Martín tiene la mirada fija en la pared del salón y sus labios se mueven en un susurro inaudible.
—¿Con quién hablas, cariño? —pregunto, tratando de sonar despreocupada.
—Con el niño que vive aquí —responde sin volverse.
Me acerco, pero no veo a nadie. Martín se ríe, una risa que no le había escuchado antes, y susurra:
—Dice que le gusta cómo hueles, mamá.
Un escalofrío me recorre la espalda, pero lo dejo correr. Son cosas de niños.
Por la noche, reviso su habitación y encuentro un dibujo en su mesita: dos figuras cogidas de la mano. Una es él y la otra... la otra tiene los ojos negros y vacíos.
Martín me despierta en la madrugada. Se inclina sobre mí y susurra con voz extraña:
—Dice que ahora es mi turno. Que mañana jugarás tú con él.
Mi piel se eriza al verlo sonreír con una expresión que no parece suya. Y entonces entiendo que la siguiente soy yo.