País Relato - Autores

james graham ballard

el señor f. es el señor f.

Y con el bebé somos tres.
...Las once. Hanson ya tendría que estar aquí. ¡Elizabeth! Maldita sea, ¿por qué anda siempre tan despacio?
Freeman bajó de la ventana que daba a la calle, corrió a la cama y se metió dentro, alisándose las mantas sobre las rodillas. Cuando su mujer asomó la cabeza por la puerta, él le sonrió cándidamente, fingiendo leer una revista.
—¿Todo bien? —preguntó ella, mirándolo con astucia. Acercó el cuerpo de matrona y se puso a ordenar la cama. Cuando intentó levantarlo de la almohada en la que estaba sentado, Freeman se agitó, impaciente.
—¡Por Dios, Elizabeth, no soy un niño! —protestó, controlando con dificultad la vocecita—. ¿Qué le ha pasado a Hanson? Tendría que haber llegado hace media hora.
La mujer meneó la cabeza grande y hermosa y se acercó a la ventana. El vestido suelto de algodón le disimulaba la figura, pero al levantar la mano para poner el cerrojo Freeman vio la curva incipiente del embarazo.
—Debe de haber perdido el tren. —Con un solo movimiento del antebrazo aseguró el cerrojo superior, que Freeman había tardado diez minutos en quitar—. Me pareció oír que se golpeaba la ventana —apuntó—. No queremos que te resfríes, ¿verdad?
Freeman ojeaba el reloj, esperando impaciente a que ella saliese del cuarto. La mujer se detuvo a los pies de la cama y lo examinó con atención; a él le costó reprimir un grito.
—Estoy juntando la ropa del bebé —dijo ella, y en voz alta, como si hablara consigo misma, agregó—: esto me recuerda que necesitas otra bata. Esa vieja se está deformando.
Freeman se cerró las solapas tanto para ocultar el pecho desnudo como para llenar la bata.
—Elizabeth, hace años que tengo ésta y me sirve perfectamente. Ahora andas con la obsesión de renovarlo todo. —Vaciló, comprendiendo que lo que acababa de decir no era lo más adecuado: tendría que sentirse halagado de que ella lo identificase con el niño que esperaba. Si el grado de identificación resultaba a veces alarmante, quizá se debía a que ella iba a tener su primer hijo a una edad comparativamente tardía, poco después de los cuarenta. Además, él había estado enfermo y postrado en cama durante el último mes (y ¿cuáles serían sus motivos inconscientes?), lo cual no hacía más que reforzar la confusión.
—Elizabeth. Lo siento. Te agradezco que me hayas cuidado. Quizá debiéramos llamar a un médico.
¡No!, gritó algo dentro de él.
Como si hubiera oído, su mujer asintió con un movimiento de cabeza.
—Pronto te pondrás bien. Deja que la naturaleza siga su curso. No creo que necesites médico todavía.
¿Todavía?
Freeman oyó cómo los pasos de ella se perdían bajando por la escalera alfombrada. Unos minutos más tarde empezó a salir de la cocina el zumbido de la máquina de lavar.
¡Todavía!
Freeman se escapó de la cama y se metió en el cuarto de baño.
El armario junto al lavabo estaba repleto de ropa de bebé, que Elizabeth había comprado o tejido y que luego había lavado cuidadosamente y esterilizado. En cada uno de los cinco estantes, un cuadrado grande de gasa cubría las ordenadas pilas, pero la mayoría de las prendas eran celestes, algunas blancas y ninguna rosa.
Ojalá no se equivoque Elizabeth, pensó. Si acierta, será el bebé mejor vestido del mundo. Estamos manteniendo a toda una industria.
Se agachó hasta el último compartimiento y sacó una pequeña balanza. En el estante inmediatamente superior vio una prenda grande de color marrón, un traje de dormir para un niño de seis años. Al lado había una pila de camisetas grandes, casi de la talla del propio Freeman. Se quitó la bata y se subió a la plataforma. En el espejo detrás de la puerta se examinó el cuerpo lampiño, de hombros delgados y caderas estrechas y piernas largas y huesudas.
