País Relato - Autores

james graham ballard

ciudad de concentración

Conversaciones al mediodía en la calle Millión:
—Lo siento, estos son los Millones del Oeste. Usted busca el 9775335 Este.
—¿Un dólar cinco el pie cúbico? ¡Vendo!
—Tome un rápido al oeste hasta la avenida 495, cruce a un ascensor de la Línea Roja y suba mil niveles hasta Plaza Terminal. Siga de ahí hacia el sur y lo encontrará entre la avenida 568 y la calle 422.
—¡Un derrumbe en el Distrito KEN! Cincuenta manzanas por veinte por treinta niveles.
—Escucha: ¡PIRÓMANOS AMENAZAN PÁNICO MASIVO! ¡POLICÍA DE INCENDIOS CIERRA EL DISTRITO AY7!
—Hermoso contador. Detecta hasta el.005 por ciento de monóxido. Me costó trescientos dólares.
—¿Has visto esos nuevos expresos interurbanos? ¡Tardan sólo diez minutos en subir tres mil niveles!
—¿Noventa centavos el pie? ¡Compro!
—¿Dice que la idea le vino en un sueño? —dijo ásperamente la voz—. ¿Está seguro de que no se la dio alguna otra persona?
—No —dijo M. A cincuenta centímetros de distancia una lámpara le arrojaba a la cara un cono de luz amarilla sucia. Bajó los ojos, apartándolos del resplandor, y esperó mientras el sargento caminaba hasta el escritorio, golpeaba el borde con los dedos, daba media vuelta y se acercaba otra vez.
—¿La discutió con sus amigos?
—Sólo la primera teoría —explicó M. —. La posibilidad.
—Pero usted me dijo que la otra teoría era más importante. ¿Por qué se la ha ocultado a sus amigos?
M. vaciló. Afuera, en alguna parte, un tren cloqueó y retumbó a lo largo de la calle elevada.
—Temí que no me entendiesen.
El sargento rio.
—¿Quiere decir que hubiesen pensado que usted estaba loco de veras?
M. se movió incómodo en el taburete. El asiento estaba a sólo quince centímetros del suelo y sentía los muslos y los músculos de la espalda como tiras de goma inflamada.
Luego de tres horas de interrogatorio la lógica se había desvanecido del todo.
—El concepto era un poco abstracto. Me faltaban palabras.
El sargento gruñó.
—Me alegro de que lo diga.
Se sentó en el escritorio, miró a M. un momento, y se le acercó.
—Escúcheme —dijo confidencialmente—. Se hace tarde.
—¿Cree todavía que las dos teorías son verosímiles?
M. alzó los ojos.
—¿No lo son?
El sargento volvió hacia el hombre que observaba desde las sombras, junto a la ventana.
—Perdemos el tiempo —estalló—. Lo entregaré a Psicología. Ya ha visto bastante, ¿no, doctor?
El médico se miró las manos. No había participado en el interrogatorio, aburrido quizá por los métodos del sargento.
—Hay algo que quiero saber —dijo—. Déjeme solo con él media hora.
—Cuando el sargento salió del cuarto el médico se sentó detrás del escritorio y miró por la ventana, escuchando el zumbido monótono del aire en el enorme pozo de ventilación de treinta metros de altura que se alzaba desde la calle debajo de la estación. En los techos había aún unas pocas luces encendidas, y a doscientos metros de distancia un policía solitario patrullaba el andén de hierro sobre la calle; el ruido de las botas retumbaba en la oscuridad.
M., sentado en el taburete, los codos entre las rodillas, trataba de desentumecerse las piernas.
El médico echó una ojeada a la hoja de cargos.
Nombre... Franz M.
Edad... 20.
Ocupación... Estudiante.
Dirección... 3599719 Oeste, calle 783,
Nivel 549-7705-45 KNI (Local).
Cargo... Vagancia.
—Hábleme de ese sueño —dijo el médico, doblando ociosamente una regla de acero entre las manos mientras miraba a M.
—Creo que ya lo ha oído todo, señor —dijo M.
—En detalle.
M. se movió, intranquilo.
—No fue mucho y no lo recuerdo muy claramente.
El médico bostezó. M. esperó un rato y comenzó a recitar lo que ya había repetido veinte veces.
—Estaba suspendido en el aire sobre una extensión plana de suelo descubierto, algo así como el suelo de una pista enorme. Tenía los brazos extendidos a los lados, y miraba hacia abajo, flotando...
—Un momento —interrumpió el médico—. ¿Está seguro de que no nadaba?
—No —dijo M. —, no era eso, había espacio libre todo alrededor. Esa fue la parte más importante del sueño. No había paredes. Sólo vacío. No recuerdo más.
El médico pasó el dedo por el borde de la regla.
—Bueno, el sueño me dio la idea de fabricar una máquina voladora. Un amigo me ayudó a construirla.
El médico asintió. Casi distraídamente, tomó la hoja de cargos y la estrujó con un solo movimiento de la mano.
—No seas absurdo, Frank —lo increpó Gregson. Se incorporaron a la cola de la cafetería de Química—. Contradice las leyes de la hidrodinámica. ¿De dónde sacarías la flotabilidad?
