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jack london

el hombrecillo

—Ojalá no fueras tan tozudo —objetó Shorty—. Ese glaciar me da miedo. Nadie debería enfrentarse a él solo.
Smoke se rio, contento, y observó la reluciente superficie del diminuto glaciar que ocupaba la cabecera del valle.
—Ya estamos en agosto y los días llevan dos meses acortándose —resumió la situación—. Tú sabes de cuarzo y yo no, pero puedo ir a buscar provisiones mientras tú cuidas de esa veta madre. Adiós. Mañana por la tarde estaré de vuelta.
Se giró y echó a andar.
—Tengo la corazonada de que va a pasar algo —suplicó Shorty.
Pero la respuesta de Smoke fue una alegre carcajada. Continuó rumbo al pequeño valle, limpiándose el sudor de la frente de vez en cuando, mientras pisaba las frambuesas silvestres ya maduras y los delicados helechos que crecían junto a algunos tramos de hielo protegidos del sol.
A principios de primavera, Shorty y él habían seguido el cauce alto del río Stewart y desembocado en el impresionante caos de la región donde se encontraba el lago Surprise. Se habían pasado toda la primavera y la mitad del verano errando inútilmente por la zona hasta que, a punto de regresar, avistaron por primera vez la desconcertante capa de agua con su fondo de oro que había atraído y engañado a una generación de mineros. Tras montar el campamento en la vieja cabaña que Smoke había descubierto en su visita anterior, fueron conscientes de tres cosas: primera, el fondo del lago estaba alfombrado de pesadas pepitas de oro; segunda, era posible sumergirse para recogerlo en las zonas menos profundas, pero la temperatura del agua resultaba letal; y tercera, drenar el lago era una tarea demasiado grande para dos hombres que solo contaban con menos de la mitad de un verano breve. Sin desanimarse, deduciendo de la aspereza del oro que no provenía de lejos, se dedicaron a buscar la veta madre. Cruzaron el enorme glaciar que ocupaba el borde sur y se concentraron en el impresionante laberinto de valles y cañones pequeños que se extendían por detrás y que, por medio de métodos poco comunes en la montaña, desaguaban o habían desaguado en el lago.
El valle por el que descendía Smoke se ensanchaba gradualmente como cualquier valle normal, pero, en su extremo inferior, se estrechaba para adentrarse entre paredes altas y empinadas y terminaba de forma abrupta en una pared horizontal, a cuyos pies el riachuelo desaparecía en un aluvión de rocalla, evidentemente por alguna salida bajo tierra. Tras ascender la pared horizontal, Smoke pudo divisar el lago desde su cima. A diferencia de todos los lagos de montaña que había visto, este no era azul. Su intenso verde pavo real indicaba la poca profundidad de sus aguas. Esa poca profundidad hacía viable el drenaje. A su alrededor se alzaba un revoltijo de montañas con aristas y grietas marcadas por el hielo, de formas grotescas y extrañamente agrupadas. Todo era desorden y caos: una pesadilla de Doré. Tan fantástico e imposible resultaba que a Smoke más le parecía un paisaje cósmico de cuento que una parte racional de la superficie terrestre. En los cañones había muchos glaciares, la mayoría diminutos y, mientras los miraba, uno de los más grandes, en la orilla norte, se hundió entre estruendos y salpicaduras. Al otro lado del lago, a una distancia que parecía inferior a un kilómetro pero que en realidad era de ocho, distinguió el grupo de píceas y la cabaña. Observó con más atención para asegurarse y vio, sin lugar a dudas, que salía humo de la chimenea. Mientras se daba la vuelta para ascender la pared sur llegó a la conclusión de que alguien más se había llevado la sorpresa de descubrir el lago Surprise.
Desde la cima de la pared sur descendió a un pequeño valle, alfombrado de flores y envuelto en el zumbido ocioso de las abejas, similar a cualquier otro valle normal en cuanto se adentraba en el lago. Lo raro estaba en su longitud, que apenas alcanzaba cien metros. Terminaba en un barranco vertical de trescientos metros por el que se precipitaba un arroyo que formaba una cortina de agua.
Allí descubrió más humo, ascendiendo lentamente a la cálida luz del sol, tras un saliente de piedra. Al doblar la esquina oyó un leve golpeteo metálico y un silbido alegre que llevaba el ritmo. Luego vio al hombre, con una bota dada la vuelta y sujeta entre las rodillas, en cuya suela estaba asegurando unos clavos.
—¡Hola! —lo saludó el desconocido y a Smoke aquel hombre le cayó bien de inmediato—. Llegas justo a tiempo para tomar algo. Ahí hay café, un par de tortas frías y algo de tasajo.
—Yo, encantado —aceptó Smoke mientras se sentaba—. He escatimado un poco en las últimas comidas, pero hay un montón de provisiones en la cabaña.
—¿Al otro lado del lago? Ahí voy yo.
—Parece que el lago Surprise empieza a abarrotarse —se quejó Smoke mientras vaciaba la cafetera.
—Vamos, me tomas el pelo, ¿verdad? —dijo el hombre, con el asombro pintado en el rostro.
Smoke se rió.
