el hombre de la casa
Cuando desperté, oí toser a mi madre en la cocina de abajo. Había estado tosiendo durante varios días, pero no le había prestado atención. En ese tiempo vivíamos en Oíd Youghal Road; la vieja y empinada carretera que conduce a East Cork. La tos sonaba terrible. Me vestí, bajé en calcetines, y a la clara luz de la mañana —sin sospechar que yo la observaba— la vi desplomarse en una pequeña silla de mimbre, sujetándose un costado del cuerpo. Había intentado prender el fuego de la chimenea pero eso le había hecho mal. Parecía tan cansada y desvalida que mi corazón dio un vuelco de compasión. Corrí hacia ella.
—¿Estás bien, má? —pregunté.
—Estaré bien en un segundo —replicó ella tratando de sonreír.
Los viejos leños estaban mojados y el humo hizo que tosiera.
—Regresa a la cama: yo encenderé el fuego —propuse.
—Ah, ¿cómo puedes hacerlo, hijo? —dijo ella con ansiedad—. Además es necesario que vaya a trabajar.
—No podrías trabajar así —repuse—. No iré a la escuela; me quedaré en casa para cuidarte.
Resulta una cosa curiosa la forma en que las mujeres acatan órdenes de cual-quier pantalón, no importa que quien los lleve sólo tenga diez años.
—Si pudieras prepararte una taza de té estaría más tranquila —dijo ella aver-gonzada.
Se levantó tambaleante y ascendió las escaleras. Yo sabía que se debía estar sintiendo realmente mal.
Saqué más leños de la carbonera debajo de las escaleras. Mi madre era tan económica que nunca utilizaba la leña necesaria. Por ese motivo algunas veces le hacía daño. Yo empleé toda una carga; pronto el fuego crepitaba y la tetera hervía. Le preparé una tostada entretanto. Yo era un gran creyente de las tostadas calientes con mantequilla a todas horas del día. Luego hice el té y se lo llevé en una charola.
—¿Está bien? —pregunté.
—¿Queda un poco de agua caliente? —preguntó ella a su vez, indecisa.
—Está muy fuerte —aseguré sin perder el ánimo, recordando la paciencia de que tienen que echar mano los santos durante sus múltiples aflicciones—. Lo arreglaré.
—Soy una vieja molestia —suspiró ella.
—Es mi culpa —dije tomando la taza—. Nunca puedo recordar cómo hacer bien el té. Ponte el chal mientras te sientas. ¿Quieres que cierre el tragaluz?
—¿Puedes? —preguntó dudosa.
—Es fácil —aseguré, acomodando una silla—. Después me encargaré de las demás tareas.
Desayuné solo ante la ventana; luego salí y me quedé en la puerta de la calle para mirar a los muchachos que pasaban por la carretera, camino a la escuela.
—Es mejor que te apures o te matarán, Sullivan —gritaban.
—No voy —anuncié—. Mi madre está enferma y tengo que cuidar la casa.
De ningún modo era un muchacho malicioso, pero me gustaba poder sacar a luz mis ventajas y estudiarlas en comparación con las desgracias de los demás. Después, puse a hervir otra marmita de agua, limpié los trastos del desayuno antes de lavarme la cara, y subí al desván con mi cesta de compras, un pedazo de papel y un lápiz.
—Haré los encargos si me los escribes —dije—. ¿Quieres qué vaya por el médico?
—¡Ah! —exclamó mi madre impaciente—. Él sólo quería mandarme al hospital y ¿cómo podría yo ir al hospital? Ve con el farmacéutico y pídele que te dé una buena y fuerte botella para la tos.
—Escríbelo —pedí—. Si no lo tengo escrito lo podría olvidar. Y ponlo con letras bien grandes. ¿Qué compro para la cena? ¿Huevos?
Como los huevos cocidos eran el único platillo que podía preparar, más o menos supe que me los encargaría, pero ella me dijo que comprara también salchichas para en caso de que ella se pudiera levantar.