Cuarenta y dos kilos y medio ayer. Apartó la mirada del cuadrante y escuchó la lavadora que funcionaba allá abajo; luego esperó a que la aguja se detuviese.
¡Treinta y nueve kilos!
Palpándose la bata, Freeman empujó la balanza debajo del estante.
¡Treinta y nueve kilos! ¡Había perdido más de tres kilos en veinticuatro horas!
Corrió a meterse en la cama y se quedó allí temblando, nervioso, buscándose con los dedos el disminuido bigote.
Sin embargo, hacía sólo dos meses había pesado más de setenta kilos. Más de tres kilos en un solo día: a ese ritmo...
No se atrevía a pensarlo. Para que no le temblaran las rodillas tomó una de las revistas y empezó a pasar páginas sin verlas.
Y con el bebé somos dos.
Se había dado cuenta de la transformación hacía seis semanas, casi inmediatamente después de haberse confirmado el embarazo de Elizabeth.
A la mañana siguiente, mientras se afeitaba para ir a la oficina, descubrió que tenía el bigote menos poblado. Las cerdas habitualmente duras eran blandas y flexibles, y volvían a tener el color pardo rojizo de antes.
La barba también era más clara; normalmente oscura y cerrada después de unas horas, cedía ante los primeros golpes de la navaja, dejándole la piel de la cara rosada y suave.
Freeman había atribuido ese aparente rejuvenecimiento a la aparición del bebé. Tenía cuarenta años al casarse con Elizabeth, dos o tres menos que ella, e inconscientemente había dado por sentado que era demasiado viejo para ser padre, sobre todo porque había elegido deliberadamente a Elizabeth como madre sustituía, y se veía más como hijo de ella que como marido con responsabilidades de padre. Sin embargo, ahora que se había materializado un hijo, no sentía ningún resentimiento. Después de felicitarse, llegó a la conclusión de que había entrado en una nueva fase de madurez y que podría entregarse con entusiasmo al papel de joven padre.
Por eso el bigote que desaparecía, la barba que se desvanecía, el andar elástico y juvenil. Canturreó:
—Con Lizzie, conmigo y el bebé, somos tres.
A sus espaldas, por el espejo, observó a Elizabeth que todavía dormía, llenando la cama con aquellas caderas grandes. Le alegraba verla descansar. En contra de lo que había esperado, ella se preocupaba aún más por él que por el bebé, y se negaba a dejarle preparar el desayuno. Mientras él se cepillaba el pelo, una densa mata rubia que le salía de la frente y le tapaba la calvicie, pensó con ironía en los clásicos dichos de los libros de maternidad acerca de la hipersensibilidad de los futuros padres: era evidente que Elizabeth tomaba en serio esos consejos.
Volvió de puntillas al dormitorio y se detuvo junto a la ventana abierta, disfrutando del fresco aire de la mañana. Abajo, mientras esperaba el desayuno, sacó la vieja raqueta de tenis del armario de la sala, y terminó despertando a Elizabeth cuando uno de sus golpes rompió el cristal del barómetro.
Al principio Freeman había disfrutado de esa nueva energía. Llevaba a Elizabeth a pasear en barca, remando con furia por el río, redescubriendo todos los placeres físicos que las preocupaciones le habían impedido disfrutar a los veinte años. Salía de compras con Elizabeth y la acompañaba erguido por la acera, llevando todos los paquetes, sintiendo que tenía dos metros y medio de estatura.
Pero fue entonces cuando tuvo las primeras sospechas sobre lo que de veras estaba ocurriendo.
Elizabeth era una mujer corpulenta, atractiva a su manera, de espaldas anchas y caderas fuertes, y acostumbrada a usar tacones altos. Freeman, un hombre robusto de estatura media, siempre había sido un poco más bajo que ella, pero eso nunca le había preocupado.