—Ese es el efecto que causa en todo el mundo. ¿Ves esos salientes elevados de enfrente, hacia el noroeste? Desde allí lo vi por primera vez. Surgió ante mí de repente. Y eso que ya había dejado de buscarlo.
—Lo mismo digo —estuvo de acuerdo el otro—. Había dado la vuelta y esperaba llegar al Stewart ayer por la noche, cuando de repente vi el lago. Pero, si es el Surprise, ¿dónde está el Stewart? ¿Y dónde he estado todo este tiempo? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Cómo te llamas?
—Bellew. Kit Bellew.
—¡Ah! Ya sé quién eres. —Una sonrisa alegre iluminó el rostro y los ojos del hombre, que enseguida estrechó la mano de Smoke—. He oído hablar mucho de ti.
—Supongo que habrás leído mis artículos periodísticos —comentó Smoke en tono modesto.
—No. —El hombre se rio y negó con la cabeza—. He leído la historia reciente del Klondike. Te habría reconocido si no llevaras esa barba. Te vi machacar a los magnates del juego cuando te dio por dominar la ruleta en el Elkhorn. Me llamo Carson, Andy Carson, y no te imaginas cuánto me alegro de haberte encontrado.
Era un hombre pequeño, delgado, fibroso y saludable, de ojos oscuros y vivos, con el magnetismo de la camaradería.
—¿De verdad es el lago Surprise? —preguntó incrédulo.
—De verdad.
—¿Y el fondo está cubierto de oro?
—Sí. Aquí tengo una muestra. —Smoke metió la mano en el bolsillo de su peto y sacó media docena de pepitas—. Ya lo ves. Solo tienes que bajar al fondo, incluso a ciegas, y sacar un puñado. Luego tienes que correr un kilómetro para recuperar la circulación.
—Vaya, maldita sea mi estampa, que te me has adelantado —maldijo Carson medio en broma, pero su decepción resultaba evidente—. Y yo que contaba con ser el primero en encontrarlo. Al menos me llevo la diversión de venir hasta aquí.
—¡La diversión! —exclamó Smoke—. Si alguna vez conseguimos extraer todo lo que hay en el fondo, haremos que Rockefeller parezca un pobre de solemnidad.
—Pero es tuyo —objetó Carson.
—De eso nada, amigo. Debes comprender que en toda la historia de la minería jamás se ha descubierto un depósito de oro como ese. Haremos falta tú, yo, mi socio y todos los amigos que tengamos para echarle el guante. El Bonanza y el Dorado, enteros y juntos, no tienen más oro que medio acre de ese lago. El problema es drenarlo. Harán falta millones. Pero solo me da miedo una cosa: hay tanto oro que si no controlamos la producción provocaremos que se devalúe.
—Y me lo cuentas para… —Carson se interrumpió, asombrado y sin palabras.
—Encantado de contar contigo. Tardaremos un año o dos en drenarlo, con todo el dinero que podamos reunir. Puede hacerse. He estudiado el terreno. Aunque nos harán falta todos los hombres del territorio que estén dispuestos a trabajar a sueldo. Necesitaremos un ejército y, ahora mismo, necesitamos hombres decentes con los que asociarnos. ¿Te apuntas?
—¿Que si me apunto? ¿No tengo pinta de apuntarme? Ya me siento tan millonario que hasta me da reparo cruzar ese glaciar enorme. Ahora no puedo partirme el cuello Ojalá tuviese más clavos para las botas. Cuando llegaste estaba colocando los últimos ¿Y tus clavos? Déjame ver.
Smoke levantó un pie.
—¡Gastados y lisos como una pista de patinaje! —exclamó Carson—. Pues sí que has andado por ahí. Espera un minuto, que arranco unos pocos de mis clavos y te los doy.
Pero Smoke se negó en redondo.
—Además —le dijo—, tengo algo más de diez metros de cuerda almacenada donde empieza el hielo. Mi socio y yo la usamos para venir. Será pan comido.
El ascenso fue difícil y hacía calor. El sol abrasaba y deslumbraba al reflejarse en el hielo y el esfuerzo los hacía sudar y jadear. En algunos tramos, surcados de hendiduras y grietas, tras una hora de peligrosos desvelos no lograban avanzar más de cien metros. A las dos de la tarde, junto a una charca de agua asentada en el hielo, Smoke hizo un alto.
—Ataquemos un poco ese tasajo —dijo—. He andado corto de provisiones y me tiemblan las rodillas. Además, ya hemos pasado lo peor. Faltan trescientos metros hasta las rocas y es un trecho fácil, excepto por un par de hendiduras feas y una muy fea que nos lanzaría de cabeza al abismo. Allí hay un puente de hielo algo frágil, aunque Shorty y yo conseguimos cruzarlo.
Compartiendo el tasajo, se pusieron al corriente de sus vidas y Andy Carson contó su historia.
—Sabía que acabaría por encontrar el lago Surprise —masculló entre bocado y bocado—. Tenía que encontrarlo. No llegué a las graveras del monte French ni a Big Skookum ni a Monte Cristo, así que o llegaba al lado Surprise o ya podía reventar. Y aquí estoy. Mi esposa sabía que lo iba a conseguir. Yo tengo mucha fe, pero la de ella es impresionante. Es única, una fuera de serie, se apunta a todo, trabaja como nadie, nunca se queja, lucha hasta el final sin rendirse. Para mí no existe otra mujer, le seré leal hasta la muerte. Echa una ojeada.
