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john updike

hacia la separación

El día era claro. Brillante. Durante todo el mes de junio el tiempo se había estado burlando de la miseria interna de los Maple por medio de un sol rotundo; sus conversaciones se habían arrastrado entre tallos dorados y cascadas de verde, ciegas a su entorno, y su ser susurrante y triste había sido la única mácula en la naturaleza. Para estas fechas, normalmente, estarían ya bronceados, pero cuando fueron a recibir a su hija mayor al aeropuerto, a su vuelta de una estancia de un año en Inglaterra, estaban casi tan pálidos como ella. Judith, sin embargo, deslumbraba por el soleado y opulento desconcierto que halló en su tierra natal, no reparó en este detalle. No arruinaron su retorno diciéndoselo inmediatamente. Esperar unos días, dejar que se recuperase de su reciente reclusión en el aire, había sido una de sus consignas en el curso de los grises diálogos junto al café, a los combinados, al Cointreau— que habían conformado la estrategia de su separación. En aquellos días, entre tanto, la tierra había dado cumplimiento a su prodigio anual de renovación, que se había visto detenido ante sus ventanas cerradas. Richard pensaba abandonar la casa en Pascua, pero Joan insistió en que esperara a que los niños estuvieran al fin juntos, a que hubieran terminado los exámenes, a que hubieran cumplido con las ceremonias de fin de curso, y a que la minucia del verano pudiera consolarlos. Richard, por tanto, se había entregado de lleno, con amor y temor, a reparar las pantallas de malla de las ventanas, a afilar la segadora mecánica, a nivelar y reparar la nueva pista de tenis.
La pista, de arcilla, había salido de su primer invierno con numerosas mataduras y despojada de su revestimiento rojo. Los Maple habían observado años atrás cuán a menudo, entre sus amigos, el divorcio venía precedido por dramáticas mejoras en la casa, como si el matrimonio realizara un último y titánico esfuerzo por sobrevivir. Su propia crisis más grave había tenido lugar entre el polvo de yeso y las cañerías a la vista de las obras de renovación de la cocina. Sin embargo, el verano pasado, cuando los bulldozers de color amarillo canario hollaban alegremente el montecillo de hierba y margaritas y hacían de él una embarrada meseta, y una cuadrilla de jóvenes con coleta rastrillaba y apisonaba la arcilla hasta formar una superficie llana, tales transformaciones no les resultaban en modo alguno siniestras, sino festivas en su impudicia: su matrimonio podía hendir la tierra para procurarse diversión. A la primavera siguiente, cuando despertaba día tras día al alba con una sensación resbaladiza, como si le volcara alguien la cama, Richard encontraba en la yerma pista de tenis (la red y las cintas seguían enrolladas en el cobertizo) un ámbito que se ajustaba bien a su ánimo abocado fatalmente a la desolación, y el destrozar puñados de arcilla dentro de grietas y huecos (los perros habían retozado sobre la pista en el deshielo, las pequeñas riadas habían abierto surcos) le parecía una actividad adecuadamente elemental e interminable. En su sellado corazón albergaba la esperanza de que el día prefijado no llegara nunca.
Ahora había llegado. Era viernes. Judith ya había consumado su aclimatación; estaban todos los niños, y seguirían juntos un tiempo hasta que los trabajos, los campamentos y las invitaciones volvieran a separarlos. Joan opinaba que debían ser informados uno a uno; Richard, que se diera la noticia cuando estuvieran todos a la mesa. Joan dijo:
—Pienso que limitamos a anunciarlo es escapismo. Empezarían a pelearse y a jugar entre ellos en lugar de centrarse en el asunto. Son personas individuales, ¿sabes?, no una especie de obstáculo colectivo frente a tu libertad.
—De acuerdo, de acuerdo. Como quieras.
