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jack london

las plumas del sol

I
La isla de Fitu-Iva era el último bastión independiente polinesio en los mares del Sur. Tres factores explicaban la independencia de Fitu-Iva. El primero y segundo eran lo aislada que estaba y la belicosidad de su población. Pero estos no la habrían salvado al final de no ser por el hecho de que Japón, Francia, Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos descubrieron al mismo tiempo lo apetecible que resultaba. Parecían golfillos peleándose por una moneda. Se incordiaban los unos a los otros. Los buques de guerra de las cinco potencias abarrotaron el único y pequeño puerto de Fitu-Iva. Hubo rumores y amenazas de guerra. En los periódicos que todo el mundo leía durante el desayuno se hablaba de Fitu-Iva. Según lo resumió un marino yanqui, todos metieron el morro en el comedero al mismo tiempo.
Así fue como Fitu-Iva se libró incluso de ser un protectorado conjunto y el rey Tulifau, también conocido como Tui Tulifau, continuó administrando justicia de todo tipo desde el palacio de madera que le construyó un comerciante de Sidney con secuoya de California. Tui Tulifau no solo era rey en todos los sentidos, sino que también lo era en todo momento. Cuando llevaba gobernando cincuenta y ocho años y cinco meses, solo tema cincuenta y ocho años y tres meses. Es decir, había gobernado durante cinco millones de segundos más de los que había respirado, al ser coronado dos meses antes de nacer.
Era un rey regio, de figura espléndida, que medía dos metros con cinco centímetros sin ser excesivamente gordo, pesaba ciento cuarenta y cinco kilos. Pero eso no era 1810 en la estirpe de los jefes polinesios. Sepeli, su reina, medía un metro noventa y seis y pesaba ciento veinte kilos, mientras que Uiliami, hermano de la reina, que estaba al mando del ejército en los intervalos en que dimitía de su cargo de primer ministro, medía tres centímetros más que ella y superaba su peso en veintidós kilos. Tui Tulifau era un alma alegre que disfrutaba de los banquetes y la bebida. A todos los súbditos les gustaban los festejos, excepto cuando se enfadaban, momento en el que podían llegar a ser culpables de arrojar cerdos muertos contra quienes habían provocado su ira. A pesar de ello, cuando hacía falta, luchaban como maoríes, tal y como habían descubierto, a su costa y en los viejos tiempos, los comerciantes de sándalo que usaban métodos propios de piratas y los reclutadores que raptaban mano de obra indígena.
II
a goleta de Grief, la Cantani, había pasado junto a las Columnas de Roca de la entrada dos horas antes y se acercaba despacio al puerto entre el rumor oscilante de una brisa que no se decidía a soplar más fuerte. Era un anochecer fresco, en el que brillaban las estrellas, y ellos holgazaneaban en la toldilla a la espera de que aquel paso de caracol los llevase al punto de fondeo. Willie Smee, el sobrecargo, salió de la cabina llamando la atención con su ropa de bajar a tierra. El capitán observó su camisa, de la más fina y blanca seda, y soltó una risita elocuente.
—Esta noche hay baile, supongo —comentó Grief.
—No —dijo el segundo—. Es por Taitua. Willie está loco por ella.
—A mí que me registren —negó el sobrecargo.
—Entonces ella está loca por usted, que viene a ser lo mismo —continuó el segundo—. Antes de que pase media hora en tierra tendrá una flor tras la oreja, una corona de flores en el pelo y el brazo rodeando la cintura de Taitua.
—Está celoso —dijo Smee con desdén—. Le gustaría tenerla para usted, pero no puede.
—Porque no tengo camisas como esa. Le apuesto media corona a que no zarpa de Fitu-Iva con esa camisa.
—Y si Taitua no se la queda, ya verá como se la queda Tui Tulifau —advirtió Grief—. Será mejor que no permita que la vea o tendrá que despedirse de ella.
—Es verdad —convino el capitán Boig al tiempo que apartaba la vista de las luces de la orilla—. En el último viaje multó a uno de mis kanakas para quedarse con su cinturón y su cuchillo —dijo y se dirigió al segundo—. Ya puede fondear, señor Marsh. No deje mucha cadena. No hay ni rastro de viento y por la mañana podríamos desplazarnos frente a los cobertizos de copra.
Un minuto después se oyó el ruido del ancla al descender. El bote, que ya había sido arriado, aguardaba al costado y el grupo que iba a tierra lo abordó. Exceptuando a los kanakas, que bajaban todos a tierra, en el bote solo iban Grief y el sobrecargo. Al llegar al pequeño embarcadero de piedra de coral, Willie Smee gorjeó una disculpa, se separó de su jefe y se internó en una avenida de palmeras. Grief siguió la dirección contraria y pasó frente a la vieja iglesia de la misión. Allí, entre las tumbas de la playa, bailaban los jóvenes, vestidos con ahu’s y lava-lavas, guirnaldas y coronas de flores y el cabello adornado con hibiscos fosforescentes. Después Grief dejó atrás la alargada casa himine, construida con paja donde varias decenas de ancianos se sentaban en hileras y cantaban los viejos himnos que les habían enseñado los olvidados misioneros. También dejó atrás el palacio de Tui Tulifau donde, por la luz y el sonido, supo que había el jolgorio de siempre. Porque Fitu-Iva era las más feliz de las islas felices de los mares del Sur. Celebraban y festejaban cada nacimiento y cada muerte, además de homenajear a los muertos y a los nonatos.
Grief continuó por el Camino de Retama, que giraba entre flores exuberantes y algarrobos que parecían helechos. El aire cálido estaba cargado de perfume y, por encima de su cabeza, contra el cielo estrellado se recortaban las siluetas de los mangos llenos de fruta, los majestuosos aguacates y las esbeltas palmeras. Aquí y allá se veían cabañas con techos de paja. Las voces y las risas se propagaban en la oscuridad. A lo lejos, en el agua, el parpadeo de las luces y los coros de voces suaves indicaban el regreso de los pescadores desde el arrecife.
