PAIS RELATO

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frank o'connor

huéspedes de la nación

I
Al caer el sol, Belcher, el inglés grandote, retiraba sus piernazas de las cenizas y decía: “Bueno, ¿jugamos una, muchachos?”. Y Noble o yo mismo solíamos responder: “Adelante, muchacho” (pues se nos habían pegado algunas de sus curiosas expresiones), y ahí Hawkins, el inglés bajito, encendía la lámpara y sacaba las cartas. A veces se nos unía Jeremiah Donovan, que observaba el juego y se entusiasmaba con las cartas de Hawkins, pero éste siempre las jugaba mal y él se lo recriminaba a los gritos, como si fuese uno de nosotros: “Ay, bendito demonio, ¿por qué no me jugaste el tres?”.
Pero, en general, Jeremiah era un pobre diablo sobrio y apocado igual que Belcher, el inglés grandote, y si lo respetábamos era porque tenía cierta traza con los documentos, aunque tampoco es que fuera muy rápido. Usaba un sombrerito de paño y grandes polainas sobre sus largos pantalones y rara vez se lo veía con las manos fuera de los bolsillos. Se ruborizaba cuando le hablaban y basculaba del talón a la punta del pie todo el tiempo sin apartar la vista de sus patonas de granjero. Noble y yo, que veníamos de la ciudad, solíamos burlarnos de su acento cerrado.
La verdad es que entonces no le encontraba sentido a que Noble y yo tuviéramos que vigilar a Belcher y Hawkins porque estaba seguro de que se podía plantar a ese par donde fuera, de acá a Claregalway, y se habrían arraigado mejor que cualquier yuyo nativo. Nunca en mi corta experiencia había visto a nadie tan amoldado al país como ellos.
Nos los había pasado el Segundo Batallón en la época en que se los buscaba con mayor insistencia y Noble y yo, que éramos jóvenes, nos hicimos cargo con la debida responsabilidad, pero pronto quedamos en evidencia, porque Hawkins resultó conocer el país mucho más a fondo que nosotros.
—Tú eres ese al que llaman Bonaparte —me dice—. Mary Brigid O’Connell me pidió que te preguntara qué hiciste con los calcetines del hermano que te llevaste puestos.
Por lo que parece, en el Segundo solían celebrar veladas, y a veces acudían algunas de las muchachas de la vecindad y, al ver que ellos dos eran tipos decentes, nuestros camaradas acabaron incluyéndolos. Hawkins aprendió a bailar “The Walls of Limerick”, “The Siege of Ennis” y “The Waves of Tory” tan bien como cualquiera de ellos aunque, como es natural, no pudo devolverles el favor porque en esa época nuestros camaradas no bailaban danzas extranjeras, por principio.
Así que Belcher y Hawkins se arrogaron con total naturalidad los privilegios adquiridos con el Segundo y en uno o dos días ya habíamos abandonado toda apariencia de vigilarlos de cerca. Tampoco habrían llegado muy lejos, porque su fuerte acento se podía cortar con cuchillo y además vestían chaquetas y capotes caqui con pantalones y botas de civil. Pero tengo la certeza de que nunca pensaron en escapar y que se sentían bastante a gusto donde estaban.
Belcher, por ejemplo, había conquistado a la vieja de la casa donde vivíamos de forma admirable. La mujer tenía una notable tendencia a refunfuñar y era una cascarrabias de primera incluso con nosotros, pero antes de que hubiera tenido ocasión de darles a nuestros invitados, como me permito llamarlos, un lengüetazo bífido, Belcher ya la había convertido en su amiga íntima. La vieja estaba partiendo ramas y Belcher, que no llevaba ni diez minutos en la casa, saltó de su asiento y se le acercó.
