El día, sobre el que quiero contarles, dentro de alrededor de mil años, había un muchacho, una muchacha y una historia de amor.
Aunque hasta el momento no he dicho demasiado, nada de lo que dije es cierto. El muchacho no era lo que ustedes y yo normalmente imaginaríamos como un muchacho, porque tenía ciento ochenta y siete años de edad. Tampoco la chica era una chica, por otras razones; y la historia de amor no suponía la sublimación del impulso de violar y otras postergaciones del instinto a someterse que en la actualidad sobreentendemos en estos asuntos. A ustedes no les interesará mucho la historia si no captan estos hechos de entrada. Pero si hacen ese esfuerzo, es probable que la encuentren llena hasta el tope de risa, lágrimas e intensos sentimientos que valdrán la pena, o no. La razón de que la muchacha no fuera una muchacha es que era un muchacho.
¡Con cuánta furia se apartan ustedes de esta página! ¿A quién diablos le interesa leer un cuento sobre una pareja de maricones?, dirán ustedes. Cálmense. No hay aquí ardientes secretos de perversión para el negocio de lo prohibido. En realidad, si vieran a la muchacha, no se darían cuenta de que en cierto sentido era un muchacho. Pechos, dos; vagina, una. Caderas, redondas; rostro, sin pelos; lóbulos supraorbitales, no existentes. Ustedes la clasificarían de inmediato como de sexo femenino, aunque es cierto que podrían preguntarse a qué especie femenina correspondía, al ver la cola, la sedosa pelambre o las pequeñas agallas detrás de cada oreja.
Ahora retroceden otra vez. No hay motivo, créanme. Es una chica encantadora, y si usted, como macho normal, pasara una hora en una habitación con ella, removería cielo y tierra por conseguir hacerle el amor. Dora (la llamaremos así; su «nombre» era omicron-Dibase-siete-grupo-toterot S. Doradus 5314, y la última parte de este nombre es una especificación de color que corresponde a un tono de verde), Dora, repito, era femenina, encantadora y muy bonita. Admito que por el nombre no lo parece. Era, podría decirse, una bailarina. Su arte implicaba cualidades de intelección y habilidad de muy alto orden, se requerían a la vez enormes dones naturales e incesante práctica; lo realizaba con gravedad nula y la mejor forma de describirlo sería decir que tenía algo de la actuación de una contorsionista y algo de ballet clásico, tal vez parecido a la muerte del cisne de Danilova. Además era muy sensual. En forma simbólica, por supuesto, pero admitamos que la mayor parte de las cosas que llamamos «sexy» son simbólicas, excepto tal vez la bragueta abierta de un exhibicionista. El «Dia un millón» cuando Dora bailaba, la gente la veía jadear; también ustedes la verían.
Con respecto a ese asunto de que era un muchacho debo decir que a su público no le importaba que genéticamente ella fuera masculina. Tampoco les importaría a ustedes, si estuvieran entre ese público, porque no lo sabrían, a menos que efectuaran una biopsia cortando una parte de su carne y poniéndola bajo un microscopio electrónico para detectar el cromosoma XY; y además no les importaba porque no se preocupaban. Con técnicas que son no solamente complejas sino que aún no se han descubierto, estas personas podían determinar gran cantidad de cosas sobre las aptitudes e inclinaciones de los bebés mucho tiempo antes de que nacieran —alrededor del segundo horizonte de la división celular, para ser exactos, cuando el huevo en fecundación se convierte en un blastocito libre— y entonces, naturalmente, estimulaban esas aptitudes. ¿No haríamos lo mismo nosotros? Si encontramos un niño con aptitud para la música le damos una beca para el Juilliard. Si ellos encontraban un niño con aptitudes para ser mujer, lo convertían en mujer. Como el sexo se había disociado mucho tiempo atrás de la reproducción, eso era relativamente fácil de hacer y no causaba ningún problema y prácticamente ningún comentario.
¿Qué quiere decir «prácticamente ninguno»? Bien, se consideraba que hacerlo era interferir con la divina providencia en la misma medida en que se interfería al curar una caries. Menos de lo que se interferiría usando un audífono. ¿Sigue pareciendo terrible? Entonces miren atentamente al próximo bebé fornido que encuentren y piensen que puede ser una Dora, porque los adultos que son genéticamente masculinos pero somáticamente femeninos no son desconocidos ni siquiera en nuestro propio tiempo. Un accidente del entorno en el útero invade las huellas de la herencia. La diferencia es que con nosotros sólo sucede por accidente y no nos enteramos de ello excepto rara vez, mientras que la gente del «Día un millón», lo hacía a menudo, intencionalmente, porque quería.
