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frank o'connor

la confesión

Cuando el Padre Cassidy corrió la cortina del confesionario, se sorprendió un poco por la apariencia de la mujer que se encontraba al otro lado de la rejilla. En la penumbra pudo apreciar que era joven, de mediana estatura y su cara reflejaba el encanto y la alegría propios de la adolescencia. Sin embargo, lo que más llamó su atención fue su rostro pálido y alargado, salpicado de pecas y de pómulos salientes, que daban a sus ojos azul-gris un curioso toque oriental.
No era una joven del pueblo, él las conocía a todas de vista y a algunas de ellas por algo más, ya que era considerado como un confesor de amplio criterio. Los otros sacerdotes decían que uno de estos días ¿I dejaría la confesión a un lado basándose en sus ideas de que el pecado no existía y que aun en el caso de que existiera, no tenía importancia.
Esta idea formaba parte de su carácter excesivamente contradictorio; mientras era demasiado benevolente hacia los pecados de sus feligreses, su mente estaba llena de oscuros resentimientos impersonales.
Odiaba a Inglaterra, odiaba al gobierno irlandés y, en particular, a la clase media, aunque no se sabía que alguien de esta clase le hubiera ocasionado algún daño.
Era un hombre fornido, lento, tanto en sus movimientos como en sus juicios; de cuello extremadamente corto, barbilla pronunciada, tez rubicunda, labios gruesos encarnados y ojos azules y pequeños (pie inspiraban temor.
—Y bien, hija mía —murmuró con voz lúgubre y pausada, que parecía como si tuviera piedrecillas en la boca—. ¿Cuánto tiempo hace que te confesaste?
—Una semana, Padre —respondió con voz clara y firme.
Él se sorprendió un poco, ya que aunque no tenía aspecto de casquivana, tampoco parecía la clase de joven que se confiesa cada semana. Pero con las mujeres jamás se sabe, todas son contradictorias, santas y pecadoras.
—¿Y qué pecados has cometido desde entonces? —le preguntó alentándola.
—He dicho mentiras Padre.
—¿Algo más?
—He dicho malas palabras, Padre.
—Me sorprende de ti —le dijo con una serenidad fingida—. Una joven educada, ¡con todo el idioma inglés a tu disposición! ¿Qué clase de malas palabras?
—He jurado en vano, Padre.
—¡Caramba! —contestó con desaprobación—. Deberías de saber la diferencia entre insultar y blasfemar, aunque si he de ser sincero tampoco es tan malo jurar en vano. La mayoría de las veces no hay intención de blasfemar, aunque es un tanto vulgar, y es indudable que el alejarnos de esas pequeñas tentaciones es lo que demuestra la buena educación. ¿Algo más?
—Bebí, Padre.
—Hum —murmuró. Esto la describía como el tipo de joven que él había imaginado. Maldosa pero no perversa.
Le gustó su forma de ser: Cándida y atrevida. No existía falsa modestia o hipocresía como en la mayoría de las mujeres que se confesaban.
—¿Cuándo dices que bebiste, quieres decir que estabas alegre o qué?
—Bueno, quiero decir que me sobrepasé —respondió cándidamente encogiéndose de hombros.
—Yo no le llamo a eso beber, sabes —dijo con firmeza— a eso le llamo embriagarse. ¿Te embriagas a menudo?
—Soy maestra en un convento, así que no tengo muchas oportunidades —contestó desconsoladamente.
—¿En un convento? —preguntó con renovado interés. Las escuelas de los conventos y las monjas eran otra de sus fobias; él pensaba que lo único que ahí hacían era convertir a todas las mujeres en imbéciles—. ¿Estás de vacaciones ahora?
—Sí, regreso a casa.
—Entonces tú no vives aquí.
—No, vivo en el campo.
—¿Y son las monjas las que te orillan a beber? —preguntó con un tono de solemnidad inconmovible.
—Bueno —respondió sutilmente—, usted sabe cómo son las monjas.
—Lo sé —respondió con voz grave mientras le sonreía a través de la rejilla—. ¿Bebes con el consentimiento de tus padres? —añadió.
—Ah, sí; mi mamá ya murió y a papá no le importa, incluso nos permite beber con él.
—¿Lo hace por convencimiento, o porque les tiene miedo? —le preguntó secamente.
—No sé, supongo que es un poco de ambas cosas —contestó alegremente respondiendo a su humor serio.
No era común que las mujeres respondieran a su interrogatorio de esta manera, y la forma de ser de la joven le empezó a agradar mucho.
—¿Hace mucho tiempo que murió tu madre? —le preguntó amablemente.
—Siete años —respondió.
