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jaime de la fuente

el octavo día de la creación

—Mi trabajo de nodriza ha terminado por hoy —pensó el joven Beta-L-308, mientras daba una palmadita caritativa sobre la epidermis de aluminio del gran Cerebro. Luego se recostó en la hamaca de descomprensión mental.
—¿Alguna novedad? —le preguntó el profesor Alfa.
—Según los diagramas de transmisión he alcanzado el grado N/3 de actividad mental.
Aunque ello suponía un éxito profesional lo dijo sin entusiasmo. Todo aquel proceso de sugestión cerebral frente al Gran Computador de Nova California empezaba a resultarle algo absurdo.
—¿Puede considerarse sensato —se preguntó a sí mismo— que la nada constituya el todo? ¿Es racionalmente lógico que los hombres tengamos que amamantar a esta víscera mecánica?
Los 350 hombres del equipo Beta, del que formaba parte aquel muchacho llamado Beta-L-308, eran realmente la nodriza humana del gran cerebro electro-psíquico, algo así como los generadores de la materia prima, los fabricantes naturales de la fuerza que después gobernaba el mundo. Su misión consistiría en alimentar al gran Computador por medio de concentración mental. Las pantallas receptivas de la máquina absorbían las segregaciones del cerebro humano y las transformaba en el “fluido universal”.
—Supongo —se repetía el muchacho con amargura— que soy un eslabón fracasado del triunfo científico. He perdido la fe en este metabolismo hombre-máquina…
Se consideraba un ser incompleto y amorfo. Su fluido mental, elaborado con paciencia de insecto, era ingerido por las células del Gran Cerebro, almacenado en paneles, codificado, purificado, sometido a bruscas aceleraciones y reposos. El Gran Computador calculaba continuamente el progreso y corregía las desviaciones de los programas establecidos por el hombre. Nova California era la capital ejecutiva de la civilización terrestre, y el perfectísimo Computador era el coordinador supremo, la sobrehumana inteligencia sin posibilidad de error ni emociones. De él emanaban las leyes y la administración de justicia, las directrices políticas y los consorcios económicos. El hombre, después de haberlo creado, sólo podía aceptar las decisiones de aquella insólita fábrica del pensamiento.
Beta-L-308 no podía admitir la supremacía inviolable del maquinismo sobre la Humanidad. ¿Qué habían conseguido los hombres con esta permutación de poderes si no era su propia degeneración hacia una casta de esclavos?
—El cerebro humano —le explicaba el doctor Alfa, jefe superior de la Central de energía— está condicionado por la limitación de sus propiedades y por los defectos que no podemos modificar: angustia, temor, ira, inseguridad…
—Emociones, en una palabra —sintetizó el joven.
—Exacto —afirmó el profesor—. El hombre es un conjunto de emociones, y es imposible prever y controlar cada reacción humana.
—Y nos hemos convertido en la ubre intelectual de nuestro tirano.
—¿Ha dicho usted tirano? Piense que jamás en nuestra historia habíamos hallado la perfección de gobierno, ni habíamos conseguido cuatro siglos sin guerra, ni la abolición de enfermedades, ni la ausencia del trabajo físico. Nuestras máquinas lo hacen todo: fabrican los alimentos, levantan ciudades, manipulan los mecanismos inferiores, no transportan por el Universo…
—Y nos convierten en fuerza cósmica cuando morimos.
—Somos dioses mortales; eso es todo —sentenció el profesor.
—O hechiceros endemoniados por nuestras propias artes.
—Usted pertenece en cierto modo —dijo el doctor Alfa— al primitivo mundo de los filósofos. ¿Por qué se empeña en cosas mediocres cuando estamos alcanzando la suprema liberación?
—¿Liberación de qué, profesor? Quizá sea cierto que en mi mente imperfecta surja el atavismo de nuestros antepasados, pero no me siento liberado si me impiden la libertad de equivocarme, el derecho de dudar y decidir; no me siento feliz porque sólo represento una simple combinación de letras y números, un parásito absurdo cuyas células se van desgastando sin más provecho que haber engendrado artificialmente a otros desconocidos absurdos… Necesito algo que me falta.
—Ya conoce usted la ecuación de la felicidad absoluta que nos ha compuesto el Gran Computador. Adóptela sin reservas porque ahí está toda la verdad.
La noche terrestre había dejado de existir. Las baterías que almacenaban la luz solar, con sus propiedades luminosa y calorífica, proyectaban sobre las ciudades una claridad filtrada y ligeramente teñida de rojo. Los hombres circulaban sobre calzadas rodantes. En las azoteas de los edificios, rematadas por bóvedas de cristal, se reflejaba el paso de las patrullas siderales. Centenares de robots-policias garantizaban el orden en las arterias urbanas.
Aquellas horas estaban dedicadas a los placeres de la población. Desde varias generaciones atrás, merced a estimulantes mecánicos que se injertaban en los cráneos de los recién nacidos, los hombres permanecían siempre despiertos. Después de abandonar sus puestos de trabajo ante los complejos electrónicos y nucleares, disponían de quince horas para su distracción. Mientras tanto, las cámaras automáticas del Laboratorio Maternal desarrollaban los fetos artificiales.
