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frank o'connor

el corneta que traicionó a irlanda

A estas alturas de mi vida, no me voy a molestar en decir que recuerdo en qué consistía el patriotismo de los que vivíamos en Blarney Lane: lo único que recuerdo es que éramos muy patrióticos, que nuestros principios fundamentales eran algo llamado Conciliación y Consentimiento, y que nuestro gran líder nacional, William O’Brien, se refirió a nosotros en una ocasión como la Vieja Guardia. Los niños de la Vieja Guardia solíamos desfilar por la calle con latas y trompetas de juguete, cantando “Colgaremos a Johnnie Redmond de un manzano”. (Huelga decir que John Redmond era el líder del otro bando).
Por desgracia, nuestro barrio estaba conectado con el sur por una calle larga y fea que subía hasta la catedral, y las callejuelas de alrededor estaban infestadas de los especímenes humanos más despreciables que jamás hayan pisado esta tierra: partidarios de Redmond a los que solo movía el afán de hacerse con toda la bebida que pudieran. Mi opinión por aquel entonces era que la facción de Redmond estaba sustentada por una conspiración de taberneros y cerveceros. Cuando pasaba por esa calle al volver del colegio, siempre me entristecía ver a aquellos pobres niños, descalzos y andrajosos, desfilando con latas y trompetas de juguete y cantando “Colgaremos a William O’Brien de un manzano”. Disipaba casi por completo mis esperanzas en Irlanda.
Ni que decir tiene que mi padre era un ferviente defensor de Conciliación y Consentimiento. El párroco que había ido a casa a pedir su voto para Redmond le había dicho que iría derecho al infierno, pero mi padre le había contestado con mucho respeto que, si el señor O’Brien era un representante del diablo, como decía el padre Murphy, iría encantado.
Yo admiraba a mi padre por la férrea solidez de sus principios morales. Además de pintor de brocha gorda (un oficio lamentable que lo dejaba seis meses bajo de moral, o “bajo la enredadera”, como decíamos nosotros), era músico; un corneta de primera fila. Había tocado en el Ejército británico y era miembro de la Banda de Metal y Lengüeta de Irishtown desde su fundación. En casa teníamos dos grandes fotografías de la banda tomadas después de sus dos conciertos más importantes, en Belfast y en Dublín. Después del certamen de Dublín, en el que la Irishtown logró el primer puesto, tuvo lugar un episodio del que no ha quedado constancia en la historia de la ópera. Por aquel entonces, la mejor banda de la ciudad recibía una invitación para tocar en la escena del coro de los soldados del Fausto de Gounod. Como es natural, el público pidió un bis, y entonces, haciendo caso omiso del director y de cualquier otra cosa, rompieron a tocar una selección de las Melodías irlandesas de Moore. Me alegro de que mi padre no viviera para ver las bandas de gaiteros. Hasta las bandas de pífanos y tambores le parecían primitivas.
Como se hacía grandes ilusiones de que yo también fuera músico algún día, a menudo me llevaba con él a ensayos y a conciertos. Irishtown era un barrio muy pobre de la ciudad, una hilera de casas míseras entre fábricas de cerveza y almacenes de constructoras, con altas laderas aterrazadas a ambos lados y una línea del horizonte interrumpida únicamente por el chapitel blanco de Shandon. Teníamos que pasar por un pequeño puente peatonal que cruzaba el estrecho riachuelo; a un lado había una capilla de ladrillo rojo, y normalmente, cuando llegábamos, algunos de los músicos ya estaban allí, sentados en el puente y escupiendo en el río por encima del hombro. El local de ensayo se encontraba encima de una funeraria, al otro lado de la calle. Se trataba de una construcción alargada y oscura que recordaba a un granero, con vistas al puente y decorada con fotos grupales de la banda. A esa hora del domingo por la mañana rebosaba siempre de gruñidos, gritos y golpes.
