PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

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josé alcántara almánzar

el fracaso

Asomó la cara, olfateó, el resto de pólvora quemada que flotaba en el aire barruntó que debían andar cerca todavía, que estarían recogiendo los cuerpos calientes, acribillados alevosamente cuando los conducían al camión, llevándolos a un promontorio adecuado, preparando explicaciones y escenarios verosímiles. Un rumor de pasos se dejaba sentir en medio del humazo, detonaciones aisladas seguían abriendo surcos en un costado de la montaña, alguien carajeando órdenes, un helicóptero empujando el hocico de acero entre los matorrales. Metió la cabeza y cubrió la boca de la cueva con ramas recién arrancadas, se deshizo de la mochila, aguantó la metralleta con el dedo en el gatillo, la manga verde oliva de la camisa bebió el sudor de la cara y las botas levantaron nerviosamente el polvo de la cueva. La voz del jefe aullando tras una presa imaginaria, la manada de guardias monteando, dispareja, babeando el calentón de mediodía, refocilada con el anuncio del triunfo momentáneo. Fue un encuentro imprevisto que el grupo hubiera podido evadir de haber bajado más tarde, cuando no quedara un solo guardia, pero resultó inevitable la avalancha que se desencajó por sorpresa del camión y penetró en la montaña a una orden de su capitán. Agarraron al Comandante por la espalda en la trocha, lo atraparon vivo junto a los que no habían podido separarse, después de apuntarles con automáticas en la retaguardia y pedirles que se rindieran. El Comandante se entregó, creyó que podría negociar con el ejército mercenario, confió en su buena estrella, en su ascendiente sobre la tropa, nunca imaginó que iban a joderlo así porque de veras dio crédito a la leyenda que había creado a base de valor a toda prueba y de exilio voluntario en regiones ignotas. El Comandante prisionero, echando fuego por los ojos al verse maniatado, sin poder negociar o poner condiciones, sintiendo en la indecisa cautela de los guardias una fría hoja cortante que le entraba por la espalda. Los generales fueron llamados por radio a sus distantes observatorios, resguardados y lejanos del fragor de la lucha. Bajaron apretándose las flamantes gorras de campaña, añorando las charreteras, los relucientes quepis que habían dejado en los despachos de la capital, las últimas recepciones en las que departieran con embajadores amables de albas cabezas y genuflexiones ceremoniosas, en medio del brindis de champaña importada, exonerada de impuestos, respirando aliviados porque iban a llenar la parte que faltaba del extraordinario cometido.
No sabes cuánto tiempo ha pasado desde que entraste ni cuándo podrás salir. Esperas la señal que te indique el momento preciso de escapar, huir de la persecución que imaginas constante, rabiosa, tejida con hilos de delación y confesiones mercenarias, azuzada por ansias de extirpar el último nodulo canceroso que tú constituyes para ellos. Te ves cansado cuando sacas del mosquitero tu mano verde y luego fumas el último cigarrillo de la tarde, seguro de que los camaradas vendrán como han estado haciendo en los últimos tres días, con vendas, algodón, alcohol, el mechero para hervir agua, la jeringa descartable, el frasquito de penicilina. Comenzarán su faena sin mirarte, cuidadosamente primero, rápidamente después, destejiendo tiras embadurnadas de sangre oxidada, afeitando el vello nacido la víspera, untando mercurio, trayendo comida, diarios vespertinos con noticias alarmantes de último minuto que ya son historia, contando recientes rumores callejeros. Ahora se trata de sanar cuanto antes y buscar la salida del callejón que te han diseñado afuera, tráiganme los planos mañana, el reloj marca el tiempo con monótona indiferencia, necesito las horas de patrullaje y vigilancia, un haz de minutos diluido en pequeños ruidos mecánicos, deben estar sobre mi pista, las paredes recogen el silencio de tu respiración callada, un estremecimiento de muelles de cama sandwich entorpece esa idea mil veces comenzada, el golpe de agua que retoma la garganta de la cañería del cielo—raso, haciéndola mugir, todo se confabula aportando una nota opresora a la soledad impuesta por el cerco, en el refugio temporal a que te han obligado. Pero aún la tienes lista, cargada, sobada, muy cerca de la mano, apretando la cadera, se meten aquí y les saco lós intestinos, dispuesta a cualquier intento, estéril o fructífero, no habrá otra salida camaradas, traída de tan lejos sin ser subestimada jamás, aceitada, lustrosa, como si nunca la hubieras disparado. Un leve giro del picaporte te hace saltar de la cama y ponerte en guardia, preguntas quién es y alguien responde con una contraseña, la puerta se abre y aparecen los camaradas con paquetes, se sientan con un plano que reproduce la ciudad, la ciudad de Santo Domingo minimizada, reducida a una escala pequeñísima, a líneas finas y gruesas que se entrecruzan en una redecilla que te es familiar. Te han indicado puntos, rumbos a seguir, posibilidades de aguantar y esconderte en tal o cual mancha dibujada con cálculo sobre el papel, te han repetido que hay que aprender todo de memoria, que no debes quedarte un día más en este sitio y luego han quemado el plano para que no haya rastro. Después lo de la herida, el vendaje pútrido ido al zafacón con el tráfago de informaciones clandestinas y las últimas decisiones del partido que te llegan después de veinticuatro horas de incomunicación.
