Desde mucho tiempo atrás se sabía que, con unos receptores especiales se podía escuchar lo que se hablaba en una casa próxima, sin utilizar trasmisor alguno. El sistema siempre fue reservadísimo y parece que sólo lo utilizaba el servicio de contraespionaje y en ciertos casos muy particulares, la policía.
Luego llegó la noticia, también muy oculta, de que se podía conseguir ver lo que ocurría en un lugar próximo por una pantalla de televisión. Este nuevo procedimiento también quedó cuidadosamente velado y se utilizaba de manera muy reservada.
Pero últimamente —y aquí comienza de verdad nuestra historia— un aficionado a las cosas de radio y televisión, aunque oficialmente no era ingeniero ni cosa parecida, redescubrió, parece ser que sin proponérselo del todo, que con un simple receptor de televisión aplicándole no sé qué otro aparato de facilísima adquisición, consiguió ver y oír a través de las paredes a una distancia bastante considerable.
El inventor publicó su descubrimiento a los cuatro vientos y como la oferta era tan golosa, antes de que las autoridades reaccionasen, la ciudad se llenó de aquellos combinados receptores que prometían tanto solaz para las gentes aburridas y curiosas. Al cabo de poco más de un año, en todos los hogares medianamente acomodados podía verse lo que ocurría en diez kilómetros a la redonda, sin más que poner en marcha el vulgar televisor y ayudarse con un selector de imágenes fácilmente fabricable.
Este es el prólogo de la situación que se planteó en seguida y que contribuyó tanto al universal desastre que todos conocemos.
La mentalidad de la gente cambió en pocos meses de manera inconcebible. Jamás se ha producido una metamorfosis a lo largo de la historia, de la psicología colectiva, tan radical y dramática. De pronto, todo el mundo se sintió espiado y observado minuto a minuto de su vida; y a la vez, con un deseo obsesivo de espiar, de observar la vida del prójimo La cosa llegó a tal extremo que era muy frecuente que los buscadores del secreto del prójimo, al intentar localizar a ese prójimo, lo hallaran junto a su receptor, mirando al mismo que los buscaba.
Pero los hombres más sensibles primero, y luego absolutamente todos, entraron en una situación de angustia inenarrable, una vez pasada la novedad del juego. Aquellos relajos naturales del ser humano cuando se siente solo, desaparecieron. Y la gente empezó a comportarse en todo momento de una manera artificial, como si la puerta de su cuarto siempre estuviera entreabierta.
Verdad es que las primeras reacciones colectivas ante el fenómeno del ojo universal, fueron realmente graciosas y me atrevería a calificar de benefactoras para los usos y costumbres sociales.
Por ejemplo, las señoras, a la hora de almorzar, procuraban que la mesa estuviese puesta con mucha distinción, siempre con manteles limpios y la vajilla nueva. Todos se sentaban a la mesa bien vestidos y se hablaban con mesura y sonrientes. Las comidas, por el temor al que dirán, eran realmente buenas y bien servidas. Los presupuestos familiares se resentían por la necesidad de esta forzada política y circunspección. La señora de la casa trabajaba a todas horas con una pulcritud y orden admirables. Las chicas de servicio a toda hora aparecían uniformadas, los niños en correcto estado de revista y todos los objetos de la casa despedían luz de puro limpios. Y no digamos la competencia de mejorar los menús. Era realmente ejemplar. “Debíamos tomar suflé de postre como los señores del 158… Y coñac francés con el café, no vaya a pensar esa boba que nos estará mirando que no ganamos lo suficiente para permitirnos estas finuras”.
Naturalmente que todas estas reflexiones se las hacían los matrimonios en momentos estratégicos, ya que al igual que se les veía hacer todo, se les escuchaba el más leve comentario. En última instancia se podía evitar el ser vistos. Bastaba apagar la luz o cerrar las ventanas; pero el ser oídos, jamás. Si la pieza estaba a oscuras, la pantalla del televisor-receptor quedaba a oscuras, pero la conversación se oía perfectamente. A los cuartos de aseo y dormitorios, a la hora de utilizarlos se entraba a oscuras o a lo más alumbrándose con unas linternas minúsculas que se apagaban en seguida que era posible.
A ciertas horas si se hacía pasar el receptor por hogares ajenos, sólo se veían habitaciones en tinieblas, sólo pinchadas por los puntitos de luz de las linternas. O bien, aparecía la señora de la casa magníficamente vestida, sentada en un sillón, leyendo un libro muy exquisito que no entendía…
Fue un buen tiempo para las mujeres de la vida que estaban bien hechas. Sin escandalizar a nadie se exhibían por sus habitaciones despertando el apetito de los concupiscentes.
Los matrimonios tuvieron que abandonar el hábito de discutir y de hablar de dinero. Estos parlamentos vidriosos o denunciativos solían hacerlos cuando iban de viaje, pues, el recibir imágenes y sonidos de vehículos en marcha resultaba todavía muy difícil.
