PAIS RELATO

Libros de josé alcántara almánzar

Autores

josé alcántara almánzar

crónica trivial de una fiesta íntima

A las siete y media la cronista social retirada se dispuso a escoger de su guardarropa el mejor vestido de noche, presintiendo que las otras invitadas acudirían con atuendos originales, motivo por el cual no podía permitir, bajo ningún pretexto, ser superada por las demás, especialmente en un momento en que, estando al margen de su trabajo periodístico de toda la vida y dependiente de la modesta pensión del diario, no quería convertirse en víctima de críticas aviesas. Abrió la puerta del armario y apareció, opacado por bolsas plásticas cubiertas de polvo, un montón de vestidos multicolores. Siempre le complacía abrir la puerta de caoba y sentir el aliento perfumado de la madera centenaria del armario, en cuyo interior se refugiaban varias décadas de recuerdos gratos e inolvidables: romances con varios directores del diario en sus años de fogosa juventud, invitaciones de empresarios en los tiempos en que se hallaba en el pináculo de su carrera periodística, noches fastuosas en hoteles y teatros, rodeada de colegas prestigiosos y artistas, coronada de glamour al estilo parisiense como nunca antes ni después. Todo habría sido perfecto si no se hubiera alborotado el polvillo que le provocó pituita y la inconfundible peste de la naftalina que le cortó la respiración. La indecisión la paralizó. Después de unos segundos empezó a seleccionar, descartando en seguida tres modelos usados en las últimas recepciones: el de muaré —comprado a tenor de exclusividad en Virginia—, que llevara la noche de bodas del hijo único de su mejor amiga del diario; el negro de cuello alto y mangas largas ajustadas, que tanto renombre de femme fatale le había granjeado a pesar de su edad y que usara en la recepción de despedida del embajador francés; y el de brocado, que sólo exhibiera en la última función de gala del Teatro Nacional, durante la presentación del American Ballet Theatre, en la cual supo dar una lección de buen gusto a las consumidoras que en la última temporada habían perdido la cabeza con la mostacilla y la pana. Ahora le parecía más sencilla la tarea que al principio creyó tediosa. Supuso imposible llevar el vestido largo con cuello de plumas, ya que nada sería tan inadecuado como sentarse a la mesa imitando a un pavo real cuando, en rigor, se serviría consomé. Le pareció insoportable el de lentejuelas en el borde del escote, por muy cautivador que fuese, igual que el de encajes verde cotorra, demasiado indiscreto para una fiesta íntima, o el otro de chiffon blanco: la tela y el color más ávidos de salpicaduras de salsa o manchas de suflé de chocolate. Con ladridos insistentes, el pekinés irrumpió en las reflexiones de su dueña, tirándole del ruedo del pantalón. Unos ojillos ansiosos y brillantes la observaban fijamente, exigiéndole una caricia, una mirada, un regalo. Ella se acercó al tocador y le arrojó un bombón, volviendo mecánicamente a su actividad, que ya se tornaba rito. Le lució de una sencillez pedestre el conjunto de blusa crema y falda marrón a cuadros, con broche en forma de escarabajo coronando el cuello de la blusa. El de gasa rosada —anticuado ya por su vaporosidad quinceañera y los adornos de las mangas— no pudo menos que recordarle sus años de juventud, mientras un amargo sabor de insatisfacción le subía hasta la boca, al pensar en la estupidez de haber pagado tanto por ese vestido y en las murmuraciones de que habría sido objeto al lucirlo. Otros ladridos del pekinés la distrajeron nuevamente. Sin dejar de carajearle con amor, besándolo en el hocico, le arrojó otro bombón diciéndole que era el único ser en el mundo al que permitía semejantes impertinencias y aprovechó la interrupción para mirarse en el espejo. Una figura huesuda se reflejó en el espejo rococó de la pared. Los ojos inquietos de vieja reportera examinaron detalles del cuerpo enteco, del rostro que a duras penas podía ocultar la proximidad de los sesenta años. Se detuvo en las reteñidas canas, unas rebeldes que bien había valido la pena dejar por su cuenta al concluir la guerra del tinte, después de numerosos, variados, costosos y prolongados tratamientos con las mejores marcas de cosméticos. Con un suspiro retornó al armario, acogida por el suave olor de la madera. Había dos posibilidades interesantes: el sari, al último grito de la moda, con el dibujo exótico discretamente bordado; y el kimono, adquirido en la casa de modas La Belle Époque. El primero le pareció una pieza apropiada, tomando en cuenta el calor de verano que el vino haría subir después de las primeras copas. El segundo, de seda azul resplandeciente e indiscreta, no menos exótico que el primero aunque más vulgar, no le agradó tanto. Pensó en sus relaciones con el primer director del diario —un redomado empresario que la envolvió durante años, esclavizándola— y se sintió cursi. El sari tenía el inconveniente de estar hecho en un lino muy ligero que se pegaba al cuerpo con extrema facilidad. Por otro lado, su amor con aquel cantante fracasado no podía durar mucho, estaba condenado a morir por falta de estímulo económico y, para colmo, el tipo era un borrachín. El kimono era muy cerrado para una ocasión informal, sin contar el calor que le produciría. Recordó al banquero del anillo de rubíes, que aún conservaba —eso había sido antes de lo del cantante—, y cerró los ojos cuando traspasó su memoria la imagen del accidente en que perdiera la vida el magnate. Después vinieron los tiempos malos, la amenaza de cáncer, la operación del útero, la extirpación de los órganos reproductores para evitar la muerte, dejándola como una planta seca y estéril: su fin como mujer desde el punto de vista fisiológico. Acto seguido enumeró, en orden de importancia, sus preocupaciones actuales: el whisky, los amantes ocasionales, la vejez. Con los ojos cerrados acarició la superficie de ambos vestidos —el sari y el kimono— y se decidió finalmente por el hindú, arrancándolo de la percha sin más hesitaciones. El pekinés penetró en el armario y sacó un viejo zapato de raso, ofreciéndoselo a su dueña con gruñidos de satisfacción del deber cumplido. Ella lo miró sonriente, admitiendo que cualquier sandalia iría bien con el sari, siempre que el color de la zapatilla no fuera oscuro ni en tonalidades moradas, naranja o verdes. Fue a la zapatera y eligió un par de sandalias de tiras blancas que consideró perfecto para la ocasión.