—Supongamos que tuvieses una armazón rígida de tela —explicó Franz mientras pasaban por delante de las escotillas—. Tres metros de largo, digamos, como un panel, y asas para las manos, abajo. Y que saltases entonces desde la galería del Coliseo. ¿qué pasaría?
—Harías un agujero en el piso. ¿Por qué?
—No, en serio.
—Si tuviera el tamaño y la resistencia adecuados descenderías como una flecha de papel.
—Planearías —dijo Franz—. Está bien. —Treinta niveles más arriba rugió un tren expreso, estremeciendo las mesas y los cubiertos del restaurante. Franz esperó hasta que llegaron a la mesa. Se sentó y se inclinó hacia adelante, olvidando la comida.
—Y supongamos que le conectases un equipo propulsor, como la hélice de un ventilador de pila, o el cohete de un expreso interurbano. Con empuje suficiente como para levantar el peso de tu cuerpo. ¿qué sucedería entonces?
Gregson se encogió de hombros.
—Controlando el aparato, podrías, podrías... —Miró a Franz frunciendo el ceño—. ¿Cómo es la palabra? Siempre la usas.
—Volar.
—Básicamente, Matheson, la máquina es simple —comentó Sanger, el profesor de física, mientras entraban en la biblioteca—. Una aplicación elemental del Principio de Venturi. ¿Pero para qué? Un trapecio serviría también, y sería mucho menos peligroso. Considere en primer lugar el enorme espacio libre que sería necesario. Dudo mucho que las autoridades de tránsito lo vean con agrado.
—Sé que aquí no sería práctico —admitió Franz—. Pero sí en una zona abierta y grande.
—De acuerdo. Le sugiero que negocie en seguida con la gente de Arena Garden en el Nivel 347-25 —bromeó el profesor—. Estoy seguro de que el proyecto les interesará de veras.
Franz sonrió cortésmente.
—No alcanzaría. La verdad es que estaba pensando en un área de espacio totalmente libre. En tres dimensiones, por decirlo así.
Sanger miró a Franz con curiosidad.
—¿Espacio libre? ¿Gratis, quiere decir? ¿No es eso una contradicción? El espacio vale un dólar el pie cúbico. —Se rascó la nariz—. ¿Ha comenzado ya a construir esa máquina?
—No —dijo Franz.
—Entonces lo mejor es que yo olvide el asunto. Recuerde, Matheson, que la tarea de la ciencia es consolidar los conocimientos existentes, sistematizar y reinterpretar los descubrimientos del pasado, y no perseguir sueños extravagantes.
Franz asintió y desapareció entre los estantes polvorientos.
Gregson esperaba en la escalera.
—¿Y bien? —preguntó.
—Probemos esta tarde —dijo Franz—. Faltaremos a la clase de farmacología. Conozco esos materiales de Fleming de adelante para atrás. Le pediré un par de pases al doctor McGhee.
Salieron de la biblioteca y caminaron por la calle estrecha y mal iluminada detrás de los nuevos e inmensos laboratorios de ingeniería civil.
Más del setenta y cinco por ciento de los estudiantes cursaba en las facultades de arquitectura e ingeniería, un magro dos por ciento en la de ciencias puras. Las bibliotecas de física y química estaban por lo tanto en la parte más vieja de la universidad, en dos cobertizos galvanizados donde había funcionado en otra época la ahora clausurada facultad de filosofía.
Al final de la calle entraron en la plaza universitaria y subieron por la escalera de hierro que llevaba al nivel siguiente, treinta metros más arriba. A mitad de camino un P.I. de casco blanco los revisó descuidadamente con el detector y les indicó que siguieran.
—¿Que pensó Sanger? —preguntó Gregson mientras salían a la calle 637 e iban a la estación de ascensores suburbanos.
—No nos sirve —dijo Franz—. Ni siquiera comenzó a entender lo que yo le decía.
Gregson rio de mala gana.
—No sé si yo mismo entiendo.
Franz sacó un billete de la máquina automática y subió a la plataforma descendente. Un ascensor bajó hacia él y se oyó un timbre.
—Espera hasta la tarde —le gritó a Gregson—. Verás algo de veras.
En el Coliseo el administrador de la planta baja puso las iniciales en los dos pases.
—Estudiantes, ¿eh? Muy bien. —Con un pulgar señaló el largo paquete que llevaban Franz y Gregson—. ¿qué hay ahí?
—Un aparato para medir la velocidad del aire —dijo Franz.
El administrador gruñó y soltó el molinete.
Afuera, en el centro del estadio, Franz abrió el paquete y armaron el modelo. Era un ala ancha, en abanico, de alambre y papel, un fuselaje estrecho, amarrado con varillas, y una cola alta y curva.
Franz lo levantó lanzándolo al aire. El modelo planeó unos diez metros y luego se deslizó sobre el aserrín hasta detenerse.
—Parece estable —dijo Franz—. Primero lo remolcaremos.
Sacó un carrete de hilo del bolsillo y ató una punta a la nariz del aparato. Corrieron delante y el modelo subió graciosamente en el aire y los siguió alrededor del estadio, a tres metros sobre el suelo.
—Ahora probemos los cohetes —dijo Franz. Ajustó la posición de las alas y la cola, y acomodó tres cohetes de fuegos artificiales en un soporte de alambre, sobre las alas.
