País Relato - Autores

james graham ballard

zona de terror

Larsen había estado esperando la visita que Bayliss, el psicólogo que vivía en el chalé vecino, le prometió el día anterior. Una característica de Bayliss era la de no preocuparse del tiempo. El psicólogo era un hombre extraño. En realidad, más que una promesa, lo único que había hecho era murmurar algo sobre el día siguiente, mientras sostenía una jeringuilla en su mano; probablemente le haría una visita breve. Larsen sabía que el psicólogo estaba demasiado interesado en su caso para faltar a la cita. En cierto sentido, aquello afectaba tanto a Bayliss como a él mismo.
Excepto que era Larsen el que se sentía molesto —a las tres de la tarde, Bayliss no había aparecido aún—. ¿Qué podría estar haciendo? Estaría sentado en su cómodo cuarto de estar, de blancas paredes y aire acondicionado, escuchando alguno de los cuartetos de Bartok. Mientras tanto, Larsen permanecía en su chalé pasando incesantemente de una habitación a otra, como un tigre, con una neurótica ansiedad. Se preparó café y sacó tres anfetaminas de un escondite desconocido para el médico. Pero él las necesitaba tras las dosis masivas de barbitúricos que le había recetado después del último ataque. Intentó calmarse con la lectura de Un análisis del tiempo psíquico, de Kretschmer, un grueso volumen con multitud de gráficos y tablas que Bayliss había insistido en que leyera, asegurando que estaba lleno de referencias a su caso. Trató de leer durante dos horas, pero le resultó imposible pasar del prólogo.
Algunas veces, se acercaba a la ventana y espiaba el menor signo de vida en la casa vecina. Más allá el desierto aparecía bajo la luz solar como un enorme esqueleto calcinado, recortando la silueta del Pontiac azul de Bayliss, que brillaba como una antorcha. Los tres chalés restantes estaban vacíos; pertenecían a la compañía electrónica para la que ambos trabajaban y eran una especie de centros de reposo para sus pensadores. Se había escogido el desierto por sus virtudes sedantes y su supuesta equivalencia al cero psíquico. Dos o tres días leyendo tranquilamente o contemplando el monótono paisaje y las células neuróticas se realineaban, haciendo desaparecer la tensión y la ansiedad y despertando un enorme deseo creador.
Sin embargo, a los dos días de estancia allí, Larsen casi se había vuelto loco. Por fortuna, Bayliss vivía cerca y tenía la jeringuilla siempre a mano. Era un hombre extremadamente original atendiendo a sus pacientes: los abandonaba a sus propios recursos. En efecto, pensándolo bien, Larsen era el responsable de todos los diagnósticos. Bayliss hacía poco más que apretar su jeringuilla, recomendarle la lectura de Kretschmer y hacerle alguna pequeña indicación.
Tal vez esperaba algo.
Larsen decidió telefonearle con algún pretexto.
Su número —el 0 en el circuito interno—, estaba casi invitándole. Entonces escuchó el ruido de una puerta al cerrarse. Se asomó a la ventana y vio la figura alta y angulosa del psicólogo, con la cabeza baja y las manos en los bolsillos, que cruzaba el camino que separaba los dos chalés.
«¿Dónde está su maletín? —pensó Larsen—. No parece traer la droga. Quizá quiera probar la hipnosis, y luego, las sugestiones posthipnóticas me aturden.»
Bayliss parecía agitado cuando entró en la sala.
—¿Dónde ha estado? —le preguntó casi sin darle tiempo a entrar—. ¿Sabe que son casi las cuatro?
El psicólogo se sentó ante el diminuto escritorio funcional, en mitad de la sala.
—Lo sé, desde luego. No me preocupa el tiempo —hizo una pausa—. ¿Cómo se siente hoy? ¿Ningún síntoma? ¿Visión, memoria, todo va bien? Siéntese e intente relajarse —concluyó, indicándole una silla colocada a la izquierda de la mesa.
Larsen protestó, irritado.
—¿Cómo quiere que me relaje, cuando estoy inquieto esperando que explote una nueva bomba?
Comenzó su análisis de las veinte horas pasadas, cosa que le complacía, amenizando el relato con algún comentario.
—La noche pasada todo fue bien. Creo que atravieso un nuevo período. Todo empieza a estabilizarse una vez desaparecido ese sentimiento nervioso. Ahora ya no miro continuamente hacia atrás. Dejo las puertas abiertas y antes de entrar en una habitación examino su fondo y dimensiones, de forma que no me sorprenda; antes abría una puerta y pasaba al otro lado como el hombre que cae en un profundo pozo.