El plan de Joan era perfecto. Aquella noche ofrecían a su hija una tardía cena de bienvenida: langosta con champaña. Cuando acabara la fiesta, ellos, que diecinueve años atrás empujaban su cochecito de bebé por la Quinta Avenida hacia Washington Square, la llevarían a dar un paseo por el puente sobre el abra de las salinas, y le contarían todo, y le pedirían que prometiese guardar el secreto. Luego, le hablarían a Richard Jr., a su vuelta de un concierto de rock en Boston al que había ido directamente a la salida del trabajo; si no lo hacían aquella noche —llegaría tarde en el tren—, lo harían el sábado temprano, antes de que se fuera a trabajar. Richard Jr. tenía diecisiete años, y trabajaba en el equipo de mantenimiento de un campo de golf. Por último, podrían informar a John y a Margaret, los más pequeños, durante la mañana del sábado.
—Y todos liquidados, como quien dice —dijo Richard.
—¿Tienes planeado algo mejor? Te queda el resto del sábado para responder a posibles preguntas, hacerte las maletas y emprender tu maravillosa marcha.
—No —dijo Richard, respondiendo a su pregunta.
No, no tenía ningún plan mejor y aceptaba el de ella, pese a advertir en él un punto de solapada imposición, una oculta exigencia de mando, como en sus largas listas de los quehaceres domésticos, en las cuentas de su economía y en los copiosos apuntes que tomaba en tiempos de la facultad, cuando se conocieron. Su plan hacía que Richard tuviera que salvar, en lugar de uno, cuatro obstáculos, cuatro costados acerados como cuchillos, tras cada uno de los cuales se abría un ciego abismo.
Aquella primavera se había movido en un mundo de dentros y de fueras, de divisiones y barreras. Él y Joan se interponían como una fina barrera entre sus hijos y la verdad. Cada momento suponía una división, con el pasado a un lado y el futuro en el otro, un futuro que contenía aquél ahora inconcebible. Más allá de los cuatro acerados costados lo esperaba vagamente una nueva vida. Su cerebro escondía un secreto, un rostro blanco, un rostro a un tiempo asustado y consolador, a un tiempo extraño y conocido, que deseaba defender de las lágrimas y que sentía en torno a todo él, rotundo como la luz del sol. Acuciado por tal urgencia, se había llegado a obsesionar con la idea de proteger convenientemente la casa para después de su partida, y cambiaba las pantallas de malla, los cordones de las ventanas de guillotina, las bisagras y los pestillos. Parecía un Houdini que pusiera en orden las cosas antes de liberarse de su encierro.
La cerradura. Tenía aún que cambiar la cerradura de una de las puertas del porche protegido con tela de malla. La operación, como tantas otras, resultó más difícil de lo que en principio había imaginado. La vieja cerradura de aluminio, inutilizada y corroída por el tiempo, había sido retirada del mercado; los fabricantes, deliberadamente, la habían hecho anticuada. Visitó tres ferreterías, y en ninguna halló nada que se acoplara, siquiera aproximadamente, al hueco que la vieja —desmontada con sorprendente facilidad por Richard— había dejado en la puerta. Hubo, pues, que abrir otro agujero (las brocas resultaron demasiado pequeñas y las hojas de sierra demasiado grandes) y tapar el anterior con un trozo de madera (con los formones sin filo, la sierra oxidada y los dedos torpes por la falta de sueño). Más allá del porche, el sol caía de lleno sobre un mundo indiferente. Era tiempo de podar ya los arbustos; la pintura de la casa, por el costado donde golpea el viento, se estaba desconchando; cuando él se fuera, empezarían a entrar la lluvia, los insectos, la descomposición, la muerte. La familia, todos aquellos a quienes pronto perdería, se infiltraban por los flancos de su conciencia mientras batallaba contra agujeros de tornillos, astillas, oscuras instrucciones, objetos ínfimos de metal.