El estadio medía ciento cincuenta metros de diámetro y ochenta metros de alto. Llevaron el modelo a un extremo y Franz encendió las mechas.
Hubo una explosión de llamas y el modelo se movió sobre la pista, a un metro de altura, escupiendo una brillante estela de humo coloreado. Las alas se inclinaban levemente a un lado y a otro. De pronto la cola llameó.
El modelo subió bruscamente hacia el techo, se detuvo un momento en el aire, poco antes de chocar contra una de las lámparas piloto, y cayó en picada estrellándose en la pista de aserrín.
Franz y Gregson corrieron y aplastaron con los pies los restos todavía humeantes.
—Franz —gritó Gregson—. ¡Es increíble! ¡Funciona!
Franz pateó el fuselaje destrozado.
—Claro que funciona —replicó, impaciente—. Pero como dijo Sanger, ¿para qué?
—¿Para qué? ¡Vuela! ¿No es suficiente?
—No. Quiero uno grande, que me sostenga.
—Franz, cálmate. Sé razonable. ¿En qué lugar podrías volar?
—No sé —dijo Franz, furioso—. ¡Pero tiene que haber algún sitio!
El administrador y dos ayudantes venían corriendo a través del estadio, trayendo extintores de fuego.
—¿Escondiste las cerillas? —preguntó Franz rápidamente—. Nos lincharán si piensan que somos pirómanos.
Tres tardes después Franz tomó el ascensor y subió ciento cincuenta niveles, hasta el 677-98, donde funcionaba la Oficina de Distritos del Estado.
—Hay un gran ensanche entre el 493 y el 554 en el próximo sector —le explicó uno de los empleados—. No sé si eso le sirve. Cincuenta manzanas por veinte por quince niveles.
—¿No hay nada más grande? —preguntó Franz.
El empleado levantó la vista.
—¿Más grande? No. ¿Qué es lo que busca...? ¿Un poco de agorafobia?
Franz estiró unos mapas desparramados sobre el mostrador.
—Querría encontrar un área de ensanche más o menos ininterrumpido. Doscientas o trescientas manzanas de largo.
El empleado sacudió la cabeza y volvió al libro mayor.
—¿No ha ido a la facultad de ingeniería? —preguntó, desdeñoso—. La ciudad no admite esos ensanches. Cien manzanas es el máximo.
Franz dio las gracias al empleado y salió.
Un rápido que iba al sur lo dejó en el ensanche dos horas más tarde. Bajó del vagón en la terminal y caminó los trescientos metros hasta el final del nivel.
La calle, un pasaje sucio pero transitado, atestado de tiendas de ropas y pequeñas inmobiliarias, atravesaba el inmenso Cubo Industrial, de quince kilómetros de largo, y terminaba bruscamente en una maraña de vigas rotas y cemento, habían construido una baranda de acero en el borde, y Franz se asomó y miró el hueco de cinco kilómetros de largo, dos kilómetros de ancho y cuatrocientos metros de alto, que miles de ingenieros y obreros de demolición arrancaban a la matriz de la Ciudad.
Trescientos metros por debajo de Franz hileras interminables de camiones y vagones sacaban los escombros, y nubes de polvo subían girando hasta las lámparas de arco voltaico que alumbraban desde el techo. Mientras Franz miraba, una cadena de explosiones rasgó el muro de la izquierda y todo el frente se desprendió y cayó lentamente hacia el suelo, mostrando un corte transversal perfecto de quince niveles de la Ciudad.
Franz había visto antes grandes ensanches, y sus propios padres habían muerto en el derrumbe histórico del distrito QUA, hacía diez años, cuando habían cedido tres columnas maestras, y doscientos niveles de la Ciudad se habían hundido bruscamente sobre medio millón de personas que habían muerto como moscas aplastadas por un movimiento de acordeón; pero ante este enorme abismo de vacío se sentía aturdido de veras.
Alrededor, de pie o sentada en las terrazas de vigas, una muchedumbre silenciosa miraba hacia abajo.
—Dicen que van a construir jardines y parques para nosotros —comentó un viejo junto al codo de Franz, con voz paciente—. Hasta oí que quizá puedan conseguir un árbol. Será el único árbol en todo el distrito.
Un hombre de pullover raído escupió por encima de la baranda.
—Eso es lo que siempre dicen. A un dólar el pie sólo pueden desperdiciar espacio en promesas.
Debajo de ellos una mujer que había estado mirando el vacío estalló en una risita nerviosa y tonta. Dos hombres la tomaron de los brazos y trataron de alejarla. La mujer se resistió y un P.I. se acercó y se la llevó.
—Pobre idiota —comentó el hombre del pullover—. Quizá vivía en algún sitio por ahí. Le dieron noventa centavos el pie cuando se lo sacaron. Todavía no sabe que tendrá que pagar un dólar diez para tenerlo de vuelta.
Pronto comenzarán a cobrarnos cinco centavos la hora sólo por estar aquí sentados mirando.
Franz miró por encima de la baranda un par de horas y luego le compró una postal a un vendedor ambulante y caminó de vuelta al ascensor.