Él dedujo de inmediato que en esa época ella no era más que una niña y que había crecido sin los consejos ni los cuidados de una madre.
Él adoraba a su madre y la había perdido; siempre sentía pena por las personas que se encontraban en esa situación.
—Cuánto lo siento —le dijo con voz paternal a la vez que cruzaba las manos sobre su abultado vientre.
—No quiero que pienses que el beber un poco de vino es pecado. Yo también lo hago, sin embargo si yo fuera tú no lo haría un hábito. Piénsalo, eso está bien para los viejos como yo, que ya superaron las peores tentaciones. Pero tú tienes la vida por delante y el alcoholismo es un vicio que crecería contigo, recuerda siempre que tu madre te observa desde el cielo y así no te irás por el mal camino.
—Gracias Padre —respondió, y él se dio cuenta que había tocado sus fibras más sensibles—. Terminaré con eso para siempre.
—¿Sabes? yo también lo haría —respondió con voz grave fijando su vista en ella por un momento—. Tú eres una joven inteligente que puede vivir la vida plenamente sin necesidad del alcohol. ¿Algo más?
—He tenido malos pensamientos, Padre.
—Bueno —contestó pesaroso— todos los tenemos. Te dejaste llevar por ellos.
—Sí, Padre.
—¿Tienes novio?
—No uno formal: un par de jóvenes que me pretenden.
—Ah, eso es peor que no tener a ninguno —respondió cortante—. Debes tener un novio formal. Sé que habrá otros viejos que opinen diferente. Pero esas son tonterías. Los malos pensamientos son fantasías, el mejor remedio es tener alguien real. ¿Algo más?
Dudó por un momento antes de responder aunque lo suficiente para prepararlo para lo que venía.
—Tuve relaciones sexuales con un hombre, Padre —respondió deliberadamente en voz baja.
—¿Que tú qué? —exclamó mirándola con incredulidad—. ¿Tuviste relaciones sexuales con un hombre? ¿A tu edad?
—Sé que es terrible —le contestó con pesar.
—Así es —respondió lenta y solemnemente.
—¿Con qué frecuencia? ¿Cuántas veces?
—Una vez, Padre. Bueno, quiero decir dos, pero en la misma ocasión.
—¿Era un hombre casado? —preguntó frunciendo el seño.
—No, Padre. Soltero. Al menos eso creo —agregó con cierta duda.
—¿Tuviste relaciones sexuales con un hombre —dijo en tono acusador— y no sabes si era casado o soltero?
—Pensé que era soltero —respondió con gran aflicción—. Él era soltero cuando lo conocí. Pero por supuesto de eso hace ya cinco años.
—¿Cinco años? Pero entonces tú debes haber sido una niña.
—Así es —admitió—. Él pretendía a mi hermana Kate, pero ella no le correspondía. En aquella época Kate salía con su actual marido y a él sólo lo tomaba como diversión, yo lo sabía y odiaba a mi hermana porque él siempre era muy amable conmigo. Era la única persona que visitaba mi casa y que me trataba como adulto, pero en ese entonces yo tenía 14 años y supongo que pensaba que yo era demasiado joven para él.
—¿Y lo eras? —preguntó el Padre Cassidy irónicamente.
Por alguna razón él pensaba que esta jovencita no tenía ni la más mínima idea de la enormidad de su pecado, y eso no le gustaba.
—Supongo que sí —respondió modestamente—. Pero me sentía muy mal de que me enviaran a dormir y él se quedara con Kate, cuando yo bien sabía que a ella no le importaba. Así que cuando lo encontré nuevamente todo volvió a renacer. Como que me derretía por dentro. Nunca es lo mismo con ningún otro joven como con aquel del que una se enamoró, es como si tuviera alguna clase de poder sobre mí.
—Si tenías 14 años en ese entonces —respondió el Padre Cassidy, haciendo a un lado la invitación obvia para discutir sobre el primer amor—, entonces ahora tienes 19.
—Así es.
—¿Y sabías que a menos que te deshagas de este terrible vicio de una vez por todas podrías seguir de esta manera hasta que llegaras a los 50?
—Lo supongo —respondió dudosa. Pero él pudo darse cuenta que ella no suponía nada.
—¡Lo supones! —respondió enojado—. Yo te estoy diciendo que así es y lo que es más —continuó con tono im-perativo—, no será sólo un hombre, sino docenas de hombres, y no serán hombres decentes, sino cualquier tipo que se aprovechará de ti. El mismo pecado mortal semana tras semana hasta que te conviertas en una anciana.
—Pues aún no lo sé —respondió rápidamente, encogiéndose los hombros con coquetería—. Yo creo que la gente lo hace por curiosidad más que por cualquier otra cosa.
—¿Curiosidad? —repitió el Padre sorprendido.
