Carson abrió sus ojos y se quedó mirando hacia arriba, a la fluctuante penumbra azulada.
Hacía calor, y se hallaba echado en la arena. Una aguda roca semienterrada se le clavaba en la espalda. Giró sobre sí mismo, apartándose de ella, y luego se incorporó hasta quedar sentado.
—Estoy loco —pensó—. Loco… o muerto… o algo así.
La arena era de color azul brillante. Y no había arena azul brillante ni en la Tierra ni en ninguno de los planetas.
Arena azul.
Arena azul bajo una cúpula azul que ni era el cielo ni una habitación, sino un área cerrada. En alguna forma sabía que era finita y cerrada, aunque no pudiera ver sus límites.
Cogió un puñado de arena y la dejó deslizarse por entre sus dedos. Se desparramó sobre su pierna desnuda. ¿Desnuda?
Desnuda. Estaba totalmente desnudo, y su cuerpo estaba ya empapado en sudor debido al enervante calor. Las partes del mismo que habían estado en contacto con la arena aparecían cubiertas por una capa azul.
Pero el resto de su cuerpo se veía blanco.
Pensó: Entonces, esta arena es realmente de color azul. Si pareciese azul tan sólo porque lo es la luz, entonces yo también parecería ser de color azul. Pero yo soy blanco, así que la arena es azul. Arena azul. No existe arena azul. No existe ningún lugar parecido a éste en que estoy.
El sudor le llenaba los ojos.
Hacía calor, más calor que en Hades. La única diferencia era que Hades, el Hades de los antiguos, se suponía de color rojo y no azul.
Pero, si este lugar no era Hades, ¿qué lugar era? Tan sólo Mercurio, de entre los planetas, tenía una temperatura como ésta, y esto no era Mercurio. Además, Mercurio estaba a varios miles de millones de kilómetros de…
Entonces recordó donde había estado. En la pequeña nave exploradora monoplaza, más allá de la órbita de Plutón, reconociendo el espacio a dos millones de kilómetros hacia un lado de la Armada Terrestre alineada en formación de combate para interceptar a los Intrusos.
Aquel repentino y estremecedor sonido de la alarma cuando el aparato de reconocimiento enemigo, el navío Intruso, había entrado en el radio de acción de los detectores…
Nadie sabía quienes eran los Intrusos, ni cual era su apariencia, ni siquiera de qué lejano sistema venían. Tan sólo se sabía que se hallaba en la dirección general de las Pléyades.
Primero, escaramuzas aisladas contra los puestos avanzados y las colonias de la Tierra. Batallas aisladas entre patrullas terrestres y pequeños grupos de navíos Intrusos; batallas que unas veces eran ganadas y otras perdidas, pero nunca hasta ahora habían producido la captura de una nave enemiga. Ni tampoco había sobrevivido ningún miembro de una colonia atacada para poder describir a los Intrusos que hubieran salido de sus naves, si es que alguna vez habían salido.
Al principio no se había tratado de una amenaza demasiado seria, porque los ataques no habían sido ni muy numerosos ni muy destructivos. E, individualmente, sus navíos habían resultado ser ligeramente inferiores en armamento a los mejores navíos de combate terrestres, si bien algo superiores en velocidad y maniobrabilidad. De hecho, tenían la suficiente velocidad adicional como para dar a los Intrusos la posibilidad de elegir entre escapar o presentar combate, excepto cuando se lograba rodearlos.
No obstante, la Tierra se había preparado para dificultades serias, para un combate definitivo, construyendo la armada más grande de todos los tiempos. Durante un largo tiempo, esta armada había estado esperando, pero ahora el combate definitivo estaba cercano.
Los exploradores situados a treinta mil millones de kilómetros hacia el exterior del sistema habían detectado la aproximación de una poderosa flota, una flota para el combate decisivo, de los Intrusos. Esas naves de reconocimiento jamás habían regresado, pero sus mensajes radiotrónicos si habían llegado. Y, ahora, la Armada Terrestre, con sus diez mil navíos y medio millón de tripulantes, se hallaba allí, más allá de Plutón, esperando realizar la intercepción y combatir hasta el fin.
Y, juzgando por los informes de los hombres que en la línea de centinela avanzada habían dado sus vidas por obtenerlos, iba a tratarse de una batalla de resultados imprevisibles, dado el tamaño y la fuerza de la flota Intrusa.
Era una batalla por la supervivencia, con el destino del sistema solar pendiente de su resultado, un resultado incierto. Una última y desesperada posibilidad de supervivencia para la Tierra y sus colonias, pues si los Intrusos rompían las defensas…
Oh, sí, Bob Carson lo recordaba ya todo.
No es que esto explicara la arena azul ni la fluctuante penumbra, pero sí el estridente sonido de la alarma y su salto hacia los mandos. Su nervioso apresuramiento mientras se sujetaba al sillón. El punto en la pantalla detectora que se hacía más grande.
La sequedad de su garganta. El aterrador presentimiento de que había llegado la hora. Por lo menos su hora, aunque las flotas estuviesen aún alejadas una de la otra.
Éste era su bautismo de fuego. En tres segundos o menos habría vencido, o sería un puñado de cenizas. Muerto.
Tres segundos, esto era lo más que duraba una batalla espacial. El tiempo suficiente para contar hasta tres, lentamente, y entonces uno había vencido o estaba muerto. Un solo impacto era suficiente para destruir un monoplaza ligeramente armado y blindado como la nave en que se hallaba.
Frenéticamente, mientras sus labios resecos formaban inconscientemente la palabra «Uno», manejó los mandos para mantener el punto que se agrandaba centrado en la mira de la pantalla detectora. Mientras sus manos hacían esto, su pie derecho se colocaba sobre el pedal que dispararía la descarga. La descarga de energía con la que necesariamente tenía que alcanzar a su enemigo, pues no habría tiempo para un segundo disparo.
«Dos». Tampoco se dio cuenta de que pronunciaba esto. El punto en la pantalla ya no era un punto. Hallándose a tan sólo unos pocos millares de kilómetros, aparecía aumentado por la pantalla como si se encontrara a unos centenares de metros. Era una rápida nave exploradora, aproximadamente del mismo tamaño que la suya.
Y, sí, se trataba de una nave enemiga.
«Tr…». Su pie tocó el pedal de disparo…
Y entonces el Intruso cambió repentinamente de rumbo, saliendo del punto de mira. Carson apretó botones con frenesí, tratando de seguirlo.
Durante la décima parte de un segundo desapareció completamente de la pantalla. Luego, al ir girando la proa de su nave, lo volvió a localizar, picando directamente hacia el suelo.
¿El suelo?
Aquel planeta, o lo que fuera, que ahora llenaba la pantalla debía ser una ilusión óptica. Tenía que serlo. Fuera lo que fuese, no podía estar allí. De ninguna manera. El planeta más cercano era Neptuno, y se hallaba a cuatro mil millones de kilómetros. Plutón, por su parte, se hallaba en el lado opuesto del distante Sol.
Sus detectores no habían señalado ningún objeto de dimensiones planetarias, ni siquiera del tamaño de un asteroide. Los comprobó y seguían igual.
Así que aquel fuera lo que fuese hacia el que estaba cayendo en picado, con tan sólo unos pocos cientos de kilómetros de distancia entre su nave y el suelo, no podía estar allí.
En su repentina ansiedad por evitar el estrellarse, se olvidó hasta de la nave enemiga. Disparó los retrocohetes de freno, y en el mismo momento en que el repentino cambio de velocidad lo aplastaba contra las correas de sujeción de su asiento accionó los cohetes de estribor para conseguir un giro de emergencia, Presionó los botones de disparo y los mantuvo así, pues sabía que ese giro tan repentino le ocasionaría un desmayo momentáneo.
Perdió el sentido.
Y eso fue todo. Ahora se encontraba sentado en la tórrida arena azul, desnudo pero indemne. No se veía rastro de su espacionave, ni tan siquiera del espacio. Esa curva que se extendía por encima suyo, fuera lo que fuese, no era el cielo.
Se puso de pie.
La gravedad parecía ser algo superior a la de la Tierra. No muy superior.
La llanura de arena se extendía ininterrumpidamente a su alrededor. Aquí y allí se veían unos arbustos macilentos. Los arbustos también eran azules, pero sus tonalidades variaban. Algunos eran de tonalidad más clara que la arena y otros más oscuros.