Antes de regresar al dormitorio de estudiantes fue a ver a Gregson. Los Gregson vivían en la Avenida 985, Millones del Oeste, en tres cuartos del último piso, justo debajo del techo. Franz los conocía desde la muerte de sus padres, pero la madre de Gregson lo miraba aún como al principio, con simpatía y desconfianza a la vez. Mientras la mujer lo hacía pasar con aquella acostumbrada sonrisa de bienvenida, Franz vio cómo ella echaba una mirada al detector del vestíbulo.
Gregson estaba en su cuarto, cortando alegremente figuras de papel y pegándolas sobre una enorme y destartalada construcción que recordaba de algún modo el modelo de Franz.
—Hola, Franz. ¿Cómo era?
Franz se encogió de hombros.
—Un ensanche, nada más. Vale la pena verlo.
Gregson señaló la construcción.
—¿Crees que podríamos probar en ese sitio?
—Quizá sí.
Franz se sentó en la cama. Tomó una flecha de papel que tenía al lado y la lanzó por la ventana. La flecha flotó hacia la calle, describiendo perezosamente una amplia espiral, y desapareció en la boca del pozo de ventilación.
—¿Cuándo vas a construir otro modelo? —preguntó.
—Nunca.
Gregson alzó los ojos.
—¿Por qué? Has demostrado tu teoría.
—No es eso lo que busco.
—No te entiendo, Franz. ¿qué es lo que buscas?
—Espacio libre.
—¿Libre? —repitió Gregson.
Franz asintió.
—En ambos sentidos. Despejado y gratis.
Gregson meneó tristemente la cabeza, y recortó otra figura de papel.
—Franz, estás loco.
Franz se incorporó.
—Mira este cuarto —dijo—. Tiene siete metros por cinco por tres. Ampliemos sus dimensiones infinitamente. ¿qué tenemos?
—Un ensanche.
—¡Infinitamente!
—Espacio no funcional.
—¿Y bien? —preguntó Franz, pacientemente.
—Es absurdo.
—¿Por qué?
—Porque no podría existir.
Franz se golpeó la frente con la mano.
—¿Por qué no podría existir?
Gregson hizo un ademán con las tijeras.
—La idea se contradice a sí misma. Es lo mismo que el Primer "Factor mintiend" Una extravagancia verbal. Interesante en teoría, pero de nada sirve buscarle sentido. —Arrojó las tijeras sobre la mesa—. Y de todos modos, ¿sabes cuánto costaría el espacio libre?
Franz fue hasta la biblioteca y sacó un volumen.
—Echemos un vistazo a tu atlas de calles. —Buscó el índice—. Hay aquí mil niveles. Distrito KNI, mil cuatrocientos kilómetros cúbicos, población treinta millones.
Gregson asintió.
Franz cerró el atlas.
—Doscientos cincuenta distritos, incluyendo el KNI, componen el Sector 493, y la asociación de mil quinientos sectores adyacentes comprende la Unión local número 298. —Se interrumpió y miró a Gregson—. A propósito, ¿oíste hablar de esa Unión local?
Gregson sacudió la cabeza.
—No. ¿Cuánto...?.
Franz puso el atlas en la mesa.
—Aproximadamente 15x17 kilómetros cúbicos. —Se recostó contra el borde de la ventana—. Ahora dime: ¿qué hay más allá de la Unión local 298?
—Otras uniones, supongo. —dijo Gregson—. No veo tu dificultad.
—¿Y más allá?
—Aún otras uniones. ¿Por qué no?
—¿Y así siempre? —insistió Franz.
—Entiende, será siempre.
—La guía de calles de la vieja Biblioteca del Tesoro es la más grande del distrito —dijo Franz—. Fui allí esta mañana. Ocupa tres niveles completos de la calle 247.
—Millones de volúmenes. Pero no va más allá de la Unión local 298, y nadie sabe si hay algo fuera de esos límites.
—¿Por qué no?
—¿Y por qué tendrían que saberlo? —preguntó Gregson—. Franz, ¿a dónde quieres llegar?
Franz cruzó la habitación.
—Bajemos al Museo de Bio-Historia. Allí te mostraré.
Los pájaros estaban posados sobre montículos de piedras o moviéndose por los senderos arenosos entre los estanques.
— "Archaeopteryx" —leyó Franz en el indicador de una jaula y echó un puñado de semillas. El pájaro, flaco y manchado, emitió un graznido doloroso.
—En algunos de estos pájaros hay vestigios de un arco pectoral —dijo Franz—. Fragmentos diminutos de hueso en los tejidos que envuelven la caja torácica.
—¿Alas?
—Eso piensa el doctor McGhee.
Caminaron entre las hileras de jaulas, hacia la salida.
—¿Cuándo cree él que volaban, estos pájaros?
—Antes de la Fundación —dijo Franz—. Hace tres millones de años.
Ya fuera del museo echaron a andar por la Avenida 859. Allí adelante, en la calle, se había juntado una multitud, y la gente se amontonaba en las ventanas y en los balcones por encima del elevado, observando a una patrulla de la policía de Incendios que trataba de entrar en una casa.
Habían cerrado los mamparos a ambos lados de la manzana y unas pesadas cintas de acero cruzaban las escaleras impidiendo el acceso de los niveles inferiores o superiores. Los pozos de ventilación y de escape Habían callado y el aire parecía espeso y rancio.
