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jack london

el sabor de la carne

Al principio fue Christopher Bellew. Para cuando llegó a la Universidad se había convertido en Chris Bellew. Más tarde, entre la pandilla bohemia de San Francisco, lo llamaron Kit Bellew. Y al final solo lo conocían por Smoke Bellew. Y esta evolución de su nombre es la historia de su propia evolución. No habría tenido lugar si no hubiese contado con una madre cariñosa y un tío de hierro, y si no hubiese recibido una carta de Gillet Bellamy.
«Acabo de ver un ejemplar de The Billow», escribió Gillet desde París. «Estoy seguro de que O’Hara lo sacará adelante, pero le falta poner en práctica algunos truquillos». Luego seguían los consejos necesarios para mejorar el incipiente semanario social. «Ve a verlo. Que crea que las sugerencias son tuyas. No permitas que se entere de que las he hecho yo. Si lo haces, me nombrará corresponsal en París y no me lo puedo permitir, porque las revistas importantes me están pagando muy bien las colaboraciones. Por encima de todo, no olvides obligarlo a despedir al tipo que se ocupa de la crítica artística y musical. Otra cosa: San Francisco siempre ha tenido literatura propia, pero ahora brilla por su ausencia. Dile que busque como sea algún bicho raro que produzca una novela por entregas que contenga la auténtica aventura, la sofisticación y el color local de San Francisco».
Kit Bellew se desplazó a la oficina de The Billow para transmitir sus instrucciones. O’Hara escuchó. O’Hara discutió. O’Hara se mostró de acuerdo. O’Hara despidió al tipo que se ocupaba de las críticas. Además, O’Hara lo trató de una forma especial, esa forma especial que Gillet temía desde la lejana París. Cuando O’Hara quería algo ningún amigo podía negárselo. Resultaba dulce y convincentemente irresistible. Antes de que Kit Bellew pudiese huir de la oficina se había convertido en director adjunto, había aceptado ocuparse de las críticas semanales hasta que encontraran un crítico decente y se había comprometido a escribir un episodio semanal de diez mil palabras para la novela por entregas de San Francisco… y todo eso sin cobrar. The Billow aún no producía beneficios, explicó O’Hara con la misma capacidad de convicción con la que expuso que solo había un hombre en San Francisco capaz de escribir la novela por entregas y ese hombre era Kit Bellew.
«¡Señor, señor! ¡Yo soy el bicho raro!», se había quejado Kit más tarde, bajando las estrechas escaleras.
Así había dado comienzo su servidumbre ante O’Hara y las insaciables columnas de The Billow. Semana tras semana ocupaba una silla en la oficina, alejaba a los acreedores, reñía con los impresores y entregaba veinticinco mil palabras de todo tipo. Pero sus tareas nunca se veían aligeradas. The Billow era ambicioso. Decidió incluir ilustraciones. Los procesos eran caros. Nunca había dinero para pagar a Kit Bellew, de la misma manera que no se podía hacer frente a una ampliación del personal de oficina. Por suerte para Kit, él tenía ingresos propios. Aunque, comparada con otras, la suya era una renta modesta, le permitía pertenecer a varios clubes y mantener un estudio en el barrio latino. Además, desde que era director adjunto, sus gastos se habían reducido de una forma prodigiosa. No tenía tiempo para gastar dinero. Ya no se acercaba al estudio ni celebraba sus famosas cenas entre calientaplatos con los bohemios. Sin embargo, siempre andaba sin blanca porque The Billow, con sus dificultades financieras permanentes, consumía su dinero, además de su cerebro. Se hacía cargo de los ilustradores, que periódicamente se negaban a ilustrar; de los impresores, que periódicamente se negaban a imprimir; y del chico de los recados, que frecuentemente se negaba a hacer recados. En esas ocasiones, O’Hara miraba a Kit y Kit hacía el resto.
Cuando el vapor Excelsior llegó desde Alaska con las noticias del descubrimiento del Klondike que hizo enloquecer al país, Kit realizó una propuesta puramente frívola.
—Escucha, O’Hara —dijo—, esa fiebre del oro va a ser algo grande. Volverán los buenos tiempos del 49. ¿Y si voy a cubrirla para The Billow? Me pagaré mis propios gastos.
O’Hara negó con la cabeza.
—No puedo prescindir de ti en la oficina, Kit. Y está la novela por entregas. Además, no hace ni una hora que hablé con Jackson. Sale mañana hacia el Klondike y ha aceptado enviarnos una carta semanal con varias fotos. No lo solté hasta que me lo prometió. Lo mejor de todo es que no nos costará nada.
La siguiente vez que Kit oyó hablar del Klondike fue esa misma tarde, cuando se pasó por el club y se encontró con su tío en un rincón junto a la biblioteca.
—Hola, querido tío —saludó Kit mientras se dejaba caer en un sillón de cuero y estiraba las piernas—. ¿Me haces compañía un rato?
Pidió un cóctel, pero el tío se conformó con el flojo burdeos autóctono que siempre tomaba. Luego observó con desagrado e irritación el cóctel y el rostro del sobrino. Kit supo que lo iba a sermonear.
—Solo dispongo de un minuto —anunció con prisa—. Tengo que acudir enseguida a la exposición de Keith en Ellery’s y escribir media columna.
—¿Qué te pasa? —preguntó el otro—. Estás pálido. Estás hecho un desastre.
Kit solo respondió con un gemido.
—Ya veo que tendré el placer de enterrarte.
Kit negó con la cabeza, muy triste.
—No quiero ser pasto de los gusanos, gracias. Prefiero la cremación.
John Bellew pertenecía a la vieja estirpe fuerte y resistente que había cruzado las llanuras, en la década de los cincuenta, en carromatos tirados por bueyes, por lo que en su interior conservaba esa misma dureza, junto con la aprendida durante una niñez dedicada a la conquista de una tierra nueva.