Judith, como una princesa a su vuelta del exilio, estaba sentada en el porche. Regalaba los oídos de los suyos con historias de escasez de combustible, de amenazas de bomba en el Metro, de lúbricos obreros paquistaníes que la solicitaban a su paso hacia la escuela de danza. Joan iba y venía, entraba y salía de la casa, más serena de lo que cabía suponer, alabando a Richard en su duelo contra la cerradura como si fuera uno más y no el último eslabón de una larga cadena de tareas compartidas. John, el menor de los varones, súbita e involuntariamente hermoso a la edad de quince años, sostenía unos instantes la destartalada puerta de malla mientras su padre esgrimía contra ella el martillo y el formón. (A oídos de Richard, cada golpe era una especie de sollozo.) La pequeña, que había estado en una fiesta soporífera, dormía en la hamaca del porche, rolliza y sonrosada, confiada y relegada en medio del estrépito. El tiempo transcurría sin tregua; el sol se iba inclinando despacio. Era un día de los más largos. La cerradura emitió un chasquido: funcionaba. Richard había cumplido. Se sirvió una copa, que fue apurando en el porche mientras escuchaba a su hija.
—Fue un detalle precioso —estaba diciendo—. En el momento más crítico, los carniceros y panaderos seguían abriendo y se alumbraban con velas. ¡Son tan animosos y listos! Las cosas aquí, según los periódicos, parecían mucho peores: gente disparándose en las colas de las gasolineras, todo el mundo congelándose...
Richard le preguntó:
—¿Sigues queriendo quedarte a vivir en Inglaterra para siempre?
Para siempre: el concepto, ahora una realidad que gravitaba sobre su cabeza, le oprimía y arañaba la garganta.
—No —confesó Judith, volviendo hacia él el óvalo de la cara. Seguía teniendo los ojos netamente separados de los niños, pero sus labios parecían cerrarse sobre algo satisfactorio y suculento—. Me moría de ganas de volver a casa. Soy americana.
Era una mujer. Ellos la habían criado. Joan y él habían bregado juntos para criarla, lo cual sucedió solo con ella; los demás no habían terminado de crecer. Sin embargo, era la idea de decírselo a Judith —la imagen de Joan, su primer hijo, caminando entre ellos, del brazo de ellos, hacia el puente— lo que lo derrumbaba. Sintió que se quebraba el muro de contención de las lágrimas. Parpadeaba, engullía, bromeaba roncamente acerca de la fiebre del heno. Pero las lágrimas no dejaban de manar. Fluían uniforme, pura, ininterrumpida, copiosamente; fluían, no a través de un orificio que pudiera ser obturado, sino a través de un espacio permeable en una membrana. Sus lágrimas se constituyeron en escudo frente a aquellos rostros, frente al hecho de aquella reunión, última como seres inocentes, sentados a una mesa que presidiría él por última vez. Las lágrimas le resbalaban de la nariz mientras partía el lomo de la langosta; la sal sazonaba sus sorbos de champaña; la garra se aferraba descarnada y deliciosamente a su garganta. No lograba dominarse.
Los niños intentaron no hacer caso de su llanto. Judith, a su derecha, encendió un cigarrillo y alzó los ojos en dirección al humo, que había exhalado con bocanada sofisticada y enérgica. John, a su lado, inclinó la cabeza y siguió empeñado en la extracción de los últimos bocados —fragmentos de cola y patas— del cadáver escarlata. Joan, en el extremo opuesto de la mesa, lo miraba con sorpresa: su ademán reprobatorio había sido desplazado por una rápida mueca de perdón, o de salutación ante sus superiores dotes de estratega. En medio, Margaret —había dejado de ser Bean—, de trece años y muy grande para su edad, lo miraba del otro lado de su vidriera de lágrimas como si contemplara en un escaparate algún objeto codiciado: su padre, un montón cristalino de astillas y memorias. No fue ella, sin embargo, sino John quien, en la cocina, mientras retiraban de los platos los restos de langosta, formuló a Joan la pregunta:
—¿Por qué llora papá?
Pero Richard, que oyó la pregunta, no alcanzó a oír la respuesta. Instantes después oyó gritar a Bean: “¡Oh, no, no!”. Era la dramática exclamación de alguien que había esperado aquello durante mucho tiempo.