El ruido se hizo imperceptible después de dos horas de tableteo esporádico, con la captura del Comandante y otros camaradas se esfumó la pensada orden de pegarle fuego a la montaña. En la cueva, él siguió sudando con la metralleta en la mano, echado de bruces, con la cabeza cubierta por el ramaje, respirando humo y aire enrarecido, espantando el miedo con frases del Che, soportando la urgente necesidad de comprobar si todo había concluido en el otro costado de la montaña. Tres horas después, cuando el ruido desapareció por completo y él emergió bañado en sudor, el monte ardía en su ladera oeste. Se echó al hombro la mochila repleta de latas, se deslizó por una abrupta pendiente poblada de riscos, corrió sangrante por un desfiladero y alcanzó un trillo recién fabricado, acercándose peligrosamente a un claro dominable desde el aire. Los generales debían estar contemplando satisfechos la figura atada del Comandante, habían decidido bajar de sus observatorios e intervenir directamente en el asunto. Tal vez habrían empezado a proponerle salidas, a pintarle un cuadro pavoroso de la situación, del estado en que quedarían las cosas después que todo terminara si no accedía a las condiciones que le ofrecían, o el Comandante les habría dicho que él no negociaba con vendepatrias comemierda y ése habría sido el momento de su desgracia, o ni siquiera le habrían dado tiempo a abrir la boca. Se alejó de la montaña, vadeó ríos cuyas corrientes se habían acaudalado con las últimas lluvias de primavera, consumió las conservas que llevaba en la mochila, desgarró la ropa entre zarzas de angostos pasajes que trazaba a punta de machete y la cara y las manos se le llenaron de pústulas de picaduras de jejenes y la herida casi consumió las reservas del botiquín. Había estado eludiendo el contacto con campesinos, se daba cuenta de que no hallaría mucha protección en pobladitos donde la gente comenta lo que sabe y el alcalde pedáneo es el primero en enterarse de lo que ocurre a fuerza de meter miedo. Caminaba en rumbo contrario al lugar de los hechos, estaba tan lejos de ese lugar ahora que se sorprendía de no haber hallado en su camino una unidad de soldados mercenarios. Estuvo comiendo yerba fresca, bebiendo agua de charcos estancados y después de la primera noche encontró una vivienda enquistada en una loma de la cordillera y empezó a rondarla. La mujer, vieja, negra, agachada por los años, ocupaba la vivienda sin otra compañía que una chiva. En la mañana se metía al monte, cortaba palos para leña, recogía huevos de guineas cimarronas y cargaba agua en curtidos calabazos. Nadie más en el bohío, sólo el vestido de listado, la boca paladeando el cachimbo apagado y la chiva de teta secas balando, embistiendo enemigos imaginarios.
