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jack london

el emplazamiento de tra-lí

Smoke y Shorty se cruzaron, procedentes de direcciones contrarias, en la esquina del bar Elkhorn. Smoke parecía contento y caminaba con energía, mientras que Shorty avanzaba despacio y encorvado, como si estuviera deprimido.
—¿A dónde vas? —preguntó Smoke con alegría.
—Ojalá lo supiera —fue la desconsolada respuesta—. Ojalá. No hay nada que me lleve a ninguna parte. He pasado dos horas de lo más aburridas jugando al póquer: no ocurrió nada interesante, ni grandes jugadas y me he quedado como estaba al empezar. Jugué una partida al mejor de cinco juegos de cribbage con Skiff Mitchell para ver quién pagaba las copas y ahora tengo tanta necesidad de hacer algo que ando deambulando por las calles para ver si me encuentro con una pelea de perros, una discusión o algo así.
—Yo tengo algo mejor entre manos —respondió Smoke—. Por eso te buscaba. Ven conmigo.
—¿Ahora?
—Claro.
—¿A dónde?
—Al otro lado del río, para hacerle una visita al viejo Dwight Sanderson.
—No he oído hablar de él —dijo Shorty en tono abatido—. Y nunca oí hablar de nadie que viviese al otro lado del río. ¿Por qué vive allí? ¿Es que está loco?
—Tiene algo que vender —se rio Smoke.
—¿Perros? ¿Una mina de oro? ¿Tabaco? ¿Botas de goma?
Smoke negó con la cabeza a cada una de las preguntas.
—Ven conmigo y lo descubrirás, porque voy a comprárselo para especular y, si quieres, puedes entrar a medias.
—¡No me digas que son huevos! —gritó Shorty con el rostro transfigurado por una mueca guasona y sarcástica.
—Ven conmigo —le dijo Smoke—. Te daré diez oportunidades de adivinarlo mientras cruzamos el río.
Descendieron el elevado terraplén de la orilla en el que terminaba la calle y salieron al Yukón helado. A algo menos de un kilómetro, justo enfrente, la otra orilla estaba formada por unos despeñaderos muy elevados y empinados. Hacia ellos se dirigía una senda poco recorrida que serpenteaba entre bloques de hielo rotos y situados en vertical. Shorty caminaba por detrás de Smoke, entretenido en intentar adivinar qué era lo que Dwight Sanderson tenía para vender.
—¿Renos? ¿Una mina de cobre? ¿Una fábrica de ladrillos? Esa es una opción. ¿Pieles de oso o cualquier otra clase de pieles? ¿Billetes de lotería? ¿Un rancho de patatas?
—Te vas acercando —lo animó Smoke—. Pero es mejor que todo eso.
—¿Dos ranchos de patatas? ¿Una fábrica de quesos? ¿Un criadero de musgo?
—No está mal, Shorty. Pero no se encuentra a mil quinientos kilómetros de distancia.
—¿Una cantera?
—Eso queda tan cerca como el criadero de musgo y el rancho de patatas.
—Espera, déjame pensar. Algo me imagino. —Trascurrieron diez minutos de silencio—. Oye, Smoke, no voy a usar la última oportunidad. Si eso que vas a comprar tiene algo que ver con un rancho de patatas, un criadero de musgo y una cantera, yo me rindo. Y no pienso formar parte del negocio hasta que lo vea bien clarito delante de mí. ¿Qué es?
—Dentro de nada verás las cartas sobre la mesa. Ahora ten la amabilidad de mirar hacia allí arriba. ¿Ves el humo que sale de esa cabaña? Ahí es donde vive Dwight Sanderson. Tiene el emplazamiento de una ciudad.
—¿Y qué más tiene?
—Nada más —se rio Smoke—. Excepto reumatismo. Creo que anda fastidiado.
—¡Oye! —Shorty extendió la mano, agarró con fuerza el hombro de su amigo y lo obligó a detenerse—. ¿No me estarás diciendo que vas a comprar el emplazamiento de una ciudad en este sitio olvidado de Dios?
—Has usado tu última oportunidad y has ganado. Vamos.
—Pero, espera un momento —rogó Shorty—. Míralo: solo hay despeñaderos, desprendimientos de tierra y ni un solo llano. ¿Dónde quieres poner la ciudad?
—Ni idea.
—Entonces, ¿no lo compras para levantar una ciudad?
—Pero Dwight Sanderson lo vende para levantar una ciudad —respondió Smoke, desconcertándolo aún más—. Vamos. Hay que subir por este desprendimiento.
La cuesta era empinada y una senda estrecha zigzagueaba para ascender como en una formidable escalera de Jacob. Shorty se quejó y gruñó debido a lo afilado de las rocas y a la terrible pendiente de algunos tramos.
—Piensa en lo que sería levantar aquí una ciudad. No hay un llano lo bastante grande como para pegar un sello de correos. Y no es el lado bueno del río. Las cargas y los porteos van por la otra orilla. Mira Dawson: hay sitio de sobra para cuarenta mil personas más. Oye, Smoke, tú eres un comedor de carne, eso ya lo sé. También sé que no lo compras para levantar una ciudad. Entonces, ¿para qué demonios vas a comprarlo?
—Para venderlo, por supuesto.
—Pero la gente no está tan loca como el viejo Sanderson y tú.
—Puede que no del mismo modo, Shorty. Compraré ese emplazamiento, lo dividiré en parcelas y se las venderé a mucha gente cuerda que vive en Dawson.
—¡Ja! Todo Dawson se sigue riendo de ti y de mí por lo de los huevos. Quieres que se rían aún más, ¿no?
—Por supuesto.
—Pero será condenadamente caro, Smoke. Te ayudé a hacerlos reír con los huevos y mi parte de las risas me costó casi nueve mil dólares.
—Está bien. No tienes que entrar en esto. Los beneficios serán todos para mí, pero tienes que ayudarme de todos modos.
—Te ayudaré y que se rían de mí tanto como quieran, pero esta vez no pongo ni una sola onza de oro. ¿Cuánto pide el viejo Sanderson? ¿Un par de cientos de dólares?
—Diez mil. Creo que podré sacarlo en cinco mil.
—Ojalá fuese clérigo —dijo Shorty con fervor.
—¿Para qué?
—Para predicar el más elocuente e impresionante sermón sobre un asunto que tú debes conocer bien: «El idiota y su dinero».
—Adelante —oyeron gritar con voz enfadada a Dwight Sanderson cuando llamaron a la puerta.
Se lo encontraron en cuclillas junto a una chimenea de piedra, machacando granos de café envueltos en un saco de harina.
—¿Qué queréis? —preguntó de malos modos al tiempo que vaciaba el café molido en la cafetera situada sobre los carbones junto al frente de la chimenea.
—Hablar de negocios —respondió Smoke—. Creo que tiene usted la concesión para establecer aquí una ciudad. ¿Cuánto pide por ella?
