-Pero ¿Dónde, dónde está, Dios mío?
Lanzado en un tono de cólera y frustración incontrolables mientras caminaba de un lado a otro frente a la alta ventana, detrás del escritorio, este cri de coeur del doctor Mellinger, director del Hospicio de Green Hill, expresaba la consternación de todo el personal ante la misteriosa desaparición de uno de los pacientes. En las doce horas transcurridas desde la fuga, el doctor Mellinger y sus subordinados habían avanzado rápidamente de la sorpresa y el fastidio a la exasperación aguda, y de vez en cuando a un estado de azoramiento e incredulidad casi eufórico. Para colmo de males, no sólo el paciente, James Hinton, había conseguido ser el primero en escapar del hospicio, sino que se las había arreglado para no dejar el menor indicio. De modo que al doctor Mellinger y al personal los mortificaba de veras la posibilidad de que Hinton nunca hubiera escapado y estuviese todavía seguro dentro de los límites del hospicio. De cualquier modo, todos estaban de acuerdo: Hinton se había desvanecido literalmente en el aire.
Pero, pequeño consuelo, el doctor Mellinger se recordó a sí mismo, mientras tamborileaba irritado con los dedos en el escritorio, que la desaparición de Hinton había puesto de manifiesto las aterradoras insuficiencias del sistema de seguridad del hospicio, sacudiendo saludablemente a los administradores. Cuando el desgraciado grupo, encabezado por el director adjunto, el doctor Normand, se deslizó en su oficina para la primera de las conferencias de acción de esa mañana, el doctor Mellinger echó una siniestra y penetrante mirada a cada uno de ellos, sucesivamente; pero las caras insomnes permanecieron mudas y gachas, desalentadas, apuntando a la rica alfombra, como si buscaran ahora el escondrijo de Hinton, en la mullida felpa carmesí.
Por lo menos, reflexionaba el doctor Mellinger, sólo había desaparecido un paciente, sentimiento negativo que adquiría una mayor importancia teniendo en cuenta el clamor que se elevaría en el mundo exterior. Un enfermo —evidentemente un loco homicida— había permanecido suelto doce horas antes que avisaran a la policía.
Esta decisión de no informar a las autoridades civiles, error de criterio cuya culpabilidad parecía aumentar a medida que pasaban las horas, era lo único que impedía al doctor Mellinger encontrar en seguida una cabeza de turco —el pequeño doctor Mendelsohn, del Departamento de Patología, una sección sin importancia, podía haber sido el mejor candidato— y sacrificarla en el altar de su propia indiscreción. Una cautela natural y cierta repugnancia a ceder una pulgada de terreno a menos que lo obligaran, habían hecho que el doctor Mellinger se abstuviera de provocar la alarma general en las primeras horas que siguieron a la desaparición, cuando no se sabía aún si Hinton había abandonado en realidad el hospicio. Aunque el fracaso de la búsqueda de Hinton podía haberse interpretado como indicio razonable de que el hombre se había fugado con éxito, el doctor Mellinger se había negado típicamente a aceptar una lógica tan deficiente.
Ahora, más de doce horas después, el error de cálculo era cada vez más evidente. Como lo mostraba la leve sonrisa en la blanda cara del doctor Normand, y como comprenderían en seguida los otros subordinados, el cargo de director del hospicio corría peligro. A menos que Hinton apareciera en las próximas horas, se encontraría en una difícil situación, tanto ante las autoridades civiles como ante la administración.
Pero, y según recordaba el doctor Mellinger, había necesitado no poca astucia y expedientes para llegar a ser director de Green Hill.
—¿Dónde está?
Desplazando el énfasis de la primera palabra a la segunda, como para demostrar que la infructuosa búsqueda de Hinton había sido sucedida por un completo estudio del papel existencial que desempeñaba Hinton en la desdichada farsa de que era autor y actor principal, el doctor Mellinger se volvió hacia los tres hombres, que aún no habían desayunado.
