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frank o'connor

mi complejo de edipo

Papá estaba en el ejército mientras duró la guerra —la primera guerra—, así es que, hasta la edad de cinco años, no lo vi gran cosa, y lo poco que lo vi me tuvo sin cuidado. A veces, al despertar, me encontraba con una gran silueta en un vestido caqui, que me atisbaba. Después, el golpe de una puerta que se cerraba y el ruido de unas botas que se alejaban de la casa. Eran las entradas y salidas de papá.
Como Santa Claus, iba y venía en medio del mayor misterio.
En realidad, no me desagradaban sus visitas, pese a los molestos aprietos que sobrevenían cada mañana cuando intentaba yo colarme en la cama en que dormían él y mamá.
Papá fumaba, lo que le daba un grato olor a moho, y se rasuraba, operación ésta de interés fascinante. En cada ocasión, dejaba tras de sí un rastro de regalos—tanques de juguetes y puñales indios con mangos hechos de casquillos de bala, cascos alamanes, insignias y botones dorados y toda clase de artefactos militares —cuidadosamente almacenados en una gran caja sobre la parte superior del armario, para el caso de que llegaran a ofrecerse. Había en él algo urraca; no nos veía, mamá me dejaba subirme a una silla para explorar sus tesoros. Al parecer, no compartía la veneración que por ellos experimentaba papá
La guerra fue la época más tranquila de mi vida. La ventana de mi buhardilla veía al sudeste. Mamá había colocado unas cortinas, pero en vano. Yo siempre me despertaba con la primera luz, y lleno de las responsabilidades difusas del día anterior, sintiéndome casi como el sol, listo para iluminar y alegrar. Nunca más volvió a tener la vida la sencillez, la claridad ni las perspectivas de entonces. Sacaba yo mis pies de mis cobijas —los había bautizado con los nombres de señora Izquierda y señora Derecha— y les inventaba situaciones dramáticas en las que se discutían los problemas del día. Al menos, así lo hacía la señora Derecha, que era muy elocuente; pero mi control sobre la señora Izquierda era mucho menor, por lo que debía contentarse con asentir a lo que oía.
Discutían lo que mamá y yo habíamos de hacer durante el día, lo que Santa Claus debería traernos en las Navidades, y qué medidas era aconsejables para dar brillo al hogar. Había, por ejemplo, la cuestioncilla aquella del niño nuevo. Mamá y yo nunca podíamos ponernos de acuerdo al respecto.
La nuestra era la única casa en la cuadra sin un niño chiquito; hasta que papá regresara de la guerra, porque costaban diecisiete chelines y medio. Esto demuestra lo simple que era ella.
La familia Geney, que vivía un poco más allá, tenía un niño pequeño, y todo el mundo sabía que los Geney no podían gastar diecisiete chelines y medio. Probablemente se trataba de un niño barato, y mamá quería uno bueno de verdad, pero yo pensaba que esto era demasiado presumir. El niño de los Geney nos hubiera bastado.
Después de fijar mis proyectos para el día, me levantaba, ponía una silla debajo de la ventana, y la abría lo suficiente para sacar mi cabeza. La ventana daba al jardín de enfrente y más allá se veía un profundo valle con altas casas de ladrillos rojos sembradas en la colina opuesta; todavía envuelta en sombra cuando ya las casas de nuestro lado estaban alumbradas por el sol, aunque unas largas y extrañas sombras les daban un cierto aspecto de algo desconocido; rígidas, pintadas.
Después de esto, me iba al cuarto de mamá y me colaba en la cama grande. Ella despertaba y yo empezaba a contarle mis planes. A estas alturas, aunque parece que no me deba cuenta de ellos, estaba yo petrificado de frío debajo de mi camisón, y me iba derritiendo a medida que hablaba, hasta que una vez liquidada la última escarcha, caía dormido junto a mamá y sólo despertaba cuando la oía en la cocina haciendo el desayuno.