Pasé delante de la escuela por mi camino. Enfrente había un collado; subí una corta distancia y permanecí allí durante diez minutos, en silenciosa contemplación. La escuela, el patio, y el portón se me revelaban como bajo un cuadro pintado lejano y pacífico, salvo por el coro de voces procedentes de las ventanas abiertas y el vislumbre que tuve de Danny Delaney, el profesor, que pasaba por la puerta principal con su bastón en la espalda, echando una ojeada al mundo exterior. Podía haber permanecido allí todo el día. De todos los placeres intensos y simples de aquellos días ese era el más fabuloso. Cuando llegué a casa, corrí escaleras arriba y encontré a Minnie Ryan sentada al lado de mi madre. Ella era una mujer de mediana edad, muy perspicaz, chismosa y devota.
—¿Cómo estás, má? —pregunté.
—Bien —dijo mi madre con una sonrisa.
—De cualquier modo no se puede le-vantar hoy —explicó Minnie Ryanv
—Pondré la tetera al fuego y te haré una taza de té —declaré.
—Yo lo haré —dijo Minnie.
—Ah, no se moleste, señorita Ryan —dije en tono ligero—. Yo puedo hacerlo perfectamente.
—¿No es muy bueno, Wihsha? —la oí preguntarle en voz baja a mi madre.
—Tan bueno como el oro —afirmó mi madre.
—No hay muchos como él —aseguró Minnie—. La mayoría de ellos son ahora más salvajes que cristianos.
En la tarde, mi madre quiso que corriera a jugar, pero no fui muy lejos de allí. Sabía que si llegaba a cierta distancia de la casa, era muy probable que cayera en la tentación de seguir adelante. Abajo de nuestra casa había una cañada; el campo de siembra de las barracas estaba colocado muy por encima de la misma, sobre un promontorio grisáceo; abajo, en una profunda hondonada, se encontraba la alcubilla y la corriente principal que se deslizaba entre valles boscosos: las Montañas Rocallosas, el Himalaya, o las Tierras Altas, de acuerdo con mi estado de ánimo. Una vez allí abajo tendí a olvidar al mundo real, de modo que me senté contra la pared exterior de la casa. Corrí hacia adentro cada media hora para ver cómo se encontraba mamá y preguntar si quería cualquier cosa.
Cayó la tarde, las lámparas de la calle se encendieron, y el periodiquero pasó voceando por la carretera. Compré un periódico, encendí la lámpara de la cocina, la vela en el desván de mi ma dre, y traté de leerle a ella un poco, aunque sin mucha eficiencia, pues sólo sabía palabras de una sílaba; sin embargo, ardía en deseos de complacerla, y ella de ser complacida, de manera que todo marchó bien entre nosotros.
Más tarde, Minnie Ryan vino de nuevo. Cuando se despidió la acompañé a la puerta.
—Si no está mejor por la mañana, creo que llamaremos al médico, Flurry —dijo ella por encima de los hombros.
—¿Por qué? —pregunté alarmado—. ¿Cree que está peor, señorita Ryan?
—¡Ah!, no diría eso —replicó con afectada indiferencia—, pero me daría miedo si pescara una neumonía.
—¿No la mandarán al hospital, señorita Ryan?
—No podrían, Wisha —dijo ella con un encogimiento de hombros, mientras se ceñía el chal—. Aunque lo hicieran, ¿no sería eso mejor a que la descuidarán? ¿No tienes algo de whiskey en la casa?
Sabía lo que podía sucederle a la gente que pescaba neumonía, y lo que le ocurriría después a sus hijos.
—Si se lo pudieras dar caliente con unas gotas de limón podría ser que se compusiera —añadió Minnie.
Mi madre dijo que no quería whiskey (por temor al gasto, supuse), pero yo tenía tanto miedo que no desistí de mi propósito. Cuando fui a la taberna, ésta estaba llena de hombres que se hacían a un lado para dejarme llegar hasta el mostrador. Nunca antes había estado en una taberna: estaba asustado.
—Hola, mi viejo compadre —dijo un hombre, gesticulando diabólicamente hacia mí—. Hace años que no te veía. ¿Qué tomas?