John volvió a la mesa con un bol de ensalada. Dirigió un breve gesto afirmativo a su padre, y sus labios conformaron las palabras de la conspiración:
—Nos lo ha dicho.
—¿Qué os ha dicho? —preguntó Richard, como un lunático, en voz alta.
El niño se sentó; parecía reprochar el ánimo distraído de su padre mediante el ejemplo de la propia compostura. Dijo en tono suave: —Lo de la separación.
Volvieron Joan y Margaret. La visión deformada de Richard le hizo ver a la niña más pequeña, y aliviada, aliviada al comprobar por fin que el diablo existía realmente. La llamó en voz alta —las distancias, en la mesa, se habían vuelto inmensas—: “Lo sabías. Siempre lo has sabido”, pero la garra en su garganta le impidió dar ulterior sentido a sus palabras. Oyó, lejana, a Joan, que exponía llana y sensatamente lo que tenían preparado: la separación solo duraría aquel verano, era un experimento. Ella y papá estaban de acuerdo en que sería bueno para ellos; necesitaban tiempo y lugar para pensar; se querían, pero, por una u otra razón, no se hacían todo lo felices que era de esperar.
Judith, imitando el tono objetivo de su madre, aunque con la osadía propia de los jóvenes, dijo con gran aplomo:
—Me parece tonto. Tendríais que vivir juntos o divorciaros.
El llanto de Richard, como una ola que alcanza su cima y se rompe, se había hecho estentóreo. El paternal tumulto, sin embargo, pronto se vio ahogado por un mayor alboroto: John, que había permanecido sumamente reservado, se fue creciendo en la mesa más y más, y, fustigado acaso por haber oído que su hermanita lo sabía, estalló al fin:
—¿Por qué no nos lo dijisteis? —Su voz, gruesa y rotunda, sonaba muy distinta de la habitual—. Nos teníais que haber dicho que no os llevabais bien.
Richard, espantado, se vio forzando las palabras a través de las lágrimas:
—Nos llevamos bien, ahí está el problema, de modo que ni siquiera nosotros entendemos... —pero no pudo continuar “por qué no nos amamos”, que era el lógico final de aquella frase.
Joan, a su modo, la concluyó por él:
—Y siempre, muy especialmente, hemos amado a nuestros hijos.
Pero John no cedía.
—¿Qué importamos nosotros? —bramó—. Somos únicamente pequeñas cosas que habéis tenido.
La risa de sus hermanas acabó por contagiarlo, pero su risa se volvió dura y paródica: “¡Ja, ja, ja!”.
Richard y Joan, ambos a un tiempo, se dieron cuenta de que John se había emborrachado con el champaña de bienvenida de Judith. El chico, en la necesidad de seguir siendo el centro de todas las miradas, cogió un cigarrillo del paquete de Judith, se lo metió en la boca, lo dejó colgar del labio inferior y miró de soslayo como un gángster.
—No sois pequeñas cosas que hemos tenido —le replicó Richard —. Lo sois todo. Pero ya sois mayores. O casi.
El chico se puso a encender cerillas. En lugar de acercarlas al cigarrillo (nunca lo habían visto fumar; ser “bueno” había sido su método para mantenerse apartado y conservar su propia intimidad), las acercaba a la cara de su madre, más cerca cada vez, para que las apagara soplando. Encendió finalmente toda la carterita —silbido primero, luego antorcha—, e iluminó con ella de cerca la cara de su madre. El fuego, a través del prisma de las lágrimas, anegó la visión de Richard, que no llegó a saber cómo extinguieron la llama. Oyó que Margaret decía:
—¡Deja ya de llamar la atención!
Y vio que John, en respuesta, rompía en dos el cigarrillo, se metía las mitades en la boca, las masticaba y sacaba luego la lengua para enseñar las hebras a su hermana.
