La brisa pronosticaba un feliz viaje.
Hubo vítores de la multitud y se rompió la tradicional botella de champagne contra el casco.
La Kon-Tiki-321, anclada y mecida por el agua, parecía encabritarse y tomar ímpetus para devorar millas, surcar océanos y escudriñar los fondos marinos.
Tenía una caprichosa apariencia de monstruo anfibio. En la proa sobresalía una gran cabeza de saurio rugoso, cuyos ojos vacíos parecían buscar un límite al horizonte. En los costados de la embarcación estaban esculpidos multitud de idolillos fluviales y peces legendarios. Todo ello recordaba una ingenuidad decorativa de siglos pasados. Como si se hubiera pretendido conservar el mayor romanticismo posible, aludiendo en cada detalle a las retorcidas iconografías de los antiguos navíos a vela.
La Kon-Tiki-321, a pesar de sus motores nucleares y de su estructura ligera, mil veces más resistente que el acero, asemejaba ser una humilde barquichuela, tanto más débil cuanto más orgullosa simulaba ser la barroca ornamentación.
Este nuevo modelo de Kon-Tiki, que no tenía forma de balsa, sino de puntiagudo ariete, constituía una revolucionaria síntesis de batiscafo, submarino y lancha deportiva. Podía deslizarse por la superficie del mar a una velocidad de doscientos kilómetros por hora y podía fondear —cerrando sus compuertas como un erizo— las simas más profundas. Sus reservas de fuerza motriz estaban calculadas para diez años de funcionamiento ininterrumpido.
El capitán Dosventos y un ayudante nepalí eran los únicos expedicionarios. Un aventurero de pocas palabras y un sherpa silencioso, dos personajes gemelos. El primero tenía vocación de trotamares y espíritu solitario. Quizá llevaba ya el salitre metido en las venas. El segundo, hierático como un santón, sabe Dios por qué había dejado los montes imponentes o los arrozales de su patria.
Aquella expedición de la Kon-Tiki-321 duraría un par de años.
—¿Y la alimentación de los tripulantes? —pregunto un informador de prensa al promotor de la aventura, que era un hombrecillo viejo, carnoso y de perfil heleno.
—El problema de abastecimiento no existe —señaló el armador Nidas Nicopoulus—, porque se ha previsto una instalación doble de «cámara-dietética», que es, en lenguaje vulgar, una fábrica de alimentos…
—¿Y la materia prima? —insistió el periodista.
—El agua del mar, naturalmente. Mire este esquema —si quiere le daré una copia para su periódico— y observará el proceso de obtención de cualquier tipo de preparación alimenticia…
El armador extendió un plano y fue indicando con el índice las principales fases del mecanismo:
—Por aquí entra el agua marina y es almacenada en un tanque de potabilización que la distribuye a distintos compartimentos: agua para beber, agua para la limpieza de la embarcación, agua para el aseo personal, agua para los sistemas de energía… Se dispone, pues, de agua con varias concentraciones o diversos grados de purificación.
—¿Y la comida? —Aceleraba el impaciente informador, buscando tan sólo la noticia espectacular o el secreto de esa milagrosa producción de alimentos a base de simple agua.
—Sencillo, muy sencillo —dijo Nicopoulus—. Es cuestión de transformaciones sucesivas. Verá usted, amigo: las sales y otros elementos del agua de mar, absorbidos por una especie de alambique, y perdone el modo de expresarme, serán sometidos a un tratamiento depurador que los convierte en multitud de «materias primas» susceptibles de infinitas combinaciones químicas… que dan como resultado unos sabrosos alimentos que nada tienen que envidiar a las manipulaciones culinarias del mejor cocinero…
—O sea —recapituló el periodista—: la química aplicada al límite de sus posibilidades…
—Sin llegar al límite, amigo. No hay límite ni fronteras para la química.