Larsen se movía sin cesar, y Bayliss no le quitaba ojo.
—Estoy seguro de que no habrá un nuevo ataque —continuó—. Lo mejor será reincorporarme al trabajo. Después de todo, no hay razón para estar aquí sentado indefinidamente. Me siento restablecido casi por completo.
El psicólogo asintió.
—En ese caso, ¿por qué está tan nervioso?
Exasperado, Larsen apretó sus puños. Podía oír su sangre golpeándole las sienes.
—¡No estoy nervioso! Por Dios, Bayliss, pensaba que el método moderno era que el psiquíatra y el paciente participen conjuntamente de la enfermedad, que deben olvidar su propia identidad y aceptar una responsabilidad similar. Y usted intenta desentenderse...
—No —interrumpió el otro secamente—. Acepto toda la responsabilidad para mí. Por eso quiero que usted continúe aquí hasta que acabemos con todo esto.
Larsen estalló:
—Ahora está usted intentando que esto parezca una película terrorífica. Todo ha sido una simple alucinación. Y ni siquiera estoy seguro de que fuera eso. Al abrir la puerta del garaje, con este sol, lógicamente tenía que aparecer una sombra.
—Y, sin embargo, usted la ha descrito con toda clase de detalles: color de cabello, bigote, la ropa que vestía.
—Los detalles en los sueños son auténticos también —se movió inquieto en la silla—. Hay otra cosa. No me parece usted enteramente sincero.
Sus miradas se encontraron. Bayliss le estudió con cuidado un momento, advirtiendo sus dilatadas pupilas; después se levantó, abrochó su chaqueta y se dirigió a la puerta.
—Le telefonearé mañana. Intente tranquilizarse un poco. No quiero alarmarle, Larsen, pero el problema puede ser más complicado de lo que usted cree.
Salió antes que Larsen pudiera replicar.
Una vez solo, se dirigió a la ventana para ver al psicólogo desaparecer en el interior de su casa. Nublado por un momento, el sol apareció de nuevo. Algunos minutos más tarde, las notas de un cuarteto de Bartok rompieron el silencio del desierto.
Larsen se sentó ante el escritorio con una expresión agresiva. Bayliss le irritaba con su música neurótica y sus diagnósticos imprecisos, y estuvo tentado de coger el coche e irse a la factoría. Cierto que el psicólogo era su superior y también autoridad sobre él en la colonia, ya que los cinco días que llevaba allí corrían por cuenta de la empresa.
Contempló el cuarto vacío, observando las sombras horizontales que las persianas proyectaban en la pared, y escuchando el suave murmullo del acondicionador de aire. Su discusión con Bayliss le había tranquilizado y se sentía mejor. Pero aún existían residuos de la tensión pasada y le costaba trabajo apartar sus ojos de las puertas del dormitorio y de la cocina.
Había llegado al chalé cinco días antes, agotado y sobreexcitado, al borde de un colapso neurótico total. Durante tres meses había estado trabajando sin descanso, programando el complejo circuito de un cerebro electrónico que la División de Diseños y Adelantos de la compañía estaba construyendo para una de las mayores fundaciones psiquiátricas. Era una completa réplica electrónica del sistema nervioso central, cada célula representada por un calculador; otros contenían memorias en las cuales el sueño, la tensión, la agresión y otras funciones psíquicas estaban codificadas y almacenadas, constituyendo bloques que podían ser reproducidos en el CNS para construir modelos de estados de disociación y síndromes de reposo.
El equipo de diseñadores que trabajaba en el cerebro estaba vigilado por Bayliss y sus ayudantes, y los tests semanales le revelaban el grado de fatiga y depresión nerviosa de Larsen. Por fin, Bayliss le envió al desierto por tres días para su recuperación.
Larsen se alegró de marcharse. Los dos primeros días vagó por los alrededores, agradablemente embriagado por las drogas que Bayliss le recetó, contemplando el desierto blanco y acostándose a las ocho de la tarde, para dormir hasta el mediodía. Cada mañana una señora venía de la ciudad para lavar la ropa y preparar la comida; pero Larsen no la había visto nunca, y no le disgustaba estar solo. Deliberadamente no veía a nadie y pensó que pronto estaría restablecido.
Lo cierto es que la primera persona que vio apareció de repente, como salida de una pesadilla.
Larsen se estremecía aún al recordar el encuentro.