—Bueno, ¿lo han encontrado? ¡No se queden ahí sentados, dormitando, señores! Quizá hayan pasado ustedes una noche de insomnio, pero yo todavía tengo que despertarme de la pesadilla. —Con esa salida malhumorada, el doctor Mellinger lanzó una mirada mordaz al sendero bordeado de rododendros, como si esperara ver allí de pronto al enfermo desaparecido—. Doctor Redpath, su informe, por favor.
—La búsqueda sigue todavía, señor director —contestó desanimado el doctor Redpath, el secretario del hospicio, que estaba nominalmente a cargo del servicio de seguridad—. Hemos registrado todas las instalaciones, los dormitorios, los garajes y los otros pabellones; hasta los pacientes participan: pero no hay huellas de Hinton. Lo lamento, pero me temo que no quede Otra alternativa que informar a la policía.
—Tonterías. —El doctor Mellinger tomó asiento detrás del escritorio, con los brazos extendidos y recorriendo con los ojos el cielo raso desnudo, como en busca de una minúscula réplica del esquivo paciente—. No se desanime, doctor. Mientras la búsqueda no haya terminado, llamar a la policía sería hacerle perder el tiempo.
—Desde luego, señor director —replicó suavemente el doctor Normand con una torcida sonrisa, pero por otro lado, y como ya probamos que el paciente desaparecido no se encuentra dentro de los límites de Green Hill, podemos concluir, ergo, que está fuera. En esa circunstancia quizá es posible que nosotros ayudemos a la policía.
—De ningún modo, mi querido Normand —replicó amablemente el doctor Mellinger. Mientras preparaba mentalmente alguna respuesta, se dio cuenta de que nunca había confiado en el médico adjunto, que nunca le había gustado; en la primera oportunidad que se presentara lo sustituiría, con mayor ventaja, por Redpath, cuyos errores en el «asunto Hinton», como se le podía llamar, lo dejarían para siempre muy bajo la férula del director—. Si hubiera amplias pruebas de los medios que utilizó Hinton para fugarse podríamos suponer con seguridad que ya no está entre estas paredes. Pero no hay pruebas, no hay sábanas atadas, huellas en los canteros y otras cosas por el estilo. Por lo que sabemos, y en realidad todo conduce inevitablemente a esta conclusión, el paciente sigue dentro de los límites de Green Hill, en rigor dentro de la celda. Los barrotes de la ventana no han sido cortados y la única salida es la puerta, y las llaves están siempre en manos del doctor Booth. —Señaló al tercer miembro del trío, un joven esbelto de expresión preocupada—. Doctor Booth, usted que es el médico a cargo de Hinton, ¿está completamente seguro de que fue la última persona que visitó al enfermo?
El doctor Booth asintió de mala gana. La celebridad que había ganado por haber descubierto la fuga de Hinton hacía tiempo que se había vuelto contra él.
—A las siete, señor, durante mi ronda de la noche. Pero la última persona que vio a Hinton fue la enfermera de turno, una hora más tarde. Sin embargo, como no se había prescripto ningún tratamiento, pues el paciente estaba aún en observación, no cerramos la puerta con llave. Poco después de las nueve decidí visitarlo...
—¿Por qué? —El doctor Mellinger, juntando las puntas de los dedos, construyó la nave y la ojiva de una catedral—. Éste es uno de los aspectos más extraños del caso, doctor. —¿Por qué decidió, casi una hora y media después, abandonar la confortable oficina de la planta y subir tres altos tramos de escaleras sólo para una inspección precipitada, tarea que correspondía al personal de turno? Los motivos de usted me desconciertan, doctor.
—¡Pero señor director...! —El doctor Booth se puso casi de pie—. ¿No sospechará usted que estoy complicado en la fuga de Hinton? Le aseguro que...
—Doctor, por favor. —El doctor Mellinger alzó una suave mano blanca—. Nada puede estar más lejos de mi intención. Quizá debiera haber dicho: los motivos inconscientes.