—Diez mil dólares —fue la respuesta—. Y ahora que te lo he dicho, puedes reírte y largarte. Ahí está la puerta. Adiós.
—Pero no quiero reírme. Se me ocurren muchas cosas más divertidas que subir ese despeñadero. Quiero comprar su emplazamiento.
—No me digas. Pues me alegro mucho. —Sanderson se acercó y se sentó de cara a sus visitantes, con las manos sobre la mesa, sin dejar de espiar la cafetera—. Ya te he dado mi precio y no me importa repetírtelo: diez mil. Puedes reírte o comprar, a mí me da igual.
Para mostrar su indiferencia, tamborileó con los nudosos nudillos sobre la mesa y se concentró en la cafetera. Un minuto después empezó a tararear un monótono «tra-la-ló, tra-la-lí, tra-la-ló, tra-la-lí».
—Escuche, señor Sanderson —dijo Smoke—, este emplazamiento no vale diez mil dólares. Si valiese eso, también podría valer cien mil. Si no vale cien mil, y usted sabe que no los vale, es que no vale ni diez centavos.
Sanderson continuó golpeteando y tarareando «tra-la-ló, tra-la-lí» hasta que el café hirvió. Lo atemperó con una taza de agua fría, lo apartó a un lado del hogar y volvió a su silla.
—¿Cuánto me ofreces? —le preguntó a Smoke.
—Cinco mil.
Shorty gruñó.
Se produjo otro intervalo de golpeteos y de tra-la-lós y tra-la-lís.
—No eres tonto —le dijo Sanderson a Smoke—. Dijiste que si no valía cien mil no valía ni diez centavos. Sin embargo, me ofreces cinco mil. Entonces es que vale cien mil.
—No podrá sacarle ni veinte centavos —contestó Smoke, indignado—. Ni aunque se quede aquí hasta que se pudra.
—Te los sacaré a ti.
—No, de eso nada.
—Pues me quedaré aquí hasta que me pudra —respondió Sanderson de forma terminante.
No prestó más atención a sus invitados y se dedicó a sus tareas culinarias como si estuviese solo. Tras calentar una cacerola de alubias y un pedazo de pan hecho con masa madre, puso la mesa para uno y empezó a comer.
—No, gracias —murmuró Shorty—. No tenemos hambre. Comimos antes de venir.
—A ver los papeles —dijo Smoke por fin.
Sanderson tanteó bajo la cabecera de su catre y sacó un paquete de documentos.
—Está todo aquí —dijo—. Este tan largo y que tiene tantos sellos ha venido desde Ottawa. No hay nada territorial. El Gobierno nacional de Canadá garantiza que estoy en posesión de este emplazamiento.
—¿Cuántas parcelas ha vendido en los dos años que hace que lo tiene? —preguntó Shorty.
—Eso no es asunto tuyo —respondió Sanderson de malos modos—. Ninguna ley prohíbe que un hombre viva solo en su propio emplazamiento, si eso es lo que quiere.
—Le doy cinco mil —dijo Smoke.
Sanderson negó con la cabeza.
—No sé quién está más loco —se lamentó Shorty—. Sal conmigo un minuto, Smoke. Tenemos que hablar.
Le mala gana, Smoke cedió a la insistencia de su socio.
—¿No se te ha ocurrido pensar que hay kilómetros y kilómetros de despeñaderos a ambos lados de este estúpido emplazamiento con los que puedes quedarte si los ubicas y los delimitas? —preguntó Shorty, en cuanto salieron.
—No me sirven —contestó Smoke.
—¿Por qué?
—Te pica la curiosidad por saber por qué, con tantos kilómetros a mi disposición, voy a comprar este lugar en concreto, ¿no es así?
—Y tanto —aseguró Shorty.
—Pues de eso se trata —continuó Smoke en tono triunfante—. Si a ti te pica la curiosidad, también les picará a otros. Y cuando eso ocurra, vendrán corriendo. Que estés intrigado me indica que tengo razón. Shorty, escúchame: le voy a dar a Dawson un viaje que dejará en nada la historia de los huevos. Vamos adentro.
—Hola —dijo Sanderson cuando volvieron a entrar—. Creí que no volveríais.
—Bueno, ¿cuál es su cifra final? —preguntó Smoke.
—Veinte mil.
—Le doy diez mil.
—De acuerdo, así sí que vendo. Es lo que pedía desde el principio. Pero ¿cuándo me pagarás el oro?
—Mañana, en el Northwest Bank. Aunque a cambio de esos diez mil quiero un par de cosas más. En primer lugar, cuando reciba el dinero, seguirá el río hasta Forty Mile y allí se quedará el resto del invierno.
—Hecho. ¿Qué más?
—Le pagaré veinticinco mil dólares y usted me devolverá quince mil.
—De acuerdo. —Sanderson se volvió hacia Shorty—. La gente me llamó loco cuando delimité el emplazamiento —se rio—. Pues soy un loco con diez mil dólares, ¿no?
—El Klondike está lleno de locos —fue lo único que Shorty se atrevió a contestar—, y cuando hay tantos, alguno acaba por tener suerte, ¿no cree?
A la mañana siguiente se realizó el traspaso legal del emplazamiento de Dwight Sanderson, «de ahora en adelante conocido como emplazamiento de Tra-Lí», según Smoke añadió a la escritura de propiedad. Además, el cajero del Northwest Bank pesó veinticinco mil dólares del oro de Smoke mientras media docena de curiosos tomaba nota del peso, la cantidad y el destinatario.
En un campamento minero todo el mundo sospecha de algo. Cualquier acto o reacción inusual puede indicar el descubrimiento de una mina de oro secreta, aunque ese acto inusual no sea más que un viaje en busca de alces o un paseo por la noche para ver la aurora boreal. Cuando se supo que una figura tan prominente como Smoke Bellew había pagado veinticinco mil dólares al viejo Dwight Sanderson, Dawson quiso saber a cambio de qué lo había hecho. ¿Qué podía poseer Dwight Sanderson, casi muerto de hambre en su emplazamiento abandonado, que valiese veinticinco mil dólares? A falta de una respuesta, Dawson se sintió con derecho a no perder de vista a Smoke ni un solo instante.
A media tarde todo el mundo sabía que varias veintenas de hombres habían preparado las mochilas ligeras de las estampidas y que las habían depositado en los distintos bares de la calle principal. Adonde quiera que Smoke iba, muchos ojos lo seguían. Una muestra de lo muy en serio que se lo tomaban era que ninguno de sus conocidos había tenido el valor de preguntarle directamente por su trato con Dwight Sanderson. Por otro lado, nadie le volvió a mencionar lo de los huevos. A Shorty lo vigilaban y lo trataban con la misma delicadeza y amabilidad.
