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jaime de la fuente

el hombrecillo pálido

El viejo Mendoza se quedó perplejo. Efectivamente, aquello era una mano humana, una auténtica mano de hombre, mutilada, que todavía chorreaba sangre blanca y aún movía los dedos con cierta excitación.
—¡Bendito sea Dios!, exclamó el patrón hurgándose la cabeza bajo el gorro de lona.
—Más bien me parece cosa del diablo —añadió Mendoza—. ¿Quién la habrá perdido, patrón?
—No seas idiota, hombre; estas “cosas” no se pierden. Lo que me estoy preguntando es que a quién se la hemos arrancado, porque se ve que está reciente…
La panza descolorida de la “Negra Juana”, giró sobre el agua con un lamento de sus maderas, y la barcaza puso rumbo a Sabancuy con más prisa de lo que hubiera querido el motor.
—Habrá que decírselo al comisario Ramírez —apuntó alguien de la tripulación.
A Mendoza poco le importaba el comisario ni sus aburridas diligencias cada vez que los pescadores del pueblo sacaban en las redes el cuerpo de algún ahogado. Lo que le preocupaba era aquella extraña mano cortada y, sobre todo, sus coágulos blancos de sangre.
—Lo que yo me digo —pensó Mendoza— es que no hay gente debajo del agua, y nadie tiene la sangre blanca, ni los mismos demonios del mar…
El patrón, de rodillas, seguía contemplando la moribunda mano. Los hombres de la “Negra Juana”, menos el que manejaba el timón, habían hecho corro en torno a aquel despojo blanquecino que, de vez en cuando, se agitaba como los propios peces que se amontonaban en la bodega.
La tripulación cuchicheaba en voz baja, haciendo fantásticas conjeturas sobre el macabro hallazgo. Más de uno opinó que lo mejor sería tirar “aquello” al agua y olvidarse que lo habían pescado cerca de los arrecifes. Sus rostros dibujaban una angustiosa mueca de terror supersticioso cada vez que la mano contraía los dedos como intentando aprisionar el aire del crepúsculo. Varios de los hombres hicieron la señal de la cruz cuando las uñas de la mano se crisparon sobre el leño de cubierta y arrancaron un puñado de astillas.
—Que Dios me confunda —gruñó Mendoza— si esto no es cosa de magia.
—¡Viejas miedosas! —exclamó el patrón—. ¿Es que vais a creer en cuentos de brujas?
—Mire que no es para fiarse —le reconvino Mendoza—. Yo he oído muchas historias de estos mares, y estoy seguro de que existen los “hombres marinos”, que son mitad persona y mitad pez… Hace muchos años pescaron uno cerca de Lagartos, y dicen que por las noches aullaba de una manera…
—¡Cállate, Mendoza! —rugió el patrón—. Me vas a asustar a los muchachos…
—Sea, pero estas costas del Yucatán son propicias a los encantamientos…
La “Negra Juana”, en verdad, volaba hacia el pueblo. En Sabancuy sería una buena sorpresa enseñar una mano descuartizada que se mueve como el rabo de una lagartija, cuando los críos se lo cortan. El patrón pensó que sería conveniente guardar la mano hasta entregársela al comisario. Trajo de la bodega un paño negro y lo extendió en el suelo.
—¡Por los huesos de mi vieja que no! —chilló el marinero dando un respingo.
Los de la tripulación se retiraron antes de que les llegase la misma orden. La peor de las galernas hubiera sido más llevadera que el contacto de semejante monstruosidad endemoniada… El patrón se animó a sí mismo y cogió la carnaza. La mano agonizante, como una piltrafa revivida, le asió con la convulsión de un auténtico moribundo. El hombre lanzó un juramento y rodó desesperadamente por el suelo hasta que consiguió desprenderse del funesto despojo. Escupió con rabia. Cuando pudo por fin atar las cuatro puntas del trapo sobre la garra, la “Negra Juana” arribaba cerca de la playa.