El desdichado Booth protestó de nuevo:
—Señor director, insisto en que no había motivos inconscientes. Admito que no puedo recordar con precisión qué me impulsó a ver a Hinton, pero era algo absolutamente trivial. Apenas conocía al enfermo.
El doctor Mellinger se inclinó hacia adelante sobre el escritorio.
—Eso es exactamente lo que quiero decir, doctor. Para ser exactos, usted no conocía a Hinton. —El doctor Mellinger contempló en el tintero de plata su propio reflejo deformado—. Dígame, doctor Booth, ¿cómo describiría usted a Hinton?
Booth vaciló.
—Bueno, era de... de estatura mediana, si mal no recuerdo, el pelo... sí, castaño y la tez pálida. Los ojos eran... tendría que refrescarme la memoria mirando el legajo, señor director.
El doctor Mellinger asintió. Se volvió hacia Redpath.
—¿Podría usted describirlo, doctor?
—Me temo que no, señor. Nunca vi al paciente. —Con u ti gesto señaló al director adjunto—. Creo que lo entrevistó el doctor Normand, el día del ingreso.
El doctor Normand trató de recordar.
—Probablemente fue mi ayudante. Si mal no recuerdo, era un hombre de talla mediana y facciones comunes. Ni alto ni bajo. Rechoncho, podría decirse. —Frunció los labios—. Sí. O más bien, no. Estoy seguro de que fue mi ayudante.
—Qué interesante. —El doctor Mellinger había revivido evidentemente: los fulgores de humor irónico que le relampagueaban en los ojos revelaban una poderosa transformación interna; y parecía como si le hubiesen quitado la carga de irritación y frustraciones que lo habían atormentado el día anterior—. ¿Significa eso, doctor Normand, que toda la institución ha sido movilizada en la búsqueda de un hombre a quien nadie podría reconocer aunque lo encontraran? Usted me sorprende, mi querido Normand. Yo tenía la impresión de que era usted un hombre de inteligencia fría, analítica, pero parece que en la búsqueda de Hinton está empleando otros poderes, más arcanos.
—¡Pero señor director, protesto! No se puede esperar que yo memorice la cara de cada paciente...
—¡Basta! ¡Basta! —El doctor Mellinger se puso de pie con un gesto elegante e imperioso, y volvió a circular por la alfombra—. Todo esto es muy perturbador. Es evidente que debemos revisar toda la relación entre Green Hill y los enfermos. Nuestros pacientes no son números anónimos, señores, sino los dueños de una identidad única y vital. Si no los consideramos reales ni les atribuimos características personales, ¿hemos de sorprendernos si desaparecen? Propongo que dediquemos las próximas semanas a una atenta revisión del problema. Miremos en nuestras propias conciencias y examinemos todos esos fáciles supuestos. —El doctor Mellinger echó a caminar bajo la luz que entraba por la ventana, como para exponerse a esa nueva revelación—. Sí, ésta es la tarea que nos aguarda ahora; de su feliz conclusión nacerá un nuevo Green Hill, un Green Hill sin sombras ni conspiraciones, donde médicos y pacientes estén unidos por una mutua confianza y auténtica responsabilidad.
Luego de esta homilía siguió un profundo silencio. Al fin el doctor Redpath se aclaró la garganta, incomodado por tener que perturbar la sublime comunión del doctor Mellinger consigo mismo.
—¿Y Hinton, señor?
—¿Hinton? Ah, sí. —El doctor Mellinger se volvió para darles la cara, como un obispo a punto de bendecir a su congregación—. Consideremos a Hinton como un ejemplo de este proceso de autoexamen, el núcleo de nuestra revisión.
—¿De modo que la búsqueda ha de continuar, señor? —insistió Redpath.
—Desde luego. —Por un momento la atención del doctor Mellinger divagó—. Sí, tenemos que encontrar a Hinton. Está en alguna parte; Green Hill vive penetrado de su esencia. Un vasto acertijo metafísico. ¡Resuélvanlo, señores, y habrán resuelto el misterio de la desaparición de Hinton!