—Me recuerda esto a las faenas alquimistas…
—Ni más ni menos —convino el armador—. Los alquimistas fueron los primeros en darse cuenta de que lo que se traían entre manos, y llegaron a vislumbrar un futuro que ya hemos hecho presente. Y nosotros estamos intuyendo un porvenir que otras generaciones lo traducirán en historia de muchos nuevos éxitos…
—Pasado, presente futuro…; química, alquimia… ¿Qué es usted, armador de barcos o sabio de laboratorio?
El viejo y carnoso hombrecillo de rostro heleno sonrió con benigna comprensión.
—Si usted quiere —propuso al periodista—, llámeme aprendiz de todo y maestro de nada. He dedicado mi vida a un humanismo de mariposa, saltando de ciencia en ciencia, sirviendo aquí y allá, almacenando el polen variopinto de mil disciplinas y saberes del hombre.
El informador de prensa se encontraba las preguntas hechas. Volvió a insistir sobre las actividades de su extraño interlocutor:
—¿Quién ha inventado esa «máquina dietética»?
—Todos. La humanidad, con sus años a cuestas. Yo sólo he puesto en funcionamiento una «máquina-resumen», ¿me entiende?, compuesta por distintas piezas que otros han ideado antes de mí…
—¿Luego es usted el inventor?
—No puedo afirmarlo. ¿Cómo se lo explicaría? Imagínese que usted mismo, en sus ratos libres y jugando a la mecánica, dispone de los siguientes aparatos: una máquina de escribir, un radar, un motor de explosión, un teléfono, una incubadora, una televisión, una máquina automática de hacer salchichas… Imagínese que se dedica a combinar esos mecanismos de forma conveniente, buscando un solo ritmo de actividad, una misión única, un consorcio total de engranajes y velocidad, una concordancia suprema de funciones… ¿Qué saldría de sus manos?
—No lo sé. Quizá, nada. O tal vez un monstruo en forma de morcilla, con un cerebro receptor y emisor de sonidos e imágenes que, al mismo tiempo, escriba libros o imprima periódicos…
—Se aproxima usted. ¿Pero por qué definir esa «criatura» como un monstruo? ¿Suponiendo que hubiera terminado su construcción, ge pueden calcular las muchas aplicaciones posibles? Usted mismo ha enfocado el asunto hacia su profesión: escribir libros o imprimir periódicos. Un especialista en cibernética le diría que había «creado» el robot perfecto. Y yo le pregunto: ¿lo había inventado usted? ¿O era una simple combinación de ideas, una laboriosa síntesis de conexiones?
—Reconozco mi falta de humildad —dijo el periodista—, pero estoy seguro de que me consideraría un auténtico inventor…
—¡Ah, los literatos! Son ustedes terriblemente inmodestos…
—Sí, lo sé. Somos vanidosos como críos. Seguramente por el esfuerzo constante de perseguir la perfección ola gran obra, la distinción personal, el laurel definitivo… Por eso somos escritores, creo yo.
—Muy posible, amigo mío. De lo contrario se meterían en un laboratorio para indagar pacientemente la veracidad de lo conocido. Si usted, con ese gran sentido de la improvisación que me ha demostrado tener, bajase al misterio de las sustancias, al abismo de lo microscópico; si usted despreciase la ciencia oficial en la medida suficiente como para prescindir de las leyes establecidas… vería que el mundo no es lo que se dice que es, sino algo así como un eterno punto de partida donde se originan tantos caminos a seguir como ojos lo observen…
El periodista no apuntaba ya la charla del viejo y rechoncho armador. Toda aquella conferencia, teñida por un asombroso preciosismo incongruente, no era apta para publicarse como noticia de un diario. Tal vez podría servir como introducción a un libro de cariz futurista, a uno de esos libros siempre en boga sobre fantasías intuidas y teorías inconcretas. El público devora esa clase de publicaciones, confundiendo generalmente la «divulgación científica» y la «literatura de anticipación».