En la casa de los anfitriones, los sirvientes ponían todo en regla para la fiesta. La anfitriona, bajo un casco secador, impartía precisas y rápidas órdenes a los encargados de poner la mesa, chillando cada vez que algo quedaba fuera de sitio, o mal colocado en los lugares que corresponderían a los invitados. Cada persona debía ser yuxtapuesta a la que mejor se aviniera a su temperamento. Este precepto, aprendido en la Escuela de Etiqueta y Protocolo y ahora teoría inseparable de la anfitriona, nunca le había fallado. Por el contrario, todo siempre le salía a la perfección y los huéspedes se marchaban con sonrisas aprobatorias. La manicura, lima en mano, pulía las uñas de la dueña de la casa y observaba los preparativos entre dedo y dedo. A veces se equivocaba y hería la cutícula recién cortada de los dedos de la señora, quien pataleaba y amagaba con salirse del casco bajo el cual se hallaba prisionera, actitud de la cual desistía al sentir sus pies enjabonados en una poncherita. La manicura pedía disculpas sin que la anfitriona pudiera oírla: tenía ésta las orejas tapadas con dos pedazos de esponja y el ruido bajo el casco ahogaba cualquier sonido que proviniera del exterior. El anfitrión —en pantalones cortos, zapatos de goma y camisilla de franela—, recién llegado del partido de tenis, disponía que se regara el jardín hasta la llegada de los invitados, que clorificaran debidamente la piscina, que los perros fueran confinados en el fondo del patio y encadenados en sus respectivas casetas. Al entrar en el salón principal echó una ojeada a uno de los globos Tiffany’s y ordenó que le quitaran el polvo. Uno de los sirvientes se atrevió a decirle que todas las lámparas habían sido cuidadosamente abrillantadas una hora antes y el amo gritó con su voz de guacamayo viejo que limpiaran esa de nuevo, carajo, que hicieran lo mismo con las estatuillas de porcelana que se encontraban en las repisas de los pasamanos, en las mesitas de vidrio, sobre el piano, que cuidado con El Beso, que era una pieza muy cara (no aclaró que se tratara de una imitación), que a ver si rompían las bailarinas japonesas que adornaban el centro de la sala principal, o el busto de Franz Liszt que había sobre el piano. La manicura tomó el frasquito, cortó un pedazo de algodón de un rollo, lo empapó de acetona y comenzó a quitar la vieja laca que cubría las uñas. La señora sintió una picazón explicable, debido a la sensibilidad que el corte de la cutícula había dejado en sus dedos y masculló la palabra estúpida. La muchacha se hallaba tan ensimismada escuchando las órdenes del señor, que apenas percibió el ruidito que salía del casco y continuó tranquilamente su labor de embellecimiento. Ahora el anfitrión constataba en la despensa la calidad de los enlatados para facilitar a la servidumbre un movimiento rápido y no indigestar a los invitados con ciertas combinaciones frías y calientes, antes de hacerles servir el plato especial de la noche. Había elaborado un original menú que constituía un enigma incluso para la anfitriona, cuyo paso a la cocina prohibiera desde el día anterior. La manicura mostraba a la señora doce esmaltes en tonalidades pastel para que eligiera a su gusto. La anfitriona pensó un momento en el traje que llevaría, en la pintura de los ojos, en el color de los zapatos, en su estado de ánimo. El anfitrión metía la cabeza entre un montón de latas, imaginando la suculencia de las almejas, los calamares en su tinta, los ostiones, las aceitunas negras, las salchichas. Cerró la despensa y entró a la cocina, aspirando el evaporado tufo de las especias que emanaba de algunas cacerolas cubiertas con tapas de aluminio. Miró al chefy le guiñó un ojo picaramente, mientras señalaba hacia el gigante horno. El cocinero jefe sintió el flechazo del amo e hizo lo mismo, con la V de la victoria formada con el índice y el mayor de la mano izquierda, sonriéndole al señor, ensayando elegantes zalemas. Ella dudó entre la tonalidad carmesi y la violácea, le parecia que un rojo subido seria demasiado vulgar y no se veria bien sobre manteles tan finos. Él comprobaba la frescura del palmito, la pasta de aguacate, las albóndigas, las berenjenas, y de cada plato pellizcaba algo. Y el violeta la haria parecer muy vieja. La manicura le presentó la tonalidad mandarina y dijo algo que la anfitriona no pudo entender, aunque leyó en los labios de la muchacha que el color mandarina la haría muy juvenil y alegre e iría bien con cualquier tipo de vestido. El anfitrión chequeó después las existencias del bar. Había bebidas importadas de reconocida calidad: vodkas rusos, ginebras y whiskies escoceses. Eso bastaba para complacer al más exigente. Para las damas había cocteles y para los aficionados al culto del folklore y el color local —que nunca faltan en ninguna reunión— el anfitrión había hecho poner seis marcas de ron dominicano. La manicura apagó el secador y la anfitriona pudo por fin salir, despejarse, sentir el aire saludable de la habitación y se quitó las esponjas que le cubrían los pabellones de las orejas. El anfitrión, satisfecho de su inspección, salió del bar y se dirigió a las habitaciones superiores. Ahora que podía elegir con calma el esmalte apropiado para la ocasión, bajaban los chirridos del marido, escandalizado porque los sirvientes habían puesto unas toallas demasiado ridículas que no cuadraban con la delicadeza de la cerámica del baño. Ella sacudió la cabeza tratando de no prestar atención al asunto y se concentró nuevamente en los esmaltes. Los gritos bajaron de nuevo y la anfitriona llamó a una de las criadas y le ordenó que subiera a corregir la catástrofe de la segunda planta. Después que los gritos cesaron, la anfitriona, un poco turbada, eligió un rosa pálido.