Durante la hora siguiente el doctor Mellinger se paseó por la alfombra, solo, calentándose de vez en cuando las manos en el fuego bajo de la chimenea. Las escasas llamas se enroscaban trémulas como las ideas que le daban vueltas en la periferia de la mente. Al final, consideró, la manera de salir del atolladero se presentó sola. Siempre había creído que la milagrosa desaparición de Hinton era algo más que un simple problema de fallo de seguridad: un símbolo de que había algo gravemente equivocado en la base misma de Green Hill.
Prosiguiendo con estos pensamientos, el doctor Mellinger salió de su oficina y bajó al piso inferior donde funcionaba el departamento administrativo. El lugar estaba desierto; todo el personal del edificio participaba de la búsqueda. De vez en cuando los gritos lastimeros de los pacientes pidiendo el desayuno circulaban en el aire caliente, estanco. Por fortuna, las anchas paredes y las elevadas tarifas que cobraba el hospicio bastaban para evitar los problemas de una superpoblación.
El Hospicio Green Hill (lema y principal atracción: «Hay una colina verde allá lejos») era una de esas instituciones patrocinadas por los miembros más ricos de la comunidad y que en la práctica cumplen el papel de prisiones privadas. En esos lugares se confina a todos los parientes sinvergüenzas o infortunados cuya presencia sería una carga o una perturbación: las viudas importunas de los ovejas negras de la familia, las viejas tías solteronas, los viejos primos solterones que pagan el precio de indiscreciones románticas, en una palabra, todas las víctimas abandonadas del ejército de los privilegiados. En cuanto a los patrones de Green Hill, el máximo de seguridad era lo más importante, y el tratamiento, cuando lo había, pasaba muy al segundo lugar. Los pacientes del doctor Mellinger habían desaparecido convenientemente del mundo, y en la medida en que permanecían en ese limbo distante, los que pagaban la cuenta quedaban satisfechos. Por todo esto la fuga de Hinton era particularmente peligrosa.
Al entrar por la puerta abierta de la oficina de Normand, el doctor Mellinger recorrió con una rápida mirada la habitación. Sobre el escritorio, apresuradamente abierta, había una delgada carpeta que contenía unos pocos documentos y una fotografía.
Por un breve instante el doctor Mellinger contempló abstraído la carpeta. Luego, tras una discreta ojeada al corredor, se la deslizó bajo el brazo y volviendo sobre sus pasos subió la escalera vacía.
Afuera, enmudecidos por los oscuros macizos de rododendros, continuaban los ruidos de la búsqueda y la persecución. Abriendo la carpeta sobre el escritorio, el doctor Mellinger contempló la fotografía, que estaba invertida. Sin enderezarla, estudió los rasgos amorfos. La nariz era recta, la frente y las mejillas simétricas, las orejas un poco grandes, pero en esa posición invertida la cara no tenía ninguna identidad coherente y era un conjunto de partes dispares.
De pronto, mientras empezaba a leer el legajo, el doctor Mellinger se sintió lleno de un profundo enojo. Todo el tema de Hinton y la precaria pretensión del hombre a la realidad lo abrumaban con una honda náusea. Se negaba a aceptar que ese paria insensato, de rasgos anónimos, hubiese sido la causa de la confusión y la ansiedad del día anterior. ¿Era posible que esas pocas hojas de papel constituyeran toda la pretensión a la realidad de ese pobre individuo?
Tomando apenas el legajo con las puntas de los dedos, el doctor Mellinger lo llevó hasta la chimenea. Desvió la cara y escuchó con un profundo sentimiento de alivio mientras las llamas se animaban brevemente y luego desaparecían.
