País Relato

Autores

josé alcántara almánzar

deborah en el recuerdo

De niño fui siempre más rebelde que sumiso; ya adolescente, más aventurero que estudioso, aunque la opinión de parientes y amigos no siempre coincidiera en sus apreciaciones respecto a mi persona. No podría decir cómo era yo exactamente. Conozco, porque los he visto en fotos muchas veces, los rasgos físicos que me convertían en un muchacho demasiado crecido para su edad. Yo era un larguirucho con la cara lampiña, algo indolente, creo, pero se pierden en el sótano de la memoria otros caracteres de mi forma de ser y algunos detalles secundarios de mi personalidad. Por el momento no son mis méritos o defectos los que me importa evocar, pues al fin y al cabo me parecen irrelevantes, sino mis relaciones con Deborah, de quien después de tantos años he vuelto a saber, por pura casualidad, esta mañana. Me dijo un amigo que ahora Deborah es una mujer al margen de la vida, que permanece encerrada en su casa, que no recibe a todo el mundo ni abre sus puertas a nadie que no sea de su más estricta intimidad. He venido hasta aquí para comprobarlo. Ya he atravesado el jardín y estoy ante la puerta. Me detengo antes de tocar el timbre y pienso si valdrá la pena remover los escombros. ¿Qué pasará entonces?
Deborah: hoy eres un enigma para los que te conocimos y tratamos. No das fiestas, no tienes sirvienta que te limpie la casa y nadie sabe con certeza cómo te las arreglas para vivir tan sola. Se ignora si esta casona reluce como en su mejor época, por lo menos yo no tengo idea de nada. Deborah me enseñó mucho. De ella aprendí —en el momento justo: los dieciséis años— la mayoría de las cosas que un muchacho debe saber antes do considerarse hombre. Admito que dejé muy pronto la pelota y las sesiones de televisión por su amistad. Tuvimos una relación desigual, como era lógico, cálida a veces, amarga otras, enturbiada por sucesos desagradables en los que me vi envuelto involuntariamente.
Cuando entré al jardín aquella tarde, luego de saltar sobre la portezuela de hierro, me sentí perdido. Todo par ecía más gr ande de lo que había imaginado. Deborah estaba en la galería, en esta misma galería donde me encuentro, reclinada en una silla de extensión. No podía verte la cara, pues una pamela te la cubría casi por completo. A duras penas mantenía yo los ojos abiertos, deslumbrado por la reverberación del sol de marzo. De la grama tierna, mojada por unas rociaderas girantes, salía un vaporizo insoportable. Deborah estaba casi acostada en la silla, como si dormitara. Tu voz seductora y clara pronunció mi nombre. Parece que me conocías o habías oído hablar de mí. Tu llamado tenía un acento muy personal. Era la voz de una amiga desconocida, pidiendo que me acercara. Fui hacia ti lentamente, impresionado por tu serenidad y atractivos, dejándome llevar de los impulsos. La temperatura era bastante fresca en esta galería que hoy luce desolada. Corría una brisa cargada de humedad y yo. resoplando todavía, empecé a secarme el sudor con la manga de mi camisa. Deborah se incorporó sin esfuerzo y de una caja marrón de flores amarillas tomó varios pañuelos de papel y me los pasó. Dije gracias, acuchillándote con la mirada. Entré a buscar a mi perro, perdone. Tú dijiste: ven a tomar el té conmigo. Entonces sonreiste. ¿Te gustaría tomar el té conmigo? Tenías un timbre particular, una forma distinta de decir las cosas. Yo respondí: no tomo té. Al instante me di cuenta de que había sido muy duro, innecesariamente agresivo. Entonces te pediré un refresco. Volviste a sonreír. Después de una breve pausa me dijiste que te llamabas Deborah y que podía visitarte cuando quisiera Sin darme tiempo de aceptar o rechazar su imitación, me dijo: siéntate. Yo elegí esa mecedora y obedecí tu tierno mandato. Así sería siempre. Tú sabias conseguir lo que querías sin inmutarte, sin gritos inútiles, llevando a los demás al punto calculado por ti. Sonaste una campanilla y vino una muchacha vestida de uniforme. “Mande”, creo que fue lo que susurró Marida, la doméstica, mirándome con el rabillo del ojo. Traiga el té y un refresco para el joven. Yo seguía observándote, comiéndome tu boca con los ojos, sin miedo de lo que pudiera pensar Mariela.