Y el periodista tuvo la certeza de estar captando un posible negocio editorial a través del carnoso y extraño armador, a quien se imaginaba caricaturizado con amplio sayón y un cucurucho en la cabeza, algo así como los grabados antiguos representaban a los hacendosos alquimistas, encorvados sobre los vapores de sus pócimas o aplicados en soplar inverosímiles fogatas bajo ánforas de brebajes misteriosos.
—Dejemos, pues, lo de la «paternidad» del invento —sugirió el hombrecillo de rostro heleno.
—De acuerdo —se conformó el entrevistador.
Fuera, en el embarcadero, la Kon-Tiki-321 esperaba la suelta de amarras.
El vientecillo de la mañana seguía soplando con suave constancia, espoleando los ijares de la embarcación bajo el oropel alegórico de dragones y saurios.
—¿Cuánto tiempo durará la aventura del capitán Dosventos? —inquirió el periodista, tomando de nuevo el rumbo de su quehacer informativo. En realidad, no buscaba más que una confirmación al rumor general: dos años de travesía oceánica.
Nidas Nicopoulus se encogió de hombros y esbozó una sonrisa de obligada disculpa.
—De un día a mil años. Nadie puede preverlo.
El informador no escribió nada. Miró al enigmático armador y calculó su propia paciencia, que ya empezaba a flaquear.
—No se enfade, hombre —dijo Nicopoulus, comprendiendo la perplejidad del periodista—. Trataré de explicarle esa aparente incongruencia. Qué prefiere: ¿la versión oficial del proyecto, o una versión en la intimidad, entre usted y yo, que no podrá publicar a menos que quiera ir a un manicomio?
Al periodista le seducían toda clase de confidencias, pero debía atenerse al estricto menester de llenar un par de folios con respuestas lógicas. Por eso eligió con frialdad:
—La versión oficial, claro.
—Bien —convino el anciano—. He aquí la mentira mejor urdida sobre la expedición de la Kon-Tiki-321: «Se pretende, como en las trescientas veinte ocasiones anteriores, demostrar la teoría de Heyerdahl sobre las migraciones oceánicas y, muy específicamente, la de los indios americanos a Oceanía. Hemos mantenido el itinerario a seguir —de Perú a Polinesia—, pero variando el tipo de embarcación. Nuestro modelo tiene incorporada una turbina nuclear y goza de estructura anfibia, lo que le permitirá llevar a cabo una completísima investigación de los fenómenos marinos —corrientes de agua, fauna especial— que se han advertido en viajes precedentes. La expedición de la Kon-Tiki-321, como balsa tradicional, nos proporcionará unos valiosos datos estadísticos que serán computados por un ordenador de a bordo. Es decir: abandonada en el agua, sin fuerza motriz, recorrerá una distancia determinada y volverá al punto de partida para repetir unas cien veces ese recorrido con objeto de verificar las desviaciones sufridas. Sólo en los regresos a cada punto de partida será utilizado el motor. Y también, durante esos trayectos, efectuará una serie de inmersiones en los lugares menos conocidos del Pacífico. Por todo ello, se estima que el viaje no durará menos de dos años…»
Cuando el informador acabó de tomar sus notas, satisfecho por el colofón de la finalidad científica de la balsa motorizada, propuso al viejo Nicopoulus:
—¿Y la versión confidencial?
El armador repitió su inefable sonrisa de anciano bonachón. En sus ojos aparecía un cierto matiz de sorna inocente, como la mirada de un niño antes de la travesura premeditada.
—Dudo que sea usted capaz de creerme nada —avisó Nicopoulus—. No obstante, como soy enemigo natural de la mentira, voy a confesarle toda la verdad y nada más que la verdad…
Volvió a sonreír con picardía.