—No llevas una buena vida, Christopher. Me avergüenzo de ti.
—Voy camino a la perdición, ¿no? —se rió Kit.
Su tío se encogió de hombros.
—No te desmelenes conmigo, querido tío. Ojalá fuese camino a la perdición. Pero ya no tengo tiempo ni para eso. No tengo tiempo para nada.
—Entonces, ¿por qué…?
—Por exceso de trabajo.
John Bellew soltó una carcajada dura e incrédula.
—Es verdad.
La carcajada se repitió.
—El hombre es producto de su entorno —afirmó Kit al tiempo que señalaba la copa del otro—. Tu regocijo es flojo y amargo como tu copa.
—¡Exceso de trabajo! —se burló el tío—. Nunca has ganado un centavo en tu vida.
—Te aseguro que sí, aunque no me pagan. Ahora mismo gano quinientos dólares a la semana y hago el trabajo de cuatro hombres.
—¿Pintas cuadros que no se venden? ¿O te dedicas a bordar? ¿Sabes nadar?
—Sabía.
—¿Y montar a caballo?
—También he corrido esa aventura.
John Bellew soltó un bufido de indignación.
—Me alegro de que tu padre no haya vivido para verte comportándote de forma tan descortés —dijo—. Tu padre era un hombre de los pies a la cabeza. ¿Me entiendes? Un hombre. Creo que él habría acabado con todas esas bobadas musicales y artísticas.
—¡Ay de mí, qué tiempos tan degenerados! —suspiró Kit.
—Podría comprenderlo y tolerarlo —continuó el otro, muy enfadado—, si triunfaras. No has ganado un centavo en tu vida ni trabajado jamás como un hombre. ¿Para qué sirves? Eso me gustaría saber. Tenías una buena complexión y, sin embargo, en la Universidad no jugaste al fútbol. No remaste. No…
—Boxeé e hice esgrima… un poco.
—¿Cuándo fue la última vez que boxeaste?
—Antes de acabar los estudios, pero valoraban mucho mi forma de calcular tiempo y distancia, aunque me consideraban…
—Continúa.
—Me consideraban desganado.
—Un vago, querrás decir.
—Siempre supuse que sería un eufemismo.
—Mi padre, tu abuelo, el anciano Isaac Bellew, mató a un hombre de un puñetazo a los sesenta y nueve años.
—¿El hombre tenía sesenta y nueve?
—No, granuja sin gracia, tu abuelo. Pero a los sesenta y nueve tú no matarás ni un mosquito.
—Los tiempos han cambiado, querido tío. Ahora envían a los hombres a la cárcel por homicidio.
—Tu padre cabalgó trescientos kilómetros sin dormir y reventó tres caballos.
—Si hubiese vivido hoy, habría hecho el mismo recorrido roncando en un autobús.
El tío estuvo a punto de atragantarse con su ira, pero logró tragársela y preguntar:
—¿Cuántos años tienes?
—Tengo motivos para creer…
—Lo sé. Veintisiete. Terminaste la Universidad a los veintidós. Llevas cinco años divirtiéndote, jugando y entreteniéndote. Ante Dios y el hombre, ¿para qué sirves? A tu edad, yo solo tenía una muda de ropa interior. Cabalgaba guiando el ganado en Colusa. Era duro como las piedras y capaz de dormir sobre una roca. Me alimentaba de tasajo y carne de oso. Aún ahora estoy en mejores condiciones físicas que tú. Pesas unos setenta y cinco kilos. Podría machacarte ahora mismo con mis propios puños.
—No hay que ser un prodigio físico para trasegar cócteles o té kashmiri —murmuró Kit en tono despectivo—. ¿No ves, querido tío, que los tiempos han cambiado? Además, a mí no me criaron bien. Mi querida e insensata madre… —John Bellew se sobresaltó, enfadado—… como en una ocasión tú mismo la describiste, me crió entre algodones y demás historias. Aunque, si cuando era un jovencito hubiese tenido acceso a una de esas vacaciones tan masculinas que tú sueles disfrutar… Me pregunto por qué nunca me invitaste. A Hal y a Robbie los llevaste por todas las sierras e incluso a México.
—Supongo que serías una especie de pequeño lord.
—Culpa tuya, querido tío, y de mi queridísima madre. ¿Cómo iba yo a conocer las adversidades? Solo era un niño. Me vi rodeado de aguafuertes, óleos y abanicos. ¿Tengo yo la culpa de no haberme visto nunca obligado a sudar?
El tío miró al sobrino con manifiesta indignación. No tenía paciencia con la frivolidad y la falta de energía.
—Pues me voy a tomar una de esas vacaciones masculinas, como tú las llamas. ¿Y si te digo que vengas?
—Un poco tarde, me parece. ¿A dónde vas?
—Hal y Robert quieren establecerse en el Klondike y yo voy a acompañarlos a cruzar el paso y los lagos. Luego regresaré y…
No continuó porque el joven se había impulsado hacia delante de repente y le apretaba la mano.
—¡Mi protector!
John Bellew desconfió de inmediato. Ni se le habría ocurrido soñar que su sobrino iba a aceptar su invitación.
—No lo dices en serio —afirmó.
—¿Cuándo salimos?
—Será un viaje muy duro. Estorbarás.
—No. Trabajaré. He aprendido a trabajar desde que estoy en The Billow.
—Cada hombre debe llevar provisiones para un año. Habrá semejante atasco que los porteadores indios no podrán ocuparse de todo. Hal y Robert tendrán que cruzar su equipo ellos mismos. Por eso voy, para ayudarlos a portear. Si vienes, tendrás que hacer lo mismo.
—Lo haré.
—No puedes portear —objetó el otro.