—Siglos atrás —pensó Beta-L-308 la Humanidad estaba felizmente atormentada por sus deficiencias. Ahora, nuestra civilización tan floreciente nos está convirtiendo en una súper-vegetación pasiva y estúpida.
Era un inconformista a la vieja usanza, un extraño romántico con delirios arcaicos y regusto a viejos textos de historia. Aquella noche odió sus manos pálidas y suaves, su torso deprimido y sus brazos sin vigor. Notaba que su cuerpo carecía de consistencia, de una armazón más humana que su aspecto de planta invertebrada.
Y de pronto sintió que todo un pasado perdido y lejano le exigía su salvaje estallido. Ansias primitivas le agitaron los músculos dormidos, mientras que una visión desbordante del pretérito le hizo presenciar luchas de hombres fieros y pasiones encendidas por el ardor, danzas rituales y gritos enérgicos, fragor de armas, sangre hirviente de mil combates, mujeres heridas y niños hambrientos, bosques en llamas y océanos bravíos, manos crispadas y cuerpos recios, expresiones de cólera, gemidos, cantos de victoria y animales feroces, figuras contorsionadas, imágenes terribles de guerreros indómitos… La antigua humanidad doliente le arañaba sus débiles fibras con impulsos frenéticos. Cien caudillos, majestuosos y altivos, huyendo de alguna prisión oscura, le saludaban como a un príncipe libertador. Mujeres hermosas, entre gritos de selva, ceñidas y esbeltas, macizas de carne cálida, jadeante, hembras desaparecidas de goces remotos, vírgenes y madres, clamaban la fertilidad de sus cuerpos.
Beta-L-308 experimentó la primera emoción de su vida.
El profesor Alfa desconectó la pantalla receptora del Gran Computador. El colapso interrumpió la simbiosis hombre-máquina.
—Ha terminado su turno —explicó el profesor apoyando una mano sobre los hombros escurridizos de Beta-L-308.
—Lo sé, pero deseaba continuar… Creo haber alcanzado el grado N-5 de fluidez mental. Ya sabe que estoy empeñado en saturar las posibilidades de mi transmisión cerebral… y ahora estoy seguro de que puedo superar la producción de energía sin resistencia de mi organismo…
—Bien aceptó el profesor. —Conectaré el circuito de nuevo y comunicaré a la pantalla el registro de frecuencias… Si el diagrama mantiene estabilidad de ritmo podrá usted ampliar su periodo de transmisión.
El muchacho notó un inefable ardor de felicidad. Continuaba su obra.
—Pero ya sabe —advirtió el profesor— que debe vigilar su propia concentración. Si el fluido de su mente estuviera alterado por desajustes del esfuerzo, tiene que cesar en el acto la simbiosis… Podría contaminar peligrosamente al Gran Computador.
—“Como si inyectara una dosis de locura en terreno virgen” —pensó el muchacho. “Sería el comienzo del cataclismo, la furia desatada que salta de sus estrechos moldes y aniquila toda lógica…”.
Sonrió con desconocida viveza y se concentró apasionadamente hasta alcanzar una ultrasensibilidad insospechada. El contador de frecuencias marcó el grado N-7 como punto de partida. La aguja magnética iba señalando el desarrollo de una vertiginosa aceleración mental hasta traducir frecuencias de grado N-12, N-35, N-54… intensidades todavía desconocidas en la segregación cerebral.
Aquel progresivo potencial de fluido impregnaba el catalizador del metabolismo hombre-máquina con una idea tercamente transmitida por el muchacho: “Retorno a la humanidad afligida… a las epopeyas de caudillos bárbaros…, a los músculos enérgicos…, a los partos naturales… Era el décimo día de la transfusión del virus redentor.
Cuando las fuerzas de la naturaleza hallaron de nuevo la razón de sus leyes primitivas, los hombres de la antigua estirpe de los templos escribieron así el segundo Génesis: “Y en el octavo día de la Creación, Dios extermino a los pueblos infieles con el resplandor del fuego: Solo algunos justos supervivieron al divino castigo, y el padre Asca-Tabal fundo la primera tribu que repobló la tierra, y sus hijos araron los campos y sus mujeres parieron hijos como enseñaba la ley”.
—¿Pero, quién fue el sumo Beta? —pregunto el chiquillo al juglar.
—Es una vieja leyenda —recordó el anciano con deleite— de cuando la tierra estuvo dominada hace muchos siglos por semidioses que tenían grandes poderes; eran gigantes que no dormían, sabios y crueles. Uno de ellos, el más fuerte de todos, hermoso y salvaje, se reveló contra sus hermanos para liberar a los hombres que los servían como esclavos…
—¿Y podía volar?
—En su barco de los espacios…, de estrella en estrella. Cuenta la leyenda que hacía moverse a las cosas hablándolas con el pensamiento y que edificaba casas de cristal más altas que los montes…
—¿Dónde vivía?
—Junto a un monstruo de metal, siempre concentrado en sus cavilaciones. Aquel héroe llamado Beta no murió nunca porque conocía los secretos y las fórmulas mágicas del Universo. Cuando destruyó a gigantes se encarnó en la libertad, y desde entonces recorre la tierra para defender a los hombres perseguidos…
—No es más que una leyenda absurda —añadió el padre del niño apartándole del anciano caminante. Y luego añadió:
—¿Sabrá este viejo por que se inventan tantas historias de héroes y semidioses?