—La forma en que me miran sin atreverse a hablarme me hace sentir como si hubiese matado a alguien o tuviese viruela —confesó Shorty cuando se encontró con Smoke frente al Elkhorn—. Fíjate, allí está Bill Saltman, se muere por mirarnos pero se obliga a mantener la vista fija en el suelo. Parece que no sabe ni que existimos, pero te apuesto unos whiskies, Smoke, a que si tú y yo doblamos la esquina corriendo, como si fuésemos a alguna parte y luego volvemos andando desde la otra esquina, nos lo encontraremos de frente, intentando no perdernos la pista.
Hicieron la prueba y, al doblar la segunda esquina para regresar, se toparon con Bill Saltman, que avanzaba a grandes zancadas.
—Hola, Bill —saludó Smoke—. ¿A dónde vas?
—Hola. De paseo —respondió Saltman—. He salido a pasear. Hace buen tiempo.
—¡Ja! —se rio Shorty—. Si eso es pasear para ti, quisiera verte caminar con rapidez.
Esa noche, cuando Shorty dio de comer a los perros, fue claramente consciente de que, desde la oscuridad que lo rodeaba, una docena de pares de ojos lo observaba fijamente. Y cuando ató a los perros, en lugar de dejarlos libres toda la noche, supo que había apretado un poco más la tuerca del nerviosismo que dominaba Dawson.
Según lo programado, Smoke cenó en el centro y luego se dedicó a divertirse. Dondequiera que aparecía se convertía en el centro de atención, por lo que se dedicó a realizar distintas rondas según le apeteció. Los bares se llenaban al entrar él y se vaciaban en cuanto se iba. Si compraba una pila de fichas en una solitaria mesa de ruleta, a los cinco minutos lo rodeaba una docena de jugadores. Se vengó ligeramente de Lucille Arral al levantarse y abandonar con aire despreocupado el salón de baile justo en el momento en que ella salía a cantar su canción más conocida. A los tres minutos, dos tercios de su público se había esfumado tras él.
A la una de la mañana recoma una calle principal inusualmente abarrotada y doblaba la curva que lo llevaría colina arriba, a su cabaña. Cada vez que se detenía en medio del ascenso, oía tras él el crujido de los mocasines sobre la nieve.
La cabaña permaneció a oscuras durante una hora, luego Smoke encendió una vela y, tras un tiempo suficiente para que alguien pudiese vestirse, Shorty y él abrieron la puerta y empezaron a enganchar los perros. En cuanto la luz de la cabaña los iluminó y permitió ver lo que hacían, no muy lejos de allí se oyó un silbido amortiguado que se repitió colina abajo.
—Escucha —se rio Smoke—. Nos vigilan por tumos y se están avisando. Te apuesto a que ahora mismo hay cuarenta hombres saltando del catre y poniéndose los pantalones.
—Hay que ser idiota —se burló Shorty a su vez—. Oye, Smoke, estos no saben lo que es trabajar duro. Parece que ya no hay tantos tipos dispuestos a dejarse a piel. En cambio, el mundo está lleno de idiotas deseando separarse de su oro. Y antes de que empecemos a bajar la colina, quiero anunciarte que, si aún me aceptas, deseo participar a medias en este negocio.
El trineo llevaba una carga ligera de comida y equipo para dormir. Un pequeño rollo de cable de acero asomaba discretamente bajo un saco de comida y una palanca se ocultaba en el fondo del trineo, junto a las ataduras.
Shorty acarició el cable con el roce rápido de la manopla y dio un último toque afectuoso a la palanca.
—¡Ja! —susurró—. A mí me daría mucho que pensar ver estos dos objetos en un trineo en plena noche.
Guiaron a los perros colina abajo en silencio y cuando, al llegar al llano, torcieron al norte por la calle principal hacia el aserradero, alejándose de la zona comercial de la ciudad, tuvieron mucho más cuidado. No habían visto a nadie, pero cuando iniciaron ese cambio de dirección, de la oscuridad ligeramente iluminada por las estrellas surgió un silbido. Tras dejar atrás el aserradero y el hospital recorrieron a buen paso casi medio kilómetro. Luego dieron media vuelta y empezaron a retroceder por donde habían ido. Al cabo de cien metros estuvieron a punto de colisionar con cinco hombres que corrían a buen ritmo. Todos iban encorvados bajo el peso de las mochilas de estampida. Uno de ellos detuvo al perro guía de Smoke y el resto se apiñó alrededor.
—¿Has visto un trineo que iba en la otra dirección? —le preguntaron.
—No —respondió Smoke—. ¿Eres tú, Bill?
—¡Maldita sea! —exclamó Bill Saltman realmente sorprendido—. ¡Pero si es Smoke!
—¿Qué haces por aquí a estas horas de la noche? —preguntó Smoke—. ¿Has salido de paseo?
Antes de que Bill Saltman pudiese contestar, dos hombres llegaron corriendo y se unieron al grupo. Varios más los siguieron mientras el crujido de las pisadas sobre la nieve anunciaba la llegada inminente de muchos otros.
—¿Quiénes son tus amigos? —inquirió Smoke—. ¿A dónde vais de estampida?
Saltman, en pleno proceso de encender una pipa que no iba a disfrutar con los pulmones agotados por la carrera, no contestó. La artimaña de encender la cerilla tenía como fin, obviamente, observar el trineo sin levantar sospechas y Smoke se fijó en que todos advertían la presencia del rollo de cable y la palanca. Luego, la cerilla se apagó.
—Hemos oído un rumor. No es más que eso, un simple rumor —murmuró Saltman con gran secretismo.
—Podrías compartirlo con Shorty y conmigo —comentó Smoke.
A uno de los del fondo se le escapó una risa sarcástica.
—¿A dónde vais vosotros? —preguntó Saltman.
—¿Y quiénes sois vosotros para preguntarlo? ¿El comité que vela por nuestra seguridad? —contraatacó Smoke.
—Nos interesa. Nos interesa —dijo Saltman.
—Puedes apostar la vida a que nos interesa —dijo otra voz desde la oscuridad.
—Bueno —intervino Shorty—, pues yo me pregunto quién, de todos los presentes está haciendo más el ridículo.
Todos se rieron, nerviosos.
—Venga, Shorty, nos vamos —dijo Smoke al tiempo que daba la orden a los perros.
La multitud se apiñó tras ellos y empezó a seguirlos.
—Oíd, ¿no os estáis equivocando? —se burló Shorty—. Cuando os encontramos os marchabais y ahora volvéis sin haber ido a ninguna parte. ¿Habéis perdido la cabeza?
Y el trineo, con Smoke en vanguardia y Shorty a la vara, recorrió la calle principal escoltado por sesenta hombres, cada uno de los cuales llevaba a la espalda una mochila de estampida. Eran las tres de la madrugada y solo los verdaderos noctámbulos vieron la procesión y, al día siguiente, pudieron contar lo ocurrido al resto de Dawson.
Media hora después habían subido la colina y desatado a los perros frente a la puerta de la cabaña, con los sesenta corredores de estampidas pendientes de todos sus actos.
—Hasta mañana, amigos —dijo Smoke mientras cerraba la puerta.