Bien, ya les he contado bastante sobre Dora. Sólo serviría para confundirlos que agregara que medía dos metros diez de estatura y que olía a manteca de maní. Comencemos nuestra historia. El día un millón, Dora salió nadando de su casa, entró en un tubo de transporte, fue rápidamente absorbida hasta la superficie por el flujo de agua y eyectada hasta la espuma, a una plataforma elástica que había frente a ella, llamémosla sala de ensayos.
—¡Ah, mierda! —gritó, muy confundida, luchando por recuperar el equilibrio, después de haber chocado con un absoluto desconocido, a quien llamaremos Don.
El encuentro fue simpático. Don iba a que le cambiaran las piernas. El amor era la idea más remota que tenía en la mente; pero, cuando, después de cruzar distraídamente la plataforma de llegada para los submarinistas y completamente empapado, descubrió que la muchacha más hermosa que jamás había visto estaba en sus brazos, supo de inmediato que eran el uno para el otro.
—¿Te casarás conmigo? —preguntó.
Ella respondió con suavidad.
—El miércoles. —Y la promesa fue como una caricia.
Don era alto, musculoso, bronceado y atractivo. Su nombre no era Don, como el de Dora no era Dora, pero la parte personal del nombre era Adonis, en tributo a su vibrante virilidad, y por eso lo llamaremos Don, de sobrenombre. Su código de color de la personalidad, en unidades Amgstrom, era 5290, es decir sólo algunos grados más azul que el 5314 de Dora, una medida de lo que habían descubierto intuitivamente a primera vista, que poseían muchas afinidades de gustos e intereses.
Me resultaría muy difícil explicarles exactamente cómo se ganaba la vida Don, no me refiero al hecho de ganar dinero, sino al hecho de dar sentido y significado a su vida, a protegerlo de que se volviera loco de aburrimiento… sólo puedo decir que esa actividad le significaba viajar mucho. Viajaba en naves espaciales interestelares. Para que una nave espacial viajara con verdadera velocidad, alrededor de treinta y un seres humanos machos y siete genéticamente femeninos, tenían que hacer ciertas cosas. Y Don era uno de los treinta y uno. En realidad contempló las alternativas. Ésta implicaba mucha exposición al flujo de radiación… no tanto desde su propia estación en el sistema propulsor sino en los excesos de flujo en las etapas siguientes, en que una hembra genética prefería selecciones, y las partículas subnucleares que componían las selecciones que ella prefería se desintegraban en una furia de cuanta. Bien, todo esto a ustedes les importa un rábano, pero para Don significaba que tenía que estar vestido todo el tiempo con una resistente piel de metal de color cobre, sumamente fuerte. Ya he mencionado esto, pero ustedes pensaron probablemente que yo quería decir bronceado por el sol.
Además de todo eso, era un hombre cibernético. La mayoría de sus partes más groseras habían sido reemplazadas mucho tiempo atrás por mecanismos de mucho mayor permanencia y duración. Tenía un centrífugo de cadmio, en lugar de corazón, que bombeaba su sangre. Sus pulmones sólo se movían cuando quería hablar en voz alta, porque una cascada de filtros osmóticos re-respiraban oxígeno de sus propios desechos. En cierto modo, probablemente le habría parecido raro a un hombre del siglo XX, con sus ojos brillantes y sus manos de siete dedos; pero para sí mismo, y por supuesto para Dora, parecía muy masculino e imponente. En el curso de sus viajes, Don había girado en círculos alrededor de Próxima Centauri, Procyon, y los enigmáticos mundos de Mira Ceti; había llevado muestras agrícolas a los planetas de Canopus y había traído a su regreso animalitos cálidos e inteligentes del pálido compañero de Aldebaran. Azules y calientes o rojas y frescas, había visto mil estrellas y sus diez mil planetas. En realidad hacía dos activos siglos que viajaba por las rutas estelares con sólo breves licencias en la Tierra. Pero esto tampoco les importa a ustedes. Son las personas las que hacen las historias, no las circunstancias en que se encuentran, y ustedes quieren saber de estas dos personas. Bien, lo lograron. Lo que cada uno tenía para el otro creció y floreció y dio frutos el miércoles, como había prometido Dora. Se encontraron en la sala de codificación, con un par de amigos que había llevado cada uno para felicitarlos y expresarles buenos deseos, y mientras sus identidades se registraban y se archivaban, sonreían y se susurraban cosas al oído y toleraban los chistes de sus amigos ruborizándose frecuentemente. Luego intercambiaron sus análogos matemáticos y se fueron, Dora a su vivienda bajo la superficie del mar y Don a su barco.
