como una noche con las piernas abiertas
La interminable fila avanzaba con lentitud exasperante. Pensé que sólo la morbosidad causada por los anuncios atraía tal muchedumbre a un film de Bertolucci, pues me negaba a aceptar que los causantes de aquel barullo fueran el viejo Brando y una actriz prácticamente desconocida que podía ser su hija. Había demasiada gente y temí no conseguir donde sentarme. Caía una llovizna incómoda y entre tantos cuerpos sudados afanando por entradas empezó a circular un vapor pegajoso que engomaba la ropa a la piel obligando a muchos a darse por vencidos y salir de la cola echando pestes.
Ella estaba justo delante de mí y yo hacía esfuerzos por mantener una distancia razonable entre los dos, amortiguando los empujones para evitar un bochorno.
—Perdone, señorita —me disculpé cuando el choque fue inevitable—, todo el mundo quiere entrar al mismo tiempo, mire…
—No se preocupe, señor —dijo—. No es el afán por ver la película lo que provoca este despelote, sino el temor al diluvio que viene.
Miramos hacia el cielo rojizo que tronaba preludiando un aguacero rabioso. Me quedé pegado a su cuerpo, como si me perteneciera. En un relámpago había visto sus ojos amarillos, su nariz respingona, su boca diciéndome «no se preocupe», y ahora no le importaba el roce de mi cuerpo excitado con el suyo. «Si Elena lo sabe —reflexioné— me saca los ojos».
—Señorita, si quiere le compro su entrada y usted me espera allí —señalé el atestado vestíbulo del cine—. Dígale al portero que la deje pasar, que ahorita usted le entrega su boleto.
Salió de la fila y entonces pude apreciarla mejor. Era delgada, más bien pequeña que mediana, de piernas hermosas y andar resuelto. No huía de la lluvia, caminaba sin prisa complaciéndose en marcar sus pasos, muy segura de lo que hacía. La perdí de vista en el instante en que me acercaba a la taquilla, donde el forcejeo resultaba insoportable. Todos queríamos meter mano entre las rejas de la boletería. Después de aguantar unos empellones más obtuve las entradas y escapé indemne de la fila.
—¡Por fin! —exclamé, sacudiéndome la camisa.
Ella vestía de negro, con un suéter de escote bajo y una minifalda ajustadísima.
—Olvidé darle el dinero de mi…
—Oh, no es nada —la interrumpí—, yo invito.
Tenía pestañas enormes, cejas finas delineadas al natural, orejas chiquitas con unas dormilonas…
—Ni siquiera sabe mi nombre.
… dientes blancos y parejos —un poco levantados los de arriba—, la cara sin maquillar…
—Bueno, es muy fácil, me lo dice y ya está.
… el mentón simétrico y labrado, las mejillas algo achinadas donde unos hoyuelos festejaban la sonrisa.
—Carolina.
Lo dijo mostrando unos ojos de entrega que pretendían refugiarse tras los mechones castaños que le caían sobre la frente, moviendo unos labios que convidaban a la mordida.
—Y acepto —agregó— si me deja brindarle un refresco.
En el cuello delgado refulgía un lunar grande y saltón, y tenía otro diminuto en el pecho, muy cerca de los senos que se erguían desafiantes, bajo la negrura del suéter. Carolina sonrió, acercándose a mí con irresistible picardía.
—Aún no me has dicho tu nombre —susurró—. ¿Cómo te llamas?
—Emilio.
Detesto las gaseosas pero no podía rehusar la oferta, y quizás por la sed me agradó el primer sorbo de aquel líquido dulzón. Nos sentamos en una fila trasera. Faltaban unos minutos para que empezara la proyección y el cine lucía abarrotado. Me alivió no encontrarme con ningún conocido.
—Emilio, tuvimos suerte.
Su voz me hacía olvidar los sofocones de la fila, el sudor y el agua que me corrían y la presencia de tanta gente atropellándose para encontrar asiento.