Joan habló a John, esgrimió razones, una cadena ininteligible de razones: “Llevamos hablando de ello varios años... Nuestros hijos deben ayudarnos... Papá y yo, los dos, queremos...”. Mientras atendía, el chico estrujó meticulosamente una servilleta de papel contra las hojas verdes de la ensalada, moldeó una bola de papel y lechuga y se la metió ágilmente en la boca, mirando en torno de la mesa en espera de una carcajada. No se produjo ninguna. Judith dijo:
—Pórtate como es debido —y emitió un penacho de humo.
Richard se levantó de aquella mesa agobiante y se llevó a John afuera. Aunque la casa estaba ya en penumbra, el exterior seguía bañado por la luz, por el delicioso excedente de luz de principios de verano. Ambos reían: Richard supervisaba la operación de John, consistente en escupir la mescolanza de papel, lechuga y tabaco sobre las lechetreznas. Cogió de la mano a su hijo; era una mano cuadrada y animosa, la de un hombre, pese a su suavidad. Pero una mano expectante. Corrieron juntos por la pendiente en dirección al campo, situado más allá de la pista de tenis. La tierra amontonada hacía un año por los bulldozers estaba cubierta de margaritas. Más allá de la pista de tenis y de un llano donde solían jugar al béisbol en familia, se alzaba un suave y verde altozano, esplendente bajo el sol, donde cada maleza, cada especie de hierba destacaba en el suelo como policromía sobre un pergamino.
—Lo siento. ¡Lo siento tanto! —sollozaba Richard—. Tú has sido el único que has intentado ayudarme en todos los malditos trabajos que han ido saliendo.
Aunque lloraba también, John se sentía a salvo, arropado por el champaña y por sus lágrimas.
—No es solo la separación —explicaba—. Es toda esta porquería de año; odio ese colegio. Es imposible hacer amigos, el profesor de Historia va como una centella...
Sentados en la cima del altozano, acalorados y sacudidos por los sollozos pero reconfortados por sus voces, Richard trató de centrar su atención en el triste año del niño: días laborales abrumados de deberes, fines de semana en su cuarto, entregado al aeromodelismo, mientras sus padres, más terrestres, murmuraban y gestaban la separación. “Cuánto egoísmo, qué ceguera”, pensó Richard. Sentía los ojos consumidos. Dijo a su hijo:
—Vamos a ver si podemos cambiarte de colegio. La vida es demasiado corta para que encima seamos infelices.
Ambos habían dicho lo que estaba en sus manos decir, pero no querían que el momento cesase, y siguieron hablando: del colegio, de la pista de tenis, de si volvería algún día a ser tan buena como en el último verano. Bajaron a inspeccionarla, pegaron cuidadosa y firmemente unas cuantas cintas más sobre la pista. Richard, un tanto trascendental, tal vez tratando de exigirle demasiado a aquel instante, condujo al chico a un punto del paraje desde donde se disfrutaba de una vista inmejorable: el río azul metálico, la marisma esmeralda, las islas diseminadas y aterciopeladas de sombras en la tenue penumbra, los blancos retazos de playa a lo lejos.
—Mira —dijo—. Sigue siendo bello. Y seguirá aquí mañana.
—Lo sé —respondió John, impaciente.
El momento había terminado.
De vuelta en casa, vieron que las mujeres, agotado el champaña, habían abierto una botella de vino blanco y seguían sentadas a la mesa, chismorreando. Ahora era Joan, desde su asiento, quien presidía la mesa. Se volvió —en su cara no había rastro alguno de lágrimas— y preguntó:
—¿Todo bien?
—Sí. Estamos bien —dijo Richard, y, a pesar de que la idea lo aliviaba, lamentó que la fiesta hubiera continuado sin contar con su presencia.
En la cama, Joan le explicaba:
—Creo que no podía llorar porque ya lloré demasiado durante la primavera. La verdad es que no es justo. Todo es idea tuya, y sin embargo te las arreglas para que parezca que te estoy echando de casa.
—Lo siento —dijo Richard—. No podía parar de llorar. Quería pero no podía.