Levanto la mano para oprimir el botón y vacilo nuevamente. Siento que la corbata me ahoga y procedo a Aojar un poco el nudo. Después me desabotono el cuello de la camisa y siento un poco de alivio. Deborah: eras realmente hermosa, aunque muy diferente a como te había imaginado antes de conocerte. Uno se hace mil ilusiones sobre alguien que nunca ha visto u oído, piensa demasiadas cosas falsas o ciertas, sospecha actitudes, adivina conductas. Estoy convencido, después de lo que pasó entre nosotros, de que sólo el conocimiento intimo nos revela la verdadera esencia de una persona. Sólo cuando logramos penetrar en su intimidad llegamos a calibrar con justicia lo que piensa, siente y vale. Unicamente al verla actuar en privado podemos decir con certeza lo que es capaz de hacer, dónde terminan sus deseos y ambiciones, cómo es en realidad.
Comencé a intimar contigo aquella tarde de marzo, mientras bebíamos té y refresco a la sombra de tu galería, esta galería protegida del sol por trinitarias multicolores. Debo insistir en que eras soberbiamente hermosa (creo que eso fue lo que me perdió), a pesar de que podías ser mi madre. Estuve mirándote todo el tiempo, mientras tomaba una gaseosa desabrida que se aguaba entre los trozos de hielo. Pusiste una cucharadita de azúcar en tu taza de humeante té negro. De la tetera te serviste varias veces sin añadir al líquido una pizca más del dulce. Me preguntaste sobre las cosas que siempre quieren saber los adultos: el colegio, los estudios, mis deportes preferidos, si me gustaba el cine, qué música oía. Te contestaba con monosílabos y frases insulsas. Estaba embobado, tan embobado que mis palabras me parecían demasiado ridiculas. Me sentía como un estúpido frente a aquella mujer que en la primera visita mostraba interés en un muchacho del vecindario, en un intruso que había entrado al jardín en busca de su mascota. Deborah se percataba de lo atontado que estaba y coqueteaba conmigo, mirándome entre maternal y seductora. Su belleza me envolvía, me obligaba a continuar allí, mirándola, meciéndome como un zonzo. He olvidado la forma en que terminó aquel primer encuentro. Posiblemente me levanté, te di las gracias por el refresco y la conversación, busqué a mi poodle y volví al calor de la tarde y al solitario baloncesto que todos los días practicaba en el patio de casa. Recuerdo, en cambio, que a partir de ese día hallé variados pretextos para entrar de nuevo a la tuya. Y recuerdo también que siempre te encontraba en esta galería que ya no es la misma. Tomando té negro y leyendo revistas, como si no tuvieras otra cosa que hacer en la vida. Entonces cotorreábamos. Se me había soltado la lengua y hablaba de lo que se me ocurriera con tal de estar aquí, con Deborah, acariciándola sin tocarla. Había tardes en que yo llegaba con mi perro, o una pelota bajo el brazo, y me sentaba antes de que me invitaras y me ponía a hablar. Tú no me reprochabas el exceso de confianza, la desfachatez de presentarme en pantalones cortos, despechugado, chorreando sudor y pidiendo algo frío. Luego tomabas un pañuelo y me limpiabas la cara, deteniéndote a quitarme las partículas de papel que se pegaban en mi rostro. Tenías unas maneras tentadoras y yo me dejaba hacer, sumergido en el perfume de tu piel, tranquilo y satisfecho como un gato mimado. Teniéndote tan cerca, oyéndote respirar pausadamente, sintiendo las tranquilas ondulaciones de tu vientre, me sentía dichoso, deseaba que continuaras secándome el sudor, tu cuerpo rozando suavemente el mío, tus manos deslizándose sobre mi cara como sólo ellas podían hacerlo. Quedaba como petrificado temblando por dentro aunque incapaz de moverme, de agarrar —como hubiera querido— tu delgada cintura y medirla con mis manos.
¿Cómo será Deborah hoy? ¿Seguirá siendo tan hermosa como antes? Un frío sudor recorre mi cuerpo. Tengo la mano sobre el botón y no me atrevo a tocar el timbre porque tengo miedo de destruir una imagen hermosa que llevo dentro hace tantos años.