En el aire refrigerado de la sala ondeaban las tensiones que producían las imágenes en los espectadores. Había un silencio pesado, angustioso. Brando se engrandecía con una actuación soberbia, inquietando con aquellas memorables escenas en las que acorralaba a su amante y la hacía sufrir y gozar con sus embestidas brutales. Carolina, muy atenta a lo que ocurría en la pantalla, no me miró ni una sola vez. Permanecimos callados durante la proyección y en un par de ocasiones, sin que ella lo notara, me puse a observarla detalladamente. Deslicé una mano nada ingenua sobre la suya y ella no se movió. En su piel suave latía una provocación de gata consentida. Ahora no necesitaba verla, me bastaba con el ardor de su piel. De nuevo recordé a Elena, que estaría esperándome en casa, leyendo alguna novela aburrida y fumando un cigarrillo tras otro hasta que el sueño la venciera.
Cuando acabó la película el aguacero estaba en su buena. No podíamos ver más allá de tres metros fuera del cine. Un gentío impedía la salida de los que se arriesgaban a pescar un resfriado.
—El diluvio —dijo Carolina, sacando un pañuelo de la cartera.
—¿No te importa salir así? —pregunté, tomándola del brazo.
—No. A mí me gusta la lluvia —se pasó el pañuelo por la cara, mirándome con ojos traviesos que decían: «Vamos a hacer un disparate».
De repente un apagón dejó todo a oscuras, precipitando la estampida de los indecisos. Cruzamos la calle chapoteando, dejando que la lluvia furiosa nos empapara. Íbamos de manos, igual que dos muchachos que saltan bajo el aguacero de un viernes cualquiera. Encontramos mi carro a punto de zozobrar en el río que bajaba por la cuneta. Al entrar besé a Carolina con ímpetu que de seguro no esperaba. Nos besamos sin hablar: la carne humedecida lo hacía por nosotros gritando sus vehementes contraseñas. Carolina tenía unos labios esponjosos y una boca ávida y entrenada que saboreaba la mía buscando un punto de equilibrio en su exploración. Sentí el calor de su cuerpo mojado y aspiré complacido los últimos efluvios de una fragancia de magnolias adherida a su piel, cuyo sabor de almendras confitadas despertó mi gula.
Los vidrios del carro se habían empañado y me creí a salvo de miradas indiscretas. Desde afuera venían los ramalazos de luz de quienes manejaban de sur a norte, navegando en la calle inundada.
—Esta ciudad no tiene nada que envidiarle a Venecia —comenté burlón.
Carolina sonrió. Prendí el carro y quise calentarlo para no quedar varados en un charco, al tiempo que cedía el paso a los que agonizaban por salir de aquel lío.
—Te invito a un trago en un lugar tranquilo —propuse, calculando una forma lógica de escabullirnos de la confusión, los bocinazos y luces cegadoras de vehículos impacientes.
—Me parece buena idea —dijo ella con naturalidad.
Bajé un poco el vidrio para ver las góndolas a la deriva que se desplazaban penosamente en el canal anegado de la calle. Carolina, descalza, secaba sus pies con el pañuelo. Tuve deseos de fumar, busqué los cigarrillos creyendo que aprovecharía alguno, pero estaban ensopados. Lancé la cajetilla inútil al asiento de atrás, mascullando una grosería.
—¿Qué te pareció la película, Carolina?
—No la entendí —confesó sin rubor—. Además, qué pesimista, sobre todo ese final tan atroz.
Había captado algo, sin duda. Me gustaban su espontaneidad, su manera de decir las cosas sin premeditarlas y el valor de presentarse tal como era, dejando al descubierto encantos y limitaciones.
—Y a ti, Emilio, ¿te gustó?
—Mucho. Aunque en algo estoy de acuerdo contigo: es deprimente, como el mundo actual.
Atravesamos algunas calles hasta llegar al Parque Independencia —un pulmón cercado que no descansa—, donde supuse que conseguiría cigarrillos, pero no vi un solo paletero en los alrededores y las cafeterías trasnochadoras habían cerrado sus puertas para evitar posibles daños en el temporal. En la 30 de Marzo nos libramos finalmente de la inundación. Manoseé las piernas de Carolina, que se escurría el pelo y me dejaba sobar, como si estuviera habituada a ese tráfico de caricias. Enseñaba unos muslos firmes, unas masas resbalosas y compactas que frotaban mi atrevida mano en un juego que sabía mucho a predicción. En la 27 de Febrero nos detuvo el semáforo en rojo.