—Ah, usted sabe a lo que me refiero —respondió con un tono de impaciencia—. ¡La gente rodea eso de tanto misterio!
—¿Y qué esperabas que hicieran, publicarlo en los periódicos?
—Bueno, sabrá Dios; pero sería mejor a la manera en que algunos lo hacen —respondió rápidamente—. Por ejemplo mi hermana Kate, ella es dos años mayor que yo y fue quien me crió. Pero a pesar de eso siempre fuimos buenas amigas. Ella me enseñaba sus cartas de amor y yo le mostraba las mías. Lo que quiero decir es que discutíamos todos los asuntos como iguales, pero desde que se casó no la reconozco. Ella sólo platica con otras mujeres casadas y se juntan en una esquina a secretearse y en el momento en que uno entra al cuarto empiezan a hablar del tiempo, exactamente como si uno fuera una criatura, lo que quiero decir es que no se puede dejar de pensar que el sexo es algo extraordinario.
—No vengas aquí a decirme nada acerca de inmoralidad —respondió el Padre Cassidy enojado—. Yo sé todo acerca de ello. Puede empezar como una curiosidad pero termina en vicio. No existe ningún otro vicio en el que caigas tan rápidamente y que te degrade más. No cometas ninguna equivocación referente a esto, jovencita. ¿Te propuso matrimonio este hombre?
—No lo creo —respondió pensativa— pero por supuesto eso no significa nada. Él es un joven frívolo y despreo-cupado, posiblemente ni se le ocurrió.
—No pensé que se le hubiera ocurrido—respondió el Padre Cassidy desconsolado—. ¿Está en condiciones de casarse?
—Supongo que sí, ya que él quería casarse con mi hermana Kate—respondió perdiendo el interés.
—¿Y crees que tu padre podría hablar con él del asunto?
—¿Papá? —exclamó asombrada—. Pero yo no quiero que papá se mezcle en esto.
—Lo que tú deseas, jovencita —exclamó el Padre Cassidy exasperado— no importa. ¿Estás preparada para hablar con ese hombre?
—Supongo que sí —respondió sonriendo—. Pero, ¿acerca de qué?
—¿Acerca de qué? —repitió el Padre enojado—. Nada más ni nada menos que acerca del pequeño asunto que tan convenientemente pasó por alto.
—¿Usted quiere decir que le pida que se case conmigo? —preguntó ella con incredulidad—. Pero si yo no quiero casarme con él.
El Padre Cassidy reflexionó por un momento y la miró ansiosamente a través de la rejilla. Empezaba a oscurecer dentro de la iglesia y, por un momento, tuvo la horrible impresión de que alguien le estaba jugando una broma de muy mal gusto.
—Te importaría decirme —preguntó cortésmente—, quién de los dos está loco, tú o yo.
—Pero, Padre, de verdad no me quiero casar —respondió rápidamente—. Lo hecho, hecho está y ya pasó. Es algo con lo que yo soñaba y fue grandioso; pero no lo sería si lo hiciera por segunda vez.
—¿Que no sería qué? —preguntó severamente.
—Bueno, lo que quiero decir es que tal vez no sería igual —respondió agitando las manos que tenía unidas, como esposadas—. No tendría el encanto de la primera vez. Terry es alegre y bondadoso, pero yo no podría vivir con él, es totalmente irresponsable.
—¿Y qué crees que eres tú? —gritó el Padre Cassidy perdiendo la paciencia—. ¿Has pensado en todos los peligros a los que te estás exponiendo, jovencita? ¿Si tuvieras un hijo quién te daría trabajo, si tuvieras que dejar el país para ganarte la vida qué sería de ti? Escúchame bien, tu obligación ineludible es casarte con ese hombre si es que él quiere casarse contigo, aunque si he de serte sincero —agregó moviendo la cabeza— yo lo dudo mucho.
—Pues para decirle la verdad, yo también lo dudo —respondió con una mueca que expresaba claramente sus sentimientos acerca de Terry y que casi vuelve loco al Padre Cassidy.
La miró por un instante y en ese momento comprendió lo que había sucedido, suspiró y se cubrió la cara con la mano.
—¿Y dime —le preguntó con voz lejana— cuándo sucedió?
—Anoche, Padre —respondió con voz dulce, al escuchar que el Padre estaba más calmado.
—Dios mío—pensó el Padre, yo tenía razón—. Fue en el pueblo. ¿No es así?
—Sí, Padre. Nos encontramos en el tren.
—¿Y dónde está él ahora?
—Él regresó a su casa esta mañana, Padre.
—¿Y por qué no hiciste tú lo mismo?
—No lo sé —respondió dudosa, como si la pregunta se le hubiera ocurrido por primera vez.