—¿Cuándo salimos?
—Mañana.
—No creas que esto lo ha conseguido tu discurso sobre las adversidades y la dureza de la vida —dijo Kit al despedirse—. Necesitaba largarme, me daba igual a donde, con tal de huir de O’Hara.
—¿Quién es O’Hara? ¿Un japonés?
—No, es irlandés, un negrero y mi mejor amigo. Es el director, propietario y mandamás de The Billow. Lo que él dice, va a misa. Consigue que hasta los fantasmas hablen.
Esa noche, Kit Bellew le escribió una nota a O’Hara. En ella le explicaba: «Solo son unas vacaciones de unas cuantas semanas. Tendrás que buscarte un bicho raro que cumpla con los plazos de la novela por entregas. Lo siento, amigo, pero mi salud me lo pide. Cuando vuelva me esforzaré el doble».
Kit Bellew desembarcó en medio de la locura que era la playa de Dyea, congestionada por los miles de hombres que llevaban equipos de casi quinientos kilos. Esa inmensa masa de equipaje y comida, que los vapores arrojaban a tierra formando verdaderas montañas, ascendía poco a poco hacia el valle de Dyea y cruzaba Chilkoot. Eran cuarenta y cinco kilómetros de un porteo que solo podía hacerse sobre las espaldas de los hombres. A pesar de que los porteadores indios habían aumentado el precio de quince centavos a ochenta, no daban abasto y resultaba evidente que el invierno sorprendería a la mayor parte que los equipos en el lado incorrecto de la divisoria.
Kit era el más delicado de los delicados. Como muchos otros cientos, llevaba un gran revólver colgado al cinto. De eso era culpable su tío, dominado por los recuerdos de los viejos tiempos sin ley. Pero Kit Bellew era un romántico. Lo fascinaban las banalidades y la animación de la fiebre del oro, y observaba su vida y su movimiento con ojo de artista. No se lo tomaba en serio. Como había dicho a bordo del vapor, no iba a su propio entierro. Se encontraba de vacaciones y pretendía echar una ojeada desde lo más alto del paso para «presenciar la historia» y luego regresar.
Tras dejar a su grupo en la arena a la espera de que desembarcaran su carga, caminó playa arriba, hacia el viejo puesto comercial. No se pavoneaba, como hacían muchos de los que iban armados. Un indio fornido, de metro ochenta, pasó junto a él llevando una carga más grande de lo normal. Kit lo siguió al tiempo que admiraba las espléndidas pantorrillas del hombre y la elegancia y la facilidad con la que se movía bajo el peso de la carga. El indio dejó caer el equipo sobre la balanza situada frente al puesto y Kit se unió al impresionado grupo de buscadores de oro que lo rodearon. El equipo pesaba sesenta kilos, hecho que se propagó entre expresiones de asombro. Kit decidió que era una hazaña y se preguntó si él podría levantar semejante peso y mucho menos caminar con él.
—¿Vas al lago Lindeman con eso, amigo? —preguntó.
El indio, hinchando el pecho de orgullo, gruñó una afirmación.
—¿Cuánto cobras por esa carga?
—Cincuenta dólares.
Kit abandonó la conversación en ese punto. Una joven, de pie en el umbral, había llamado su atención. A diferencia de las demás mujeres que llegaban en los vapores, no llevaba ni faldas cortas ni pololos. Iba vestida como cualquier mujer que viajase a algún sitio, sin importar dónde. Lo que llamó su atención fue lo acertado de su presencia, la sensación de que era allí donde debía estar. Además, era joven y guapa. La belleza luminosa y el color de su rostro ovalado se apoderaron de él, que se quedó mirándola demasiado tiempo, hasta que ella se sintió molesta y sus ojos, oscuros y de largas pestañas, se tropezaron con los de él. Desde el rostro bajaron, claramente divertidos, hasta el enorme revólver de la cadera. Luego volvieron a los ojos de él, reflejando desprecio y burla. Kit se sintió como si le hubiesen dado un puñetazo. Ella se giró hacia el hombre que tenía a su lado y señaló a Kit. El hombre lo miró con el mismo desprecio y burla.
—Chechaquo —dijo la joven.
El hombre, que parecía un vagabundo con un mono barato y una ruinosa chaqueta de lana, sonrió lacónicamente y Kit se sintió humillado, aunque no sabía por qué. En cualquier caso, mientras los dos se alejaban, decidió que aquella joven tenía una belleza poco común. Se fijó en cómo caminaba y se dijo a sí mismo que reconocería esos andares aunque pasaran mil años.
—¿Has visto a ese hombre que iba con la chica? —preguntó el vecino de Kit, muy nervioso— ¿Sabes quién es?
Kit negó con la cabeza.
—Caribú Charley. Me lo acaban de decir. Hizo pleno en el Klondike. Es veterano.
Ha pasado doce años en el Yukón. Acaba de venir de allí.
—¿Qué significa chechaquo? —preguntó Kit.
—Tú lo eres. Yo lo soy —fue la respuesta.
—Puede que lo sea, pero no sé lo que es. ¿Qué significa?
—Novato.
Camino a la playa, dio vueltas a la palabra en su cabeza. Que una muchachita delgada lo llamase novato dolía lo suyo. En un rincón entre los montones de mercancías, aún presente la imagen del indio con su formidable carga, Kit quiso poner a prueba su propia fuerza. Eligió un saco de harina que pesaba cincuenta kilos, se situó con un pie a cada lado de él, se agachó e intentó echárselo al hombro. La primera conclusión a la que llegó fue que cincuenta kilos era mucho peso. La segunda, que no tenía fuerza en la espalda. La tercera le hizo soltar un juramento, lo que ocurrió tras cinco minutos de lucha, cuando se cayó sobre la carga con la que se peleaba. Se limpió el sudor de la frente y, tras una pila de sacos de comida, vio que John Bellew lo observaba con una mirada gélida y divertida a la vez.