—¿A dónde vamos? —percibí una nota de impaciencia en su voz.
En realidad no había determinado a qué motel iríamos. La ciudad, rodeada de ellos, ofrece escondites para cada gusto, ocasión y bolsillo. Estábamos en un cruce importante, podíamos ir hacia cualquiera de los puntos cardinales y en todos encontraríamos albergue y discreción a cambio de una módica suma. Pensé en una madriguera cercana y decente.
—A un sitio que te gustará mucho —dije, poniendo el pie en el acelerador cuando la luz verde nos dio paso.
El motel —un conjunto de casitas individuales rodeadas de árboles— resultó más cómodo y reservado de lo que esperaba. Cruzamos un ancho portón y yo bajé la ventanilla hasta la mitad para divisar una cabaña vacía. La lluvia había amainado y la brisa refrescaba la atmósfera, aliviándonos de la opresión del calor. Carolina recostó la cabeza en mi hombro y su mano se acurrucó bajo mi camisa mojada. Las casitas parecían desiertas aunque todas esas ventanas iluminadas desmentían la supuesta soledad del lugar. Al fondo, algo perdida entre unos pinos, hallamos una cabaña disponible. La puerta del garaje comenzó a cerrarse automáticamente poco después de que estacionara el vehículo. Entramos y sin darle tiempo a decir nada cogí a Carolina por la cintura y la apreté contra mi pechó. Nuestras bocas ansiosas se buscaron en la oscuridad. De pie, mojados aún, incómodos aunque bastante enardecidos como para ignorar detalles indeseables, la avidez nos devoraba. A tientas busqué y oprimí el interruptor y en una esquina de la salita se encendió una lámpara.
En la habitación contigua nos tumbamos en la cama —dos felinos retozando antes de la cópula—, arrancándonos las ropas que estorbaban las caricias, lamiéndonos, degustando los sabores que fluían de cada milímetro de piel, con nuestros cuerpos soldados en un abrazo tierno y salvaje a la vez, dejando que la nariz, atrapada por la glotonería del olfato, se emborrachara de emanaciones agridulces, de esencias de almendras confitadas, agua de magnolias, sudor, gotas de lluvia, saliva, y descubriera posibles secretos, necesidades ocultas, deseos que activaban el ritmo de nuestros movimientos ondulatorios, el balanceo de la entrega y el reclamo, lo cóncavo y lo convexo en un diálogo de afirmaciones y negaciones, la desnudez pulposa que me arrastró a descender de la boca insaciable a los senos jugosos y duros, de anchos pezones morenos que enviciaban en cada mordisco, y de allí a la elástica región bajo la cual dormían los órganos de la vida, y de allí al sinuoso laberinto de pliegues intrincados que nunca llegamos a conocer del todo: portal del mundo, corola carnívora, recámara sin salida, región donde chupé los generosos líquidos marinados de Carolina, que pedía más y más y gemía mientras sujetaba mis greñas, encadenando las piernas sobre mi espalda, rogándome que no la dejara sola en aquel instante único, que ya venía lo bueno, se acercaba el final, el triunfo efímero igual que un disparo, violento como las percusiones de una ráfaga, y entonces la cabalgué, penetrando al pórtico misterioso que ya era mío, embrujado por esa inagotable fuente en la que no cesaba de abrevar, esa marisma en la que me perdía, viendo el retrato de Elena en su cara transformada, respondiendo a mis estocadas con la voz sensual de Elena, buscándome con los brazos de Elena, los errantes ojos de Elena, sus pestañas enormes abanicando el goce, la misma contracción jubilosa de la boca de Elena en el momento supremo del placer, cuando al unísono Carolina y yo nos identificamos por completo en medio de los estertores cruciales.