Una tarde entré a esta casa y no estabas en la galería. Te llamé varias veces y no respondiste. Empecé a recorrer la casa, buscando a Mariela para preguntarle por tí y no la encontré. Pasé de una habitación a otra sin éxito. Ya cuando me marchaba escuché el rumor de una ducha. Era la primera vez que curioseaba en esta casa y no podía determinar de dónde provenía el sonido, pero el sordo murmullo de la ducha me llevó a tu habitación. La puerta estaba cerrada. Manipulé el picaporte y la puerta se abrió. Del baño saltaban efluvios de sales y burbujas aromáticas, el maravilloso sonido de un cuerpo de mujer regodeándose bajo la lluvia de agua tibia. Después supe que lo habías planeado así para que yo te encontrara mientras te bañabas. Perdí la cabeza, fui incapaz de controlarme. Nunca he vuelto a tener una experiencia así. El muchacho imberbe se convirtió, azuzado por el deseo, en un buscador de placer. Consideré como una atrevidísima provocación aquella puerta falsamente cerrada, aquella mujer desnuda, sola en esta casa, dejándose acariciar por el cálido puntilleo del agua. Me quité la ropa y en silencio me introduje en el baño. Cuando corrí la cortina apareciste tú, tenías los ojos cerrados, estabas anestesiada por el vapor. Abriste los ojos, tus inmensos ojos verdes, me tendiste los brazos e hiciste un nudo alrededor de mi cuello. Te tomé por la cintura, te besé, te mordí suavemente los labios, seguro de que contaba con tu aprobación. Froté mi cuerpo contra el tuyo con una ferocidad que te hizo gemir. Deborah gozaba lo que yo le ofrecía y se mostraba muy generosa conmigo, complaciéndose en un juego delicioso y perturbador. Pasamos un rato refocilándonos bajo el agua. Colmabas tu necesidad queriéndome, dejándote querer, entregándote sin condiciones, sufriendo las torpes embestidas del que quiere hacerlo todo al mismo tiempo. Me enseñaste que la demora prolonga el placer y que el juego es la primera fase del amor. Después salimos del baño, nos secamos con unas toallas gruesas y nos echamos en la cama. Te acostaste boca arriba, me insinuaste colocarme sobre ti y con tus piernas largas y suaves, de rubios vellos acariciadores, trabaste mi cuerpo al tuyo. Así me hice hombre, en unos segundos que pasaron demasiado pronto, en un silencio que me agobiaba dejándote con la mirada indiferente del que se fuma un cigarrillo e imagina quién sabe qué cosas. Me sentía feliz y no sabía cómo darte las gracias. Por eso cuando sacaste el cigarrito y me lo pusiste en la boca fui incapaz de negarme, aunque era mi primera vez... Había que saber aspirar el humo para que hiciera efecto, así, como tú lo hacías, chupando ese delgado tabaquito que habías preparado tú misma. Ese fue realmente mi primer contacto importante con Deborah, el que me abrió las puertas a otra dimensión de la vida. A partir de entonces me convertí en un consumidor asiduo, en un aliado con el que ella podía contar siempre. Quizás no fue la adicción lo que me hizo alejarme de mi mundo tan rápidamente, sino el vicio de estar encaramado sobre Deborah, gozándola, disfrutando su húmedo erotismo. La buscaba en las habitaciones, la perseguía por los corredores hasta su cuarto, obligándola a entregarse allí o en cualquier parte. Abrías tus piernas sedosas y yo me echaba sobre ti con un deseo salvaje que no se apagaba nunca. Nuestros correteos podían ocurrir a cualquier hora, y ya Mariela, cuando yo llegaba, se escondía o desaparecía.
Intento abandonar la casa, alejarme sin redescubrir a Deborah, después de tantos años sin verla. Sospecho que me reconocerá, que podremos sentamos aquí, en esta galería abandonada, a conversar como lo hacíamos antes, con té y refrescos o sin ellos, deseosos de recobrar el tiempo, sin recriminaciones ni lamentos. Vuelvo a levantar el brazo, mi dedo índice apunta hacia el botón...
