A la noche, Masón oyó otra vez el ruido del mar que se acercaba, el trueno sordo de las olas que rompían en las calles vecinas. El ruido lo había despertado y corrió fuera de la casa a la luz de la luna donde las casas blancas se levantaban como sepulcros en lavadas plazoletas de cemento. A doscientos metros las aguas se precipitaban y hervían, adelantándose y retrocediendo en la calle. Innumerables burbujas fosforescentes bullían entre las tablas de las cercas, y la espuma se quebraba inundando el aire con el olor acre y vinoso del mar.
Allá lejos, entre los techos de las casas sumergidas, se alzaban las olas del mar abierto, hendidas por los espolones de las chimeneas solitarias. La espuma helada le tocó de pronto los pies desnudos, y Mason dio un paso atrás, y miró con inquietud la casa donde dormía su mujer. El mar avanzaba unos metros más todas las noches: una seseante guillotina negra que se deslizaba por los jardines vacíos y golpeaba entrecortadamente las empalizadas.
Durante media hora Mason miró las crestas de las olas entre los techos. La marejada luminosa se reflejaba pálidamente en las nubes, que corrían allí arriba, arrastradas por el viento oscuro, y cubría las manos de Mason con un vivido tinte ceroso.
Al fin las olas retrocedieron, y el agua luminosa dejó las calles desiertas descubriendo las hileras de casas, lucientes a la luz de la luna. Mason corrió sobre las burbujas que se apagaban ya en el pavimento, pero el mar se alejaba muy rápidamente, llevándose su halo de luz, desapareciendo detrás de las esquinas de las casas, escurriéndose bajo las puertas de los garajes. Cuando Mason llegó al extremo de la calle, en el cielo, más allá de la torre de la iglesia, brilló brevemente una última luz. Agotado, regresó a su cama y se durmió oyendo el rumor de las olas moribundas.
—Vi el mar otra vez anoche —le dijo a su mujer a la hora del desayuno.
—Richard —dijo Miriam serenamente—, el mar más próximo está a miles de kilómetros. —Miró en silencio a su marido, un momento, hundiendo los dedos largos y blancos en el rizo negro que le caía sobre el cuello—. Ve a la calle y mira. No hay mar.
—Querida, lo vi.
—¡Richard!
Mason se incorporó y alzó los brazos lenta y deliberadamente.
—Miriam, sentí la espuma en las manos. Las olas rompían a mis pies. No era un sueño.
—No es posible. —Miriam se apoyaba en el marco de la puerta, como si quisiese cerrarle el paso a aquel extraño mundo nocturno que acechaba aún en las sombras del dormitorio. El largo pelo lustroso y negro que le enmarcaba la cara oval y la bata encarnada que se abría mostrando el cuello delgado y la piel blanca del pecho le recordaban a Mason a una heroína prerrafaelista en una actitud arturiana—. Richard, debieras ver al doctor Clifton. Empiezo a tener miedo.
Mason sonrió, volvió los ojos hacia la ventana, y miró los techos distantes, sobre las copas de los árboles.
—No hay por qué preocuparse. Todo es muy simple. De noche escucho el ruido del mar que rompe en las calles, salgo, miro las olas a la luz de la luna, y me vuelvo a la cama. —Calló, con un rubor de fatiga en la cara.
Alto y flaco, Mason convalecía aún de la enfermedad que lo había retenido en la casa durante seis meses.
—Hay algo raro, sin embargo —concluyó—. El agua es notablemente luminosa, y sospecho que el índice de salinidad ha de ser muy elevado.
—Pero Richard... —Miriam miró alrededor, impotente, agotada por la calma de su marido—. No hay mar ahí. Está sólo en tu imaginación. Nadie lo ha visto.
Mason asintió, con las manos en los bolsillos.
—Quizá nadie lo ha oído hasta ahora.
Dejó el comedor y fue hacia su estudio. El sofá en que había dormido durante su enfermedad estaba todavía allí, al lado de la biblioteca. Mason se sentó y tomó de un estante un caracol grande, fosilizado. En el invierno, mientras había guardado cama, esa forma cónica que evocaba mares antiguos y playas sumergidas había sido para él una cornucopia insondable de imágenes hermosas y de sueños. Miró el caracol que tenía entre las manos —exquisito y ambiguo como el fragmento de una escultura griega descubierto en el lecho seco de un río— y se le ocurrió que era como una cápsula de tiempo, la condensación de otro universo, y casi llegaba.1 creer que el mar de medianoche que interrumpía su sueño había escapado del caracol el día en que él en un momento de descuido había roto una de las volutas.