—Permítame, señora mía —va y le dice con esa sonrisita particular—, permítame, por favor —y se apropia de la maldita hacha. La mujer quedó tan paralítica que no podía ni hablar y a partir de ahí lo tuvo a Belcher siempre a sus pies, llevando un balde, un canasto, una palada de tierra o lo que fuera. Como decía Noble, Belcher había aprendido a adelantársele y aparecer con el agua caliente o cualquier otra nimiedad que necesitara. Para ser tan grandote (yo mismo tenía que mirarlo desde abajo, y eso que mido un metro noventa), tenía una inusual parquedad —¿o debo decir falta?— de conversación. Nos llevó un tiempo acostumbrarnos a verlo deambular sin decir palabra, como si fuera un fantasma. Además, como Hawkins hablaba por todo un pelotón, resultaba extraño oír al grandote de Belcher decir, con los pies en las cenizas, algún escueto “Lo siento, amigote” o “Así es, muchacho”. Los naipes eran su única pasión y tengo que decir que era un jugador notable. Podría habernos desplumado a Noble y a mí, pero todo lo que perdíamos con él lo perdía luego Hawkins con nosotros, y Hawkins jugaba con el dinero que le daba Belcher.
Hawkins perdía con nosotros porque tenía demasiada labia, y es probable que nosotros perdiéramos con Belcher por la misma razón. Hawkins y Noble se agarraban a los picotazos desde primera hora de la mañana en torno a la religión, y Hawkins le amargaba el alma a Noble, que tenía un hermano cura, con preguntas que harían dudar a un mismísimo cardenal. Para empeorar las cosas, incluso cuando discutía cuestiones sacrosantas, Hawkins era un lengua sucia consumado. Nunca me crucé, en toda mi carrera, con un sujeto capaz de meter tantas imprecaciones y palabrotas en una misma discusión. Era un hombre terrible, y un temible discutidor. Era incapaz de mover un dedo y cuando no tenía con quién hablar se enzarzaba con la vieja.
Pero ella le había encontrado la horma, porque un día en que la estaba induciendo a blasfemar contra la sequía, la vieja lo desarmó totalmente al culpar de todo a Júpiter Pluvius (una divinidad de la que ni Hawkins ni yo habíamos oído hablar, aunque Noble aseguró que los paganos creían que tenía algo que ver con la lluvia). Otro día en que Hawkins estaba vilipendiando a los capitalistas por haber empezado la guerra en Alemania, la mujer dejó la plancha, arrugó su boquita de cangrejo y dijo:
—Mr. Hawkins, usted dirá lo que le parezca de la guerra y quizás crea que puede engañarme porque sólo soy una pobre campesina, pero yo sé muy bien qué fue lo que empezó la guerra. Fue ese conde italiano que robó la divinidad pagana del templo japonés. Créame, Mr. Hawkins, sólo les esperan privaciones y desdichas a los que se meten con los poderes ocultos.
Una chica peculiar, la vieja.
II
Una tarde tomábamos el té, Hawkins había encendido la lámpara y ya estábamos en plena partida de cartas. Jeremiah Donovan también se había sentado a vernos jugar por un rato, y de un modo inesperado me di cuenta de que no les guardaba ningún afecto a los dos ingleses. La cosa me sorprendió mucho porque era la primera vez que Donovan dejaba traslucir algo.
Ya era de noche cuando estalló una violenta discusión entre Hawkins y Noble acerca de los capitalistas, los curas y el amor a la patria.
—Los capitalistas —dice Hawkins resoplando con furia— les pagan a los curas para que te engatusen con el otro mundo y no te des cuenta de lo que ellos hacen en este.
—¡Qué estupidez, hombre! —le dice Noble, fuera de sí—. Mucho antes de que los capitalistas fueran siquiera una idea, la gente ya creía en el otro mundo.
Hawkins se puso de pie como si estuviera predicando un sermón.
—¿Ah, sí? —dice con sorna—. La gente creía en todo lo que tú crees, a eso te refieres. Y tú crees que Dios creó a Adán, y que Adán creó a Shem, y que Shem creó a Josafat. Tú te crees toda la fabulita tonta de Eva, el Edén y la manzana. Pues, mira, muchacho, si tú estás autorizado a creer en una tontería como esa, yo estoy autorizado a creer en mi propia tontería, y lo que yo creo es que lo primero que creó tu Dios fue a un capitalista chupasangre, junto con la moralina y el Rolls-Royce. ¿Tengo razón, muchacho? —le pregunta a Belcher.
