo violarlas. Con dos meses en el edificio todavía no conoce a nadie; sólo a medias ha visto caras, cuerpos extraños que la rozan en los pasillos, la figura borrosa del conserje. Las bombillas parpadean, baja el voltaje del fluido eléctrico y de repente se esfuma la luz del apartamento.
Los golpes que el hombre da con el maletín sobre los cristales perforan la puerta del vagón. El agujero no es grande, pero cabe una persona de peso mediano. La atmósfera enrarecida se refresca con un chorro de aire que trae consigo gritos y martilleos desde distintos puntos del túnel. La voz estentórea que dirige la operación ordena que las mujeres y los niños sean los primeros en salir. Luego los viejos y los hombres. Él seca el sudor de su cara, espera turno. Sin atinar a explicarse ese castañeo mandibular que delata su miedo, atraviesa el agujero y salta sobre el andén. Carece de orientación, lo único que puede percibir son figuras imprecisas que salen en la misma forma en que lo ha hecho él. Todos buscan salida del túnel, se orientan por la vaga claridad que viene de la calle. Él continúa en cuclillas sobre el andén unos segundos, indeciso, atropellado por las sombras que corren y chocan unas con otras. Después, aún atolondrado por la ausencia de luz, los ruidos, los gritos, el escape violento de la gente, trata de hallar la vía que lo lleve sin desvíos al apartamento. Llueve. En la calle el espectáculo es otro: el agua se desploma enloquecida y forma una capa impenetrable. A quince o veinte cuadras del edificio que habita, él se resiste a creer lo que intuye. Por un momento duda de la realidad de los hechos, espantado por la voracidad de la muchedumbre que puebla las calles del Bronx. De un almacén de alimentos salen sombras con sacos, cajas, objetos pesados que cargan con esfuerzo, evaden alegremente la persecución de las patrullas que custodian los establecimientos comerciales del área, celebran la lluvia que los protege. Más allá, a sólo una cuadra, una turba saquea unas tiendas. Se oyen la estridencia de los pesados vidrios al quebrarse, las voces jubilosas que cantan la captura de una enorme pieza de tela, de zapatos costosísimos, secadores de pelo, licuadoras, televisores, radios, grabadoras, tostadoras de pan, calculadoras electrónicas, máquinas de escribir. Dos hombres corren con una lavadora a cuestas, otras sombras cargan una nevera, una mujer deja caer algunas copas de una caja, dos siluetas forcejean a la puerta de una joyería, una patrulla arremete a palos contra un grupo en una tienda de comestibles. Él mete las manos en la chaqueta, huye del viento frío que silba en sus oídos y le congela las mejillas. Quiere llegar al apartamento. Una inconcebible desazón lo presiona, ahora que sus pasos son veloces, la determinación firme, la orientación definida. De cuando en cuando evade un grupo que apedrea las vitrinas de un supermercado o una ferretería. No quiere involucrarse, le teme a las patrullas. Por momentos siente deseos de participar en esa fiesta colosal que protagonizan siluetas desconocidas, tan reales como él. Una cuadra antes un hombre dejó caer una caja y él quiso correr con ella, pero cuando lo intentó, otro que venía detrás se la arrebató y huyó por unos callejones atestados de basura. Ahora se detiene frente a un edificio en llamas. La gente, temeraria, violenta, penetra en las tiendas de la planta baja y saca mercancías chamuscadas, artefactos que de nada servirán. Él no comprende el arrebato de las sombras. Nunca se había imaginado que un apagón desencadenara tal furia. Imagina que muchos debían estar en casa, esperando la luz. Pero piensa en los desmejorados residentes de su vecindario: viejos asmáticos que mueren en apartamentos corroídos por el polvo, mujeres enloquecidas por la extorsión de un chulo, jóvenes gastados por el juego de la bolita, por afición a la cocaína, asaltantes infantiles que manejan la navaja con una destreza increíble, dementes que operan en las noches claras. Piensa también en las filas interminables frente al edificio del Social Welfare, los espacios libres abarrotados de vagos, los barrios negros consumiéndose en el hollín y la indignación. Sólo entonces comprende que goza de una seguridad que no tienen otros. Él tiene vacaciones, un apartamento chico en un noveno piso, no duerme en los parques cobijado de periódicos, no usa la misma chaqueta durante todo el año, puede bañarse, comer, descansar. Las llamas aumentan y la turba disminuye en el interior del edificio. A pesar de la lluvia, pronto la candela se esparce por otros pisos. Crujen vigas, chisporrotean ventanales, se desploman interiores, inmensas lenguas de fuego se deshacen en el espacio. Al cruzar una calle casi lo atropella una ambulancia que patina en un charco de agua. Él recula, sube a la acera, la ambulancia se aleja en medio de un sirenazo bestial. A pocas cuadras del apartamento presencia un saqueo más. La farmacia donde él compra los calmantes que ella emplea para domeñar las jaquecas se viene abajo ante el embate de las turbas incansables. Un hombre deja caer una cajita y él la recoge y la mete en el bolsillo sin saber de qué se trata. La tormenta entra ahora en su etapa furibunda.