En el interior del bungalow, el industrial le acariciaba las nalgas a una amiga, degustando la tibia redondez de sus formas, mientras ella, impasible, fumaba. Él acababa de recordar el compromiso contraído —tarde ya para cancelarlo— y supuso que no tendría otra alternativa que llevar a la chica, a pesar de los claros síntomas de embotamiento que el Johnny Walker había comenzado a producir en ella. Detuvo el movimiento de su mano y se sirvió el centímetro de alcohol que quedaba en la botella, borrando de su mente la imagen de su mujer, visión interior que atropellaba sus sentimientos. La chica hizo una morisqueta de impaciencia tratando de apoderarse del vaso, sin evitar que él se lo llevara a los labios con un rápido movimiento y tragara de un golpe el contenido. Una injuria inescuchada escapó de los labios de la chica, levemente tiznados de rouge, al tiempo que se incorporaba en la cama dejando al descubierto sus senos amoratados. Él se puso de un salto sobre la alfombra que se extendía al pie de la cama y durante unos segundos ella pudo observar la parte posterior del enorme y aún esbelto cuerpo de su amigo. Bajo el cerquillo reciente, delineado en un estilo que remitía a los cortes de la década de los cincuenta, el cuello musculoso aparecía con algunas marcas, muestras de una inocultable venganza que la hizo feliz por un instante. Los hombros presidían la estructura de una anatomía robusta, donde podían apreciarse los dibujos de algunos músculos desarrollados y mantenidos con ejercicios de pesas. La piel, desprovista de pelos, demasiado tostada por el sol, permitía que las contracciones musculares afloraran a la superficie, delatando la red nerviosa de la anatomía. El cuerpo lampiño del industrial era un detalle que la decepcionaba. Él se dirigió al baño sin volver la cara. Ella hizo un esfuerzo por imaginar la parte anterior del cuerpo de su acompañante: cara angulosa, grandes entradas en la frente anunciando la calvicie de la madurez, un bigote que el renacimiento de Clark Gable había puesto de moda, prominente nuez, pectorales inflados, redondas tetillas pardas, la parte inferior del tórax desembocaba en el ombligo, donde nacía una matita de pelos que descendía hasta el sexo (que ella prefería imaginar algo enhiesto y babeante), ingles muy sólidas, unas piernas donde nudos cilíndricos formaban prominencias, y callosidades en los pies. Ella se tendió en la cama cuando la puerta del baño emitió un sonido seco, introdujo la mano derecha bajo los pliegues de la sábana y los dedos ávidos se deslizaron hasta el sexo, frotando el clítoris suavemente. Al principio sintió una ligera molestia, la irritación del órgano insatisfecho le impedía alcanzar una sensación satisfactoria. Imaginó que iba al baño, abría la puerta, era atrapada por el vapor caliente. Con un golpe a la manija del grifo detuvo la lluvia de la ducha. Él la miró entre sorprendido y enojado (ella odiaba mojarse el cabello), y rió. Ella le alcanzó la toalla y él comenzó a frotarse la cabeza con movimientos vigorosos. Entonces ella se metió en la bañera y empezó a secar aquel enorme cuerpo que permanecía quieto y silencioso. Los dedos de la mano derecha abandonaron el sexo un momento, el hombre transpiraba tan fuerte que ahora ella podía sentir el olor de la piel mezclado con la fragancia del jabón. Le envolvió la toalla en al cuello y luego se la pasó por los hombros con frotes más intensos. Ella pensó que si intentaba maquillarse en ese cuarto cargado de vapor, las cremas y pinturas serían totalmente inefectivas y la humedad le impediría lograr los resultados garantizados por Elizabeth Arden. Los dedos volvieron a explorar el sexo, pero esta vez las uñas hirieron la zona adolorida, produciendo un ardor terrible. Buscó una cómoda posición en la cama. La toalla bajó hasta el tronco, ella se arrodilló y lo abrazó, frotándole la región púbica sin lograr que él reaccionara. En ese momento se dio por vencida, frustrado el intento de procurarse un placer no alcanzado antes. La puerta del baño se abrió y de súbito reapareció la figura del industrial envuelta en una bata, secándose aún el cabello, advirtiéndole a su amiga que ya era tarde y debían darse prisa. Ella se dio cuenta de que no podía permanecer más tiempo en el mundo de los ensueños, se llevó la mano a la nariz y comprendió que también necesitaba una ducha tibia que lograra despertarla totalmente. Se envolvió en una sábana, tomó la botella y con la lengua recogió las últimas gotas de alcohol que se precipitaron a la boquilla. Tiró la botella en el canasto de la ropa sucia, besó la nuca del industrial y tomó el camino del baño con aire decidido.
El general y su nerviosa esposa correteaban de un lado a otro en el aposento de su residencia, dispuestos a conseguir una apariencia digna de su status, empeñados en provocar admiración y respeto entre amigos y conocidos. La generala tenía un semblante tranquilo, confiado, y estaba feliz por haber elegido la prestante boutique de Oscar de la Renta, segura de que cualquier cosa que se pusiera sería reconocida como de primera calidad, ya que el famoso modista dominicano sólo crea diseños personalísimos. Había tenido que adelgazar varios kilos para lucir una costosa creación, someterse a los ejercicios del gimnasio, sufrir los tratamientos del experto masajista tres veces por semana, sudar lo indecible en las sesiones de sauna, y, lo que era más doloroso aún, renunciar a las galletitas English Rose, a los chocolates Perugina, a los licores Marie Brizard. Una inquietud se apoderó de la generala al contemplarse en el espejo. Todavía quedaban unas masas bochornosas alrededor de la cintura, las cuales prolongaban la amplitud de la espalda hasta la cadera. La papada, más vulnerable a los golpes del masajista, había sido reducida a la mitad de su tamaño normal. La depilación de hacía unas horas en la clínica de estética facial había borrado —con ayuda de una crema de Helena Rubinstein— todo vestigio de pelos en el labio superior, el mentón, el cuello y el desfiladero entre los senos. Sin embargo, no parecía satisfecha con la limpieza de la piel: quedaban algunas indelebles manchas vergonzosas, restos de una cura de verrugas que le fuera practicada la semana anterior. Era cierto que ya no se veían las verrugas y el dolor había disminuido con el tratamiento de cremas medicadas, mas el solo hecho de imaginarse asediada por miradas enemigas la hizo flaquear y de repente sintió un deseo irreprimible de expulsar del cuerpo las heces que una persistente obstrucción hemorroidal había impedido salir durante dos días y que amenazaba con intoxicarla. Mientras tanto, el general se engominaba el pelo con el cuidado que ponía en todas sus tareas de responsabilidad. Nada debía moverse en la cabeza. Los escasos cabellos se mantendrían en estricto orden durante toda la noche. Ni brisa ni agua ni movimiento serían capaces de alterar el acabado perfecto de la goma. Lo que preocupaba a su mujer constituía un seudoproblema para él. Ella confiaba, sentada en el excusado —siempre contra su íntima voluntad—, que la peluca adquirida a través de una amiga en la Quinta Avenida de Nueva York solucionaría el caos de una cabeza indomable, refractaria a todo tratamiento de belleza. La insistencia en lograr pelo lacio a base de desrizado de potasa, sin el autorizado consentimiento de su peluquero, le había provocado una espantosa caída del cabello. El untó un pegote de goma en sus manos y lo esparció por toda la cabellera, luego tomó el peine y desenredó las hebras más estropeadas por las horquetillas, después abrió un surco en el lado izquierdo, que iba del frontal al nacimiento del occipital y acomodó el pelo de modo juvenil a ambos lados de la raya. El cepillo deshizo las ranuras dejadas por los dientes del peine. Los brutales esfuerzos de la generala acabaron por arrancarle el copioso sudor que ya le corría por las sienes y la espalda. Un inútil pedorreo anunciaba sin éxito el advenimiento del represado detritus. Todavía no había dolor muy intenso en el ano, pero el peso de sus doscientas libras terminaría concentrándose en esa parte del cuerpo hasta enloquecerla. Ella recordó los plácidos momentos que solía pasar en el inodoro —antes de que la hemorroides sobreviniera—, deleitándose con las fotonovelas de las series mexicanas, o arrobada por los romances de Corín Tellado. Nada como ese momento sereno de la mañana, después que su marido marchaba a Palacio, los niños iban al colegio y ella mandaba a las muchachas del servicio al supermercado. Sola en la casa, se refugiaba en el baño y sentada en la taza, daba rienda suelta a su recóndita afición. Frente al general no podía permitirse una lectura tan banal, había que leer los libros de moda, los best-sellers —como decía él—, estar al corriente de los acontecimientos del mundo y tener siempre algún tema interesante de conversación. Él, cuidadosamente peinado, buscó en el cofre las condecoraciones que llevaría como paramentos esa noche. No quería recargar su pecho de insignias, se trataba de una fiesta íntima, no de una recepción oficial. No había, pues, que exagerar la nota. Ser modesto esa noche constituiría más virtud que pecado. Eligió las que bastarían para poner de relieve su rango y sus méritos patrióticos: la Orden de Cristóbal Colón en el Grado de Caballero, la Gran Cruz Placa de Plata (ambas recibidas al retornar a Santo Domingo, luego de seis años como embajador en distintos países de Latinoamérica) y la Orden del Mérito Militar, sólo concedida a los soldados más aguerridos del país. Al prenderlas en la pechera, decidió colocarlas a un mismo nivel: todas tenían para él igual valor sentimental. Ella lanzó un chillido de desesperación. Ahora el sudor le bañaba la cara, los dientes chasqueaban sonoramente y los pujos se sucedían haciendo temblar el cuerpo. Tomó un paquete de Kleenex, lo destapó, sacó varias servilletas y se las estrujó en la cara y la nuca. Quería abrir la ventanilla y dejar entrar un poco de aire fresco, pero temía perder el impulso y permaneció sentada. Una nueva contracción le arrugó la cara, el dolor unido al incontenible deseo de evacuar formaban una odiosa mezcla que la movía a desearse la muerte o desaparecer tragada por la tierra y ser borrada automáticamente de la faz del mundo. Juntó sus manos implorando misericordia a la Virgen de la Altagracia, se preguntó qué mal habría hecho para merecer tanto castigo, con qué fuerzas se pondría la peluca o iniciaría el trabajoso ajuste del corsé. El general, aureolado por la irresistible fragancia de Paco Rabanne, llamó a la puerta del baño y le recordó la hora a la mujer, poniendo fin al frustrado intento de deyección.