A los cinco minutos apagaron la vela, pero antes de que transcurriese media hora más, Smoke y Shorty salieron sin hacer ruido y, a oscuras, empezaron a enganchar a los perros.
—¡Hola, Smoke! —dijo Saltman, acercándose lo bastante como para que percibieran su silueta.
—Ya veo que no nos libramos de ti, Bill —contestó Smoke en tono alegre—. ¿Y tus amigos?
—Se han ido a tomar algo. Me han dejado vigilando y eso es lo que voy a hacer. ¿Qué andáis tramando, Smoke? No podréis libraros de nosotros, así que será mejor que lo compartáis. Todos somos amigos. Eso ya lo sabéis.
—Hay veces en las que puedes compartir con tus amigos y otras en las que no —lo esquivó Smoke—. Y, Bill, esta es una de esas veces en las que no. Será mejor que te vayas a dormir. Buenas noches.
—De buenas noches nada, Smoke. No nos conoces. Somos como garrapatas.
Smoke suspiró.
—Bueno, Bill, si tanto quieres salirte con la tuya, supongo que así ha de ser. Vamos, Shorty, es mejor que no sigamos perdiendo el tiempo.
Saltman soltó un silbido chirriante cuando el trineo se puso en marcha y echó a andar detrás. Desde la colina y el llano llegaron los silbidos de los demás vigilantes. Shorty se ocupaba de la vara del trineo mientras Smoke y Saltman caminaban uno junto a otro.
—Mira, Bill —dijo Smoke—, te voy a hacer una propuesta. ¿Quieres entrar tú solo en esto?
Saltman no dudó.
—¿Y dejar tirados a los demás? No, señor, en esto entramos todos.
—Pues ve delante —exclamó Smoke, al tiempo que se tambaleaba sobre él y, con el peso de su cuerpo, lo obligaba a hundirse en la nieve blanda del lateral del camino.
Shorty jaleó a los perros y se llevó el trineo hacia el sur, por la senda que pasaba entre las cabañas desperdigadas sobre las ondulantes colinas que se alzaban por detrás de Dawson. Smoke y Saltman rodaron sobre la nieve. Smoke se tenía por un tipo fuerte y en buena forma, pero Saltman pesaba veinticinco kilos más que él de puro músculo ejercitado en el camino y consiguió dominarlo. Una y otra vez tumbó a Smoke boca arriba, situación que este aprovechaba para descansar. Sin embargo, cada vez que Saltman intentaba apartarse de él y alejarse de allí, Smoke extendía una mano que buscaba detenerlo y provocaba una nueva llave de lucha.
—Puedes irte a casa —concedió Saltman, jadeando al cabo de diez minutos, sentado encima del pecho de Smoke—. Pero te he dado una paliza.
—Y yo he logrado retenerte —contestó Smoke, también jadeando—. Por eso estoy aquí, para retenerte. ¿A dónde crees que habrá ido Shorty durante todo este tiempo?
Saltman realizó un esfuerzo bestial por soltarse y estuvo a punto de conseguirlo. Smoke lo agarró por el tobillo y lo hizo caer de cabeza. Desde el pie de la colina llegaban unos silbidos interrogantes. Saltman se sentó y silbó una respuesta chirriante, hasta que Smoke forcejeó con él, lo derribó boca arriba y se sentó sobre su pecho, con las rodillas sobre los bíceps de Saltman y las manos encima de sus hombros, presionando hacia abajo. Así los encontraron los demás corredores de estampidas. Smoke se rio y se puso en pie.
—Buenas noches, amigos —les dijo y echó a andar colina abajo con sesenta corredores de estampidas desesperados y dispuestos a no ceder pisándole los talones.
Giró al norte tras dejar atrás el aserradero y el hospital y tomó la senda del río que pasa junto a los empinados despeñaderos en la base del monte Moosehide. Rodeó la aldea india y siguió hacia la desembocadura del arroyo Moose. Luego se giró y se enfrentó a sus perseguidores.
—Habéis conseguido que me canse —dijo con una buena imitación de un gruñido.
—Esperamos no intimidarte —murmuró Saltman con educación.
—Oh, no. No os preocupéis —gruñó Smoke, con una imitación mejor que la anterior, mientras pasaba entre ellos de vuelta a Dawson.
Dos veces intentó cruzar las barreras de hielo del río, en las que no había senda abiertas, aún seguido por todos, y en ambas ocasiones se rindió y regresó a la orilla de Dawson. Recorrió fatigosamente la calle principal entera, cruzó el hielo del río Klondike hasta Klondike City y regresó a Dawson. A las ocho, cuando el gris del alba empezó a asomar, condujo a su agotado grupo hasta el restaurante de Slavovitch, donde fue difícil conseguir mesa para desayunar.
—Buenas noches, amigos —les dijo mientras pagaba la cuenta.
Y volvió a desear buenas noches al empezar a ascender la colina. A pleno día ya no necesitaban seguirlo y se contentaron con verlo subir hasta entrar en su cabaña.
Smoke deambuló por la ciudad durante dos días, siempre vigilado y espiado. Shorty había desaparecido junto con los perros y el trineo. Nadie lo había visto: ni los que viajaban Yukón arriba o abajo, ni los que venían del Bonanza, Eldorado o el Klondike. Allí solo quedaba Smoke, quien, antes o después, intentaría ponerse en contacto con su socio desaparecido; así que todos centraron su atención en Smoke. La segunda noche no salió de la cabaña, apagó la lámpara a las nueve de la noche y puso el despertador a las dos de la madrugada. La guardia apostada en el exterior oyó el despertador y cuando, media hora más tarde, salió de la cabaña, se encontró con que no lo esperaba un grupo de sesenta hombres, sino de trescientos, como mínimo. Una llameante aurora boreal iluminó la escena y así de acompañado bajó hasta el centro y entró en el Elkhom. El bar se llenó de inmediato con una multitud nerviosa y molesta que bebía whisky y que, durante cuatro horas interminables, observó a Smoke jugar al cribbage con su viejo amigo Breck. Pasadas las seis de la mañana, con una expresión en el rostro de odio y abatimiento, sin ver a nadie, sin reconocer a nadie, Smoke abandonó el Elkhom y echó a andar por la calle principal. Tras él, los trescientos, en desordenada formación, canturreaban: «¡Izquierda! ¡Derecha! ¡Un, dos, tres!»
—Buenas noches, amigos —dijo con amargura, en el borde de la orilla del Yukón, en el punto en el que el camino de invierno descendía—. Me voy a desayunar y luego a la cama.
Los trescientos gritaron que iban con él y lo siguieron sobre el río helado, por el camino recto que llevaba a Tra-Lí. A las siete de la mañana guio a su cohorte de corredores por la senda en zigzag que ascendía la ladera y que llevaba a la cabaña de Dwighl Sanderson. A través del papel encerado de la ventana se veía la luz de una vela y de la chimenea salía humo. Shorty abrió la puerta.
