PAIS RELATO

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josé alcántara almánzar

el día del concierto

Desde que nos dieron la noticia no hice otra cosa que girar en torno a él, esperando el momento definitivo. Nuestra vida doméstica se dislocó, como si fallara una pieza esencial en el sitio más importante. Creo que ninguno, incluido Napoleón, encontraba paz, o aquel clima que había hecho de la casa un tibio refugio artificial, un dominio alejado del alboroto callejero donde seis personas y un perro formaban un agregado ajeno al ritmo de la actividad exterior. Cuando supimos que papá iba a morir cualquier día la ansiedad se apoderó de mí. Claro que, individualmente, reaccionamos de manera distinta. Los otros buscaron la forma de evadir el problema, involucrándose aún más en lo suyo, tratando de ocultar sus sentimientos, encerrándose a trabajar, escapando de la casa, profiriendo palabras de consuelo que no hubieran podido convencer ni al más ingenuo de los enfermos.
El médico no empleó subterfugios ni frases amables. Se limitó a decir, todavía con el estetoscopio colgando del cuello, una sentencia impiadosa.
—Lamento comunicarles que está muy mal y que no vivirá mucho tiempo.
Mamá permaneció en silencio. Tenía la mirada altiva, desafiante, sabíamos que nada podría enternecerla. Su rostro quedó congelado unos segundos en un gesto que no expresaba pesar ni temor, sino contrariedad y susurró un agradecimiento que apenas llegó a los oídos del médico. Este no agregó una palabra más a su fatal comentario y se retiró de inmediato, seguido por Tomasa, que lo acompañó hasta la puerta.
En esta foto estamos todos, con las galas y poses de este tipo de ceremonias. De pie, de izquierda a derecha, tío Juan y tío Pedro, hermanos de mamá. El primero con su acostumbrada agrura y el segundo con una expresión boba, resultado de los tragos. Luego tía Florencia y tía Margarita, hermanas de papá, de figuras delgadas, distinguidas y juveniles, con sus trajes espléndidos, como dos magnificas estampas sacadas de las últimas revistas femeninas. La abuela está sentada y tiene una mirada tristísima, la mirada de alguien que se despide sabiendo que no va a volver; sus ademanes son señoriales, está vestida de blanco y lleva puesto el collar que ahora usa mamá. Luego Carlos, con bigote, la cara de niño bueno. Después papá, rozagante, ajeno a su propio drama, vestido de frac como corresponde a la ocasión. Las canas le dan un aspecto honorable, aunque la flacura lo hace más viejo de lo que realmente es. Ya la enfermedad es evidente. A su lado mamá, de expresión resignada, ni contenta ni abatida, sencillamente hermética. El traje le costó un dineral, aunque valió la pena porque la hace muy joven, casi parece la hija de su propio marido. Yo estoy igualita a una escoba, convaleciente de la varicela, se me ven las marcas en la cara. Detesto el vestido que llevo puesto. Napoleón está echado a mis pies y es dueño de una arrogancia propia de su raza.
Corrimos hacia la habitación y encontramos a papá acostado boca arriba, dormitando, con un libro abierto sobre el pecho, ignorando la verdadera situación de su salud y —lo imagino— sin sospechar lo que el médico acababa de confiarnos.
Tenía el rostro demacrado, lleno de surcos; el cabello encanecido le caía sobre la frente y la boca entreabierta le daba un aspecto de hombre indefenso, vapuleado por el sufrimiento. Una barba dura y corta plateaba su cara, mostrando el estado de abandono en que se encontraba quien tantas veces en el pasado había sido mi mejor aliado, el amigo perfecto para hacerle una confidencia, el entusiasta, el bueno para aconsejar y tomar decisiones.
Carlos y yo habíamos entrado en puntas de pie, evitando hacer ruido, pero papá se irguió en cuanto oyó que la puerta se abría y en seguida tomó sus espejuelos de la mesa de noche y se los puso. Casi sentado en la cama, ahora con el libro cerrado sobre el regazo, con sus gruesos espejuelos de concha enmarcándole la mirada, papá parecía el convaleciente de un virus gripal y no el condenado a muerte que ya era, el viejo tronco carcomido por un mal, desahuciado, sin esperanzas de recuperación.
Mi hermano se quedó de pie junto a la cama y yo me acerqué, besé a papá en la mejilla y recibi un fuerte abrazo que me hizo dudar del funesto pronóstico del médico.
Hablamos poco. No queríamos fatigarlo. El sólo preguntó por mamá y tuvimos que decirle que había ido a practicar en el piano, igual que todas las mañanas. A la habitación llegaban los furiosos sonidos que mamá le arrancaba al instrumento y no tardamos mucho en reconocer los difíciles pasajes que tantos dolores de cabeza le estaban causando. Papá hizo un ademán indulgente y se reclinó sobre los almohadones, olvidándose de que Carlos y yo todavía nos hallábamos en la habitación.