Entonces llegaba por fin el momento que tanto me gustaba. A plena luz del día, con el puente lleno de gente mirando, la banda formaba. Dickie Ryan, el hijo del director, y yo ocupábamos nuestro puesto, uno a cada lado del bombo, que era Joe Shinkwin. Joe miraba a un lado y a otro para ver si todos estaban formados y preparados, y a continuación levantaba el brazo derecho y le asestaba tres golpes solemnes al bombo; después del tercer golpe, la estrecha calle empezaba a vibrar con el sonido de todos aquellos instrumentos, un torrente de música que me golpeaba físicamente en el estómago. Jovencitas con chales corrían por la acera llamando a gritos a los músicos, pero nada alteraba la solemnidad marcial de aquellos hombres, tan concentrados en la música de sus instrumentos que casi bizqueaban. He escuchado a Beethoven bajo la batuta de Toscanini, pero, en comparación con la Irishtown tocando Marchando a través de Georgia un domingo por la mañana, era como escuchar a Mozart en un colegio de niñas. Las míseras casitas, que temblaban por la conmoción, nos devolvían el sonido; las laderas aterrazadas, que ocultaban el cielo, nos devolvían el sonido; en los fascinados rostros de los transeúntes que, vestidos de domingo, observaban desde la acera, se reflejaba la grandiosidad de la música. Cuando la banda se detenía y podía oírse de nuevo a la gente corriendo y hablando, era como aterrizar con un paracaídas en el corazón de la banalidad.
A veces subíamos al vapor de ruedas y disponíamos nuestros atriles en alguna pequeña explanada junto al mar, que resonaba durante todo el día con las Melodías de Moore, las óperas de Rossini y las de Gilbert y Sullivan; otras veces cogíamos un tren hacia el interior para tocar en alguna celebración deportiva. Dondequiera que fuéramos, yo disfrutaba muchísimo, pese a que nunca cenaba: me alimentaba a base de limonada, galletas y dulces, y, como mi padre se pasaba la mayoría de los descansos en algún bar, había ratos en los que me moría de aburrimiento.
Un verano fuimos a tocar a una feria en los jardines del castillo de Blarney y, como de costumbre, la banda se fue al bar sin Dickie Ryan y sin mí; en teoría nos correspondía quedarnos al cuidado de los instrumentos. Un arrimadizo de la banda, un tal John P. al que, por lo que yo sé, nadie llamó nunca por otro nombre, estaba tumbado en el césped, masticando una brizna de paja y protegiéndose los ojos del sol con la mano. Dickie y yo cogimos un tamboril cada uno y nos pusimos a desfilar. De repente, Dickie empezó a cantar su propio acompañamiento, “Colgaremos a William O’Brien de un manzano”. Me dejó tan asombrado que dejé de tocar y me quedé escuchándolo. Por un momento pensé que debía de estar burlándose de los pobres niños incultos que vivían en la calle Shandon y en las callejuelas de alrededor. Pero enseguida me di cuenta de que no estaba bromeando. Sin pensarlo un segundo más, empecé a golpear mi tamboril aún más fuerte y grité: “Colgaremos a Johnny Redmond de un manzano”. John P. se incorporó de golpe y me lanzó una mirada feroz.
—¡Cierra el pico ahora mismo, niño! —gritó en tono amenazador.
No había duda de que me lo decía a mí, no a Dickie Ryan.
Me quedé atónito. Por si no era bastante indignante oír al hijo del director de la banda cantar como un traidor, ¡ahora me mandaba callar un tipo que ni siquiera era miembro de la banda, solo un parásito que cuidaba los atriles y llevaba el bombo a cambio de bebida gratis! Comprendí entonces que estaba entre enemigos. Sin decir palabra, dejé el tamboril y fui a buscar a mi padre. Estaba seguro de que no tendría ni idea de lo que estaba ocurriendo en la banda a sus espaldas.
Lo encontré al fondo del bar, sentado en un barril e inclinado hacia un par de músicos jóvenes.