—Toda la razón, muchacho —dice Belcher sonriendo con sorpresa, y se levanta de la mesa para estirar sus piernazas junto al fuego y mesarse el mostacho. Y yo, al advertir que Jeremiah Donovan se estaba yendo y que no había manera de saber cuándo acabaría aquella discusión religiosa, salí con él. Habíamos recorrido algunas calles juntos cuando él se detuvo de golpe y empezó a ruborizarse y a farfullar y a decirme que debería volver sobre mis pasos y ocuparme de vigilar a los prisioneros. No me gustó nada el tono en que me lo decía, y además estaba bastante aburrido de la vida en la cabaña, así que le contesté que, al fin y al cabo, para qué demonios pensaba él que los teníamos que vigilar. Le dije que lo habíamos estado hablando con Noble y que ambos preferíamos combatir en una columna que estar allí perdiendo el tiempo.
—¿De qué nos sirven esos dos tipos —le digo yo.
Él me miró sorprendido y dijo:
—Pensé que sabían que los tenemos de rehenes.
—¿De rehenes? —pregunté.
—El enemigo tiene prisioneros que nos pertenecen —dice él—, y ahora hablan de fusilarlos. Si ellos fusilan a los nuestros, nosotros fusilamos a los suyos.
—¿Fusilarlos? —pregunté.
—¿Y para qué otra cosa íbamos a quererlos? —dice él.
—¿No es un poco impensado de tu parte que no nos lo advirtieras a Noble y a mí desde el principio? —le dije.
—¿Ah, sí? —dice él—. Deberían haberlo pensado ustedes mismos.
—¿Cómo íbamos a pensarlo, Jeremiah Donovan? —digo yo—. ¿Cómo íbamos a pensarlo con el tiempo que llevan con nosotros?
—El enemigo tiene a nuestros prisioneros desde hace ese tiempo y más —dice él.
—No es lo mismo, para nada —digo yo.
—¿Y qué diferencia hay? —dice él.
No se lo dije porque sabía que no lo entendería. Si se tratase de un perro viejo que hay que llevar al veterinario, uno procuraría no encariñarse demasiado, pero Jeremiah Donovan no era un tipo al que pudiera pasarle algo así.
—¿Y esto cuándo se decidirá? —pregunté.
—Puede que esta misma noche —dice él—. O mañana, o pasado a más tardar. Así que si a ustedes les resulta un problema estar acá perdiendo el tiempo, muy pronto lo habrán solucionado.
A esa altura, mi problema ya no era en absoluto la pérdida de tiempo. Tenía cosas más graves en que pensar. Cuando volví a la cabaña, la discusión seguía en pie. Hawkins arremetía en su mejor estilo, insistiendo en que no había otro mundo, y Noble retrucaba que sí lo había; pero al llegar me quedó claro que Hawkins llevaba la voz cantante.
—¿Sabes qué, muchacho? —decía en ese momento con una sonrisa picarona—. Me parece que tú eres tan recalcadamente incrédulo como yo. Dices que crees en el otro mundo pero sabes del otro mundo tanto como yo, que es lo mismo que un maldito comino. ¿Qué es el paraíso? No lo sabes. ¿Dónde está? No lo sabes. No tienes ni la menor idea de nada. Te lo voy a preguntar otra vez: ¿tienen alas?
—Pues muy bien —dice Noble—. Sí que las tienen. ¿Estás conforme ahora? Claro que tienen alas.
—¿Y de dónde las sacan, entonces? ¿Quién las hace? ¿Hay una fábrica de alas? ¿Hay algún tipo de almacén donde vas y entregas un vale y te llevas tu maldito par de alas?
—Es imposible discutir contigo —dice Noble—. A ver, escúchame bien…
Y allá van otra vez.
Era bien pasada la medianoche cuando bajamos la persiana y nos acostamos. Mientras apagaba la vela, le conté a Noble lo que me había dicho Jeremiah Donovan. Se lo tomó con mucha calma. Llevábamos acostados casi una hora cuando me preguntó si creía que se lo teníamos que decir a los dos prisioneros. Yo le dije que no, porque era improbable que los ingleses fusilaran a los nuestros, e incluso si lo hacían los oficiales de brigada, que siempre rondaban por el Segundo Batallón y conocían bien a los dos ingleses, no iban a querer liquidarlos.
