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jack london

el hijo del agua

Atendía con desgana al interminable cántico del viejo Kohokumu sobre las hazañas y aventuras de Maui, el semidiós prometeico de la Polinesia, quien pescó la tierra seca de las profundidades oceánicas con unos anzuelos asegurados al cielo, elevó el cielo bajo el que previamente los hombres se habían movido a cuatro patas porque no tenían espacio para andar erguidos, y atrapó al sol, con sus dieciséis rayos, para que permaneciera quieto y después aceptase cruzar el cielo más despacio. Porque el sol era un sindicalista que creía en un día de seis horas y Maui estaba a favor de una jornada de doce.
—Esto —continuó Kohokumu— pertenece al mele familiar de la reina Liliuokalani:
Maui, descontento, luchó contra el sol
con un lazo hecho por él.
El invierno ganó al sol,
pero Maui ganó el verano…
He nacido en las islas y conozco los mitos hawaianos mejor que ese viejo pescador, aunque no poseo su capacidad para memorizar, que le permitía recitar sus cánticos durante infinitas horas.
—¿Y crees todo eso? —pregunté en la dulce lengua hawaiana.
—Ocurrió hace mucho —reflexionó—. No he visto a Maui con mis propios ojos. Pero nuestros ancianos, desde muy antiguo, nos cuentan estas cosas y yo, que soy anciano, se las cuento a mis hijos y nietos, quienes se las contarán a sus hijos y nietos, y siempre será así.
—¿Crees —insistí— esa trola de que Maui atrapó al sol con un lazo y esa otra bola según la que elevó el cielo y lo alejó de la tierra?
—Valgo poco y no soy sabio, Lakana —respondió mi pescador—. Pero he leído la biblia hawaiana que los misioneros tradujeron y allí se decía que vuestro Gran Hombre al principio creó la tierra, el cielo, el sol, la luna, las estrellas, todos los animales, desde los caballos a las cucarachas y desde los ciempiés a los mosquitos pasando por los piojos de mar y las medusas, el hombre y la mujer y todo lo demás en solo seis días. Maui no hizo tanto. Él no creó nada. Solo puso las cosas en orden, nada más, y le llevó mucho tiempo conseguir esas mejoras. En cualquier caso, es más fácil y más razonable creer una trola pequeña que una grande.
¿Qué podía responder ante eso? Me había ganado en sensatez. Además, me dolía la cabeza. Y lo curioso, según me admití a mí mismo, era que la evolución nos enseña, con total seguridad, que el hombre anduvo a cuatro patas antes de erguirse, la astronomía afirma claramente que la velocidad del movimiento terrestre sobre su eje ha disminuido a un ritmo constante, incrementando la duración de los días, y los sismólogos aceptan que todas las islas de Hawái surgieron del fondo oceánico debido a la actividad volcánica.
Por suerte, me fijé en que un palo de bambú, que flotaba en la superficie a unos metros de distancia, se había sumergido de repente por un extremo y bailaba sin parar. Eso nos distrajo de aquella conversación inútil y Kohokumu y yo hundimos los remos en el agua y acercamos la pequeña canoa con batanga al palo bailarín. Kohokumu agarró el sedal que estaba atado al extremo del palo y lo fue recogiendo hasta que un uki-kiki de medio metro, sin dejar de luchar fieramente hasta el final, recibió la luz del sol sobre sus escamas plateadas y dibujó un tatuaje en el fondo de la canoa. Kohokumu cogió un pulpo viscoso que no paraba de retorcerse, le arrancó con los dientes un pedazo de cebo vivo, colocó el cebo en el anzuelo y lanzó el sedal y la plomada al agua. El palo flotó en la superficie del agua y la canoa se alejó despacio. Tras contemplar la medialuna formada por una veintena de palos iguales, todos flotando, Kohokumu se limpió las manos en sus costados desnudos y se concentró en el tedioso cántico, con varios siglos de antigüedad, dedicado a Kuali:
¡Oh, el gran anzuelo de Maui!
Manai-i-ka-lani ¡asegurado al cielo!