No sabe qué hacer, posee una difusa conciencia del lugar que ocupan los objetos en la casa y no se atreve a dar un paso. Cree que la puerta de la cocina se encuentra a su derecha, a tres metros del fregadero. Si caminara siguiendo una línea recta, evadiría la mesa y la lavadora colocadas en el trayecto a la sala. Al fondo, contra la pared, la nevera y un aparador. No distingue absolutamente nada. El apagón es total. La tormenta predicha por los informantes del tiempo entra ahora en su etapa furibunda. Los truenos le acuchillan los oídos. Ella los cubre con sus manos para impedir el paso del miedo. El agua cae, el viento zarandea los cristales y a ratos parece que la ventana va a desprenderse por completo, que toda el agua de los pisos altos entrará por sorpresa y anegará la casa. Opta por tomar las cosas con calma, musita una oración para sosegar su turbación y se aferra a una mesa. Nueva contracción la sacude. Se inclina, sus músculos abdominales inician un espasmo sin precedentes: es el dolor más intenso de todos los que ha tenido durante la noche. Tienta la enorme barriga, recogida ahora bajo el costado izquierdo. Da unos pasos ciegos y se abalanza contra una silla próxima. Los pies del feto hincan la parte superior del vientre de la madre, ésta, temblorosa, resiste el embate de dolor, aprieta las mandíbulas, cierra los puños. La cabeza debe haber empezado su viaje de salida del útero. No puede percatarse del exacto diámetro de dilatación, aun cuando introduce un dedo en la vagina y trata de contener el efluvio de sangre. El líquido es ahora abundante. Se levanta, va en dirección de la sala, tropieza con la nevera, la abre, agarra una de las botellas, bebe parte del líquido, deposita el recipiente en su lugar, recibe la frescura del aire refrigerado, destapa el congelador, toma unos cubitos de hielo y prosigue camino asperjándose el rostro con gotitas de agua. Al llegar al umbral de la sala, todavía encantada con el quemante contacto del hielo, tropieza, se tambalea, da unos pasos inseguros, cae de bruces, se protege el vientre con las manos. Por un instante siente que pierde el sentido y que su cuerpo inicia el definitivo viaje a la región de la noche sin límites, pero una contracción le convulsiona el cuerpo, la obliga a tenderse sobre la alfombra de la habitación. Está decidida a entregarse a la voluntad de su propia naturaleza. Piensa que él debe llegar de un momento a otro. Él la recogerá, la alzará en brazos, la llevará al aposento, la depositará en la cama, llamará al hospital, alquilará un taxi. Todo tiene que salir bien. Ella ha estado preparándose en los últimos meses para que todo resulte como ha sido previsto por el médico, ha hecho los ejercicios psicoprofilácticos, ha leído el material instructivo del hospital, ha guardado una dieta rigurosa. Es cierto que los pies abultados parecen a punto de reventar, que el peso del vientre apenas la deja moverse. Todavía tiene fuerzas, empero, para pensar que pronto se desvanecerá la pesadilla que la sumerge en la oscuridad del apartamento. Sería inútil que tratara de gritar, de llamar a los vecinos. El agua continúa cayendo brutalmente sobre la ciudad, los truenos no cesan, el edificio tiembla a la mínima embestida de ruido. Las sirenas de los carros y las ambulancias continúan su batahola interminable. Las patrullas aumentan. Cree que se desplomará el cielo raso de yeso y cartón, que el parquet cederá bajo el peso de los muebles y ella se hundirá con todo. Quiere evitar temores, quiere vencer la sensación de aplastamiento que le produce el saberse tendida en la alfombra, suficientemente débil como para no poder erguirse. Su cuerpo yace, empapado, extenuado, presa del pánico. Sabe que no podrá hacer nada por sí misma a menos que logre relajarse. Piensa que está preparada para enfrentar la situación. Lo único terrible son los pensamientos fatalistas magnificados por el aullido de las ambulancias que transitan por las calles, los silbatos de los patrulleros que cubren las zonas del Bronx, los malditos truenos, el pavoroso estremecimiento del edificio y la absurda soledad que la zambulle en lo más profundo de un laberinto. El miedo no lo causa el abandono, sino el aislamiento de un edificio lleno de gente atemorizada como ella, y, no obstante, gente que corre mucho menos peligro. No puede contener el hipo, se ha zafado la última polea que sostenía su cordura. Escucha pasos cerca de la puerta y, alegremente asustada, espera que el dueño de esos pasos se detenga frente al apartamento y se produzcan los toques y el timbrazo característicos que confirman la llegada de su hombre. Los pasos continúan escaleras arriba, confundidos con voces extrañas. Segundos después retornan al punto de partida, estridentes, sonoros, desesperanzadores. Las contracciones se suceden en breves intervalos de tiempo. Ella se esfuerza por controlar la respiración. Cuando las convulsiones son fuertes, aspira grandes bocanadas de aire y las exhala en pausas regulares. Durante los segundos que abarca el suplicio, ella piensa en la Señora de Las Mercedes, en la grata temperatura de aquella habitación que le parece tan distante, dirige su mirada hacia el dormitorio y capta la presencia mágica de su protectora en la rojiza claridad que proyecta el velón en el corredor.