—¡Santo cielo! —proclamó ese apóstol de la dureza—. Hemos engendrado una raza de enclenques. Yo, a los dieciséis, jugaba con eso que tú no puedes ni mover.
—Olvidas, querido tío —respondió Kit—, que a mí no me criaron con carne de oso.
—Y seguiré jugando igual a los sesenta.
—A ver si me lo demuestras.
John Bellew lo demostró. Tenía cuarenta y ocho años, pero se inclinó sobre el saco, tanteó la situación, cambió la forma de agarrarlo para equilibrarlo mejor y, tras un tirón brusco, se enderezó con el saco de harina al hombro.
—Maña, chico, maña. Y buen lomo.
Kit se quitó el sombrero como muestra de reverencia.
—Eres asombroso, querido tío, verdaderamente asombroso. ¿Crees que podré aprender esa maña?
John Bellew se encogió de hombros.
—Tomarás el camino de vuelta antes de que nos pongamos en marcha.
—No temas —gruñó Kit—. Allí me espera O’Hara, el león rugiente. No pienso regresar hasta que me toque hacerlo.
El primer porteo de Kit fue un éxito. Habían conseguido indios que llevasen sus mil doscientos kilos de equipo hasta Finnegan’s Crossing. Desde allí tendrían que moverlos usando sus propias espaldas. Planeaban avanzar un kilómetro y medio al día. Parecía sencillo… al menos sobre el papel. Como John Bellew se quedaría en el campamento para ocuparse de cocinar, no podría realizar demasiados porteos; de manera que sobre cada uno de los tres jóvenes recaía la tarea de transportar cuatrocientos kilos durante kilómetro y medio al día. Si realizaban porteos de veinticinco kilos, tendrían que caminar, cada día, veinticuatro kilómetros cargados y veintidós y medio sin carga, porque tal y como explicó Kit su agradable descubrimiento: «Después de llevar la última carga ya no regresamos». Si los porteos eran de cuarenta kilos recorrerían veintiocho kilómetros y medio al día y, si eran de cincuenta kilos, solo les tocaría cubrir veintidós y medio.
—No me gusta caminar —dijo Kit—. Así que llevaré cincuenta kilos. —Vio la sonrisa incrédula de su tío y se apresuró a añadir—: Claro que iré poco a poco. Antes debo aprender los trucos y acostumbrarme. Empezaré con veinticinco.
Eso hizo y se echó al camino con alegría. Dejó la carga en el siguiente campamento y empezó a regresar con la misma alegría. Era más fácil de lo que había pensado. Pero al cabo de tres kilómetros, la capa externa de su resistencia había desaparecido, dejando a la vista la debilidad interior. Su segundo porteo fue de treinta kilos. Le pareció más difícil y ya no mostró alegría alguna. Varias veces, siguiendo la costumbre de todos los porteadores, se sentó en el suelo y descansó la carga sobre una roca o un tocón, sin desprenderse de ella. Con el tercer porteo se sintió audaz. Se ajustó las correas de un saco de alubias que pasaba de cuarenta kilos y se puso en marcha. Al cabo de cien metros creyó que iba a desmayarse. Se sentó y se secó el sudor del rostro.
—Acarreos cortos y descansos cortos —murmuró—. Ese es el truco.
A veces ni siquiera recorría cien metros y, siempre que se esforzaba en ponerse en pie de nuevo para acarrear su carga durante un trecho breve, la carga le parecía más pesada. Jadeaba y no paraba de sudar. Antes siquiera de haber cubierto cuatrocientos metros se había sacado la camisa de lana y la había dejado colgada de un árbol. Un poco después se libró del sombrero. Al cabo de menos de un kilómetro decidió que estaba acabado. Jamás en su vida se había esforzado de esa forma y sabía que estaba acabado. Sentado, sin dejar de jadear, se fijó por causalidad en el pesado revólver con su cartuchera y su cinto.
—¡Cinco kilos de chatarra! —dijo con desprecio al tiempo que se lo quitaba.
No se molestó en colgarlo de un árbol, sino que lo lanzó en medio de la maleza. Cuando la ininterrumpida marea de porteadores empezó a pasar junto a él se fijó en que los otros novatos también empezaban a librarse de sus revólveres.
Los acarreos cortos se acortaron aún más. A veces solo conseguía tambalearse durante treinta metros y, entonces, las siniestras palpitaciones del corazón en los tímpanos y la inestabilidad de las rodillas lo obligaban a descansar. Los descansos eran cada vez más largos. Pero tenía la mente ocupada. Era un porteo de cuarenta y dos kilómetros, lo que implicaba veintiocho días, y esa parte, din duda, era la más fácil. «Espera a llegar a Chilkoot», le decían otros cuando charlaban mientras descansaban. «Allí hay que usar manos pies para avanzar». «Yo no llegaré a Chilkoot», era siempre su respuesta. «Yo no. Mucho antes de eso me encontraré de vuelta en mi sofá, feliz y contento».
Un resbalón y el esfuerzo demoledor que se vio obligado a realizar para recuperarse lo asustaron. Le pareció que todo en su interior había quedado desgarrado por el tirón.
—Si me caigo con esto a la espalda, no la cuento —le dijo a otro porteador.
—Eso no es nada —fue la respuesta—. Espera a llegar al cañón. Tendrás que cruzar un torrente embravecido sobre un tronco de pino de veinte metros de largo. No hay cuerdas ni nada a lo que agarrarse y, en la zona en la que el tronco cede y se hunde, el agua te llega hasta las rodillas. Si te caes con la carga a la espalda, resulta imposible soltar las correas. Te quedas allí y te ahogas.