En un momento dado, Grief abandonó el camino y tropezó con un cerdo que gruñó indignado. Al mirar al interior de una casa con la puerta abierta vio a un nativo anciano y robusto sentado sobre una docena de esterillas. De vez en cuando y de forma automática, rozaba sus piernas desnudas con un espantamoscas de fibra de coco. Llevaba gafas y leía metódicamente una Biblia inglesa, de eso Grief estaba seguro. Porque aquel era Ieremia, su tratante, llamado así por el profeta Jeremías.
Ieremia tenía la piel más clara que los nativos de Fitu-Iva, como era lógico en un samoano de pura cepa. Educado por los misioneros, había estado al servicio de su causa como profesor laico en los atolones caníbales del oeste. Como recompensa lo habían enviado al paraíso de Fitu-Iva, donde todos eran o habían sido buenos conversos, para que recuperase a los que reincidían. Por desgracia, Ieremia había aprovechado demasiado bien su educación. Un libro de Darwin que llegó a sus manos por casualidad, una esposa gruñona y una hermosa viuda de Fitu-Iva lo habían devuelto a las filas de los reincidentes. No era un caso de apostasía. Darwin le había provocado fatiga intelectual. ¿De qué servía intentar comprender un mundo tan terriblemente complicado y enigmático, sobre todo estando casado con una gruñona? A medida que Ieremia bajaba el ritmo de sus tareas, la misión lo amenazaba más firmemente con enviarlo de nuevo a los atolones y la lengua de su mujer se volvía más viperina.
Tui Tulifau era un monarca comprensivo, cuya reina, cuando él se emborrachaba en exceso, le pegaba. Por motivos estratégicos —la reina pertenecía a una estirpe tan regia como la de él y su hermano estaba al mando del Ejército— Tui Tulifau no podía divorciarse de ella, pero sí podía, y lo hizo, divorciar a Ieremia, quien enseguida se dedicó al comercio y a la mujer de su elección. Había fracasado como comerciante independiente sobretodo debido al desastroso patrocinio de Tui Tulifau. Negarse a concederle crédito a ese monarca feliz era invitarlo a confiscar; y concedérselo implicaba una ruina segura. Tras un año de inactividad en la playa, Ieremia se había convertido en tratante de Grief y llevaba doce años de honrado y eficiente servicio, porque Grief había demostrado ser el primer hombre capaz de negarle crédito al rey, con éxito, y de cobrar en la fecha acordada.
Ieremia miró, solemne, por encima de las gafas cuando entró su jefe y, con la misma solemnidad, marcó la página de la Biblia en la que se había quedado, la dejó a un lado y estrechó la mano de Grief.
—Me alegro de que haya venido en persona —dijo.
—¿Cómo, si no, iba a venir? —se rio Grief.
Pero Ieremia no tenía sentido del humor e ignoró el comentario.
—La situación comercial de la isla es muy mala —dijo, muy serio y con una afectada pronunciación de cada palabra—. Mi libro de cuentas da miedo.
—¿Van mal las ventas?
—Al contrario. Han sido excelentes. Los estantes están vacíos, terriblemente vacíos. Pero… —Sus ojos brillaron con orgullo—. Pero en el almacén quedan aún muchos bienes. Lo he mantenido bien cerrado.
—¿Le has concedido demasiado crédito a Tui Tulifau?
—Al contrario. No ha habido crédito alguno. Y ha pagado todas las cuentas pendientes.
—No te entiendo, Ieremia —confesó Grief—. ¿Es una broma? Los estantes vacíos, sin crédito, las cuentas saldadas, el almacén bien protegido y cerrado… ¿Cómo se explica?
Ieremia no contestó de inmediato. Tanteó la parte de atrás de las esterillas y sacó una gran caja para el dinero. Grief se fijó en que no estaba cerrada con llave y le llamó la atención. El samoano siempre había sido muy puntilloso guardando el dinero. La caja parecía llena de billetes. Apartó el primer billete y se la pasó.
—Así se explica.
Grief vio un billete bien realizado. «El Primer Banco Real de Fitu-Iva pagará al portador, bajo demanda, una libra esterlina», leyó. El centro lo ocupaba una mancha similar al rostro de un nativo. Debajo, la firma de Tui Tulifau y la de Fulualea, junto a la que se añadía la información: «Ministro de Hacienda».
—¿Quién demonios es Fulualea? —preguntó Grief—. Es fiyiano, ¿no? Y significa las plumas del sol.
—Así es. Significa las plumas del sol. Así es como se denomina a sí mismo ese vil intruso. Ha llegado desde Fiyi para poner Fitu-Iva patas arriba, comercialmente hablando, claro está.
—Supongo que será uno de esos nativos de Levuka, tan inteligentes.
Ieremia negó con la cabeza.
—No, este sinvergüenza es blanco. Se ha apropiado de un nombre fiyiano noble y altisonante, y lo ha arrastrado por el fango para llevar a cabo sus infames propósitos. Ha emborrachado a Tui Tulifau. Lo ha emborrachado más que nunca y lo ha mantenido siempre borracho, sin descanso. A cambio, lo ha nombrado ministro de Hacienda y muchas otras cosas. Él ha emitido los billetes falsos y obligado a la gente a aceptarlos. Ha aplicado un impuesto por almacenar, otro a la copra y otro al tabaco. También hay cuotas y normas por usar el puerto, además de otros impuestos. Pero el pueblo no tiene que pagar, solo los comerciantes. Cuando gravó la copra, yo bajé el precio de compra de forma proporcional. Entonces los nativos empezaron a quejarse y Plumas del Sol aprobó una nueva ley, por la que devolvía el precio de la copra a su valor anterior y prohibía que nadie lo bajase. A mí me multó con dos libras y cinco cerdos, cuando todo el mundo sabía que yo tenía cinco cerdos. Los he incluido en el libro de cuentas. A Hawkins, el tratante de la Fulcrum Company, primero le puso una multa a pagar en cerdos, después en ginebra y, como continuaba quejándose, apareció el Ejército y le quemó el almacén. Cuando me negué a vender, ese tal Plumas del Sol me multó otra vez y prometió que, si volvía a delinquir, me quemaría el almacén. Así que vendí todo lo que había en los estantes, por eso la caja está llena de papel sin valor. Me llevaré un disgusto si me paga mi salario con ese papel moneda, pero sería justo, eso no lo puedo negar. Y ahora, ¿qué podemos hacer?
Grief se encogió de hombros.