Al tercer día de estancia allí, después de comer, decidió dar una vuelta por el desierto y echar un vistazo a las antiguas minas de cuarzo de uno de los cañones. Sería un viaje de dos horas y preparó un termo de martini con hielo. El garaje estaba junto al chalé, al lado de la puerta de la cocina, y se cerraba de arriba abajo.
Subió el cierre del garaje y sacó el coche al camino. Volvió por el termo, que había dejado en una mesa en la parte de atrás del garaje, y entonces descubrió una botella de gas, llena, abandonada en un rincón. Se detuvo un momento, calculó su recorrido y decidió llevarla con él en el coche. Después volvió a cerrar la puerta.
El cierre no estaba subido por completo, sino que quedaba a la altura de su barbilla. Apoyándose en la palanca que lo movía, Larsen intentó bajarlo unos cuantos centímetros; pero la inercia era demasiado para él. La luz del sol, reflejándose en los paneles de acero, le deslumbraba. Intentó levantar la palanca un poco más, con las dos manos, al fin de aumentar su ímpetu.
El espacio era pequeño, pero suficiente para ver el interior del oscuro garaje.
Entre las sombras, junto a la pared del fondo, cerca de la mesa, se destacaba la borrosa pero inconfundible silueta de un hombre. Estaba en pie, mirando a Larsen. Vestía un traje crema —cubierto de sombras, que le daban un curioso aspecto—, una camisa sport azul, muy limpia, y zapatos de dos colores. Tenía un poblado bigote y una cara regordeta, y sus ojos continuaban fijos en Larsen; pero, sin embargo, parecían perdidos en la distancia.
Larsen le miró asombrado, con las dos manos tratando aún de bajar la palanca. No solo era imposible entrar en el garaje, ya que no había puertas laterales ni ventanas, sino que se adivinaba una amenaza indefinida en la presencia de aquel hombre.
Larsen estaba a punto de llamarle, cuando el hombre comenzó a andar, saliendo de las sombras con dirección a él.
Horrorizado, Larsen retrocedió. Las manchas oscuras en el traje del hombre no eran sombras, sino la silueta de la mesa que estaba justamente tras él.
El cuerpo y la ropa del hombre eran transparentes. ¡Era un espectro vivo!
Bajó de golpe la puerta del garaje, ahogando un grito, y se abalanzó hacia la cerradura, corrió el cerrojo y lo mantuvo echado con sus manos. Con las rodillas apretaba la puerta desesperadamente.
Casi paralizado por calambres, con la respiración entrecortada y la ropa empapada en sudor, continuaba sujetando la puerta cuando apareció Bayliss, treinta minutos después.
Larsen golpeó nervioso con sus dedos sobre la mesa. Se levantó y fue a la cocina. Las tres anfetaminas comenzaban a hacer efecto. Se sentía más descansado. Enchufó la cafetera y volvió al cuarto de estar. Se sentó en el sofá, cogiendo el ejemplar de Kretschmer.
Leyó algunas páginas, cada vez más impaciente. No veía la luz que Kretschmer podía arrojar en su problema; la mayoría de los casos que describía eran historias de paranoicos y esquizofrénicos. Su caso era mucho más superficial: una aberración momentánea debida al exceso de trabajo. ¿Cómo no lo veía Bayliss? Por alguna razón, este parecía desear una crisis más aguda, probablemente porque deseaba, en secreto, ser el paciente.
Larsen tiró el libro a su lado y contempló el desierto desde su ventana. De pronto, el chalé le pareció oscuro y estrecho, le invadió un sentimiento de claustrofobia. Se levantó, abrió la puerta y salió a respirar aire puro.
Agrupados en semicírculo, los chalés parecían hundirse en el suelo mientras se alejaba paseando. Las montañas se destacaban enormemente. Estaba casi anocheciendo y el cielo era de un azul brillante que destacaba del color indefinido del desierto, subrayado por líneas de sombra y limitado por las montañas, en el horizonte. Se volvió y miró las cosas. No había signos de vida, excepto la música que salía del tocadiscos de Bayliss, y todo el paisaje parecía irreal.
Mientras reflexionaba sobre esto notó una sensación extraña, indefinida, como si algo se hubiese realizado o como una intención olvidada. Hizo memoria, incapaz de recordar si había apagado la cafetera.
Regresó a su casa y comprobó que había dejado abierta la puerta de la cocina. Al pasar por delante de la ventana del cuarto de estar, miró al interior.
Había un hombre sentado en el sofá, con las piernas cruzadas y la cara oculta por el volumen de Kretschmer. Por un momento pensó que Bayliss había ido a visitarle y continuó su camino, dispuesto a preparar café para los dos. Y entonces se dio cuenta de que el tocadiscos seguía funcionando en el chalé del psicólogo.