El despacho del armador estaba abarrotado de fósiles, peces disecados y extrañas plantas submarinas. Hasta allí llegaba un fuerte olor a salitre. Por la ventana, que simulaba ser el círculo de una claraboya, entraban los graznidos de las gaviotas y el vocerío de la gente.
Nidas Nicopoulus inició el relato sorprendente:
—La Kon-Tiki-321, amigo mío, no es una embarcación de reconocimiento o una balsa más o menos mecanizada. Tampoco es un prototipo para la elaboración de alimentos. Ni es un habitáculo confortable para una larga travesía…
—¿Qué es entonces? —apresuró el periodista.
—¿No puede usted deducirlo?
El hombre de la prensa hizo un esfuerzo para seguir el juego, procurando dejarse llevar por merodeos que desviasen la cuestión hacia su objetivo de recopilar fantasías.
—Déjeme pensar —pidió el informador—. Si no es nada de todo eso, que es lo que aparenta ser, he de aventurar alguna hipótesis valiente…
—A ver, a ver… -le animó el viejo.
—¿Un arma secreta?
—¡No, hombre! No sea melodramático. Es mucho más sencillo.
—¿Un laboratorio oceanográfico?
—Precise algo más…
—¿Un laboratorio para… no sé, quizá para investigar la flora y la fauna marina, o para conseguir unas materias primas industriales o preciosas, como petróleo, oro…?
—No perseguimos negocio de clase alguna. Si tuviera que definir la misión de la Kon-Tiki-321 lo haría diciendo que es una altruista «cooperación humano-lémur para el mutuo desarrollo del progreso biotécnico».
—Muy complicado, se lo aseguro. Por lo menos yo no entiendo nada.
—¿Cree usted en las hadas, o en las brujas, o en la nigromancia?
El periodista acusó la pregunta con evidente majestad de hombre del siglo XX, haciendo un gesto significativo de estar muy por encima de tales supercherías. Más que eso. En su ademán podía advertirse un solemne desprecio a tan inusitada y ridícula pregunta.
—En fin —protestó Nidas Nicopoulus—. Me pone en un difícil aprieto…
—Bueno —accedió el informador—, puedo facilitarle el camino con la promesa de creer en cuantas brujas usted quiera, siempre y cuando no vayan montadas en una escoba…
—¡Ah, magnífico! Incluso es muy oportuna esa salvedad del vuelo en escoba porque las brujas de hoy —si es que las hay, naturalmente— deben de viajar con sistemas a reacción. Supongo que se habrán modernizado, amigo mío. Se habrán puesto al nivel de la más depurada técnica…
El viejo se quedó un tanto pensativo y luego añadió:
—Una de las cosas funestas de la cultura es que el hombre pierde su capacidad de creer en las fábulas. En ese sentido los niños demuestran ser más inteligentes que los adultos…
—¿No ira a decirme que su Kon-Tiki es una especie de cazabrujas acuáticas?
—No, no, por favor. Nada de caza. Esa es una actividad primitiva de seres agresivos hacia otros seres más débiles o menos ingeniosos… Ya le he dicho que se persigue un objetivo amistoso de cooperación.
—¿Con las brujas, para celebrar acaso un nuevo tipo de aquelarre atómico en el fondo del mar?
—Con los lémures, señor mío.
Y el viejecito de rostro heleno se quedó muy serio, con mirada grave y gesto pontifical. Insistió en su revelación:
—Cooperación bio-técnica entre hombres y lémures.
El periodista repasó a toda velocidad sus conocimientos culturales. Del archivo de su memoria aparecieron sólo algunos datos concretos:
—Creo recordar —dijo a media voz, tratando de sintetizar el contenido— que las leyendas dan también el nombre de lémures a los hipotéticos habitantes de la Atlántida… Seres que transformaron su anatomía para continuar viviendo en el reino sumergido… Hombres-peces, en una palabra, de cuya existencia hablan los mitos y algunos viajeros de la antigüedad…
—Hombres provistos de branquias que habitan realmente en la Atlántida submarina, en el viejo reino de Antinea…
El informador de prensa tuvo deseos de reír. O de emocionarse ante la sublime ingenuidad de aquel hombre. Lo dijo abiertamente:
—¿Me quiere usted tomar el pelo?