No nos despedimos, no podíamos mentirle ni tampoco confesarle la verdad. No queríamos estropearle el reposo con frases impertinentes. Salimos del cuarto y cerramos la puerta sin saber si papá intentaba dormir o simplemente deseaba que lo dejaran solo. Al cruzar frente al estudio —¿habría escuchado mamá nuestros pasos?— cesó el sonido para resurgir luego en una rugiente cascada de notas.
Mamá tiene un ramo de rosas rojas en la mano derecha. Sonríe y eso la hace lucir humana. En esa ocasión el recital quedó bastante bien, de ahí la expresión satisfecha y gozosa de su rostro. Los hombros desnudos acentúan su radiante felicidad. El traje largo le adelgaza la figura, parece una modelo y no una pianista. A su lado papá con una mano tímida posada en el hombro de ella. El también parece feliz, aunque ya puede verse algún síntoma de la enfermedad: la expresión cansada, el aire de fatiga que su sonrisa no logra enmascarar, la piel terrosa, antes tan saludable. Los acompaña un director de orquesta especialmente invitado para dirigir a mamá en varios conciertos, un anciano de apariencia beata que intenta empinarse para aumentar su estatura.
Creo que fui la más afectada por la enfermedad de papá. Carlos parecía no importarle su muerte (en el fondo era cierto que no le preocupaba). Ansiaba la independencia que ganaría con la jugosa herencia a la muerte del viejo. Entonces satisfaría sus caprichos libremente, se entregaría a la buena vida y a los autos deportivos, que eran sus dos preocupaciones permanentes.
Mamá, por su parte, estaba enfrascada en la memorización de su concierto y apenas le quedaba tiempo para visitar al enfermo muy temprano en las mañanas, llevando una bandeja que Tomasa había preparado puntualmente. Se sentaba quince o veinte minutos en un sillón, con una partitura en las manos, mientras papá desayunaba en silencio, ante la mirada sumisa de Napoleón.
A mí me hacía más daño ver a papá relegado y solo que ponerme a considerar las fulminantes consecuencias de su enfermedad. Trataba de acompañarlo el mayor tiempo posible y me colaba en su cuarto después que mamá entraba al estudio y empezaba a tocar. Entonces comenzaban nuestras sesiones de lectura. Yo tomaba el libro de turno —la biografía de algún héroe, seguramente— y leía decenas de páginas hasta quedar exhausta. A veces, en el curso de la lectura, papá me interrumpía, hacía observaciones sobre un aspecto que despertaba su interés, diciéndome una frase que yo no olvidaría.
—El poder es un enigma —decía—, porque el que manda es casi siempre un solitario, un ser indefenso y digno de pena.
Quise contribuir a que el final fuese menos doloroso y amargo. Traté de ser muleta, confidente, surtidora de afectos, la generosa que se tiende y acaricia, la sustituta de un hijo indiferente, la compañera que vela por el marido enfermo. Quizás por eso, al principio, me pareció que papá sufría menos. Es posible que ocultara los horribles dolores de su enfermedad y tragara en silencio el veneno que el olvido de mamá había dejado en él.
El colegio se había quedado casi vacío, pero teníamos que tomarnos la gloriosa fotografía de graduación en aquel marco de estudio y trabajo. Por fin se había cumplido la aspiración de papá y mamá. Aquí veo a Carlos, en pose de estudioso y serio, vestido con su traje confeccionado para la ocasión, con una sonrisa que sólo él sabe exhibir cuando quiere congraciarse con los demás. En la foto papá está mucho más joven y fuerte que en la del concierto, no tiene canas y su cuerpo luce atlético, consecuencia de los ejercicios que hacía en ese tiempo. Mamá está tensa, se ve que atravesaba por otra de sus crisis con motivo de algún concierto. Se había olvidado de todos y no pensaba en nada que no fuera la próxima prueba de fuego frente al público.
No sé si fue producto de mi imaginación, de la incredulidad en el diagnóstico del médico, o de las ilusiones que me iba creando el álbum de fotografías encontrado en la gaveta de un escritorio, más lo cierto es que en lugar de agravarse como predijo el médico y todos esperábamos, papá parecía ganar fuerzas, reverdecer con los primeros rayos de luz, afirmarse al paso de las horas. La cara afeitada, los ojos vivarachos, el apetito restablecido y los ademanes enérgicos con que ilustraba sus anécdotas, hacían de él un hombre distinto. Nadie, excepto yo, se enteraba de la increíble transformación de papá. Carlos nunca estaba en casa porque no tenía más ojos que para su novia Verónica, ni atención más que para su carro. La pobre Tomasa no salía de sus desvaríos y achaques. Napoleón estaba encerrado en el patio, lejos del enfermo, y no hacía otra cosa que aullar. En cuanto a mamá, seguía practicando en el estudio y esa delirante faena se prolongaba durante horas.