Abrió la tapa del reloj y en su interior Smoke pudo ver la fotografía pequeña de una mujer de pelo claro, enmarcada a cada lado por el rostro sonriente de un niño.
—¿Dos chicos? —preguntó.
—Chico y chica —respondió Carson, orgulloso—. Él tiene año y medio. —Suspiró—. Podían haber sido más mayores, pero tuvimos que esperar. Verás, ella estaba enferma. Los pulmones. Pero no se rindió. ¿Qué íbamos a saber nosotros? Yo trabajaba en las oficinas del ferrocarril, en Chicago, cuando nos casamos. Su familia tenía tuberculosis. Los médicos no sabían gran cosa por entonces. Dijeron que era hereditaria. La tenía toda su familia. Se contagiaban los unos a los otros, pero no lo sabían. Aunque nacían con ella. Es el destino. Mi mujer y yo vivimos con ellos los dos primeros años. Yo no tenía miedo. En mi familia no hay tuberculosis. Pero la pillé. Y eso me hizo pensar. Era contagiosa. La pillé al respirar el mismo aire que ellos.
»Mi mujer y yo nos pusimos de acuerdo. Entonces no hice caso al médico de la familia y consulté con un experto. Me dijo que tenía razón en lo que había discurrido y añadió que Arizona era el lugar en el que deberíamos vivir. Levantamos el campamento y nos marchamos, sin dinero, sin nada. Conseguí trabajo como pastor de ovejas y la dejé en la ciudad, en un centro para enfermos. Estaba lleno de tuberculosos.
»Al vivir y dormir al aire libre empecé a recuperarme enseguida. Cada vez que me iba pasaba fuera varios meses. Cuando volvía, ella estaba peor. No se curaba. Pero aprendimos. La saqué de aquella ciudad y se vino conmigo a cuidar ovejas. Durante cuatro años, en invierno y verano, con frío o calor, con lluvia, nieve, heladas y todo lo demás, nunca dormimos bajo techo, siempre de un campamento a otro. Tenías que ver el cambio: estábamos morenos como el cuero curtido, delgados como los indios y duros como el cuero sin curtir. Cuando creíamos que nos habíamos curado, nos fuimos a San Francisco. Pero nos precipitamos. Al segundo mes, los dos sufrimos ligeras hemorragias. Ahuecamos el ala de vuelta a Arizona y las ovejas. Allí estuvimos dos años más. Fue la solución. Nos curamos. Toda su familia ha muerto. No nos hicieron caso.
»Entonces decidimos no volver a ninguna ciudad. Nos movimos por la costa del Pacífico y el sur de Oregon nos pareció bien. Nos quedamos en el valle del río Rogue, con las manzanas. Allí hay mucho futuro, pero nadie lo sabe. Conseguí mi propia tierra, con tiempo, claro, a cuarenta dólares el acre. Dentro de diez años cada acre valdrá quinientos.
»Hemos luchado como perros. Para empezar hace falta dinero y no teníamos un centavo. Había que levantar la casa y el establo, conseguir caballos y arados y todo lo demás. Ella dio clases en la escuela dos años. Luego llegó el niño. Pero lo conseguimos. Tienes que ver los árboles que plantamos, cien acres de manzanos que ya casi están maduros. Pero todo han sido gastos y hay que pagar la hipoteca. Por eso estoy aquí. Ella hubiese venido, si no fuese por los niños y los árboles. Está allí, ocupándose de todo, y yo, aquí, un condenado millonario… bueno, un futuro millonario.
Miró feliz, por encima del reflejo del sol en el hielo, hacia las aguas verdes del lago, volvió a observar la foto y murmuró:
—Es una mujer única. Ha aguantado. No quiso morirse, aunque cuando salía con las ovejas no era más que piel y huesos, envueltos en un poco de pasión. Oh, ahora está delgada. Nunca será gorda. Pero la suya es la delgadez más bonita que he visto nunca y, cuando yo vuelva, y los árboles empiecen a dar frutos y los niños empiecen a ir a la escuela, nosotros nos iremos a París. A mí esa ciudad no me llama mucho la atención pero ella lleva toda su vida queriendo ir.
—Pues aquí está el oro que os llevará a París —aseguró Smoke—. Y solo tenemos que ponerle las manos encima.
Carson asintió con los ojos brillantes.
—Oye, esa granja que tenemos es el huerto más bonito de toda la costa del Pacífico. Y hay buen clima. Allí nuestros pulmones no volverán a enfermar. Los que fuimos tuberculosos tenemos que andarnos con mucho cuidado. Si estás pensando en echar raíces, bueno… ven a ver nuestro valle antes de decidirte. Solo digo eso. ¡Y la pesca! Dime, ¿alguna vez has pescado un salmón de quince kilos con una caña de seis onzas? No sabes qué pelea, de las buenas.
—Peso veinte kilos menos que tú —dijo Carson—. Deja que pase antes.