—Nada más lejos de mi intención —aseguró Nicopoulus, desproporcionadamente tranquilo durante una conversación tan poco ortodoxa.
Según se iba perfilando el asunto de la Kon-Tiki-321, el periodista llegaba a una doble conclusión: que el viejecito no estaba en su juicio y que el tema, por ser tan absolutamente disparatado, podía servir para escribir un relato fantástico. Por todo ello, calculando el material que podía obtener de una manera tan sencilla, decidió acomodarse a las circunstancias y sacar el mayor provecho posible. «Quizá, se dijo, este pueril armador de buques me dé el esquema completo para un buen libro, o el guión de una novela radiofónica, o el esbozo para una historieta de comic…»
La Kon-Tiki-321, mientras tanto, rompía amarras y se deslizaba agua adelante. El capitán Dosventos se despidió de la multitud con un saludo gorra en mano.
La brisa, participando en los actos, trajo olores lejanos de algas y musgos roqueños. Unas gaviotas volaron en círculos bajos alrededor del navío extravagante, como intentando adivinar su ruta. Comprendieron en seguida que no era artilugio de pesca, tal vez porque no olía a brea ni estaba salpicado de escamas, y decidieron no acompañarlo mar adentro.
—¿Lo ve? —dijo Nicopoulus invitando al periodista a observar la botadura a través de la fingida claraboya—. Hasta los pájaros advierten la misión científica de la balsa…
—Será por transmisión de pensamiento… —apuntó el informador sin dejar su bloc de notas.
—Puede bromear cuanto quiera. Nadie le critica por un escepticismo tan realista y sincero. En su profesión, me figuro, sólo cuentan las verdades tangibles…
—Y la dimensión humana de los hechos —añadió el periodista como si estuviera examinándose. Sonrió por haber dicho esa frase estereotipada que le salió del subconsciente, recordando los estúpidos días de la escuela. Nunca había asimilado del todo eso de la «dimensión humana» de las noticias, porque humana es hasta una piedra o una viga de hormigón con tal de que las haya tocado alguna vez la mano del hombre.
Cambió de pensamientos y vio alejarse a la Kon-Tiki-321, vitoreada y aplaudida, silenciosa como un escualo, con la bodega preñada de utopías o de algún secreto designio de rebuscado sensacionalismo. Porque, a decir verdad, el ojo clínico de aquel periodista comenzaba a dudar de lo que veía. Dudaba del viejo rechoncho y de su sonrisa angelical. Dudaba de su aparente locura. Dudaba del «invento» de la «máquina dietética». Dudaba de los fines altruísticos de una descabellada misión…
—No cree usted nada de todo lo que le he dicho, ¿verdad? dijo Nicopoulus, como advirtiendo sus dudas y mostrando su habitual picardía en la mirada.
—No voy a engañarle, ni por cortesía. Hay cosas que se estrellan contra una mediana lógica, y uno ya está lejos de la época en que soñaba con los personajes de los cuentos tradicionales…
—Lo comprendo, lo comprendo. Yo haría lo mismo en su caso, e incluso me mostraría molesto al considerar que un pobre viejo estaba tratando de embaucarme con fabulillas infantiles. Por todo eso, y porque me ha caído usted simpático, me veo obligado a darle una satisfacción palpable…, una prueba contundente.
El periodista vio abrirse un nuevo cielo. O intuyó el último acto de aquella comedia inesperada que, de pronto, le ofrecía un apetecible epílogo sin truco de tramoyista. ¿O acaso se avecinaba el truco máximo, la apoteosis grandilocuente y efectista? Esperó resignadamente a que el viejo quisiera poner en práctica la prometida prueba final.