—Me parece bien —respondió él. Estaba tan agotado que lo dijo en serio.
—Allí se ahogan unos tres o cuatro porteadores al día —le aseguró el hombre—. Una vez ayudé a sacar a un alemán. Llevaba cuatro mil dólares en billetes verdes.
—¡Qué alentador! —comentó Kit al tiempo que luchaba por ponerse en pie y seguir camino.
Él y el saco de alubias se convirtieron en una tragedia andante. Se acordó del viejo marino que Simbad debía acarrear sobre sus hombros. Así que las vacaciones masculinas eran así, pensó. Comparada con eso, su servidumbre ante O’Hara era pan comido. Una y otra vez lo perseguía la idea de abandonar el saco de alubias entre la maleza, regresar al campamento de la playa sin que nadie lo viese y tomar un vapor de vuelta a la civilización.
Pero no lo hizo. En algún lugar de su interior se ocultaba una vena de dureza, por lo que se repitió a sí mismo sin descanso que si otros hombres podían conseguirlo, él también. Esa consigna se convirtió en una pesadilla que farfullaba a cualquiera que lo adelantara en el camino. En otras ocasiones, mientras descansaba, observaba y envidiaba a los imperturbables indios, que más parecían mulas en su forma de avanzar cargados como nadie. Daba la impresión de que nunca descansaban y continuaban camino a un ritmo constante y con una certidumbre que lo dejaban con la boca abierta.
Se sentaba y maldecía —ya no tenía fuerzas para hacerlo mientras avanzaba—, y luchaba contra la tentación de regresar a San Francisco a escondidas. Antes de terminar aquel viaje de kilómetro y medio dejó de maldecir y empezó a llorar. Eran lágrimas de agotamiento y de indignación hacia sí mismo. No había hombre más inútil que él. Cuando por fin pudo ver el punto donde terminaba aquel porteo, sacó fuerzas de su desesperación, llegó al campamento y cayó boca abajo, con las alubias a la espalda. Eso no lo mató, pero transcurrieron quince minutos antes de que lograse reunir energía suficiente para librarse de las correas. Entonces se sintió mortalmente mareado y así lo encontró Robbie, que tenía problemas similares. Precisamente fue el mareo de Robbie lo que armó de valor a Kit.
—Si otros pueden, nosotros también —le dijo a Robbie, aunque no tenía claro si iba de farol o no.
«Tengo veintisiete años y soy un hombre», se garantizó a sí mismo muchas veces durante los días siguientes. Era necesario. Al cabo de una semana, a pesar de haber logrado trasladar sus cuatrocientos kilos diarios durante un kilómetro y medio al día, había perdido siete kilos de su propio peso. Tenía el rostro delgado, demacrado. Su cuerpo y su mente habían perdido toda capacidad de recuperación. Ya no caminaba, arrastraba los pies. Y en los viajes de vuelta, sin carga, los arrastraba casi tanto como cuando iba cargado.
Se había convertido en un animal de carga. Se dormía encima de la comida y su sueño era pesado, bestial, excepto cuando se despertaba gritando de agonía debido a los calambres que sufría en las piernas. Le dolía todo. Pisaba sobre ampollas en carne viva; pero incluso eso era más llevadero que las terribles contusiones que sufrieron sus pies sobre las piedras redondeadas por el agua de las marismas de Dyea, por las que discurría el camino a lo largo de tres kilómetros. Esos tres kilómetros suponían, en realidad, cincuenta y siete kilómetros de viaje. Sus hombros y el pecho, irritados debido a las correas, le hicieron pensar —comprendiéndolos por primera vez— en los caballos que había visto en las calles de las ciudades.
Tras cruzar con la carga los troncos que servían de puente en la boca del cañón, hicieron un cambio de planes. Del otro lado del paso había llegado el rumor de que en el lago Lindeman estaban talando los últimos árboles disponibles para construir barcas. Los dos primos continuaron camino cargados con herramientas, una sierra abrazadera, mantas y comida, y dejaron a Kit y a su tío la responsabilidad de trasladar el equipo. John Bellew compartía la cocina con Kit y ambos porteaban hombro con hombro. El tiempo pasaba volando y las primeras nieves empezaron a caer en las cumbres. Quedar atrapado en el lado equivocado del paso implicaba casi un año de retraso. El tío cargó su espalda de hierro con cincuenta kilos. Kit se quedó impresionado, pero apretó los dientes y ciñó sus correas a otros cincuenta kilos. Dolía, pero ya tenía maña y su cuerpo, libre de toda blandura y grasa, empezaba a endurecerse y a estar formado por músculos recios y magros. Además, observaba e ideaba. Se fijó en las correas sujetas a la cabeza que llevaban los indios y fabricó un artilugio similar para él, que utilizó además de las correas a los hombros. Facilitaba tanto las cosas que empezó a apilar encima cualquier bulto voluminoso de poco peso que formase parte del equipaje. Así, pronto fue capaz de doblarse bajo cincuenta kilos sujetos a las correas, entre siete y diez más sobre la carga y pegados al cuello, un hacha o un par de remos en una mano y en la otra los cubos para cocinar del campamento, unos dentro de los otros.
Pero por mucho que se esforzaran, el sacrificio era cada vez mayor. El camino era más accidentado, el peso de las cargas aumentaba y cada día el límite de la nieve descendía un poco más y se acercaba a ellos, mientras el precio del porteo subía a un dólar con veinte centavos. No tenían noticias de los primos, así que imaginaron que estarían talando árboles y convirtiéndolos en tablones para construir una barca. John Bellew se impacientaba. Tras capturar a un grupo de indios que regresaban del lago Lindeman los convenció para que porteasen el equipo. Le cobraron sesenta centavos el kilo por llevarlo hasta la cima de Chilkoot y casi se arruinó. Aún así, quedaron sin transportar alrededor de doscientos kilos de bolsas con ropa y equipo de acampada. Se quedó atrás para ocuparse de moverlos y envió a Kit con los indios. Kit debía permanecer en la cima, porteando muy poco a poco su tonelada hasta que lo alcanzase su tío con los doscientos kilos restantes.