Con mucho cuidado regresó hasta la ventana. La cara del hombre continuaba oculta, pero un vistazo le bastó para confirmar que el visitante no era Bayliss. Vestía el mismo traje crema que Larsen había visto dos días antes y llevaba los mismos zapatos de dos colores. Pero esta vez el hombre no era una alucinación: sus manos, sus ropas, eran sólidas y tangibles. El visitante se movió ligeramente y volvió una página del libro, doblando el lomo entre sus manos.
Con el pulso agitado, Larsen le miró cuidadosamente, apoyándose en la ventana. Había algo en el hombre, en su postura, en la forma de colocar sus manos, que le convenció de que le había visto antes de su rápido encuentro del garaje.
Entonces, el hombre cerró el libro y lo dejó a su lado, en el sofá. Miró por la ventana, con sus ojos solo a unos centímetros del rostro de Larsen.
Atónito, Larsen retrocedió. Había reconocido al hombre sin ninguna duda: su cara gordiflona, sus ojos nerviosos, su bigote demasiado poblado. Ahora podía verle claramente. Desde luego, le conocía muy bien, demasiado bien. Mejor que nadie sobre la tierra.
¡Aquel hombre era él mismo!
Bayliss sacó la jeringuilla de su maletín y la colocó sobre la tapa del tocadiscos.
—Alucinación es un término completamente erróneo —explicó a Larsen, que estaba sentado en el sofá saboreando un vaso de whisky caliente—. Deje de utilizarlo. Es tan solo una imagen psíquica en la retina, más perdurable, pero no una alucinación.
Larsen asintió débilmente. Había llegado a casa del psicólogo una hora antes, fuera de sí a causa del pánico. Bayliss procuró tranquilizarle y le hizo volver hasta la ventana de la sala para comprobar que el doble había desaparecido. El médico no estaba sorprendido por la identidad del fantasma, y esto confundía a Larsen casi tanto como la nueva alucinación. ¿Qué guardaba Bayliss en su manga?
—Me sorprende que no se haya dado cuenta antes —señaló el psicólogo—. Su descripción del hombre del garaje estaba muy clara: el mismo traje color crema, los mismos zapatos de dos colores, la misma camisa, idéntica constitución física e incluso el mismo bigote.
Algo más tranquilo, Larsen se incorporó. Miró su traje crema y cepilló el polvo de sus zapatos blancos y marrones.
—Gracias por todo. Ahora lo que tiene que hacer es decirme quién es él.
Bayliss se sentó en una de las sillas.
—¿Cómo que quién es él? Él es usted, desde luego.
—Eso lo sé; pero ¿por qué? ¿De dónde viene? ¡Dios mío, debo de haberme vuelto loco!
—No. Tranquilícese. Es un desorden puramente funcional, como la doble visión o la amnesia; nada más serio. Si lo fuera, le alejaría de aquí ahora mismo. Quizá debiera hacerlo, de todos modos; pero creo que podremos encontrar una salida a este laberinto en el que está metido.
Sacó un libro de notas del bolsillo de la americana.
Vamos a repasar los datos que tenemos. Ahora hay dos rasgos que sobresalen de los demás. Primero, el fantasma es usted mismo. No hay duda acerca de esto; es una réplica exacta de usted. Y lo que es más importante: es usted tal y como usted es ahora; su exacto contemporáneo en el tiempo. Sin idealizar, sin mutilar, sin compensar ningún defecto. No es el maravilloso héroe juvenil del super-ego, ni el agotado anciano que desea la muerte. Es, simplemente, un doble fotográfico. Desplace usted suavemente un ojo con el dedo y verá un doble mío. Su doble no es más extraordinario, con la excepción de que el desplazamiento no es de espacio, sino de tiempo. La segunda cosa que he notado en su descripción del fantasma es que no solo es un doble fotográfico, sino que hace exactamente lo que usted ha hecho unos minutos antes. El hombre del garaje estaba a la altura de la mesa de trabajo donde usted estuvo mientras dudaba si llevar o no la botella de gas. Después, el hombre que leía en su sillón estaba repitiendo, exactamente, lo que usted había hecho con el mismo libro cinco minutos antes. Miró por la ventana, como usted hizo antes de salir a dar un paseo.
Larsen asintió despacio.
—¿Sugiere usted que la alucinación no es sino una especie de impresión mental retrospectiva?