-No querías. Te ha encantado. Has logrado hacerlo a tu gusto: una proclama general.
—Es cierto, estoy encantado de que todo haya pasado —admitió —. Caray, los chicos han estado magníficos. Tan valientes y ocurrentes.
John, al volver a casa, había subido a su cuarto a enfrascarse en un modelo de aeroplano, y había gritado de cuando en cuando a los de abajo: “Estoy bien. Nadie desconsolado por aquí arriba”.
—Y su forma —siguió Richard, íntimo en su nueva calma— de no poner en tela de juicio las razones que les hemos dado. De no pensar en la existencia de una tercera persona. Ni siquiera Judith.
—Eso ha sido conmovedor —dijo Joan.
—También tú has estado espléndida —elogió Richard, abrazándola—. Infundiendo confianza a todo el mundo. Gracias.
Cayó en la cuenta, con cierto sentimiento de culpa, de que no se sentía separado de ella.
—Aún te queda Dickie —le dijo ella.
Las palabras de Joan hicieron que se materializara ante sus ojos una negra montaña en medio de la oscuridad: su fría respiración, su pesantez tan próxima le oprimieron el pecho. De sus cuatro hijos, el mayor de los varones era el más parecido a una conciencia. No habría sido necesario, por tanto, que Joan añadiera:
—Es una parte odiosa que te toca y que no pienso hacer por ti.
—Lo sé. Yo lo haré. Tú duérmete.
Al cabo de unos minutos, la respiración de Joan se hizo más lenta, más absorta y profunda. Eran las doce menos cuarto. El tren que traería a Dickie del concierto llegaría a la una y catorce minutos. Richard puso el despertador a la una. Hacía varias semanas que dormía mal; sin embargo, tan pronto como cerraba los ojos, las visiones de las horas recientes le quemaban los párpados: Judith exhalando el humo hacia el techo, como en señal de repugnancia, la mirada muda de Bean, la vegetación bañada por el sol del campo donde él y John habían descansado. La montaña que tenía frente a él se acercó, penetró dentro de su cuerpo; ahora se sentía gigantesco, trascendental. El dolor de su garganta parecía algo muy antiguo. Joan dormía a su lado como sin vida, como si alguien le hubiera dado muerte. Cuando, exasperado por sus ardientes párpados, por su agolpado corazón, se levantó de la cama y se vistió, Joan se despertó lo suficiente para volverse. Y él le dijo:
—Joan, si pudiese deshacer todos mis pasos, lo haría.
—¿Y por dónde empezarías? —le preguntó ella.
Pero no había ya lugar. Infundiéndole valor. Oh, Joan, siempre infundiéndole valor. Se puso los zapatos, sin calcetines, en la oscuridad. Los niños respiraban en el sueño de sus cuartos, el piso de abajo estaba hueco. La confusión había hecho que dejaran las luces encendidas. Las apagó todas una a una, salvo la cenital de la cocina. Hizo arrancar el motor del coche. Había esperado que no prendiera. En la carretera solo halló la luz lunar; le pareció un diáfano compañero de andadura, aleteando sobre las copas en la carretera, persiguiendo su retrovisor como un sabueso, fundiéndose con la otra luz bajo los faros.
A aquella hora, el centro de la ciudad, aún no desierto totalmente, tenía un aire misterioso. Un policía joven, de uniforme, estaba en compañía de una pandilla de chicos en camiseta, en la escalinata del banco. Frente a la estación seguían abiertos algunos bares. Los parroquianos, en su mayoría jóvenes, salían a la cálida noche, volvían a entrar, saboreando la novedad del verano. De algunos coches, al pasar, partían voces: era como si tuviera lugar una inmensa charla. Richard aparcó el coche; vencido por la fatiga, apoyó la cabeza en el otro asiento delantero, ocultándose del bullicio y de las luces giratorias. Como esos asesinos de los filmes que, en medio de la aglomeración del carnaval, llevan adelante sus torvos designios. Salvo que el cine no podría mostrar la escarpada, tangible pendiente a la que se aferraba en su interior. No se puede descender del precipicio; sólo se puede caer. El tejido sintético del asiento, recalentado por su mejilla, le transmitió un antiguo y distante aroma de vainilla.