El único que tenía acceso al estudio de mamá era Horacio el afinador, un hombre demasiado joven para esta clase de oficio. Siempre tuve la creencia de que un afinador debía ser viejo y gordo, hasta que conocí a Horacio, un tipo fuerte con pinta de chulo. Por eso su presencia en casa me perturbaba, me hacía sentir rabiosa con mamá, pues sólo él podía compartir su tiempo, alejarla unos instantes de su objeto preferido, forzarla a tomarse un descanso contra su voluntad. Yo me daba cuenta de que Horacio se encontraba en el estudio porque en lugar de escalas y pasajes archiconocidos, solamente escuchaba notas disonantes en medio de grandes silencios, hasta que el piano alcanzaba una afinación perfecta y el instrumento volvía a ser el de siempre, listo a sufrir los airados embates de su dueña.
Tal vez sea muy drástica con mamá. Sin embargo, debo confesar que no le guardo rencor ni estoy resentida por los éxitos de su carrera. Yo tuve que dejar el piano porque siempre fui enfermiza y torpe. Por eso me conformé con oírla tocar, saberla feliz cuando desplegaba sus energías sobre el teclado, castigando el instrumento hasta lograr lo que quería, Su férrea voluntad y decisión pudieron más que las adversidades del medio. Ella supo sacar el máximo de un ambiente lánguido como el nuestro, donde los concertistas se mueren de hambre o están obligados a emigrar. Ella, sabiéndose disciplinada y valiosa, luchó aquí, enfrentándose a la abulia, confiada en hacer carrera de concertista y en dejar discípulos brillantes. Todo eso es admirable, realmente sorprendente.
Hay, pese a los méritos, cosas que no podré perdonarle. El abandono de papá, por ejemplo, en el momento que más la necesitaba. Nada pudo persuadirla de posponer o cancelar aquel concierto. Siguió practicando todos los días, con más ahínco que nunca, como si sus energías aumentaran a medida que se acercaba el fin de papá. El piano era un rival invencible.
Siempre recordaré esa fiesta como la más memorable de mi vida: los quince años. Papá había hecho lo indecible para que todo quedara de maravillas y la fotografía lo demuestra. Aquí está él, tan joven que podría ser tomado por mi acompañante. Tiene el pelo negro, lleva bigote. Está parado detrás de mí, con apostura y elegancia. Mamá luce contenta, se ve que no tenía ningún concierto entre manos y podía dedicarme el día sin que la agobiara la ansiedad. No quise que nos tomaran la foto ante el bizcocho porque me pareció ridículo. Creo que fue una buena decisión y la foto lo prueba.
Pero lo que no voy a perdonarle mientras viva es el bochorno que sufrí cuando, ante una súbita recaída de papá, corrí al estudio a avisarle y la encontré besándose con Horacio. Al principio no supo qué hacer, estaba turbada. El, con una sonrisita malévola, recogía sus herramientas y las metía en una caja.
—No te quedes ahí como una muda, dime qué pasa— alcanzó a gritarme ella, ya repuesta del susto, haciéndome sentir miserable y estúpida.
Tiré la puerta con rabia y me alejé del estudio rápidamente.
Papá me echó de menos, porque me encerré en mi cuarto ese día y no quise ir a verlo. Cuando volví lo primero que hizo fue indagar sobre los motivos de mi ausencia. No podía confesarle nada y me limité a llorar, mojando el álbum de fotografías familiares.
—Ya sé, no me lo digas —murmuró papá con una triste expresión—: me queda poco tiempo.
Y como no podía levantarse, porque las piernas no le respondían, dejó caer el cuerpo sobre los almohadones y se quitó los espejuelos, cosa que siempre hacía cuando daba por terminada una conversación. Fue un instante de impotencia. Ni él podía cambiar el curso de su enfermedad, escapando a lo así. peor, ni yo podía confiarle lo que me hacía llorar.
Con los días, el cáncer pareció llegar a un punto estacionario, aunque los sedantes ya casi no surtían efecto y el dolor arreciaba a determinadas horas, que eran las más angustiosas para papá. Él quería seguir jugando al hombre sano, pues aquella repentina mejoría del principio no había sido más que la simulación de un padre íntegro que no quería ver sufrir a su hija y se obstinaba en hacerle creer a toda costa que sobreviviría, aunque las evidencias lo negaran.
Creo que nadie reconocería ésta. No sé por qué han puesto en este álbum el resultado de mi trabajo novato. Papa, desde el bote, trata de sacar a Carlos del agua. Ambos tienen una expresión de alegría en medio de la confusión y el desorden. Agarrada a los bordes, mamá grita, les explica que pierden equilibrio. El bote se hundió poco después. Ahí terminó el paseo, el día de campo soleado, la tranquilidad de unas vacaciones lejos de la ciudad.