—La Marcha de Brian Boru —estaba diciendo, con un dedo levantado—, esa sí que es una marcha bonita. Escuché a la Guardia irlandesa tocarla en Salisbury Plain, y nuestros amiguitos los ingleses se quedaron boquiabiertos. “Paddy —me dice uno (porque todos te llaman Paddy)—, ¿qué marcha es esa tan escandalosa?”. Pero está claro que no a todos nos apasiona por igual. Escuchad, ¡os enseñaré cómo debe tocarse!
—Papá —le dije en un susurro, tirándole de la manga—, ¿sabes lo que estaba cantando Dickie Ryan?
—Espera un momento —dijo, sonriéndome con cariño—. Solo quiero explicar una cosa.
—Pero, papá —insistí con decisión—, estaba cantando “Colgaremos a William O’Brien de un manzano”.
—Ja, ja, ja —rio.
Me sorprendió que no entendiera la gravedad de lo que le acababa de decir.
—Frank —añadió—, tráele una gaseosa al muchacho.
—Pero, papá —dije desesperado—, cuando he cantado “Colgaremos a Johnnie Redmond de un manzano”, John P. me ha dicho que cerrase el pico.
—Vale ya, hijo —dijo mi padre, irritado de repente—. No está bien cantar eso.
Me dejó de piedra. ¡Que no estaba bien cantar el himno de Conciliación y Consentimiento!
—Pero, papá —protesté—, ¿no estamos a favor de William O’Brien?
—Sí, sí, sí —respondió, como si estuviera agotando su paciencia—, pero cada uno tiene su opinión. Ahora bébete eso y vete a jugar como un buen chico.
Me bebí la gaseosa, sí, pero no me fui a jugar, sino a reflexionar con preocupación sobre lo que acababa de suceder, y solo había un sitio para hacer eso. Fui al castillo, subí la escalera de la torre y, apoyado entre dos almenas, contemplé el paisaje lleno de banderines y pensé en los héroes que habían estado allí antes que yo, desafiando el poder de Inglaterra. ¡Que cada uno tiene su opinión! ¿Qué opinión les habría merecido a ellos semejante respuesta? Fue entonces cuando tomé conciencia de la falta de carácter y de principios morales sólidos de la que adolecía mi padre, y entendí que el viejo local de ensayo junto al puente estaba en pleno territorio enemigo, y que todos los que me rodeaban eran enemigos de Irlanda como Dickie Ryan y John P.
No me di cuenta de cuántos había hasta unos meses después. Era domingo por la mañana pero, cuando llegamos al local de ensayo, no vimos a nadie en el puente. La sala, en cambio, estaba casi llena. De pie delante de la chimenea, había un hombre alto con sombrero hongo y una flor en el ojal. Tenía la cara colorada, los párpados enrojecidos, ojos miopes y bigote negro. Mi padre, que parecía tan sorprendido como yo, se sentó sin hacer ruido detrás de la puerta y me puso sobre su rodilla.
—Bueno, muchachos —dijo el hombre alto, con voz grave y ronca—, supongo que os hacéis una idea de por qué estoy aquí. Sabéis que el próximo sábado por la noche el señor Redmond viene a la ciudad, y tengo el honor de ser el presidente del comité de bienvenida.
—Bueno, concejal Doyle —dijo el director, sin mucha convicción—, ya sabe lo que pensamos del señor Redmond. La mayoría de nosotros, al menos.
—Lo sé, Tim, lo sé —respondió en tono tranquilo el concejal, y entonces comprendí que quien hablaba era el Architraidor, también conocido como Scabby Doyle, el constructor cuyos discursos infames le leía mi padre a mi madre en voz alta, acompañados por comentarios mordaces sobre el pasado de Doyle—. Pero con pensarlo no basta, Tim. La banda de Fair Lane estará allí, por supuesto. La de Watergrasshill estará allí. La de Butter Exchange estará allí. ¿Qué pensarían los caballeros que han ayudado a esta banda en tantos momentos difíciles si no hacemos acto de presencia?