—Antes debo ver a ese Plumas del Sol y calibrar la situación.
—Pues cuanto antes lo vea, mejor —aconsejó Ieremia—, o se acumularán las multas contra usted. Así se apodera de las monedas del reino. Ya las tiene todas, excepto las que pueda haber enterradas.
III
De regreso por el Camino de Retama, bajo los faroles encendidos que marcaban la entrada a los terrenos del palacio, Grief se tropezó con un caballero bajo y orondo, vestido con un pantalón de dril sin almidonar, bien afeitado y de tez colorada, que salía del recinto. Su forma de andar pesada y vacilante le resultó conocida. Grief se dio cuenta enseguida: la había visto antes en una docena de playas de los puertos de los mares del Sur.
—¡Qué sorpresa, Cornelius Deasy! —exclamó.
—Pero si es el viejo diablo de Grief en persona —respondió el otro mientras se estrechaban la mano.
—Si me acompañas a bordo, tengo un buen irlandés ahumado —invitó Grief.
—Ni de broma, señor Grief. Ahora soy Fulualea. Ya no se me engatusa como en los viejos tiempos. Además, con el permiso de su graciosa majestad el rey Tulifau, soy ministro de Hacienda y ministro de Justicia, excepto en los momentos de diversión real en los que el rey elige jugar en persona con los mecanismos de la justicia.
Grief silbó asombrado.
—¡Así que tú eres Plumas del Sol!
—Prefiero la forma nativa —lo corrigió el otro—. Fulualea, si no le importa. Porque que no olvido los viejos tiempos, señor Grief, me parte el corazón tener que ser yo quien le dé la noticia. Va a tener que pagar los legítimos derechos portuarios como el resto de los comerciantes que pretenden robar a los amables salvajes polinesios de las islas de coral. ¿Por dónde iba? ¡Ah! Ya me acuerdo. Ha violado usted las normas. Con intención delictiva ha entrado en el puerto de Fitu-Iva después de la puesta de sol sin luces de situación. No me interrumpa. Lo he visto con mis propios ojos. Por esa infracción pagará una multa de cinco libras. ¿Tiene ginebra? Es una infracción grave. No se pueden arriesgar ligeramente las vidas de los marineros de nuestro espacioso puerto por ahorrar el penique de aceite que cuesta encender las luces. Le he hecho una pregunta: ¿Tiene ginebra? Se lo pregunta el capitán del puerto.
—¡Cuántas responsabilidades! —sonrió Grief.
—Es la carga del hombre blanco. Estos comerciantes bribones se han aprovechado del pobre Tui Tulifau, el monarca más bueno que han visto los tronos de los mares del Sur y el que más valora la bebida. Por eso yo, Cornelius… mejor dicho, Fulualea, estoy aquí para ocuparme de que se haga justicia. Por mucho que me desagrade hacerlo, como capitán del puerto tengo el deber de declararlo culpable de incumplir la cuarentena.
—¿Qué cuarentena?
—Por orden del médico del puerto, no habrá trato alguno con tierra hasta que el barco la haya pasado. ¡Qué calamidad para los confiados nativos si a bordo hubiese varicela o tos ferina! ¿Quién protege a los amables y confiados polinesios? Yo, Fulualea, las Plumas del Sol, he sido encargado de tan importante misión.
—¿Quién demonios es el médico del puerto? —preguntó Grief.
—Yo, Fulualea. Su infracción es grave. La multa se eleva a cinco cajas de ginebra holandesa de la mejor calidad.
Grief se rio con ganas.
—Llegaremos a un acuerdo, Cornelius. Acompáñame a bordo y tomemos una copa.
Plumas del Sol rechazó el ofrecimiento con gesto solemne.
—Eso es soborno. No lo consentiré. Soy fiel a los míos. ¿Y por qué no ha presentado los papeles de su barco? Como jefe de la aduana, le impongo una multa de cinco libras y dos cajas más de ginebra.
—Mira, Cornelius, las bromas tienen su gracia, pero esta ya ha durado demasiado. No estamos en Levuka. Me dan ganas de arrancarte la nariz. A mí no me vas a sacar dinero.
Plumas del Sol retrocedió inseguro y alarmado.
—Nada de ejercer violencia contra mí —amenazó—. Tiene razón. No estamos en Levuka. De la misma manera, con el respaldo de Tui Tulifau y el Ejército real, puedo sacarle dinero y lo haré. Pagará sus multas de inmediato o confiscaré su navío. No será el primero. ¿Qué hizo ese comprador de perlas chino, Peter Gee, si no colarse en el puerto, violando todas las normas? Y luego armó un buen escándalo por unas miserables multas de nada. No, no quiso pagar y ahora está en la playa meditando al respecto.
—No pretenderás decirme que…
—Eso mismo. En el ejercicio de mi cargo me he incautado de su goleta. Una parte del Ejército real se encuentra ahora a bordo de ella. Será vendida dentro de una semana. En las bodegas lleva diez toneladas de conchas y me estaba preguntando si le interesaría cambiarla por ginebra. Le prometo que le haré un buen precio. ¿Cuánta ginebra ha dicho que tenía?
—Más ginebra, ¿eh?
—¿Por qué no? Tui Tulifau es un borrachín real. Ni se imagina lo que me esfuerzo por mantenerlo aprovisionado, es de lo más generoso con la ginebra. La pandilla de jefecillos que lo rodea se pasa el día bebida. Es una vergüenza. ¿Piensa pagar sus multas, señor Grief, o me veré obligado a utilizar medidas más severas?
Grief dio media vuelta, impaciente.
—Cornelius, estás borracho. Piénsatelo bien y entra en razón. Los viejos tiempos de los engaños en los mares del Sur han quedado atrás. Ya no puedes hacer jugadas como esas.
—Si piensa ir a bordo, señor Grief, le ahorraré las molestias. Conozco a los de su calaña. Preví su tenaz cabezonería. Y me he anticipado. Encontrará a su tripulación en la playa. El navío ha sido embargado.
Grief se volvió hacia él, aún creyendo que bromeaba. Fulualea volvió a retroceder alarmado. La silueta de un hombre grande emergió a su lado en la oscuridad.