Un pequeño animal similar a un lagarto, que tenía más de cuatro patas, salió corriendo del matorral más cercano. También era azul. Azul brillante. Lo vio y regresó corriendo al matorral.
Carson volvió a mirar hacia arriba, tratando de averiguar qué era lo que había allí. No se trataba exactamente de un techo, pero tenía forma de cúpula. Fluctuaba y era difícil fijar la vista en él, pero se apreciaba claramente como se curvaba hacia el suelo de arena azul.
No estaba muy lejos del centro de la cúpula. Aproximadamente debía haber un centenar de metros de distancia hasta la pared más cercana, si es que era una pared. Era como si un hemisferio azul de algo, de una circunferencia aproximada de doscientos cincuenta metros, estuviese puesto boca abajo sobre la arena.
Y todo en su interior era azul. Todo excepto un objeto. Cerca de un distante punto de la pared curvada había un objeto rojo. Más o menos esférico, semejaba tener un diámetro de un metro. Se hallaba demasiado lejos para poderlo ver claramente a la fluctuante luz azul, pero sin poderse explicar por qué se estremeció.
Se enjugó el sudor de su frente, o al menos trató de hacerlo, con el dorso de la mano.
¿Era todo un sueño, una pesadilla: este calor, esta arena, este vago sentimiento de horror que experimentaba al mirar a la cosa roja?
¿Un sueño? No, uno no se echa a dormir ni sueña en medio de una batalla espacial.
¿La muerte? No, nunca. La vida inmortal no puede ser algo sin sentido como esto, a base de calor azul, arena azul y horror rojo.
Entonces oyó la voz…
La oyó dentro de su cabeza, y no con sus oídos. Venía de todas partes y de ninguna parte.
—Errando a través de los espacios y las dimensiones —resonaron las palabras en su mente—, en este espacio y en este tiempo he hallado a dos pueblos a punto de entablar un combate que exterminaría a uno de ellos y debilitaría tanto al otro que lo haría retrogradar y no llegar nunca a completar su destino, sino que caería en la decadencia y volvería al polvo irracional del que proviene. Y yo digo que esto no debe suceder.
—¿Quién… qué es usted? —Carson no lo dijo en voz alta, pero la pregunta se formó en su mente.
—No lo comprenderías en absoluto. Soy… —Hubo una pausa como si la voz buscase, en el cerebro de Carson, una palabra que no estaba allí, una palabra que no conocía—. Soy el producto final de la evolución de una raza tan antigua en el tiempo que no puede ser expresado en palabras que signifiquen algo para tu mente. Una raza fundida en una sola entidad, eterna… Una entidad tal como tu primitiva raza podría llegar a ser —de nuevo la búsqueda de una palabra— en los tiempos venideros. Lo mismo podría ocurrirle a la raza a la que llamas, en tu mente, los Intrusos. Así que intervengo en la batalla que está por librarse, la batalla entre flotas tan parejas que de ella resultaría la destrucción de ambas razas. Una debe sobrevivir. Una debe progresar y evolucionar.
—¿Una? —pensó Carson—. ¿La mía o…?
—Está dentro de mis poderes el detener la guerra, el devolver a los Intrusos a su sistema, pero volverían, o tu raza los seguiría más pronto o más tarde hasta allí. Tan sólo permaneciendo en este espacio y tiempo para intervenir constantemente podría evitar que os destruyerais los unos a los otros, y no puedo permanecer. Así que intervendré ahora. Destruiré completamente una flota sin pérdidas para la otra. Así, una civilización sobrevivirá.
Pesadilla. Esto tenía que ser una pesadilla, pensó Carson. Pero sabía que no lo era.
Era demasiado descabellado, demasiado imposible para ser otra cosa que la realidad.
No se atrevía a hacer la pregunta: ¿cuál?, pero sus pensamientos lo hicieron por él.
—La más fuerte sobrevivirá —dijo la voz—. Esto es algo que no puedo, ni quiero, cambiar. Tan sólo intervendré para hacer que sea una victoria total, no —de nuevo la búsqueda— no una victoria pírrica para una raza agotada.
»De los límites de la futura batalla seleccioné a dos individuos: a tú y a un Intruso. Veo en tu mente que en tu historia primitiva, cuando existían naciones, no eran desconocidos los combates entre campeones para decidir las disputas entre los pueblos.
»Tú y tu oponente os halláis aquí, enfrentados el uno contra el otro, desnudos y desarmados, bajo condiciones igualmente extrañas para ambos, igualmente molestas para ambos. No hay límite de tiempo, porque aquí no hay tiempo. El sobreviviente es el campeón de su raza. Esa raza sobrevivirá.
—Pero… —la protesta de Carson era demasiado inarticulada para ser expresada, pero la voz la contestó.
—Es justo. Las condiciones son tales que el simple uso de la fuerza física no puede decidir completamente el resultado. Hay una barrera. Ya lo comprenderás. La inteligencia y el valor serán más importantes que la fuerza. Sobre todo el valor, que es el deseo de sobrevivir.
—Pero, mientras esto tiene lugar, las flotas…
—No, estáis en otro espacio, en otro tiempo. Mientras os halléis aquí el tiempo está detenido en el universo que conocéis. Veo que te preguntas si este lugar es real. Lo es, y no lo es. Al igual que, para tu comprensión limitada, yo soy y no soy real. Mi existencia es mental y no física. Me viste como un planeta; pero podría haber sido como una mota de polvo o como un sol.
»Pero para ti este lugar es, ahora, real. Lo que aquí te ocurra será real. Y si mueres aquí, tu muerte será real. Si mueres, tu fracaso será el fin de tu raza. Con esto ya sabes lo suficiente.
Y, entonces, la voz cesó.
De nuevo estaba solo, pero no estaba solo. Porque cuando miró, Carson vio a la cosa roja, a la esfera de horror rojo que ahora sabía que era un Intruso, y que ahora estaba rodando hacia él.
Rodando.
Parecía no tener ni brazos ni piernas visibles, ni rasgos físicos apreciables. Rodaba por la arena azul con la fluida rapidez de una gota de mercurio. Y, ante ella, le precedía una onda paralizante de nauseabundo, repugnante y hórrido odio.
Carson miró frenético a su alrededor. Una piedra que estaba sobre la arena, a su lado, era lo más aproximado a un arma. No era grande, pero tenía bordes afilados, como un fragmento de sílex. Parecía ser sílex azul.
La cogió y se agachó, esperando el ataque. Llegaba rápido, mucho más rápido de lo que él podía correr.
No había tiempo para pensar en como iba a combatirlo y, en cualquier forma, ¿cómo podía planear la forma de enfrentarse con un ser cuyas características, cuya fuerza y cuyos métodos de lucha desconocía? Rodando tan aprisa parecía, más que nunca, una perfecta esfera.
Diez metros de distancia. Cinco. Y entonces se detuvo.
Mejor dicho, fue detenida. Abruptamente, el lado más cercano de la esfera se aplanó como si hubiese chocado contra una pared invisible. Rebotó, realmente rebotó hacia atrás.
Entonces rodó de nuevo hacia adelante, pero más lentamente, con más cautela. Se detuvo en el mismo lugar. Lo intentó de nuevo, esta vez a unos metros hacia un lado.
Había alguna clase de barrera. Entonces recordó aquel pensamiento proyectado en su mente por la Entidad que los había traído allí: «… el simple uso de la fuerza física no puede decidir completamente el resultado. Hay una barrera».
Un campo de fuerza, naturalmente. No el Campo Netziano, conocido ya por la ciencia terrestre, pues aquél brillaba y emitía un sonido chirriante. Éste, en cambio, era invisible y silencioso.
Era una pared que llegaba de un lado a otro del hemisferio invertido; Carson no tenía necesidad de verificarlo personalmente.
Carson dio media docena de pasos hacia adelante, con su mano izquierda extendida por delante, hasta que tocó la barrera. Se notaba lisa y un tanto flexible, más similar a una pared de goma que a una lámina de cristal. Cálida al tacto, pero no más que la arena que pisaba. Y era completamente invisible, aún de cerca.