Carolina, bajo mi cuerpo sudado, tenía una expresión melancólica, respiraba serena, con una leve fatiga estampada en los ojos claros de brillo intenso, sus dedos enredándose en mi pelo revuelto, en los vellos de mi torso, dibujando la línea de mis labios que recorrían su cara en la paz infinita que sigue a la descarga. Busqué una posición cómoda para ella, colocándome a su lado sin perder la tibieza de su cuerpo pequeño y bien formado que yo no paraba de acariciar. Me inquietaba la fantasía con Elena, su imagen y la de Carolina mezclándose en las rotaciones deliciosas, invadiendo con su recuerdo mi clandestina intimidad.
—¿En qué piensas?
—En un cigarrillo y un trago —mentí—. Ya es hora de que bebamos algo, ¿no te parece?
—Muy bien. Mientras tanto yo voy al baño —respondió.
Al levantarse de la cama la contemplé de cuerpo entero. Pocas veces había visto una figura tan armoniosa, casi como la de Elena cuando nos casamos…
—¿Qué te gustaría tomar?
… Un cuerpo sin ningún exceso, nada fuera de lugar, los cabellos lacios recortados a la altura de los hombros, los brazos finos y proporcionados, la espalda trazando un arco que se hundía en las frondosas nalgas bien torneadas, los muslos redondos unidos a las piernas por unas articulaciones flexibles que daban a su caminar ese paso distintivo.
—Cerveza —dijo, perdiéndose en el baño.
Por el intercomunicador pedí una fría, cigarrillos y fósforos. Sentí un temblor, estornudé, me cubrí con la sábana. Desde el baño Carolina me pedía que la acompañara. Me armé de valor y de un salto fui a complacerla. Allí el cambio de temperatura me erizó la piel, estornudé de nuevo, y Carolina, burlándose, me mojó para que acabase de decidirme. La ducha tibia me encantó. Sostuve a Carolina entre mis brazos y cerré los ojos para eternizar aquel presente irrepetible, antes de que iniciáramos un ritual de espuma, pompas de jabón, frotaciones y nuevas búsquedas.
Me secaba cuando sonó el timbre anunciando los cigarrillos y la bebida.
—¡Ceniza de verdad! —dije, contento, al destapar la botella.
Llené dos vasos, le pasé uno a Carolina, que salía del baño envuelta en una toalla, con otra de turbante en la cabeza. Sin dejar de mirarla tomé de un tirón el contenido del vaso y después encendí un cigarrillo. Respiré hondo disfrutando del humo, de esa sensación de bienestar que se había apoderado de mí.
—Tienes una cara de felicidad envidiable —lo dijo sentándose en la cama, quitándome el cigarrillo de los labios.
—Soy hombre fácil de complacer.
Se le encendieron los ojos de gata mimosa, noté el fuego de la curiosidad que llameaba en sus pupilas, sus mejillas de pomarrosa, su nariz respingona, su boca entreabierta buscándome otra vez.
—¿En qué trabajas?
—Soy abogado —puso cara de incrédula—. Te voy a dar esto por si algún día necesitas mis servicios profesionales.
Busqué la cartera, saqué una tarjetita de presentación y se la entregué, lamentando en mis adentros la metida de pata. Al revelar mi identidad destruía la fascinación de las cosas prohibidas.
—Yo soy secretaria, pero no tengo tarjeta —la sonrisa le marcó los hoyuelos.
Tuve miedo de que empezaran las confidencias y traté de impedirlo. Apagué el cigarrillo, besé a Carolina, bebimos más cerveza. Regresamos a las caricias, los viciosos contactos que encandilaban nuestro ardor: boca contra boca, labios y susurros en la oreja, sus párpados entreabriéndose, sus manos enlazadas a mi espalda, mis manos viajeras acomodándose en lo tibio y lo suave, pasando de un contorno a otro con pereza de gusano de seda, otra vez la imagen de Elena, su cuerpo ligero galopando sobre mi tronco con palabras de arrebato, los gemidos de Elena, el pelo alborotado, la piel sudorosa, la respiración anhelante, la lujuria de Elena, mi cuerpo oprimiendo el suyo, buscando la entrada, prisionero voluntario que se dejaba vencer gustoso por Carolina o Elena, dos, tres, cuatro veces, en ceremonias que tenían mucho de iguales y eran sin embargo tan distintas.