—Exacto. La corriente de imágenes de la retina, al llegar al lóbulo óptico, no es sino una especie de película. Cada imagen se almacena allí; millares de cintas, cientos de millares de horas de nuestra vida. Normalmente estas impresiones retrospectivas son deliberadas si nosotros, de un modo consciente, seleccionamos algunas imágenes confusas de nuestra filmoteca: una escena de la infancia, la imagen de las calles de nuestro barrio, que llevamos todo el día con nosotros cerca de la superficie consciente. Pero cuando el proyector visual sufre una sacudida (una hipertensión puede hacerlo), le ofrece una serie de imágenes superpuestas, como la de verse usted mismo sentado en el sofá, que, aparentemente, no vienen al caso y por eso son más chocantes.
—Espere un momento —interrumpió Larsen—. Cuando yo estaba sentado en el sofá leyendo a Kretschmer no me veía a mí mismo, como no puedo verme ahora. Entonces, ¿de dónde salen esas imágenes superpuestas?
Bayliss dejó su cuaderno.
—No tome el ejemplo de la película demasiado literalmente. Usted no puede verse sentado en el sofá; pero su deseo de estar allí es casi tan poderoso como la confirmación visual. Es una corriente de múltiples canales de imágenes tangibles posicionales y psíquicas la que forma este almacén de datos. Se necesita un esfuerzo insignificante para mover un ojo, fijando la vista en un lado u otro de una habitación. La pura memoria visual no es nunca completamente auténtica.
—Entonces, ¿cómo explicaría el hecho de que el hombre del garaje fuera transparente?
—Muy sencillo. El proceso estaba empezando y la intensidad de la imagen era débil. El que ha visto esta tarde era mucho más fuerte. Dejé de administrarle drogas deliberadamente, al notar que los estimulantes impedían algo.
Llenó de nuevo el vaso de Larsen.
Pero pensemos en el futuro. El aspecto más interesante de todo esto es la luz que arroja sobre uno de los arquetipos más antiguos de la psique humana (el espectro), y todo el ejército sobrenatural de fantasmas, brujos, demonios, etcétera. ¿Son, en efecto, todos ellos algo más que impresiones psicorretinales, transpuestas imágenes del observador mismo, vertidas en la pantalla de la retina por el miedo, la aflicción o la obsesión religiosa? Lo más notable en la mayoría de los fantasmas es lo prosaicamente que están equipados, comparados con las cuidadas producciones literarias de los grandes místicos y soñadores. La nebulosa sabana blanca es, probablemente, la misma camisa de dormir del observador. Es un campo interesante de especulación. Por ejemplo, tome el más famoso fantasma de la literatura y observe cuánto más sentido tiene Hamlet si se supone que el espectro de su padre muerto es, en realidad, el propio Hamlet.
—De acuerdo, de acuerdo —interrumpió Larsen, irritado—. Pero ¿en qué puede ayudarme todo eso?
El psicólogo interrumpió su meditación y fijó su vista en el enfermo.
—Ahora vamos a eso. Hay dos métodos de conducta en su caso. El clásico, que es tranquilizarle y confinarle en una cama durante un año. Poco a poco, su mente se recobraría y los caminos neuróticos primarios se unirían. Larga tarea que aburre a cualquier persona. El otro método es francamente experimental; pero creo que merece la pena. Cité el caso de los fantasmas porque es un hecho interesante que, aunque ha habido siempre decenas de millares de gentes perseguidas por fantasmas, y pocos de espectros que se hayan perseguido entre sí, no ha habido ninguno de fantasmas y observadores encontrándose por su propia voluntad. Dígame: ¿qué hubiera ocurrido si cuando usted ha visto a su doble esta tarde hubiera entrado en la sala y le hubiera hablado?
—Seguramente nada, si sus teorías son correctas. Además, no me gustaría hacer la prueba —murmuró Larsen.
—Pues es justamente lo que debe hacer. Fuera el miedo. La próxima vez que vea a su doble sentado en un sillón leyendo a Kretschmer, háblele. Si no contesta, siéntese usted en la silla. Es todo lo que tiene que hacer.
Larsen se levantó agitado.
—Por Dios, Bayliss, ¿está usted loco? ¿Sabe lo que se siente cuando, de pronto, se ve uno a sí mismo? Lo único que se desea es correr, escapar.