—Pirómanos —murmuró Gregson—. Tendríamos que haber traído las máscaras.
—Es sólo una alarma —dijo Franz. Señaló los detectores de monóxido que estaban por todas partes, aspirando el aire con largas trompas. Las agujas marcaban cero. No había peligro—. Esperemos en el restaurante de enfrente.
Abriéndose paso entre la multitud llegaron al restaurante, se sentaron junto a la ventana y pidieron café. El café, como todo lo demás en el menú, era frío. Todos los instrumentos de cocina estaban regulados por termostatos graduados a una temperatura máxima de treinta y cinco grados centígrados, y sólo en los restaurantes y hoteles más caros era posible obtener comida tibia, en el mejor de los casos.
Abajo en la calle, se oían muchos gritos. Aparentemente la Policía de Incendios no había podido pasar más allá de la planta baja de la casa, y ahora hacía retroceder a la gente a bastonazos. Trajeron un cabrestante eléctrico con ruedas y lo aseguraron a las vigas que había debajo de la acera, y luego acercaron a la casa media docena de pesados garfios de acero y los engancharon a las paredes.
Gregson lanzó una carcajada.
—Los dueños se van a llevar una verdadera sorpresa cuando vuelvan.
Franz miraba la casa. Era una vivienda estrecha y ruinosa, apretada entre una mueblería de venta al por mayor y un nuevo supermercado. Un viejo cartel que atravesaba el frente, pintado encima, hacía pensar que la casa había cambiado de dueño hacía poco. Los actuales moradores habían hecho la tentativa, no demasiado entusiasta, de convertir el cuarto de la planta baja en un restaurante barato de paso. Parecía ahora que la Policía de Incendios hacía lo posible por destrozarlo todo, y había tortas y loza rota desparramadas sobre el pavimento.
El alboroto se apagó. El cabrestante comenzó a girar y todo el mundo esperaba. Los cables se estiraron, y la pared delantera de la casa se tambaleó hacia afuera con movimientos rígidos y espasmódicos.
De pronto la muchedumbre lanzó un grito.
Franz alzó el brazo.
—¡Allá arriba! Mira.
En el cuarto piso un hombre y una mujer se habían asomado a la ventana y miraban hacia abajo desvalidamente. El hombre levantó a la mujer hasta el antepecho de la ventana, y ella gateó hacia afuera y se aferró a un tubo de desagüe. Desde la calle la gente les tiraba botellas que rebotaban y caían entre los policías. Una grieta ancha hendió la casa y arrojó al hombre hacia atrás ocultándolo a los ojos de la gente. Casi en seguida un dintel del primer piso se quebró en dos, y la casa se fue hacia delante.
Franz y Gregson se levantaron, casi derribando la mesa y la muchedumbre se adelantó, rompiendo el cordón policial. Cuando el polvo se asentó en la calle, no quedaba más que un montón de mampostería y vigas retorcidas, y en medio la figura golpeada del hombre. Casi asfixiado por el polvo el hombre se movió lentamente, tratando de librarse con una mano, y uno de los garfios lo atravesó y lo trituró hundiéndolo entre los escombros, mientras la muchedumbre aplaudía.
El encargado del restaurante se adelantó a Franz y se asomó a la ventana, observando el cuadrante de un detector portátil. La aguja, como todas las otras, señalaba el cero.
Una docena de mangueras lanzaba agua sobre los restos de la casa y luego de unos pocos minutos la muchedumbre se movió y se deshizo poco a poco.
El Encargado apago el detector y se apartó de la ventana.
Franz señaló el detector de monóxido. ¿Cómo sabe que eran pirómanos?
—Paguen, muchachos. Nuestro detector no miente. No queremos esa clase de gente —y sonrió.
Franz se encogió de hombros y se sentó...
—Una buena manera de deshacerse de ellos, parece.
El encargado miró a Franz.
—Tiene razón, muchacho. Este es un barrio de un buen precedente en moda que todos sabemos ante que estamos.
Franz revolvió el café.
Cientos de los Ciudadanos son perdidos, al menos en quince por ciento perecerán indefinidamente, al fin que ese número crece y que toda la Ciudad perecerá.
Franz apartó el café.
—¿Cuánto dinero tienes?
—¿Encima?
—En total.
—Unos treinta dólares.
—Yo he ahorrado quince —dijo Franz—. Cuarenta y cinco dólares. Eso alcanzaría para tres o cuatro semanas.
—¿Dónde? —preguntó Gregson.
—En un super-expreso.
—¡Super...!—Gregson se interrumpió, alarmado—. ¿Tres o cuatro semanas? ¿qué quieres decir?
—Hay una sola manera de averiguarlo —explicó Franz con calma—. No puedo quedarme aquí sentado, pensando. En algún sitio hay espacio libre y andaré en un super-expreso hasta que lo encuentre. ¿Me prestarás tus treinta dólares?
—Pero Franz...
—Si no encuentro nada dentro de un par de semanas cambio de rumbo y regreso.
—Pero el billete te costará... —Gregson buscó la palabra—...billones. Con cuarenta y cinco dólares ni siquiera podrás salir del sector.
—Ese dinero es para café y sándwiches —dijo Franz—. El boleto será gratis. —Alzó la mirada—. Tú sabes...
Gregson meneó la cabeza dubitativamente.