A lo lejos, zumbando como un tábano, la Kon-Tiki se perdía de vista, impulsada vertiginosamente por el motor nuclear. La muchedumbre, terminado el espectáculo, fue esparciéndose por el embarcadero, disgregándose como una colonia de pececitos espantados.
—Hemos terminado —señaló el viejo de rostro heleno.
—Me había prometido una prueba…
—Sí, claro. Me refería a que hemos terminado la representación del viaje. Todo el mundo está ya convencido del carácter deportivo de la misión y eso nos permitirá trabajar con las manos libres…
El periodista volvió a sus dudas e interrogantes. Sospechó algún plan de contrabando, una coartada para el tráfico de drogas, un comercio de trata de blancas.
—Lo dicho —añadió Nicopoulus—: ya no hace falta que se quiebre la cabeza en busca de disparatadas soluciones. Venga conmigo…
Le siguió hasta el otro extremo del barracón donde se había preparado la botadura. Allí descendieron por una escalera de caracol hacia el sótano, que era una inmensa habitación destartalada en cuyo centro aparecía la silueta de una maquinaria, no muy grande, pero evidentemente robusta, metálica, con un cuadro de mandos en el que había una docena de botones y unas esferas a modo de relojes, empotrados en el tablero.
El informador pensó que serían los restos de algún motor marino. «Vamos a ver —pensaba— qué otras insensateces me cuenta ahora el viejo». Había poca luz. Y ningún ruido. «Seguro que va a enseñarme alguna reliquia fósil de la Atlántida dichosa». En una de las paredes descubrió una especie de ventana ovalada que permitía ver el fondo del mar. Calculó que debían de estar a unos siete metros bajo la superficie del agua.
Se acercaron al cristal y contemplaron las estúpidas miradas de algunos peces que parecían flotar aburridamente sobre un bosquecillo de algas y plantas macizas. El viejo Nicopoulus hizo funcionar un foco y se iluminó el paisaje submarino. Los peces dieron un respingo ante la luz y muy pronto volvieron a permanecer casi inmóviles, aleteando con suavidad para mantenerse en ese equilibrio semejante a cuerpos colgados por hilos invisibles. Las plantas adquirieron una tonalidad verdosa oscura, de acuarela, alfombrando el subsuelo con sus hojas carnosas y tallos retorcidos.
—He ahí el principio… —dijo Nidas Nicopoulus señalando el grandioso acuario natural.
—¿El principio de qué? —preguntó sencillamente el periodista, sin dar importancia al conglomerado de fondo vegetal.
—El principio de la vida, amigo mío.
«Una lección de botánica y biología —pensó el informador que podía ahorrarse este individuo». Le vinieron a la mente, por sugerencia, todas las teorías evolucionistas:
—El vapor, producido por el enfriamiento de la Tierra, se condensa en agua hirviente que llena las cavidades del suelo y forma los océanos…
—Siga, siga —le animó el viejo. Y el periodista, un tanto orgulloso por el matiz poético de sus palabras, accedió a continuar el relato:
—Durante el precámbrico, en el seno de las lagunas, aparece la vida, hija de la luz y del barro… Al mundo de la polimolécula se yuxtapone el de la megamolécula… En los lodos tibios, cargados de radicales libres, los rayos ultravioleta emprenden la misteriosa síntesis de los primeros compuestos orgánicos… Con el influjo de las cargas eléctricas, venidas de la atmósfera tormentosa, se combinan las moléculas y polímeros, formando proteínas elementales… Los océanos se pueblan de masas gelatinosas… Surge la nucleoproteína, que adquiere la propiedad de alimentarse y de reproducirse a sí misma… Las radiaciones cósmicas engendran otras mutaciones, como la vida comunitaria de varios microorganismos…
—Continúe usted, por favor…
—Dejémoslo en etcétera, que es la forma más socorrida de terminar.