En la habitación central de su residencia, el alto funcionario y su esposa discutían sobre aspectos que consideraban de esencial importancia: si ella iría a la fiesta con turbante o con el pelo suelto, y cuál de los autos iban a usar. Estaba furiosa por la insistencia de su marido en que fuese luciendo su rubia cabellera oxigenada, pues ella aseguraba que el sol y el agua de Sosúa habían arruinado de tal modo su cabello que éste tardaría semanas en recuperar el brillo y la docilidad habituales. El machacaba la misma idea de viajar en el Porsche. Ambos estaban en ropa interior. Él en calzoncillos que le llegaban a media pierna, camisilla sin mangas y calcetines transparentes. Ella en sostén de varillas y panties y medias de color beige. La última media hora había transcurrido sin la violencia de que suelen estar acompañadas las discusiones del alto funcionario y su esposa. Él quería lograr, por las buenas, que ella exhibiera su cabello rubio, en maravilloso contraste con la piel parda y los ojos felinos, combinación de la cual se sentía orgulloso. Los pañuelos de cabeza, dijo sentencioso el alto funcionario, convierten a las mujeres en simples campesinas, en marchantas, por muy elegantes que sean las telas. Ella, autoritaria, corrigió la frase, señalando que se decía turbante y no pañuelo. Abrió un cajón del gavetero y le mostró algunos ejemplares extraordinarios: uno de Pierre Cardin, de seda, en color ámbar que iría muy bien con el último vestido que adquiriera en la boutique Élégance; otro de Givenchy, con motivos diminutos en los bordes, en un verde amatista que tal vez haría juego con sus ojos, tan parecidos a los de Elizabeth Taylor, y ya eso era mucho decir; otro de Christian Dior, con el nombre del célebre productor impreso, hecho a base de dibujos ultramodernos; otro de Ives Saint-Laurent, finísimo, y algunos más de la Macy’s de Nueva York, que todavía no se los había visto a nadie en el país, circunstancia que los convertía, ipso facto, en novedad. Él se lamentó de tanto esnobismo y pronunció la primera sílaba de una palabra inaudible, casi a punto de arrojársela a su mujer a la cara, mas no llegó a completarla, evitando así iniciar una larga tanda de insultos. Después de todo, ella había compartido los malos y buenos momentos de su vida desde la época en que él era un anónimo correveidile de oficina pública al servicio de un secretario de Estado, hasta llegar a convertirse —por arte de birlibirloque— en alto funcionario. Se levantó de la cama y dio una vuelta frente a ella, mostrándole la sencillez de su atuendo interior, mientras ella contenía la risa embozándose en el turbante Dior. Así sería también la vestimenta exterior, aseguró él, sencilla, simple, sin excesos. Abrió el closet y le mostró a su mujer la poca variedad de estilos en los trajes confeccionados especialmente para él por la Casa París. Sólo había tres tipos predominantes: los de gabardina inglesa, los de dacrón-lana y los de hilo. Cada ocasión imponía una tela diferente: la gabardina para las noches y locales con aire acondicionado (la gabardina es insoportable en ambientes naturales), el dacrón-lana para los días de trabajo y el hilo para las fiestas patrias y actos oficiales en los cuales el blanco retiene siempre absoluto predominio. Los cortes eran los mismos, con el mismo número de botones colocados en los mismos lugares. Ella parecía no escuchar lo que le decía su marido. Había comenzado a probarse turbantes haciendo combinaciones y nudos distintos, ensayando expresiones apropiadas al color y los dibujos de la tela. Sin dejar de hablar un momento, él mostró los zapatos que colmaban la zapatera. De los que había adquirido en los últimos tiempos, sólo algunos podían considerarse estrafalarios. Él se dio cuenta de que hacía rato estaba hablando a las paredes y se quedó mirando a su mujer con expresión de impotencia en los labios. Una luminosa idea acababa de cruzar por la mente de ella; la peluca color caoba. A él le pareció buena la idea; sin embargo, se sintió decepcionado porque había concebido la imagen de su esplendorosa rubia sentada junto a él durante la cena. Aceptó con tal de que pudiesen usar el Porsche y no el Camaro, como había sugerido ella. Se lamentaron de haber vendido el Volkswagen deportivo, el cual les habría garantizado una nota juvenil. Pero también hubiera sido una calamidad quedarse con este auto después de un choque tan aparatoso como el que habían sufrido un mes antes. Ella asintió con la cabeza. Irían en el Porsche. Y de inmediato se lanzó a buscar la peluca caoba.