—Bueno, verá, concejal —dijo Ryan con aire preocupado—, tenemos algunas dificultades.
—Eso ya lo sé, Tim —dijo Doyle—. Todos tenemos dificultades en tiempos revueltos como los que vivimos, pero debemos afrontarlas con hombría por el interés del país. ¿Qué dificultades tenéis?
—Bueno, no es fácil de explicar, concejal —dijo el director.
—Sí, Tim —intervino mi padre sin alterarse, pero levantándome de su rodilla y dejándome en el suelo—, es muy fácil de explicar. Yo soy la dificultad, y lo sé.
—Oye, Mick —protestó el director—, no se trata de nada personal. En esta banda todos somos viejos amigos.
—Así es, Tim —asintió mi padre—. Y, antes de que nadie hubiera oído hablar de ella, tú y yo le dimos a este local la primera mano de pintura. Pero un hombre tiene derecho a seguir sus principios, y yo no quiero ser un obstáculo para vosotros.
—Ya ve lo que ocurre, señor Doyle —dijo el director en tono suplicante—. En la banda había otros que pensaban como Mick Twomey, pero se marcharon para unirse a bandas partidarias de O’Brien. Mick no se fue, y no quiero que lo haga.
—Yo tampoco —suscribió una voz afligida, y al volverme vi a un joven alto, delgado y con gafas sentado en el alféizar de la ventana.
—Tres hombres —dijo mi padre muy serio, con tres dedos levantados para ilustrar sus palabras—, tres hombres han venido a mi casa en diferentes ocasiones para pedirme que me uniera a otras bandas. No estoy fanfarroneando. Tim Ryan sabe quiénes son.
—Es verdad, es verdad —confirmó el director.
—Y les dije que no —continuó mi padre acaloradamente—. No me gusta fanfarronear, pero sabéis tan bien como yo que no hay una banda en toda Irlanda que nos tosa.
—Ni un corneta en toda Irlanda que le tosa a Mick Twomey —añadió el joven delgado poniéndose de pie—. Y no lo digo para darle coba ni para burlarme de él.
—Sé que lo dices de corazón —dijo el director—. Nadie puede negar que es un músico excelente.
—Y escuchad bien lo que os digo, muchachos —prosiguió el joven, con un impetuoso movimiento del brazo—, no permitamos que nadie eche a perder lo que tenemos. ¿Qué éramos antes de tener esta banda? Nada. No éramos más que unos pobres diablos que se pasaban el día sentados en el puente y escupiendo en el río. Hagamos lo que hagamos, que sea de común acuerdo. ¿Qué ayuda recibimos cuando empezamos? Solo la que fuimos capaces de recaudar nosotros mismos los domingos a las puertas de la iglesia, y bastante nos costó conseguir el permiso para hacerlo. Soy tan hombre de partido como cualquiera de vosotros, pero os digo que la música está por encima de la política… Concejal Doyle —suplicó—, dígale al señor Redmond que haga lo que quiera, pero que no divida esta banda.
—Jim Ralegh —dijo el concejal, con los enrojecidos párpados cada vez más húmedos—, antes pondría la mano en el fuego que perjudicaría a esta banda. Sé lo que sois: una banda de hermanos… Mick —le dijo a mi padre con voz resonante—, ¿acaso vas a darles la espalda en un momento crucial como este?
—Vaya —dijo irritado mi padre—, ¿así es como pretende conseguir que toque contra William O’Brien?
—¿Tocar contra William O’Brien? —repitió el concejal—. Nadie te está pidiendo que toques contra nadie. Como bien ha dicho Jim Ralegh, la música está por encima de la política. Lo que te pedimos es que toques por algo: por la banda, por la unidad. ¿Sabes lo que pasará si quienes os apoyan retiran su sostén económico? ¿No puedes dejar a un lado tu orgullo y hacer este sacrificio por el bien de la banda?