—¿Eres tú, Uiliami? —canturreó Fulualea—. Aquí tenemos a otro pirata. Protégeme con la fuerza de tu brazo, oh, hermano hercúleo.
—Saludos Uiliami —dijo Grief—. ¿Desde cuándo está Fitu-Iva gobernada por un raquero de Levuka? Dice que ha embargado mi goleta. ¿Es verdad?
—Lo es —bramó Uiliami desde su ancho pecho—. ¿Tiene más camisas como la de Willie Smee? Tui Tulifau quiere una camisa como esa. Ha oído hablar de ella.
—Es lo mismo —interrumpió Fulualea—. Camisas o goletas, el rey lo tendrá todo.
—Qué déspota eres, Cornelius —murmuró Grief—. Esto es pura piratería. Has embargado mi barco sin darme ni una oportunidad.
—¿Ni una oportunidad? ¿No es cierto, acaso, que no hace ni cinco minutos que se negó a pagar las multas?
—Pero ya la habías embargado.
—Cierto. ¿Por qué no? ¿No sabía yo que se iba a negar? Es justo, no he cometido una injusticia. La justicia es la estrella brillante y específica ante cuyo reluciente altar Cornelius Deasy, o Fulualea, que es lo mismo, siempre se postra. Váyase ya señor comerciante, o avisaré a la guardia de palacio. Uiliami, este hombre, este comerciante, es capaz de cualquier cosa. Llama a la guardia.
Uiliami hizo sonar el silbato que llevaba colgado sobre el pecho desnudo atado a un cordel de fibra de coco. Grief, con gesto enfadado, alargó una mano hacia Cornelius, quien se refugió tras la impresionante mole de Uiliami. Una docena de fornidos polinesios —ninguno bajaba del metro ochenta— llegó corriendo desde el palacio y se situó tras su comandante.
—Váyase, señor comerciante —ordenó Cornelius—. Se acabó la charla. Por la mañana juzgaremos sus múltiples causas. Preséntese puntualmente en el palacio a las diez para responder ante las siguientes acusaciones, a saber: alteración del orden público; comportamiento sedicioso y de alta traición; agresión violenta contra el magistrado principal, con intención de rajar, herir, lisiar y magullar; incumplimiento de cuarentena; vulneración del reglamento portuario; y grave desobediencia de las normas aduaneras. Por la mañana, amigo, por la mañana, se hará justicia mientras cae el fruto del pan. Y que el Señor se apiade de su alma.
IV
Antes de la hora establecida para el juicio, Grief, acompañado de Peter Gee, logró acceder a Tui Tulifau. El rey, rodeado por media docena de jefes, descansaba sobre varias esterillas, bajo la sombra de los aguacates, en el recinto del palacio. Aunque era muy temprano, las doncellas se afanaban en servir ginebra barata. El rey se alegró de ver a su viejo amigo «Davida» y lamentó que hubiese incumplido el nuevo reglamento. Aparte de eso, se negó rotundamente a discutir el asunto. Los brindis con ginebra se llevaban por delante las protestas de los comerciantes expropiados. «Toma una copa», era lo que siempre respondía, aunque en una ocasión se desahogó lo suficiente como para decir que Plumas del Sol era un hombre maravilloso. Los asuntos de palacio nunca habían marchado tan bien. Nunca había habido tanto dinero en el tesoro ni tanta ginebra en circulación.
—Estoy encantado con Fulualea —concluyó—. Toma una copa.
—Tenemos que salir pronto de aquí —le susurró Grief a Peter Gee unos minutos después— o acabaremos con una buena cogorza. Además, dentro de unos minutos me van a juzgar por incendio doloso, herejía, lepra o lo que sea y necesito tener la mente despejada.
Mientras abandonaban la compañía del rey, Grief vio fugazmente a Sepeli, la reina, quien se asomaba para observar a su real esposo y sus compañeros de juerga. Su ceño fruncido le dejo claro a Grief que cualquier solución que deseara conseguir debería buscarla a través de ella.
En otro rincón sombreado del recinto Cornelius celebraba juicio. Había empezado temprano porque cuando Grief llegó ya estaba resolviendo el caso de Willie Smee. Se hallaba presente todo el Ejército real, excepto quienes se encontraban a cargo de los navíos incautados.
—Que se ponga en pie el acusado —dijo Cornelius—, para recibir la condena justa y clemente del tribunal por su comportamiento licencioso y vergonzoso, impropio de un sobrecargo. El acusado dice que no tiene dinero. Muy bien. El tribunal lamenta no tener calabozo. Por lo tanto, en su lugar y en vista de las circunstancias empobrecidas del acusado, el tribunal impone al susodicho la multa de una camisa de seda de la misma clase, hechura y calidad que la que el acusado lleva puesta en estos momentos.
Cornelius hizo un gesto a varios soldados, quienes acompañaron al sobrecargo hasta la parte de atrás de un aguacate. Un minuto después salió de allí sin la prenda en cuestión y se sentó junto a Grief.
—¿Qué es lo que ha hecho? —preguntó Grief.
—No tengo ni idea. ¿Qué crímenes ha cometido usted?
—Siguiente caso —dijo Cornelius, en un tono más jurídico que antes—. En pie David Grief, el acusado. Este tribunal ha estudiado las pruebas relativas al caso, o casos, y dicta la siguiente sentencia, a saber: ¡Silencio! —rugió en dirección a Grief, que había intentado interrumpir—. Repito que las pruebas ya han sido estudiadas, y en profundidad. El tribunal no desea imponer más penalidades al acusado, por lo que aprovecha esta oportunidad para advertir al susodicho que puede ser considerado responsable de desacato. Debido a la vulneración manifiesta e injustificada de las normas y el reglamento portuario, incumplimiento de cuarentena y desacato a las leyes de navegación, su goleta, la Cantini, queda confiscada por el gobierno de Fitu-Iva, para ser vendida en pública subasta dentro de diez días, junto con todos sus enseres, equipamiento y carga. Por los delitos personales del acusado, que consisten en conducta violenta y tumultuosa y total desprecio a las leyes del reino, se le impone la multa de cien libras esterlinas y quince cajas de ginebra. No le preguntaré si tiene algo que decir. Solo si pagará. Esa es la cuestión.
Grief negó con la cabeza.