—¿Puedes hacer eso en los super-expresos?
—¿Por qué no? Si me preguntan les diré que regreso dando un rodeo. Greg, ¿me prestarás esos dólares?
—No sé si debo. —Gregson jugó impotentemente con el café—. Franz, ¿cómo puede haber espacio libre? ¿Cómo?
—Eso es lo que voy a averiguar —dijo Franz—. Acéptalo como mi primer trabajo práctico de física.
Las distancias de los viajes en el sistema interurbano de transportes se medían de un punto a otro aplicando la fórmula a=/b2 + c2 + d2. El itinerario real era responsabilidad del pasajero, y mientras no se saliera del sistema podía elegir cualquiera de las rutas. Los billetes eran verificados sólo en las salidas de las estaciones, donde un inspector cobraba el recargo correspondiente. Si el pasajero no podía pagar el recargo (diez centavos por kilómetro) lo enviaban de vuelta al punto de partida. Franz y Gregson entraron en la estación de la calle 984 y fueron hasta la enorme consola que despachaba los billetes automáticamente. Franz puso una moneda en la máquina y apretó el botón de destino marcado con el número 984. La máquina retumbó, tosió un billete, y por la ranura del cambio devolvió la moneda.
—Bueno Greg, adiós —dijo Franz mientras caminaban hacia la barrera—. Te veré dentro de unas dos semanas. Nadie dirá nada allá abajo, en el dormitorio. Contaba a Sanger que me llamaron del Servicio de Incendios.
—¿Qué pasa si no vuelves? —preguntó Gregson—. Supongamos que te sacaran del expreso.
—¿Cómo? Tengo mi billete.
—¿Y si encuentras espacio libre? ¿Volverás entonces?
—Si puedo.
Franz palmeó a Gregson en el hombro, tranquilizándolo, agitó una mano, y desapareció entre los viajeros.
Tomó el suburbano verde hasta el empalme del distrito próximo. El tren de la línea verde corría a una velocidad constante de cien kilómetros por hora, y el viaje duró dos horas y media.
En el empalme pasó a un ascensor expreso que lo sacó del sector en noventa minutos, subiendo a seiscientos kilómetros por hora. Otros cincuenta minutos en un especial directo lo llevaron a la terminal de la Unión, allí pidió un café y revisó sus planes. Los super-expresos se movían hacia el este y hacia el oeste, deteniéndose en una de cada diez estaciones, incluyendo esa. El próximo, que iba hacia el oeste, llegaba en setenta y dos horas.
La terminal era la estación más grande que Franz hubiese visto hasta entonces, una caverna de dos kilómetros de largo por treinta niveles de profundidad. Cientos de huecos de ascensores atravesaban la estación y el laberinto de plataformas, escaleras mecánicas, hoteles y teatros parecía una réplica deforme de la Ciudad misma.
Franz buscó una casilla de información y subió en una escalera mecánica hasta el ala 15, donde se detenían los super-expresos. A lo largo de la estación había dos túneles de acero, de cien metros de diámetro cada uno, sostenidos por treinta y cuatro inmensos pilares de cemento.
Franz caminó a lo largo del andén y se detuvo junto al pasillo telescópico que se hundía en una cámara de presión. Doscientos setenta grados exactos, pensó, alzando los ojos hacia la panza curva del túnel; tenía que salir en alguna parte. Los cuarenta y cinco dólares que llevaba en el bolsillo le alcanzarían para café y sándwiches durante tres semanas, seis si fuera necesario, tiempo de sobra para encontrar el final de la Ciudad.
Pasó los tres días siguientes alimentándose con tazas de café en cualquiera de las treinta cafeterías de la estación, leyendo periódicos que dejaban otros pasajeros y durmiendo en los trenes de la línea roja local: viajes de cuatro horas alrededor del sector más cercano.
Cuando al fin llegó el super-expreso, Franz se unió al pequeño grupo de policías de incendios y funcionarios municipales que esperaban en el pasillo, y los siguió hasta el tren, había dos vagones: uno con camas, que nadie usaba, y uno diurno.
Franz se sentó en el coche diurno, en un rincón poco visible junto a los tableros indicadores, sacó la libreta y anotó:
Primer día: 270º Oeste. Unión 4.350.
—¿No sale a tomar algo? —preguntó un capitán de incendios desde el otro lado del pasillo—. Tenemos una parada de diez minutos.
—No, gracias —dijo Franz—. Le guardaré el asiento.
Un dólar cinco el pie cúbico. El espacio libre, estaba seguro, haría bajar el precio. No había necesidad de salir del tren o de hacer demasiadas preguntas. Bastaba pedir prestado un periódico y mirar los precios del mercado.
Segundo día: 270º Oeste. Unión 7.550.
—Están reduciendo poco a poco los coches-cama le dijo alguien—. Todo el mundo viaja en el diurno. Mire este. Sesenta asientos y sólo cuatro personas. No hay necesidad de trasladarse. La gente se queda dónde está. En unos pocos años sólo quedarán los servicios suburbanos.
97 centavos.
A un promedio de un dólar el pie cúbico, calculó Franz ociosamente, el valor hasta ese sitio era de aproximadamente $ 4 x 1027.