—Yo también lo creo —dice Noble—. Ahora sería muy cruel meterles el miedo en el cuerpo.
—Fue muy poco previsor por parte de Jeremiah Donovan, de todos modos —le digo.
Pero a la mañana siguiente se nos hizo muy duro tratar con Belcher y Hawkins. Deambulamos por la casa todo el día casi sin decir palabra. Belcher no pareció notarlo; apenas se movió de las ascuas como de costumbre, con esa expresión suya de estar esperando en silencio a que algo imprevisto ocurriera, pero Hawkins sí que lo notó y lo atribuyó a que Noble hubiera perdido la discusión de la víspera.
—¿Por qué no te tomas una discusión como es debido? —lo reconviene—. ¡Tú y tus Adán y Eva! Yo soy comunista, eso es lo que soy. Comunista o anarquista, que viene a ser más o menos lo mismo. —Y así siguió durante horas, dando vueltas por la casa y murmurando cada vez que se volvía a encender—. ¡Adán y Eva! ¡Adán y Eva! ¡No tenían nada mejor que hacer que recoger podridas manzanas!
III
No sé cómo conseguimos ponerle broche a ese día, pero me sentí muy feliz cuando se acabó, pudimos retirar las cosas del té y Belcher dijo, con su tono apacible:
—Bueno, ¿jugamos una, muchachos?
Nos sentamos alrededor de la mesa y Hawkins sacó las cartas, y en ese instante oí los pasos de Jeremiah Donovan en el sendero y un presentimiento sombrío me invadió. Me levanté de la mesa y lo intercepté antes de que llegara a la puerta.
—¿Qué quieres? —le pregunté.
—Quiero a esos dos soldados amigos tuyos —dice él, ruborizándose.
—¿Ha de ser así, Jeremiah Donovan? —le pregunté.
—Así ha de ser. Esta madrugada mataron a cuatro de los nuestros; uno de ellos era un chico de dieciséis.
—Qué mal —dije yo.
En ese momento, apareció Noble y los tres desandamos el sendero hablando en susurros. Junto al portal esperaba Feeney, el oficial de inteligencia local.
—¿Qué piensas hacer con esto? —le pregunté a Jeremiah Donovan.
—Quiero que tú y Noble los saquen de la casa; pueden decirles que los volvemos a trasladar. Así va a ser más fácil.
—Conmigo no cuenten para eso —masculla Noble.
Jeremiah Donovan le lanza una mirada agria.
—Muy bien —dice—. Feeney y tú se van al cobertizo a buscar herramientas y cavan una fosa al fondo del turbal. Bonaparte y yo los alcanzaremos después. Que nadie los vea con las herramientas. Esto tiene que quedar entre nosotros.
Vimos a Noble y Feeney rodear el cobertizo y entramos en la casa. Dejé que Jeremiah Donovan diera las explicaciones. Les dijo que tenía órdenes de llevarlos de vuelta al Segundo Batallón. Hawkins soltó una retahíla de maldiciones y se notaba que Belcher, aunque no dijo nada, también estaba algo contrariado. La vieja, ignorándonos totalmente, quería que se quedasen y no paraba de hacerles advertencias hasta que Jeremiah Donovan perdió la paciencia y la mandó callar. Resultó tener muy mal carácter. Ya no se veía nada dentro de la cabaña pero a nadie se le ocurrió encender la lámpara, así que los dos ingleses recogieron sus abrigos en la oscuridad y se despidieron de la mujer.
—Basta que un hombre se aposente en un maldito lugar para que algún bastardo del cuartel general crea que estás demasiado a gusto y te arranque de ahí —dice Hawkins, y le da la mano.
—Mil gracias, señora mía —dice Belcher—. Mil gracias por todo… —como si estuviera improvisando un discurso.
Fuimos hasta la parte trasera de la casa y de ahí empezamos a bajar hacia el turbal. Fue entonces cuando Jeremiah Donovan los puso al tanto. Estaba temblando de excitación.
—Hoy fusilaron a cuatro camaradas nuestros en Cork y como represalia los vamos a fusilar a ustedes.