Realmente era un idilio. Y vivieron felices… o como fuera, hasta que decidieron no preocuparse más y morirse.
Por supuesto, jamás volvieron a verse.
Ah, ya los veo a ustedes ahora, consumidores de bifes carbonizados, rascándose un incipiente callo con una mano y sosteniendo el cuento con la otra, mientras por el estéreo se oye d’Indy o Monk. No creen ni una palabra de todo esto, ¿verdad? Ni por un segundo. Nadie viviría así, dicen ustedes con un gruñido de irritación, nada divertido, mientras se levantan a buscar más hielo para la bebida tibia.
Y sin embargo allá está Dora, regresando velozmente a su casa bajo el agua por las rápidas corrientes de agua de los caños conmutadores (le gusta más estar allí; le han hecho una alteración somática para que pueda respirar bajo el agua). Si les relatara con cuánta felicidad coloca el análogo grabado de Don en el manipulador de símbolos, se conecta ella misma y se excita… si trato de contarles algo de eso simplemente se me quedarán mirando. O mirándome con furia; y protestarán, ¿qué forma de hacer el amor es ésa? Y sin embargo les aseguro, realmente les aseguro que los éxtasis de Dora son tan apasionados como los de las espías de James Bond, y muchísimo más que los de cualquiera que ustedes encuentren en la «vida real». Vamos, sigan protestando y mirándome con furia. A Dora no le importa. Si alguna vez piensa en ustedes, sus tatarabuelos de treinta generaciones atrás, a lo sumo piensa que son una especie de brutos muy elementales. Y lo son. Dora está mucho más lejos de ustedes que ustedes de los australopitecos de hace cinco mil siglos. Ustedes no podrían nadar ni un segundo en las fuertes corrientes de su vida. Ustedes creen que el progreso no avanza en línea recta ¿verdad? ¿Reconocen que es una curva ascendente, en aceleración, e incluso tal vez exponencial? Lleva muchísimo tiempo comenzar, pero cuando anda, lo hace como una bomba. Y ustedes, ustedes bebedores de whisky, consumidores de bifes, en sus comodísimos sillones, ustedes apenas acaban de tocar el primer cable del fusible. ¿En qué día estamos, en el seiscientos o setecientos mil después de Cristo? Dora vive en el día un millón. Dentro de mil años. Las grasas de su cuerpo están poliinsaturadas, como el Crisco. Sus desechos son hemodializados de su corriente sanguínea mientras duerme. Esto significa que no tiene necesidad de ir al baño. Por simple capricho, para pasar una media hora lenta, puede reunir más energía que toda la nación de Portugal en la actualidad, y usarla para lanzar un satélite de fin de semana o remodelar un cráter de la Luna. Quiere mucho a Don. Conserva cada uno de sus gestos, sus modalidades, sus detalles, el contacto de su mano, la excitación de la relación sexual, la pasión del beso almacenados en forma simbólico-matemática. Y cuando lo desea, lo único que tiene que hacer es encender la máquina y lo tiene.
Y Don, por supuesto, tiene a Dora. Perdido en una ciudad colgante a varios centenares de metros por encima de la cabeza de Dora o en órbita alrededor de Arcturus, a cincuenta años luz de distancia, Don sólo debe accionar su propio manipulador de símbolos para rescatar a Dora de los archivos de ferrito y darle vida para él, y allí está ella; y fascinados, incansablemente, se aman toda la noche. No en la carne, por supuesto; la carne de Don ha sido extensamente alterada y realmente no le daría mucho placer. Don no necesita la carne para el placer. Los órganos genitales no tienen sensación. Las manos tampoco ni los pechos ni los labios; todos son receptores, que aceptan y transmiten impulsos. El que siente es el cerebro, la interpretación de los impulsos que provocan sufrimiento u orgasmo; y el manipulador de símbolos de Don le da el análogo de los mimos, el análogo de los besos, el análogo de las horas más salvajes y ardientes con el eterno, exquisito e incorruptible análogo de Dora. O de Diana. O de la dulce Rose, o la risueña Alicia; porque, sin dudar, con cada una de ellas ha intercambiado análogos antes, y volverá a hacerlo.
Al diablo, dirán ustedes, todo esto me parece una locura. Y ustedes —con su loción para después de afeitarse y su autito rojo, empujando papeles en un escritorio todo el día y buscándose la cola por la noche díganme, ¿qué creen que le parecerían a Tiglath-Pileser, por ejemplo, o a Atila, el huno?