Mi padre se quedó en silencio unos segundos, dudando. Yo recé para que, por una vez, tuviese claridad de juicio y le demostrase a aquel grupo de hombres descarriados la fe que albergaba en su interior. Pero, en cambio, dijo:
—Está bien. Tocaré. —Y volvió a sentarse.
El ladino concejal incensó a mi padre con falsos halagos que no lograron engatusarme. Y creo que tampoco tuvieron efecto alguno en mi padre, pues no me dirigió la palabra ni una sola vez en todo el camino de vuelta a casa. Me di cuenta entonces de que era plenamente consciente de lo que hacía. Sabía que, al apoyar a la banda en el paso inmoral que iba a dar, estaba actuando como un traidor a Irlanda y a nuestro gran líder, William O’Brien.
A partir de ese día, cada vez que la Irishtown tocaba en un acto a favor de Redmond, mi padre los acompañaba, pero cuando empezaban los discursos se alejaba hasta quedar apartado de la multitud, como un católico devoto que hubiera sido obligado a asistir a un oficio religioso herético, y esperaba apoyado en una pared, con las manos en los bolsillos, haciéndole comentarios despectivos e ingeniosos sobre los oradores a cualquier otro partidario de O’Brien que se encontrara. No obstante, para mí había perdido todo rastro de dignidad. Incluso sus burlas a Scabby Doyle me parecían falsas, y tenía que morderme la lengua para no decirle: “Si eso es lo que piensas, ¿por qué no lo demuestras?”. Hasta la playa perdía su encanto cuando alguna chica atractiva, hija de una familia de decentes defensores de O’Brien, me señalaba con el dedo y decía: “Ahí está el hijo del corneta que ha traicionado a Irlanda”.
Entonces, un domingo, fuimos a tocar a un acto idólatra en una población costera llamada Bantry. Mientras se celebraba el mitin, mi padre y el resto de la banda se fueron al bar, y yo con ellos. Aunque había aceptado acompañarlos, no estaba preparado para soportar los discursos. Estaba mirando distraído por la ventana cuando de pronto oí un clamor de vítores y la multitud empezó a dispersarse en todas direcciones. No salí de mi desconcierto hasta que en la calle alguien gritó: “¡Vamos, muchachos! ¡Los de O’Brien están intentando arruinar el mitin!”. Los de la banda salieron corriendo del bar. Yo habría hecho lo mismo, pero mi padre se volvió de inmediato a mirarme por encima del hombro y me advirtió de que no me moviese del sitio. Él estaba hablando con un joven clarinetista de semblante grave.
—Como te iba diciendo —prosiguió, levantando la voz para hacerse oír por encima del alboroto de la calle—, Teddy el Cordero era el mejor clarinetista de todo el Ejército británico.
Se produjo otro griterío, y vi emocionado cómo los patriotas, armados con palos, empezaban a abrir una brecha en el corazón del enemigo y dividían la trifulca en dos grandes grupos.
—Perdona, Mick —dijo el clarinetista, poniéndose pálido—. Voy a ver qué ocurre.
—Mira, ocurra lo que ocurra —dijo mi padre, tratando de convencerlo—, no hay nada que puedas hacer.
—No permitiré que nadie diga que me quedé de brazos cruzados mientras mis amigos arriesgaban su vida —dijo con vehemencia el joven músico.
—Ahí no hay nadie arriesgando su vida —dijo colérico mi padre, sujetándolo por el brazo—. Tienes otras cosas en las que pensar. ¡Por Dios Santo!, eres músico, no un maldito soldado.
—Pues preferiría ser eso que un maldito chaquetero —dijo el joven, liberando el brazo y dirigiéndose a la puerta.