—Usted sigue hasta la próxima parada, ¿no es así? Bueno, adiós, joven.
Pocos pasajeros viajaban en el super-expreso más de tres o cuatro horas. Al cabo del segundo día a Franz le dolían el pescuezo y la espalda a causa de la aceleración constante. Conseguía hacer un poco de ejercicio caminando de un extremo a otro por el pasillo del coche-cama pero tenía que pasarse la mayor parte del tiempo atado al asiento, mientras el tren iba frenando poco a poco, hasta la estación siguiente.
Tercer día: 270º Oeste. Federación 657.
—Interesante, pero ¿cómo podría demostrarlo?
—Es sólo una idea rara que tuve —dijo Franz rompiendo el boceto y echándolo al tubo de desperdicios—. No tiene aplicación práctica.
—Es curioso, pero me recuerda algo.
Franz se enderezó.
—¿Quiere decir que ha visto máquinas parecidas? ¿En un periódico o en un libro?
—No, no. En un sueño.
Cada medio día el piloto firmaba el cuaderno de bitácora, y la tripulación dejaba sus puestos a la de un tren que iba hacia el este. Los hombres cruzaban el andén e iniciaban el viaje de vuelta a casa.
125 centavos
$8 x 1033.
Cuarto día: 270º Oeste. Federación 1.225.
—Un dólar el pie cúbico. ¿Se dedica al negocio inmobiliario?
—Estoy comenzando —dijo Franz con sencillez—. Espero abrir una agencia propia.
Jugaba a las cartas, tomaba café y comía galletas, y miraba el tablero y escuchaba las conversaciones.
—Créame, llegará un momento en que cada unión, cada sector, casi diría que cada calle y avenida tendrán una independencia local completa. Equipados con servicios energéticos propios, máquinas de ventilación, depósitos, laboratorios agrícolas...
La charla aburrida del coche.
$ 6 x 1075.
Quinto día: 270º Oeste. Federación Mayor 17.
En un kiosco de la estación Franz compró un paquete de hojas de afeitar y echó un vistazo al boletín de la cámara de comercio local.
"12.000 niveles, 98 centavos el pie, la excepcional avenida del Olmo, incomparable seguridad contra incendios..."
Franz volvió al tren, se afeitó, y contó los treinta dólares que le quedaban. Estaba ahora a ciento cuarenta y cinco millones de kilómetros de la estación suburbana de la Calle 984, y sabía que ya no podría postergar mucho más el momento de emprender el regreso. La próxima vez ahorraría un par de miles.
Séptimo día: 270º Oeste. Imperio Metropolitano 212.
Franz miró el indicador.
—¿No paramos aquí? —preguntó a un hombre que estaba a tres asientos de distancia—. Quería ver el mercado.
—El mercado varía. Desde cincuenta centavos hasta...
—¡Cincuenta! —Franz se echó hacia atrás, levantándose de un salto—. ¿Dónde es la próxima parada? ¡Tengo que bajar!
—Aquí no, hijo. —El hombre extendió una mano moderadora—. Esto es un Pueblo Nocturno. ¿Está en el negocio inmobiliario?
Franz asintió, dominándose.
—Pensé que...
—Tranquilícese. —El hombre vino y se sentó frente a Franz—. No es más que un enorme barrio bajo. Zonas muertas. En algunos sitios no sube de cinco centavos. No hay servicios, no hay energía.
Tardaron dos días en atravesar el lugar.
—Las autoridades de la Ciudad están comenzando a taparlo —dijo el hombre—. Bloques enormes. Es lo único que pueden hacer. Prefiero no pensar que pasa con la gente que hay dentro. —Masticó un sándwich—. Es extraño, pero hay muchas de estas zonas negras. Uno no se entera, pero cada vez son más grandes. Todo comienza en alguna calle lateral de un barrio común de un dólar; una obstrucción en el sistema de cloacas, una escasez aguda de quemadores, y antes que uno se dé cuenta... un millón de kilómetros cúbicos se ha transformado en Jungla. Ensayan un programa de socorro, echan adentro un poco de cianuro, y tapan la zona, aislándola. Luego el sitio queda cerrado para siempre.
Franz asintió, escuchando el zumbido monótono del aire.
—Con el tiempo no habrá más que zonas negras. ¡La Ciudad será un inmenso cementerio!
Décimo día: 90º Este. Metropolitano Mayor 755.
—¡Esperen!
Franz saltó del asiento y miró el tablero indicador.
—¿Qué pasa? —preguntó alguien que estaba sentado enfrente.
—¡Este! —gritó Franz. Golpeó bruscamente el tablero con las manos pero las luces no cambiaron—. ¿El tren cambió de dirección?
—No, va hacia el este —le dijo otro pasajero—. ¿Tomó un tren equivocado?
—Tendría que ir hacia el oeste —insistió Franz—. Los últimos diez días ha ido hacia el oeste.
—¡Diez días! —exclamó el hombre—. ¿Hace diez días que viaja en este tren?
Franz fue adelante y buscó al encargado del coche.
—¿En qué dirección va el tren? ¿Hacia el oeste?
El encargado meneó la cabeza.
—Hacía el este, señor. Siempre ha ido hacia el este.
—Está loco —estalló Franz—. Quiero ver el cuaderno de bitácora.