El anfitrión —exhalando fragancia Rochas— y la anfitriona —envuelta en vapor de Vol de Nuit— salieron a recibir a la cronista, que llegó rayando las ocho treinta, acompañada de su pekinés, al cual había puesto un collar guarnecido de piedras irisadas. La vieja reportera artística sacó de su colección de poses la que juzgó más ajustada para hacer frente a la cortesía de nuevo cuño de los anfitriones. Con una mirada que podía ubicarse entre la sobrecogedora expresión de Katharine Hepburn y la coquetería germana de Marlene Dietrich, escrutó la figura coruscante de la anfitriona y la halló vulgar. Las lentejuelas espejeaban en todo su cuerpo, se había maquillado en exceso, resaltando —seguramente sin quererlo— las arrugas nada prematuras de la cara, destacando la bufanda que poquísimo tenía que ver con el resto del atuendo. Al mismo tiempo, la anfitriona, sin ocultar la desazón que esta primera revisión le producía, se lamentaba internamente de haber cursado invitaciones sin someterlas a la purga de costumbre. Halló muy apergaminada a la cronista, a quien ya suponía estragada por el alcohol y el tabaco. El pekinés olisqueaba los pies de los anfitriones, empeñados ahora en hacer pasar a la invitada al interior del salón. La cronista pensó que el anfitrión, a fin de cuentas más inteligente que su mujer, sabía elegir la ropa con discreción y acierto. Cruzaron besos y aromas y la anfitriona no pudo dejar de pensar en las pretensiones que se gastaba la amiga, al sentir una esencia de Bal h Versailles en la nuca de la cronista. Del vestíbulo pasaron al gran salón, aparentemente arreglado para reunir a los recién llegados. El anfitrión ayudó a la cronista a despojarse del negro albornoz que la cubría y ésta inició un rápido chequeo del decorado. Mientras el anfitrión emperchaba la prenda, la anfitriona hacía sentar a la cronista para impedirle, de momento, que inventariara los objetos del salón. Puro kitsch, se dijo la cronista, echando mano de una palabra leída en alguna revista. No tenían nada que valiera la pena. Pero habló para decir, gozosa, que todo cuanto allí veía era muy chic. El pekinés revoloteaba entre los cojines del enorme sofá en que se había sentado su dueña, mientras ésta, sin preocuparse por las preguntas de la anfitriona y contestando movida por la inercia, se detenía en cada uno de los objetos llamativos del salón. La anfitriona comentó que hacía mucho tiempo que no se veían y la cronista permaneció callada por unos segundos, observando las lámparas —ridicula imitación de arañas de palacios y museos europeos—, que desentonaban completamente con el mobiliario: cada vez que penetrara una corriente de aire, sonarían como campanillas de vidrio. La cronista respondió que aproximadamente seis meses, encendiendo un cigarrillo. La pareja de porcelana Hansel y Gretel, con sus ropitas de colores primarios y las caras pintarrajeadas con intención unisexual, le sacó a la cronista una sonrisa tiernamente cínica. El anfitrión vino a ofrecerles algo de beber y la cronista, con palabras que parecieron salirle del estómago, pidió un whisky doble. Recordaba la anfitriona que se habían visto en la casa de la Presidenta de la Sociedad Protectora de Animales, para corregirse de inmediato, jurando que había sido en el baby shower de una amiga común, al tiempo que le arrancaba un cenicero de entre los dientes al pekinés y lo ponía a disposición de la invitada. Las mesitas redondas, de vidrio, no se usaban ya. Según los últimos números de El Mueble, predominaba una línea rectangular y el marco de la mesa debía ser en aluminio y no en madera: después de cuatro décadas, Mies van der Rohe retornaba triunfal. La anfitriona preguntó a la cronista sobre sus actividades actuales. El Beso no correspondía con fidelidad a la obra original, empezando por la escayola empleada para realizar la imitación. En todo caso, debió hacerse en bronce, juzgó la cronista, material más noble y elegante que presta fuerza y plasticidad a las figuras esculpidas. El anfitrión regresó con un vaso que entregó a la visitante y pasó a su mujer un Martini, que ésta aceptó sin comentario. Él tomó asiento en un sillón muy cercano al sofá y engulló el primer trago de la noche, una rara mezcla de tequila, ginebra y vodka. La cronista afirmó, con un dejo de hastío en la voz, que ya podía verla, nada, nada relevante. Las bailarinas japonesas engañarían a otros, pero ella estaba segura de que eran unas baratijas de cartón, revestidas de cera o esmalte. La anfitriona recibió la respuesta como un insulto cubierto de caramelo y bebió de un trago casi todo el Martini. Al fijarse en el busto de Franz Liszt, la cara de la cronista se alegró, apagó el cigarrillo, dejó el vaso sobre la mesita central y sugirió hacerse escuchar en la interpretación de An der schonen blauen Donau, de Johann Strauss, llamando la atención de los anfitriones. El primero en correr hacia el piano fue el pekinés, moviendo la colita y mirando hacia atrás con ojillos de can matrero. La voz de guacamayo viejo celebró los primeros acordes del vals de Strauss, enardeciendo un tanto a la intérprete, que convirtió en forte unas notas indicadas piano en la partitura original. Después de unos compases, la intérprete interrumpió la ejecución, levantó sus manos del teclado para dejarlas caer con estrépito, alegando que el Baldwin estaba desafinado en algunos sostenidos, situación que le impedía continuar con la ejecución del Danubio (esta vez prefirió la versión en español). Los anfitriones, sin saber qué responder, la miraron, observaron aquellos ojos de maliciosa orate. El pekinés trató de arañar el teclado pero su dueña se lo impidió, colocando el paño de terciopelo y cerrando el instrumento.