—Pasa, Smoke —lo saludó—. El desayuno está listo. ¿Quiénes son tus amigos?
Smoke se giró, ya en el umbral.
—Buenas noches, amigos. Espero que hayáis disfrutado del paseo.
—Aguarda un momento, Smoke —saltó Bill Saltman, con voz decepcionada—. Quiero hablar contigo.
—Lárgate —respondió Smoke, enfadado.
—¿Por qué le pagaste veinticinco mil dólares al viejo Sanderson? Respóndeme.
—Bill, eres un pesado —contestó Smoke—. He venido hasta aquí buscando la paz del campo, por así decirlo, pero tus amigos y tú me seguís y pretendéis interrogarme cuando lo que yo quiero es paz, tranquilidad y desayunar. ¿De qué sirve tener una casa en el campo, si no es para disfrutar de la paz y la tranquilidad?
—No me has contestado —insistió Bill Saltman con una lógica inflexible.
—Y no voy a hacerlo, Bill. Eso es algo privado que solo nos atañe a Dwight Sanderson y a mí. ¿Alguna otra pregunta?
—¿Qué me dices del rollo de cable y la palanca que llevabas la otra noche en el trineo?
—Eso no es asunto tuyo, Bill. Aunque si Shorty te lo quiere contar, que lo haga.
—¡Claro! —exclamó Shorty, echándole un cable de inmediato a su socio. Abrió la boca, se detuvo y se volvió hacia su amigo—. Smoke, en confianza y entre tú y yo, no creo que sea asunto de ninguno de estos. Pasa. El café va a hervir demasiado.
La puerta se cerró y los trescientos se repartieron en grupos desesperados y enfadados.
—Oye, Saltman —dijo uno—, ¿no dijiste que nos llevarías hasta el lugar?
—Eso, jamás —respondió Saltman de mal humor—. Dije que Smoke nos llevaría.
—¿Y es aquí?
—Sabes tanto como yo al respecto y todos sabemos que Smoke oculta algo en alguna parte. Si no, ¿por qué iba a pagarle veinticinco mil dólares a Sanderson? Desde luego, no por este miserable emplazamiento, de eso estoy seguro.
Un coro de gritos ratificó la opinión de Saltman.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó alguien con voz triste.
—Yo, por lo menos, voy a desayunar —dijo Charley Aguas Rápidas sin perder la alegría—. Esta vez nos has llevado a un callejón sin salida, Bill.
—Te digo que no fui yo —objetó Saltman—. Ha sido Smoke. Además, ¿cómo explicas lo de los veinticinco mil?
A las ocho y media, cuando la luz del día ya tenía fuerza, Shorty abrió la puerta con cuidado y echó una ojeada.
—¡Rayos! —exclamó—. Han regresado todos a Dawson. Yo creí que acamparían aquí.
—No te preocupes, volverán a escondidas —aseguró Smoke—. Si no me equivoco, no tardarás mucho en ver aquí a la mitad de Dawson. Ahora ven y échame una mano. Aún queda trabajo por hacer.
—Ah, por el amor de Dios, espero que funcione —se quejó Shorty cuando, al cabo de una hora, observó el resultado de tanto esfuerzo: un torno, situado en un rincón de la cabaña, con una cuerda interminable que rodeaba dos troncos rodantes.
Smoke lo hizo funcionar con un mínimo esfuerzo y la cuerda resbaló y crujió.
—Shorty, ahora sal y dime qué tal suena.
Shorty escuchó tras la puerta cerrada y oyó los ruidos propios de un torno que iza una carga y, sin darse cuenta, acabó intentando calcular la profundidad del pozo del que se izaba la carga. Luego se produjo una pausa e imaginó el cubo balanceándose pegado al torno. Después oyó el rápido descenso y el ruido apagado del cubo al descansar de repente sobre el borde del pozo. Abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja.
—Perfecto —gritó—. Casi me lo trago hasta yo. ¿Y ahora qué toca?
Tocaba arrastrar hasta la cabaña una docena de trineos cargados de piedras. Durante todo aquel día agotador, fueron llevando a cabo muchas otras tareas.
—Esta noche lleva los perros a Dawson —dijo Smoke al terminar la cena—. Déjaselos a Breck, él se ocupará de ellos. Observarán todo lo que hagas, así que dile a Breck que vaya a la Compañía AC y compre toda la pólvora disponible: solo les quedan ciento y pocos kilos. Dile también a Breck que le encargue al herrero media docena de brocas para piedra dura. Breck sabe de cuarzo y podrá explicarle al herrero más o menos lo que necesita. Dale a Breck las descripciones de estas ubicaciones para que pueda registrarlas mañana en la oficina del Comisario del Oro. Y, por último, a las diez, tienes que estar en la calle principal, escuchando. Ten en cuenta que no quiero que sean excesivas. Dawson podría oírlas y no hacerles caso. Provocaré tres, de distinta cantidad, y ya verás tú cuál se parece más a la auténtica.
Esa noche, a las diez, Shorty, paseando por la calle principal, consciente de que todos lo miraban y muy atento, oyó una explosión lejana y tenue. Treinta segundos después oyó otra, lo bastante alta como para llamar la atención de otros viandantes. Luego llegó la tercera, tan violenta que hizo tintinear las ventanas y sacó a la gente a la calle.
—Los has hecho temblar como en su vida —proclamó Shorty una hora después, cuando llegó a la cabaña de Tra-Lí y estrechó la mano de Smoke—. Tenías que haberlos visto. ¿Alguna vez le has dado una patada a un hormiguero? Pues Dawson está así. La calle principal estaba infestada y abarrotada cuando salí con la carga. Mañana Tra-Lí entera estará cubierta de gente y, si no hay varios cruzando ya esta misma noche, es que no sé nada de minería.
Smoke sonrió, se acercó al torno falso y lo hizo girar un par de veces para que chirriase. Shorty sacó el musgo que tapaba las grietas entre los troncos para hacer una mirilla en cada lado de la cabaña. Luego apagó la vela.
—Ahora —susurró al cabo de media hora.
Smoke hizo girar el torno despacio, se detuvo al cabo de unos minutos, levantó un cubo galvanizado lleno de tierra y lo hizo rozar con el montón de piedras que habían acarreado, produciendo chirridos y crujidos de varias clases. Luego encendió un cigarrillo, tapando la llama de la cerilla con la mano.
—Hay tres —susurró Shorty—. Deberías verlos. Cuando hiciste el ruido de dejar caer el cubo temblaron de emoción. Ahora hay uno en la ventana, intentando ver algo.
Smoke le dio una calada al pitillo y, a la luz de la brasa, miró el reloj.
—Esto hay que hacerlo de forma regular —musitó—. Subiremos un cubo cada quince minutos. Y mientras…
Protegido por una capa triple de saco, golpeó la superficie de una roca con un cortafrío.
—Magnífico, magnífico —gimió de placer Shorty. Se alejó de la mirilla sin hacer ruido y añadió—: Han juntado las cabezas y casi puedo verlos hablar.