Se encontraban en el borde de la grieta. Era enorme y antigua y tenía treinta metros de ancho, con las orillas inclinadas y erosionadas por los años, en lugar de afiladas y angulosas. En aquel punto, una masa enorme de nieve endurecida por la presión, que casi era hielo, hacía las veces de puente. Ni siquiera podían ver el final de aquella masa de nieve, mucho menos el fondo de la grieta. El puente se desmenuzaba y se derretía: amenazaba con desplomarse en cualquier momento. Había señales de que algunos bloques se habían desgajado recientemente y, mientras lo observaban, un pedazo de media tonelada se soltó y cayó al vacío.
—Tiene muy mala pinta —admitió Carson con gesto preocupado—. Mucho peor de la que tendría si no fuese millonario.
—Pero tenemos que intentarlo. Ya casi hemos cruzado el glaciar. No podemos retroceder. No podemos acampar aquí, en el hielo, toda la noche. Y no hay otro camino. Shorty y yo lo exploramos hasta dos kilómetros más arriba. Aunque estaba en mejores condiciones cuando lo cruzamos.
—Tendrá que ser de uno en uno y yo voy primero. —Carson cogió el rollo de cuerda que sujetaba Smoke—. Tendrás que esperar. Me llevo la cuerda y el pico. Dame la mano para que pueda bajar sin problemas.
Despacio y con cuidado, descendió el trecho de varias decenas de centímetros que lo separaba del puente, donde permaneció de pie, realizando los últimos ajustes para el peligroso cruce. A la espalda llevaba la mochila con su equipo. Alrededor del cuello, descansando sobre los hombros, enroscó la cuerda, uno de cuyos extremos había anudado a la cintura.
—Ahora mismo daría una buena parte de mis millones por un grupo de obreros que me construyera un puente —dijo, pero su sonrisa alegre y curiosa desmintió sus palabras Además, añadió—: No importa, soy como un gato.
Balanceó en horizontal el pico y el palo largo que usaba como bastón de montaña de la misma forma en que lo haría un equilibrista en la cuerda floja. Echó un pie hacia adelante para probar, lo retiró y se armó de valor con un esfuerzo físico y visible.
—Ojalá estuviera arruinado —sonrió, mirando hacia arriba—. Si esta vez no consigo ser millonario, ya nunca lo seré. Qué desagradable.
—Tranquilo —lo animó Smoke—. Yo ya lo he pasado antes. Deja que cruce primero.
—Pero pesas veinte kilos más —insistió el hombrecillo—. Se me pasará en un minuto. Ya se me ha pasado. —Esta vez, el proceso de armarse de valor fue instantáneo—. Bueno, allá voy, por el río Rogue y las manzanas —dijo, al tiempo que adelantaba un pie y lo posaba con cuidado, para luego dar un paso más con el otro.
Continuó avanzando despacio, muy concentrado, hasta recorrer dos tercios de la distancia. Entonces se detuvo para examinar un surco que debía cruzar y en cuyo fondo había una fisura reciente. Smoke, que lo observaba, lo vio mirar a un lado y al fondo de la grieta, y luego balancearse ligeramente.
—¡No mires abajo! —ordenó Smoke al instante—. ¡La vista al frente! ¡Vamos, continúa!
El hombrecillo obedeció y no volvió a titubear. La pendiente erosionada por el sol del otro extremo de la grieta estaba resbaladiza, pero no era excesivamente empinada y logró subir hasta un saliente estrecho, donde se dio la vuelta y se sentó.
—Te toca —gritó—. Pero no dejes de avanzar y no mires abajo. Eso casi acaba conmigo. Tú camina y mira al frente. Y date prisa, que el hielo está muy mal.
Con su bastón en horizontal, Smoke empezó a cruzar. Resultaba evidente que el puente estaba en las últimas. Sintió una sacudida bajo los pies, un ligero movimiento de la masa y una sacudida más fuerte. Luego se oyó un crujido. Supo que algo estaba pasando a su espalda. También lo supo por el rostro tenso y preocupado de Carson. Desde abajo, leve y desvaído, llegó el murmullo del agua y los ojos de Smoke, sin quererlo él, echaron una ojeada a las relucientes profundidades. Los obligó a volver al camino que tenía delante. A los dos tercios del total, llegó al surco. Los bordes afilados de la fisura, ligeramente rozados por el sol, demostraban que era muy reciente. Había levantado el pie para cruzar, cuando la fisura empezó a ensancharse lentamente, al tiempo que emitía numerosos chasquidos. Se apresuró a dar el paso e incluso incrementó la zancada, pero los clavos gastados de la bota patinaron en el desnivel del otro lado del surco. Se cayó de bruces y, sin pausa, resbaló hacia abajo, al interior del surco, con las piernas colgando y el pecho apoyado sobre el bastón, que había logrado girar transversalmente al caer.
Lo primero que sintió fue la náusea provocada por la mareante aceleración del pulso y enseguida se asombró de que la caída no hubiese sido mayor. Tras él, los crujidos, las sacudidas y el movimiento hacían vibrar el bastón. Desde abajo, en el corazón del glaciar, ascendía el sordo fragor de las masas de hielo desgajadas al chocar contra el fondo. Pero el puente, ya roto en el extremo más alejado y agrietado en el medio, continuaba resistiendo, aunque la parte que había cruzado se inclinaba hacia abajo en un ángulo de veinte grados. Vio que Carson, encaramado en su saliente, con los pies apuntalados contra la superficie que se derretía, rápidamente desenroscaba la cuerda de los hombros.
