la corte del león
Su Majestad el León quiso conocer un día a todos los pueblos, de los que, por merced del cielo, era amo y señor. Envió, pues, una circular, autorizada con su regio sello, para congregar a sus vasallos de todas clases y categorías. Anunciaba la circular que durante un mes el Rey celebraría corte plena, que debía comenzar por un gran banquete seguido de las mojigangas de Fagotín. Con estos rasgos de esplendidez demostraba el monarca su grandeza a sus súbditos.
Les obsequió en su palacio: ¡qué palacio! Verdadero muladar, cuyo tufo dio en las narices a todos. Tapóselas el Oso; ¡nunca lo hubiera hecho! Notose el ademán, y el monarca, irritado, enviole a los infiernos. Aprobó el Mono aquella severidad, y con baja adulación elogió la cólera y las garras del Príncipe, y la real caverna, y el hedor que exhalaba. No había ámbar ni flor alguna que a su lado no pareciese ajos y cebollas. Sus necias alabanzas no tuvieron mejor éxito; fueron igualmente castigadas; debía ser aquel León pariente de Calígula. Llegole el turno al Zorro, y le dijo Su Majestad:
—¿Hueles algo? Dímelo con toda franqueza.
¿Qué le contestó el astuto animal? Que tenía un fuerte resfriado y no podía decir nada, porque había quedado sin olfato. Y salió del apuro. Aprovechen esta lección. En la Corte, no sean ni aduladores insulsos ni habladores imprudentes; y si se ven en algún aprieto, háganse el sueco.