Sonó el timbre. Un fámulo, ceremonioso, acudió a abrir la puerta. En la entrada aparecieron el bituminoso general y su angustiada esposa, todavía presa de cólicos del hipogastrio. Los anfitriones se precipitaron al vestíbulo. La gallarda figura del general contrastaba con la amoscada presencia de su consorte. Ambos fueron recibidos con el respeto que inspiraba, en conjunto, la pareja. La rechoncha generala abrió un paréntesis y sonrió al aceptar los elogios de la anfitriona, que no cesaba de exaltar la extraordinaria pérdida de peso que había experimentado la generala. Un sondeo visual bastó para que la anfitriona comprobase, casi al mismo tiempo que la cronista, que la recién llegada se había gastado una pequeña fortuna en ese traje que lucía: un vestido largo, en una combinación de colores granate y azafrán, cuya sencillez contrastaba con su mofletudo rostro, las roscas de los brazos aprisionados por las alhajas, la encorsetada cintura, las masas que salían por encima del escote convirtiendo los senos en dos promontorios rubicundos, la exageración de la pintura del rostro, propia de una graciosa muñeca pop. El general, fornido mulato, le tendió el brazo a su mujer con la fortaleza de los años juveniles, para deslizarse hasta el salón en compañía de los anfitriones. El tintineo de las condecoraciones y el borborigmo de la generala orquestaban una cadenciosa marcha. La cronista se puso de pie, besó a los que acababan de arribar y se lamentó de que el Baldwin no contribuyera con un granito de arena en su interpretación de Strauss. El pekinés se lanzó del sofá y empezó a corretear entre los pies de los invitados. La generala arrugó la cara y dio muestras de un pavor que la cronista no podría ya perdonarle. Acostumbrada a definir a sus amigos y enemigos como los que aman, odian o temen a su perro, la cronista se dejó ganar por la indignación. El general, más radical en su actitud que la generala, llevó a la cronista al paroxismo, pues cuando el faldero se frotó contra las perneras del pantalón lamiendo la gabardina del uniforme, lo pateó en el culito lanzándolo contra el sofá, acto que malquistó a la cronista con la pareja por el resto de la noche. El pekinés se quejaba entre los brazos de su dueña, empeñada en consolarlo e incapaz de aliviar el dolor que el general, manu militari, le había infligido a la mascota. Para zanjar el impasse, el anfitrión ofreció de beber y se fue al bar a preparar los tragos. Un inevitable silencio se produjo cuando la voz de guacamayo viejo desapareció entre los gabinetes del bar. La anfitriona, varada, apenas podía reemplazar la absorbente presencia de su marido con un monólogo sobre las últimas actividades llevadas a término por la Sociedad Protectora de Niños Desvalidos, de la cual era ella la presidenta. La generala se sintió reconfortada con el giro de la situación, y su marido, aún encabritado por el incidente del pekinés, dio unos pasos, se alejó del grupo y caminó hacia el fondo del salón, interesado en observar una decena de cuadros colgados en la pared. Su enorme cuerpo se desplazaba con pasos seguros y aire marcial, su cabeza de Gardel mulato, erguida siempre, no tenía ojos más que para los desnudos comprados por los anfitriones en la National Gallery de Washington, a precios costosísimos, pese a que se trataba de copias. Nuevos cólicos atacaron el bajo vientre de la generala, medio arrepentida de haber acompañado a su marido. Muecas que parecían tics nerviosos estremecían su cara. La cronista, acariciando al pekinés, seguía las mutaciones faciales de la regordeta generala y sorbía su whisky doble. Los desnudos de Renoir no le parecieron tan sugestivos como otros, si bien las figuras femeninas correspondían a su gusto viril. No sabía mucho de estas cosas, caviló el general, pero a esas mujeres de Renoir les faltaba garra. Más atractivas encontró a las desgarbadas fondonas de Toulouse-Lautrec (el general leía con cuidado las leyendas de los cuadros). Vistas casi de cuerpo entero, desaliñadas como prostitutas, aunque muy pálidas, con nalgas de mujer caribeña al descubierto, parecían mujeres corrientes llenas de encanto. Los tragos llegaron y el anfitrión tomó asiento junto a su mujer, quien hablaba de recaudaciones, del próximo telemaratón, de las rifas con el fin de levantar fondos para la construcción de un local. El general fue llamado en el momento en que contemplaba, extasiado, un exuberante cuadro de Gauguin y exclamaba: ¡carajo, cuántas mujeres buenas! Dio media vuelta, resuelto a reunirse con el grupo. Un poco sudorosa y bastante compungida, su mujer se le acercó y le dijo algo al oído. El general escuchó circunspecto. Después hizo lo mismo con la anfitriona y ambas, pidiendo permiso, tomaron el camino del baño de la planta baja. El pekinés intentó seguirlas, con ladridos punzantes que acongojaban más a la generala. La cronista tiró del collar y lo obligó a retornar al sofá. El guacamayo viejo movió el hielo de su vaso, se dirigió al general con voz entrecortada y le preguntó por sus actividades. El general acentuó la reciedumbre de su expresión facial y confesó que, aparte de las labores confidenciales de Palacio (palabras que recalcó con un impecable fraseo), se dedicaba a la pesca, deporte sano y reconfortante para el espíritu, y, cuando podía, intentaba correr cuatro o cinco kilómetros. Ya en el inodoro, la generala soportaba el tamborileo de los cólicos, se agarraba de las toallas, adoptaba posiciones diferentes, se aflojaba el corsé, gruñía, se tragaba el púrpura con sabor de frambuesa de los labios, combaba el cuerpo, sudaba, oía los ladridos del pekinés, se asustaba, perdía las fuerzas y la esperanza.
Sonó el timbre y la misma anfitriona se apersonó al vestíbulo para recibir a los que arribaban. Una tolvanera de voces irrumpió en la casa y cuatro invitados se precipitaron al hall, acompañados de la dueña de la mansión: el alto funcionario y su esposa, el industrial y su chica. Todos se habían encontrado a la entrada de la residencia. El primero, pequeño y enfático, movía el cuerpo al explicar las dificultades de él y su mujer para ponerse de acuerdo sobre el automóvil que más convenía en esa ocasión. Un flamante diseño de la Casa París le servía de coraza: rayas grises y blancas adelgazaban su figurita de bailarín, la camisa perla, la corbata añil con dibujos, los zapatos italianos de piel de cordero. Abundante sudor le corría por el rostro: todo el peso de esas doscientas libras concentrado en el ano, ahora sangrante, la cara de Euménide enfurecida, completamente convulsa. Una risa coqueta del sari se dirigía al industrial y lo invitaba a sentarse junto a ella. El industrial —en chaqueta deportiva, pantalones marfil, mocasines— se esforzaba en lograr la postura más natural y evitaba encarar a los anfitriones o darles una explicación sobre la ausencia de su mujer y la presencia de la amiga que había traído. La víctima sentía decrecer el dolor, la abandonaban los demonios y retornaba la calma, las servilletas sanitarias arrancaban el estropicio del maquillaje, el pekinés le ladraba al industrial, el general le tendía una mano a la esposa del alto funcionario, envuelta en una bufanda opalina, abriendo y cerrando sus inmensas pestañas bajo la pollina artificial. El anfitrión retornaba al bar, galopaba, daba voces a los criados para que se hicieran cargo de los pedidos siguientes, para que trajeran los entremeses. La chica, con una expresión naive, disfrutaba la escena, metía las manos en los bolsillos de sus blue-jeans, erguía los pechos, abofeteaba a los presentes con su atuendo fuera de serie, inesperada, con los ojos idiotizados, apuraba un trago, codiciosa, salaz. Los colores, poco a poco repuestos en el rostro mofletudo, le devolvían la confianza, la sosegaban, le insuflaban ánimo. Ella se encorsetaba, atomizaba su cuerpo de Caleche, se ajustaba convenientemente la peluca, echaba mano del spray de baño y le devolvía al ambiente su frescura perdida, borraba las huellas de sentina del excusado. El pekinés ladraba de nuevo, bloqueaba la conversación doméstica de la anfitriona, la bufanda, el sari y la chica forzosamente incorporada al grupo. Hoy no se puede confiar en el servicio —decía la beneficencia, abandonaba su preocupación filantrópica—, es un oficio que ha degenerado, está lleno de insolentes y despilfarradores. Hay en Jarabacoa unos campamentos de verano excelentes para los niños —añadía la bufanda, cerraba los ojos, buscaba el sello de Dior—, una los envía allí y se desentiende por completo; los chicos reciben toda clase de atenciones. El gimnasio tiene nuevos aparatos para mantener la figura —comentó el sari, elogiándose—, hay vibradores, rolos electrónicos: una maravilla. No se puede comprar en boutiques criollas —dijo la chica entre leves eructos de alcohol—, hay que darse viajecitos a New York y Miami. El vestido oscardelarenta hizo su entrada en el salón, lo acogieron voces amigas, lo invitaron a sentarse, le ofrecieron un coctel. Aceptó, trató de acomodarse lejos del pekinés. Miró al general, como sugiriéndole que ya se sentía mejor, se hundió en el sillón, casi olvidó la pesadilla del baño. Los criados colocaban las bandejas con la picadera. Casi de inmediato, los invitados extendieron los brazos: metieron las manos en las fuentes rebosantes de papitas, trincharon los jamones rellenos de queso, hincaron los dientes en las aceitunas negras, el pekinés se apoderó de una salchicha que le arrojó su dueña, los invitados se llenaron los puños de maní, de semillas de cajuil, se les hizo agua la boca con las berenjenas en vinagre y los pickles, crujieron los chicharrones en la boca del porsche, la bufanda lamió un pepinillo, la chaqueta deportiva engulló albóndigas. El guacamayo viejo observaba, feliz, la escena, mientras la beneficencia aplaudía tanto apetito, la bufanda se atragantaba con un palito de queso, el vestido oscardelarenta sorbía su coctel, la cabeza engominada trituraba maníes y les echaba el ojo a los senos de los idiotizados blue-jeans que miraban al vestido oscardelarenta que miraba a la cabeza engominada que se hacía la zonza al saberse vigilada. Por unos instantes el grupo enmudeció, sólo se oía el chirriar de dientes, el gluglutear ansioso de las gargantas. De vez en cuando alguno profería una frase de elogio y celebraba la exquisitez y el buen gusto de los anfitriones. Éstos, saboreando la escena, pensaban en la admiración que el comedor provocaría en los invitados, y el guacamayo viejo calculaba el deslumbramiento que causaría el plato principal y su alegría no podía ser mayor: zapateaba y sorbía un trago de la rara mezcla que había continuado preparándose.