El silbato del tren le hizo levantar la cabeza. Llegaba a la hora; había esperado que viniera con retraso. Descendieron las delgadas barreras; las campanillas que anunciaban la llegada repicaron alegremente. El enorme cuerpo de metal, estriado horizontalmente en los costados, se deslizó hasta la parada, y al punto empezaron a apearse soñolientos quinceañeros, entre los que Richard vio a su hijo. A Dickie no le sorprendió que su padre hubiera venido a buscarlo a aquella hora intempestiva. Se acercó sin prisa al coche en compañía de dos amigos, saludó a su padre y ocupó el asiento delantero con fatigada y agradecida presteza. Los amigos, ambos más altos que él, se sentaron en la parte trasera. Richard se sintió aliviado, pues el llevarles a su casa le supondría unos minutos.
Preguntó:
—¿Qué tal el concierto?
—Fantástico —dijo uno de los chicos.
—Un éxito total —afirmó el otro.
—Ha estado bien —dijo Dickie.
Moderado por naturaleza, era tan razonable que, de niño, la irracionalidad del mundo le había producido jaquecas, dolores de estómago, náuseas.
Cuando el segundo de sus compañeros se hubo apeado frente a su casa oscura, Dickie, repentina y bruscamente, dijo:
—¡Papá, la fiebre del heno me está destrozando los ojos! ¡Me paso todo el día cortando el césped!
—¿Tenemos todavía esas gotas?
—Las usamos el verano pasado y no servían para nada.
—Este año puede que sirvan.
Richard dio media vuelta en la calle vacía. El trayecto a casa les llevaría unos minutos. La montaña volvía a estar allí, en su garganta.
—Richard —dijo, y supo que el chico, hundido en el asiento y frotándose los ojos, se había puesto tenso ante su tono—. No he venido a buscarte sólo para tu comodidad. Vine porque tu madre y yo tenemos algo que decirte, y tú eres ya todo un hombre para afrontar las cosas como es debido. Son malas noticias.
—De acuerdo.
La expresión tranquilizadora brotó tenue, pero instantánea, como liberada desde el extremo de un muelle.
Richard había temido que las lágrimas volvieran y lo ahogaran, pero la adulta entereza del chico le valió como ejemplo y las palabras acudieron a sus labios secas e ininterrumpidas:
—Son malas noticias, pero no necesariamente trágicas, al menos para ti. No van a tener ninguna consecuencia práctica en tu vida, pero te van a causar un efecto emocional. Seguirás en tu empleo y volverás al colegio en septiembre. Tu madre y yo estamos verdaderamente orgullosos de tus pasos en la vida, y no queremos que tu actitud cambie en lo más mínimo.
—Claro —dijo Dickie débilmente, mientras aspiraba el aire, conteniéndose.
Dieron la vuelta a la esquina; la iglesia a la que asistían normalmente destacaba en el entorno como un intrépido fuerte. La casa de la mujer con la que Richard esperaba casarse estaba situada frente a la zona verde. La luz del dormitorio estaba encendida.
—Tu madre y yo —anunció— hemos decidido separarnos. Durante el verano. Nada legal, nada de divorcio todavía. Queremos saber cómo vamos a sentirnos. Hace algunos años ya que no estamos haciendo lo suficiente el uno por el otro, que no nos hacemos lo felices que debiéramos. ¿Lo habías notado?
—No —dijo el chico.
La respuesta era sincera, desapasionada: acertada o errónea si hubiera sido un examen.
Complacido ante su inicial informe de los hechos, Richard pasó a participarle, incluso locuazmente, los detalles. Su apartamento al otro lado de la ciudad, su completa disponibilidad, los acuerdos para que distribuyeran las vacaciones entre Joan y él, las ventajas para sus hermanos, la superior libertad y variedad de movimientos en los veranos...