—Entretanto —continuó Cornelius— considérese prisionero en libertad. No tenemos calabozo en el que confinarlo. Por último, ha llegado a oídos de este tribunal que, a Primera hora de esta mañana, el acusado, premeditada y deliberadamente, envió a varios kanakas que trabajan a sus órdenes al exterior del arrecife para que pescaran algo con lo que desayunar. Se trata de una clara violación de los derechos de los pescadores de Fitu-Iva. Hay que proteger la industria doméstica. Este tribunal condena con severidad la conducta del acusado y, si se repite tan grave infracción, el culpable o culpables serán enviados de inmediato a realizar trabajos forzados en la mejora del Camino de Retama. Se levanta la sesión.
Mientras abandonaban el recinto, Peter Gee le propinó un leve codazo a Grief para que mirase hacia donde Tui Tulifau se hallaba recostado sobre las esterillas. La camisa del sobrecargo, estirada y forzada, ya recubría la grasa real.
V
—Está claro —dijo Peter Gee durante la reunión celebrada en casa de Ieremia—. Deasy ha acaparado casi todo el efectivo. Mientras, mantiene al rey contento con la ginebra que incauta en nuestros barcos. En cuanto le resulte posible, cogerá todo el efectivo y se largará en tu goleta o en la mía.
—Es un hombre rastrero —afirmó Ieremia mientras limpiaba sus gafas—. Es un bellaco y un sinvergüenza. Merece que lo golpeen con un cerdo muerto, con un cerdo especialmente muerto.
—Eso mismo —dijo Grief—. Será golpeado con un cerdo muerto. Ieremia, no me sorprendería que tú fueses quien lo golpease con un cerdo muerto. Ocúpate de elegir uno que lleve mucho tiempo muerto. Tui Tulifau está en el cobertizo de los botes trasegando una caja de mi whisky escocés. Yo iré al palacio para hablar de política con la reina. Mientras, vosotros retirad algunos productos de los almacenes y colocadlos en las estanterías. Te prestaré lo que necesites, Hawkins. Y tú, Peter, vete al almacén alemán. Empezad todos a vender a cambio de papel moneda. Recordad que yo me haré cargo de las pérdidas. Si no me equivoco, en tres días tendremos un consejo nacional o una revolución. Tú, Ieremia, envía mensajeros por toda la isla a los pescadores, agricultores e incluso a las montañas, a los cazadores de cabras. Diles que se reúnan en palacio dentro de tres días.
—Pero ¿y los soldados? —objetó Ieremia.
—Yo me ocupo de ellos. Hace dos meses que no cobran. Además, Uiliami es hermano de la reina. No expongáis demasiada mercancía a la vez. En cuanto los soldados aparezcan con papel moneda, dejad de vender.
—Entonces quemarán los almacenes —dijo Ieremia.
—Que los quemen. Si lo hacen, el rey Tulifau pagará las pérdidas.
—¿Pagará mi camisa? —preguntó Willie Smee.
—Eso es un asunto personal y privado entre usted y Tui Tulifau —respondió Grief.
—Ya empieza a rasgarse por la espalda —se lamentó el sobrecargo—. Me fijé esta mañana cuando no hacía ni diez minutos que se la había puesto. Me costó treinta chelines y solo me la puse una vez.
—¿Dónde conseguiré un cerdo muerto? —preguntó Ieremia.
—Mata uno —dijo Grief—. Mata uno pequeño.
—Uno pequeño vale diez chelines.
—Inclúyelo en el libro de cuentas como costes de explotación —dijo Grief e hizo una pausa—. Si quieres que esté muy muerto, deberías matarlo de inmediato.
VI
—Has hablado bien, Davida —dijo la reina Sepelí—. Este Fulualea ha traído con él la locura y Tui Tulifau se ahoga en ginebra. Si no acepta convocar el consejo, le daré una paliza. Es fácil vencerlo cuando está bebido.
Alzó el puño y Grief supo que el consejo se iba a celebrar, tales eran las proporciones de amazona y la determinación del rostro de la mujer. La lengua de Fitu-Iva era tan parecida a la samoana que él la hablaba como un nativo.
—Y tú, Uiliami —dijo Grief—, has comentado que los soldados exigen efectivo y se niegan a aceptar el papel moneda que Fulualea les ofrece. Diles que acepten el papel y ocúpate de que les paguen mañana.
—¿Para qué molestarse? —objetó Uiliami—. El rey permanece felizmente borracho. En el tesoro hay mucho dinero. Y yo estoy satisfecho. En mi casa hay dos cajas de ginebra y mucha mercancía del almacén de Hawkins.
—¡Hermano, no seas idiota! —exclamó Sepelí—. ¿Acaso no ha hablado Davida? ¿No tienes oídos? Cuando la ginebra y la mercancía que tienes en casa se acaben, cuando no lleguen más comerciantes que traigan ginebra y mercancías, cuando Plumas del Sol haya huido a Levuka con todo el dinero en efectivo de Fitu-Iva, ¿qué harás entonces? El dinero en efectivo es plata y oro, pero el papel no es más que papel. Te aseguro que la gente se queja. En palacio no hay pescado. El ñame y las batatas parecen haber volado de la tierra, porque ya no recibimos ninguno. Hace una semana que los habitantes de las montañas no envían cabras. Aunque Plumas del Sol obliga a los comerciantes a comprar la copra al precio de antes, la gente no vende porque no quiere papel moneda. Hoy mismo he mandado mensajeros a veinte casas. No hay huevos. ¿Ha enviado Plumas del Sol una plaga contra las gallinas? No lo sé. Solo sé que no hay huevos. Menos mal que quienes beben mucho comen poco, de lo contrario en palacio habría hambruna. Di a tus soldados que acepten su paga. Que sea en papel moneda.
—Y recuerda —advirtió Grief—, aunque los almacenes van a vender, cuando los soldados lleguen con su papel moneda nadie lo va a aceptar. En el plazo de tres días se celebrará el consejo y Plumas del Sol estará tan acabado como un cerdo muerto.