Sin que les dejaran engullir por completo la picadera, los invitados fueron llamados a pasar al comedor, con graciosos sonidos de campanilla. El maitre, vestido con un frac algo bayo por el uso, los recibía a la puerta del lujoso comedor, con una sonrisa estereotipada. Todo había sido dispuesto con el mayor cuidado. Una soberbia decoración sorprendió a los invitados. Había porcelana de Limoges y un mantel bordado cubría la gran mesa. Como adorno central de la misma, hicieron colocar esmerados arreglos florales a base de margaritas silvestres. La vajilla de plata y los vasos y copas de cristal de roca se hallaban dispuestos, esperaban ser usados por el grupo. Los anfitriones, muy solemnes, invitaban a los presentes a sentarse, de derecha a izquierda, desde el fondo del salón hasta dar la vuelta completa a la mesa rectangular, en el siguiente orden: el anfitrión, la esposa del anfitrión, el alto funcionario, la esposa del alto funcionario, la cronista social retirada, el general, la generala, el joven industrial, la chica. Una mirada del anfitrión bastó para que el maitre ordenara la entrada de otros antipastos, con un ademán que aquél juzgó demasiado afectado. Los criados sirvieron las anchoas, los trocitos de pulpo, los cocteles de camarones, y después trajeron un humeante caldo pardusco que abrió aún más el apetito de los comensales. El general, haciendo gala de una torpeza que no había podido superar ni siquiera en su estadía en West Point, manchó, de entrada, las insignias de su pecho. Esta situación generó cierto desasosiego en la generala, quien de repente sintió que le volvían los dolores del hipogastrio. La esposa del alto funcionario, luego de unas cuantas cucharadas, se excusó y fue a dar al baño, aterrada por la idea de que la peluca pudiera zafarse y caer en la alcuza de caldo. El alto funcionario se mostró imperturbable ante la salida de su mujer, aunque sabía perfectamente adónde iba y cuál era el propósito de su repentino viaje. Continuó sorbiendo el líquido sonoramente, como si nada le preocupara. La chica, medio borracha ya, reía estrepitosamente y le guiñaba un ojo al maitre, le señalaba la copa vacía, le sugería que trajera el vino. El maitre pareció despertar de un sueño y descorchó las botellas. Acostumbrado a servir en casas de embajadores y ministros, titubeó al elegir entre vinos franceses, españoles e italianos. Tal vez molestara a algún extranjero presente la omisión de su país. Miró las caras de todos y pensó que ningún indicio permitía colegir que fuesen europeos. Sin duda se trataba de dominicanos de pura cepa: de ser así, no tenía que preocuparse, la selección de un vino francés no le haría quedar mal, y echó mano de un Chateauneuf-du-Pape. Lo francés, pensó, es el foco de atención principal de los nuevos ricos. El industrial acechaba, de hito en hito, la atrevida actitud de la chica, la vergüenza en que lo sumía en aquel momento en que los ojos se levantaban de los platos de caldo para fijarse en ella. Poco después, la voz de guacamayo viejo se elevó por sobre los murmullos y risitas y anunció el plano de la noche: mouton róti aux pommes frites, preparado por el chef, especialmente ideado y dirigido por el propio anfitrión. A nadie le pareció aquello un desbarro. Todos pensaron en un suculento plato francés cuya originalidad radicaba no en el exotismo, sino en la exquisita selección y preparación. La cronista, con un suspiro, se planteó de inmediato su retorno a la crónica social, pretextando una reseña sobre la fiesta a la que asistía. En esa crónica daría cuenta de cada pequeño detalle allí observado. Ya se hacía la idea de varios artículos: uno de ellos ponderaría el decorado, aunque por fuerza tuviera que omitir las muestras de mal gusto de que había sido testigo; otro lo dedicaría a la descripción de los personajes (así podría vengarse de algunos enemigos); y, por supuesto, no faltaría otro dedicado al manjar que ahora anunciaba el anfitrión. Trajeron una enorme bandeja en el momento en que hacía su aparición la esposa del alto funcionario y, acto seguido, salía la generala dejando tras de sí el inconfundible aroma de su perfume francés. La fascinación prendió en los invitados al observar aquella maravilla culinaria: carnero asado, puesto en un césped de papas fritas y hojas de lechuga. La originalidad e imaginación del anfitrión no pudo menos que arrancar frases de elogio de parte de los presentes, que por un momento no se atrevieron a moverse de sus puestos, estupefactos ante aquel prodigioso asado. El general pateó de contento a hizo sonar sus insignias, aprovechando que su mujer había salido. El industrial contempló el cuerpo del carnero horneado y pensó que la ingestión de la carne tal vez le restituyera la potencia sexual perdida. Eso lo había oído en algún lugar. La chica admiró con palabras sinceras la perfección del asado, juzgó muy apropiado el aderezo. La esposa del alto funcionario pidió la receta a la anfitriona y ésta le contestó que el hallazgo era competencia total de su marido, a quien habría que condecorar por aquella genial idea. Todos rieron. El alto funcionario preguntó dónde podía comprarse ese tipo de carne, pues era obvio que los anfitriones habían recurrido a una carnicería exclusiva, todavía no muy del dominio público. El anfitrión asintió y habló para decir que al final de la fiesta todos conocerían el secreto de su hallazgo si se portaban bien y le hacían el honor de probar el asado. Los criados celebraban en silencio el privilegio de compartir, aunque fuese con los ojos, aquella prodigalidad de su amo, confiados en tocar alguna porción de restos cuando los invitados se satisficieran. El maitre escanciaba el vino en las copas, al tiempo que el anfitrión trinchaba la carne jugosa, el pekinés gruñía de contento, la anfitriona se lamía, de satisfacción, los labios, el general pateaba, el industrial sentía un calor estimulante en las venas, la chica reía, la esposa del alto funcionario agarraba el cuchillo y el tenedor y miraba los pedazos de carne que se desprendían del hermoso asado. Su marido la emulaba, movía los