—¿De qué me estás hablando? —salta Hawkins—. Bastante tenemos con que nos zamarreen de un lado a otro para tener que soportar encima tus chistes imbéciles.
—No es ningún chiste —dice Donovan—. Lo siento, Hawkins, pero es verdad —y ahí se despacha con el discurso habitual sobre el deber y lo ingrato que es cumplirlo.
A mí nunca me pareció que les resulte un problema el deber a los que se llenan la boca con él.
—Dejémoslo ahí, ¿no? —dice Hawkins.
—Pregúntale a Bonaparte —dice Donovan, al ver que Hawkins no lo toma en serio—. ¿Es verdad o no, Bonaparte?
—Es verdad —digo, y Hawkins se frena.
—¡Por las barbas de Cristo, muchacho!
—Lo digo en serio, muchacho —insisto.
—No pareces muy convencido.
—Si él no está convencido, yo sí lo estoy —dice Donovan con renovado brío.
—¿Pero qué tienes en contra mío, Jeremiah Donovan?
—Yo nunca dije que tuviera nada en contra de ustedes. Pero ¿por qué agarraron los tuyos a cuatro de los nuestros y los fusilaron?
Tomando a Hawkins del brazo, trató de que avanzara, pero era imposible hacerle entender que hablábamos en serio. Yo tenía la Smith & Wesson en el bolsillo y la manoseaba sin parar mientras me preguntaba qué haría si ellos oponían resistencia o trataban de escapar, y a la vez albergaba el ferviente deseo de que hicieran alguna de las dos cosas. Yo sabía que, si huían, jamás les dispararía. Hawkins quiso saber si Noble estaba al tanto y, cuando le dijimos que sí, nos preguntó por qué quería Noble liquidarlo. ¿Por qué queríamos liquidarlo todos nosotros? ¿Qué nos había hecho? ¿No éramos todos camaradas? ¿Acaso no lo entendíamos nosotros a él y él a nosotros? ¿Podíamos imaginar por un instante que él nos fusilaría a cambio de todos los cacareados oficiales del cacareado Ejército Británico?
Para entonces ya habíamos llegado al turbal y yo me sentía tan miserablemente mal que no podía ni responderle. Avanzamos por un lateral en la oscuridad y a cada rato Hawkins se detenía y, como si lo estuviéramos engañando, dale que te pego otra vez con lo de ser camaradas, y yo sabía que sólo al ver la fosa se convencería de que estábamos decididos a hacerlo. Mientras tanto, yo seguía anhelando que ocurriera algo, que se escapasen o que Noble asumiera mi responsabilidad. Aunque tenía la sensación de que a Noble le pesaba todo aún más que a mí.
IV
Finalmente divisamos el farol en la distancia y hacia allí fuimos. Lo llevaba Noble y Feeney estaba parado en las sombras, algo más atrás, y la imagen de ambos tan quietos y silenciosos en las marismas me terminó de convencer de que íbamos en serio y esfumó la última brizna de esperanza en mí.
Belcher, al reconocer a Noble, dijo:
—Hola, muchacho —con su parsimonia habitual, pero Hawkins lo enfrentó al instante y la discusión interminable volvió a iniciarse, sólo que esta vez Noble no tenía nada que decir y permaneció todo el rato con la cabeza gacha y el farol entre las piernas.
El que respondió fue Jeremiah Donovan. Por enésima vez, como si la cuestión lo tuviera azorado, Hawkins preguntó si alguien creía que él le dispararía a Noble.
—Sí, lo harías —dice Jeremiah Donovan.
—No, no lo haría. ¡Maldición!
—Lo harías, porque sabes que te matarían a ti si no lo hicieras.
—No lo haría, ni aunque me fusilaran veinte veces. No le dispararía a un camarada. Ni yo, ni Belcher. ¿No es verdad, Belcher?
—Es verdad, muchacho —dijo Belcher, aunque más no fuera por no dejar la pregunta sin respuesta antes que por secundar el argumento. Belcher sonaba como si por fin hubiese llegado el desenlace imprevisible que esperaba hace tiempo.
—Además, ¿quién dice que matarían a Noble, si él no me matara a mí? ¿Qué creen que haría yo si estuviera en su lugar, en medio de un maldito cenagal?