VII
El día del consejo toda la población de la isla se encontraba reunida en la capital. Los cinco mil habitantes de Fitu-Iva habían llegado en canoa o bote, a pie o en burro. Los tres días transcurridos hasta entonces habían sido movidos. Al principio, las ventas de la escasa mercancías ofrecidas por los comerciantes fueron a buen ritmo. Pero cuando aparecieron los soldados, rechazaron su papel moneda y se le dijo que reclamaran efectivo a Fulualea. Los tratantes preguntaron: «¿Acaso no dice en el papel que, bajo demanda, se cambiará el papel por moneda?».
Solo la gran autoridad de Uiliami evitó que quemasen las casas de los tratantes Aun así, incendiaron uno de los almacenes de copra de Grief, cuyo valor Ieremia anotó en la cuenta del rey. El propio Ieremia sufrió la rotura de sus gafas, burlas y palizas. Willie Smee tenía los nudillos despellejados. Eso se debía a que tres soldados alborotadores golpearon con fuerza sus mandíbulas contra ellos en rápida sucesión. El capitán Boig tenía heridas similares. Peter Gee salió ileso porque, en lugar de mandíbulas, sus puños fueron atacados por cestas de pan.
Tui Tulifau, con Sepeli junto a él y rodeado por los sociables jefes, ocupaba la cabecera del consejo, reunido en el enorme recinto. Tenía el ojo derecho y esa zona de la mandíbula hinchados, como si él también se hubiese lanzado contra el puño de alguien. Esa mañana corría por palacio el rumor de que Sepeli le había administrado una paliza conyugal. En cualquier caso, el rey estaba sobrio y su grasa asomaba apagada por los desgarrones de la camisa de seda de Willie Smee. Tenía una sed prodigiosa y le servían cocos bebibles sin descanso. En el exterior del recinto, retenido por el Ejército, se encontraba el pueblo. Solo se permitía acceder al interior a los jefes menores, las damas, los nobles y los portavoces con sus bastones de mando. Cornelius Deasy, como correspondía a un alto funcionario con muchos privilegios, se sentaba cerca de la mano derecha del rey. A la izquierda de la reina, frente a Cornelius y rodeado por los tratantes blancos a los que iba a representar, se sentaba Ieremia. Al carecer de gafas, forzaba la vista para ver al ministro de Hacienda que tenía delante.
Uno a uno, el portavoz de la costa de barlovento, el portavoz de la costa de sotavento y el de las aldeas de montaña, cada uno respaldado por un grupo de portavoces menores y jefes, se pusieron en pie y hablaron. Dijeron cosas muy similares. Se quejaron del papel moneda. Los asuntos no marchaban bien. Ya no se ahumaba copra. La gente desconfiaba. La situación había llegado al extremo de que todos querían pagar sus deudas y nadie deseaba que se las pagasen. Los acreedores huían de sus deudores. El dinero no valía. Los precios subían y los productos escaseaban. Comprar un ave de corral costaba el triple que antes y, si no se vendía de inmediato, podía acabar con la carne dura y muriendo de vieja. Las perspectivas eran pesimistas. Surgían señales y presagios. En algunas regiones había plaga de ratas. Las cosechas eran malas. Las chirimoyas, pequeñas. El aguacate más fértil de la costa de barlovento había perdido, misteriosamente, todas sus hojas. Los mangos ya no tenían sabor. Un bicho se estaba comiendo los plataneros. Los peces habían abandonado el mar y en su lugar aparecían grandes cantidades de tiburones tigre. Las cabras salvajes huían a cimas inaccesibles. El taro se había vuelto amargo. En las montañas se oían ruidos sordos, los espíritus caminaban de noche, una mujer de Punta-Puna se había quedado muda y en la aldea de Eiho nació una cabra con cinco patas. Y los ancianos de los consejos de las aldeas, allí reunidos, tenían la firme convicción de que todo se debía al extraño dinero de Fulualea.
Uiliami habló en nombre del Ejército. Sus hombres estaban descontentos y con ganas de amotinarse. Los tratantes, a pesar de que un real decreto les obligaba a aceptar el papel moneda, se negaban a hacerlo. No sabía con seguridad, pero le parecía que el extraño dinero de Fulualea tenía algo que ver con la situación.
A continuación habló Ieremia, como portavoz de los comerciantes. Cuando se puso en pie, todos se fijaron en que permanecía con las piernas abiertas sobre un cesto grande. Habló del tejido que ofrecían los tratantes, de su variedad, belleza y durabilidad, de lo mucho que superaba al tapa de Fitu-Iva, que se hacía golpeando cortezas empapadas y resultaba frágil y áspero. Ya nadie usaba tapa. Sin embargo, todos habían vestido tapa, y solo tapa, antes de que llegaran los comerciantes. Y de las mosquiteras, que tan baratas se vendían y a las que ni en mil años lograría igualar el más hábil redero fitu-ivano. Se explayó con las incomparables virtudes de los rifles, las hachas y los anzuelos de acero, pasando por las agujas, el hilo y los sedales de algodón hasta llegar a la harina blanca y el queroseno.
Habló extensamente, utilizando toda clase de razonamientos, sobre la organización, el orden y la civilización. Alegó que el tratante era el portador de la civilización y que su forma de comerciar debía protegerse, porque de lo contrario dejaría de llegar hasta allí. A barlovento había islas que no protegían a los tratantes. ¿Cuál era el resultado? Los comerciantes no iban y sus habitantes parecían animales salvajes. No vestían ropa ni camisas de seda (en ese punto miró al rey y parpadeó significativamente) y se comían entre ellos.
El extraño papel de Plumas del Sol no era dinero. Los comerciantes sabían lo que era el dinero y no querían aceptar ese papel. Si Fitu-Iva insistía en intentar obligarlos a aceptarlo, se marcharían para no volver. Entonces los fitu-ivanos, que habían olvidado como se había el tapa, andarían por ahí desnudos y se comerían los unos a los otros.
Dijo mucho más porque habló durante una hora, sin dejar de insistir en lo desesperada que sería su situación cuando los tratantes dejasen de llegar.
—Entonces —puso fin a su discurso—, ¿cómo llamará el resto del mundo a los fitu-ivanos? Los hombres los llamaran kai-kanak. ¡Kai-kanak! ¡Kai-kanak! [devoradores de hombres]
Tui Tulifau habló brevemente. Dijo que el pueblo, el Ejército y los comerciantes habían expuesto su caso. Que ahora le tocaba a Plumas del Sol ofrecer su punto de vista. No podía negarse que había hecho maravillas con su sistema financiero.