Una cuerda torcida en la tierra ata el anzuelo,
que traga el altivo Kauiki.
Como cebo un alae de pico rojo,
el ave sagrada de Hina.
Se hunde en lo más profundo de Hawái,
lucha y muere con dolor.
La tierra bajo el agua queda atrapada,
y flota y asciende hasta la superficie.
Pero Hiña ha escondido un ala del ave
y rompe la tierra bajo el agua.
Abajo, el cebo se suelta
y los peces lo devoran de inmediato,
los ulua de las profundidades fangosas.
Su voz envejecida sonaba ronca y áspera debido al exceso de cerveza aguada que había bebido la noche anterior durante un funeral, lo que no contribuía a hacerla menos irritante. Me dolía la cabeza. El resplandor del sol sobre el agua afectaba a mis ojos y, además, el movimiento de la batanga en el mar me mareaba. El aire estaba estancado. A sotavento de Waihee, entre la blanca playa y el arrecife, ni un soplo de brisa aliviaba el bochorno. Creo que me sentía demasiado mal para tomar la decisión de abandonar la pesca y volver a la orilla.
Tumbado boca arriba con los ojos cerrados, perdí la noción del tiempo. Incluso olvidé que Kohokumu canturreaba hasta que me di cuenta porque guardó silencio. Una exclamación me hizo abrir los ojos a la cuchillada del sol. Miraba hacia abajo a través de un cristal para ver en el agua.
—Es de los grandes —dijo, me pasó el artilugio y se dejó caer de pie por la borda.
Se hundió sin salpicar ni formar ondas, se dio la vuelta y nadó hacia abajo. Seguí su avance a través del cristal para ver en el agua, que es una simple caja rectangular de treinta centímetros de largo, abierta por arriba y con el fondo sellado y estanco, en el que hay una hoja de cristal normal y corriente.
Kohokumu era un pesado y yo estaba harto de él por su locuacidad, pero no pude dejar de admirarlo mientras lo observaba descender. Tenía más de setenta años, era delgado como un fideo y estaba arrugado como una momia, sin embargo, estaba haciendo algo que pocos atletas jóvenes de mi raza harían o podrían hacer. El fondo quedaba a unos doce metros. Allí, dejándose ver en parte, aunque casi todo oculto bajo un coral, distinguí su objetivo. Con su buena vista había localizado el tentáculo de un pulpo. Mientras nadaba, el tentáculo se ocultó por completo y no quedó rastro de la criatura. Pero tan breve visión de un fragmento de un solo tentáculo le había bastado para saber que el pulpo era de los grandes.
La presión a una profundidad de doce metros no es una broma para un joven, pero no parecía molestar a aquel vejestorio. Estoy seguro de que nunca pensó que algo pudiese molestarle. Desarmado, desnudo excepto por un pequeño malo o taparrabos, no se arredró ante la formidable criatura que constituía su presa. Lo vi asegurarse con la mano derecha sobre el coral e introducir el brazo izquierdo hasta el hombro en el agujero. Transcurrió medio minuto, durante el que pareció tantear y rebuscar con la mano izquierda. Luego emergieron un tentáculo tras otro, llenos de ventosas y agitándose desenfrenados. Agarrados al brazo, se retorcían y se enroscaban en la carne como si fuesen serpientes. Tras un tirón, surgió el pulpo entero.
Pero el anciano no tenía prisa por salir a su elemento natural, el aire de la superficie. Allí, a doce metros de profundidad, envuelto en un pulpo que medía casi tres metros desde la punta de un tentáculo a la punta del otro y que bien podría ahogar al nadador más resistente, con calma y como si nada hizo la única cosa que le daba poder sobre aquel monstruo. Introdujo el rostro delgado y parecido al de un halcón en el centro de la masa viscosa que no paraba de retorcerse y, con sus dientes envejecidos, le pegó un bocado al corazón y la vida del problema. Después ascendió despacio, como los nadadores que deben adaptarse al cambio atmosférico tras bajar a las profundidades. Al costado de la canoa, aún en el agua y mientras se libraba de aquella cosa horripilante pegada a él, el incorregible pecador se lanzó a cantar el pule de triunfo que han entonado incontables generaciones de pescadores de pulpos antes que él:
¡Oh, Kanaloa de las noches de tabú,
mantente erguido sobre el suelo firme!