Esa mancha cárdena en el cielo, justo en el punto donde se halla el edificio, le provoca una oleada de palpitaciones, le hace apresurar el paso. Las sirenas de los carros y las ambulancias continúan su batahola interminable. Las patrullas aumentan. Cesa la lluvia, crece el brío del viento. Aquí y allá se ven edificios en llamas, humeantes, saqueados por la muchedumbre regocijada. Parece que la ciudad arde por los cuatro costados, entregada al fuego de las explosiones de gas, las lámparas improvisadas en los apartamentos, las antorchas de la multitud arrojadas en tiendas y ferreterías. La noche huele a humo, a caucho quemado, a basura incinerada. El viento transporta olores picantes, descompuestos. Él coloca el pañuelo en la cara, tapa parte del rostro para protegerse de la humareda. Camina sin detenerse, fuerza el paso, sigue el punto rojo detrás de los edificios próximos al suyo. Sube la calle empedrada paralela a la avenida, patea unos zafacones volcados en la acera, tropieza, cae. El canto de una lata de sardinas le penetra en la cara, el filo le corta una mejilla, le abre una zanja profunda. Él siente el aguijón del aluminio enterrado en la carne. Cubre la herida con el pañuelo. Sus pasos son un trote desacoplado. La lluvia se apaga por completo, el viento enfurecido repiquetea batientes de ventanas rotas, el humo se esparce rápidamente. No cabe duda, su apartamento arde con los otros, ella se quema con el hijo adentro, indefensa, encerrada en un noveno piso, sin posibilidades de que la ayuden. Corre. Un cordón policial rodea el edificio. Los bomberos rescatan a los sobrevivientes. Unos se lanzan de los pisos superiores y caen en las redes que aguardan abajo, otros, desesperados, gritan desaforadamente desde un costado del edificio envuelto en fuego. En una ventana se ve la cabeza de un viejo que pide auxilio, en otra la mano crispada de una mujer que se retuerce ahogada por el humo. Las ambulancias arriban y parten sin detenerse, llevan a los achicharrados al hospital. Él quiere subir al edificio. Primero ruega que le dejen ayudar en el rescate de los heridos, después grita que tiene un familiar en el piso noveno. Las patrullas de rescate tratan de tranquilizarlo, le piden que se mantenga alejado si quiere colaborar con los encargados de extinguir el fuego. Él no se resigna, intenta romper la barrera de policías y entrar al edificio. Lo sujetan, no lo dejan avanzar. Su cara está manchada de sangre. Ha perdido el pañuelo y la herida sigue abierta. La sangre a medio coagular forma una cicatriz gelatinosa en la cara. Las últimas escaleras se repliegan a los camiones bomberos. Es inútil continuar el rescate de víctimas: no lo permiten las llamas, el humo, los pedazos de edificio que caen de pisos altos y estimulan la voracidad del fuego. El edificio es una enorme fogata en medio del Bronx. Los chorros de agua expulsados por las mangueras resultan ineficaces para aplacar las llamas. Los vecinos de otros edificios evacuan los apartamentos con las pertenencias que rescatan a cuestas. Él, aturdido, se desploma en el zaguán de otro edificio, entre la multitud que observa silenciosa. Esconde la cabeza entre las piernas, ruge de dolor, indignación, hastío de vivir. Así permanece unos minutos, estremecido, cree todavía imposible lo que ve, considera pesadilla una escena tan real. Asciende las escaleras, no sabe hacia dónde se dirige, sólo sabe que sus pies caminan hacia arriba con una serenidad asombrosa. A su paso encuentra sombras que chocan con él y le piden perdón. Él sigue con pasos de autómata hasta el último piso. Abre con esfuerzo la puertecilla que da a la azotea, busca a tientas el borde y, enmudecido, se entrega al vacío de la noche.