Dejó caer la piedra y empujó con ambas manos. Pareció ceder un poco, pero tan sólo un poco, aunque estaba empujando con todo el peso de su cuerpo. Era como una pared de goma tras la que hubiese otra de acero. Una cierta flexibilidad y después una firmeza impenetrable.
Se alzó de puntillas y tanteó tan alto como pudo. La barrera aún se extendía.
Vio como el Esferoide volvía, habiendo alcanzado un lado de la arena. Aquel sentimiento de náusea golpeó de nuevo a Carson, por lo que dio un pasó atrás, alejándose de la barrera, mientras pasaba. No se detuvo.
¿Terminaba la barrera al nivel del suelo? Carson se arrodilló y escarbó en la arena. Era blanda, ligera, fácil de excavar. A medio metro de profundidad la barrera continuaba.
El Esferoide volvía de nuevo. Obviamente no había podido hallar un paso por ningún lado.
Tiene que haber una forma de pasar, —pensó Carson—. Alguna forma en que podamos enfrentarnos, o de lo contrario este duelo no tiene sentido.
Pero no había prisa en encontrarlo. Había que probar otra cosa antes. El Esferoide había regresado, y se detuvo al otro lado de la barrera, tan sólo a dos metros de distancia. Parecía estarle estudiando, aunque por más que se esforzase Carson no podía hallar evidencia de órganos sensoriales en su exterior. Nada que semejase ser ojos, orejas o siquiera una boca. Tan sólo tenía, ahora podía verlos, una serie de surcos, quizás una docena; y de repente vio surgir dos tentáculos de otros tantos surcos, y hundirse en la arena como probando su consistencia. Tentáculos de un par de centímetros de diámetro y medio metro de largo.
Los tentáculos se retraían al interior de los surcos y permanecían allí excepto cuando eran utilizados. Permanecían retraídos cuando la cosa rodaba y no semejaban tener nada que ver con su sistema de locomoción. Éste, por lo que Carson podía inferir, tal vez se realizara desplazando su centro de gravedad, aunque no tenía forma de imaginarse como podía llevarse a cabo esta operación.
Se estremeció mientras contemplaba la cosa. Era extraña, absolutamente extraña, horriblemente diferente de cualquier cosa existente en la Tierra o de cualquiera de las formas de vida halladas en los otros planetas del Sol. Instintivamente, en alguna manera, sabía que su mente era tan extraña como su cuerpo.
Pero tenía que probar. Si no tenía ninguna clase de poderes telepáticos, la tentativa estaba predestinada al fracaso, y sin embargo pensaba que tenía esos poderes. En cualquier forma, había notado la proyección de algo que no era físico hacía algunos minutos, en el momento en que, por primera vez, se había lanzado contra él. Una ola, casi tangible, de odio.
Si podía proyectar esto quizás pudiera también leer su mente, al menos lo suficiente como para lograr su propósito.
Deliberadamente, Carson tomó la roca que había sido su única arma y luego la lanzó en un gesto de renuncia, alzando sus manos vacías con las palmas hacia arriba ante él.
Habló en voz alta, sabiendo que aunque sus palabras no tendrían significado para el ser que se hallaba ante él, al pronunciarlas daría mayor énfasis a su propio pensamiento sobre el mensaje.
—¿No puede haber paz entre nosotros? —dijo, con su voz resonando extrañamente en el completo silencio—. La Entidad que nos trajo aquí nos ha dicho lo que ocurrirá si nuestras razas combaten. Extinción de una de ellas y debilitamiento y regresión de la otra. La batalla entre ambas, dijo la Entidad, depende de lo que hagamos aquí. ¿Por qué no podemos convenir una paz externa; tu raza en tu sistema, la mía en el nuestro?
Carson procuró dejar en blanco su mente para recibir una respuesta.
Llegó, y le hizo retroceder físicamente. De hecho dio varios pasos hacia atrás, impelido por el profundo horror que le causaba la consistencia e intensidad del odio y los deseos de matar contenidos en las imágenes rojas que le habían sido proyectadas. No como palabras articuladas, tal como le habían llegado los pensamientos de la Entidad, sino como ola tras ola de furiosa emoción.
Por un momento que pareció una eternidad tuvo que luchar contra el impacto mental de ese odio, luchar para desecharlo de su mente y para arrojar de ella los pensamientos extraños a los que él mismo había dado paso al dejar en blanco su mente. Deseaba vomitar.
Lentamente su mente se clarificó, al igual que lo hace la de alguien que se despierta de una pesadilla y se libera del tejido de horrores que el sueño ha hilado. Su respiración era jadeante y se sentía débil, pero podía pensar.
Se quedó estudiando al Esferoide. Había estado inerte durante el duelo mental en el que casi había vencido. Ahora rodó hacia un lado hasta el más próximo de los matorrales azules. Tres tentáculos surgieron de sus surcos y comenzaron a investigar el arbusto.
—Bien —dijo Carson—, entonces será la guerra. —Esbozó una sonrisa—. Si he comprendido tu respuesta, la paz no te atrae.
Y, como después de todo era un hombre joven, no pudo resistir el impulso hacia el drama y añadió:
—¡A muerte!
Pero su voz, en el silencio total, sonaba estúpida aún para él mismo. Y entonces se dio cuenta de que realmente era a muerte. No sólo a su propia muerte o a la de la esférica cosa roja, a la cual llamaba ahora el Esferoide, sino a muerte de una de las dos razas. La muerte de la raza humana si era él el que fallaba.
Repentinamente se sintió muy humilde y hasta temeroso de pensar en ello. Más que de pensarlo, de saberlo. En alguna manera, con un conocimiento superior a la simple fe, sabía que la Entidad que había preparado aquel duelo había dicho la verdad acerca de sus intenciones y sus poderes. No había estado bromeando.
El futuro de la humanidad dependía de él. Era terrible darse cuenta de eso, por lo que lo apartó de su mente. Tenía que concentrarse en la situación presente.
Tenía que haber alguna forma de atravesar la barrera, o de matar a través de la misma.
¿Mentalmente? Esperaba que no fuese así, porque obviamente el Esferoide tenía unos poderes telepáticos más fuertes que los primitivos y aún sin desarrollar de la raza humana. ¿O no era así?
Había sido capaz de arrojar los pensamientos del Esferoide de su mente; ¿podría hacerlo éste? Si su habilidad para proyectar era mayor, ¿no sería su mecanismo receptivo más vulnerable?
Lo miró y trató de concentrarse y enfocar en él sus pensamientos.
—Muere —pensó—. Vas a morir. Estás muriéndote. Estás…
Probó con variaciones del mismo tema, y con imágenes mentales. El sudor corría por su frente y comenzó a temblar por la intensidad de sus esfuerzos. Pero el Esferoide continuó con su investigación del matorral, sin parecer afectado en lo más mínimo, tal como si Carson hubiera estado recitando la tabla de multiplicar.
Así que esto no servía.
Se sentía un tanto débil y mareado por el calor y su agotador esfuerzo de concentración. Se sentó en la arena azul para descansar y concentró toda su atención en contemplar y estudiar el Esferoide. Quizás con un estudio detenido pudiera juzgar su fuerza y detectar sus debilidades, aprender cosas que pudieran ser valiosas para el momento en que pudiesen enfrentarse físicamente.
Estaba rompiendo ramitas. Carson lo contemplaba cuidadosamente, tratando de juzgar lo que le costaba hacerlo. Más tarde, pensaba, buscaría un arbolillo similar en su propio lado y rompería a su vez ramas del mismo grosor, para así lograr una comparación entre la fuerza física de sus propios brazos y manos y la de aquellos tentáculos.
Las ramas de los arbustos eran difíciles de romper. Veía que el esferoide tenía que esforzarse con cada una. Cada tentáculo se bifurcaba en su extremidad formando dos dedos, cada uno de ellos terminado en una uña o garra. Las garras no parecían ser particularmente largas o peligrosas. Sus propias uñas serían iguales si las dejase crecer un poco.
No, en su totalidad no parecía demasiado duro para enfrentársele físicamente. A menos, claro está, que el arbusto estuviera hecho de un material particularmente resistente. Carson miró a su alrededor y vio que allí mismo había otro de características similares.
Se aproximó y partió una rama. Era frágil y fácil de romper. Naturalmente, quizá el Esferoide hubiera estado simulando deliberadamente, pero no lo creía.