—¡Espera! —le gritó—. No te muevas o todo el tinglado se irá abajo.
Calculó la distancia con una rápida ojeada, se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y lo ató a la cuerda, cuyo largo incrementó aún más con otro pañuelo que sacó del bolsillo. La cuerda, fabricada con varias ataduras para trineo y algunos tramos de cuero sin curtir trenzado era ligera y fuerte a la vez. La lanzó bien y tuvo suerte, de manera que Smoke pudo agarrarla. Mostró la intención de salir del surco a pulso, avanzando primero una mano y luego la otra por la cuerda. Pero Carson, que había vuelto a asegurar la cuerda alrededor de su cintura, lo detuvo.
—Átatela también —le ordenó.
—Si caigo, te arrastraré conmigo —objetó Smoke.
El hombrecillo se mostró autoritario.
—Cállate —ordenó—. El sonido de tu voz basta para provocar el derrumbe.
—Pero si caigo… —empezó a decir Smoke.
—¡Que te calles! No te vas a caer. Haz lo que te digo. Eso es, por las axilas. Átala. Vamos, en marcha. Empieza a moverte, pero con cuidado. Yo iré recogiendo la cuerda. Tú ocúpate solo de avanzar. Eso es. Despacio. Con cuidado.
A Smoke le faltaban aún algo más de tres metros cuando dio comienzo el hundimiento final del puente. Sin ruido, a tirones, la inclinación empezó a aumentar.
—¡Rápido! —ordenó Carson, recogiendo poco a poco la cuerda sobrante que la prisa de Smoke le dejaba.
Cuando se produjo la fractura, los dedos de Smoke agarraron la dura superficie del muro de la grieta, al tiempo que su cuerpo fue arrastrado hacia atrás por el puente que caía. Carson, sentado muy erguido, con los pies separados y bien clavados en el hielo, tiró de la cuerda. El esfuerzo acercó a Smoke a la pared lateral, pero sacó a Carson de su hueco. Se dio la vuelta con la agilidad de un gato y, como un loco, buscó un asidero en el hielo mientras resbalaba hacia abajo. Por debajo de él, separado por doce metros de cuerda tirante, Smoke se agarraba con el mismo desenfreno y, antes de que el rugido procedente del fondo anunciase la llegada del puente, los dos habían encontrado apoyo. Carson lo había logrado antes y la fuerza con la que pudo tirar de la cuerda había ayudado a Smoke a detenerse.
Ambos ocupaban huecos poco profundos, pero el de Smoke era tan superficial que, por mucho que intentaba pegarse bien a la pared y sujetarse, habría continuado resbalado de no ser por la leve ayuda de la cuerda. Se encontraba en el borde de un abultamiento y no podía ver lo que había por debajo de él. Transcurrieron varios minutos, durante los que evaluaron la situación y avanzaron en el aprendizaje del arte de agarrarse a un hielo húmedo y resbaladizo. El hombrecillo fue el primero en hablar.
—¡Jo! —dijo. Y un minuto después—: Si puedes agarrarte bien durante un instante y soltar un poco la tensión de la cuerda, me daré la vuelta. Inténtalo.
Smoke hizo el esfuerzo y luego volvió a depender de la cuerda.
—Puedo hacerlo —respondió—. Avisa cuando estés listo. Y date prisa.
—A menos de un metro por debajo tengo un punto de apoyo para los talones —dijo Carson—. No tardaré nada. ¿Preparado?
—Adelante.
Fue complicado dejarse resbalar un metro, darse la vuelta y sentarse, pero a Smoke le resultó mucho más difícil permanecer pegado a la pared y mantener una posición que exigía cada vez más a sus músculos. Empezaba a sentir el casi perceptible principio de un resbalón cuando la cuerda se tensó y, al levantar la cabeza, vio el rostro de su compañero. Smoke se fijó en la lividez amarillenta de la piel bronceada cuando la sangre la abandona y se preguntó qué cara tendría él. Pero cuando vio a Carson, con los dedos temblorosos, tanteando en busca de su cuchillo de monte, decidió que el fin había llegado. Al hombre le había entrado el miedo e iba a cortar la cuerda.
—No te preocupes —parloteó el hombrecillo—. No tengo miedo. Son los condenados nervios. Enseguida se me pasa.
Smoke lo observó. Estaba doblado, con los hombros entre las rodillas, temblando, incómodo, sujetando la ligera tensión de la cuerda con una mano mientras con la otra abría agujeros en el hielo a cuchillazos para encajar los talones.
—Carson —le dijo, mirando hacia arriba—, eres como un oso, fuerte y valiente como un oso.
La sonrisa de respuesta resultó triste y digna de lástima.
—Nunca he soportado las alturas —confesó Carson—. Siempre me han superado. ¿Te importa que me detenga un minuto para tranquilizarme? Luego haré más profundos los agujeros para los talones y así podré tirar de ti hacia arriba.