—Lo sé; pero eso es lo peor que puede usted hacer. ¿Por qué hacerlo, si luchando con el fantasma este se desvanece al instante? Porque, forzosamente, tienen que ocupar la misma coordinada psíquica, ya que el doble se proyecta en un canal sencillo. Las dos corrientes separadas de imágenes en la retina coinciden y se funden. Debe intentarlo, Larsen. Puede ser un gran esfuerzo; pero se curará usted de una vez para siempre, y esos caminos neuróticos se aclararán de nuevo.
El otro negó con la cabeza.
—Es una locura.
Y añadió para sí: «Prefiero acabar con eso a tiros.» Entonces recordó el revólver calibre 38 que tenía en su armario, y la presencia del arma le dio una sensación de seguridad que no le habían dado ni las drogas ni los consejos del doctor. El revólver era un símbolo de agresión, y aunque el fantasma era solo un fruto de su mente, el arma le daba la posibilidad de disipar el poder del doble.
Con los ojos semicerrados por la fatiga, escuchaba a Bayliss, mostrándose de acuerdo con sus instrucciones. Media hora más tarde volvía a su casa. Encontró el revólver y lo escondió, envuelto en una revista, en el buzón de correos. Era engorroso llevarlo encima, y, además, podía dispararse y herirle accidentalmente. Así, frente a la puerta, estaba bien escondido y era fácilmente accesible, listo para castigar, quizá de forma un poco anticuada, a cualquier doble que intentara introducir un quinto as en el juego.
La esperada oportunidad de vengarse llegó dos días después.
Bayliss había ido a la ciudad a comprar agujas para su tocadiscos, encargando a Larsen que preparara la comida para los dos. Este protestó de la tarea que se le encomendaba; pero en su interior estaba encantado por tener una ocupación. Ya estaba harto de vagar por los alrededores mientras Bayliss le observaba como a un conejo de Indias, siempre en espera de una nueva crisis. Esta no se había presentado afortunadamente. Larsen había suprimido las anfetaminas y estaba tan cerca de la normalidad como no lo había estado desde hacía tres meses.
Tras preparar la mesa en la pequeña cocina del psicólogo y cargar bien de hielo los martinis, volvió a su casa y se puso una camisa limpia. Obedeciendo a un impulso repentino, se cambió de zapatos y de traje. No solo eran molestas las asociaciones del traje de crema y los zapatos deportivos, sino que un cambio de traje podía muy bien impedir la reaparición del doble, dándole una nueva imagen psíquica capaz de eliminar las versiones anteriores. Mirándose en el espejo, decidió ir aún más lejos. Preparó su máquina de afeitar e hizo desaparecer su bigote. Después cambió de peinado.
La transformación fue completa. Cuando Bayliss salió de su coche y entró en la sala casi no reconoció a Larsen. Hizo un movimiento instintivo de retroceso al ver el cabello liso de la persona, vestida de oscuro, que salía de detrás de la puerta de la cocina.
—¿A qué juega usted? No es hora de hacer gracias —examinó a Larsen—. Parece usted un detective barato.
Larsen rio. El incidente había elevado su moral, y después de algunos martinis se sentía extremadamente optimista. Por el contrario, el psicólogo parecía querer desembarazarse de él; meditaba esto cuando poco después regresaba a su casa. Su pulso se había acelerado; notaba que sus movimientos eran rápidos y nerviosos. Los martinis solo tenían una pequeña parte de este júbilo. Ahora comenzaba a comprender cuál era el verdadero agente: algún estimulante que Bayliss había mezclado en su comida o en su whisky con la esperanza de precipitar una nueva crisis.
Desde su ventana, Larsen miró agriamente el chalé de Bayliss. La imprudencia del psicólogo demostraba una total falta de escrúpulos. De repente sintió que todo se desmoronaba. Con sus paredes de madera y sus muebles como cajas de cerillas, el chalé no era sino un refugio de cartón. Todo lo que había ocurrido allí, las crisis y los fantasmas de sus pesadillas, habían sido provocados por Bayliss deliberadamente.
El estimulante parecía ser muy poderoso. Aquel extraño estado continuaba. Intentó tranquilizarse; fue al dormitorio, revolvió su armario y encendió dos cigarrillos sin darse cuenta.
Finalmente, incapaz de contenerse por más tiempo, abrió la puerta y salió a la calle. Cruzó con ánimo de aclararlo todo con Bayliss y exigirle un sedante inmediato.
El cuarto de estar del psicólogo estaba vacío. Larsen entró en la cocina y en la alcoba y descubrió que Bayliss estaba en la ducha. Permaneció en la sala unos minutos, y luego decidió esperar en su casa.