—Como prefiera. El caso es que ha expuesto magistralmente el proceso vivificador, del que discrepo sólo en pequeños detalles… Pero eso sería tema para otro día de charla. En fin, permítame que traduzca su etcétera a manera de epílogo: la vida animal saltó de las aguas a la tierra, desde la tierra trepó a los árboles, y desde los árboles se extendió por los espacios… ¿Está de acuerdo?
—Claro. Eso dicen todos los biólogos.
—Y ahora le pregunto: ¿por el mismo procedimiento de las mutaciones sucesivas, no podría existir un fenómeno de «reversibilidad al pasado»? Es decir: ¿sería posible que por esa especie de «salto atrás» que los animales de la tierra regresaran a las aguas primigenias?
—Tengo entendido, precisamente, que la evolución tiene un carácter irreversible. Además, harían falta millones de años…
—Ya sabe usted que la técnica puede superar el factor tiempo…
—Sí, naturalmente. ¿Me permite una pregunta incorrecta?
—Seguro que no será incorrecta, sino muy interesante. Diga, diga…
—¿Qué demonios de farsa me está preparando con tantos rodeos?
—¡Ah, joven amigo mío! Usted se refiere a la «prueba contundente» de que le hablé, ¿no?
—Con la más radical exactitud.
—Está bien. Voy a complacerle en seguida. Digamos que esta conversación la hemos mantenido a modo de «precalentamiento» intelectual para que usted mismo multiplique su capacidad de comprensión…
—¿Tan tremenda es la prueba?
—Mucho más que eso —sentenció Nicopoulus—. Para la gente vulgar sería algo «terrible», «monstruoso», «apocalíptico» …
—Gracias por incluirme en otra escala de personas. ¿Cuál sería la definición a mi medida?
—Para usted será «inaudito», «inverosímil», «indemostrable»…, pero «real».
—Luego creeré…
—Está preparado para ello. Tiene una gran cultura y claridad de conceptos. Empezaba a notarse calor en el sótano. El periodista, contra su costumbre, se aflojó el nudo de la corbata y se desabrochó el cuello de la camisa. Nidas Nicopoulus le indicó un asiento junto al ventanal:
—Póngase cómodo —le dijo—, y, por favor, no me interrumpa en lo que voy a explicarle…
Se sentó el informador y se mantuvo un poco en actitud de guardia. «Estoy seguro —pensó— de que ahora pretende hacerme ver algún monstruo».
—Estos son los hechos —resumió Nicopoulus con sublime tranquilidad—: Existió la Atlántida y sus pobladores. El fabuloso reino de Antinea gozó de un superdesarrollo técnico muy superior al nuestro actual, especialmente en cuanto que dominaban todos los secretos de la biología. Por eso, cuando iba a sumergirse su continente, alteraron el código genético de los habitantes, de modo que la generación siguiente nació provista de branquias y pulmones, ya adaptada a la doble vida submarina y terrestre… Fue una mutación demasiado brusca, como una medida de urgencia sin otras alternativas. Y trajo como consecuencia una cierta degeneración de los individuos, que paulatinamente vieron disminuir el buen funcionamiento pulmonar… Los antiguos sabios del reino, por una serie de motivos que no hacen al caso, perdieron el control biológico de su pueblo y fueron incapaces de mantenerla condición anfibia de los atlantes o lémures. Tanto es así, que cualquiera de ellos no puede permanecer fuera del agua más de unos minutos…
El periodista se removió en el asiento.
—¿Dónde he leído todo esto?
—En muchos sitios —reconoció el viejo—. Los escritores fantásticos suelen acertar casualmente las más escondidas verdades…
—¿Y aún viven esos anfibios de la misteriosa Atlántida?