Mi compañero Bob Connell me había contado cómo una vez le pidió a un borracho media corona y el hombre se la regaló. Siempre desee tener el valor de hacer lo mismo, pero no me atreví entonces.
—Quiero medio vaso de whiskey para mi madre —dije.
—¡Oh, el redomado pillo! —exclamó el hombre—. Finge que es para su madre cuando que la última vez que lo vi tuvieron que llevarlo a casa a rastras.
—No es cierto —grité preso de la indignación— Es para mi madre. Está enferma.
—Vamos, deja en paz al niño, Johnnie —intervino la mesera.
Ella me dio el whiskey. Entonces, to-davía asustado por los hombres de la taberna, fui a una tienda por los limones.
Mi madre se durmió cuando hubo be-bido el whiskey; yo apagué las luces y me fui a la cama, aunque no pude dormir muy bien. Lamentaba no haberle pedido media corona al hombre de la taberna. La tos me hizo despertar varias veces. Cuando fui al cuarto de mi madre, ésta tenía la frente muy caliente y su conversación era incoherente. Me asustó más que nada el hecho de que no me reconociera. Me quedé despierto pensando sobre lo que me ocurriría si realmente fuera neumonía.
La depresión fue terrible cuando, a la mañana siguiente, mi madre no parecía estar mejor. Había hecho todo lo posible y me sentía impotente. Encendí el fuego y le preparé el desayuno. Esta vez no me quedé en la puerta de la calle para ver pasar a los demás camino a la escuela. Los habría envidiado demasiado. En vez de ello, fui a comunicarle a Minnie Ryan lo sucedido.
—Iré por el médico —dijo ella con firmeza—. Más vale prevenir que lamentar.
Primero tuve que ir a Ia casa del Guardián del Derecho del Pobre a solicitar un comprobante que demostrase que no podíamos pagar. Luego fui al dispensario situado en una profunda hondonada, más allá de la escuela. Después de eso, tuve que regresar a preparar la casa para la llegada del médico. Debía tener listos para él una jofaina de agua, jabón y una toalla limpia; también tenía que preparar la comida.
Él llegó después de la comida. Era un hombre grueso, de voz potente y, como todos los borrachos en la profesión médica, se consideraba “el doctor más inteligente de Cork (si se lo propusiera)”. Parecía que esa mañana no se lo había propuesto mucho.
—¿Cómo conseguirás esto? —farfulló, sentado en la cama con el recetario dispuesto sobre la rodilla—, El único lugar abierto es el dispensario del norte.
—Yo iré, doctor —dije al punto, aliviado de que no mencionara al hospital.
—Queda muy lejos —agregó dudoso—. ¿Sabes dónde está?
—Lo encontraré —declaré.
—¿No es un gran chico? —le preguntó a mi madre.
—¡Oh, es el mejor del mundo, doctor! —exclamó ella—. Una hija no se podría portar mejor.
—Exacto —coincidió el médico—. Cuida a tu madre, es lo mejor que tienes. No las apreciamos cuando las tenemos.
Luego agregó en dirección a mi madre:
—Y después pasamos el resto de la vida lamentándolo.
Deseé que no hubiera dicho eso: tendía a corroborar mis temores. Para colmo de males, ni siquiera usó el jabón y el agua que le tenía preparados.
Mi madre me dio instrucciones sobre la manera de llegar al dispensario. Marché con una botella envuelta en papel café bajo el brazo. La carretera subía a través de una populosa sección pobre, hasta las barrancas ubicadas en la cima misma del collado, por encima de la ciudad; luego descendía entre altos muros hasta que, de repente, se tornaba en un sendero pedregoso, con casas de ladrillo rojo de la cooperativa a un lado, que descendían aguda, agudamente hacia el valle formado por el riachuelo donde estaba una destilería; al otro lado del collado se erguían, sobre una elevación suavemente redondeada, un grupo de casas ruinosas dispuestas a ma-nera de celdillas, entre las cuales se destacaba la torre de piedra violácea de la catedral y el campanario de piedra caliza de una iglesia Shandon, al nivel de la vista.