Los hombres arrimaron el bote de remolque y colocaron los remos. El patrón fue el primero en bajar al barquichuelo y dejó el hatillo en popa. Los demás, con músculos de pánico, abanicaron los remos hasta arrancar espumas al océano. Bajo el paño negro se notaban a intervalos las convulsiones de la mano cortada.
No esperaban encontrar en la misma playa al comisario Ramírez, acompañado por varios gendarmes y un grupo de curiosos.
—Hemos encontrado “algo” espantoso —balbuceó el patrón.
—No irá a decirme que es una mano cortada… —Se adelantó el comisario.
El patrón hizo un esfuerzo para seguir respirando, pero su boca permaneció terriblemente desencajada.
—Ha venido a recogerla un hombre manco —explicó Ramírez—. Dice que vosotros se la habéis mutilado con la red… Creo que es algún perturbado del llano aunque parece que ahora estáis todos locos.
—¡Ay comisario! —suspiró el viejo Mendoza—, de veras que es la mano del manco lo que traemos…
El comisario torció sus amplios mostachos. Mando desatar el envoltorio. Y la mano cortada apareció en postura de infinita dejadez, tranquila y algo descarnada como las manos talladas de las imágenes.
—Es mi mano —dijo una voz armoniosa y decidida, en cuyo acento no había matices ni de alegría ni de rencor.
Los de la tripulación miraron al hombre que se acercaba entre dos de los gendarmes. No era ningún monstruo, sino un pacífico hombrecillo demacrado, bastante pálido, y de aspecto cordial. Sonrió al patrón con cierta elegante desgana. El viejo Mendoza lo contemplaba maravillado, con una mezcla de respeto y admiración, como si reconociera en el a un rey del absurdo.
—¿Vive usted en el agua? —preguntó angelicalmente el viejo.
Una risotada general se esparció por la playa.
El hombrecillo pálido enseñó su muñón al viejo y le sonrió quizá con ternura. Algo hizo colorearse el rostro de Mendoza, agrietado por el salitre. Y el viejo marinero, hechizado, escuchó toda la verdad, una verdad casi incomprensible como una fábula inaudita.
Pero nadie más oyó aquello porque, en realidad, el manco no había hablado.
Ramírez se encaró con el hombrecillo.
—Farsante o loco, te vas a quedar con nosotros hasta que mis hombres aclaren todo esto de la mano. Y aunque por lo visto no te molesta la herida, un médico nos dirá si eres de trapo o si hay que llevarte a un manicomio…
El hombrecillo pálido, sin hacerle el menor caso, se agachó y recogió el miembro mutilado. Uno de los gendarmes quiso impedírselo, pero una desconocida fuerza le retuvo lejos del desconocido.
El rostro demacrado del manco volvió a sonreír con una dulzura tan infantil que al comisario se le antojó algo sospechoso:
—¡Ponerle unas esposas, muchachos! —ordenó furiosamente.
Pareció que el sol retrasó unos momentos su marcha para iluminar aquella escena imprevista. El manco dio lentamente la espalda al comisario y comenzó a andar hacia el agua. Tres policías se abalanzaron sobre él, pero chocaron contra algo invisible y cayeron al suelo de bruces. El propio Ramírez trató de sujetarlo. Sus manos resbalaron por una superficie esférica y transparente que protegía al hombrecillo, algo así como si el manco estuviera embutido en una cápsula metálica, dentro de una pantalla inmaterial.
Ramírez quitó el seguro a su pistola.
—¡Deténgase o le juro que le vuelo la cabeza!
Sonaron varios disparos. Cerca del hombre pálido relucieron unos puntitos luminosos y las balas cayeron al agua como hojas secas desprendidas de un árbol.
El sol puso fin a su complicidad y se escondió a lo lejos. Un mágico contraluz desdibujó la huidiza figura del manco mientras desaparecía también bajo los grises contornos del mar.
El viejo Mendoza comprendió todo mientras encendía su pipa.