—Muchas veces me ha explicado el funcionamiento del sistema —concluyó Tui Tulifau—. Es muy sencillo. Ahora os lo explicará a vosotros.
Era una conjura de los comerciantes blancos, alegó Cornelius. Ieremia tenía razón en lo relativo a las muchas bondades que aportaban la harina blanca y el queroseno. Fitu-Iva no quería convertirse en kai-kanak. Fitu-Iva quería la civilización; deseaba civilizarse cada vez más. Precisamente se trataba de eso y debían prestar mucha atención. El papel moneda era una característica de las civilizaciones más avanzadas. Por eso él, Plumas del Sol, lo había introducido. Y por eso se oponían los tratantes. Ellos no querían ver a Fitu-Iva civilizada. ¿Por qué cruzaban el enorme mar con sus mercancías hasta Fitu-Iva? Él, Plumas del Sol, les diría por qué cara a cara, en aquel gran consejo. En sus propios países, la gente era demasiado civilizada para permitir que los comerciantes ganasen unos beneficios tan elevados como los que les sacaban a los habitantes de Fitu-Iva. Si los fitu-ivanos se civilizaban adecuadamente, los tratantes se quedarían sin su comercio. Entonces cada fitu-ivano podría ser comerciante, si así lo deseaba.
Por eso los tratantes blancos se oponían al sistema del papel moneda que él, Plumas del Sol, les había llevado. ¿Por qué lo llamaban Plumas del Sol? Porque era el Portador de la Luz desde el Mundo más allá del Cielo. El papel moneda era la luz. Los tratantes blancos, unos ladrones, no podían prosperar bajo la luz. Por eso luchaban contra ella.
Él lo demostraría ante las buenas gentes de Fitu-Iva y lo haría haciendo hablar a sus enemigos. Era un hecho bien sabido que todos los países civilizados contaban con sistemas de papel moneda. Preguntó a Ieremia si eso era verdad.
Ieremia no respondió.
—¿Lo veis? —continuó Cornelius—. No contesta. No puede negar que es verdad. Inglaterra, Francia, Alemania, todos los grandes países papalangi tienen un sistema de papel moneda. Funciona. Funciona desde hace siglos. Te reto, Ieremia, como hombre honrado, como quien fue ferviente trabajador en la viña del Señor, te reto a que niegues que en los grandes países papalangi ese sistema funciona.
Ieremia no pudo negarlo y sus dedos jugaron, nerviosos, con el cierre del cesto, a la altura de sus rodillas.
—Ya veis que es tal y como os lo he contado —continuó Cornelius—. Ieremia acepta que es así. Por lo tanto os pregunto, buenas gentes de Fitu-Iva, si un sistema es bueno para los países papalangi, ¿por qué no va a serlo para Fitu-Iva?
—¡No es lo mismo! —gritó Ieremia—. El papel de Plumas del Sol es distinto al papel de los grandes países.
Resultó evidente que Cornelius estaba preparado para semejante reacción. Mostró un billete Fitu-Ivano que todos reconocieron.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Papel, un simple papel —contestó Ieremia.
—¿Y esto?
Ahora Cornelius mostraba un billete del Banco de Inglaterra.
—Es el papel moneda de los ingleses —explicó al Consejo, al tiempo que se lo entregaba a Ieremia para que lo examinase—. ¿No es verdad, Ieremia, que es el papel moneda de los ingleses?
Reacio, Ieremia asintió con la cabeza.
—Has dicho que el papel moneda de Fitu-Iva era papel, ¿qué me dices del de los ingleses? ¿Qué es? Debes responder como un hombre. Todos aguardamos para oír tu respuesta, Ieremia.
—Es… es… —empezó a decir un Ieremia perplejo, que luego farfulló algo ininteligible, incapaz de descifrar la falacia del otro.
—Papel…, un simple papel… —concluyó Cornelius en su lugar, imitando su pronunciación titubeante.
La convicción asomó a los rostros de todos. El rey aplaudió admirado y murmuró:
—Está muy claro, muy claro.
—Ya lo veis, él mismo lo reconoce. —La seguridad del triunfo se apreciaba en la voz y el gesto de Deasy—. No percibe diferencia en ellos. Porque no hay diferencia. Es la representación del dinero. Es dinero.
Mientras, Grief aprovechó para susurrar algo al oído de Ieremia, quien asintió con la cabeza y empezó a hablar.
—Pero todos los papalangi saben que el Gobierno inglés cambiará el papel por monedas.
La victoria de Deasy era absoluta. Alzó un billete fitu-ivano.
—¿Y no está eso mismo escrito también en este billete?
Grief susurró de nuevo.
—¿Que Fitu-Iva cambiará el papel por monedas? —preguntó Ieremia.
—Así está escrito.
Grief lo ayudó por tercera vez.
—¿Bajo demanda? —preguntó Ieremia.
—Bajo demanda —aseguró Cornelius.
—Entonces pido ahora mismo que se me entreguen monedas a cambio —dijo Ieremia, al tiempo que sacaba un pequeño fajo de billetes del saquito que colgaba de su cinturón.
Cornelius estudió el fajo con rapidez para calcular su valor.
—Muy bien —aceptó—. Te daré ahora mismo las monedas. ¿Cuánto es?
—Así veremos funcionar el sistema —proclamó el rey, participando del éxito de su ministro.
—¡Ya lo habéis oído! ¡Os cambiará los billetes por monedas! —gritó Ieremia a todos los reunidos.
Al mismo tiempo, hundió ambas manos en el cesto y sacó muchos fajos de billetes fitu-ivanos. Entre los miembros del consejo se empezó a extender un olor muy peculiar.
—Aquí tengo mil veintiocho libras, con doce chelines y seis peniques —anunció Ieremia—. Este es el saco para meter las monedas.
Cornelius retrocedió. No había contado con semejante suma y, por si fuera poco, sus ojos inquietos le mostraron jefes y portavoces que sacaban sus propios fajos de billetes. El Ejército, con sus dos meses de sueldo en la mano, empujaba para sobrepasar el límite del consejo, mientras que, tras él, el pueblo al completo, con más dinero, invadía el recinto.