Por otra parte, ¿dónde era vulnerable? ¿Cómo lo iba a matar si es que tenía la oportunidad? Volvió a estudiarlo. El pellejo externo parecía bastante duro. Necesitaría alguna clase de arma afilada. Volvió a coger el trozo de roca. Tenía unos treinta centímetros de largo, era estrecho y bastante aguzado por una extremidad. Si se astillaba como el sílex podría hacer de ella un buen cuchillo. El Esferoide continuaba investigando los matorrales. Rodó de nuevo, hasta el más cercano de otro tipo. Un pequeño lagarto azul, multipédico, como el que Carson había visto en su lado de la barrera, salió disparado del matorral.
Un tentáculo del esferoide se distendió de un golpe y lo asió, alzándolo. Otro tentáculo surgió y comenzó a arrancar las patas del lagarto con la misma calma y frialdad con que había arrancado las ramas del arbusto. El animalillo se debatía frenéticamente, y emitía un agudo chillido que era el primer sonido que Carson había oído aparte del de su propia voz.
Carson se estremeció y deseó apartar sus ojos, pero se obligó a continuar mirando. Cualquier cosa que pudiera aprender acerca de su oponente podía ser valiosa. Hasta el conocimiento de su innecesaria crueldad. Particularmente, pensó en un súbito arrebato emocional, el conocimiento de esta innecesaria crueldad. Sería un placer matar a la cosa, si y cuando llegara la oportunidad.
Se endureció, obligándose a contemplar el descuartizamiento del lagarto por esa misma razón.
Se quedó tranquilo cuando, perdidas la mitad de sus patas, el lagarto dejó de chillar y de debatirse y quedó inerte y muerto entre los tentáculos del Esferoide.
No continuó con el resto de las patas. Despreciativamente, lo arrojó en dirección a Carson. Describió un arco a través del aire y cayó a sus pies.
¡Había atravesado la barrera! ¡La barrera ya no estaba allí!
Carson se alzó de un salto, con el cuchillo fuertemente asido en la mano, y saltó hacia adelante. ¡Acabaría con este asunto aquí y ahora! Habiendo desaparecido la barrera…
Pero no había desaparecido. Se dio cuenta de ello en la peor manera posible, dándose de cabeza contra ella y casi perdiendo el sentido. Rebotó y cayó.
Mientras se sentaba, tratando de aclarar su cabeza, vio algo que atravesaba el aire dirigiéndose hacia él, y para evitarlo se dejó caer de nuevo sobre la arena, hacia un lado. Logró apartar su cuerpo, pero notó un agudo dolor en la pantorrilla de su pierna izquierda.
Rodó sobre sí mismo, hacia atrás, ignorando el dolor e irguiéndose sobre sus piernas. Era una roca, ahora lo veía, lo que le había golpeado. Y el Esferoide estaba cogiendo otra, balanceándola hacia atrás entre dos tentáculos, preparándose para un nuevo lanzamiento.
Atravesó el aire hacia él, pero pudo apartarse fácilmente de su camino. Aparentemente, el esferoide podía lanzar piedras, pero ni lejos ni con fuerza. La primera piedra le había alcanzado tan sólo porque había estado sentado y no la había visto llegar hasta que casi estuvo sobre él.
Mientras se apartaba de ese débil segundo lanzamiento, Carson echó hacia atrás su mano derecha y lanzó la roca que aún seguía en su mano. Si los proyectiles, pensó con súbita alegría, podían atravesar la barrera, entonces los dos podían participar en el mismo juego. Y un buen brazo derecho de un terrestre…
No podía errar a una esfera de un metro a una distancia de tan sólo cuatro, y no erró. La roca voló en línea recta, con una velocidad varias veces superior a la de los proyectiles que el Esferoide había lanzado. Le dio en el mismo centro, pero desafortunadamente lo hizo de costado en lugar de hacerlo de punta.
Pero dio con un impacto resonante, y obviamente hizo daño. El Esferoide había estado cogiendo otra piedra, pero cambió de pensamiento y escapó de allí. En el momento en que Carson pudo coger y lanzar otra roca, el Esferoide estaba ya a cuarenta metros de la barrera, y continuaba a buena velocidad.
Su segundo disparo falló por unos centímetros y el tercero quedó corto. El Esferoide estaba fuera de alcance, al menos fuera de alcance de un proyectil lo suficientemente pesado como para hacer daño.
Carson sonrió. Este round había sido suyo. Excepto…
Dejó de sonreír mientras se agachaba para examinar su pantorrilla. Un borde de la piedra había ocasionado un corte bastante profundo y de varios centímetros de largo. Estaba sangrando con bastante profusión, pero no creía que hubiese profundizado lo suficiente como para alcanzar una arteria. Si dejaba de sangrar por sí mismo, bien estaba. Si no, tendría problemas.
No obstante, el hallar una cosa tenía preferencia sobre el preocuparse por el corte: el hallar la naturaleza de la barrera. Se adelantó de nuevo hacia ella, esta vez tanteando previamente con las manos. La encontró. Entonces, manteniendo una mano contra ella, le lanzó un puñado de arena con la otra. La arena la atravesó, su mano no.
¿Se trataba de una diferenciación entre la materia orgánica y la inorgánica? No, porque el lagarto muerto la había atravesado, y un lagarto, vivo o muerto, era ciertamente orgánico.
¿Y la vida vegetal? Rompió una rama y hurgó con ella en la barrera. La rama la atravesó sin encontrar resistencia, pero cuando los dedos que la asían llegaron a establecer contacto fueron detenidos.
No podía atravesarla, ni tampoco podía hacerlo el Esferoide, pero sí las rocas y la arena y un lagarto muerto…
¿Y qué pasaba con un lagarto vivo? Se dedicó a cazar, bajo los matorrales, hasta que halló uno y logró cogerlo. Lo lanzó con suavidad contra la barrera y rebotó, escurriéndose a través de la arena azul.
Esto le dio la respuesta, al menos la que podía obtener por el momento. La barrera era una pantalla para los seres vivos. La materia inorgánica o la orgánica muerta podían atravesarla.
Establecido esto, Carson miró de nuevo a su pierna herida. Ya no sangraba tanto, lo que significaba que no tendría que preocuparse en hacer un torniquete. Pero tenía que encontrar un poco de agua, si es que había alguna, para limpiar la herida.
Agua. El pensar en ella le hizo darse cuenta de que estaba sediento. Debía de hallar agua, si es que el combate iba a durar.
Cojeando ligeramente, comenzó a recorrer el perímetro de su mitad de la arena. Guiándose con una mano a lo largo de la barrera, caminó hacia la derecha hasta que llegó a la pared curvada. Era visible, de un apagado color gris azulado, y su superficie tenía el mismo tacto que la barrera central.
Experimentó lanzándole un puñado de arena, y ésta desapareció al atravesarla. La cúpula hemisférica era también un campo de fuerza, pero opaco, en lugar de ser transparente como la barrera.
La siguió hasta que volvió a la barrera, y caminó a lo largo de esta hasta llegar al punto del que había partido.
No había señales de agua.
Preocupado, comenzó a zigzaguear arriba y abajo entre la barrera y la pared, cubriendo cuidadosamente el espacio intermedio.
No había agua. Arena azul, arbustos azules y un intolerable calor. Nada más.
Debía ser su imaginación, se dijo enojado a sí mismo, la que hacía que estuviese sufriendo tanta sed. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Naturalmente, nada en absoluto, en relación con su propio espacio-tiempo. La Entidad le había dicho que el tiempo estaba detenido afuera, mientras él estuviese allí. Pero, en cualquier forma, sus procesos corporales seguían funcionando. Y, de acuerdo con su tiempo subjetivo, ¿cuánto tiempo llevaba allí? Tal vez tres o cuatro horas. Ciertamente, no lo bastante como para estar sufriendo seriamente por causa de la sed.
Pero estaba sufriendo por ello; su garganta estaba reseca. Posiblemente la causa era el intenso calor. ¡Hacía calor! Al menos más de 50°. Un calor seco y continuo, sin que el aire se moviese en lo más mínimo. Cojeaba exageradamente y estaba sin aliento cuando terminó la fútil exploración de su dominio.