—¡Mi querido Booth! Pase. Es amable de su parte dedicarme un rato. —Con esta cálida acogida el doctor Mellinger lo acomodó en una silla junto al fuego y sacó su cigarrera de plata—. Hay un asuntito que quisiera discutir y usted es prácticamente la única persona que puede ayudarme.
—Claro, señor director —le aseguró Booth—. Es un gran honor para mí.
El doctor Mellinger se sentó en el sillón, detrás del escritorio.
—Es un caso muy curioso, uno de los más insólitos con que he tropezado. Tiene que ver con un paciente que está bajo el cuidado de usted, creo.
—¿Puedo preguntarle el nombre, señor?
—Hinton —dijo el doctor Mellinger echando a Booth una aguda mirada.
—¿Hinton, señor?
—Parece usted sorprendido —continuó el doctor Mellinger antes que Booth pudiera replicar—. Encuentro esa respuesta especialmente interesante.
—La investigación está todavía en curso —dijo Booth con inseguridad mientras el doctor Mellinger se detenía y rumiaba sus propias observaciones—. Me temo que no hayamos encontrado absolutamente ninguna huella. El doctor Normand piensa que deberíamos informar...
—Ah, sí, el doctor Normand. —El director despertó de pronto—. Le he pedido que me trajera el legajo de Hinton en cuanto quede libre. Doctor Booth, ¿no le parece que seguimos una pista equivocada?
—¿Cómo, señor?
—Realmente, ¿andamos detrás de Hinton? Me pregunto, quizá, si la búsqueda de Hinton no está escondiendo algo más grande y más importante, el enigma, como dije ayer, que mora en el corazón de Green Hill y a cuya solución debemos dedicarnos ahora todos. —El doctor Mellinger saboreó estas reflexiones antes de continuar—. Doctor Booth, consideremos por un momento el papel de Hinton, o, para ser más precisos, el complejo de acontecimientos superpuestos y adyacentes que identificamos de modo general con el término «Hinton».
—¿Complejo, señor? ¿Habla usted en términos de diagnóstico?
—No, Booth. Me refiero ahora a la fenomenología de Hinton, a su esencia metafísica absoluta. Para decirlo con sencillas palabras: ¿se le ha ocurrido, Booth, qué poco sabemos de este escurridizo paciente, qué escasas son las huellas que ha dejado de su propia identidad?
—Es cierto, doctor —convino Booth—. Siempre me reprocho no haberme interesado un poco más por el paciente.
—De ningún modo, doctor. Comprendo lo ocupado que usted está. Tengo intención de hacer una reorganización importante en Green Hill y le aseguro que su labor infatigable no quedará olvidada. Un puesto administrativo de categoría le iría a usted extraordinariamente bien, estoy seguro. —Booth se sentó, cada vez más interesado en la conversación. El doctor Mellinger aceptó la expresión de agradecimiento de Booth con un gesto discreto—. Como le decía, doctor, usted tiene tantos pacientes, todos vestidos con el mismo uniforme, alojados en las mismas salas y en general sometidos al mismo tratamiento; ¿es sorprendente entonces que pierdan su identidad individual? Si puedo permitirme una pequeña confesión —añadió con una sonrisa pícara—, yo mismo encuentro que todos los enfermos se parecen. Si el doctor Normand o usted mismo me informan que ha llegado un nuevo paciente llamado Smith o Brown, automáticamente le proporcionaré el uniforme de identidad común de Green Hill, los mismos ojos opacos y la boca floja, los mismos rasgos amorfos.
Soltando las manos, el doctor Mellinger se inclinó interesado sobre el escritorio.
—Lo que estoy sugiriendo, doctor, es que este mecanismo automático puede haber funcionado en el caso del tal Hinton, y que quizá usted haya conferido a un individuo absolutamente inexistente los atributos ficticios de una personalidad.
El doctor Booth meneó la cabeza lentamente.
—Ya veo, señor. Usted sospecha que Hinton, o lo que hasta ahora hemos llamado Hinton, era quizá un recuerdo confuso de otro paciente. —Vaciló dudando y entonces notó que el doctor Mellinger le clavaba los ojos con una intensidad hipnótica.