Pasando el desayuno íbamos al pueblo; oíamos misa en San Agustín y rezábamos por papá, y nos íbamos de compras. Si hacía buen tiempo en la tarde, dábamos un paseo por el campo o visitábamos en el convento a la gran amiga de mamá, la madre St. Dominic. Mamá nos reunía a todos, rezábamos por papá, para que nos lo mandara de la guerra sano y salvo. ¡Poco me imaginaba por lo que estaba rezando!
Una mañana me metí en la cama grande, y allí, claro, estaba papá, que había llegado como de costumbre, igual que Santa Claus. Pero más tarde, en vez de uniforme, se puso su mejor traje azul, y mamá no cabía en sí de alegría. Yo no veía el motivo de tanto gozo, porque, despojado de su uniforme, papá era mucho menos interesante, pero ella resplandecía, y explicaba cómo nuestras plegarias habían obtenido respuesta, y de allí nos fuimos a la iglesia, a dar gracias a Dios por habernos devuelto a papá.
¡Qué ironía! En ese mismo día al llegar de comer se quitó las botas, se puso unas pantuflas, se caló una sucia gorra con que solía protegerse de los refriados, cruzó las piernas, y empezó a hablar solemnemente a mamá que estaba ansiosa. Por supuesto no me gustaba verla ansiosa, porque no se veía tan bonita, así que lo interrumpí.
—Espera un momento, Larry —dijo ella con suavidad.
Esto lo decía mamá cuando teníamos visitas fastidiosas, así que no le di importancia y seguí hablando.
—Cállate, Larry —prorrumpió con impaciencia—. ¿No ves que estoy hablando con tu papito?
Esta era la primera vez que yo escuchaba tales ominosas palabras: “hablando con tu papito”... y no pude menos que pensar que si era así como Dios respondía a las oraciones, de seguro que no las oía con mucha atención.
—Porque papá y yo tenemos cosas que discutir. Ahora ya no vuelvas a interrumpir.
En la tarde, a sugestión de mamá, papá nos llevó a dar un paseo. Fuimos al pueblo en vez de ir al campo, y de pronto pensé, optimista como soy, que esto podía ser un adelanto.
Nada de eso, papá y yo teníamos muy diferentes nociones de lo que era un paseo por el pueblo. El no se interesaba, lo único que parecía divertirle era conversar con tipos tan viejos como él. Cuando yo quería detenerme, él seguía como si nada, arrastrándome de la mano; cuando él quería detenerse, no me quedaba otra alternativa que hacer lo mismo.
Advertí que al apoyarse en un muro era signo de que deseaba detenerse, un buen rato. La segunda vez que lo vi hacer eso, me puse como loco. Se diría que iba a quedarse allí para siempre. Lo jalé de la chaqueta y de los pantalones, pero a diferencia de mamá, la que ante semejantes protestas se crecía y murmuraba: “Larry, si no te portas bien, te voy a dar una buena tunda”, papá tenía una extraordinaria capacidad para una afable falta de atención. Lo agarré y aun me pregunté si valdría la pena un berrinche, pero él estaba demasiado remoto para molestarse, incluso por una cosa así.
¡Francamente, era como ir de paseo con una montaña! Papá, miraba abajo con una sonrisa divertida desde su cumbre. Yo no había encontrado nunca alguien tan absorto en sí mismo.
A la hora del té, la conversación con “papito” comenzó de nuevo, esta vez complicada por el hecho de que él tenía en sus manos el diario de la tarde, y a cada rato se apartaba de las páginas para contarle a mamá alguna noticia recién descubierta. Pensé que esto no era jugar limpio. De hombre a hombre, estaba yo dispuesto a competir con él en cualquier momento por la atención de mamá, pero con semejantes temas arreglados y preparados por otra gente, no me dejaba la menor oportunidad. Varias veces traté de cambiar de conversación, sin éxito.
—Larry, debes de quedarte quieto mientras papá está leyendo —dijo mamá con impaciencia.