Miró hacia el inmóvil Esferoide, y esperó que se sintiese tan miserable como él. Y posiblemente tampoco estaba pasándolo bien. La Entidad había dicho que las condiciones del lugar eran igualmente extrañas y penosas para ambos. Quizá el Esferoide venía de un planeta en el que lo normal fuese un calor de 100°, tal vez se estuviera helando mientras él se estaba asando.
Tal vez el aire fuera tan denso para el Esferoide como tenue para él. Porque el cansancio de sus exploraciones lo había dejado jadeante. La atmósfera allí, se daba cuenta ahora, no era mucho más densa que la de Marte.
No había agua.
Esto significaba un plazo fijo, por lo menos para él. A menos de que pudiera encontrar una forma de cruzar la barrera o de matar a su enemigo desde este lado, la sed llegaría a acabar con él.
Esto le daba una sensación de urgencia desesperada. Tenía que apresurarse.
Pero se obligó a sí mismo a sentarse por un momento para descansar, para pensar.
¿Qué se podía hacer? Nada, y sin embargo tantas cosas. Tenía por ejemplo las diversas variedades de arbustos. No parecían prometedores, pero tendría que examinarlos para ver lo que le ofrecían. Y su pierna: tendría que hacer algo con ella, aún sin agua para limpiarla. Y también recoger municiones en forma de rocas. Encontrar una roca que sirviese como un buen cuchillo…
Ahora le dolía bastante la pierna, y decidió que esto era lo primero que requería su atención. Un tipo de arbusto tenía hojas o cosas bastante similares a hojas. Arrancó un puñado de ellas y decidió, tras examinarlas, probar fortuna. Las usó para limpiar la arena y la suciedad y la sangre coagulada. Luego hizo una compresa con nuevas hojas y la ató sobre la herida con zarcillos de la misma planta.
Los zarcillos resultaron ser inesperadamente duros y fuertes. Eran delgados, suaves y flexibles, y no obstante no podía romperlos en absoluto. Tuvo que aserrarlos con la afilada arista de un trozo del sílex azul. Algunos de los más gruesos tenían más de un palmo, y archivó en su memoria, para futura referencia, que un puñado de los más gruesos, atados juntos, formarían una cuerda bastante aceptable. Tal vez lograse pensar un uso para una cuerda.
A continuación, se hizo un cuchillo. El sílex azul se astillaba. Con un trozo de un palmo, se labró un arma tosca pero letal. Y con los zarcillos del arbusto fabricó un cinturón en el cual podía sujetar el cuchillo de sílex, para tenerlo encima en todo momento sin que por ello le ocupase las manos.
Volvió a estudiar los arbustos. Había otros tres tipos. Uno no tenía hojas, era seco y se rompía con facilidad. Otro era de una madera blanda y tierna, como la yesca. Serviría muy bien para hacer un excelente fuego. El tercer tipo era el más parecido a la madera. Tenía unas hojas frágiles que se deshacían al tocarlas, pero los tallos, aunque cortos, eran rectos y fuertes.
Hacía un calor terrible e insoportable.
Cojeó hasta la barrera. La tocó para estar seguro de que seguía allí. Seguía.
Se quedó durante un rato mirando al Esferoide. Permanecía a una distancia segura de la barrera, más allá del alcance efectivo de las piedras. Estaba moviéndose por allá. Hacía algo. Desde aquí no podía ver lo que era.
Una vez se detuvo, se acercó un poco y pareció concentrar su atención en él. Carson tuvo que rechazar de nuevo una ola de náusea. Le lanzó una piedra y el Esferoide se retiró y volvió a lo que fuera que estuviese haciendo antes.
Al menos podía obligarle a mantener la distancia.
Y, pensó amargamente, maldito para lo que le servía esto. De cualquier forma, pasó una o dos horas recogiendo piedras de un tamaño adecuado para ser lanzadas, y preparando varios montones de ellas al lado de la barrera.
Su garganta le ardía. Le resultaba difícil pensar en otra cosa excepto en agua.
Pero debía pensar en otras cosas. En atravesar la barrera, por encima o por debajo de ella, en llegar hasta la cosa roja y matarla antes de que aquel lugar de calor y sed lo matase a él primero.
La barrera iba por ambos lados hasta las paredes, pero ¿hasta dónde llegaba por encima y por debajo de la arena?
Por un momento, la mente de Carson estuvo demasiado confusa para pensar en cómo podría averiguar cualquiera de estos dos puntos. Apático, sentado en la tórrida arena —y no recordaba haberse sentado—, vio a un lagarto azul arrastrarse del refugio de un arbusto al de otro. Desde este segundo arbusto le miró.
Carson le sonrió. Tal vez estaba empezando a dejar de coordinar, porque recordó súbitamente la vieja historia de los colonizadores de los desiertos de Marte, tomada a su vez de una más vieja historia de los desiertos de la Tierra: «Pronto estás tan solo que empiezas a hablar con los lagartos, y poco después te das cuenta de que te contestan…».
Naturalmente, debería haberse estado concentrando en como matar al Esferoide, pero en vez de hacer esto sonrió al lagarto y dijo:
—Hola.
El lagarto dio unos pasos hacia él.
—Hola —contestó.
Carson se quedó helado por un momento, luego echó su cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. No le dolió la garganta al hacerlo; no estaba tan sediento.
¿Por qué no? ¿Por qué no iba a tener un sentido del humor, al igual que otros poderes, la Entidad que lo había traído hasta allí? Lagartos que hablan, preparados para hablar en mi propio idioma, si es que me dirijo a ellos… Es un pequeño detalle.
Sonrió al lagarto y le dijo:
—Ven aquí. —Pero el lagarto dio la vuelta y escapó corriendo, yendo de un matorral a otro hasta perderse de vista.
Estaba sediento de nuevo.
Y tenía que hacer algo. No podía ganar el combate quedándose sentado, sudando y sintiéndose miserable. Tenía que hacer algo. ¿Pero qué?
Atravesar la barrera. Pero no podía atravesarla ni saltar por encima, aunque no estaba seguro de no poderla pasar por debajo. Y, pensándolo bien, ¿no se encontraba a veces agua cavando? Tal vez matase dos pájaros de un solo tiro.
Dolorido ahora, Carson cojeó hasta la barrera y comenzó a cavar, extrayendo arena a puñados. Era un trabajo lento y pesado porque la arena volvía a caer por los bordes y a medida que profundizaba mayor tenía que ser el diámetro del hoyo. No supo cuántas horas le llevó el acabar, pero llegó hasta un suelo rocoso, a un metro y medio de profundidad. Roca pelada; sin señales de agua.
Y el campo de fuerza de la barrera llegaba hasta la roca. No había habido suerte. Ni agua. Ni nada.
Se arrastró fuera del hoyo y se quedó tendido, jadeando. Entonces levantó la cabeza para mirar lo que estaba haciendo el Esferoide. Tenía que estar haciendo algo allá lejos.
Lo estaba. Estaba haciendo algo con madera de los arbustos atada con los zarcillos. Una estructura de extraña forma, de poco más de un metro de altura y aproximadamente cuadrada. Para verlo mejor, Carson se subió al montón de arena que había excavado del agujero y se quedó allí mirando.
De la parte posterior del artilugio salían dos largas palancas, una de las cuales acababa en una especie de recipiente. Carson pensó que semejaba ser una catapulta.
Naturalmente. El Esferoide estaba cogiendo una roca de buen tamaño y la colocaba en el recipiente. Uno de sus tentáculos movió la otra palanca arriba y abajo durante un tiempo, y entonces giró ligeramente la máquina, como apuntándola, tras lo cual la palanca que sostenía la piedra se alzó hacia arriba y adelante.
La piedra pasó a varios metros sobre la cabeza de Carson describiendo un arco, tan lejos que ni siquiera tuvo que agacharse, cero juzgó la distancia a la que había llegado y silbó para sí. No podía tirar una piedra de ese tamaño a más de la mitad de esa distancia. Y aún retirándose hasta el final de su territorio no quedaría fuera del radio de acción del artefacto, si el Esferoide lo llevaba hasta la barrera.
Otra roca pasó silbando por encima, esta vez no tan distante.
Decidió que la cosa podía ser peligrosa. Tal vez sería mejor que hiciese algo.