Con la cabeza baja, cruzó a grandes pasos bajo el sol ardiente. Ya estaba solo a unos cuantos metros de la sombría entrada, cuando reparó en un hombre con camisa azul que le contemplaba desde allí.
Larsen retrocedió sobresaltado al reconocer al doble. El hombre se movía incesantemente, agitando sus dedos, y parecía a punto de salir a la luz del sol.
Estaba a unos treinta metros de él, justo en la línea con la puerta de Bayliss. Retrocedió hacia su izquierda, camino del garaje. Allí se detuvo para recobrar la calma. El doble dudaba aún en la puerta más tiempo, estaba seguro, que él lo había hecho. Le miró cuidadosamente a la cara, con un sentimiento de náusea y repulsión, no tanto por la similitud de la imagen como por una extraña casi luminosa plasticidad que daba a las facciones del doble una especie de brillo de cera. Y era este brillo desagradable lo que le hacía retroceder. El doble estaba a un paso del buzón donde había escondido el revólver y nada podía inducir a Larsen a aproximarse.
Decidió entrar en el chalé y observar al doble por detrás. Con este propósito rodeó el garaje para entrar por la ventana del dormitorio.
Caminaba por un basurero que estaba tras el garaje, cuando oyó una voz:
—Larsen, idiota, ¿qué cree usted que está haciendo?
Era Bayliss, asomado a la ventana de su cuarto de baño. Larsen tropezó, recuperó a duras penas el equilibrio y se encaminó hacia el psicólogo. Este le contemplaba mientras se secaba el cuello con una toalla.
Larsen volvía sobre sus pasos cuando, al cruzar el espacio entre el garaje y la esquina más próxima del chalé del psicólogo, percibió una figura vestida de oscuro que permanecía a pocos metros de la puerta del garaje.
¡El doble se había movido! Larsen se detuvo y dio la vuelta, olvidando a Bayliss y mirando cautelosamente al doble. Este trataba de recuperar el equilibrio, como él había hecho hacía solo un minuto. No se distinguían sus ojos; pero parecían mirar a la puerta del chalé.
Automáticamente, Larsen miró la puerta de su casa. La figura de camisa azul aún continuaba allí.
Ahora no había un doble, sino dos.
Por un momento, los ojos de Larsen parecían querer salirse de sus órbitas, mirando a las dos figuras que estaban a ambos lados del camino, como maniquíes semivivos en un cuadro de muñecos de cera.
De repente, la figura que le daba la espalda giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia él. La luz del sol le daba de lleno en la cara, y con un estremecimiento de horror Larsen reconoció por primera vez la perfecta semejanza del doble: las mismas mejillas, el mismo lunar a la derecha de la nariz, el labio superior desnudo, con el mismo pequeño arañazo que se había hecho al afeitarse. Pero, sobre todo, reconoció el estado de ansiedad del hombre, sus labios nerviosos, la tensión de su cuello y músculos faciales, el agotamiento que se reflejaba en la máscara.
Con la voz estrangulada, Larsen huyó.
Dejó de correr junto al pequeño muro que aislaba los chalés del desierto. Falto de respiración, estaba caído sobre una rodilla, mirando a su casa. El segundo doble rodeaba el garaje y trepaba por el montón de basura. El otro cruzaba el espacio entre los dos chalés. Sin hacer caso de ellos, Bayliss miraba hacia el desierto desde su cuarto de baño.
Larsen secó el sudor de su cara con la manga de su chaqueta. Entonces, Bayliss estaba en lo cierto, aunque antes veía una sola imagen en un ataque sencillo. Pero ahora Larsen había producido dos en poco tiempo, cada una en una fase crítica durante los últimos cinco minutos. Algo en el proyector psíquico debía haber recibido dos impresiones separadas, y ahora arrojaba dos corrientes distintas de imágenes en la pantalla real.
Buscando el modo de acabar con esas imágenes, Larsen se acordó del revólver escondido en el buzón. Era su única, aunque irracional, esperanza. Con él se sentía capaz de probar la autenticidad de los dobles, sacándolos de su mente.
El muro cortaba el camino asfaltado. Volvió a mirar la escena. Los dos dobles continuaban en sus posiciones; pero Bayliss había desaparecido tras correr su ventana.
Larsen llegó al borde de la carretera, que se elevaba unos treinta centímetros del piso del desierto, y avanzó hacia un viejo tonel que le proporcionaría un excelente escondite. Para llegar al revólver decidió rodear el chalé de Bayliss y llegar a la puerta del suyo, desguarnecida, excepto por el doble que miraba desde el garaje.