De pie, en el suelo donde yace el pulpo,
de pie, para sacar al pulpo del mar profundo.
¡Álzate, Kanaloa!
Permite que el pulpo despierte,
permite que el pulpo extienda sus…
Cerré ojos y oídos, y ni siquiera le ofrecí ayuda, completamente seguro de que podría subir solo a la inestable embarcación sin el más mínimo riesgo de hacerla volcar.
—Un pulpo de los buenos —canturreó—. Es un pulpo wahine. Ahora te cantaré la canción del cauri, ese cauri rojo que usábamos como cebo para el pulpo…
—Tu comportamiento de anoche en el funeral fue vergonzoso —interrumpí—. Me lo han contado. Hiciste mucho ruido. Cantaste hasta dejarlos sordos a todos. Insultaste al hijo de la viuda. Bebiste como un cerdo. La cerveza no es buena para alguien de tu edad. Un día te matará. Hoy deberías estar hecho un desastre por…
—¡Ja! —se rio—. Y tú, que no bebiste, que no habías nacido cuando yo ya era viejo, que anoche te fuiste a la cama con el sol y las gallinas, tú sí que estás hecho un desastre. Explícamelo. Mis oídos tienen tantas ganas de escuchar como anoche mi garganta tenía ganas de beber. Pero hoy estoy, mírame bien, como decía ese inglés que llegó en su yate, estoy en buena forma, en la mejor de las formas.
—Me rindo —contesté, encogiéndome de hombros—. Solo hay una cosa cierta y es que el demonio no te quiere. Ya se ha enterado de cómo cantas.
—No —meditó su idea con calma—. No es por eso. El diablo se alegrará cuando yo llegue, porque sé buenas canciones y le contaré escándalos y cotilleos de los aliis que lo harán partirse de risa. Así que deja que te cuente el secreto de mi nacimiento. El mar es mi madre. Nací en una canoa doble, durante una tormenta de kona, en el canal de Kahoolawe. De mi madre, el mar, he recibido la fuerza. Siempre que regreso a sus brazos, a su seno, como he hecho hoy, recupero fuerzas de inmediato. Para mí, ella es alimento, fuente de vida…
«¡Este se cree que es Anteo!», pensé yo.
—Algún día —continuó Kohokumu—, cuando sea muy viejo, me incluirán en la lista de hombres ahogados en el mar. Pero no será verdad. Lo cierto es que habré regresado a los brazos de mi madre, para descansar en el centro de su seno hasta que renazca, momento en el que emergeré a la luz del sol, joven y esplendoroso, como el propio Maui cuando era un muchacho.
—Que extraña religión la tuya —comenté.
—En mi juventud me hice un lío con religiones más extrañas —contestó el viejo Kohokumu—. Pero escucha, joven sabio, mi sabiduría de anciano. Esto es lo que sé: a medida que me hago viejo, busco menos la verdad fuera de mí y la descubro en mi interior. ¿Por qué se me ha ocurrido eso de regresar a mi madre y renacer de ella al sol? Tú no lo sabes. Yo no lo sé. Pero, sin habérsela oído a nadie y sin leerla en ningún sitio, sin que nada la dictase, esa idea surgió en mi interior, que es tan profundo como el mar. No soy un dios. No creo cosas. Por lo tanto, yo no he creado esa idea. No sé quienes son su padre ni su madre. Viene de tiempos muy anteriores a mí y por eso es verdad. El hombre no crea verdad. El hombre, si no está ciego, solo reconoce la verdad cuando la ve. ¿Esa idea que he pensado es un sueño?
—Tal vez tú seas un sueño —me reí—. Y yo, el cielo, el mar y la tierra dura como el hierro seamos sueños también.