Puja con entereza, se lleva un jirón de la bata a los dientes, mete su cabeza en un ángulo entre el sofá y la pared de la sala. Sabe que al feto le queda poco en la pera uterina. Puede sentir la gigante cabeza hundiéndose como una cuña implacable en los huesos de la pelvis, que terminará por ceder ante el empuje tenaz del perno humano. Está dispuesta a parir ahí, sola, desarmada, sumida en una oscuridad sin término. No quiere parir como una yegua cualquiera en las peores condiciones: sin una mano acariciadora que se deslice sobre sus ancas, una voz que suavice las quejas del parto y mitigue la sensación de vacío y proximidad de muerte. A veces las yeguas descansan en un lecho de paja, les ofrecen agua, les facilitan la salida del potro, las limpian, les procuran una temperatura agradable. Puja y gime, aterrada por el espantoso taladro que busca sin descanso abrirse paso por entre el apretado conducto de músculos convulsos y baja cada centímetro con una precisión de metrónomo, en pos de una luz que no hallará. Alberga la vaga esperanza del regreso del compañero. Sería tan grato el sudor de su cuerpo, su olor a músculos extenuados, la grasa negra de su cara proletaria, la aspereza de su overol de fuerte azul impregnado de combustible, la ternura de sus nervudas manos callosas, el hálito de su boca cansada, la voz que reclama alimento y cuenta alguna historia de la fábrica: un accidente en el que ha perdido un brazo el compañero tal, un conato de huelga, el encarcelamiento de un miembro del sindicato, el nacimiento del primogénito de un amigo. Y si él no llega, aún existe la posibilidad de que retorne el fluido eléctrico y haya agua en la casa, luz para identificar los objetos. Y el miedo sería entonces mínimo, las fuerzas aumentarían y ella podría moverse, calentar agua, buscar las toallas en el closet, una navaja no usada para cortar el cordón umbilical, sacar el extractor de flema, preparar la cuna, aderezar el primer alimento del bebé y hasta quizá tenga tiempo de alabar a la Señora sagrada, darle gracias por la infinita merced de haberle dado un hijo sano. Los pensamientos insensatos emergen en un punto muerto entre dolor y dolor. En la calma, ella controla el miedo. De la vagina brota un líquido escaso; el feto encuentra resistencia para llegar al exterior. Ella misma no puede practicarse una episiotomía: el desgarramiento de la vulva es inminente. Recuerda el caso de una prima que alumbró en el monte, completamente sola porque no tuvo tiempo de bajar al bohío a ponerse en manos de la comadrona. La prima tuvo su tercera hija en la loma, rodeada de árboles, ciguas y arbustos, teniendo por cama una capa de mojadas hojas del cacaotal. Le amarró el cordón a la hija, esperó pacientemente la expulsión de la placenta y luego bajó hasta el arroyo donde lavó al bebé y lo envolvió en su falda. Cree que puede igualar a la prima, aunque sería deplorable dar a luz sola, en un perdido apartamento del Bronx azotado por una tormenta. Su familia mandaría por ella; él sufriría, nadie sería capaz de comprender razones. El ayuntamiento de la lluvia y la brisa genera un agudo silbido en los cristales. Ella no sigue ya el cambio del tiempo, hace rato dejó de interesarse en eso. Un olor a papel quemado le roba el aire, sus ojos azorados procuran detectar el origen del humo, cada vez más espeso. El último pujo se prolonga más de lo debido y la sustrae de la realidad. Lanza un alarido. La cabeza del bebé asoma, ella no puede sentir los cabellos mojados del hijo, la fontanela palpitante, la delgada tele que protege el abierto cráneo. Los hombros del niño distienden la entrada del conducto a su diámetro mayor. El bebé sale en un borbotón de plasma y cae a la alfombra donde da su primer grito infantil. La lluvia se apaga por completo, el viento enfurecido repiquetea batientes de ventanas rotas, el humo se esparce rápidamente, la claridad que proviene del dormitorio se agiganta, la brillantez rojiza deviene amarilla, parece que ha salido el sol en un rincón de la casa, hay una fragua en algún punto, la madera quemada canturrea en el dormitorio, se produce la caída fatal de la Señora, la desintegración de su cuerpo de yeso, y las llamas se apoderan del mobiliario y lo devoran en medio de una crepitación embravecida.