—Doctor Booth, yo le pregunto a usted: ¿qué prueba real tenemos de que Hinton haya existido?
—Bueno, señor, están los... —Booth buscó inútilmente alrededor—...los registros del departamento administrativo. Y las notas sobre el caso.
El doctor Mellinger meneó la cabeza con un gesto elegante e insolente.
—Mi querido Booth, usted habla de simples trozos de papel. Eso no prueba la identidad de un hombre. Una máquina de escribir puede hacer las marcas que usted elija. La única prueba concluyente es la existencia física en el tiempo y en el espacio, o a falta de esto una memoria clara de esa presencia física tangible. ¿Puede usted decir honradamente que se ha cumplido alguna de estas condiciones?
—No, señor. Supongo que no. Aunque yo hablé con un enfermo que supuse era Hinton.
—¿Pero lo era? —La voz del director resonaba apremiante—. Busque, recuerde, doctor; sea honrado consigo mismo. ¿No habrá hablado usted con otro paciente? ¿Qué médico mira realmente a los enfermos? Probablemente usted se limitó a ver el nombre de Hinton en una lista y supuso que estaba sentado delante, con una existencia física completa, como la de usted.
Alguien llamó a la puerta. El doctor Normand entró en la oficina.
—Buenas tardes, señor director.
—Ah, Normand, pase. El doctor Booth y yo hemos tenido una conversación sumamente instructiva. Creo que hemos encontrado una solución al misterio de la desaparición de Hinton.
El doctor Normand asintió cautelosamente.
—Es un gran alivio para mí, señor. Empezaba a preguntarme si no debíamos informar a las autoridades civiles. Han pasado ya casi cuarenta y ocho horas desde que...
—Mi querido Normand, me parece que sigue usted en ayunas. Toda nuestra actitud en el caso Hinton ha cambiado radicalmente. El doctor Booth me ha sido muy útil. Hemos estado discutiendo la posibilidad de buscarle un puesto administrativo. ¿Tiene usted el legajo de Hinton?
—Bueno... no, señor, lo lamento —se disculpó Normand apresuradamente, desplazando los ojos de Booth al director—. Sospecho que lo han cambiado provisionalmente de lugar. He ordenado una búsqueda completa y se lo traerán lo más pronto posible.
—Gracias, Normand, hágame el favor. —Mellinger tomó a Booth del brazo y lo acompañó hasta la puerta—. Doctor, le estoy sumamente agradecido. Me ha comprendido usted en seguida. Quiero que interrogue al personal de la sala como yo lo he hecho con usted. Sacuda las brumas de la ilusión y las falsas suposiciones que pueden adoptar la apariencia de la realidad. Recuérdeles también que Green Hill necesita mentes claras. Me sorprendería mucho que alguno de ellos, con la mano en el corazón, pudiera jurar que Hinton ha existido realmente.
Cuando Booth hubo salido, el doctor Mellinger se volvió a su escritorio frotándose las manos. Por un momento no advirtió al adjunto.
—Ah, sí, Normand. Me pregunto dónde está ese legajo. ¿No me lo ha traído?
—No, señor. Como le expliqué...
—Bueno, no importa. Pero no podemos descuidarnos, Normand, hay demasiadas cosas en juego. ¿Se da cuenta de que sin esa carpeta no sabemos literalmente nada sobre Hinton? Sería muy incómodo.
—Le aseguro, señor, que la carpeta...
—Basta, Normand. No se preocupe. —El doctor Mellinger echó una mirada de zorro al inquieto Normand—. Tengo el mayor respeto por la eficacia del departamento administrativo. Me parece improbable que lo hayan cambiado de lugar. Dígame, Normand, ¿está seguro de que ese legajo existió alguna vez?
—Por supuesto, señor —respondió vivazmente Normand—. Claro, yo mismo no lo he visto, pero todos los pacientes de Green Hill tienen un legajo personal completo.