—Gracias, Phil —le dijo mi padre mientras su compañero se alejaba, con la voz de un hombre que no se ha tomado un momento para recobrar antes la serenidad—. Me lo tengo bien merecido. Es lo que merezco de todos vosotros.
Sacó la pipa y volvió a guardársela en el bolsillo. A continuación se acercó a la ventana y se quedó un momento a mi lado contemplando con expresión ausente el tumulto de fuera.
—Vamos —dijo en tono cortante.
Aunque había hombres pegándose casi en la misma acera, nadie nos salió al paso cuando nos alejamos por la calle; de lo contrario, creo que alguien habría acabado muerto. Fuimos a casa de unos familiares y tomamos té. Cuando llegamos a la estación de tren, mi padre me llevó a un compartimento cerca de la locomotora, no al vagón reservado para la banda. Aunque estuvimos esperando allí diez minutos, ya estaba a punto de sonar el silbato cuando Tim Ryan, el director de la banda, nos vio a través de la ventanilla.
—¡Mick! —gritó sorprendido—. ¿Dónde diablos os habíais metido? Tengo a media banda buscándoos por todo el pueblo. ¿Ocurre algo?
—No, Tim —respondió mi padre, asomándose por la ventanilla—. Simplemente quería estar solo, nada más.
—Pero nos veremos allí, ¿no? —gritó Tim cuando el tren empezó a moverse.
—No lo sé —respondió mi padre con seriedad—. Creo que me habéis visto demasiado.
Al llegar, cuando la banda formó fuera de la estación, nos quedamos mirándolos desde la acera. Mi padre me sujetaba la mano con fuerza. Primero Tim Ryan y después Jim Ralegh vinieron corriendo hacia nosotros. Fui testigo, con intenso odio, de cómo aquellos enemigos de Irlanda le echaban el anzuelo de nuevo a mi padre, pero ahora sabía que no iban a conseguir nada.
—No, no, Tim —dijo mi padre, negando con la cabeza—. He ido demasiado lejos por el bien de la banda, y lo he pagado caro. Hasta hoy, nadie de mi familia había tenido que soportar que lo llamasen chaquetero, Tim.
—Bah, ¿eso te ha dicho algún niñato estúpido? —gritó Jim Ralegh, enfurecido y con lágrimas en los ojos—. Y ¿un hombre como tú va a hacer caso de eso?
—Todo hombre tiene su orgullo, Jim —dijo mi padre con tristeza.
—Cierto —gritó desesperado Ralegh—, y bien poco tenemos cualquiera de nosotros de lo que sentirnos orgullosos. La banda es lo único que hemos tenido nunca; si eso se pierde, no nos queda nada. Por lo que más quieras, Mick Twomey, vuelve con nosotros al local de ensayo, al menos.
—No, no, no —gritó mi padre con enfado—. Os digo que, a partir de este momento, la música ha acabado para mí.
—Querrás decir que la música ha acabado con nosotros —rugió Jim—. ¡Maldito sea el día en que oímos hablar por primera vez de Redmond y de O’Brien! Antes de eso éramos hombres felices… Está bien, muchachos —gritó, volviéndose con un brusco movimiento del brazo—. Mick Twomey no quiere saber nada más de nosotros. Tendremos que seguir sin él.
Una vez más, oí los tres golpes solemnes del bombo, y la calle volvió a inundarse con un atronador torrente de música, y, aunque ya no sonaba para mí, tocó mi corazón como siempre y los ojos se me llenaron de lágrimas. Sin soltarme la mano, mi padre avanzó por la acera. Estaban tocando la Marcha de Brian Boru, su favorita. Los seguimos por las calles mal iluminadas de la ciudad y, cuando tomaron el desvío hacia el puente, mi padre se detuvo en el bordillo, observándolos mientras se alejaban como si quisiera grabar en su memoria hasta el último detalle. Así estuvimos hasta que la música cesó y el silencio volvió a adueñarse de la estrecha calle; entonces reanudamos nuestro solitario camino de vuelta a casa.