Había familias que adoptaron para su comunicación la costumbre de pasarse notitas escritas con letra muy menuda, que leían pegándoselas mucho a los ojos o amparándose con la mesa y utilizando la minúscula linterna.
Los hombres cuidaban sus lecturas, se ocultaban para beber y para llorar. Las señoras ponían especial empeño en la decoración de sus casas y la marca de sus perfumes y vestidos. Pues, conviene aclarar que los comerciantes, mediante este indiscreto modo de observación, se enteraban de las cosas que uno utilizaba y a cada nada llaman a tu puerta para aconsejarte que te cambiaras a su marca, que era mucho mejor.
Todas las cosas íntimas había que camuflarlas como verdaderas vergüenzas y los humanos, en poco tiempo, se trasformaron en seres de sonrisa estereotipada, modales correctísimos y palabras medidas, como si estuvieran de visita.
Estas contenciones sostenidas dieron lugar a unas descargas nerviosas, que pronto fueron de graves consecuencias, como habrá ocasión de ver.
El trabajo en oficinas y fabricas se convirtió en un verdadero martirio, a la vez que enormemente productivo, porque todo el mundo al saberse observado y oído trabajaba con una meticulosidad especial y en absoluto silencio.
Cambió hasta la naturaleza de los niños, a quienes se les inculcó la presencia de aquel ojo universal, y siempre andaban envarados, bien vestiditos, tristes y sin decir en voz alta su necesidad de hacer las cosas propias del cuerpo.
Todas las medidas que quisieron tomarse para evitar aquellas inquietudes resultaron inútiles. La curiosidad humana es tan feroz, que nadie quería renunciar a su ventana, máxime sabiendo que a su vez era observado. Entre otras costumbres salutíferas desapareció la mentira casi por completo. Nadie podía decir que no estaba en casa cuando estaba o que había estado en tal o cual sitio si no era verdad. El que los reservados de los “cabarets” estuvieran en absoluta tiniebla, así como los “meubles” era inútil. El hombre perdió en absoluto toda su autonomía y capacidad de iniciativa.
Los inteligentes creían que tan lamentable estado de cosas tendría pronto remedio, porque la gente se acostumbraría a la constante observación, llegaría el relajo y cada cual volvería a hacer lo que le venía en gana, pasara lo que pasara. Al igual que feos y guapos, salen todos los días a la calle con su cara sin importarles demasiado, a todos acabaría por no preocuparnos que conociesen nuestra intimidad, que no fue capaz de llegar a la curva descendente del proceso, es decir, al relajo. Y explotaron los nervios colectivos en muy pocos meses.
Resulta ocioso decir que los ladrones y criminales profesionales desaparecieron casi totalmente. Las cárceles se transformaron en sitios confortables y humanos donde no se maltrataba a los reclusos. Los internados, reformatorios, campos de trabajo y el mismo ejército, eran ejemplos de civilidad, corrección y buenas costumbres. En este aspecto colectivo sí que ganó la sociedad, pero vulnerar la vida individua ocasionó un trauma colectivo muy por encima de estos bienes públicos.
En seguida hubo personas, las más sensibles, que, incapaces de vivir en aquel estado de constante tensión, perdieron el seso total o parcialmente. Los más resistentes sólo sufrían ataques pasajeros de histerismo, que se resolvían amenazando al vacío, el decir, a la vecindad que les veía. Proferían contra “ellos insultos y hacían obscenidades y exhibicionismos que pretendían insultar y escandalizar”. En otros la obsesión era tan grande y continuada, que acababan recluidos en casas de salud.
La gente le echaba la culpa al Estado por permitir aquel escándalo, pero ni el Estado tenía la culpa, ni sabía muy bien que había que hacer ante fenómeno tan insólito. Pues no eran los menos afectados los señores del Gobierno, cuya vida privada y pública quedaba tan a la intemperie como la del Juan particular.
Por cierto, que como es natural, la vida política y administrativa del mundo mejoró enormemente con aquella transparencia. Los gobernantes y administradores (como si el mismo Dios estuviera siempre presente), se comportaban con una corrección y honradez nunca vistas. Se impuso la sinceridad, la verdad objetiva hasta límites insospechados. El cohecho, el abuso, el latrocinio, la irresponsabilidad y arbitrismo que tanto suele atacar a los que se dedican a la cosa pública, se contuvo del todo, hasta el extremo de que muchos políticos y administradores abandonaron su puesto, ya que con el sueldo a secas y sin las prebendas de costumbre, no les tenía cuenta el cargo.