Estaba a punto de ponerse en marcha cuando algo le hizo mirar atrás.
Corriendo junto al pequeño muro, con la cabeza baja, las manos casi tocando el suelo, venía una enorme criatura, parecida a una rata, moviéndose a tremenda velocidad. Cada diez o quince metros se detenía un momento y miraba las casas, y Larse pudo ver en su cara aterrorizada una nueva réplica de la suya.
—¡Larsen! ¡Larsen!
Bayliss estaba en la puerta de su casa.
Larsen continuaba mirando el fantasma, que se arrastraba hacia él; ahora estaba sólo a treinta metros; entonces, sin poder contenerse por más tiempo, echó a correr hacia el psicólogo.
—Larsen, ¿qué le sucede? ¿Sufre usted otro ataque?
Larsen no dejaba de gesticular, señalando los dobles a su alrededor.
—¡Deténgalos, Bayliss! ¡Por Dios, deténgalos! —suplicaba—. No pude deshacerme de ellos.
¿Ellos? Entonces, ¿ve usted más de uno? ¿Dónde están? Enséñemelos.
Larsen señaló las dos figuras que se movían cerca del chalé, y luego al desierto.
—En el garaje y sobre la pared. Hay otro escondido tras aquella esquina.
Bayliss miró en la dirección que le indicaba.
—Vamos, hombre. Debe hacerlos frente, no huir de ellos.
Intentó llevarle hacia el garaje, pero Larsen se pegó a la pared.
—No puedo, Bayliss, créame. Hay un revólver en el buzón. Tráigamelo. Es la única forma.
Bayliss le contempló arrodillado ante él.
—Está bien. Tranquilícese.
Larsen se levantó.
—Le esperaré allí —dijo, señalando la esquina más lejana de la casa del psicólogo.
Mientras Bayliss se encaminaba al buzón, él corrió hacia la esquina. A mitad del camino tropezó con una escalera caída en el suelo, torciéndose salvajemente el tobillo entre dos peldaños.
Se sentó en el suelo, frotándose el tobillo, y en ese momento Bayliss apareció entre las dos casas llevando el revólver. Miró a su alrededor buscando a Larsen, que aclaraba su garganta para llamarle.
Antes de poder abrir la boca vio al doble que le había seguido dirigirse hacia el psicólogo. El cabello del fantasma estaba revuelto y parecía exhausto; la chaqueta casi sobre sus hombros, el cuello de la camisa desabrochado y el nudo de la corbata torcido. La imagen continuaba persiguiéndole aún, siguiendo todos sus pasos como una sombra obsesionante.
Larsen intentó llamar al doctor de nuevo; pero hubo algo que heló la voz en su garganta.
¡Bayliss estaba mirando a su doble!
Larsen volvió a hacerse daño en el pie, con un súbito sentimiento de terror. Intentó ir hacia el psicólogo. Pero este conversaba ya con el doble, que le señalaba algo.
—¡Bayliss!
El disparo ahogó su grito. Bayliss había disparado junto al garaje, y el eco resonó entre los dos chalés. El doble permanecía a su lado, señalando en todas direcciones. Bayliss levantó de nuevo el revólver e hizo otro disparo. Larsen se sentía aturdido y enfermo.
Ahora Bayliss sufría el mismo ataque psicótico, viendo dos imágenes simultáneas; pero no suyas, sino de Larsen, en cuya mente había estado observando durante las pasadas semanas. Una repetición de Larsen le había engañado y le señalaba los fantasmas que estaba proyectando en la retina de Bayliss, diabólicamente, en el momento exacto en que este regresaba con el revólver y buscaba un blanco.
Larsen retrocedió intentando llegar a la esquina. Sonó un tercer disparo y una llamarada se reflejó en el cristal de la ventana del cuarto de baño. Casi había alcanzado la esquina cuando oyó la voz de Bayliss. Agarrándose a la pared con una mano, miró hacia atrás.
Con la boca abierta, Bayliss le miraba, con el revólver en la mano. A su lado, la figura del traje oscuro enderezaba el nudo de su corbata.
Al fin, el psicólogo se había dado cuenta de que podía ver dos imágenes de Larsen, una a su lado y otra junto a la pared de su casa.
Pero ¿cómo saber quién era el auténtico Larsen? Parecía incapaz de decidir.
Entonces el doble levantó un brazo y señaló la esquina que él mismo había indicado un minuto antes.
Larsen intentó escapar, pegándose a la pared. Los pasos de Bayliss resonaban al cruzar el asfalto.
El solamente pudo oír el primero de los tres disparos.