Debí quedarme dormido en una de esas pausas que seguían a la hartura y en que nos sumergíamos en cerveza y humo a tonificar el deseo. Carolina se había esfumado y me pinchó un vacío en el estómago cuando vi mi cartera abierta sobre la mesa de noche. Pero allí encontré todo: dinero, tarjetas, licencia de conducir. Apoyé la cabeza adolorida sobre la almohada y entonces vi su nota, escrita con letra menuda en una servilleta:
Emilio:
Lo pasé divino, gracias por todo. Prometo llamarte luego para saber si llegaste bien.
Carolina
Se había desvanecido sin preguntas ni exigencias, sin apoderarse de nada. Tal vez, igual que yo, encontrara en la aventura de una noche anónima alguna compensación a la vida sin alicientes de quienes habitamos esta ciudad con cabeza de hidra. Eran las tres y media. Me vestí —todavía con el sabor de Carolina en mi boca, su olor pegado a mi nariz—, pagué la cuenta y volví a las calles sin lluvia donde aún corrían arroyos de agua lodosa, a las avenidas solitarias y oscuras, a la transparencia fugaz de la atmósfera en los inicios del sábado, a disfrutar de aquel cielo despejado que casi me hace creer en la felicidad si no hubiera sido porque en la intersección de dos grandes vías una muchachita de cara sucia y desvelada me ofreció un ramo de claveles marchitos por un peso.
Manejé sin rumbo fijo, asido a la ilusión de aquel encuentro fortuito. Serían las cinco cuando llegué a casa. Me quité los zapatos para no despertar a Elena y con la facilidad de un ciego que conoce al dedillo su mundo de tinieblas caminé a nuestra habitación, me acosté, me tapé con un canto de sábana. En el patio gorgoteaba monótona y adormecedora una cañería, croaban las ranas en la yerba húmeda y los tiestos de matas, el perro husmeaba celebrando el despunte de la aurora. Elena despedía una delicada fragancia de almendras confitadas, las sábanas olían a esencia de magnolias, las manos cálidas de Elena comenzaban a buscarme instintivamente, ceñían mi cuello, sus piernas apresaban mi cuerpo como dos tenazas, ahora era Carolina la que me asaltaba con un abrazo que yo recibía sin oponerme en la complicidad de la madrugada, dejando que Elena me abrazara con manos ansiosas y respiración jadeante, empezara a morder mis orejas, apretara mi garganta, atara mi cuerpo con la sábana, se echara sobre mí tapándome el rostro con la almohada, cortando mis accesos de aire, asfixiándome…
—Emilio, ¿qué te pasa? —Elena me despertó—, ¿tienes pesadilla?
Abrí los ojos, me incorporé, agitado y dudoso. Elena encendió la lamparita de su mesa de noche y apareció su cara soñolienta preguntándome si quería un vaso de agua, pasándome por la frente una mano tierna.
—No, estoy bien —dije—, vuélvete a dormir, no te preocupes.
—Cenaste mucho —comentó, sin percatarse de la hora, y continuó durmiendo como si no se hubiera despertado.
Estaba confuso, con las vivísimas escenas de una orgía muy larga aún bullendo en mi mente, una ilusión fugitiva, un desahogo de la imaginación. Me levanté —advirtiendo mi absoluta desnudez—, me puse la bata, encendí un cigarrillo y fui a la ventana con andar de sonámbulo, reconstruyendo los episodios de mi sueño. En el patio, la cañería de desagüe acarreaba lluvia y espejismos nocturnos, croaban las ranas en los rincones mojados, el perro cumplía su papel de centinela al pie de la letra. Me quedé mucho tiempo ante la ventana, fumando, abstraído en las claridades del alba, dándole vueltas a mi cabeza. Sonó el teléfono, corrí hasta mi mesa de noche y levanté el auricular…
—¿Quién es? —preguntó Elena medio dormida, anclada todavía en el sueño.
—Nadie —dije, cerrando la comunicación—. Marcaron un número equivocado.
Desconecté el aparato, me derrumbé turbado en la almohada, con el recuerdo de Carolina zumbando en mis oídos, su presencia tan nítida en medio de Elena y yo, entre aquellas sábanas que exudaban un inconfundible olor de magnolias y almendras confitadas.