Claro se veía que, o de veras le gustaba más hablar con papá que conmigo, o bien, él poseía cierto extraño poder sobre ella que la hacía tener miedo de la verdad.
—Mamá —le dije aquella noche mientras me arropaba en la cama—, ¿crees que si rezara lo suficiente, Dios mandaría a papá de nuevo a la guerra?
Pareció pensarlo por un momento.
—No, amor mío —contestó con una sonrisa—. No creo que lo haría.
—¿Por qué no?
—Porque la guerra se ha terminado.
—Pero mamá, ¿no podría Dios hacer otra guerra si Él quisiera?
—No querría. No es Dios quien hace las guerras, sino la gente mala.
—¡Ah!
—¡Ah!
La cosa me decepcionó. Comencé a pensar que Dios no era todo lo que se suponía.
A la mañana siguiente me desperté a la hora de costumbre, sintiéndome como una botella de champaña. Saqué mi pies e inventé una larga conversación, en la cual la señora Derecha contaba los agobios que había tenido con su propio padre hasta que logró internarlo en el asilo. Yo no sabía bien a bien lo que era el asilo, pero me parecía el lugar más apropiado para mi papá. En seguida, jalé mi silla y asomé la cabeza por la ventana. El alba despuntaba apenas, con un aire de culpa que me hizo pensar que la había pescado con las manos en la masa. En mi cabeza bullían argumentos y planes; llegué a tropezones hasta la puerta siguiente, y dentro de la media oscuridad me encaramé a la cama grande. No sabía sitio del lado de mamá, así que tuve que meterme entre ella y papá.
Por lo pronto me había olvidado de él, y por espacio de varios minutos permanecí sentado exprimiéndome los sesos para saber qué debía hacer con él. Papá estaba ocupando en la cama más espacio del que le correspondía, y ello me impedía ponerme cómodo, por lo cual le di algunas patadas que lo hicieron gruñir y encogerse. Logré que se hiciera a un lado. Mamá despertó y palpó buscándome. Yo me arrinconé cómodamente en el calorcillo de la cama, con mi pulgar en la boca.
—Mamá —entoné, en voz alta y alegre.
—Shh, amor mío —susurró—. No despiertes a papito.
Esto era una nueva evolución de las cosas, que amenazaba convertirse en algo más serio de la “conversación con papito”. La vida sin mis tempranos diálogos me resultaba inconcebible.
—¿Por qué? —pregunté con severidad.
—Porque el pobre papito está cansado.
Esta me pareció una razón del todo inadecuada, y casi sentí náusea por el sentimentalismo de su “pobre papito”.
No me gustaba ese vocabulario. Me daba la impresión de falta de sinceridad.
—Oh —dije en un tono ligero. Y después en un tono triunfal: —¿sabes adónde quiero ir contigo?
—No, mi amor —suspiró mamá.
—Quiero ir al arroyo y pescar con mi nueva red, y después quiero ver cazar zorras y...
—¡No despiertes a papito! —murmuró enfadada, dándome un leve manazo en la boca.
Pero era demasiado tarde. Papá había despertado, o casi.
Gruño y buscó a tientas los cerillos. Después se quedó viendo incrédulamente el reloj.
—¿Te gustaría tomar una taza de té, querido? —preguntó mamá con una voz tímida y queda que yo no le conocía de antes. Sonaba como si estuviera asustada.
—¿Té? —exclamó indignado—. ¿Sabes la hora que es?
—Y después quiero ir a la carretera de Rathcooney —grité, temeroso de olvidar algo con todas esas interrupciones.
—Duérmete inmediatamente, Larry —dijo mamá con energía.
Empecé a lloriquear, no podía concentrarme con los enredos de aquel par, y asfixiar mis proyectos matinales era como ahogar niños en su cuna.