Miriam entró en el cuarto y descorrió bruscamente las cortinas, como si supiese que Mason estaba volviendo a un mundo crepuscular: el lecho de enfermo y la lámpara de cabecera. Lo tomó por los hombros.
—Richard, escucha. Esta noche, cuando oigas las olas, despiértame y saldremos juntos.
Mason se libró dulcemente de las manos de Miriam.
—Que tú veas o no el mar no cambiará nada. Lo que importa es que yo lo veo.
Más tarde, caminando calle abajo, Mason llegó al sitio donde se había detenido la noche anterior mirando cómo rompían las olas. De las casas que había visto sumergidas le llegaban los sonidos de una plácida actividad doméstica. En los jardines, a la luz brillante del sol, irisada y vivida, los surtidores giratorios regaban las hierbas descoloridas por el calor de julio. Luego de las tormentas de la primavera, el polvo seco y cálido se había acumulado contra las cercas y era un barro negro al pie de los surtidores.
La calle, una de las doce avenidas suburbanas, corría hacia el noroeste unos trescientos metros y desembocaba en la plaza del barrio comercial. Mason entornó los ojos y miró la torre del reloj de la biblioteca y el campanario de la iglesia, identificando los distintos puntos salientes que había visto entre las olas empinadas del mar.
La calle descendía ligeramente al acercarse a la plaza, en el sitio donde Mason había visto la orilla del mar. A poco más de un kilómetro de la ciudad, se alzaba un pequeño promontorio de arcilla, punto culminante del borde del valle que encerraba la llanura aluvional más baja. Aunque oculto en parte por las casas, Mason lo reconoció en seguida: el acantilado que se había alzado la noche anterior sobre el mar, como una ciudadela. El agua había golpeado los flancos del promontorio, alzándose en inmensos plumajes de espuma y cayendo luego con una lentitud casi hipnótica. De noche el promontorio era más grande y más abrupto: bastión enorme que no había conocido la erosión. Una noche, se prometió Mason, iría allí y dormiría hasta que lo despertaran las olas.
Un coche pasó lentamente y el conductor miró con curiosidad a Mason que estaba de pie en medio de la calle con la cabeza levantada. El vecindario opinaba que el marido de la hermosa señora Mason, que no tenía hijos, era un personaje bastante excéntrico —solitario, distraído, y además secretario de la sociedad local de astronomía, lugar de reunión de maniáticos notorios—, y a Mason le pareció prudente alejarse hacia la avenida que bordeaba el valle. Mientras se acercaba al promontorio distante miraba por encima de las empalizadas buscando en los jardines y en los automóviles alguna huella de la reciente invasión del mar. En estos sitios el agua había inundado casi completamente las casas.
Mason había visto por primera vez el mar hacía sólo tres semanas, pero ya no dudaba. Sabía que el mar no dejaba al retirarse ninguna marca en los cientos de casas sumergidas, y no se sentía inquieto por la suerte de las gentes que debían de haber muerto ahogadas, y que habían dormido en cambio tranquilamente en el inmenso seno del mar mientras él miraba cómo las olas luminosas rompían en los techos. A pesar de esta paradoja, estaba completamente convencido de la realidad del mar, y por esta misma razón le había contado a Miriam que las olas lo habían despertado una noche y que al salir de la casa había descubierto el mar en las calles.
Al principio, Miriam había aceptado con una sonrisa el relato, como ilustración del extraño mundo privado de Mason. Luego, tres noches más tarde se había despertado en el momento en que Mason entraba de nuevo en el dormitorio y se había asustado al verlo: tenso, jadeante, con el rostro transpirado y una luz extraña en los ojos.
Desde entonces se pasaba las horas mirando la ventana por encima del hombro como esperando ver el mar. Había algo que la preocupaba tanto como la visión: la completa calma de Mason ante este terrible apocalipsis inconsciente.
Fatigado, Mason se sentó en un muro ornamental, entre unas plantas de rododendros que ocultaban las casas vecinas. Durante unos pocos minutos dibujó con una rama en el polvo duro y seco. Aunque informe y pasivo, el polvo tenía el poder evocativo del molusco fósil, e irradiaba una luz compacta.