Kit avanzó pacientemente junto a sus porteadores indios. Debido al hecho de que iba a ser un acarreo prolongado, sin paradas hasta la cima de Chilkoot, la carga que él llevaba solo pesaba cuarenta kilos. Los indios avanzaban con paso lento, pero con un ritmo más rápido que el que él había practicado. Sin embargo, no sintió aprensión y empezaba a considerarse casi tan preparado como un indio.
Tras recorrer cuatrocientos metros quiso descansar, pero los indios continuaron avanzando. Permaneció con ellos y mantuvo su lugar en la hilera. A los ochocientos metros estaba seguro de que no podría dar un paso más, pero apretó los dientes, mantuvo su puesto y, al cabo de un kilómetro y medio se sintió asombrado de seguir vivo. Luego, sin saber cómo, experimentó eso que se llama segundo aliento y el segundo kilómetro y medio le resultó casi más sencillo que el primero. El tercero estuvo a punto de matarlo pero, aunque avanzaba casi delirando debido al dolor y la fatiga, ni siquiera se quejó. Entonces, cuando decidió que iba a desmayarse sin remedio, llegó el descanso. En lugar de sentarse con las correas puestas, como tenían por costumbre los porteadores blancos, los indios se quitaron las correas de los hombros y de la cabeza, y se tumbaron a gusto mientras fumaban y charlaban. Transcurrió media hora antes de que volvieran al camino. Para su sorpresa, Kit se encontró como nuevo y «Acarreos largos y descansos largos» se convirtió en su nuevo lema.
Había oído hablar de la pendiente de Chilkoot y en muchas ocasiones tuvo que ascender usando también las manos, no solo los pies. Pero, cuando llegó a la cima de la divisoria en lo peor de una ventisca de nieve, lo hizo en compañía de los indios, orgulloso de haber podido seguirles el ritmo sin quejarse y sin quedarse atrás. Ser casi tan bueno como un indio era una nueva ambición a perseguir.
Tras pagar a los indios y verlos partir, se quedó solo en medio de una oscuridad que anunciaba tormenta a trescientos metros por encima del límite superior de la vegetación arbórea, en el espinazo de una montaña. Empapado hasta la cintura, hambriento y exhausto, habría dado los ingresos de un año a cambio de una hoguera y una taza de café. Pero se conformó con comer media docena de tortitas frías y arrastrarse entre los pliegues de la tienda medio desenrollada. Mientras se dormía, solo le dio tiempo a pensar fugazmente en una cosa y sonrió con despiadado placer al imaginar a John Bellew transportando, durante los días siguientes y con toda su masculinidad, los doscientos kilos paso Chilkoot arriba. En cuanto a él, aunque le tocaban mil kilos, tenía que llevarlos ladera abajo.
Por la mañana, anquilosado debido al esfuerzo y entumecido por la helada, salió de entre las lonas, se comió casi un kilo de beicon crudo, sujetó cincuenta kilos con las correas y empezó a descender la pedregosa senda. Varios cientos de metros más abajo, el camino cruzaba un pequeño glaciar y terminaba en el lago Crater. Otros hombres porteaban cruzando el glaciar. Durante todo ese día fue dejando sus bultos en el borde superior del glaciar y, debido a la brevedad del acarreo, se animó a llevar setenta y cinco kilos en cada viaje. Su asombro al verse capaz de hacerlo no tenía fin. A un indio le compró, por dos dólares, tres galletas marineras duras como suelas de zapato y con ellas y una buena cantidad de beicon crudo se preparó varias comidas. Sin lavarse, sin poder calentarse y con la ropa empapada en sudor pasó una noche más entre las lonas.
Muy temprano, extendió una lona impermeable sobre el hielo, la cargó con tres cuartos de tonelada y empezó a tirar de ella. Donde la inclinación del glaciar aceleró, su carga aceleró también, lo superó, se lo llevó por delante y lo arrastró con ella.
Una centena de porteadores, doblados bajo el peso de sus cargas, se detuvieron para mirarlo. Él gritó frenético para advertirlos del peligro y los que quedaban en su camino se apartaron a trompicones, como pudieron. Más abajo, en el borde inferior del glaciar, se alzaba una tienda pequeña que parecía acercarse a él a saltos, tan rápidamente aumentaba de tamaño. Sintió que la senda abierta por los porteadores giraba bruscamente a la izquierda y golpeó una zona de nieve virgen que se elevó a su alrededor formando una especie de humareda helada, a la vez que reducía su velocidad. Vio la tienda en el mismo instante en el que la envistió, llevándose por delante los vientos de la esquina, entrando por la puerta delantera y acabando en el interior, aún sobre la lona impermeable y en medio de sus sacos de comida. La tienda se balanceó como un borracho y, en mitad del vapor helado, se encontró cara a cara con una joven sorprendida que estaba sentada sobre sus mantas; la misma que lo había llamado novato en Dyea.
—¿Ha visto qué humareda la mía? —preguntó él alegremente.
Ella lo miró con desagrado.
—¡Y luego hablan de las alfombras mágicas! —continuó él.
La frialdad de ella era todo un reto.
—Ha sido una suerte que no volcase la cocina —le dijo.
Él siguió la mirada de ella y vio una plancha de hierro y una cafetera, de la que se ocupaba una india. Olisqueó el café y miró a la joven.
—Soy un chechaquo —le dijo.
El gesto de aburrimiento de la chica le indicó que había dicho una obviedad. Pero no permitió que le afectase.