Papá no dijo nada, pero encendió su pipa y la chupó, mirando hacia las sombras sin importarle ni mi mamá ni yo. Yo sabía que estaba furioso. Cada vez que yo hacía un comentario, mi mamá me callaba irritada. Yo estaba mortificado. Sentía que no era justo; hasta había algo siniestro en ello. ¡Cuántas veces le había señalado a ella el desperdicio, de hacer dos camas cuando podíamos dormir los dos en una, me había respondido que era más saludable así, y ahora ahí estaba este hombre, este extraño, durmiendo con ella sin la menor consideración por su salud!
Se levantó temprano e hizo té, pero aunque le trajo una taza a mamá, a mí no me trajo ninguna.
—Mamita —grité—, yo también quiero una taza de té.
—Sí, querido —dijo pacientemente—. Puedes beber de la taza de mamá.
Eso lo decidió todo. O papá o yo tendríamos que dejar la casa. Yo no me quería beber de la taza de mamá, quería ser tratado como un igual en mi propia casa, así que, sólo por molestarla, me bebí todo el té y no le deje nada. También eso lo tomó con gran tranquilidad.
Pero aquella noche, cuando me estaba acostando, dijo amablemente:
;—Larry, quiero que me prometas una cosa.
—¿Qué? —pregunté.
—Que no entrarás ni molestarás al pobre de tu papito en la mañana ¿Prometido?
“Pobre papito”, ¡otra vez! Ya empezaba a parecerme sospechoso cuanto concerniera a ese hombre tan insoportable.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque el pobre papito está preocupado y cansado y no duerme bien.
—¿Y por qué no, mamá?
—Bueno, ya sabes ¿verdad? Que mientras él estaba en la guerra mamá recibía los centavos de la Oficina de Correos.
—¿De la señorita MacCarthy?
—Eso es. Pero ahora, la señorita MacCarthy ya no tiene más centavos, y papá tiene que salir a buscarnos algunos, ¿ves? ¿Sabes lo que pasaría si no pudiera?
—No —dije—, dinos.
—Bueno, creo que tendríamos que salir y mendigarlos como la pobre viejita de los viernes. No nos gustaría hacerlo, ¿verdad?
—No —asentí—, No nos gustaría mendigar como la viejita de los viernes.
Mamá puso todos mis juguetes en círculo alrededor de la cama, de manera que de cualquier lado que me levantara tendría que caer sobre uno de ellos.
Cuando desperté, más temprano que de costumbre, me acordé muy bien de mi promesa. Me levanté y me senté en el suelo y jugué durante horas, según me pareció. Luego cogí mi silla y me asomé largamente por la ventana de la buhardilla. Deseaba que fuera tiempo que despertara papá; deseaba que alguien me hiciera una taza de té. En lugar de sentirme como el sol, estaba aburrido y ¡tan, tan frío! Añoraba el calor y la profundidad de la cama grande de pluma.
Por fin no pude aguantarme más tiempo. Fui al cuarto de junto. Como seguía no habiendo sitio al lado de mamá, me trepé encima de ella y se despertó sobresaltada.
—Larry —murmuró, asiendo mi brazo con fuerza—, ¿qué me prometiste?
—Pero, mamá —dije gimoteando, sorprendido en plena falta— si me estuve quieto tantísimo tiempo.
— Y por supuesto estás desfallecido —dijo ella tristemente, palpándome todo—; mira, si te dejo estar aquí, ¿me prometes quedarte callado?
—Pero es que quiero hablar, mamá —gemí.
—No importa —replicó ella con una firmeza que para mí resultaba enteramente nueva—. Papá quiere dormir, ¿has entendido?
Lo comprendí demasiado bien. Yo quería hablar, él quería dormir. Después de todo, ¿quién era el dueño de la casa?
—Mamá —respondí a mi vez con igual firmeza—, creo que sería más saludable que papá durmiera en su propia cama.
Eso pareció desconcertarla porque no dijo nada durante un rato.
—Bueno, de una vez por todas —prosiguió—, o te estás absolutamente quieto, o regresas a tu cama. ¿Qué prefieres?