Desde ese momento hasta las cuatro de la mañana, a intervalos de quince minutos, el falso torno, que crujía y giraba sin realmente izar nada, siguió izando un cubo falso. Luego sus visitantes partieron y Smoke y Shorty se fueron a dormir.
A la luz del día, Shorty examinó las huellas de los mocasines.
—Bill Saltman era uno de ellos —afirmó—. ¡Mira el tamaño de esta huella!
Smoke miró en dirección al río.
—Prepárate para recibir visitas. Ya hay dos cruzando el hielo.
—¡Ja! Espera a que Breck registre las concesiones a las nueve. Cruzarán dos mil.
—Y todos y cada uno de ellos vendrán lloriqueando en busca de la veta madre —se rió Smoke—. Por fin ha aparecido la fuente de todos los placeres y aluviones del Klondike.
Shorty, subido a una roca más elevada, observaba con ojo de entendido la franja que habían estacado.
—Parece un filón de verdad —dijo—. Un experto casi podría seguir el rastro de sus líneas bajo la nieve. Puede engañar a cualquiera. El desprendimiento de tierra cubre el frontal y esos afloramientos parecen auténticos, aunque no lo son.
Cuando los dos hombres que cruzaban el río ascendieron la senda en zigzag del desprendimiento, se encontraron con una cabaña cerrada. Bill Saltman, que iba delante, se acercó a la puerta sin hacer ruido, escuchó e hizo señas a Charley Aguas Rápidas para que se acercase. En el interior se oían los chirridos y crujidos de un torno que soporta una pesada carga. Aguardaron a que se detuviera y luego oyeron cómo bajaba y el impacto del cubo en la piedra. Durante la hora siguiente aquello se repitió cuatro veces. Después, Aguas Rápidas llamó a la puerta. Dentro se oyeron ruidos furtivos, silencio, más ruidos furtivos y, al cabo de cinco minutos, Smoke, jadeando, abrió la puerta unos centímetros y miró hacia afuera. En su rostro y camisa había polvillo y fragmentos de piedra. Mostró una suspicacia de lo más natural.
—Esperad un momento —añadió—. Enseguida salgo.
Se puso las manoplas, se coló por un resquicio de la puerta y se enfrentó a sus visitas afuera, en la nieve. Los otros enseguida vieron que la camisa, en la zona de los hombros, estaba descolorida y llena de polvo y que en las rodillas del peto había rastros de suciedad cepillada con prisa pero no retirada del todo.
—Es temprano para andar de visita —comentó—. ¿Qué os trae al otro lado del río? ¿Vais de caza?
—Lo sabemos, Smoke —dijo Aguas Rápidas confidencialmente—. Será mejor que lo reconozcas. Has dado con algo.
—Si buscáis huevos… —empezó a decir Smoke.
—Ah, olvídate de eso. Hablamos en serio.
—Entonces, lo que queréis es comprar parcelas, ¿no? —parloteó Smoke, casi sin respirar—. Pues hay unas parcelas muy buenas para construir. Pero, veréis, aún no podemos vender. No hemos levantado el plano de la ciudad. Ven la semana que viene, Aguas Rápidas, y te mostraré lo mejor en paz y tranquilidad, si lo que quieres es vivir aquí. La semana que viene ya estará levantado el plano. Adiós. Siento no poder invitaros a entrar, pero Shorty… bueno, ya lo conocéis. Tiene sus rarezas. Dice que ha venido aquí en busca de paz y tranquilidad y ahora está durmiendo. No lo despertaría por nada del mundo.
Mientras hablaba, Smoke les estrechó la mano en amable despedida. Sin dejar de hablar ni de estrecharles la mano, entró en la cabaña y cerró la puerta.
Los otros dos se miraron y asintieron a la vez.
—¿Te has fijado en las rodillas del pantalón? —susurró Saltman.
—Claro. Y en los hombros. Se ha arrastrado en el interior de un pozo. —Mientras hablaba, los ojos de Aguas Rápidas vagaron sobre el barranco cubierto de nieve hasta que se detuvieron debido a algo que lo hizo silbar—. Mira bien allí arriba, Bill. ¿Ves dónde señalo? ¡Si eso no es un pozo de prospección…! Y síguelo hacia los dos extremos, se aprecia dónde han pisoteado la nieve. Si lo que hay en ambos extremos no es el lecho rocoso que delimita un depósito aluvial es que yo no sé lo que es un lecho rocoso. Es un verdadero filón.
—¡Y vaya tamaño que tiene! —exclamó Saltman—. Estos han dado con algo bueno, muy bueno.
—Y mira ese desprendimiento, síguelo hacia abajo, ¿ves cómo sobresalen y se inclinan los despeñaderos? Todo el desprendimiento es también la desembocadura de la veta.
—Pues sigue mirando, sobre el hielo, hacia el camino —indicó Saltman—. Parece que ahí viene la mayor parte de Dawson, ¿no crees?
Aguas Rápidas echó una ojeada y vio el camino convertido en una senda negra por la cantidad de hombres que lo ocupaban desde la orilla de Dawson, de donde no paraban de salir más y más puntos negros.
—Pues yo quiero echarle un vistazo a ese pozo de prospección antes de que lleguen todos esos —dijo al tiempo que se giraba y se dirigía con rapidez hacia el barranco.
Pero se abrió la puerta de la cabaña y salieron sus dos ocupantes.
—¡Eh! —lo llamó Smoke—. ¿A dónde vas?
—A escoger la parcela —contestó Aguas Rápidas—. Mira hacia el río. Todo Dawson viene en estampida para comprar parcelas y nosotros vamos a elegir antes que ellos. Estoy en lo cierto, ¿no, Bill?
—Claro —corroboró Saltman—. Esta puede ser una zona residencial de primera y acabará siendo muy popular.
—Pues en esa sección a la que te diriges no vendemos parcelas —respondió Smoke—. Las parcelas están allí, hacia la derecha y por detrás de los despeñaderos. Esta parte, la que viene desde el río y llega a lo más alto, está reservada. Así que vuelve aquí.
—Precisamente esa es la parcela que hemos escogido —insistió Saltman.
—Te repito que no hay nada que hacer —dijo Smoke con aspereza.
—Entonces, ¿te molesta si nos damos un paseo hasta allí? —perseveró Saltman.
—Mucho. Tus paseos empiezan a resultar monótonos. Salid de ahí ahora mismo.
—Creo que vamos a dar ese paseo de todos modos —contestó Saltman, empecinado—. Vamos, Aguas Rápidas.
—Os advierto que entráis sin autorización en una propiedad privada —advirtió Smoke.
—No, solo nos damos un paseo —contestó Saltman alegremente al tiempo que le daba la espalda y echaba a andar.
—¡Eh! Alto ahí, Bill, o te lleno de plomo —bramó Shorty mientras desenfundaba dos Colts del cuarenta y cuatro—. Como des un paso, tu condenado cadáver tendrá once agujeros, ¿entendido?