—Eso lo he pensado a menudo —me aseguró, muy serio—. Podría ser. Anoche soñé que era una alondra, una alondra cantarina del cielo, como las de los pastos de las tierras altas de Haleakala. Y volaba hacia las nubes, muy alto, cantando, siempre cantando, como el viejo Kohokumu no ha cantado nunca. Te digo que soñé que era una alondra que cantaba en el cielo. Pero ¿no es posible que yo, el yo auténtico, sea en realidad la alondra? Y este relato ¿no podría ser el sueño que yo, la alondra, estoy soñando ahora? ¿Quién eres tú para decir sí o no? ¿Te atreves a decirme que no soy una alondra que sueña que es el viejo Kohokumu?
Me encogí de hombros y él continuó hablando, con aire de triunfo.
—¿Y cómo sabes que no eres el viejo Maui en persona, dormido y soñando que eres John Lakana y que estás charlando conmigo en una canoa? ¿Acaso no podrías despertarte siendo Maui, rascarte los costados y contar que has tenido un sueño extraño, en el que eras un haole?
—No lo sé —admití—. Además, no me creerías.
—Los sueños cuentan mucho más de lo que sabemos —me aseguró con gran solemnidad—. Los sueños profundizan y llegan hasta antes del principio. ¿Es que Maui no pudo soñar que sacaba Hawái del fondo del mar? Entonces, ¿la tierra de Hawái sería un sueño y el pulpo y yo seríamos solo una parte del sueño de Maui? ¿Y también la alondra?
Suspiró y hundió la cabeza en su pecho.
—Y yo me preocupo por los secretos que permanecen sin descubrir —continuó—, hasta que me canso y quiero olvidar, por lo que bebo, me voy de pesca, canto canciones viejas y sueño que soy una alondra que canta en el cielo. Eso es lo que más me gusta y, cuando he bebido mucho, suelo soñarlo.
Abatido, cogió el cristal y estudió el fondo de la laguna.
—No picarán más durante un tiempo —anunció—. Hay tiburones merodeando y tendremos que esperar a que se vayan. Para que la espera no se nos haga larga, te cantaré la canción para acarrear canoas de Lono. Seguro que la recuerdas:
Dame el tronco del árbol, ¡oh, Lono!
Dame la raíz del árbol, ¡oh, Lono!
Dame el fruto del árbol, ¡oh, Lono!
—Por el amor de Dios, ¡no cantes! —interrumpí—. Me duele la cabeza y tus canciones me molestan. Puede que hoy estés en la mejor de las formas, pero tienes la garganta destrozada. Prefiero que hables sobre los sueños o me cuentes alguna trola.
—Es una pena que te encuentres mal, siendo tan joven —comentó en tono alegre—. Así que no cantaré más. Te contaré algo que no sabes y nunca has oído, que no es un sueño ni una trola, sino algo que yo sé que ha ocurrido. No hace mucho vivía aquí, en la playa junto a esta misma laguna, un niño llamado Keikiwai, que, como sabes, significa hijo del agua. En verdad era hijo del agua. Sus dioses eran el mar y los dioses peces y había nacido sabiendo el lenguaje de los peces, de lo que los peces no se enteraron hasta que los tiburones lo descubrieron un día, cuando lo oyeron hablarlo.
»Te diré cómo ocurrió. Llegaron unos mensajeros para avisar de que el rey estaba de viaje por la isla y, al día siguiente, los habitantes de Waihee debían servirle un luau. Cuando el rey viajaba, los habitantes de las aldeas pequeñas siempre pasaban apuros para llenar de comida los muchos estómagos de su séquito. Porque siempre lo acompañaban su esposa y las mujeres que la atendían, los sacerdotes y hechiceros, los bailarines, flautistas y cantantes de hula, los luchadores y criados, y sus jefes con sus propias esposas, hechiceros, luchadores y criados.