Cuando descubrió que ahora apenas le llegaba al hombro empezó a examinarse con mayor atención.
En una de las expediciones de compras (Elizabeth siempre llegaba consigo a Freeman y generosamente pedía su opinión, qué prefería, casi como si él fuese a usar esos abriguitos de lana), un vendedor distraído se refirió a Elizabeth como su «madre». Asustado, Freeman reconoció la evidente disparidad que había entre ellos: el embarazo hinchaba la cara de Elizabeth, y le rellenaba el pescuezo y los hombros, mientras que las facciones de él seguían lisas y tersas.
Cuando llegaron a casa, mientras andaba por la sala y el comedor se dio cuenta de que los muebles y las bibliotecas parecían más grandes y voluminosos. Arriba, en el cuarto de baño, subió por primera vez a la balanza, y descubrió que había perdido nueve kilos.
Esa noche, mientras se desvestía, hizo otro curioso descubrimiento.
Elizabeth le estaba cambiando las costuras de las chaquetas y los pantalones. Ella no le había dicho nada, y al verla trabajar con la aguja siempre había pensado que estaba preparando algo para el bebé.
Durante los días siguientes fue perdiendo ese vigor primaveral. En su cuerpo se producían cambios extraños: la piel y el cabello, y toda la musculatura, parecían distintos. Los planos de su cara se habían alterado, la mandíbula era más delgada, la nariz menos prominente, las mejillas suaves y sin manchas.
Al estudiarse la boca en el espejo descubrió que la mayoría de los viejos empastes metálicos habían desaparecido, y en su lugar había un blanco y firme esmalte.
Siguió acudiendo a la oficina, consciente de las miradas de sus colegas. El día después de descubrir que ya no podía alcanzar los libros de referencia del estante que tenía detrás del escritorio, se quedó en casa, fingiendo un ataque de gripe.
Elizabeth parecía entenderlo todo. Freeman no le había dicho nada por temor a que se llevase un susto y abortase si se enteraba de la verdad. Envuelto en su vieja bata, con una bufanda de lana alrededor del cuello y del pecho para que su delgada figura abultase un poco más, se quedó en el sofá de la sala, bajo una pila de mantas, sobre un firme cojín que le levantaba el asiento.
Tenía cuidado de no estar de pie cuando Elizabeth entraba en la sala, y cuando no le quedaba otro remedio andaba de puntillas por detrás de los muebles.
Pero una semana más tarde, cuando sus pies dejaron de tocar el suelo debajo de la mesa del comedor, decidió quedarse arriba en la cama.
Elizabeth estuvo en seguida de acuerdo. Miraba todo el tiempo a su marido con aquellos ojos suaves e impasibles, preparándose tranquilamente para el bebé.
Maldito Hanson, pensó Freeman. A las once y cuarenta y cinco todavía no había aparecido. Freeman ojeaba la revista sin mirarla, espiando de mal humor el reloj cada pocos segundos. La correa era ahora demasiado grande y en dos ocasiones había tenido que hacerle agujeros nuevos para ajustaría a la muñeca.
Atormentado por curiosas dudas, aún no sabía cómo le describiría esa metamorfosis a Hanson. Ni siquiera sabía qué estaba pasando. Desde luego, había perdido una notable cantidad de peso —hasta cuatro kilos o cuatro kilos y medio por día— y casi treinta centímetros de estatura, pero sin perder nada de salud. Había, de hecho, vuelto a la edad y al físico de un colegial de catorce años.
Pero ¿cuál era la verdadera explicación de todo eso?, se preguntaba Freeman. El rejuvenecimiento ¿sería acaso alguna forma de exceso psicosomático? Aunque no sentía ningún rencor consciente hacia el futuro bebé, ¿estaría dominándolo un demoníaco intento de venganza?