—Me he librado del revólver —añadió.
Entonces ella lo reconoció y se le iluminaron los ojos.
—Nunca pensé que llegaría tan lejos —lo informó.
Él volvió a olisquear el aire con avidez.
—¡Por mi vida, café! —Se giró y se dirigió directamente a ella—. Le doy mi meñique, puede cortarlo ahora mismo. Haré lo que sea. Seré su esclavo durante un año y un día o el tiempo que usted diga, si me da una taza de esa cafetera.
Y mientras tomaba el café le dijo su nombre y se enteró del de ella: Joy Gastell. También se enteró de que era veterana en el país. Había nacido en un puesto comercial del Gran Lago de los Esclavos y, siendo una niña, había cruzado las Rocosas con su padre y continuado Yukón abajo. Le contó que regresaba al interior con su padre, al que los negocios habían retenido en Seattle y que había naufragado en el infausto Chanter, aunque el vapor de rescate lo había llevado hasta el estrecho de Puget.
En vista de que la joven aún no se había levantado y continuaba metida entre las mantas, no quiso prolongar la conversación, renunció heroicamente a una segunda taza de café y se retiró de la tienda, junto con su equipaje amontonado y descolocado. Con él se llevó, además, varias conclusiones: la joven tenía un nombre y unos ojos muy atractivos; no podía contar más de veinte, veintiuno o veintidós años; su padre debía de ser francés; tenía fuerza de voluntad y temperamento de sobra; y la habían educado lejos de la frontera.
El camino rodeaba el lago Crater sobre piedras erosionadas por el hielo y por encima del límite superior de la vegetación arbórea y llegaba al desfiladero rocoso que conducía a Happy Camp y los primeros pinos de Virginia. Portear su pesado equipo por la zona le llevaría diez días de trabajo demoledor. En el lago había un bote de lona que se empleaba para transportar mercancías. Dos viajes, en dos horas, bastarían para cruzarlo a él y a su tonelada de equipo. Pero estaba arruinado y el barquero cobraba cuarenta dólares por tonelada.
—En esa barquita tienes una mina de oro, amigo —le dijo Kit al barquero—. ¿Quieres tener una mina de oro más?
—Muéstramela —fue la respuesta.
—Te la vendo a cambio de transportar mi equipo. Es una idea que no está patentada y que será tuya en cuanto te la cuente. ¿Aceptas el trato?
El barquero dijo que sí y Kit se fió de él.
—Muy bien. ¿Ves ese glaciar? Coge un pico y enfréntate a él. En un día lograrás hacer un buen canal que lo recorra de arriba abajo. ¿Entiendes para qué? Para la Sociedad de la Rampa entre Chilkoot y el lago Crater. Puedes cobrar un centavo por kilo y pasar cien toneladas al día, sin más trabajo que recolectar el dinero.
Dos horas después la tonelada de Kit había cruzado el lago y él había conseguido ganarse tres días a sí mismo. Cuando John Bellew lo alcanzó por fin, se encontraba cerca del lago Deep, otro cráter volcánico lleno de agua glaciar.
El último porteo, del lago Long al Lindeman, fue de cuatro kilómetros y medio y el camino, si es que podía llamársele así, ascendía un risco de trescientos metros de altura, descendía sobre un amasijo de rocas resbaladizas y cruzaba una ancha extensión pantanosa. John Bellew protestó al ver que Kit sujetaba cincuenta kilos con las correas y añadía, encima y sobre su nuca, un saco de harina de veinticinco.
—Vamos, astilla de la dureza —contestó Kit—, acuérdate de cuando comías carne de oso y solo tenías una muda de ropa interior.
Pero John Bellew negó con la cabeza:
—Me temo que me estoy haciendo viejo, Christopher.
—Solo tienes cuarenta y ocho años. ¿Ya has olvidado que mi abuelo, tu padre, el anciano Isaac Bellew, mató a un hombre de un puñetazo cuando tenía sesenta y nueve?
John Bellew sonrió de oreja a oreja y se tragó su propia medicina.
—Querido tío, quiero decirte algo importante: fui criado con un pequeño lord, pero ahora mismo puedo portear más que tú, caminar más que tú, ganarte a cualquier cosa que me proponga y machacarte con mis propios puños.
John Bellew extendió una mano hacia adelante y dijo, muy solemne:
—Christopher, hijo, tienes razón. Creo que puedes hacer todo eso y, además, con la carga a la espalda. Lo has hecho muy bien, aunque resulta casi increíble.
Kit realizó el viaje de ida y vuelta del último porteo cuatro veces al día, lo que significa que diariamente recorrió treinta y seis kilómetros de escalada, dieciocho de ellos cargado con setenta y cinco kilos. Estaba orgulloso, cansado, agotado, pero en una forma física magnífica. Comía y dormía como no había comido y dormido en su vida y, al acercarse el momento final de su misión, casi sintió pena.
Había un problema que lo tenía preocupado. Había aprendido que podía caerse con cincuenta kilos a la espalda y sobrevivir, pero estaba seguro de que, si se caía con los veinticinco kilos adicionales sobre la nuca, acabaría con el cuello roto. Cada senda que se abría en el pantano quedaba inutilizada enseguida al sufrir el desgaste de los miles de porteadores, que se veían obligados a abrir nuevos caminos. Precisamente abriendo una de esas sendas consiguió solucionar el problema de los veinticinco kilos de más.