—¿Por qué no regresaste a tu casa esta mañana? —preguntó enojado—. ¿Qué hiciste dando vueltas por el pueblo todo el día?
—Supongo que estuve caminando —respondió ella dudosa.
—Y por supuesto no se lo contaste a nadie.
—No tenía a quien contárselo —respondió en tono quejumbroso— de cualquier manera —añadió encogiéndose de hombros—, no es la clase de cosas que le platicas a toda la gente.
—Por supuesto que no —respondió el Padre Cassidy—. Sólo a un sacerdote —añadió tristemente para sí. Finalmente se dio cuenta cómo había sido engañado. Esta pequeña vagabunda, deambulando por el pueblo como atontada por la dicha experimentada, tenía que confiarle a alguien su secreto y él, un bondadoso viejo tonto de 60 años le había permitido que lo utilizara como confidente. ¡Un filósofo de 60 permitiendo que una Eva de 19 le contara todo acerca de la manzana! Nunca podría olvidarlo.
En ese momento sintió que la sangre de los Cassidy le hervía. ¿Podría aún hacer algo? Él nunca había probado la manzana, pero sabía algunas cosas acerca de las manzanas en general, y esta manzana en particular, esta pequeña señorita Eva jamás aprendería la diferencia, aunque se pasara la vida comiendo manzanas. La teoría puede tener sus desventajas, pero hay ocasiones en que es mejor que la práctica.
—Muy bien, hija mía —pensó agriamente—. ¡Veremos quién de los dos sabe más!
En un tono indiferente empezó a hacerle preguntas. Eran preguntas íntimas como las que haría un doctor o un sacerdote, y ella, sintiéndose mujer de mundo y de amplio criterio, debido a su nueva experiencia, las respondió con valor y franqueza, evitando mostrar cualquier signo de vergüenza. Solamente en una o dos ocasiones se turbó al responder. Él la miró de reojo para ver cómo lo estaba tomando, y una vez más no pudo evitar admirarla. Pero ella no podía continuar así. Primero empezó a sentirse incómoda y después alarmada moviéndose constantemente como si algo la molestara. Él se mostraba más serio e inquisitivo. Ella no se daba cuenta de cuál era su intención. Lo único que veía era que él estaba despojando uno a uno los velos de romance, dejándola únicamente con una fría, sórdida y cínica aventura, como un trozo de carne grasosa en un plato.
—¿Y qué hizo él después? —le preguntó el Padre.
—Ah —respondió con enojo—. No me di cuenta.
—No te diste cuenta —repitió el Padre irónicamente.
—¿Habría alguna diferencia? —gritó ella con desesperación, tratando de aferrarse a los únicos jirones de ilusión que le quedaban.
—Supongo que tú pensaste que habría alguna diferencia cuando viniste a confesarte —le dijo el Padre con firmeza.
—Pero es que usted lo hace parecer tan bestial —dijo al borde del llanto.
—¿Y no fue así? —murmuró acercándose más, frunciendo los labios y el entrecejo.
La tenía acorralada y lo sabía.
—No, no fue así Padre —dijo ella sinceramente—. Le juro por Dios que no lo fue, al menos en ese momento no pensé que lo fuera. —No —respondió el Padre severamente—. Tú pensaste que era una linda historia para írsela a contar a tu hermana. Ahora no te correrá tanta prisa para contárselo; di un Yo Pecador.
Y ella lo dijo.
—Y de penitencia di tres Padres Nuestros y tres Aves Marías.
Sabía que eso era un golpe bajo, pero no pudo resistir darle como un tiro de gracia la penitencia que le daría a un niño.
Sabía que ella no olvidaría la penitencia aun cuando olvidara todos sus consejos. Cerró la rejilla y no abrió la que se encontraba en el lado opuesto. Detrás se encontraba una mujer que al rezar producía demasiado ruido. Por el volumen de la voz parecía como si estuviera bebida. Sintió que necesitaba aire fresco. Salió por el pasillo, haciendo crujir el piso bajo sus fuertes pisadas, lo recorrió frente al presbiterio, agachando la cabeza y con las manos detrás de la espalda. Vio a la joven salir y bajar las escaleras; bajo las pesadas columnas del pórtico parecía pequeña y acongojada.
Al llegar a la acera se irguió tratando de recobrar el aplomo y se derrumbó nue-vamente. Las luces de la ciudad brillaban y dibujaban círculos de luz. Cuando el sacerdote regresó a la iglesia empezó a reír, con una alegre risa ahogada, y al pasar delante de la estatua de Santa Ana, Patrona de las jóvenes casaderas, se sorprendió a sí mismo guiñándole un ojo.