Era esa posibilidad, con su lógica perspectiva de celdas acolchadas y guardias de bata blanca, lo que había asustado y hecho callar a Freeman. El médico de Elizabeth era brusco y poco comprensivo, y casi seguramente vería en Freeman a un neurótico embarcado en una compleja charada, pretendiendo sustituir a su propio hijo en los afectos de su mujer.
Además, Freeman lo sabía, había otros motivos, oscuros e intangibles. Demasiado asustado para examinarlos, se puso a leer la revista.
Era un cómic infantil. Fastidiado, Freeman observó la cubierta, y luego miró la pila de revistas que Elizabeth había encargado al vendedor de periódicos esa mañana. Todas eran iguales.
Elizabeth entró en su dormitorio del otro lado del rellano. Freeman ahora dormía solo en el que sería el cuarto de los niños, en parte buscando una intimidad que le permitiese pensar, y también para ahorrarse el azoramiento de mostrarle a su mujer ese cuerpo menguante.
Ella entró con una pequeña bandeja en la que había un vaso de leche caliente y dos galletas. Aunque estaba perdiendo peso, Freeman tenía el entusiasta apetito de un niño. Sacó las galletas y las comió apresuradamente.
Elizabeth se sentó en la cama y sacó un folleto del bolsillo del delantal.
—Quiero encargar una cuna —le dijo—. ¿Podrías elegir algún modelo?
Freeman hizo un ademán, quitando importancia al asunto.
—Cualquiera sirve. Escoge una pesada y resistente. De la que no pueda salir con facilidad.
Su mujer asintió, mirándolo pensativa. Pasó toda la tarde planchando y limpiando, metiendo las pilas de ropa seca en los armarios del rellano, desinfectando cubos y baldes.
Habían decidido que tuviese el bebé en casa.
¡¿Veintinueve kilos?!
Freeman ahogó un grito al ver la aguja de la balanza. Durante los dos días anteriores había perdido más de ocho kilos, y le había costado llegar al tirador del armario y abrir la puerta. Tratando de no mirarse en el espejo, se daba cuenta de que ahora tenía la estatura de un niño de seis años, de pecho angosto y cuello y cara delgados. El borde de la bata arrastraba por el suelo a sus espaldas, y le costaba mucho sacar las manos de las mangas voluminosas.
Cuando Elizabeth subió con el desayuno lo examinó críticamente, apoyó la bandeja y fue a uno de los armarios del rellano. Volvió con una camisa deportiva y unos pantalones cortos de pana.
—Querido, ¿te gustaría usar esto? —preguntó—. Te resultará más cómodo.
Resistiéndose a emplear la voz, que había degenerado en un gorjeo atiplado, Freeman dijo que no con la cabeza. Cuando ella se fue, sin embargo, se quitó la bata pesada y se puso la camisa y los pantalones.
Luchando consigo mismo, se preguntó cómo podría comunicarse con el médico sin tener que bajar a donde estaba el teléfono. Hasta el momento había logrado evitar que su mujer sospechase, pero ya no había esperanzas de que esa situación perdurara. Apenas le llegaba a la cintura. Si lo viera de pie, ella podría morir instantáneamente del susto.
Por fortuna, Elizabeth lo dejaba en paz. En un momento, poco después del almuerzo, llegaron en una furgoneta dos hombres del almacén y entregaron una cuna y un corral azules, pero él fingió estar dormido hasta que se fueron. A pesar de su ansiedad, Freeman se durmió fácilmente —había empezado a sentirse cansado después del almuerzo— y al despertar dos horas más tarde descubrió que Elizabeth había preparado la cuna, envolviendo las mantas y la almohada azules en una lámina de plástico.
Debajo de eso, aseguradas a los lados de madera, vio las correas blancas de cuero de un arnés de contención.