Tan vasto era aquel panorama que nunca estaba iluminado en toda su extensión. La luz del sol se dispersaba sobre él como si fuera una pradera, haciendo destacar primero una fila de techos con una brillantez de nieve y luego cayendo en la profundidad de alguna calle oscura, en donde subrayaba las sombras de las figuras de carretas que subían o de caballos fatigados. Me apoyé en el muro bajo y pensé en lo feliz que podría ser un tipo que contemplara aquello si no tenía ninguna otra preocupación en el mundo. Me desprendí de allí con un suspiro, me deslizé hacia el fondo del collado sin detenerme, y subí por una serie de sombrías y empinadas callejuelas a espaldas de la catedral, que ahora parecía enorme. Tenía un penique que me había dado mi madre a guisa de recompensa y decidí que, cuando hubiera terminado de realizar mi encargo, entraría a la catedral y le compraría una vela a la Virgen Bendita para que sanara a mi madre. Estaba seguro de que sería más eficaz hacerlo en una iglesia realmente grande como aquella y que se hallaba tan cerca del cielo.
El dispensario era un pequeño cuarto sórdido con una banca a un lado, y una ventana, como la de una oficina de boletos de tren al otro extremo. Había una niñita con una capa verde listada en cuadros sobre los hombros, sentada en la banca. Golpeé con los nudillos en la ventanilla. Un hombre, lleno de granos y de feroz aspecto, abrió. Sin esperar a que yo terminara de hablar, agarró botella y receta, y bajó de un golpe la ventanilla sin decir una palabra. Esperé un momento, y levanté la mano para tocar de nuevo.
—Tendrás que esperar, niño —dijo la niña rápidamente.
—¿Por qué tendré que esperar? —pre-gunté.
—La tiene que preparar —explicó ella—. Es mejor que te sientes.
Obedecí contento de que alguien me acompañara.
—¿De dónde eres? —preguntó ella—. Yo vivo en Blarney Lane —agregó cuando le hube contestado—. ¿Para quién es la botella?
—Mi madre —respondí.
—¿Qué tiene?
—Tiene una fuerte tos.
—Puede que muera de tuberculosis —dijo ella pensativa—. Eso tenía mi hermana que murió el año pasado. Esto es un tónico para mi otra hermana. Tiene que tomar tónicos todo el tiempo. ¿Es bonito donde vives?
Le describí el valle, y ella me describió el río cercano a su casa. Según su descripción, era un lugar más bonito que el nuestro. Era una niña locuaz y agradable, y no me di cuenta del tiempo hasta que se abrió de nuevo la ventanilla y sacaron la botella roja.
—¡Dooley! —gritó el hombre granoso, y cerró de nuevo la ventanilla.
—Esa soy yo —dijo la niña—. La tuya todavía tardará un rato para estar lista. Esperaré contigo.
—Tengo un penique —presumí.
Ella esperó hasta que sacaron mi botella, luego me acompañó hasta las gra-das que conducían a la destilería. En el camino compré un penique de dulces, y nos sentamos en las otras gradas, junto a la enfermería, a comerlos. Era agradable estar allí, en la penumbra, con el campanario de Shandon detrás de nosotros, los árboles tiernos que colgaban sus ramas por encima de los altos muros, y el sol que, cuando salió con grandes rayos dorados, proyectaba nuestras sombras juntas sobre la carretera.
—Déjame probar de tu botella, niño —pidió ella.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿No puedes probar de la tuya?
—La mía es horrible —afirmó ella—. Los tónicos saben horribles. Puedes probar si quieres.
Tomé un sorbo y rápidamente lo escupí. Tenía razón: era horrible. Después de eso no podía menos que dejarla probar de la mía.
—Está deliciosa —dijo ella con entusiasmo. después de tomar un trago—. Las botellas para la tos casi siempre son deliciosas. Pruébala, ¿no?
La probé y vi que también en eso tenía razón. Aquello era muy dulce y pegajoso.