El corazón de Smoke se llenó de afecto.
—Mira, Carson, lo que tienes que hacer es cortar la cuerda. No conseguirás subirme y no tiene sentido que muramos los dos. Puedes hacerlo con el cuchillo.
—¡Cállate! —respondió en tono herido—. ¿Quién está al mando aquí?
Smoke se dio cuenta de que enfadarse había ayudado al otro a recuperar la calma. En cuanto a él, permanecer pegado a aquella pared de hielo sin otra cosa que hacer, excepto mantenerse pegado a ella, era el esfuerzo más estresante y angustioso que había hecho en su vida.
Un gruñido y el veloz: «¡Agárrate!» sirvieron de advertencia. Con el rostro apretado con fuerza contra el hielo, hizo un esfuerzo supremo por agarrarse, sintió que la cuerda se aflojaba y supo que Carson resbalaba hacia él. No se atrevió a mirar hacia arriba hasta que sintió que la cuerda se tensaba porque el otro se había detenido por fin.
—Jo, qué poco ha faltado —parloteó Carson—. He resbalado más o menos un metro Espera. Tengo que hacer agujeros nuevos. Si este maldito hielo no se derritiera con tanta rapidez, todo iría sobre ruedas.
Soportando con la mano izquierda los pocos kilos de tensión en la cuerda que Smoke necesitaba, el hombrecillo acuchillaba y rompía el hielo con la derecha. Así estuvo diez minutos.
—Bueno, te diré lo que he hecho —llamó Carson desde arriba—. He hecho agujeros para tus talones y tus manos a mi lado. Yo iré tirando despacio de la cuerda y tú subirás agarrándote bien y sin precipitarte. Pero, antes de nada, te sujetaré con la cuerda para que puedas librarte de la mochila, ¿de acuerdo?
Smoke asintió y desabrochó las correas de su mochila con un cuidado infinito Luego movió los hombros para librarse de ella y Carson la vio resbalar sobre el abultamiento y perderse de vista.
—Ahora me quitaré yo la mía —dijo—. Espera un segundo.
Cinco minutos después comenzó la pelea por ascender. Smoke, tras secarse las manos en el interior de las mangas, se concentró en subir pegado, aferrado, adherido, agarrado, siempre sostenido y ayudado por el tirón de la cuerda. Solo, jamás habría podido avanzar. A pesar de sus músculos, debido a los veinte kilos de más que pesaba, no podía adherirse al hielo tanto como Carson. Cuando había ascendido un tercio de la distancia total, en el punto en el que la pendiente era más empinada y el hielo estaba menos erosionado, sintió que la tensión de la cuerda disminuía. Se movió cada vez más despacio. Allí no tenía donde detenerse y quedarse quieto. Ni el más desesperado de los esfuerzos podría evitar que llegase el momento de pararse y ya notaba que empezaba a resbalar hacia abajo.
—Resbalo —gritó hacia arriba.
—Yo también —fue la respuesta que Carson le dio sin dejar de apretar los dientes.
—Pues corta la cuerda.
Smoke notó que la cuerda se tensaba en un vano esfuerzo y luego el ritmo de su descenso aumentó. Al tiempo que dejaba atrás el punto donde se había sujetado al principio y resbalaba por encima del abultamiento, el último vistazo que pudo echarle a Carson se lo mostró girado de nuevo cara al hielo, moviendo frenéticamente manos y pies para intentar superar la fuerza que lo arrastraba hacia abajo. Para sorpresa de Smoke, al superar el abultamiento no se precipitó al vacío. La cuerda lo contuvo mientras resbalaba por una pendiente más empinada, cuya inclinación remitió rápidamente y le permitió detenerse en otro pequeño hueco, situado al borde de otro abultamiento. Ya no veía a Carson, que estaba aposentado en el lugar que antes había ocupado Smoke.
—¡Jo! —Oyó estremecerse a Carson—. ¡Jo!
Se hizo el silencio durante unos minutos y luego Smoke sintió que la cuerda se agitaba.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Más agujeros para manos y pies —fue la temblorosa respuesta—. Tú espera. Te subiré hasta aquí en un periquete. No te preocupes por mi forma de hablar, es que estoy nervioso. Pero no pasa nada. Espera y verás.
—Me sujetas a pulso —objetó Smoke—. Antes o después, con el hielo derritiéndose acabarás por resbalar conmigo. Lo que tienes que hacer es cortar la cuerda. ¿Me oyes? No tiene sentido que caigamos los dos. ¿Entiendes? Eres el hombrecillo más grande de la creación y has hecho todo cuanto podías. Corta la cuerda.
—Que te calles. Esta vez haré los agujeros lo bastante profundos como para que retengan a un tronco de caballos.
—Ya llevas mucho tiempo sosteniéndome —insistió Smoke—. Suéltame.
—¿Cuántas veces he tirado de ti hacia arriba? —preguntó el otro con agresividad.
—Varias y demasiadas. No has dejado de perder terreno.
—Pero mientras tanto he ido aprendido cómo se hace esto. Pienso seguir sosteniéndote hasta que salgamos de aquí. ¿Te vale? Cuando Dios decidió que yo fuera un peso ligero, creo que sabía lo que hacía. Y ahora cierra el pico, que estoy ocupado.
