PAIS RELATO

Libros de h. gascón

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h. gascón

stabat mater

La madre, derrumbada, se abandona en un llanto manso, silencioso, interminable. Con las dos manos aprieta un pañuelo con el que en vano intenta enjugarse las lágrimas, mientras su cuerpo se estremece a intervalos con débiles sacudidas.
Las dos hijas se estrechan contra ella, cada una pasando un brazo por su espalda, abrigándola, protegiéndola, sujetándola y sujetándose. Alicia la besa con ternura una y otra vez.
Sentadas en la fría sala de espera el tiempo se ha detenido, su mundo se paró tres horas antes, cuando los teléfonos empezaron a sonar.
—Mi Julita, mi pequeña… ¿por qué? —La voz temblorosa se rompe en un sollozo ahogado.
—¿Familiares de Julia Aguirre? —Desde la puerta, la bata blanca sobre el verde uniforme sanitario.
Sandra se levanta y se acerca, secándose los ojos. Alicia y su madre alzan la mirada.
—Soy su hermana.
El médico habla serenamente, en tono bajo, sabe que sus palabras son cuchillas en el alma, no es la primera vez pero nunca te acostumbras al sufrimiento que provocan:
—Hemos hecho todo lo posible, no hemos podido recuperarla, lo siento. La encontraron demasiado tarde, la parada cardíaca fue prolongada. Ya no hay actividad cerebral.
Sandra escucha paralizada y mira sin ver ni oír, estatua de carne y dolor.
—¿Puede acompañarme al despacho, por favor?
Mientras Sandra sigue al médico como una autómata, la madre se encoge, la cabeza hundida, sin dejar de llorar, inconsolable.
—Julia, mi Julita… si yo tenía la culpa… ¿por qué no me dijiste nada?
Alicia intenta evitar el naufragio, poner orillas a aquel río.
—No, mamá, tú no, ha sido un trastorno, un ataque de locura.
—Pero es que habíamos reñido, se alteró mucho, dijo que igual no volvía…
Las palabras se entrecortan con los espasmos del llanto que brota profundo, incontenible.
—Pero mamá, tú no tienes la culpa, tú siempre la has querido, ahora llevaba un tiempo un poco rara…
—Me gritó… me gritó que yo era la causa de que ella no pudiera vivir… mi niña, si yo le hubiera dado mi vida… mi vida…
Alicia abraza a su madre, sintiendo que no basta un océano de lágrimas para apagar el infierno.