A la mañana siguiente Freeman decidió huir. Su peso había bajado a sólo diecinueve kilos y medio, y las ropas que Elizabeth le había dado el día anterior ya le quedaban tres números demasiado grandes: los pantalones apenas se le sostenían en la delgada cintura. En el espejo del cuarto de baño, Freeman miró al niño con ojos muy abiertos. Recordó vagamente unas fotos de su propia infancia.
Después del desayuno, mientras Elizabeth estaba en el jardín, se deslizó escaleras abajo. Por la ventana vio cómo ella abría el cubo de la basura y tiraba dentro el traje de oficina y los zapatos negros de cuero.
Freeman esperó un momento, impotente, y luego volvió de prisa a su habitación. Trepar a los enormes escalones le costó más de lo que había imaginado, y cuando llegó arriba estaba demasiado agotado para subir a la cama. Jadeando, se apoyó en ella durante unos minutos. Aunque pudiese llegar al hospital, ¿cómo podría convencer a alguien de lo que había sucedido sin que llamaran a Elizabeth para que lo identificase?
Por fortuna, su inteligencia estaba todavía intacta. Si le daban un papel y un lápiz pronto demostraría que tenía una mente adulta, y un detallado conocimiento de los asuntos sociales, imposible en un niño prodigio.
Su primera tarea era llegar al hospital o, si eso no era posible, al puesto de policía. Por suerte, lo único que necesitaba era caminar por la calle más cercana: un niño de cuatro años que andaba solo pronto sería recogido por un policía de servicio.
Oyó que Elizabeth empezaba a subir despacio las escaleras, con el cesto de la ropa que le crujía bajo el brazo. Freeman intentó subir a la cama, pero sólo consiguió desarreglarla. Mientras Elizabeth abría la puerta, corrió al otro lado de la cama y ocultó detrás su pequeño cuerpo, apoyando el mentón en el cobertor.
Elizabeth se detuvo y le miró la cara pequeña y rolliza. Por un momento cruzaron las miradas. A Freeman le saltaba el corazón en el pecho, y se preguntó cómo era posible que ella no notase lo que le había ocurrido. Pero ella sólo le sonrió y siguió hasta el cuarto de baño.
Apoyándose en la mesa de noche, Freeman trepó a la cama sin mirar hacia la puerta del baño. Al salir, Elizabeth se inclinó y lo arropó, y luego salió de la habitación cerrando la puerta.
Freeman esperó todo el resto del día una oportunidad para huir, pero su mujer andaba haciendo cosas por el piso de arriba, y al anochecer, sin poder evitarlo, cayó en un profundo sueño sin sueños.
Despertó en una enorme habitación blanca. Una luz azul salpicaba las altas paredes, sobre las que brincaba y bailaba una hilera de gigantescas figuras animales. Al mirar alrededor se dio cuenta de que todavía estaba en el cuarto de los niños. Llevaba un pequeño pijama a lunares (¿lo habría cambiado Elizabeth mientras dormía?) que en realidad casi le quedaba demasiado grande para aquellos brazos y piernas encogidos.
Sobre los pies de la cama habían dejado una bata en miniatura, y en el suelo un par de pantuflas. Freeman bajó y se puso todo eso, sintiéndose poco firme. La puerta estaba cerrada, pero acercó una silla, se subió a ella e hizo girar el picaporte con los dos minúsculos puños.
En el rellano se detuvo y escuchó con atención. Elizabeth canturreaba en la cocina. Freeman empezó a bajar, escalón tras escalón, mirando a su mujer por debajo del pasamanos. Ella calentaba algo con leche, tapando casi la cocina con las anchas espaldas. Freeman esperó a que fuese al fregadero y entonces atravesó corriendo la sala y salió por la puerta ventana.
Las gruesas suelas de las pantuflas le amortiguaban los pasos, y al llegar al amparo del jardín delantero echó a correr. La puerta estaba casi demasiado atascada para poder abrirla, y mientras peleaba con el picaporte una mujer de mediana edad se detuvo y lo observó, echando miradas preocupadas hacia las ventanas.
