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gara nix

el acosador nocturno

Era una calurosa noche de agosto en 1985. El aire estaba denso y pesado, el sudor se adhería a mi piel haciéndome sentir pegajosa e incómoda. Vivía sola en un pequeño apartamento en el este de Los Ángeles. Mis padres se habían mudado al norte, a San Francisco, hacía ya varios años, dejándome con un vacío que había llenado con mis libros, mis plantas y los recuerdos de una vida relativamente tranquila.
Esa noche me sentía especialmente inquieta. El sonido de las sirenas de la policía era cada vez más frecuente y el miedo se había asentado en la ciudad como una sombra persistente. Las noticias no paraban de hablar del Acosador Nocturno, ese monstruo que entraba en las casas sin ser detectado, matando y violando sin piedad. Sabía que estaba cerca, que sus ataques ocurrían en barrios como el mío. Y aunque me decía que esas cosas siempre le pasaban a otros, no a uno mismo, el miedo se instaló en mi pecho, firme e inamovible.
Cerré las ventanas, aseguré las puertas, revisé los cerrojos una y otra vez, sintiéndome ridícula por mi paranoia. Aun así, no pude evitarlo. Cada clic del cerrojo era un intento desesperado de aislarme del peligro que sentía acechando en la oscuridad. No debí haber leído todas esas noticias, los medios siempre lo exageran todo.
Me metí en la cama, intentando que el insomnio no se apoderara de mí, pero el sueño no llegaba. Y entonces, algo me alertó. No sé si fue un ruido, un presentimiento o simplemente el pánico, pero abrí los ojos y supe que algo andaba mal. El silencio era denso, casi palpable. Me quedé inmóvil, escuchando... y entonces lo oí. Un crujido suave en el pasillo.
El corazón comenzó a latirme con fuerza. Era un tambor en mis oídos, el único sonido en medio de ese vacío aterrador. Otro crujido. Más cerca esta vez. Me levanté de la cama con cuidado, conteniendo la respiración. Me acerqué a la puerta, mis dedos temblorosos rozaron el pomo mientras me debatía entre abrir o quedarme allí, congelada por el miedo. Los segundos pasaron lentos, cada uno estirándose hasta el infinito. El silencio se rompió con un golpe suave, como si alguien hubiera arrastrado o movido algo en la sala de estar. Mi mente se nubló por el terror. Sabía que algo estaba mal.
Finalmente, la abrí apenas un resquicio. El pasillo estaba oscuro, vacío…, pero algo en mi interior gritaba que no estaba sola. La cerré a toda prisa, mis manos temblorosas buscaron el teléfono en la mesita de noche. Marqué el 911, los tonos de llamada sonaban interminables, cada uno más desesperante que el anterior, pero antes de que pudiera escuchar una respuesta, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.
Lo vi. Era él, la figura que había llenado mis pesadillas y las de toda la ciudad. Richard Ramírez, el Acosador Nocturno, estaba allí con sus ojos brillando con una malicia insondable. Sin colgar, el teléfono cayó de mis manos mientras retrocedía hasta tropezar con la cama. Su sonrisa era una mueca de puro mal y, cuando sus manos se acercaron a mi rostro, el terror me paralizó. Intenté gritar, pero el miedo había secado mi garganta.
—No intentes nada estúpido —dijo en un susurro áspero que envió un escalofrío por mi columna.
Me quedé inmóvil, el corazón latiendo con fuerza, mientras él me agarraba del brazo y me levantaba del suelo con una fuerza sorprendente. Me arrastró hacia la cama y me empujó sobre el colchón, su peso inmovilizándome. Intenté luchar, pero él era demasiado fuerte. Sentí su aliento caliente, su mano cerrándose alrededor de mi garganta. El mundo se desvanecía en un pitido agudo mientras apretaba, su fuerza aplastaba mi vida poco a poco.
Estaba segura de que iba a morir. Era mi final.
Entonces, algo cambió. Un ruido en el pasillo, algo que también lo alarmó a él, hizo que aflojara su agarre. La adrenalina explotó en mi interior y en ese instante de pánico puro mi rodilla impactó con fuerza en su entrepierna. Su grito fue mi única señal de esperanza. Me escabullí de su alcance y corrí hacia la salida. Escuché sus pasos pesados detrás de mí, pero no me detuve. Salí al pasillo y me dirigí a la cocina en busca de alguna herramienta con la que defenderme. Mis manos temblorosas sacaron un cuchillo afilado de un cajón justo cuando él llegó al umbral.
—¡Aléjate de mí! —grité sin poder evitar el miedo en mi voz.
Él se detuvo con los ojos fijos en el cuchillo. Por un momento, pensé que iba a retroceder, pero luego su sonrisa volvió, más cruel y desquiciada que antes. Dio un paso hacia adelante y yo, con el corazón en la garganta, me preparé para defenderme, aunque no tuviera ni idea de cómo hacerlo.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de mi apartamento se abrió de golpe. Varios policías irrumpieron y sus voces llenaron el pequeño espacio mientras apuntaban sus armas hacia él. El terror y el alivio me invadieron al mismo tiempo. Vi cómo lo reducían, cómo lo esposaban... pero no podía moverme. Me desplomé en el suelo entre sollozos y temblores, el cuchillo aún apretado en mi mano.
Un oficial me ayudó a salir, sus palabras suaves intentaban calmarme. Me llevaron fuera del apartamento, lejos del horror que había vivido. Pero el miedo... el miedo no se fue. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. Sentía su aliento en mi piel, su mano en mi garganta.
Pasaron días antes de que pudiera volver a mi apartamento, y semanas antes de que pudiera dormir sin pesadillas.
Richard Ramírez me había robado una parte de mi paz, pero no pudo quitarme mi vida. Sobreviví y, con el tiempo, encontré la fuerza para seguir adelante. Sin embargo, nunca olvidaré lo que sentí esa noche.
Soy Clara Thompson y soy la única superviviente del Acosador Nocturno.