Semejante injusticia me abrumó. Le había probado, usando sus propias palabras, su inconsistencia y poco razonable actitud, y ella ni siquiera había tratado de contestarme.
Invadido por el despecho, le dí a papá un puntapié, que pasó inadvertido para mamá pero a él lo hizo gruñir y abrir los ojos alarmado.
—¿Qué hora es? —preguntó un una voz dominada por el pánico, mirando, no a mamá sino a la puerta, como si hubiera visto algo allí.
—Es temprano todavía —lo tranquilizó ella—. Es sólo el niño. Duérmete otra vez.... Mira Larry —añadió saltando del lecho—, has despertado a papá y tienes que regresar adonde estabas.
A pesar de su apariencia sosegada, esta vez comprendí que la cosa iba en serio, y me di cuenta que mis derechos fundamentales y privilegios estarían perdidos a menos que los hiciera valer en seguida. Al tomarme en sus brazos, pegué un chillido suficiente para despertar muertos, ni qué decir de papá. Éste gruñó.
;—¡Condenado chiquillo! ¿Qué no duerme nunca?
—Es sólo un hábito, querido —respondió mamá suavemente, aunque pude ver que estaba resentida.
—Pues ya es tiempo de que abandone ese hábito —gritó papá empezando a dar vueltas en la cama. De pronto agarró todas las cobijas, se enredó en ellas, y me miró de reojo por encima de su hombro, mostrando únicamente dos pequeñas, iracundas y oscuras pupilas. El hombre tenía un aire malvado.
Para abrir la puerta del cuarto, mamá tuvo que dejarme en el suelo; librándome, me lancé hacia el rincón más distante, berreando. Papá se incorporó en la cama.
—¡Cállate la boca! —rugió fuera de sí mismo.
Me quedé tan asombrado que dejé de berrear.
Jamás, jamás me había hablado nadie con este tono antes de aquello. Le dirigí una mirada incrédula y advertí que su rostro estaba convulsionado por la rabia. Sólo entonces alcancé a darme plena cuenta de cómo Dios me había tomado el pelo escuchar mis plegarias por el seguro retorno de este monstruo.
—¡Cállate la boca tú! —rugí fuera de mí mismo.
—¿Qué es lo que dijiste? —gritó papá, brincado salvajemente de la cama.
—¡Mick! ¡Mick! —sollozó mamá—. ¿No ves que el niño no está acostumbrado a ti?
—Lo que veo que está mejor comido que educado —dijo papá, agitando salvajemente sus brazos—. Necesita que le zumben el trasero.
Toda su anterior gritería palideció antes estas obscenas palabras referentes a mi persona. En verdad hicieron que me hirviera la sangre.
—¡Zúmbate el tuyo! —chillé histéricamente—. Zúmbate el tuyo. ¡Cállate la boca! ¡Cállate la boca tú!
Con esto perdió la paciencia y se dejó venir hacía mí. Lo hizo con la falta de convicción que era de esperarse en un hombre sometido a los horrorizados ojos de mamá, y todo terminó en una simple cachetada.
Pero la cruda indignidad de ser golpeado, como quiera que fuese, por un extraño, un total extraño que había obtenido tramposamente su regreso de la guerra a nuestra amplia cama como resultado de mi inocente intercesión, me enloqueció del todo. Chillé y chillé, y bailé con mis pies descalzos, y papá se veía absurdo y peludo porque no llevaba más que una breve camisa gris de ejército, me miró de arriba abajo como una mole asesina. Supongo que debe haber sido entonces cuando me di cuenta que él también estaba celoso.
Y ahí estaba mamá en camisón; parecía que su corazón se hubiera partido en dos entre nosotros. Tuve la esperanza de que sus sentimientos correspondieran a su apariencia. Juzgué que bien se lo merecía.
A partir de esa mañana mi vida se convirtió en un infierno. Papá y yo éramos enemigos, abiertos y declarados.