Dickie escuchaba, receptivo.
—¿Lo saben los demás?
—Sí.
—¿Cómo lo han tomado?
—Las chicas con bastante calma. John se quedó medio sonado: gritó, se comió un cigarrillo, hizo una ensalada con la servilleta de papel y nos dijo lo mucho que odiaba el colegio.
Dickie se reía entre dientes. Preguntó:
—¿Es cierto?
—Sí. El tema del colegio le molestaba bastante más que lo de mamá y yo. Parece que se sintió mejor después de haber explotado.
—¿Es cierto?
La repetición de aquella muletilla fue para Richard el primer síntoma del aturdimiento de su hijo.
—Sí, Dickie. Quiero decirte una cosa. La hora que he pasado esperándote en la estación ha sido una de las peores de mi vida. Odio todo esto. Lo odio. Mi padre se hubiera dejado morir antes de hacerme esto a mí.
Al decir la última frase se sintió inmensamente más ligero. Había descargado en su hijo la montaña.
Llegaron a casa. Dickie, ágil como una sombra, se bajó del coche y entró en la cocina iluminada. Richard, a su espalda, le gritó:
—¿Quieres un vaso de leche o alguna otra cosa?
—No, gracias.
—¿Quieres que llamemos al golf mañana y digamos que estás enfermo?
—No, no te preocupes.
La respuesta de Dickie llegó débil desde la puerta de su cuarto. Richard esperó escuchar el portazo que suele acompañar a los disgustos, pero la puerta se cerró suavemente, con toda normalidad. Y el apagado ruido le resultó nauseabundo.
Joan estaba sumida en el profundo hueco del primer sueño, y su despertar fue lento. Richard volvió a decir:
—Se lo he contado.
—¿Y qué ha dicho?
—No mucho. ¿Podrías ir a darle las buenas noches? Por favor.
Joan salió del cuarto sin ponerse encima el albornoz. Richard se desvistió perezosamente, se puso el pijama, salió y avanzó por el pasillo. Dickie estaba ya en la cama, con Joan sentada a su lado; en la cabecera, la radio despertador susurraba una música suave. Joan se levantó, y una luz inexplicable —¿la luna?— recortó su cuerpo en el interior del camisón. Richard se sentó en el espacio cálido que ella había dejado sobre el colchón estrecho de Dickie. Y preguntó:
—¿Quieres que siga puesta la radio?
—La tengo siempre así.
—¿Y te deja dormir? A mí no me dejaría.
—No me molesta.
—¿Tienes sueño?
—Sí.
—Perfecto. ¿Estás seguro de que quieres ir a trabajar? Has tenido una noche muy movida.
—Quiero ir.
Aquel invierno, en el internado, Dickie había aprendido que era posible vivir sin dormir mucho. Cuando era niño dormía con una intensidad sudorosa e inmóvil que alarmaba a las chicas que se quedaban a cuidarlo. Ya adolescente, solía ser el primero de los niños en irse a la cama. E incluso ahora, en medio de un programa de televisión, con las piernas estiradas, morenas y velludas, le asaltaba a menudo la laxitud que precede al sueño.
—Muy bien, Dickie, escucha. Te quiero mucho; hasta ahora nunca he sabido hasta qué punto. No importa cómo vaya a resultar todo este asunto, yo siempre estaré contigo. De verdad.
Richard se inclinó a besar el rostro apartado de su hijo, pero Dickie se volvió brusca y enérgicamente, con las mejillas húmedas, y lo abrazó y lo besó en los labios, apasionadamente, como una mujer. Y deslizó en el oído de su padre una pregunta quejumbrosa, la pregunta crucial e inteligente:
—¿Por qué?
Por qué. Era un silbido de viento en una grieta, una cuchillada, una puerta abierta de golpe hacia el vacío. La blanca cara había desaparecido; la oscuridad carecía de facciones. Richard había olvidado por qué.