Movilizarte, dejar el habitáculo que ocupas desde hace setenta y dos horas, encontrarte con los otros,, permanecer cambiando de lugar hasta que ra situación dé un vuelco y se suavice. Lo peligroso no es moverse, camarada, sino estarse en un mismo sitio, hay que engañarlos, darles pistas falsas, confundirlos. A poco salen los camaradas borrando todo vestigio de presencia, te dan dinero, ropa de paisano, te recomiendan afeitar la barba, dejar el pelo corto, poner un bigote postizo, conservar la calma, templar los nervios. Solo de nuevo, la odiosa espera distiende las fauces y exhala sobre tí certeros chorros de impaciencia cuyo rumor se une al de la cañería. Sacar el peine, repulir la metralleta, rechequear las balas, volver a los vespertinos y repasar titulares que anuncian la derrota, el fracaso del foquismo en latinoamérica, la reproducción de cuerpos inermes sugeridos sutilmente por una lente ahumada, brumosas figuras que observan de pie, con sombría inclinación, generales cubiertos de lodo, periodistas testigos enfundados en gruesos abrigos de lana. Y ves la cara del Comandante, su cara enflaquecida por el rudo entrenamiento previo al desembarco, la incipiente barba de una semana, la expresión recia de los pómulos, el hundimiento del parietal y esa terrible zanja inocultable de la frente, el vientre sumido bajo la sudadera, los pantalones rasgados, las botas horadadas apuntando al cielo. Te parece recordar sus últimas palabras, él gritando a todo pulmón que debían ocupar sus puestos, maldiciente, rabioso de impotencia cuando vio que la tropa los tenía cercados, les pedía rendirse. Y luego la larga carrera que emprendiste para escapar del monte, seguir sus instrucciones al pie de la letra, no detener la marcha bajo ningún pretexto sentimental, cayera quien cayera, buscar más gente y mantener la mecha prendida, causar bajas al ejército mercenario, atraerte al campesino, incorporarlo a la lucha, hacerle sentir que también es parte de ella y que sólo con ella se saldrá a camino. Por eso no viste la suerte que corrieron los compañeros ni qué hicieron para ayudarse mutuamente. Sólo sabes que no estaban muertos cuando la tropa se agitó en la retaguardia y los agarró por sorpresa, sólo sabes que estaban tan vivos como tú, a poca distancia de la falda de la loma, por el costado donde muere el sol, en un punto donde podía visualizarse un pedazo de bahía que parecía tan próxima. Después oíste los disparos, seis o doce, dos para cada uno o tal vez cuatro para el Comandante y cuatro para los demás, y un vacío sordo se instaló como un abismo entre los que habían quedado en el costado del monte y tú, que ya ganabas la llanura. Ahora en la calle continúa el cacheo, el tapón de carros baúles destapados, el correcorre de uniformados que creen haber descubierto algo sospechoso en un automóvil, el montón de muchachos manoseados, registrados, obligados a enseñar identificaciones y ocupar unidades celulares que emprenden un viaje conocido, la universidad invadida, acordonada con tanques blindados, soldados con ropa de camuflaje como si fueran a la guerra, un grueso aluvión de miedo e inseguridad. Procedes a ponerte la ropa de paisano, te afeitas la barba, envuelves la metralleta en un plástico y luego la cubres con una lona fina que la hace parecer un paquete de ropa, una funda de frutas, de conservas. Recoges los desperdicios, echas los periódicos al cesto, te inclinas, tomas uno y recortas algunas fotos que muestran los cadáveres en primera página. La calle —puro tráfico de transeúntes funambulescos— te agredirá cuando salgas, luego echarás por un callejón, doblarás por otro, cruzarás algunos patios, palizadas de cinc y alambre, te meterás en una casa donde habrá gente esperándote para informarte cuánto debes permanecer allí y hacia dónde continuarás tu incesante movilidad.
O la vieja carecía de información sobre el desembarco, o su vida estaba irremisiblemente suspendida en un antiguo péndulo que jugaba con los recuerdos, o la presencia de soldados heridos podía aún sorprenderla pero no asustarla, habituada su mente a las visitas de gavilleros amigos. El primer encuentro le hizo saber que la mujer lo recibía con simpatía, como se recibe a un amigo desvalido, con agua fresca de la tinaja, ofreciendo un copazo del cachimbo con manos temblorosas, preguntando luego, como si volviera a repetir una idea rancia, si Desiderio aún vivía. Y él, sin hacer caso del nombre, porque para el caso daba lo mismo Desiderio que Camilo, Sandino o Manolo, o porque todos lucharon por lo mismo, contra el mismo monstruo, dijo que sí. Sí, el General tuvo un final trágico. Y los americanos, ¿se fueron ya? No, por eso continúa la lucha de los'gavilleros, ahora también en la ciudad. Y ella suspiró, esperanzada, apretando los puños, levantando la mirada al cielo, sin comprender cómo era posible que también en la ciudad.. . Después, unas horas de convivencia, mitigar el cansancio, curar la herida, hablar con la vieja de la guerrilla, enterarse de que a ella le habían arrancado las manos fuertes de sus hombres, las que labraban la tierra, cargaban la leña, criaban los animales, y se había quedado sola, pavorosamente sola en medio de sus recuerdos de loca. El vio en el apagado fulgor de aquellos ojitos un odio centenario, opalino como una fogosa piedra de ámbar, manchados por el humo del tabaco, arrugados por los recuerdos. Y vio moverse sin descanso la falda de Estado, y vio el trajín del cuerpo torcido, de aquellas manos afanando incesantes alrededor del puchero, del pilón del patio, bajo las tetas secas de la chiva, haciendo con amor un paquete para el soldado que se reintegraba al combate y pronto iba a juntarse con los hombres de ella, a liquidar lo que habían comenzado bajo el mando de Desiderio y debían terminar bajo el de cualquier otro, para honra del país. El recibió el paquete, se echó la mochila encima, ajusfándosela al cuerpo, bebió el agua de la jicara y salió sin despedirse, con el odio centenario apretándole la garganta y el humo del tabaco sofocando su respiración al echar a caminar por el sendero. Verificó un rumbo en el mapa, cerciorándose de que su ropa lo protegía, seguro de que ya debían andar detrás de él, elaborando un cálculo aproximado de distancia y horas.