Saltman se detuvo, perplejo.
—Me ha cabreado —le murmuró Shorty a Smoke—. Pero si sigue andando voy a tener un problema. No puedo disparar. ¿Qué hago?
—Escucha, Shorty, sé razonable —rogó Saltman.
—Ven aquí y todos seremos razonables —respondió Shorty.
Continuaban siendo razonables cuando la vanguardia de la estampida superó la senda en zigzag y llegó hasta ellos.
—No se puede decir que un hombre entra sin autorización en una propiedad privada cuando se encuentra en el emplazamiento de una ciudad con la intención de comprar una parcela —argumentaba Aguas Rápidas en ese momento.
—Pero en los emplazamientos de las ciudades hay propiedades privadas y esa franja es propiedad privada. Te lo repito una vez más: no está en venta.
—Vamos a tener que darnos prisa —murmuró Smoke a Shorty—. Como se nos desmanden…
—Pues ya tienes mérito, si crees que podrás contenerlos —respondió Shorty en un suspiro—. Deben de ser unos dos mil y aún llegan más. En cualquier momento empujarán a los que están en primera línea.
Esa primera línea recorría el borde del barranco y Shorty la había formado obligando a detenerse a los que iban llegando cuando alcanzaban ese punto. Entre la multitud se encontraban media docena de policías del Territorio Noroeste y un teniente, con el que Smoke deliberó en voz baja.
—Aún siguen saliendo de Dawson —le dijo— y en poco tiempo aquí habrá cinco mil mineros. El peligro es que intenten apoderarse de las concesiones. Si tenemos en cuenta que solo hay cinco concesiones, nos salen mil hombres por concesión y casi todos intentarán apoderarse de la más próxima. Es imposible y, si empieza la locura, aquí habrá más muertos que en toda la historia de Alaska. Además, esas cinco concesiones han sido registradas esta mañana y no pueden quedarse con ellas. Resumiendo: no podemos permitir que intenten delimitar concesiones.
—De acuerdo —contestó el teniente—. Reuniré a mis hombres y los situaré estratégicamente. No podemos tener problemas y no los tendremos. Pero será mejor que usted hable con ellos.
—Aquí debe de haber un error, amigos —empezó a decir Smoke en voz alta—. Aún no podemos vender parcelas. No tenemos levantados los planos. Pero la semana que viene organizaremos una venta sin problemas.
Lo interrumpió un estallido de impaciencia e indignación.
—No queremos parcelas —gritó un joven minero—. No queremos lo que hay en la superficie. Venimos por lo que hay debajo.
—No sabemos lo que hay debajo —respondió Smoke—. Pero sí sabemos que en la superficie tenemos un emplazamiento magnífico para una ciudad.
—Claro —añadió Shorty—, con buenas vistas y solitario. Los solitarios vendrán a miles. Esta será la soledad más popular del Yukón.
Se volvieron a oír gritos de impaciencia y Saltman, que había estado hablando con los últimos en llegar, se acercó al frente.
—Hemos venido a delimitar concesiones —dijo—. Sabemos lo que habéis hecho. Habéis registrado una franja de cinco concesiones de cuarzo que están ahí mismo y que cruzan el emplazamiento siguiendo la línea del desprendimiento y el cañón. Pero habéis metido la pata. Dos de las inscripciones son falsas. ¿Quién es Seth Bierce? Nadie ha oído hablar de él. Esta mañana habéis registrado una concesión a su nombre. Y otra a nombre de Harry Maxwell. Harry Maxwell no está en el territorio. Está en Seattle. Se fue en otoño. Esas dos concesiones están libres para ser adjudicadas de nuevo.
—¿Y si resulta que tengo un poder notarial? —preguntó Smoke.
—No lo tienes —contestó Saltman—. Y si lo tienes, enséñalo. De todos modos, vamos a reubicarlas. En marcha, amigos.
Saltman traspasó el límite marcado, se giró para animar a los demás y en ese momento se oyó la voz del teniente, que logró detener el avance de la masa al decir:
—¡Todo el mundo quieto donde está! ¡No podéis hacer eso y lo sabéis!
—¿Que no? —dijo Bill Saltman—. La ley dice que una ubicación falsa puede reubicarse, ¿o no?
—¡Eso es, Bill! ¡Pelea! —lo animó la multitud desde el lado seguro de la línea.
—Lo dice la ley, ¿no? —le preguntó Saltman con agresividad al teniente.
—Quizá lo diga la ley —fue la respuesta serena—, pero no puedo permitir ni permitiré que una multitud de cinco mil hombres intente apoderarse de dos concesiones. Se convertiría en un peligroso motín y nosotros estamos aquí para que eso no ocurra. Desde ahora, en este lugar, la Policía del Territorio Noroeste constituye la ley. El próximo hombre que cruce la línea recibirá un balazo. Tú, Bill Saltman, retrocede.
Saltman obedeció de mala gana. Pero una agitación amenazante surgió entre la masa de hombres, agrupada y dispersa de forma irregular sobre un paisaje lleno de cuestas y pendientes.
—Cielos —susurró el teniente a Smoke—, mire aquellos que parecen moscas en el borde del despeñadero. Cualquier movimiento brusco de la masa en esa zona hará caer a cientos de ellos al vacío.
Smoke se estremeció y habló en voz alta:
—Estoy dispuesto a jugar limpio, amigos. Si insistís en comprar parcelas, os las venderé a cien dólares cada una y ya echaréis a suertes las ubicaciones cuando esté levantado el plano. —Alzó una mano para detener el movimiento de indignación—. No os mováis. Si lo hacéis, cientos de vosotros caeréis al vacío. La situación es peligrosa.
—Da igual, no puedes quedarte con todo —se oyó una voz—. No queremos parcelas. Queremos reubicar.
—Pero solo hay dos concesiones disponibles —objetó Smoke—. Cuando estén reubicadas, ¿qué haréis los demás?
Se limpió la frente con la manga de la camisa y otra voz gritó:
—Podemos compartirlas. Serán de todos y a partes iguales.
Ninguno de los que mostraron a gritos su aprobación imaginaba que la sugerencia había sido hecha por un hombre instruido para hacerla cuando viese a Smoke limpiarse la frente.
—Deja de acaparar y comparte la propiedad del emplazamiento —continuó el hombre—. Comparte también los derechos minerales del emplazamiento.
—Pero los derechos minerales no darán beneficios, os lo aseguro —objetó Smoke.
—Pues entonces compártelos con todo lo demás. Nos arriesgaremos.
—Amigos, me estáis obligando —dijo Smoke—. Ojalá os hubieseis quedado en vuestro lado del río.
Pero se lo veía tan indeciso que la multitud vociferó sin descanso hasta obligarlo a aceptar. Saltman y algunos otros de la primera fila pusieron reparos.
—Bill Saltman y Aguas Rápidas no quieren asociarse con todos vosotros —informó Smoke a la multitud—. ¿Quién es ahora el acaparador?