»A veces, en lugares pequeños como Waihee, después de su paso surgían la hambruna y la escasez. Pero al rey siempre hay que darle de comer y no es bueno enfadarlo. Así que Waihee recibió el aviso de su llegada como quien recibe la advertencia de que se acerca un desastre y todos los recolectores de alimentos, en la tierra, la laguna, la montaña y el mar, se afanaron por reunir provisiones para el festín. Había de todo, desde el mejor taro hasta cañas de azúcar para asar, desde opihis a limu, desde aves hasta cerdos salvajes y cachorros alimentados con poi. Todo, excepto una cosa. Los pescadores no lograron llevar langostas.
»Ten en cuenta que la langosta era el alimento preferido del rey. La valoraba por encima de cualquier kao-kao (comida) y sus mensajeros se habían ocupado de dejarlo claro. No había langostas y no es bueno enfadar a un rey por culpa de la comida. El problema era que en el interior del arrecife nadaban demasiados tiburones. Ya se habían comido a una niña y a un anciano. De los jóvenes que se atrevieron a sumergirse para pescar langostas, se comieron a uno, otro perdió un brazo y otro, una mano y un pie.
»Sin embargo, tenían a Keikiwai, el hijo del agua, que solo contaba once años, pero que era medio pez y hablaba el lenguaje de los peces. Los jefes acudieron a ver a su padre y le rogaron que enviase al hijo del agua a pescar langostas para llenar el estómago del rey y evitar su ira.
»Lo que ocurrió después lo vieron muchos y es verdad. Porque los pescadores y sus mujeres, los que cultivaban taro, los que cazaban aves y todos los jefes, Waihee entero, se acercaron a la roca en la que se detuvo el hijo del agua para mirar al fondo, lleno de langostas.
»Un tiburón alzó sus ojos brillantes, lo vio y emitió el aviso de “hay carne fresca” para reunir a todos los tiburones de la laguna. Los tiburones trabajan en equipo y por eso son tan fuertes. Respondieron a la llamada y en total se juntaron cuarenta: grandes, pequeños, delgados y gordos. Eran cuarenta y se decían entre ellos: “Mirad ese niño, qué exquisitez, es un delicioso bocado de dulce carne humana, sin la sal del mar, de la que tanta tenemos. Será sabroso y se derretirá en nuestro interior, mientras extraemos su dulzura”.
»También decían: “Ha venido por las langostas. Cuando se zambulla, será para uno de nosotros. No como el viejo que nos comimos ayer, seco por la edad, ni como los jóvenes de músculos endurecidos. Será tan tierno que se derretirá en nuestras gargantas, antes de llegar a nuestras barrigas. Cuando se zambulla, atacaremos todos a la vez y el afortunado que lo consiga se lo tragará de un bocado. Un solo bocado y acabará en la barriga del agraciado”.
»Keikiwai, el hijo del agua, entendió la conspiración porque conocía el lenguaje de los tiburones. Recitó una oración, en ese lenguaje, a Moku-halii, el dios tiburón, mientras los tiburones se hacían señas con las aletas y se guiñaban los ojos brillantes para indicar que entendían lo que decía. Entonces, el niño advirtió: “Ahora me zambulliré a pescar una langosta para el rey. Y no me ocurrirá mal alguno porque el tiburón con la aleta caudal más corta es mi amigo y me protegerá”.
»A continuación, cogió un pedazo de lava y lo lanzó al agua, provocando una gran salpicadura, a seis metros de él, hacia un lado. Los cuarenta tiburones se lanzaron hacia la salpicadura mientras él se zambullía y, para cuando comprendieron que se les había escapado, él había bajado hasta el fondo, regresado y salido del agua con una langosta enorme en la mano, una langosta wahine, llena de huevas, para el rey.
»—¡Ja! —exclamaron los tiburones, muy enfadados—. Entre nosotros hay un traidor. El dulce bocado, la exquisitez, ha hablado y dejado al descubierto a uno de nosotros, que lo ha salvado. ¡Vamos a medir nuestras aletas caudales!
»Lo hicieron formando una hilera, uno junto al otro. Los de las aletas más cortas hacían trampas y se estiraban para ganar longitud, mientras los de las aletas más largas también hacían trampas y se estiraban para que los otros no los sobrepasasen. Se enfadaron mucho con el de la aleta caudal más corta, se lanzaron sobre él y lo devoraron hasta que no quedó nada.
