normal
Fue normal que con el paso de los meses, ya no te levantaras conmigo a desayunar porque tu horario te permitía dormir una hora más.
Te fui conociendo como la palma de mi mano y yo era un libro abierto para ti, así que fue normal que nuestras interminables charlas salvamundos o freudianas donde llegaba a asustarme de la oscuridad por lo profundo que llegábamos, se trasformaran en películas compartidas o series de moda que devorábamos.
Cuando compramos la segunda tele y ya tuvimos un cuarto propio para cada uno donde tú vieras tus películas y yo viera mis series, también me pareció normal. Polos opuestos se atraen por lo que no hay que compartir sino complementarse.
También fueron normales aquellas vacaciones que hicimos por separado cada uno con sus amigos, porque después de tantos años nos las «merecíamos».
Casi lo que me pareció anormal fue cuando llegó Susana y volvimos a revolotear el uno encima del otro, rozándonos distraídamente al cruzarnos por los pasillos, buscándonos en la oscuridad que sucede tras el «¿apagas la lámpara?».
Por lo que me pareció normal que con las semanas se volviese a enfriar y ya nos dedicásemos a lo que tenía que ser nuestra pequeña prioridad.
Casi hasta me sorprendió cuando llegó Miguel porque no podía recordar cuándo. Así que me pareció normal que tras su nacimiento la cuarentena se convirtiera en mesena y que la habitación se llenase de sombras sin que tus manos me buscasen como para asegurarse de que estaba allí.
Enfrascados en ellos, los años pasaron y cuando ya su adolescencia los separó de nuestras faldas, me pareció normal que tú te apuntases a lo de la Réflex y yo a lo de escritura, me pareció normal que la rutina nos llevase a no darnos un beso al llegar de los cursos y que charlas fuesen cambiadas, tú por tus novelas, yo por mis relatos, tú en tu cuarto, yo en el mío.
Teníamos una relación normal, todos los pasos fueron los comunes. Así que cuando aquella soleada tarde me dijiste eso tan común de «Cariño, tenemos que hablar», me pareció normal.