Transcurrieron varios minutos en silencio. Smoke oía los golpes metálicos del cuchillo y algunas esquirlas de hielo superaban el abultamiento y llegaban hasta él. Sediento, agarrado con pies y manos, atrapaba los fragmentos con la boca y los derretía hasta convertirlos en agua, que luego tragaba.
Oyó un grito ahogado que acabó en gemido de desesperación, sintió que la cuerda se aflojaba y se agarró con más fuerza aún. La cuerda volvió a tensarse de inmediato. Forzando la vista hacia arriba, a lo largo de la empinada pendiente, miró fijamente un momento y enseguida vio que el cuchillo, con la punta por delante, superaba el borde del abultamiento y resbalaba en dirección a él. Separó un poco la mejilla para formar una especie de bolsillo con el que detenerlo, se encogió debido al dolor del corte, apretó la mejilla con fuerza y sintió que el cuchillo se detenía.
—Soy un idiota —se quejó Carson desde arriba.
—Anímate, lo tengo yo —respondió Smoke.
—¡Oye, espera! Tengo un montón de cordel en el bolsillo. Lo dejaré caer hacia ti, atas el cuchillo y yo lo recupero.
Smoke no contestó. Estaba peleándose con una idea repentina.
—¡Eh, tú! Ahí te va el cordel. Avisa cuando te llegue.
Una pequeña navaja de bolsillo, atada al extremo del cordel para actuar como peso, se acercó resbalando sobre el hielo. Smoke la cogió, la abrió realizando un esfuerzo enorme con los dientes y una mano y comprobó que la hoja estaba afilada. Luego ató el cuchillo de caza al cordel.
—¡Ya puedes tirar! —gritó.
Tenso, observó el avance hacia arriba del cuchillo. Pero vio algo más: un hombrecillo, asustado e indómito, que temblaba y parloteaba, cuya cabeza daba vueltas por el vértigo, que dominaba sus reparos y sufrimientos y se portaba como un héroe. Desde que conoció a Shorty, Smoke nunca había apreciado tan rápidamente a un hombre. Era un auténtico comedor de carne, entusiasta de la amistad, generoso hasta la destrucción, con un valor que ni el peor de los miedos lograba afectar. Después estudió la situación con sangre fría. No podrían salvarse los dos. Poco a poco iban resbalando hacia el corazón del glaciar y era su peso, mayor que el del otro, lo que arrastraba al hombrecillo, capaz de pegarse al hielo como una mosca. Si estuviese solo, él sí podría salvarse.
—¡Bravo! —La voz resbaló sobre el hielo y superó el abultamiento—. Ahora saldremos de aquí en dos patadas.
La lucha por mostrar alegría y esperanza que se apreciaba en la voz de Carson terminó por decidir a Smoke.
—Escúchame —dijo, muy serio, intentando en vano apartar de su cabeza la imagen de Joy Gastell—. Te he enviado el cuchillo para que puedas salvarte. ¿Lo entiendes? Voy a cortar la cuerda con la navaja. O se salva uno o morimos los dos. ¿Lo entiendes?
—Los dos o ninguno —contestó el otro con voz dura, aunque temblorosa—. Si aguantas un minuto más…
—Ya he aguantado demasiado. Yo no estoy casado. No me espera una mujer delgada y adorable ni hijos ni manzanos. ¿Me oyes? ¡Tú lucha por subir y salir de esta!
—¡Espera! ¡Por el amor de Dios, espera! —gritó Carson—. ¡No puedes hacerlo! Dame la oportunidad de sacarte de ahí. Tranquilízate, amigo. Lo conseguiremos. Ya lo verás. Haré unos agujeros capaces de aguantar con el peso de una casa y de un establo.
Smoke no contestó. Despacio, con delicadeza, fascinado por lo que estaba haciendo, cortó con la navaja hasta que uno de los tres cabos de la cuerda se soltó con un estallido.
—¿Qué haces? —Carson gritó desesperado—. Si la cortas, nunca te lo perdonaré. ¡Nunca! Te repito que los dos o ninguno. Saldremos de esta. ¡Espera! ¡Por el amor de Dios!
Smoke, mirando fijamente al cabo cortado, que tenía a diez centímetros de sus ojos, fue consciente de la debilidad que produce el miedo. No quería morir, el brillante abismo que se abría a sus pies le daba pánico y su asustado cerebro se agarraba a un optimismo absurdo con tal de retrasar el momento. Fue el miedo lo que lo impulsó a ceder.
—Está bien —gritó hacia arriba—. Esperaré. Haz lo que puedas. Pero te lo advierto, Carson, si volvemos a resbalar los dos, cortaré la cuerda.
—¡Ja! Olvídalo. Cuando nos pongamos en marcha, amigo, no dejaremos de ascender. Soy como una lapa. Podría mantenerme pegado a esta pared aunque fuera el doble de empinada. Ya casi tengo un agujero lo bastante grande para un talón. Ahora cállate y déjame trabajar.