—Ha provocado un asalto al banco —reprochó a Grief.
—Este es el saco para meter las monedas —insistió Ieremia.
—Debemos posponerlo —dijo Cornelius, desesperado—. No estamos en horario de oficina.
Ieremia blandió un fajo de billetes.
—Aquí no dice nada de horario de oficina. Dice bajo demanda y yo lo demando ahora.
—Diles que vengan mañana, ¡oh, Tui Tulifau! —solicitó Cornelius al rey—. Mañana se les pagará.
Tui Tulifau dudó, pero su esposa le lanzó una mirada feroz y su brazo musculoso se tensó a la vez que el puño se convertía en un arma temible. Tui Tulifau intentó mirar hacia otro lado, pero no lo consiguió. Se aclaró la garganta, nervioso.
—Veremos cómo funciona el sistema —decretó—. La gente ha venido desde lejos.
—Es mucho dinero el que me pides que pague —murmuró Deasy en voz baja al rey.
Sepeli entendió lo que había dicho y soltó un gruñido tan salvaje que sobresaltó al rey, quien de forma involuntaria se encogió ante ella.
—No olvides el cerdo —susurró Grief a Ieremia, que se puso en pie de inmediato. Con un gesto de la mano, silenció la babel de voces que empezaba a formarse.
—Una antigua e ilustre costumbre de Fitu-Iva —dijo Ieremia— consistía en que, cuando se demostraba que un hombre era un infame malhechor, se le rompían las articulaciones a garrotazos y se lo empalaba en aguas pocos profundas para que los tiburones se lo comieran vivo. Por desgracia, esos tiempos han quedado atrás. Sin embargo, entre nosotros aún perdura otra costumbre antigua e ilustre. Todos sabéis de qué se trata. Cuando se demuestra que un hombre es un ladrón y un mentiroso, se le golpea con un cerdo muerto.
Introdujo la mano derecha en el cesto y, a pesar de no tener las gafas, el cerdo muerto que sacó aterrizó acertadamente sobre el cuello de Deasy. Fue arrojado con tanta energía que el ministro, aún sentado, cayó de lado. Antes de que lograse recuperarse, Sepeli, con una agilidad inesperada en una mujer que pesaba ciento veinte kilos, saltó hacia él. Con una mano lo agarró por el cuello de la camisa y con la otra blandió el cerdo y entre el inmenso alboroto de un reino feliz, le atizó con toda la fuerza de su realeza.
A Tui Tulifau no le quedó más remedio que poner buena cara ante la deshonra de su favorito y su grasa colosal se recostó sobre las esterillas y tembló en un torrente de carcajadas pantagruélicas.
Cuando Sepeli soltó tanto al cerdo como al ministro, un portavoz de la costa de barlovento recogió los restos del animal. Cornelius se había puesto en pie y corría cuando el cerdo le acertó en las piernas y lo derribó. El pueblo y el Ejército, entre gritos y risotadas, se unieron a la diversión. Por mucho que regateara y serpenteara, el exministro de Hacienda siempre era alcanzado por el cerdo volador. Correteaba como un conejo asustado entre los aguacates y las palmeras. Nadie le ponía la mano encima y sus torturadores le abrían camino, pero nunca dejaban de perseguirlo y el cerdo continuaba volando en cuanto otras manos se hacían con él para lanzarlo.
Cuando la persecución se perdió de vista en el Camino de Retama, Grief guió a los comerciantes hasta el tesoro real y el día terminó mucho antes de que el último billete fitu-ivano hubiese sido cambiado por efectivo.
VIII
EN EL LEVE FRESCO del crepúsculo un hombre salió de entre la vegetación y se dirigió remando hacia la Cantani. Era una canoa abandonada que hacía agua y él remaba despacio, deteniéndose de vez en cuando para achicar. Los marineros kanakas se rieron y regodearon cuando se detuvo al costado y penosamente logró superar la barandilla y cayó sobre la cubierta. Estaba empapado y mugriento y parecía medio aturdido.
—¿Podría hablar un minuto con usted, señor Grief? —preguntó triste y humildemente.
—Siéntate a sotavento y lejos de mí —respondió Grief—. Un poco más lejos. Eso es.
Cornelius se sentó sobre la barandilla y se sujetó la cabeza con ambas manos.
—Es verdad —dijo—. Huelo como un campo de batalla reciente. La cabeza me duele tanto que creo que me va a estallar. Tengo el cuello casi roto. Los dientes me bailan en las mandíbulas. En los oídos zumban colmenas enteras de avispones. Tengo el bulbo raquídeo dislocado. He sufrido un terremoto y una peste y del cielo han llovido cerdos. —Se detuvo para dejar escapar un suspiro que se convirtió en gemido—. He tenido una visión de una muerte terrible. Una muerte con la que los poetas ni siquiera han soñado. Que te devoren las ratas, te sumerjan en aceite hirviendo o te desmiembren unos caballos desbocados… sería desagradable. Pero ¡que te maten a golpes con un cerdo muerto! —Se estremeció, espantado—. Eso supera la imaginación humana.
El capitán Boig olisqueó de manera audible, trasladó su hamaca más hacia barlovento y volvió a sentarse.
—He oído que zarpa rumbo a Yap, señor Grief —continuó Cornelius—, y quería pedirle dos cosas: el pasaje y el sorbo de whisky ahumado que rechacé la noche que usted llegó a tierra.
Grief dio una palmada para avisar al camarero y le pidió jabón y toallas.
—Primero ve a proa, Cornelius, y lávate bien —dijo—. El grumete te dará un pantalón de mahón y una camisa. Por cierto, antes de que te vayas, ¿cómo es que encontramos más monedas en el tesoro que papel emitido por ti?
—Es el dinero que traje yo para impulsar el negocio.
—Hemos decidido cobrar la demora y otros gastos y pérdidas a Tui Tulifau —dijo Grief—. De manera que se te devolverá la diferencia que encontramos. Aunque debemos descontarte diez chelines.
—¿Por qué?
—¿Crees que los cerdos muertos crecen en los árboles? Hemos incluido en las cuentas un total de diez chelines por ese cerdo.
Cornelius se estremeció y asintió con la cabeza.
—No sabe cómo agradezco que no fuese un cerdo de quince chelines, o de veinte.