—Lo lamento, pero eso es imposible. ¿Puedo ver su billete, señor?
—Escuche —dijo Franz débilmente, sintiendo el peso acumulado de veinte años de frustraciones—. He estado en el tren...
Calló y volvió a su asiento.
Los otros cinco pasajeros lo miraron detenidamente.
—Diez días —seguía repitiendo uno de ellos con voz de asombro.
Dos minutos más tarde vino alguien y le pidió el billete a Franz.
—Y por supuesto estaba completamente en regla dijo el médico de la policía—. Es extraño, pero no hay ninguna disposición que impida a cualquier otro hacer lo mismo.
Recuerdo que cuando yo era joven también hacía viajes gratis, aunque nunca intenté nada parecido.
El médico volvió al escritorio.
—Levantaremos el cargo —dijo—. Usted no es un vagabundo en ningún sentido jurídico, y las autoridades de transportes nada pueden hacerle. En cuanto al origen de esa curvatura en el sistema no hay explicación valedera; aparentemente es un rasgo inherente a la propia Ciudad. Y ahora volviendo a usted: ¿continuará esa búsqueda?
—Quiero construir una máquina voladora —dijo M. cuidadosamente—. Tiene que haber espacio libre en alguna parte. No sé... quizá en los niveles inferiores.
El médico se puso de pie.
—Verá al sargento y le pedirá que lo lleve a uno de nuestros psiquiatras. Él podrá ayudarlo en eso de los sueños.
El médico vaciló antes de abrir la puerta.
—Mire —comenzó a explicar—, usted no puede salir del tiempo, ¿no es así? Subjetivamente es una dimensión plástica, pero de cualquier modo, usted no podrá detener ese reloj —señaló el que había sobre el escritorio— o hacerlo andar hacia atrás. Exactamente del mismo modo no podrá salir de la Ciudad.
—Esa analogía no sirve —dijo M. Señaló las paredes alrededor, y las luces de la calle—. Todo esto lo construimos nosotros. Hay una pregunta que nadie puede contestar. ¿qué había aquí antes que lo construyésemos?
—La Ciudad estuvo siempre —dijo el médico—. No exactamente estas mismas vigas y ladrillos, porque antes hubo otras. Usted acepta que el tiempo no tiene principio ni fin. La Ciudad es tan vieja y tan infinita como el tiempo.
—Alguien puso los primeros ladrillos —insistió M. —. Esa fue la Fundación.
—Un mito. Sólo los científicos lo creen, y ni siquiera ellos le dan demasiada importancia. La mayoría admite en privado que la Primera Piedra es una mera superstición. Fingimos defender esa historia por conveniencia, y porque nos da un sentimiento de tradición. Es claro que no hubo un primer ladrillo. De otro modo, ¿cómo podría usted explicar quiénes lo pusieron y, lo que es más difícil, de dónde vinieron esos hombres?
—Tiene que haber espacio libre en algún sitio —dijo M. tercamente—. La Ciudad tiene que tener límites.
—¿Por qué? —preguntó el médico—. No puede estar flotando en medio de la nada. ¿O es eso lo que trata usted de creer?
M. se hundió flojamente en el asiento.
—No.
El médico miró a M. en silencio unos pocos minutos y luego volvió al escritorio.
—Esa curiosa fijación suya me tiene perplejo. Usted está atrapado entre eso que los psiquiatras llaman frentes paradójicos. ¿No habrá interpretado mal algo que pudo haber oído acerca de la Muralla?
M. alzó los ojos.
—¿Que muralla?
El médico movió la cabeza afirmativamente.
—Algunas opiniones avanzadas sostienen que hay una muralla alrededor de la Ciudad, una muralla impenetrable. No digo que yo entienda esa teoría, es demasiado abstracta y sofisticada. De cualquier modo sospecho que han confundido la Muralla con esas zonas negras que usted atravesó en el super-expreso. Prefiero la creencia común de que la Ciudad se extiende sin límites en todas direcciones.
—El médico caminó hasta la puerta.
—Espere aquí, y veré si puedo conseguir una libertad probatoria. No se preocupe, los psiquiatras le aclararán todo.
Cuando el médico salió, M. miró el suelo, demasiado agotado para sentir alivio. Se puso de pie y estiró el cuerpo dando unos pasos tambaleantes por el cuarto.
Afuera se apagaban las últimas luces piloto, y el guardia que caminaba por el puente, bajo el techo, encendió su linterna. Un patrullero policial bajó rugiendo por una avenida que cruzaba la calle, haciendo chillar los rieles. A lo largo de la calle se encendieron tres luces, y luego volvieron a apagarse, una a una.
M. se preguntó por qué Gregson no había bajado a verlo cuando el almanaque del escritorio le llamó la atención. La hoja decía 12 de agosto. El mismo día en que había iniciado el viaje... hacía exactamente tres semanas.
Tome un tren de la línea verde hacia el oeste hasta la calle 298, descienda en el cruce y tome un ascensor rojo hasta el nivel 237. Baje a la estación de la ruta 175, pase a un suburbano de la 438 y baje a la calle 795. Tome una línea azul hasta la Plaza, descienda en la 4 y la 275, doble a la izquierda en la rotonda y...
Está de vuelta en el punto de partida.
$ Infierno x 10n .