En ese momento, Saltman y Aguas Rápidas se volvieron tremendamente impopulares.
—Bueno, ¿cómo lo haremos? —preguntó Smoke—. Shorty y yo deberíamos conservar el control. Nosotros descubrimos el emplazamiento.
—¡Es verdad! —gritaron muchos—. ¡Es lo justo! ¡Se lo merecen!
—Tres quintas partes para nosotros —sugirió Smoke—. A vosotros os quedarán dos quintas partes y tendréis que pagar por las acciones.
—¡Diez centavos de dólar! —se oyó gritar—. Y no gravables.
—Y que el presidente de la compañía se dedique a pagaros en persona los dividendos en bandeja de plata —se burló Smoke—. No, señor. Tenéis que ser razonables. Diez centavos de dólar será solo el principio. Compraréis dos quintas partes de las acciones, cuyo valor nominal es de cien dólares, a diez dólares. No puedo hacer más. Y si no os gusta, ya podéis intentar reubicar las concesiones. No puedo permitir que me afanéis más de dos quintas partes.
—¡No es una capitalización exagerada! —gritó una voz, y fue esa voz la que cristalizó el consentimiento de la mente colectiva del grupo.
—Sois alrededor de cinco mil, lo que implica cinco mil acciones. —Smoke se enfrentó al problema en voz alta—. Y cinco mil son dos quintas partes de doce mil quinientas. Por lo tanto, la Compañía del Emplazamiento de Tra-Lí queda capitalizada con un millón doscientos cincuenta mil dólares, cuenta con doce mil quinientas acciones cuyo valor nominal es de cien dólares, y vosotros compraréis cinco mil a diez dólares por cabeza. Me da igual si lo aceptáis o no. Y todos sois testigos de que me obligáis a hacerlo contra mi voluntad.
Convencida la multitud de haberlo pillado con las manos en la masa —representada por las dos ubicaciones falsas—, formaron un comité para organizar la Compañía del Emplazamiento de Tra-Lí. Tras despreciar la propuesta de repartirse las acciones al día siguiente en Dawson debido a que los habitantes que no habían corrido la estampida querrían participar también de las acciones, el comité, junto a una hoguera encendida al pie del desprendimiento, emitió un recibo a cada corredor a cambio de diez dólares en oro debidamente pesado en media docena de balanzas traídas desde Dawson a tal efecto.
Cuando cayó el crepúsculo, el trabajo quedó completado y Tra-Lí desierta, a excepción de Smoke y Shorty, que cenaban en la cabaña y se reían al ver la lista de los accionistas, cuatro mil ochocientos setenta y cuatro, y los sacos de oro, que aproximadamente contenían cuarenta y ocho mil setecientos cuarenta dólares.
—Pero aún no se la has devuelto —objetó Shorty.
—Vendrá —aseguró Smoke, muy convencido—. Es un jugador nato y cuando Breck le insinúe lo que hay, ni un infarto podrá evitar que venga.
En menos de una hora, llamaron a la puerta y entró Aguas Rápidas, seguido de Bill Saltman. Estudiaron atentamente el interior de la cabaña y se fijaron en el torno, cuidadosamente cubierto con mantas.
—Pero imagina que quiero mil doscientas acciones —discutía Aguas Rápidas media hora después—. Con las otras cinco mil que has vendido hoy, solo sumarían seis mil doscientas acciones. Shorty y tú aún conservaríais seis mil trescientas y tendríais el control.
—¿Para qué quieres una parte tan grande del emplazamiento de una ciudad? —preguntó Shorty.
—Eso puedes responderlo tú mejor que yo —contestó Aguas Rápidas—. Y, entre nosotros —dijo mientras miraba el torno oculto bajo las mantas—, el emplazamiento promete.
—Pero Bill también quiere más —dijo Smoke a regañadientes—, y nosotros no nos desharemos de más de quinientas acciones.
—¿Cuánto tienes para invertir? —le preguntó Aguas Rápidas a Saltman.
—Unos cinco mil. No pude reunir más con tan poco tiempo.
—Aguas Rápidas —continuó Smoke con la misma voz molesta—, si no te conociera, no te vendería ni una sola acción. En cualquier caso, Shorty y yo no cederemos más de quinientas y os costarán cincuenta dólares cada una. Es nuestra última palabra y, si no os gusta, buenas noches. Bill puede comprar cien y tú las otras cuatrocientas.
Al día siguiente, Dawson empezó a reírse. La carcajada dio comienzo a primera hora de la mañana, nada más amanecer, cuando Smoke se acercó al tablón de boletines situado en el exterior del almacén de la Compañía AC y clavó un aviso. Los hombres se reunieron para leerlo y sonreír por encima de su hombro antes de que hubiese colocado la última chincheta. Pronto fueron cientos los que rodeaban el tablón y no todos podían leer la nota, así que nombraron a un lector oficial por aclamación y, a partir de ese momento y durante todo el día, muchos otros fueron elegidos para leer en voz alta la nota que Smoke Bellew había clavado. Algunos se quedaron un buen rato en medio de la nieve para oírla varias veces y memorizar la suculenta información que ofrecía y que decía así:
La Compañía del Emplazamiento de Tra-Lí anota sus cuentas en este tablón. Este es su primer informe de cuentas y también el último.
Cualquier accionista que se oponga a donar diez dólares al Hospital General de Dawson puede recuperar sus diez dólares tras solicitárselos personalmente a Charley Aguas Rápidas o, en caso de fracasar en su gestión, sin duda alguna los recuperará tras solicitárselos a Smoke Bellew.
DINERO RECIBIDO Y DESEMBOLSADO
De 4.874 acciones a $10,00 $48.740,00
A Dwight Sanderson por Emplazamiento Tra-Lí $10.000,00
Gastos accesorios: pólvora, brocas, torno, registro de concesiones, etc. $1.000,00
Al Hospital General de Dawson $37.740,00
Total $48.740,00
De Bill Saltman, por 100 acciones adquiridas en privado a $50.00 $5.000,00
De Charley Aguas Rápidas, por 400 acciones adquiridas en privado a $50.00 $20.000,00
A Bill Saltman, en reconocimiento a sus servicios como promotor voluntario de la estampida $5.000,00
Al Hospital General de Dawson $3.000,00
A Smoke Bellew y Jack Short, saldo por el negocio de los huevos y deuda moral $17.000,00
Total $25.000,00
Las acciones restantes son 7.126. Dichas acciones, en poder de Smoke Beilew y Jack Short, no valen nada y quedan de forma gratuita, por el mero hecho de solicitarlas, a disposición de aquellos residentes en Dawson que deseen cambiar de domicilio en busca de la paz y la soledad de la ciudad de Tra-Lí.
(Nota: En la ciudad de Tra-Lí la paz y la soledad se garantizan perpetuamente).
Firmado
SMOKE BELLEW, presidente
Firmado
JACK SHORTY, secretario