nada
Despiertas de madrugada. Tan rápido como puedes das la luz.
Nada.
Otra noche de desvelo. Pero estás segura, lo has oído, bueno… lo has sentido.
Vuelves a revisar toda la habitación con la mirada. Aún no te atreves a salir de la cama.
Nada.
Poco a poco el corazón se va tranquilizando y empieza esa sensación de ridículo de tantas noches, tantos años.
La vergüenza torna en ira y te ridiculizas a ti misma viéndote como una adulta asustadiza e infantil. Pero no puedes evitarlo y con la agilidad de la rutina aprendida, te levantas de la cama, abres el armario y miras debajo de la cama, a sabiendas del resultado.
Nada.
35 años y ya ni recuerdas como empezó pero te gustaría saber cuándo terminara, cuando pasará un mes completo sin una noche de desvelo.
Vuelves a la cama enfrascada en tus razonamientos y debilidades. Con la mano en el interruptor echas la última mirada.
Nada.
Cuando la habitación se cubre de oscuridad y sombras. Los ojos de él la miran impotente. Impotencia de un amor imposible, de no poder dejarla cuando llegó el momento, de no poder explicarle que los monstruos de debajo de la cama, desaparecen a la luz de las lámparas.