Los minutos transcurrieron con lentitud. Smoke concentró su alma en el leve dolor que le producía un padrastro de uno de sus dedos. Decidió que tenía que habérselo cortado aquella mañana, porque ya le molestaba entonces, y resolvió cortárselo de inmediato en cuanto saliera de aquella grieta. Luego, enfocó la mirada en el dedo y el padrastro y asimiló la realidad. Dentro de un minuto, o de unos pocos, ese padrastro y ese dedo, bien articulado y eficaz, podrían formar parte de un cadáver destrozado sobre el fondo de la grieta. Consciente de su miedo, se odió a sí mismo. Los que comían carne de oso estaban hechos de un material más duro. Enfadado y sublevado, atacó la cuerda con la navaja. Pero el miedo lo llevó a retirar la mano y a agarrarse de nuevo, temblando y sudando, a la ladera resbaladiza. Intentó atribuir la causa de sus temblores al hecho de que estaba empapado debido al contacto con el hielo derretido, pero en el fondo sabía que no era cierto.
Un grito ahogado, un gemido y el brusco aflojamiento de la cuerda lo pusieron en guardia. Empezó a resbalar. Se movía despacio. La cuerda se tensó con lealtad, pero él continuó deslizándose hacia abajo. Carson no podía retenerlo y resbalaba con él. Buscó apoyo con el dedo del pie que tenía más adelantado, pero encontró el vacío y supo que iba a caer de inmediato. También supo que al cabo de un instante su cuerpo, al caer, arrastraría a Carson.
A ciegas, desesperadamente, su vitalidad y amor a la vida fueron vencidos en un segundo por la estremecedora percepción del bien y el mal, acercó la navaja a la cuerda, vio cómo se rompían los cabos, sintió que resbalaba a mayor velocidad y cayó.
Nunca supo lo que ocurrió después. No perdió la consciencia, pero todo ocurrió demasiado rápido y fue algo inesperado. En lugar de matarse en la caída, sus pies chocaron contra una superficie líquida casi de inmediato y acabó sentado, violentamente, en un charco de agua helada casi hasta el cuello. Su primera impresión fue que la grieta era menos profunda de lo que había imaginado y que había llegado al fondo sano y salvo. Pero enseguida se desengañó. La pared quedaba a algo más de tres metros de distancia. Se encontraba en una hoya formada en un saliente de la pared de hielo por el agua del deshielo que goteaba y provocaba un reguero desde el abultamiento superior, a tres metros por encima de él. Eso había formado la hoya. Donde él estaba sentado, el agua tenía medio metro de profundidad y quedaba a la altura del borde. Miró por encima del borde y vio el estrecho abismo que se precipitaba a lo largo de un par de cientos de metros hasta el torrente espumeante del fondo.
—¿Por qué lo has hecho? —oyó a Carson gemir desde arriba.
—Escucha —contestó—. Estoy sano y salvo, sentado en un charco de agua hasta el cuello. Y aquí están también nuestras mochilas. Me voy a sentar sobre ellas. Aquí hay sitio para media docena de personas. Si resbalas, mantente pegado a la pared y aterrizarás sin problemas. Pero será mejor que subas y salgas de la grieta. Vete a la cabaña. Hay alguien allí. Vi el humo. Consigue una cuerda o cualquier cosa que sirva para hacer una, vuelve y péscame.
—¿En serio? —preguntó Carson, incrédulo.
—Palabra de honor. Vamos, date prisa o me moriré de frío.
Smoke se protegió del frío abriendo una ranura en el borde con el talón de su bota Cuando había logrado drenar toda el agua de la hoya, la lejana voz de Carson le anunció que había llegado arriba.
Después, Smoke se ocupó de secar la ropa. Los rayos del sol de media tarde caían templados sobre él, por lo que se desnudó y extendió las prendas a su alrededor. La caja en la que guardaba las cerillas era impermeable, así que manipuló y secó suficiente tabaco y papel de arroz para hacerse unos cigarrillos.
Dos horas después, desnudo, encaramado a las dos mochilas y fumando, oyó una voz que lo llamaba desde arriba y que identificó al instante.
—¡Smoke! ¡Smoke!
—Hola, Joy Gastell —devolvió el saludo—. ¿De dónde has salido?
—¿Estás herido?
—No tengo ni un rasguño.
—Mi padre está haciendo descender la cuerda. ¿La ves?
—Sí. Ya la tengo —respondió—. Pero esperad un par de minutos, por favor.
—¿Qué pasa? —inquirió Joy en tono preocupado al cabo de un rato—. Oh, ya sé, estás herido.
—No, que no. Me estoy vistiendo.
—¿Que te estás vistiendo?
—Sí. He estado nadando un rato. Ya está. ¿Listos? ¡Tirad!
Primero envió las dos mochilas, recibió una bronca de Joy Gastell y en el segundo viaje salió de allí.
Joy Gastell lo miró emocionada mientras su padre y Carson se ocupaban de recoger la cuerda.
—¿Cómo fuiste capaz de soltarte de esa forma tan magnífica? —preguntó—. Ha sido… ha sido impresionante.
Smoke desdeñó el cumplido con un gesto de la mano.
—Lo sé todo —insistió ella—. Carson me lo contó. Te sacrificaste para salvarlo.
—De eso nada —mintió Smoke—. Desde el principio pude ver que había una piscina justo debajo de mí.