Freeman fingió correr de vuelta a la casa, esperando que Elizabeth no hubiese descubierto todavía su desaparición. Cuando la mujer se alejó, abrió la puerta y echó a correr por la calle hacia el centro comercial.
Había entrado en un mundo enorme. Las casas de dos pisos se elevaban como las paredes de un cañón, y el final de la calle, a cien metros de distancia, se perdía bajo el horizonte. Las losas del pavimento eran enormes e irregulares, y los sicómoros tan altos como el cielo. Un coche avanzaba hacia él. Se veía la luz del día entre las ruedas. El coche vaciló y luego siguió su camino.
Todavía le faltaban cincuenta metros para llegar a la esquina cuando tropezó en una de las piedras del pavimento y se vio forzado a detenerse. Sin aliento, se apoyó en un árbol, con las piernas agotadas.
Oyó que se abría una puerta, y vio por encima del hombro que Elizabeth miraba a un lado y a otro de la calle. Se ocultó rápidamente detrás del árbol, esperó a que ella regresase a la casa y se puso en marcha otra vez.
De pronto, un enorme brazo que bajó del cielo lo levantó en el aire. Ahogando un grito de sorpresa, vio la cara del señor Symonds, el director de su banco.
—Saliste temprano, joven —dijo Symonds. Lo puso en el suelo, sosteniéndolo fuerte con una mano. Tenía el coche estacionado en la calle, allí al lado. Dejó el motor en marcha y empezó a caminar con Freeman—. A ver, ¿dónde vives?
Freeman intentó desasirse, moviendo violentamente el brazo, pero Symonds apenas se daba cuenta de esos esfuerzos. Elizabeth salió por la puerta con un delantal alrededor de la cintura y corrió hacia ellos. Freeman trató de esconderse detrás de las piernas de Symonds, y sintió que las potentes manos del banquero lo levantaban y lo entregaban a Elizabeth. Ella lo sostuvo con firmeza, sujetándole la cabeza contra el ancho hombro, dio las gracias a Symonds y lo llevó de vuelta a la casa.
Mientras iban por el jardín, Freeman, colgando flojamente, sólo deseaba morir.
En el cuarto de los niños esperó a que sus pies tocaran la cama, listo para zambullirse debajo de las mantas, pero Elizabeth lo bajó con cuidado hasta el suelo, y Freeman descubrió que lo habían puesto en el corralito. Se aferró indeciso a la barandilla, mientras Elizabeth si' inclinaba y le acomodaba la bata. Luego, para alivio de Freeman, ella salió de la habitación.
Durante cinco minutos Freeman se quedó paralizado junto a la barandilla, recobrando el aliento pero al mismo tiempo entendiendo poco a poco algo que desde hacía algunos días temía vagamente: ¡por una extraordinaria inversión de la lógica, Elizabeth lo identificaba con el bebé que llevaba en el útero! Lejos de mostrar sorpresa por la transformación de Freeman en un niño de tres años, su mujer lo aceptaba como un concomitante natural de su propio embarazo. Había externalizado mentalmente el bebé que llevaba dentro. Mientras Freeman se encogía, reflejando el crecimiento del hijo de ella, los ojos fijos de Elizabeth no veían otra cosa que la imagen del bebé.
Buscando todavía la manera de huir, Freeman descubrió que no podía salir del corralito. Sus pequeños brazos no podían romper las rejas de madera liviana, y la jaula era tan pesada que no podía levantarla. Agotado, se sentó en el suelo y se puso a jugar nerviosamente con una pelota grande de colores.
En vez de tratar de eludir a Elizabeth y ocultarle la extraña transformación, comprendió que ahora debía atraer la atención de ella y obligarla a que reconociese quién era él realmente.
Se levantó y empezó a balancear el corralito, llevándolo contra la pared hasta el rincón donde podía golpearlo con firmeza.