»Volvieron a escuchar, al tiempo que esperaban a que el hijo del agua se zambullese. Keikiwai entonó de nuevo su oración a Moku-halii en el lenguaje de los tiburones y luego dijo: “El tiburón con la aleta caudal más corta es mi amigo y me protegerá”. Otra vez lanzó un pedazo de lava a seis metros de distancia, pero en la otra dirección. Los tiburones se abalanzaron hacia la salpicadura, con las prisas tropezaron unos con los otros y salpicaron con sus aletas hasta que el agua se convirtió en espuma y resultaba imposible ver nada, de modo que todos pensaban que otro se estaba tragando a la exquisitez. Y el hijo del agua salió con otra langosta grande para el rey.
»Los treinta y nueve tiburones midieron sus aletas caudales y devoraron al que la tenía más corta, de modo que solo quedaron treinta y ocho. El hijo del agua continuó haciendo lo que ya te he contado, los tiburones continuaron haciendo lo que ya te contado y, por cada tiburón que sus hermanos se comían, el hijo del agua depositaba otra langosta para el rey sobre la roca. Claro que, cuando llegaba el momento de medir las aletas caudales, los tiburones discutían y armaban mucho jaleo, pero al final decidieron con justicia porque, cuando solo quedaron dos, eran los más grandes de los cuarenta.
»El hijo del agua volvió a decir que el tiburón con la aleta caudal más corta era su amigo, engañó a los dos tiburones con otro pedazo de lava y pescó otra langosta. Los dos tiburones afirmaron que el otro tenía la aleta más corta, lucharon por comerse el uno al otro y ganó el que tenía la aleta caudal más larga…
—¡Alto, Kohokumu! —interrumpí—. Recuerda que ese tiburón ya…
—Sé lo que vas a decir —me arrancó la palabra de la boca—. Y tienes razón. Le llevó mucho tiempo comerse al tiburón número treinta y nueve, porque en su interior estaban los otros diecinueve tiburones que se había comido antes, y dentro del tiburón número cuarenta estaban los diecinueve que se había tragado él, por lo que ya no tenía tanto apetito. Pero no olvides que era un tiburón muy grande.
»Le llevó tanto tiempo comerse al otro tiburón, y a los diecinueve que estaban dentro de él, que seguía comiendo cuando llegó la noche y la gente de Waihee regresó a casa con todas las langostas para el rey. A la mañana siguiente, encontraron al último tiburón muerto en la playa, reventado por haber comido tanto.
Kohokumu puso punto final y clavó sus astutos ojos en los míos.
—¡Alto, Lakana! —exclamó cuando vio que yo iba a hablar—. Ya sé lo que ibas a decir, que no lo he visto con mis propios ojos y que, por eso, no sé si lo que te he contado es verdad. Pero lo sé y puedo demostrarlo. El padre de mi padre conoció al nieto del tío paterno del hijo del agua. Además, allí, en esa punta rocosa a la que ahora señalo con mi dedo, es desde donde se zambulló el hijo del agua. Yo también me he zambullido allí para pescar langostas. Y a menudo he visto tiburones en esa zona. Y allí, en el fondo, lo sé bien porque los he visto y los he contado, están los treinta y nueve pedazos de lava que el hijo del agua lanzó, tal y como te he descrito.
—Pero… —empecé a decir.
—¡Ja! —me interrumpió de nuevo—. ¡Mira! Mientras hablábamos, los peces han empezado a picar otra vez.
Señaló tres palos de bambú que se habían hundido por un extremo y bailaban, anunciando que algún pez había tragado el anzuelo y luchaba por librarse de él. Mientras cogía el remo, murmuró para que yo lo oyera:
—Claro que lo sé. Los treinta y nueve pedazos de roca siguen ahí. Tú mismo puedes contarlos cuando te apetezca. Claro que lo sé y lo sé con total seguridad.