Moviéndose de un lado para otro de la barrera, de modo que la catapulta no pudiese ser apuntada, le lanzó unas cuantas rocas, pero vio que no iba a hacer nada ya que tenían que ser ligeras o no podría lanzarlas tan lejos. Si alcanzaban el artefacto, rebotaban sin causar daño. Y el Esferoide no tenía ninguna dificultad, a esa distancia, en apartarse de las que le pasaban cerca.
Además, su brazo se estaba cansando. Le dolía todo el cuerpo de puro cansancio. Si tan sólo pudiese descansar sin tener que evitar los tiros de la catapulta a cada poco…
Se retiró hacia el fondo de la arena. Entonces vio que esto no servía de nada. Las piedras llegaban hasta allí, sólo que con mayores intervalos entre una y otra, como si llevase más tiempo el tensar el mecanismo, fuera el que fuese, de la catapulta.
Cansadamente, se arrastró de nuevo hasta la barrera. Varias veces se desplomó y casi no pudo reincorporarse para seguir. Sabía que se hallaba cerca del límite de su resistencia. Y sin embargo no se atrevía a detenerse, a menos de que lograse poner fuera de combate aquella catapulta. Si se quedaba dormido, nunca se despertaría.
Una de las piedras que le llegaban le dio la idea, al golpear contra uno de los montones de munición que había reunido cerca de la barrera y arrancar chispas del mismo.
Chispas. Fuego. El hombre primitivo lo había obtenido haciendo saltar chispas de piedras, y con algunos de esos matorrales resecos como yesca…
Por suerte, cerca de él se hallaba uno de esos matorrales. Lo arrancó, lo llevó hacia el montón de piedras y luego, pacientemente, golpeó dos trozos de roca hasta que una chispa saltó a la madera de los arbustos. Ardió tan deprisa que le chamuscó las cejas, quedando convertida en cenizas en pocos segundos.
Pero ahora ya había concebido la idea, y a los pocos minutos tenía ardiendo un pequeño fuego, al resguardo del montículo de arena que había formado al cavar el hoyo hacía un par de horas. Las ramas similares a la yesca lo había iniciado, y otras que ardían más lentamente lo mantenían.
Los duros zarcillos no ardían fácilmente. Eso hacía fácil la construcción y lanzamiento de las bombas incendiarias. Un haz de leña atado a una piedra, para darle peso, y una cuerda de zarcillos como asidero para lanzarla tras darle impulso.
Preparó media docena antes de encender y lanzar la primera. Cayó hacia un lado, y el Esferoide inició una rápida retirada arrastrando tras él la catapulta. Pero Carson tenía a punto las otras, y las lanzó en rápida sucesión. La cuarta alcanzó el armazón de la catapulta y obtuvo el efecto deseado. El Esferoide trató desesperadamente de apagar el creciente fuego cubriéndolo con arena, pero sus tentáculos terminados en garras tan sólo podían coger una pequeña cantidad cada vez, por lo que sus esfuerzos no tuvieron éxito. La catapulta ardió.
El Esferoide se apartó del fuego y pareció concentrar su atención en Carson, y éste sintió de nuevo la ola de odio y náusea. Pero más débilmente; o bien el Esferoide estaba debilitándose o bien Carson había aprendido como protegerse contra el ataque mental.
Le hizo un gesto despreciativo, y luego lo obligó a escapar hacia lugar seguro lanzándole una piedra. El Esferoide se alejó hasta el fondo de su mitad de la arena y comenzó a arrancar arbustos de nuevo. Probablemente iba a construir otra catapulta.
Carson verificó, por centésima vez, que la barrera estaba todavía operando, tras lo que se halló sentado en la arena, porque de repente estaba demasiado débil para alzarse.
Su pierna palpitaba dolorosamente, y el tormento de la sed era severo. Pero esto era secundario ante la absoluta extenuación física que sentía en todo su cuerpo.
Y el calor.
El infierno tenía que ser así, pensó. El infierno en que los antiguos habían creído. Luchó por permanecer despierto, y sin embargo el permanecer despierto parecía fútil, porque no había nada que pudiese hacer. Nada, mientras la barrera permaneciese impenetrable y el Esferoide estuviera fuera de su alcance.
Pero tenía que haber algo. Trató de recordar cosas que hubiera leído en libros de arqueología sobre los métodos de lucha en los tiempos anteriores a los metales y al plástico. Creía que el proyectil de piedra había sido lo primero. Bueno, esto ya lo tenía.
La única mejora en esto sería una catapulta, tal como la que había hecho el Esferoide, pero nunca podría hacer una con los pequeños trozos de madera que le ofrecían los arbustos, sin que ningún trozo pasase de un palmo de longitud. Ciertamente podría imaginar el mecanismo de una de ellas, pero no tenía la energía necesaria para mantenerse durante los días que le llevaría tal trabajo.
¿Días? Pero el Esferoide había hecho una. ¿Es que ya habían pasado varios días? Entonces recordó que el Esferoide tenía muchos tentáculos con los que trabajar y que, indudablemente, podía hacer ese trabajo mucho más rápidamente que él.
Y, además, una catapulta no decidiría el combate. Tenía que ser algo mejor que eso.
¿Arcos y flechas? No; había probado ya una vez a tirar con arco y conocía su ineptitud al respecto. Y esto aún con una moderna arma deportiva especialmente construida para una absoluta precisión. Con un burdo simulacro hecho a piezas, que era lo único que podría hacer aquí, dudaba que siquiera pudiera disparar una flecha tan lejos como podía lanzar una piedra, y de lo que estaba seguro era de que no podría hacerlo con tanta puntería.
¿Lanza? Bueno, podía hacer una. Sería inútil como arma arrojadiza a una cierta distancia, pero efectiva en una lucha cuerpo a cuerpo, si es que se podía acercar tanto.
Y construir una le daría algo que hacer. Evitaría que su mente desvariase, como estaba empezando a ocurrir.
Ya tenía que concentrarse a veces para lograr recordar por qué estaba allí, por qué tenía que matar al Esferoide.
Por suerte todavía estaba cerca de uno de los montones de piedras. Rebuscó entre ellas hasta hallar una con una forma aproximada a una punta de lanza. Con otra más pequeña empezó a tallarla, recortando los lados como una sierra, de forma que una vez hubiese penetrado no pudiese salir.
¿Como un arpón? Esa idea tenía sus atractivos. Tal vez, en aquel loco combate, el arpón fuera mejor que una lanza. Si se podía clavar al Esferoide, y lo tenía sujeto por una cuerda, podría atraerlo hasta la barrera y allí acabar con él con su cuchillo de piedra, ya que aunque sus manos no pudieran cruzarla, sus armas sí podían.
El mango fue más difícil de fabricar que la cabeza, pero cortando y uniendo los tallos centrales de cuatro de los arbustos y envolviendo las uniones con los delgados y duros zarcillos, tuvo un mango rígido de un metro de largo, y ató la cabeza de piedra a una incisión realizada en un extremo.
Era burdo pero fuerte.
Y la cuerda. Con los zarcillos se hizo unos seis metros de cordel. Era ligero y no parecía fuerte, pero sabía que aguantaría su peso y más. Ató uno de los extremos al mango del arpón y el otro alrededor de su muñeca derecha. Al menos, si lanzaba el arma a través de la barrera, podría recuperarla si fallaba.
Entonces, cuando hubo atado el último nudo y ya no hubo nada más que pudiese hacer, el calor y el cansancio y el dolor en la pierna y la horrible sed fueron repentinamente un millar de veces peores de lo que habían sido antes. Trató de ponerse en pie para ver lo que estaba haciendo ahora el Esferoide, pero descubrió que no podía hacerlo. Al tercer intento logró quedar arrodillado, derrumbándose luego.
Tengo que dormir, pensó. Si ahora tuviera lugar el combate decisivo, estaría indefenso. Podría venir hasta aquí y matarme, si lo supiese. Tengo que recuperar algunas fuerzas.
Lentamente, dolorosamente, se arrastró alejándose de la barrera. Diez metros, veinte…
El golpe de algo que hacía impacto en la arena, cerca de él, lo sacó de un horrible y confuso sueño para dejarlo ante una realidad aún más horrible y confusa, y abrió de nuevo sus ojos a la luz azul sobre la arena azul.