La superficie blanda y frondosa cedió bajo su peso, él se debatió como pudo y acabó cayendo boca abajo. Los veinticinco kilos le hundieron el rostro en el barro y cayeron hacia delante sin romperle el cuello. Con los otros cincuenta kilos sujetos a la espalda logró ponerse a cuatro patas. Pero no pasó de ahí. Un brazo se hundió hasta el hombro, dejando la mejilla apoyada en la nieve sucia y a medio derretir. Cuando logró liberarlo, se hundió el otro. En esa postura resultaba imposible librarse de las correas y los cincuenta kilos de la espalda no le permitían levantarse. A gatas, hundiendo primero un brazo y luego el otro, hizo el esfuerzo de arrastrase hasta donde había caído el saco pequeño de harina. Pero se agotó sin lograr avanzar y removió y agitó tanto la superficie de hierba que un diminuto charco de agua empezó a formarse peligrosamente cerca de su boca y su nariz.
Intentó darse la vuelta y quedarse boca arriba, con la carga entre la espalda y el suelo, pero solo logró hundir ambos brazos hasta los hombros y sentir lo que podría ser morir ahogado. Con una paciencia exquisita, retiró poco a poco uno de los brazos y luego el otro, y los estiro sobre la superficie para apoyar en ellos la barbilla y protegerla del agua. Entonces empezó a pedir ayuda. Al cabo de un rato oyó unos pasos que se hundían en el barro por detrás de él.
—Échame una mano, amigo —dijo—. O un salvavidas o lo que sea.
Le respondió una voz de mujer que reconoció.
—Si me desata las correas, podré levantarme —le dijo.
Los cincuenta kilos cayeron sobre el barro con un chapoteo y él se puso en pie despacio.
—¡Bonito lío! —se rió la señorita Gastell al ver su cara cubierta de lodo.
—En absoluto —contestó a la ligera—. Es mi ejercicio físico preferido. Debería probarlo alguna vez. Resulta fabuloso para los músculos pectorales y la columna vertebral.
Se limpió la cara y se libró de la nieve sucia que le quedó en la mano con una fuerte sacudida.
—Oh —exclamó ella al reconocerlo—, pero si es el señor… ah… el señor Smoke Bellew o Humareda Bellew.
—Le transmito mi más sincero agradecimiento por este rescate tan oportuno y por este nombre —respondió él—. Me ha bautizado de nuevo. A partir de hoy insistiré en que siempre me llamen Smoke Bellew. Tiene fuerza y también significado. —Hizo una pausa, tras la cual su voz y su gesto adquirieron una fiereza repentina—. ¿Sabe lo que voy a hacer? —preguntó—. Voy a volver a Estados Unidos. Me voy a casar. Voy a criar un montón de hijos. Después, al anochecer, reuniré esos niños a mi alrededor y les contaré los sufrimientos y penalidades que viví en la senda de Chilkoot. Y si no lloran… repito, si no lloran, los vapulearé hasta que lo hagan.
El invierno del ártico llegó con celeridad. La capa de nieve permanente medía ya quince centímetros y el hielo empezaba a formarse en las lagunas a pesar de los vendavales. En plena calma de uno de esos vendavales y a primera hora de la tarde, Kit y John Bellew ayudaron a los primos a cargar la barca y la vieron desaparecer lago abajo en medio de una nevada.
—Ahora, una buena noche de descanso y mañana madrugaremos para ponernos en marcha —dijo John Bellew—. Si no hay tormenta en la cima, llegaremos a Dyea mañana por la noche y, si tenemos suerte con el vapor, dentro de una semana estaremos en San Francisco.
—¿Has disfrutado de tus vacaciones? —preguntó Kit distraídamente.
El campamento para su última noche en el lago Lindeman fue una suma deprimente de restos. Todo lo que podía usarse, incluida la tienda, se lo habían llevado los primos. Una andrajosa lona impermeable, extendida como un cortavientos, los protegía en parte del viento y la nieve. Prepararon la cena sobre un fuego abierto, utilizando un par de utensilios estropeados y desechados. Únicamente tenían las mantas y provisiones para varias comidas.
Kit solo habló una vez durante la cena.
—Querido tío —dijo—, después de esto deseo que me llames Smoke. He levantado una buena humareda en esta senda, ¿no crees?
Unos minutos después puso rumbo a la aldea de tiendas que cobijaban a los buscadores de oro que aún porteaban sus equipos o construían barcas. Tardó varias horas en volver y, cuando regresó y se metió entre las mantas, John Bellew ya estaba dormido.
En la oscuridad de una mañana dominada por la tormenta, Kit se arrastró fuera de las mantas y encendió una hoguera que utilizó para descongelar sus botas. Luego preparó café y frío beicon. Fue una comida fría y deprimente. En cuanto terminaron, recogieron las mantas. Cuando John Bellew se giró en dirección a la senda de Chilkoot, Kit le tendió la mano.
—Adiós, mi querido tío —le dijo.
John Bellew lo miró y soltó un juramento, tan sorprendido estaba.
—No olvides que me llamo Smoke —insistió Kit.
—Pero ¿qué vas a hacer?
Kit movió la mano hacia el norte, sobre el lago y la tormenta.
—¿Qué sentido tiene regresar después de haber llegado tan lejos? —preguntó—. Además, he probado el sabor de la carne y me gusta. Voy a seguir adelante.
—No tienes dinero —protestó John Bellew—. No tienes equipo.
—Tengo trabajo. ¡Tienes ante ti a tu sobrino, Christopher Smoke Bellew! Tiene trabajo. Es el ayudante de un caballero. Le pagan ciento cincuenta dólares al mes y la comida. Va a ir a Dawson con un par de tipos y otro ayudante. Será cocinero, barquero y hombre para todo, sin descanso. O’Hara y The Billow pueden irse al cuerno. Adiós.
Pero John Bellew estaba tan aturdido que solo logró murmurar:
—No lo entiendo.
—Dicen que la cuenca del Yukón está llena de grizzlys osados —explicó Kit—. Pues resulta que ya tengo solo una muda de ropa interior y ahora voy en busca de la carne de oso. Eso es todo.