Elizabeth salió de su dormitorio.
—Querido, ¿a qué se debe todo ese ruido? —dijo, sonriéndole—. ¿Quieres una galleta? —Se arrodilló junto al corralito, poniendo la cara a unos pocos centímetros de la de Freeman.
Armándose de valor, Freeman la miró directamente, buscando aquellos ojos grandes e imperturbables.
Aceptó la galleta, carraspeó y dijo con cuidado: —No toy tu bebé.
Elizabeth le despeinó el largo cabello rubio. —¿De veras, querido? Qué pena.
Freeman golpeó con el pie en el suelo, y luego estiró los labios. —¡No toy tu bebé! —gritó—. ¡Toy tu maío!
Conteniendo la risa, Elizabeth empezó a vaciar el armario que había junto a la cama. Mientras Freeman protestaba, luchando con las consonantes, ella le sacó del mueble el esmoquin y el abrigo. Luego vació la cómoda y le envolvió las camisas y los calcetines en una sábana.
Después de llevar todo eso afuera, volvió y quitó la ropa de la cama, que acomodó contra una pared. Luego puso el corralito en su lugar.
Aferrado a la barandilla, Freeman observaba pasmado cómo despachaban allá abajo los restos de su existencia anterior.
—¡Lisbeg, údame, no...!
Se dio por vencido, y buscó en el suelo del corralito algo con que escribir. Usando todas sus energías, meció el corralito acercándolo a la pared y con letras grandes, utilizando la saliva que le brotaba en abundancia de la boca, escribió:
¡ELIZABETH AYÚDAME! NO SOY UN BEBÉ.
Golpeó la puerta con los puños y logró por fin llamar la atención de Elizabeth, pero cuando señaló la pared las marcas se habían secado. Llorando de frustración, Freeman se tambaleó hasta el otro lado de la jaula y repasó el mensaje. Antes de haber terminado más de dos o tres letras Elizabeth le rodeó la cintura con las manos y lo levantó.
En la cabecera de la mesa del comedor habían puesto un solo plato, y al lado había una nueva silla alta. Tratando todavía de decir algo coherente, Freeman sintió que lo metían en la silla, con un babero atado al cuello.
Elizabeth negó con la cabeza. —El hijo de un amigo de Charles. Tenemos que irnos, señor Hanson.
—Llámeme Robert. Hasta pronto.
Elizabeth sonrió, y otra vez volvió a parecer tranquila. —Hasta pronto, Robert.
—Muy bien. —Hanson se alejó con una sonrisa pícara.
¡Ella sabía!
Asombrado, Freeman apartó las mantas todo lo que pudo y miró cómo se alejaba la figura de Hanson. Hanson se volvió una vez y saludó a Elizabeth, que levantó la mano y luego metió el cochecito por la puerta.
Freeman trató de incorporarse, clavando la mirada en Elizabeth con la esperanza de que ella le viese la rabia en la cara. Pero ella metió el cochecito rápidamente en el pasillo, desató las correas y sacó a Freeman.
Mientras subían por la escalera miró el teléfono por encima del hombro de Elizabeth y vio que el auricular no estaba en la horquilla. Ella había sabido todo el tiempo lo que ocurría, y había fingido deliberadamente no darse cuenta de esa metamorfosis. Había previsto cada etapa de la transformación, y se había anticipado a comprar toda aquella ropa; la serie de prendas cada vez más pequeñas, el corralito y la cuna los había encargado para él, no para el bebé.
Por un momento Freeman se preguntó si ella estaría realmente embarazada. La hinchazón de la cara, la figura ensanchada, bien podían ser ilusorias. Cuando ella le dijo que esperaba un bebé él jamás imaginó que el bebé sería él.