Llegaste con los otros en la madrugada. El Comandante había estado optimista durante el viaje y hablaba de contactos, de hombres esperando aviso para unírseles. Había posibilidad de crecer rápidamente, ofrecer resistencia en las ciudades, poner patas arriba el país en unos meses. ¡Ay, Comandante, cómo engañan la fe y la confianza! El motor del velero desfloró las aguas de la bahía, atravesándola completamente hasta atracar en la playa. Oscuridad y bruma, olor a tela mojada, a tabaco rubio y alquitrán de medianoche, las palabras del Comandante dirigiendo las operaciones de desembarque, cada cual ocupando su posición desde el principio sin esperar la llegada del sol para penetrar en el monte en fatídica peregrinación. Ahora que quieres escapar, ese olor a pez vivo de aquella madrugada te persigue por todos los rincones de la habitación, su aleta multicolor te golpea la nariz, sus escamas partidas te arañan la cara. Ya tienes todo listo y no te atreves a salir, sospechas que ese ronco rumor de la cañería es una señal intermitente de pasos humanos que la ponen a funcionar, de apartamentos allanados en pleno día, registro de closets y habitaciones cerradas. Te desplomas en la cama y retoma el primer contacto de la expedición, el campesino montado en el burro, con las árganas cargadas de frutos y vegetales, y tú y el Comandante ofreciéndole más de lo necesario por una parte de la carga, entablando un breve diálogo, el trato, los pesos nuevos, la cara enigmático-hermética del campesino que se alejó en el burro rumbo al primer cuartel. Y en la tarde un ataque al puesto militar del pueblo más cercano, la primera baja entre los compañeros, la voz de alarma que se esparció por pueblos y ciudades atrayendo helicópteros, tanques y generales.
Encontró la ciudad entumecida, tensa como una cuerda. Estuvo en un rancho de las afueras hasta que llegaron los camaradas, avisados por el contacto. Por lo menos el contacto no había fañado. Todo le parecía tan fácil, tan sencillo: conservar la metralleta, entrar a la ciudad hambriento, desgarrado, lleno de polvo, caminando siempre entre yuyos, las botas desportilladas, circundando las carretera? principales sin encontrarse nunca con una patrulla. Y luego que tampoco lo hubieran agarrado por atrás como al Comandante. El contacto explicó los giros que había dado la situación en las últimas horas, la necesidad de seguir movilizándose. Todo estaba aparentemente perdido por el momento, no cabía duda de la muerte del Comandante, era algo confirmado, tenía la calva más pronunciada, estaba más flaco, casi irreconocible, pero era él. También dijo que cundía la frustración, los líderes de la oposición estaban escondidos, la gente era presa de una rabia enconada frente a la represión. Los tejidos alrededor de la herida comenzaban a degenerar, le aplicaron un tratamiento y lo condujeron a otro escondite.
Te asomas a la ventana y percibes el avispero que forman los guardias en la calle, han empezado a invadir los edificios cercanos, te queda poco tiempo, si no rompes esa parálisis que ahora te aprisiona en la habitación y te mueves en seguida será difícil hacerlo después. En realidad has debido hacerlo mucho antes, cuando los camaradas se fueron dejándote instrucciones. Empiezas a engomarte el bozo, a cepillarte el bigote postizo, probando la metralleta sin balas, ajustándole el peine, asomando la cara por la ventana antes de dejar la habitación, bajando las escaleras sin prisa, confiado en ese nuevo rostro que acabas de darte, como aquel del camarada insepulto, tendido entre los matorrales frente al cuartel, tan extraño, con la palidez asomada a las mejillas, el rostro macerado en la caída. A sólo veinte pasos, en la calle, te han mandado hacer alto, no te detienes, tuerces por un callejón y desenfundas la metralleta arrojando el plástico y la lona, te metes en unos patios cerrados, vuelas unas paredes, las botas te siguen, gritan alto, sientes un ardor en la espalda, en el lado derecho, muy junto al brazo, un enjambre de avispas endemoniadas te persigue, sabes bien dónde la persecución dejará de tener sentido y te apresuras buscando la calle, alejándote cada vez más del montón de casas y edificios.
No percibió más el ruido de las botas ni el tableteo que había comenzado a rugir de nuevo a sus espaldas; saltó en pendiente hacia la calle, se atrincheró en una zanja, una cueva casi, sudando, con el dedo en el gatillo, con el bigote postizo a medio desprender, dejando como único rastro un reguero de gotas de sangre.