¿Cuánto tiempo había dormido? ¿Un minuto? ¿Un día?
Otra piedra resonó cerca, salpicándole de arena. Se apoyó sobre sus brazos y se alzó. Dio la vuelta y vio al Esferoide, a unos veinte metros de distancia, en la barrera.
Rodó rápidamente, alejándose, mientras él se sentaba, no deteniéndose hasta estar tan lejos como le era posible.
Se dio cuenta de que se había dormido demasiado pronto, mientras aún estaba dentro del radio de acción de lanzamiento del Esferoide. Viéndolo inerte, éste se había atrevido a acercarse hasta la barrera para tirarle una piedra. Por suerte no se había dado cuenta de lo débil que estaba, de lo contrario habría continuado allí y habría seguido lanzándole piedras.
¿Había dormido mucho? No lo creía, porque se sentía igual que antes. No se notaba descansado en absoluto ni estaba más sediento; no había diferencia. Probablemente tan sólo había estado allí unos pocos minutos.
Comenzó a arrastrarse de nuevo, obligándose esta vez a continuar hasta llegar lo más lejos posible, hasta que la pared opaca e incolora de la cúpula exterior de la arena se encontró sólo a un metro.
Entonces todo se desvaneció de nuevo…
Cuando se despertó nada había cambiado a su alrededor, pero esta vez sabía que había dormido durante largo rato.
La primera cosa de la que se dio cuenta fue del estado de su garganta: estaba seca y llena de costras. Su lengua estaba hinchada.
Algo iba mal, lo sabía, mientras volvía lentamente en sí. Se notaba menos cansado, ya había pasado el momento de absoluta postración. El sueño se había ocupado de eso.
Pero notaba dolor, un dolor agónico. Cuando trató de moverse se dio cuenta de que era en su pierna.
Alzó la cabeza y trató de mirarla. Estaba terriblemente hinchada por debajo de la rodilla, y la hinchazón llegaba hasta la mitad de la cadera. Los zarcillos que había usado para atar la compresa protectora de hojas cortaban ahora terriblemente la carne hinchada.
El introducir el cuchillo bajo aquellas ataduras tan apretadas hubiera sido imposible. Afortunadamente, el nudo final se hallaba sobre el hueso de la espinilla, frente a la cual los zarcillos apretaban menos que en el resto. Tras un esfuerzo agonizante logró desatar el nudo.
Una mirada bajo la compresa de hojas le confirmó sus temores. Tenía una seria infección que se agravaba por momentos.
Y sin medicamentos, sin vendas, sin ni siquiera agua, no podía hacer nada al respecto.
Nada excepto morir, cuando la infección se hubiese extendido por su cuerpo.
Sabía que no había remedio y que había perdido.
Y con él la humanidad. Cuando muriese aquí, allá, en el universo que conocía, todos sus amigos, todo el mundo, moriría también. Y la Tierra y los planetas colonizados pasarían a ser el hogar de los rojos, rodantes, extraños Intrusos. Criaturas surgidas de una pesadilla, cosas sin ningún atributo humano, que despedazaban lagartos por pura diversión.
Fue el pensar en esto lo que le dio valor para comenzar a arrastrarse, casi cegado por el dolor, de nuevo hacia la barrera. Esta vez no iba gateando sino reptando, impulsado tan sólo por sus manos y brazos.
Una posibilidad en un millón: tal vez tuviera la fuerza suficiente, cuando llegase allí, de lanzar su arpón tan sólo una vez, y con resultados mortales, si, en otra posibilidad entre un millón, el Esferoide se acercase a la barrera. O si ahora la barrera ya no existiese.
Le pareció que necesitaba años para llegar hasta allí.
La barrera no había desaparecido. Seguía siendo tan impenetrable como la primera vez que la había tocado.
Y el Esferoide no estaba en la barrera. Alzándose sobre los codos podía verlo en el fondo de su parte de la arena, trabajando en la semicompleta armazón de madera de un duplicado de la catapulta que había destruido.
Ahora se movía más lentamente. Indudablemente también se había debilitado.
Pero Carson dudaba de que necesitase esa segunda catapulta. Estaré muerto, pensó, antes de que la haya terminado.
Si pudiera atraerlo a la barrera, ahora, mientras todavía estaba con vida… Agitó un brazo y trató de chillar, pero su reseca garganta no producía ningún sonido.
O si pudiese atravesar la barrera…
El control de sus nervios le falló por un momento, porque se encontró dando puñetazos contra la barrera en un fútil arrebato. Se obligó a sí mismo a detenerse.
Cerró los ojos y trató de calmarse.
—Hola —dijo la voz.
Era una voz débil y aguda. Sonaba como…
Abrió sus ojos y volvió la cabeza. Era un lagarto.
—Vete —quiso decir Carson—. Vete; en realidad no estás aquí, o estás aquí pero no estás hablando. Estoy de nuevo viendo visiones.
Pero no podía hablar; su garganta y su lengua ya no podían articular ningún sonido debido a su sequedad. Cerró de nuevo los ojos.
—Daño —dijo la voz—. Matar. Daño… matar. Ven.
Abrió los ojos de nuevo. El azulado lagarto decápodo todavía estaba allí. Corrió un poco a lo largo de la barrera, volvió, corrió de nuevo y volvió otra vez.
—Daño —dijo—. Matar. Ven.
De nuevo corrió y volvió. Obviamente quería que Carson lo siguiese a lo largo de la barrera.
Cerró los ojos de nuevo. La voz prosiguió. Las tres mismas palabras sin sentido. Cada vez que abría los ojos, corría y volvía.
—Daño. Matar. Ven.
Carson gimió. No tendría paz hasta que siguiese al maldito bicho, tal como quería. Lo siguió reptando. Oyó otro sonido, un agudo chillido que iba creciendo a medida que avanzaba.
Había algo echado en la arena, retorciéndose y chillando. Algo pequeño, azul, que parecía un lagarto y sin embargo…
Entonces vio lo que era: el lagarto al que el Esferoide había arrancado las patas hacía tanto tiempo. Pero no estaba muerto. Había vuelto a la vida y estaba retorciéndose y chillando agónicamente.
—Daño —dijo el otro lagarto—. Daño. Matar. Matar.
Carson lo comprendió. Tomó el cuchillo de sílex y terminó con los sufrimientos del animalillo. El lagarto vivo se alejó rápidamente.
Carson se giró hacia la barrera. Apoyó las manos y la cara contra ella y observó al Esferoide, allá lejos, trabajando en la nueva catapulta.
Podría llegar hasta allí, pensó, si pudiera atravesar la barrera. Si pudiera atravesarla, tal vez lograra vencer. También se le ve débil. Podría…
Y entonces tuvo otra reacción de desesperación absoluta cuando el dolor quebró su fuerza de voluntad y deseó estar muerto. Envidiaba al lagarto que acababa de matar. Ya no tenía que vivir y sufrir. Él en cambio sí. Podrían pasar horas o tal vez días hasta que la infección acabase con él.
Si tan sólo pudiera emplear el cuchillo contra sí mismo…
Pero sabía que no lo haría. Mientras siguiese con vida había una posibilidad entre un millón…
Estaba esforzándose, empujando con la palma de las manos contra la barrera, y se dio cuenta de lo delgados y enjutos que se veían ahora sus brazos. Tenía que haber estado mucho tiempo allí, durante días, para adelgazar tanto.
¿Cuánto tiempo le quedaba, antes de morir? ¿Cuánto calor y sed y dolor podía soportar aún la carne?
Durante un momento cayó en el histerismo. Y entonces llegó un instante de profunda calma, y un pensamiento que era desconcertante.
El lagarto que acababa de matar. Había cruzado la barrera mientras aún estaba con vida. Había venido del lado del Esferoide; éste le había arrancado las patas y luego lo había lanzado despreciativamente hacia él, y había atravesado la barrera. Antes había creído que se debía a que el lagarto estaba muerto.
Pero no estaba muerto; tan sólo inconsciente.
Por sí mismo un lagarto no podía atravesar la barrera, pero a un lagarto inconsciente si se le podía hacerla atravesar. Entonces, la barrera no era una barrera para la materia viva, sino para la materia consciente. Era una proyección mental, era un obstáculo mental.