Organizábamos una serie de escaramuzas el uno contra el otro, él tratando de robar mi tiempo con mamá, y yo el suyo.
Cuando ella estaba sentada en mi lecho, contándome un cuento, a él le daba por buscar cierto par de botas viejas que pretendía haber dejado aquí al principio de la guerra. Mientras él hablaba a mamá, yo jugaba ruidosamente con mis juguetes para demostrar mi total carencia de interés. Dio una terrible escena una noche que llegó del trabajo y me encontró con su caja, jugando con insignias de su regimiento, los cuchillos indios y los distintivos. Mamá se levantó y me arrebató la caja.
No sé por qué razón papá la miró como si hubiera recibido una bofetada, y luego se dio la vuelta y se alejó con un gruñido.
—Esos juguetes —gruñó, bajando la caja de nuevo para ver si me había yo quedado con algo—. Algunas de esas son muy raras y valiosas.
Pero a medida que el tiempo pasaba, vi más y más cómo lograba separarnos a mamá y a mí. Lo que empeoraba la situación era que yo no podía atinarle a su método o ver qué interés representaba para mamá. En todos los sentidos posibles era menos atractivo que yo. Tenía un acento vulgar y hacía ruidos al sorber el té. Por un tiempo pensé que podían ser los periódicos en lo que ella se interesaba, así que inventé trozos de mi cosecha para leérselos. Después pensé que podía ser el fumar, lo cual yo mismo consideraba atractivo, y me apoderé de sus pipas y andaba por la casa babeándolas hasta que un día él me pescó. Inclusive hice ruidos al sorber mi té, pero mamá solo me dijo que eso era repugnante. Todo parecía, girar alrededor de ese poco sano hábito de dormir juntos, así que me propuse caer en su recámara y espiar por ahí, hablando conmigo mismo, para que no supiera que los estaba observando; sin embargo, nunca pude ver lo que se traían entre manos. Al fin me di por vencido. El secreto parecía residir en el hecho de ser grande y regalar anillos a la gente, y comprendí que yo tendría que esperar.
Pero al mismo tiempo que me empeñaba en que él viera que yo sólo estaba esperando, que no abandonaba la pelea.
Una tarde, cuando estaba siendo especialmente ofensivo, charlando e ignorándome completamente en su conversación, se lo solté de plano.
—Mamita —le dije—, ¿sabes lo que voy a hacer cuando crezca?
—No querido —respondió—. ¿Qué?
—Me voy a casar contigo —dije con toda calma.
Papá soltó una carcajada, pero no me engañaba. Yo sabía que sólo estaba fingiendo. Y mamá, a pesar de todo, se veía complacida. Me pareció que probablemente la descansaba el saber que un día habría de romperse el dominio ejercido en ella por mi padre.
—Qué bonito va ser —dijo sonriendo.
—Será muy bonito —repliqué seguro de mí mismo—. Porque tendremos muchos, muchos niños.
—En efecto, querido —dijo ella con placidez—. Creo que tendremos uno muy pronto, y entonces contarás con abundante compañía.
Me encantó su comentario, pues mostraba que a pesar de la manera como consentía a mi padre, todavía tomaba en cuenta mis deseos. Además, aquello cerraría la boca a los Geney.
Las cosas no salieron como yo pensaba, sin embargo. En primer lugar, mamá se veía muy preocupada —supongo que porque no sabía de dónde sacar los diecisiete chelines y medio—, y aunque papá adquirió la costumbre de quedarse fuera hasta bien entrada la noche, eso no me hizo ningún bien. Mamá dejo de llevarme a pasear, se puso de mírame y no me toques, y me daba tundas vinieran o no al caso. A veces hubiera yo querido no haber mencionado jamás el asunto del condenado niño. Se diría que tengo una especie de genio para atraerme calamidades.