Enfrente, el camino se curvaba y descendía hacia los campos de la llanura. El bloque de arcilla, cubierto por un manto de hierbas verdes, se alzaba hacia el cielo claro. Habían levantado un refugio de paredes de metal en la falda, y alrededor de un pozo de extracción, junto a una grúa de madera, se movían algunos hombres. Lamentando no haber traído el auto de su mujer, Mason observó cómo las figuras diminutas desaparecían una a una en la mina.
La imagen de esta imprecisa pantomima lo persiguió todo el día en la biblioteca, hasta llegar a borrar los recuerdos de las olas oscuras que rodaban por las calles, de noche.
En verdad, Mason se defendía de esta pesadilla insidiosa pensando que pronto otros muchos descubrirían el mar.
Cuando esa noche se fue a la cama encontró a Miriam completamente vestida y sentada en el sofá junto a la ventana, con una expresión serena y resuelta.
—¿Qué haces? —le preguntó.
—Espero.
—¿Qué esperas?
—El mar. No te preocupes. Vete a dormir. No me importa estar sentada aquí con la luz apagada.
—Miriam... —Mason tomó cansadamente una mano delgada de Miriam tratando de sacarla del sofá—. Querida, ¿para qué?
—¿No lo sabes?
Mason se sentó a los pies de la cama. Por alguna razón, que no se relacionaba enteramente con el deseo de proteger a su mujer, deseaba mantenerla apartada del mar.
—Miriam, ¿no entiendes? Quizá yo no vea literalmente el mar. Puede ser... una alucinación, o un sueño.
Miriam meneó la cabeza., con las manos crispadas en los brazos del sofá.
—No lo creo. De todos modos, quiero averiguarlo.
Lentamente, Mason se dejó caer en la cama, de espaldas.
—No estoy seguro de que éste sea el modo de encarar el problema.
Miriam se inclinó hacia adelante.
—Richard, te lo tomas con tanta calma... Aceptas esa visión como si fuese un dolor de cabeza un poco insólito. Eso es lo que me asusta. Si ese mar te aterrorizara, no me preocuparía, pero...
Media hora más tarde, luego de haber abandonado toda tentativa de disuadir a Miriam, Mason se quedó dormido en el cuarto a oscuras. El rostro delgado de Miriam lo observaba desde las sombras.
Las olas murmuraban a lo lejos. El trueno apagado y profundo de las olas y los vastos sonidos del mar abierto martillearon los oídos de Mason, y el chasquido de la espuma lo arrancó del sueño. Mason saltó de la cama y se vistió rápidamente mientras el agua siseaba calle arriba. En el sofá del rincón, junto a la ventana iluminada por el centelleo de la espuma, Miriam dormía con un rayo de luna en la garganta.
Mason corrió descalzo por la calle hacia las olas. De pronto resbaló en el pavimento húmedo y cayó de rodillas mientras una de las olas rompía con un rugido gutural. El agua brillante y fría, saturada de animalucos, le bañó los hombros y el pecho y se retiró succionada como un inmenso suelo brillante a la boca de la próxima ola. La ropa empapada se le pegó al cuerpo como un animal ahogado, y Mason clavó los ojos en el mar oscuro. A la huidiza luz de la luna las casas blancas se alzaban en el agua como los palacios de una Venecia espectral, o los mausoleos de una enorme necrópolis construida en una isla. Pronto sólo fue visible la torre de la iglesia. El agua se adelantó veinte metros y la espuma llegó a la casa de Mason.
Mason esperó a que pasara una ola y fue hasta la avenida que llevaba al promontorio distante. El agua ya había cruzado la calle y cubría ahora los jardines golpeando los umbrales de las puertas.
Estaba a casi un kilómetro del promontorio cuando oyó los suspiros y movimientos de la marejada. Se apoyó sin aliento contra una cerca y la espuma fría le golpeó las piernas, haciéndolo trastabillar. De pronto, las nubes se abrieron y vio la figura pálida y alta de una mujer, de pie sobre un parapeto de piedra, al borde del acantilado. El viento le movía el vestido negro, que flotaba detrás de ella, y los largos cabellos blancos a la luz de la luna. Debajo, a sus pies, las olas saltaban y se retorcían como acróbatas.
Mason corrió por el pavimento y al llegar a una curva unas casas le ocultaron el promontorio. El agua se movió luego más lentamente y alcanzó a ver por última vez a la mujer: un perfil de hielo blanco en la espuma opalescente. En seguida la marea empezó a bajar, y con el último espasmo burbujeante el océano se retiró entre las casas, junto con la luz y la animación de la noche.