—¿Qué harías? —preguntó Donovan.
—Lo acompañaría a donde fuera, obviamente. Compartiría con él mi último penique y no lo dejaría ni a sol ni a sombra. Nadie va a decir de mí que le di la espalda a un compañero.
—Bueno, ya está, suficiente —dice Jeremiah Donovan, amartillando el revólver—. ¿Hay algún mensaje que quieran hacer llegar?
—No, ninguno.
—¿Quieren rezar una plegaria?
Entonces Hawkins arremetió con una declaración destemplada que me sorprendió incluso a mí y reactivó a Noble.
—Escucha, Noble —le dice—. Tú y yo somos camaradas. Tú no puedes pasarte de mi lado, así que yo me voy a pasar del tuyo. ¿Qué más hace falta para que me entiendas? Dame un rifle y me pongo a tu lado y el de tus camaradas.
Nadie le respondió. Todos sabíamos que no había salida.
—¿Me estás escuchando? —dice él—. Se acabó para mí. Llámame desertor o como te guste. No creo en lo de ustedes, pero tampoco es peor que lo nuestro. ¿No te basta con eso?
—Noble alzó el rostro, pero Donovan empezó a hablar y Noble volvió a agacharlo sin mediar palabra.
—Por última vez, ¿quieren hacer llegar algún mensaje? —dice Donovan con una mezcla de excitación y frialdad.
—¡Cállate, Donovan! Tú no me entiendes pero estos muchachos, sí. No son de ésos que hacen un amigo y después lo matan. No son marionetas de los capitalistas.
De todo el grupo, sólo yo vi cómo Donovan levantaba su Webley hasta la nuca de Hawkins y ahí mismo cerré los ojos y traté de rezar. Hawkins había empezado a decir algo cuando Donovan apretó el gatillo y, al abrir los ojos tras el disparo, lo vi doblar las rodillas y derrumbarse a los pies de Noble, tan despacio y en silencio como un niño que cae dormido, con la luz del farol brillando en sus magras piernas y sus botas de granjero. Nos mantuvimos todos muy quietos mientras se acomodaba en su agonía.
Entonces Belcher sacó un pañuelo y trató de anudárselo alrededor de los ojos (tan aturdidos estábamos que nos habíamos olvidado de hacer lo propio con Hawkins) y, al ver que no era lo bastante largo, se dio vuelta y me pidió prestado el mío. Se lo di y él los ató y señaló a Hawkins con el pie.
—No está muerto del todo —dice—. Hay que pegarle otro.
En ese instante, la rodilla izquierda de Hawkins empieza a levantarse. Me agacho y le apoyo el revólver en la cabeza, pero reacciono y me pongo de pie. Belcher entiende mi vacilación.
—Dale la gracia —dice—. No me importa. Pobre bastardo, quién sabe qué le estará pasando ahora.
Me arrodillé y disparé. A esa altura ya no sabía muy bien lo que hacía. Belcher, que manipulaba con cierta torpeza los pañuelos, lanzó una carcajada al oír el tiro. Era la primera vez que lo oía reírse y su risa era tan antinatural que un escalofrío me recorrió el espinazo.
—¡Pobre desgraciado! —susurró—. Pensar que anoche tenía tanta curiosidad por todo eso. Es tan rara la vida, colegas. Ahora sabe tanto o más de lo que jamás sabría, y ayer estaba nadando en tinieblas.
Donovan lo ayudó a atarse el pañuelo alrededor de los ojos.
—Gracias, muchacho —le dijo Belcher. Donovan le preguntó si quería enviar algún mensaje.
—No, muchacho —dice Belcher—. Para mí, no. Si alguno de ustedes le quiere escribir a la madre de Hawkins, van a encontrar una carta de ella en su bolsillo. Eran muy amigotes, él y su mamá. Pero mi mujer me dejó hace ocho años. Se fue con otro y se llevó al niño. Me gusta la sensación de hogar, como habrán observado, pero después de eso ya no pude rehacer mi vida.