¡Y vaya que fue una calamidad! El nenito llegó con un gran escándalo —ni siquiera su llegada pudo hacerla con discreción— y desde el primer momento me cayó mal. Era un niño difícil —por lo que a mí tocaba siempre fue difícil— y exigía demasiados cuidados. A mamá la tenía sencillamente chiflada; ella no se daba cuenta de cuándo el niño sólo estaba haciendo teatro. Como compañero era peor que nada. Dormía todo el día, y se me obligaba a caminar de puntillas en la casa para evitar despertarlo. Ya no se trataba de no despertar a papá. Ahora la consigna era: “¡No despiertes al nene!” Me era imposible entender la razón por la cual el niño no podía dormir a las horas debidas, así que apenas mamá volteaba la espalda yo me apresuraba a despertarlo. A veces llegaba a pellizcarlo a fin de mantenerlo despierto. Mamá me sorprendió en eso un día y me dio una tunda despiadada.
Una noche, cuando papá regresaba del trabajo, yo me encontraba jugando al trenecito en el jardín de enfrente. Aparenté no advertir su llegada; pretendí estar conversando conmigo mismo, y dije en voz alta: “Si otro maldito niño viene a esta casa yo me marcho”.
Papá se paró en seco y me miró por encima de su hombro.
—¿Qué es lo que dijiste? —preguntó con gravedad.
—Estaba hablando conmigo mismo —contesté, tratando de ocultar mi pánico—. Es asunto privado.
Se dio la media vuelta y se fue sin agregar una palabra. Créanme, yo me proponía hacer una solemne advertencia, pero las consecuencias fueron enteramente imprevistas. Papá comenzó a portarse bastante bien conmigo. Era explicable, pero por supuesto. Mamá nos fastidiaba con el nenito. Aun en las horas de la comida, se levantaba a mirarlo embobada en su cuna, con una sonrisa tonta, y le decía papá que hiciera otro tanto. El reaccionaba siempre de modo cortés, pero se veía tan perplejo que podía adivinarse su incomprensión respecto de lo que se le pedía. Papá se quejaba de la forma en el que el nenito lloraba por las noches, pero solo conseguía enojar a mamá, quien alegaba que el nenito nunca lloraba a menos que algo le sucediera (lo cual era un mentira descarada, porque el nenito nunca le pasaba nada, sólo lloraba para hacerse el interesante). Era penoso comprobar lo simple que mamá se había vuelto. Papá no era atractivo, pero tenía una gran inteligencia. El nenito no lo engañaba, y ahora él sabía que tampoco me engañaba a mí.
Una noche desperté con sobresalto. Alguien estaba conmigo en la cama. Por un momento de locura pensé que de seguro era mi mamá, que había recuperado la razón abandonando definitivamente a papá, pero luego escuche las convulsiones del nene en el cuarto de al lado, y a mamá que decía: “Ya pasó, ya pasó, ya pasó”, y supe que me había equivocado. No, no era mamá, sino papá. Extendido junto a mí, bien despierto, respirando con agitación y en apariencia furioso como un demonio.
Minutos después me vino a la cabeza la explicación de su furia. Ahora era su turno. Tras de haberme expulsado de la gran cama, él había sido expulsado a su vez. Mamá no tenía consideración para nadie que no fuera ese cachorrito venenoso, el nenito. No pude menos que sentir lástima por papá. Yo había experimentado todo eso en carne propia, y pese a mis cortos años me sentía magnánimo. Comencé a darle palmaditas amistosas y a decirle “Ya pasó, ya pasó”. Su respuesta no fue lo que se llama efusiva.
—¿Tampoco tú estás dormido? —gruñó.
—Vamos, no te hagas del rogar y pasa tu brazo por mi espalda —le dije, y así lo hizo él, en cierto modo. Gingerly, supongo, sería la mejor manera de calificar su gesto. Era muy huesudo, pero mejor que nada.
Cuando llegó la Navidad fue a comprarme un ferrocarril de juguete verdaderamente de primera.