—Dame más —pidió ella con anima-ción, agarrando la botella.
—Se acabará —dije.
—¡Chit!, qué va —replicó ella con una carcajada—. Tiene litros.
De ninguna manera no se lo podía negar. Me habían arrebatado de mi anclaje para conducirme a un mundo desconocido de campanarios, torres, árboles, gradas, callejones sombríos, y niñas de pelo rojo y ojos verdes. Tomé un trago y le di otro a ella. Entonces empezó a asustarme.
—Casi se acabó —dije—. ¿Qué voy a hacer ahora?
—Terminarlo y decir que se cayó el tapón —replicó ella, lo que al decirlo pareció excusa plausible.
Nos terminamos la botella y entonces —cuando lentamente, al mirarla en mi mano vacía como la había llevado, recordé que no había cumplido mi promesa a la Virgen Bendita y me había gastado el penique en dulces—, me invadió una oleada de terrible desesperación. Había sacrificado todo por la niña y ella ni siquiera se preocupaba por mí. Era mi botella para la tos lo que ella había codiciado todo el tiempo. Reparé en su engaño demasiado tarde. Puse mi cabeza entre las manos y rompí a llorar.
—¿Por qué lloras? —preguntó la niña asombrada.
—Mi madre está enferma, y nosotros nos tomamos su medicina —repliqué.
—Ah, no seas chillón —dijo ella desdeñosamente—. Sólo tienes que decir que el tapón se cayó. Eso es algo que le puede suceder a cualquiera.
—Le prometí a la Virgen Bendita una vela, y me gasté el dinero en ti —grité.
Súbitamente agarré la botella vacía y me alejé lloroso por la carretera. Ahora sólo tenía un refugio y una esperanza: un milagro. Regresé a la catedral: de rodillas ante el altar de la bendita virgen, le pedí perdón por haber gastado su penique, y le prometí una vela con el siguiente penique que tuviera si me hacía el milagro de aliviar a mi madre antes de que regresara. Después de eso, me arrastré miserablemente hacia casa, de nuevo por el gran collado, pero ahora se había esfumado toda la luz del día, y el collado se había convertido en un mundo infinito, extraño y cruel. Además, me sentí enfermo. Pensé que me morirla. En cierta medida aquello sería mejor.
Cuando regresé a casa, el silencio de la cocina y el espectáculo del fuego extinto en la chimenea hicieron que me diera cuenta que la bendita virgen me había desoído. No había milagro, y mi madre seguía en cama. De pronto empezó a aullar.
—¿Qué ocurre, hijo? —preguntó ella alarmada desde arriba.
—Perdí la medicina —resoplé, y me precipité escaleras arriba para arrojarme en la cama y ocultar la cara bajo las mantas.
—Oh, Wisha, ¡eso es todo lo que te preocupa! —exclamó ella con alivio, posándome la mano por el pelo.
—¿No es otra cosa? —añadió tras un momento—. Estás ardiendo.
—Me tomé la medicina —vociferé.
—Ah, no importa —murmuró ella consoladoramente—. Pobre, pobre hijo mío. La culpa es mía por permitirte ir solo. Y emprender el trayecto por nada. Desvístete y acuéstate aquí ahora mismo.
Ella se paró, se puso chanclas y abrigo, me deshizo las agujetas de las botas mientras yo me sentaba en la cama. Pero aún antes de que terminara yo ya estaba dormido. No la vi vestirse ni la oí salir, pero algún tiempo después sentí una mano sobre la frente y noté que Minnie Ryan me atisbaba risueña.
—Ah, no tiene importancia —dijo ella, dándole a su capa un tirón—. Estará bien por la mañana. El Señor sabe, señora Sullivan, que es usted quien debería estar en cama.
Sabía que aquello implicaba una crítica dirigida a mí, mas no podía replicar nada. Más tarde vi que mi madre entraba con una vela y su periódico. Le sonreí. Ella me devolvió la sonrisa. Minnie Ryan podía despreciarme cuanto quisiera, pues había otras que no lo hacían. El milagro se había cumplido después de todo.