—Pero Normand —señaló amablemente el director—, el paciente en cuestión no está en Green Hill. Exista o no ese hipotético legajo, Hinton no está.
Se detuvo y esperó a que Normand lo mirara con curiosidad, entornando los ojos.
Una semana después, el doctor Mellinger celebró una conferencia final en su oficina. Fue una reunión mucho menos tensa. Los subordinados de Mellinger se apoyaban en los respaldos de los sillones de cuero, en torno al fuego, mientras el doctor, inclinado sobre el escritorio, hacía circular su mejor jerez.
—De manera que, señores —observó para concluir—, podemos considerar la semana pasada como un período de autodescubrimiento único, una lección para que todos nosotros recordemos la verdadera naturaleza de nuestras funciones en Green Hill, nuestra dedicación a la tarea de separar la realidad de la ilusión. Si nuestros pacientes están obsesionados por quimeras, conservemos nosotros por lo menos una absoluta claridad de espíritu, aceptando la validez de una proposición sólo si nuestros sentidos pueden corroborarla. Consideremos el ejemplo del «asunto Hinton». En este caso, por una acumulación de falsos supuestos, de ilusiones sustentadas por otras ilusiones, se levantó una vasta construcción fantástica en torno a la identidad absolutamente mítica de un paciente. Esta figura imaginaria que por algún medio que no hemos descubierto, probablemente el error de un mecanógrafo del departamento de informaciones, recibió el nombre de «Hinton», fue dotado a continuación de una identidad personal completa, una habitación privada, enfermeras y médicos. Tal la fuerza de ese mundo de reemplazo de esa concatenación de errores, que cuando se desmoronó y se descubrió la ausencia de toda sustancia detrás de esa sombra, el vacío que quedó fue interpretado automáticamente como la fuga del enfermo.
El doctor Mellinger alzó la mano en un ademán elocuente, mientras Normand, Redpath y Booth se mostraban de acuerdo meneando la cabeza. Dio la vuelta alrededor del escritorio y se sentó.
—Quizá, señores, es una suerte que yo haya permanecido apartado de los asuntos cotidianos de Green Hill. No me jacto de que este apartamiento me haya ayudado a considerar todas las repercusiones de la desaparición de Hinton y a encontrar la única explicación posible: ¡que Hinton nunca había existido!
—Una deducción brillante —murmuró Redpath.
—Sin duda —dijo Booth como un eco.
—Una profunda perspicacia —convino Normand.
Alguien golpeó secamente en la puerta. El doctor Mellinger frunció el entrecejo, pasó por alto la llamada y reanudó el monólogo.
—Gracias, señores. Sin la ayuda de ustedes la hipótesis de que Hinton era sólo una acumulación de errores administrativos no se hubiese confirmado nunca.
El golpe en la puerta se repitió. Apareció una enfermera sin aliento.
—Discúlpeme, señor. Lamento interrumpirlo, pero...
El doctor Mellinger se volvió hacia la enfermera.
—No importa. ¿Qué pasa?
—Una visita, doctor Mellinger. —Se detuvo mientras el director esperaba con impaciencia—. La señora Hinton, para ver a su marido.
Durante un momento todos se miraron consternados. Los tres hombres sentados alrededor del fuego se incorporaron y olvidaron las bebidas mientras el doctor Mellinger parecía una figura de piedra, de pie junto al escritorio. Había un silencio total en la habitación, sólo roto por el ligero taconeo de una mujer en el corredor de afuera.
Pero el doctor Mellinger se recobró rápidamente. Se puso de pie y dijo sonriendo torvamente a sus colegas:
—¿Para ver al señor Hinton? Imposible, Hinton nunca ha existido. La mujer ha de padecer terribles alucinaciones; necesita un tratamiento inmediato. Háganla pasar. —Se volvió hacia sus colegas—. Señores, tenemos que hacer todo cuanto podamos para ayudarla.
Menos dos.