Mientras las últimas burbujas centelleaban y se disolvían en el pavimento húmedo, Mason miró otra vez el promontorio, pero la rara figura luminosa ya no estaba allí. Las ropas húmedas se le secaron mientras caminaba por las calles desiertas. Sobre los setos, en el aire de la noche, flotó brevemente un último soplo de aire marino.
A la mañana siguiente Mason le dijo a Miriam:
—Era un sueño, sí. Creo que el mar ha desaparecido esta vez. De cualquier manera, no lo vi anoche.
—Gracias a Dios, Richard. ¿Estás seguro?
—Bastante seguro. —Mason sonrió animadamente—. Gracias por haber velado anoche.
—Hoy velaré otra vez. —Miriam alzó una mano para acallar las protestas de su marido—. Sí, insisto. Me siento muy bien esta mañana, y quiero terminar con esto de una vez por todas. —De pronto frunció el ceño inclinándose sobre las tazas de café—. Es raro, pero una vez o dos creí oír el mar, yo también. Parecía algo antiguo y ciego, que despertara luego de millones de años.
Mientras iba a la biblioteca, Mason dio un rodeo para ver otra vez el promontorio de arcilla y detuvo el coche donde había visto a la mujer de pelo blanco que miraba el mar. El sol caía a pico sobre las hierbas iluminando la boca de la mina. Alrededor, se agitaban como siempre unos hombres.
Durante los próximos quince minutos Mason recorrió lentamente las avenidas bordeadas de árboles, espiando por encima de los setos las ventanas de las cocinas. Era casi seguro que la mujer vivía en una casa vecina, y quizá llevaba aún el vestido negro debajo de la bata.
Más tarde, en la biblioteca, reconoció un coche que había visto en el promontorio. El conductor, un hombre de traje de lana y modales académicos, examinaba las cajas donde se exhibían los descubrimientos geológicos locales.
—¿Quién era? —le preguntó Mason a Fellowes, el encargado de la sección antigüedades, cuando el coche se alejó—. Lo he visto en la loma de arcilla.
—El profesor Goodhart, del grupo de paleontólogos. Parece que descubrieron una veta interesante. —Fellowes señaló con un movimiento de cabeza la colección de fémures y fragmentos de mandíbulas—. Con un poco de suerte quizá consigamos sacarles algunas piezas.
Mason se quedó mirando los huesos, sintiendo que el paralaje se le reducía de pronto en la mente.
Todas las noches, cuando el mar emergía en las calles oscuras y las olas se adelantaban hacia la casa, Mason despertaba junto a su mujer dormida, y salía al aire salitroso y vadeaba las aguas hacia la loma. Allí estaba la mujer de pelo blanco, en el borde del promontorio, alzando la cara sobre la espuma: un pálido nimbo centelleante que corría como la luna entre las nubes huidizas. Pero el mar se retiraba siempre antes que él llegara al promontorio. Mason caía entonces de rodillas, agotado, sobre el pavimento húmedo mientras la espuma se deshacía en débiles burbujas y las calles asomaban entre las olas.
En una ocasión, un coche de la policía lo iluminó con sus faros mientras Mason estaba caído aún en la calzada, y otra vez se olvidó de cerrar la puerta de calle al entrar en la casa. Durante el desayuno, Miriam lo observó con la misma preocupación de antes.
—Richard, pienso que no debieras ir a la biblioteca. Te veo fatigado y ojeroso. ¿Tienes otra vez ese sueño del mar?
Mason meneó la cabeza, tratando de sonreír.
—No, eso ha terminado. He estado trabajando demasiado, probablemente.
Miriam le tomó las manos.
—¿Te caíste ayer? —Examinó las palmas de Mason—. Querido, te has raspado la piel, ¡y esto es reciente! ¿No te acuerdas?
Mason inventó distraídamente una historia para tranquilizar a Miriam, y luego llevó su taza de café al estudio y se quedó mirando la niebla de la mañana, un lago de opacidad que cubría los techos como el mar nocturno. La niebla se disolvió a la luz del sol, y durante un momento el mundo pareció recuperar su realidad cotidiana. Mason sintió una nostalgia que le encogía el corazón.
Maquinalmente, tendió la mano hacia el caracol fósil del estante, pero la retiró en seguida, sin saber por qué.
Miriam estaba a su lado.
—Ese caracol es horrible —comentó—. Dime, Richard, ¿por qué crees tú que empezaste a tener esos sueños?
Mason se encogió de hombros.
—Quizá fue una especie de recuerdo...