Por extraordinario que pareciera, Belcher había dicho más cosas en esos breves minutos que en todas las semanas precedentes. Era como si el sonido del disparo hubiera desatascado su discurso y así podría haber seguido toda la noche, hablando de sí mismo con alegre alivio. Estábamos parados en rueda como tontos, ahora que ya no podía vernos. Donovan miró a Noble y Noble sacudió la cabeza. Así que Donovan alzó su Webley y en ese preciso instante Belcher suelta su extraña risotada otra vez. Quizás pensaba que estábamos hablando de él, o quizás se había dado cuenta, como yo, de eso que me resultaba inexplicable.
—Discúlpenme, muchachos —dice—. Me doy cuenta de que estoy hablando hasta por los codos, y encima de tonterías, como lo de ser tan propicio a tener un hogar y esas cosas. Pero es que me ha surgido así, de pronto. Estoy seguro de que sabrán perdonarme.
—¿No quieres rezar? —le pregunta Donovan.
—No, muchacho —dice él—. No creo que sirva de nada. Estoy preparado, y ustedes querrán acabar con esto.
—Entiendes que sólo cumplimos con nuestro deber, ¿verdad? —dice Donovan.
Belcher había girado la cabeza hacia arriba como los ciegos, de modo que sólo podíamos verle el mentón y la punta de la nariz a la luz del farol.
—La verdad es que nunca tuve una idea clara de qué es el deber —dijo—. Ustedes, para mí, son todos buenos muchachos, si te refieres a eso. No tengo quejas.
Como si hubiera llegado al límite de lo tolerable, Noble alzó el puño hacia Donovan y en un chispazo Donovan apuntó su arma y disparó. El hombretón se derrumbó como una bolsa de comida y ya no hizo falta un segundo disparo.
No me acuerdo mucho de cómo los enterramos salvo de que fue la peor parte, porque tuvimos que arrastrarlos. No había más que un retazo de magra luz de farol entre nosotros y toda aquella soledad infernal, rodeados como estábamos de pájaros que ululaban y chirriaban espantados por los disparos. Noble hurgó en las ropas de Hawkins en busca de la carta de la madre y luego juntó las manos para rezar. Lo mismo hizo con Belcher. Luego, una vez cubiertas las tumbas, nos separamos de Jeremiah Donovan y Feeney, y llevamos las herramientas de vuelta al cobertizo. No pronunciamos palabra durante el camino. La cocina estaba tan oscura y fría como la habíamos dejado y la vieja estaba sentada junto al hogar con el rosario en la mano. La dejamos allí y fuimos a la habitación y Noble prendió un fósforo para encender la lámpara. La mujer se levantó en silencio y se detuvo en el umbral, libre de toda acritud.
—¿Qué hicieron con ellos? —preguntó en un susurro y Noble pegó tal respingo que el fósforo se le apagó en la mano.
—¿Perdone? —preguntó sin girarse.
—Los oí —dijo ella.
—¿Qué es lo que oyó? —preguntó Noble.
—Los oí. ¿Creen que no los oí guardar la pala en la casita?
Noble prendió otro fósforo, y esta vez la lámpara le hizo el favor de encenderse.
—¿Eso les hicieron? —preguntó ella.
Entonces, Dios es testigo, ahí mismo, en el umbral, la vieja se hincó de rodillas y se puso a rezar y, después de mirarla uno o dos minutos, Noble hizo lo propio junto a la chimenea. Yo me abrí paso para salir y los dejé solos. Me quedé en la entrada, contemplando las estrellas y escuchando el canto menguante de los pájaros allá en el turbal. Es tan extraño lo que uno siente en momentos como ése que no hay cómo describirlo. Noble dice que lo vio todo multiplicado por diez, como si no hubiera habido nada en el mundo salvo aquel pedacito de turbal con los dos ingleses poniéndose rígidos adentro, pero para mí era como si el pedazo de turbal con los ingleses estuviera a un millón de kilómetros de distancia e incluso Noble y la vieja, que murmuraban un poco más atrás, y los pájaros y las malditas estrellas estuvieran muy muy lejos, y era como si yo fuera muy pequeño y estuviera aturdido y a solas como un niño perdido en la nieve. Y nada de lo que me pasó después de eso volvió a hacerme sentir así.