El comisario Duchet puso gesto de impaciencia.
—De modo que usted nunca ha tenido placa de identidad ni sabe para qué sirve, ¿eh? No trabaja en ningún sitio, no necesita dinero, no tiene familia… En fin, ¿tampoco se alimenta?
—En cierto modo, si —contesto el individuo.
—¡Explíquese! —ordenó el comisario en tono cortante.
—Le será difícil comprenderlo. Prefiero no comentar ese aspecto.
Duchet, estaba a punto de perder los estribos. Su autoridad, su cargo, su prestigio, su fama de hombre duro, le habían valido el sobrenombre de “Garra de la Ley” —Ante él se intimidaban los malhechores de peor catadura, temblaban los vagos de oficio y se postraban humildemente los efímeros emperadores del hampa. “En todo París— pensaba Duchet—, no hay hombre con agallas suficientes para enfrentárseme”. Sin embargo, por primera, vez, un individuo insignificante adoptaba en su presencia el aire de un semidiós desdeñoso.
—¡Repito que se explique! —aulló con voz de trueno.
—Bien, comisario. Me alimento, si es que puede decirse así, de las partículas electro-magnéticas que absorbo del aire.
El comisario hizo un gran esfuerzo para no golpear el rostro de aquel tipo. Después reaccionó ante la sospecha de haber tenido una idea bastante aceptable. ¿Se trataba acaso de un pobre demente? Sólo esa circunstancia podía justificar el insólito comportamiento del detenido ante la “Garra de la Ley”.
Duchet puso en sus palabras un desconocido acento de benevolencia y trató de mostrar paternalismo. Tuteó al muchacho:
—Ya comprendo, hijo. ¿Cómo dijiste que te llamas?
—Gascón Philippe —repitió el individuo.
—Suena a nombre de mosquetero. Es muy bonito, ¿sabes?
—Antes era corriente —explicó el detenido—. Creo que tendré que buscarme otro para esta época.
—Claro, es lo mejor. ¿Has tenido muchos nombres?
—Solamente uno anterior, el primero.
—¿Puedo saber cuál era? —preguntó Duchet con aparente interés—, como las comadres agudizan el oído ante un secreto.
—Pierre le Goujat.
—Parece todavía más antiguo… como medieval.
—Exactamente. Lo usaba hace quinientos años.
El comisario contempló al muchacho con sincera compasión. Le hizo otras preguntas por simple rutina, para llenar el informe.
—¿Dónde has nacido?
—Lo ignoro. Mis facultades están limitadas a la misión que he de cumplir. Mi existencia comenzó…, ¿cómo definirlo?…, siendo adulto.
—Es corriente —añadió el comisario—. En fin, hijo, ahora vendrá a buscarte un amigo mío muy simpático…
—El médico de una clínica —interrumpió el detenido—. Ya me ha ocurrido otras veces. Al principio me gustaba que me estudiasen, porque así aprendía algunas cosas que no han sido impresas en mi ordenador mental. Pero desde que los doctores tienen medios para “ver” mi interior, no me permiten dejarme observar. Tendré que alterar mi situación en el tiempo…
Duchet miraba al muchacho con evidente extrañeza. Sin duda alguna era un curioso ejemplar de loco pacífico. El detenido se incorporó despacio.
—Señor comisario —dijo confidencialmente—, me ordenan conectar la ultratemporalidad…
—¿Y quiénes te mandan hacer esas cosas? —preguntó el comisario con beatitud de viejo clérigo.
—No lo sé —confesó el individuo con maquinal firmeza—. Ya le he dicho que tengo algunas limitaciones. Mi memoria mecánica abarca tan solo los acontecimientos vividos… Por eso desconozco mi origen…
—Lo comprendo, hijo, lo comprendo. Te sientes un poco desgraciado…
—Esas sensaciones están fuera de mi alcance. Soy, como ustedes dirían, un simple robot.
—Si, si… Algo de eso me imaginaba yo. Y dime, muchacho, ¿qué misión es esa que traes entre manos desde hace quinientos años?
—Contemplar a los hombres —fue la breve respuesta.
—Estupendo trabajo, sí señor. Se ven cosas interesantes observando a la gente…
El individuo, de espaldas a los gendarmes que lo custodiaban, se desabrochó la camisa con ademanes un poco afectados. Como un policía lo había “cacheado” anteriormente, Duchet no desconfió ante los movimientos de su detenido.
El comisario observó el pecho deprimido del muchacho, donde se marcaba una hilera de costillas bajo la piel salpicada de manchas oscuras, parecidas a tatuajes cubistas.
Pero lo que vio a continuación le dejó tan espantosamente aterrado que no pudo moverse ni advertir a sus hombres: el pecho de aquel extraño personaje se abrió verticalmente, como el telón de un escenario. Dentro no había vísceras ni sangre, sino un mecanismo reluciente, con muchos cilindros metálicos y esferas lechosas. La visión duró apenas un segundo, porque el mismo robot se introdujo una mano en el pecho y accionó alguna palanca.
Inmediatamente, el lugar donde se encontraba detenido quedó vacío. Desapareció de allí tal y como se evaporan las imágenes de un proyector desconectado.
El comisario Duchet miró estúpidamente a sus hombres. Ellos, con todo respeto, tenían la misma expresión.