ojos nerviosamente. La generala reingresó en el comedor y tomó asiento. Cada vez que el cuchillo penetraba en la pringosa superficie del asado saltaban chisguetes de mayonesa, se escapaba algún pimiento aprisionado en una zanja, se oía la crepitación de la piel tostada, convertida en chicharrón, emanaba alguna esencia de salsa china que a todos atolondraba. El vino acentuó el tono de la alegría, los chistes eran cada instante más chispeantes. La esposa del alto funcionario le recordó al anfitrión su promesa de hacerle llegar la receta. La generala pidió un pedazo de muslo para llevarlo a casa. Los hombres exigieron licores para asentar el plato. Se sirvieron licores de frutas y brandy y los hombres fumaron cigarros y cigarrillos americanos. La cronista soñaba con un título cariñoso para su artículo primero: inolvidable fiesta íntima. El pekinés le exigía otro pedazo de carne y amenazaba con dejar sin cena a los criados, quienes, pacientes y modosos, aguardaban el fin de la misma para hacerse cargo de los restos. Después de algunos minutos de conversación los invitados pasaron al salón nuevamente. Reinaba la alegría y nadie había advertido el cambio que ya se operaba en todos. La primera en notarlo fue la esposa del alto funcionario, quien se acercó al espejo del salón a comprobar si su peluca se hallaba en correcta posición. su sorpresa no fue poca al comprobar el repentino cambio de color de su piel. Pensó que quizá tanto vino le hacía creer en una mutación inexistente. Y llamó a la generala para constatar que ésta se hallaba también afectada por el fenómeno. Ambas se miraron al espejo y observaron sus respectivos colores: escarlata y glauco. Rieron de buena gana y lo atribuyeron al Grand Marnier de sobremesa. Cuando el general se acercó, curioso ante la repentina alegría de su mujer, se vio convertido en una figura color sepia, lo cual no dejó de indignarle y juzgó dudosa la calidad del blanqueador que hacía años aplicaba sobre su piel para atenuar la negrura. En unos minutos todos se agruparon frente al espejo y admiraban su nueva identidad. El alto funcionario parecía atacado por el escorbuto, teñido por una tonalidad gualda. El industrial se veía de añil. El anfitrión de ámbar. Las mujeres parecían más contentas, como si probaran nuevos maquillajes: la chica de lila, la esposa del anfitrión de púrpura y la caquéctica cronista de carmelita. se escudriñaban, se frotaban la piel sin resignarse a su nuevo color. Al principio hubo un barullo y algunas expresiones de descontento del industrial y la generala por el color que les había tocado en suerte. Alguien dijo que estaban completamente borrachos y eso les hacía ver visiones, que lo del color era la prueba irrefutable de lo que decía. otro sugirió rabiosamente que los anfitriones habían jugado sucio al poner un ingrediente extraño en el asado. En seguida los dueños de la casa protestaron con energía, pero se dejaron interrumpir por la chica, quien propuso a todos que se desnudaran para combatir el miedo y verificar si la coloración era uniforme en el resto del cuerpo. La generala y la cronista recibieron la propuesta como un insulto, una porque no quería descincharse el corsé y la faja y la otra porque debía mantener en secreto la vergüenza de sus huesos. Casi se acercaron a la muchacha para golpearla, pero los hombres armaron un vocerío de aprobación que acalló a las inconformistas. Aunque deseaba con vehemencia participar en el juego, el general pensó en su responsabilidad militar, que le impedía prestarse para actos semejantes. Pero luego pensó que aquella era una fiesta privada y nadie tenía que enterarse ni exigirle una conducta rígida, y además, quería ver qué tal era la borrachina aquella que tanto le había coqueteado durante la noche. Repentinamente se fue la luz y no se oyó a nadie lanzar las imprecaciones que suelen mascullarse cuando ocurre un apagón. Alguna mano había interrumpido la energía eléctrica, dejando el salón en penumbras, con la luz violácea que la noche proyectaba a través de los cristales. Se oyó un rasgueo de cremalleras, el sonido atrevido de un vestido de georgette, el murmullo de la gabardina y otras telas nobles, el tableteo apagado de los tacones, el mugido de alguien que luchaba por deshacerse de una prenda íntima, una que secreteaba pidiendo auxilio, otro que se lanzaba en un diván acompañado de alguien, entonando ambos un cuchicheo desigual. Hermanados en la penumbra, los cuerpos se desplazaban hacia los rincones, las parejas se acomodaban. La voz de guacamayo viejo ordenó otra ronda de licores, decisión que fue aprobada por los demás. Muy de cerca, por entre las cortinas, los ojos curiosos de los sirvientes captaban pedazos de la escena final: vieron la sombra de un hombre alto y fornido discutiendo con una sombra bajita y rolliza. Vieron al amo, ayudado por el ama, que ajetreaba entre las sombras, llevaba tragos, complacía a todos. Vieron una silueta delgada de mujer y otra masculina acariciándose cerca de una columna. Vieron una sombra laminar que daba vueltas por el salón y se sentaba al piano, tornaba a ponerse de pie, seguida en sus movimientos por una sombra de cuadrúpedo. Oyeron cómo los ruidos iban encendiéndose en el diván, junto a la ventana, y cómo la sombra gordinflona se iba a dormitar a un sofá después de unas cuantas palabras groseras entre ella y la sombra del hombre alto y fornido. Vieron la silueta de este mismo hombre que buscaba la compañía de la sombra laminar y que ésta lo rechazaba con violencia y se quedaba acariciando la sombra del cuadrúpedo. Vieron la misma silueta fornida que se acercaba a la silueta delgada de mujer, que golpeaba a la silueta masculina que la acompañaba. Vieron cómo las sombras del diván se quedaban dormidas, oyeron a otra roncar en un sofá, vieron una puerta que se cerraba y la silueta fornida y la silueta esbelta que desaparecían. Y vieron cómo la sombra laminar acariciaba la sombra del cuadrúpedo y lloriqueaba, lloriqueaba amargamente mientras del reloj de péndulo salían doce campanadas que anunciaban la inminente entrada de un nuevo día.