La cara elegante y fresca de su mujer lo miraba atentamente. Mason se preguntó si no debería contarle a Miriam que aún oía el mar, en sueños, y que veía ahora una mujer de pelo blanco que parecía hacerle señas desde el promontorio. Pero, como todas las mujeres, Miriam pensaba que en la vida de su marido sólo había sitio para un enigma. Por una inversión de la lógica, Mason sentía a su vez que el hecho de depender de la fortuna de Miriam lo autorizaba a no ser enteramente sincero con ella.
—Mason, ¿qué te pasa?
En la mente de Mason la espuma se abrió de pronto como un abanico inmenso y diáfano y el hada de las olas volvió hacia él una mirada ardiente.
Esta vez el mar le llegaba a la cintura y corría por los jardines en espumosos torbellinos. Mason se sacó la chaqueta y la arrojó al agua. Las olas habían llegado al fin a la casa, y golpeaban ahora la puerta de calle, pero Mason no se acordaba ya de su mujer. Tenía los ojos clavados en el promontorio, golpeado por una continua tormenta de espuma que oscurecía casi la figura de la cima.
Mason se adelantó más rápidamente, a veces con el agua hasta la barbilla, y unos bancos de algas luminosas se le pegaron a las piernas. El aire salino le enrojecía los ojos. Al fin, exhausto, llegó al pie del promontorio, y cayó de rodillas.
Arriba cantaba la espuma golpeando los bordes del acantilado, y el viento se movía entre los cabellos blancos de la mujer como entre las cuerdas de un arpa.
Llamado por la música, Mason trepó al acantilado mientras abajo, en las aguas, bailaban los reflejos de la luna. Llegó a la cresta y en ese momento el vestido negro se alzó en el viento ocultando el rostro de la mujer, pero Mason vio que era alta, derecha y delgada. De pronto, tiesa aún, y como si flotara, la mujer se alejó a lo largo del parapeto.
—¡Espere!
El grito de Mason se perdió en el viento. Echó a correr y la figura se volvió y lo miró. El cabello blanco giró alrededor del rostro como un vapor de plata y luego se apartó revelando un cráneo angular de órbitas vacías y boca desdentada. Una mano que parecía un manojo de palitos blancos se extendió hacia Mason, como la garra de un buitre, y en seguida la figura se alzó en la agitada oscuridad como un pájaro gigantesco.
Mason no supo quién había gritado: si él o el espectro. Retrocedió tambaleándose, tropezó con una barandilla de madera y cayó de espaldas en el pozo entre cadenas y poleas. El mar gimió sobre él, en las sombras.
Luego de escuchar atentamente la descripción del policía, el profesor Goodhart meneó la cabeza.
—Temo que no, sargento. Trabajamos en la excavación toda la semana y nadie se cayó. —Una barandilla de madera colgaba en el aire claro—. Pero gracias por el aviso. Reforzaremos la baranda si ese hombre anda de un lado a otro en sueños.
—No creo que llegue hasta aquí —dijo el sargento—. La cuesta es muy empinada. —Hizo una pausa y continuó—: En la biblioteca donde él trabaja me dijeron que ustedes encontraron aquí un par de esqueletos, ayer. Ya sé que desapareció hace sólo dos días, pero quizá uno de esos esqueletos... —El sargento se encogió de hombros—. Si en este pozo hubiese un ácido natural, por ejemplo...
—Ingenioso, sargento, pero lamento decepcionarlo. —El profesor Goodhart hundió el talón en el suelo arcilloso—. Puro carbonato de calcio, de un kilómetro de espesor, depositado durante el triásico hace doscientos millones de años cuando estas tierras estaban cubiertas por el mar. Los esqueletos que encontramos ayer son de una mujer y un hombre. Dos pescadores del Cromañón que vivieron en esta costa poco antes que se secara. Me gustaría poder proporcionarle un corpus delicti, aunque es difícil entender cómo unas criaturas del Cromañón han podido subir hasta aquí. Este pozo no tiene más de treinta años —le sonrió al policía—. En fin, es un problema mío, no suyo.
El sargento regresó al coche de la policía.
—Nada —dijo meneando la cabeza.
Se alejaron entre las filas de plácidas casas suburbanas.
—Parece que hubo un mar aquí hace mucho tiempo, hace un millón de años quizá. ¿Quién lo hubiera creído? —Tomó una chaqueta de franela del asiento trasero—. A propósito —dijo oliendo la tela—: ya sé a qué huele la chaqueta de Mason. Huele a agua de mar.