Manipulándolo con torpeza, lo envolvió en la ropa, lo metió en la cuna y lo tapó con las mantas. Freeman oyó que ella se movía allá abajo con rapidez, aparentemente preparándose para alguna emergencia. Impulsada por una urgencia nada típica, cerraba las puertas y las ventanas. Mientras la escuchaba, Freeman tomó conciencia de lo frío que se sentía. Su pequeño cuerpo estaba fajado como un recién nacido, pero sus huesos eran como carámbanos. Empezaba a dominarlo una curiosa modorra que le quitaba la rabia y el miedo, y su centro de atención estaba pasando de los ojos a la piel. La tenue luz del atardecer le hacía escocer los ojos, y cuando se le cerraron entró en un borroso limbo de sueño poco profundo, mientras la tierna superficie de su cuerpo pedía un urgente alivio.
Un poco más tarde sintió que las manos de Elizabeth apartaban las mantas y tuvo conciencia de que ella lo llevaba por el vestíbulo. Poco a poco su recuerdo de la casa y su propia identidad empezaron a desvanecerse, y su cuerpo menguante se aferró indefenso a Elizabeth, tendida en la ancha cama.
Aborreciendo el pelo desnudo que le raspaba la cara, sintió por primera vez lo que durante tanto tiempo había reprimido. De repente, antes del fin, lloró de alegría y asombro, recordando el mundo sumergido de su primera infancia.
Cuando el niño que llevaba dentro se calmó, moviéndose por última vez, Elizabeth se hundió en la almohada, y poco a poco los dolores de parto fueron pasando. Sentía que paulatinamente recuperaba las fuerzas, y que el enorme mundo que llevaba dentro se sosegaba y se templaba. Mirando el techo oscurecido, descansó durante varias horas, acomodando de vez en cuando el voluminoso cuerpo a los extraños contornos de la cama. A la mañana siguiente se levantó durante media hora. El bebé ya no parecía estorbarle tanto, y tres días más tarde pudo dejar del todo la cama y ocultar con una blusa floja lo que quedaba del embarazo. En seguida emprendió la última tarea, deshacerse de la ropa del bebé y desarmar la cuna y el corralito. Con la ropa hizo paquetes grandes, y luego llamó por teléfono a una sociedad benéfica local que se encargó de recogerla. El cochecito y la cuna los vendió al comprador de objetos usados que pasó por la calle. Antes de dos días había borrado todo rastro del marido, quitando las coloridas ilustraciones del cuarto de los niños y volviendo a poner la cama en el centro.
Todo lo que quedaba era el menguante nudo que llevaba dentro, un pequeño puño apretado. Cuando ya casi había dejado de sentirlo, Elizabeth fue al estuche de las joyas y se quitó el anillo de boda.
Al volver del centro comercial a la mañana siguiente, Elizabeth notó que alguien la llamaba desde un coche estacionado delante de su puerta.
—¡Señora Freeman! —Hanson saltó del coche y la abordó radiante—. Me alegro de verla tan bien.
Elizabeth le ofreció una sonrisa reconfortante; los rasgos hinchados daban más sensualidad a su cara. Llevaba un alegre vestido de seda y todos los rastros visibles del embarazo habían desaparecido.
—¿Dónde está Charles? —preguntó Hanson—. ¿Sigue de viaje?
La sonrisa de Elizabeth se ensanchó, y los labios se le separaron sobre unos dientes blancos y sanos. Su cara era curiosamente inexpresiva, y tenía la mirada momentáneamente clavada en algún horizonte que estaba mucho más allá de la cara de Hanson.
Hanson esperó indeciso la respuesta de Elizabeth. Luego, entendiendo la insinuación, se apoyó en el coche y apagó el motor. Acompañó a Elizabeth y le abrió la puerta de la casa.
Así conoció Elizabeth a su marido. Tres horas más tarde la metamorfosis de Charles Freeman alcanzó su clímax. En ese último segundo Freeman llegó a su verdadero principio; el momento de su concepción coincidió con el momento de su extinción, el fin de su último nacimiento con el principio de su primera muerte.
Y con el bebé somos uno.