Los días se precipitaban como escalas tumultuosas sin que nadie pudiera impedir el progresivo deterioro de papá. Hablamos con el médico para llevarlo a una clínica. Allí pasé varios días que me parecieron horribles. Papá vivía bajo el efecto de los sedantes; lo único que rompía esa rutina era la impasible inspección de las enfermeras de turno y alguna que otra visita del médico. La habitación estaba pintada de un blanco frío e impersonal y eso me hacía sentir desolada y vacía. Hasta esa blanca habitación de olores de muerte llegaban imaginarios sonidos del piano de mamá. No podía impedirlo, me torturaban, golpeaban sin tregua mi cabeza, me perseguían en medio de la noche, sobresaltándome, despertándome a cualquier hora. Dormía en una camita muy cerca de papá y cuando las pesadillas del monstruoso piano me escamoteaban el sueño, abría los ojos y observaba el cuerpo magro de mi padre moribundo, oía su respiración pesada, sentía que su corazón desfallecía bajo la intensidad de los dolores.
El día del concierto vino a verlo el médico y me comunicó que no valía la pena dejar a papá más tiempo en la clínica y que era mejor llevarlo a casa para que allí pasara los últimos momentos en compañía de sus familiares. Llamé a casa por teléfono y mamá, con su voz impávida y cortante, me dijo que tomara yo la decisión que hiciera falta, que ella no podía ocuparse del asunto, que le explicase al médico la situación. Llevamos a papá en una ambulancia, lo subimos a su cuarto entre ladridos lastimeros de Napoleón y la mirada fiel de Tomasa, lo acostamos y el médico me dio instrucciones para continuar el mismo tratamiento. Mamá había salido del estudio para ver al enfermo y conversar con el médico, pero entró de nuevo a continuar su trabajo en cuanto éste se marchó. Volví entonces a oír los sonidos tortuosos. No cabía duda de que mamá había mejorado en forma notable. Ya no tenía que repetir pasajes, la música fluía cruelmente hermosa, con una precisión metronómica. Papá no podía darse cuenta de nada. Se había convertido en un ser minúsculo, maloliente, irreconocible, a punto de romper los lazos que le ataban al mundo.
Yo no había perdido la noción del tiempo. Sabía bien que era miércoles, cinco de octubre. Recordaba que mamá siempre repetía que su concierto sería el miércoles cinco de octubre. Me levanté del sillón que me servía de cama y comprobé la fecha en el calendario fijado en la puerta del closet: era el día del concierto.
Esta es una fotografía realmente hermosa. Mamá, muy joven, recién casada, parece dichosa, entregada al amor por completo. Tiene la cara iluminada y mira a papa con ojos dulcificados por el cariño. El sonríe. Su rostro es una versión enérgica del atleta que niega su oficio de abogado. No hay en su pelo una sola cana, es increíble que luego envejeciera tan rápido.
Eran las siete de la noche. Suponía que mamá ya estaba lista para el concierto. Durante el almuerzo apenas probó los alimentos. Le dijo a Carlos que debíamos salir temprano. Yo me excusé pues alguien debía quedarse con papá. A pesar del disgusto que le causaba, mamá me disculpó con una frase compasiva, como si fuese a perderme la gloria, y para acallar su conciencia se limitó a comentar:
—Te agradezco mucho lo que estás haciendo. Es una pena que no puedas ir.
Carlos prometió grabarme el concierto completo. Nos levantamos de la mesa, teníamos las miradas ausentes, estábamos marchitos, inútiles para el amor.
No quise saber cómo luciría mamá esa noche ni le pregunté qué traje se había mandado hacer para el concierto. Estaba segura de que ella iría esplendorosa. Preferí imaginarla impresionante, aunque temblando de miedo antes de llegar al público, ansiosa de saber si todo el esfuerzo de los meses anteriores produciría el milagro de la perfección sonora.
Cuando llegué a la habitación pensé que papá dormía. Al principio no quise hacer ruido o acercarme demasiado, aunque al notar que no se movía ni se quejaba supuse que el calmante había surtido efecto. Pero estaba rígido, tenía una serenidad glacial, la piel cetrina había comenzado a adquirir el color azulenco de los muertos.
Salí de la habitación, desquiciada, llorosa, corriendo para alcanzar a mamá y Carlos. Pero ya habían salido para el teatro. Aún quedaba un rastro de olor a combustible en el zaguán. Afuera la noche era clara y tranquila, la brisa acariciaba los fragantes rosales. Desde su caseta, aullando como nunca, Napoleón compartía mi dolor. Yo respiré hondo, me limpié las lágrimas con el vestido y entré a la casa, temblando de odio, decidida a destruir el piano de mamá.