Después las cosas ocurrieron tan extrañamente que ahora sólo puedo recordar pedazos de encuentros ulteriores, fugaces imágenes eróticas que nunca olvidaré, pero tengo dificultad en organizar los hechos y separar la luz de la sombra, distinguir las borrosas figuras que se agolpan en mi memoria. La fiesta que diste aquella noche me marcó, clavándose como una garra en lo más hondo de mí. Yo estaba aquí de contrabando, deslizándome de un lugar a otro, pasando por entre los invitados que conversaban despreocupados. Había parejas comiéndose en los sofás, ajenas a la realidad que les rodeaba. Tú estabas con unos amigos en la sala y no quise importunar. Bebí como nunca lo había hecho. A las once sentí que no podía aguantar más el mareo y la náusea y fui al baño a vomitar. Encontré la puerta abierta y adentro había un tipo inyectándose. Me sorprendió que no hubiera puesto el seguro a la puerta. Escondió la jeringuilla y safio sin mirarme, balanceándose al caminar hacia la sala. Comencé a sentirme incómodo y sin embargo no quería pedirte explicaciones por todas esas personas que hablan venido a quebrar nuestro vínculo. Ahí me di cuenta de que era un muchachito sin importancia, un chiquillo seducido con el que tú jugabas en tus momentos de soledad. Me acomodé en un sillón, mientras la fiesta continuaba en otra parte. Yo oía la música que venía de la sala, la euforia de algunos, sentía el gozoso parloteo de las parejas que se trancaban en las habitaciones. Tu orgia gustaba a todos y yo no podía tomar parte en ella porque estaba demasiado aturdido e insatisfecho. A medianoche fue el escándalo. Mariela apareció en el baño, violada, con una herida profunda en la garganta. El cuerpo estuvo tirado en la bañera no sé cuántas horas, hasta que llegó la policía. El legista examinó a Marieta con una frialdad que me sacudió. Nunca pensé que una mujer pudiera significar tan poco para un hombre. Mucho tiempo después leí en alguna parte que lo terrible es la vida realmente y no la muerte. La policía se llevó a todos los que estaban en la fiesta y parece que no tuvo muchos problemas en determinar quién había sido el asesino de Marieta. Papá logró evitar que me apresaran, probando que no había llegado a la mayoría de edad. Tú llorabas, cubierta de vergüenza, temiendo que supieran lo que hacíamos en tu casa. Papá me lanzaba rayos por los ojos. Yo sabía que esa noche algo grave me sucedería y asi fue. Papá me golpeó cuando regresamos a casa. Mamá le gritaba: déjalo, que lo vas a matar. El viejo seguía golpeándome, haciéndome pagar en una sota paliza todas tas que le debía. Cuando mamá logró convencerlo de que me dejara, yo tenía la cara hinchada, llena de moretones. Pero no le di el gusto de lloriquear ni pedir clemencia. Ya era un hombre, podía gritar que no lo necesitaba y que había roto de una vez por todas con él, aunque en el fondo fuese mentira. Pasé varios días en cama. Tuve fiebres y hubo que inyectarme antibióticos para curar la infección. Lo más duro era estar lejos de ti, sin noticias tuyas, sin saber lo que había ocurrido después. Le preguntaba a mamá y no me contestaba. Fruncía el ceño y se quedaba junto a mi cama, hecha una muda, aplicándome ungüento en tas heridas. Un día me dijo: te vamos a mandar a Estados Unidos; tu papá quiere que estudies en una academia militar. Fue como una cubeta de agua fría, como una condena injusta. No dije nada. Ella tampoco. Papá había dictado una orden que habría de cumplirse al pie de la letra.
Oprimo el botón. Espero un poco, la ansiedad va creciendo y acabo por quitarme la corbata y la guardo en un bolsillo del saco. Siento que alguien camina hasta la puerta. Con el oído pegado a la madera percibo débiles pasos. Hay un movimiento de pestillos y la puerta empieza a abrirse; yo me aparto rápidamente... Y aquí estás, Deborah, golpeándome con tu apariencia envejecida, tu increíble rostro de mujer que ha decidido morir encerrada. Veo tu caía descolorida, los surcos que afean tus inmensos ojos verdes, tas arrugas que ablandan tu cuello. ¿Qué desea? No me reconoces. He cambiado tanto que no puedes reconocerme, lo noto en tu indiferencia al hablarme, en el desdén de tu mirada. Y qué rara es tu voz. De todo lo que había ya no queda nada, absolutamente nada. La bata que llevas puesta te hace lucir arruinada, hueles a tabaco y alcohol, tienes los ojos inyectados de sangre. Voy llenándome de desencanto y lástima, y paso, sin poder evitarlo, de la pena a la rabia conmigo mismo. ¿Qué desea, señor? Tu voz es tan diferente que casi no lo puedo creer. Ahora emites sonidos graves y monótonos que no dicen nada. Deborah: estás masacrando mi recuerdo. He venido hasta aquí, morbosamente, para asesinar un recuerdo, tu imagen de mujer hermosa, una ilusión que debí conservar intacta, pero qué quieres, uno es así y no de otro modo. He venido hasta aquí para verte de nuevo, destruida, otra. Vas a cerrar la puerta y yo, antes de que desaparezcas para siempre de mi vida, alcanzo a decirte: perdone, me equivoqué de casa.