—Así es. Nuestra misión consiste en eso: en colaborar con ellos para el intercambio de técnicas, y principalmente para facilitarles un sistema de «retomo» a su forma primitiva. Los lémures, como los llama la leyenda, están cansados de habitar las tinieblas submarinas…
El calor era cada vez más intenso. Espeso y sofocante. Calor húmedo, de sótano con vapor. Algo hizo alejarse a los pececitos inmóviles del ventanal. Huyeron a desbandada. A lo lejos, de entre la negrura sin espectro de las aguas, surgió una lucecita muy brillante, diminuta, que aumentaba rápidamente de tamaño.
—Ya se acerca —avisó Nicopoulus—. Podrá usted verlo…
El periodista dimitió su hastío para comprobar que aquella luz se avecinaba. «Será la linterna de algún submarinista», pensó.
Un segundo después era una masa cegadora que se paró junto a la ventana, emitiendo destellos fluorescentes, rojizos y azulados, de gran intensidad. Bajo la intermitencia de esas luces apenas se podían concretar los límites del fenómeno luminoso. Un poco después desaparecieron las luces fluctuantes y se delimitó perfectamente la silueta del artilugio: era de brillante aluminio o de un material semejante, alargado, en forma de cigarro puro, compacto, sin aberturas ni salientes…
—Como un platillo volante submarino —reconoció el periodista, con cierto regocijo por la presencia del artefacto. Sólo esperaba comprobar cómo terminaba la habilidosa aparición de la «cosa».
—Puede usted prescindir del calificativo «submarino» —le aconsejó el viejecito, otra vez risueño—. Es un auténtico «platillo volante», sí, señor, con autonomía de desplazamiento en cualquier ambiente, sea agua o aire…
—¿Y los tripulantes? Seguro que serán «hombrecitos verdes» de pequeña estatura…
—Observe y no diga más tonterías.
Al periodista le sentó mal el tono agrio del armador. Era la primera vez que el viejo perdía su habitual conmesura. Ahora tenía el rostro agresivo, dominador, la mirada enérgica y una postura tan firme como impropia de su edad.
En el artefacto metálico se producía un leve zumbido. Se abrió una compuerta lateral y por ella salió una figura humana de gran envergadura, grisácea, que nadó hasta el ventanal. Cuando el periodista pudo observar de cerca la fisonomía del «tripulante» sintió una imprevista parálisis en todos los miembros. Aquel ser tenía la cara de pez, auténtica expresión de pez idiotizado, con escamas en el cuello, con escamas rugosas por todo el cuerpo, con…
Tuvo que retirarse instintivamente del ventanal porque se produjo la más atroz aberración de la naturaleza o una antítesis de las leyes físicas: el hombre-pez estaba atravesando el cristal, como si se tratase de pasar a través de una simple cortina de humo.
Casi le fue imposible fijarse en la apariencia real del ser marino, gigantesco, húmedo, sin expresión humana. Tuvo un ligero espasmo abdominal, producido por un asco intenso, y creyó que no podría evitar el vómito. Estaba aturdido. Jamás sabría si fue miedo o repugnancia lo que le inspiró aquella criatura ilógica.
El extraño ser —que ignoró al informador— dio unos pasos torpes y se acercó a Nidas Nicopoulus. La escena «inaudita», o terrible y monstruosa, duró apenas unos segundos más.
El viejo besó las escamas frontales del ser anfibio y ambos se dirigieron al ventanal y cruzaron el cristal hacia el «platillo». No hubo palabras. Únicamente Nicopoulus, al tomar contacto con el agua, hizo un gesto de despedida al desconcertado informador de prensa. Mostró en ese ademán su eterna sonrisa de travesura infantil.
La escotilla se cerró y aquella masa metálica volvió a convertirse en una bola de luz cada vez más diminuta y lejana, en un punto, en nada.
Los pececitos regresaron a su reino oscuro. Allí volvieron a suspenderse en su inmovilidad, ajenos a todo lo ocurrido. Las algas del fondo se dejaban mecer suavemente por el movimiento de las aguas.