Y con este pensamiento, Carson comenzó a arrastrarse a lo largo de la barrera para efectuar su último y desesperado intento. Una esperanza tan sin sentido que tan sólo la podía haber tenido un moribundo.
No valía la pena considerar las posibilidades de éxito. De no probar esto, no había ninguna otra probabilidad.
Se arrastró a lo largo de la barrera hasta la duna de arena, de un metro y medio de alto, que había elevado, hacía no sabía cuantos días, en su intento de cruzar la barrera por debajo o de hallar agua.
Este montículo estaba justo al lado de la barrera, con el punto más alto a este lado y la pendiente atravesándola.
Cogiendo una piedra, subió a lo alto de la duna y se apoyó contra la barrera, dejando caer su cuerpo contra ella de tal forma que, si desapareciese en aquel momento, rodaría por la corta pendiente hasta el interior del territorio enemigo.
Se aseguró de que el cuchillo estuviese asegurado en su cinturón de cuerda, y de que el arpón estuviese colocado bajo su brazo, y de que la cuerda se hallase bien atada a la extremidad del mango y a su muñeca.
Entonces, alzó con su mano derecha la roca con la que se iba a golpear en la cabeza. Habría de tener suerte con este golpe; tendría que ser lo suficientemente fuerte como para dejarlo sin sentido, pero no lo bastante como para quitárselo por mucho tiempo.
Tenía el presentimiento de que el Esferoide lo estaba observando, y de que si lo veía atravesar la barrera se acercaría para investigar. Pensaría que estaba muerto, esperaba, pues seguramente habría llegado a la misma conclusión sobre la naturaleza de la barrera que él había tenido con anterioridad. De cualquier forma, se acercaría cautelosamente. Tendría poco tiempo…
Se dio el golpe.
Un dolor le devolvió sus sentidos. Un repentino y agudo dolor en su cadera que era diferente del palpitante dolor en su cabeza y del palpitante dolor en su pierna.
Pero ya había anticipado este dolor, y aún había confiado en él, mientras estaba pensando en lo que iba a ocurrir antes de golpearse, y se había preparado para no despertarse con un movimiento brusco.
Permaneció inerte, pero entreabrió sus ojos y vio que había anticipado las cosas correctamente. El Esferoide se aproximaba. Estaba a unos seis metros, y el dolor que lo había despertado había sido producido por la piedra que le había lanzado para comprobar si estaba vivo o muerto.
Permaneció inerte. Se acercó más, a unos cinco metros, y se detuvo de nuevo.
Carson casi no se atrevía a respirar. En lo que le era posible, mantenía su mente en blanco, para que la habilidad telepática de su enemigo no detectase signos de consciencia en él. Y, con su mente así en blanco, el impacto de los pensamientos extraños era casi demoledor.
Sentía un abyecto terror ante la total diferencia, ante la inhumanidad de aquellos pensamientos. Eran cosas que sentía, pero que no podía comprender y que jamás podría expresar, ya que ninguna lengua terrestre tenía palabras para ellas, ni ninguna mente humana tenía imágenes que les correspondiesen. La mente de una araña, pensó, o la mente de una mantis religiosa, o la de una serpiente de las arenas de Marte, elevada a niveles de inteligencia y puesta en contacto telepático con las mentes humanas, sería algo familiar comparado con esto.
Comprendió ahora que la Entidad tenía razón: el Hombre o el Esferoide, y que el universo no era lo suficientemente grande para ambos. Más separados que el bien y el mal, nunca podría haber un compromiso entre ellos.
Más cerca. Carson esperó hasta que sólo estuvo a unos centímetros de distancia, hasta que las garras de sus tentáculos se extendieron hacia él…
Entonces, olvidándose de su dolor, se sentó, alzó y lanzó el arpón con toda la fuerza que le quedaba. O con la que creía que le quedaba: una repentina fuerza final inundó su cuerpo, al tiempo que un súbito cese del dolor, tan definido como un bloqueo nervioso.
Mientras el Esferoide, con el arpón profundamente clavado, rodaba alejándose, Carson trató de alzarse para correr tras él. No podía hacerlo; cayó, pero continuó arrastrándose.
La cuerda se tensó, y fue impelido hacia adelante por el tirón en su muñeca. Fue arrastrado unos metros, y después se detuvo. Carson continuó haciendo avanzar su cuerpo a pulso, agarrándose a la cuerda.
Estaba allí detenido, con los tentáculos retorciéndose, tratando en vano de arrancarse el arpón. Parecía estremecerse y temblar, y entonces debió darse cuenta de que no podía escapar, por lo que rodó hacia él con los tentáculos extendidos.
Con el cuchillo de piedra en la mano, se enfrentó a él. Golpeó una y otra vez, mientras las horribles garras rasgaban la piel, la carne y los músculos de su cuerpo.
Pinchó y rasgó, y al final quedó inerte.
Estaba sonando una alarma, y tardó un tiempo, después de que hubo abierto los ojos, en darse cuenta de quién era y de donde estaba. Se hallaba atado al asiento de su nave exploradora, y la pantalla detectora situada ante él tan sólo mostraba el vacío del espacio. No había ningún navío Intruso, ni ningún planeta imposible.
La alarma era la señal de su intercomunicador; alguien deseaba que conectase el receptor. Una acción puramente refleja hizo que adelantase un brazo y bajase la palanca.
El rostro de Brander, capitán del Magallanes, el navío-base de su grupo de naves exploradoras, apareció en la pantalla. Su rostro estaba pálido y sus negros ojos brillaban excitados.
—¡Magallanes a Carson! —gritó—. ¡Ven, la lucha ha terminado! ¡Hemos vencido!
La pantalla se oscureció; Brander debía estar dando la noticia a los otros pilotos exploradores a su mando.
Lentamente, Carson accionó los controles para el retorno. Lentamente también, sin apenas poderlo creer, se soltó del asiento y fue hacia popa para beber del depósito de agua fría. Por alguna razón se sentía increíblemente sediento. Bebió seis vasos.
Se quedó allí, apoyado contra la pared, tratando de pensar.
¿Había ocurrido? Se hallaba en buena salud, en posesión de sus facultades mentales e incólume. Su sed había sido más mental que física; su garganta no había estado seca. Su pierna…
Se levantó la pernera del pantalón y miró su pantorrilla. Tenía allí una larga cicatriz blanca, pero era una cicatriz completamente curada. No había estado allí antes. Abrió la cremallera de su camisa y vio que su pecho y abdomen estaban recubiertos por un zig-zag de pequeñas, y casi inapreciables, cicatrices perfectamente curadas.
Había ocurrido.
La nave de exploración, bajo control automático, ya estaba entrando en la compuerta del navío-base. Las amarras la llevaron a su dique individual y un momento después un zumbador indicó que el dique ya contenía aire. Carson abrió la compuerta y salió afuera, atravesando la doble puerta del dique.
Fue directo a la oficina de Brander, entró en ella y saludó.
Brander todavía parecía confuso.
—Hola, Carson —dijo—. ¡Lo que te perdiste! ¡Menudo espectáculo!
—¿Qué ocurrió, señor?
—No lo sé exactamente. Disparamos una salva, ¡y toda su flota se hizo polvo! Fuera lo que fuese, saltó de una nave a otra en un abrir y cerrar de ojos, aún a aquellas a las que no habíamos apuntado, y hasta a las que no se hallaban ni tan sólo a nuestro alcance de tiro. ¡Toda la flota se desintegró ante nuestros ojos, y ni siquiera se rayó la pintura de una sola de nuestras naves!
»No podemos ni atribuirnos el éxito. Debe haberse tratado de algún componente inestable en el metal que usaban, y al que nuestro disparo inicial debió servir de catalizador. ¡Muchacho, qué lástima que te perdieses toda la emoción!
Carson consiguió sonreír.
Era la enfermiza sombra de una sonrisa, porque aún pasarían días antes de que lograra sobreponerse al impacto mental de su experiencia. Pero el capitán no lo estaba mirando y no se dio cuenta.
—Sí, señor —dijo. El sentido común, más que la modestia, le indicaba que sería señalado para siempre como el mayor mentiroso en todo el espacio si se atrevía a decir algo más que esto—. Sí, señor. Es una lástima que me perdiese toda la emoción.