Todo el mundo se hizo honrado “a la fuerza”, comedido, prudente y veraz por la presión exterior. La conciencia se había desarrollado, aunque por medios mecánicos, de manera casi evangélica…
Pero hablando de evangelios, la confesión se hizo casi imposible. Todo el mundo andaba al acecho de las confesiones de determinadas señoras y peces gordos, y nadie se acercaba a un confesonario como no fuese a lucirse y a echar mentiras. Se estudiaron varias medidas, tales como dejar totalmente a oscuras los templos para que no fuese localizado el penitente. Pero resultaba inútil, todos temían que se les viese entrar al templo y se les reconociera por la voz. Igualmente acabó el adulterio, los robos y los crímenes. Al tiempo que la vida individual se deshacía dramáticamente, la colectiva ganaba en pureza y perfección. Pero, ya lo dije, las ventajas no compensaban la ruina de la intimidad, del fondo malo o bueno, insobornable, de cada uno. Quedaba demostrado una vez más que la perfección pública ha de conseguirse respetando la libertad individual. De lo contrario, se cae en una especie de totalitarismo, que pretende arreglar la sociedad en determinada dirección a base de mutilarla y coaccionar la individualidad. Y naturalmente, siempre fracasan y acaban en catástrofe, porque la intimidad sólo resiste presiones hasta un cierto límite y en ocasiones muy especiales. La salud del alma individual todavía es lo suficientemente robusta para que el mundo siga andando.
Hubo por fin un cierto respiro con el descubrimiento de una especie de amianto plástico que impedía la emisión casi total de las ondas sonoras y luminosas. Ni que decir que inmediatamente todo el mundo se precipitó a revestir de aquella sustancia su piso o al menos algunas habitaciones, donde poder descansar de aquel ojo universal que nunca paraba. Para las gentes modestas que no podían adquirir aquel costosísimo material, se inventó una especie de protecciones en forma de “monos”, mandilones, hábitos a veces o pequeños biombos, que preservaban en buena parte de la vista general, al menos para ciertas operaciones.
El remedio fue muy eficaz durante poco más de un año. Puede decirse que durante este tiempo la gente llegó a vivir normalmente, a respirar y recuperarse de su desesperación.
Pero en seguida ocurrió lo inevitable; un astuto ingeniero suizo que se aburría mucho y quería seguir el espectáculo, inventó un pequeño modificador de los receptores, que les permitía captar sonido e imagen, con absoluta nitidez a través del famoso amianto tranquilizante. De nuevo todas las casas, hasta sus más ínfimos rincones, estuvieron al alcance de la vista y el oído público.
La noticia fue acogida con pavor por todos, pero una vez más triunfó la curiosidad, la terrible idea de que ya todos lo tenían ¿por qué no lo tenían ellos?, ¿qué evitaban con eso? Especialmente en las mujeres dominó esta idea. Y como aquel filtro también era muy asequible, en poco tiempo volvió a quedar como estaba el año anterior.
Luego de la experiencia primera, en esta segunda etapa todas las cosas fueron mucho más de prisa. La depresión y el histerismo se generalizaron de manera obsesiva. Y de un momento a otro se preveía que las autoridades internacionales, el gran Gobierno Federal Europeo, en contacto con los Gobiernos Federales de las cinco partes del mundo, tomaría medidas decisivas para desmontar aquella perniciosa ofensa al ser humano.
Todavía hubo un paso más agravante: se inventó la manera de que los receptores captasen imágenes, si no del todo claras, ésa es la verdad, en la misma oscuridad. Aquello fue el colmo de la angustia. Todos los días se producían miles de ataques de locura, de suicidios, de homicidios… Y aceleró el proceso ya de por sí bastante descompuesto como suele ocurrir, un accidente en apariencia pequeño.
Sofie, una bella actriz, creo de origen sueco, padeció durante breves días una aparatosa indisposición intestinal. Arrastrada por la urgencia, se olvidó de tomar las mínimas medidas para no ser vista en sus penosos y repetidos trances; y la noticia poco airosa de su mal, llegó a conocimiento público. A mucha más gente que a sus médicos de cabecera que eran varios y buenos.
Los televidentes estaban acostumbrados a presenciar accidentes de este tipo y la cosa no habría tenido mayor importancia de haberse tratado de una persona normal, pero Sofie tenía demasiados admiradores y demasiados detractores. Era guapa, demasiado perfecta, demasiado orgullosa de sus atributos perecederos. Tenía suficientes enemigas y envidiosas, que inmediatamente pusieron el suceso en circulación a través de chistes e indirectas alusivas a su pasajero mal. Incluso llegaron a sacarle fotos en aquellos trajines de urgencia y a publicarse jocosidades en periódicos y revistas de cine. La cosa en si maldita la gracia que tenía, y hubiera acabado en nada si Sofie hubiera gozado de unos nervios normales. Pero el abuso de la bebida, la fatiga del trabajo, la constante exhibición gloriosa y otras irregularidades de su vida, la descompusieron hasta tal extremo al enterarse de la publicidad de su cólico, que se vio presa de una crisis que tuvo repercusión universal e histórica.
Durante varios días —todo el mundo lo observó— estuvo llorando sobre su cama, sin tomar ningún alimento. Pero no con un llanto más o menos histérico, sino reducido a una especie de gemido, único y monocorde, que no cesó hasta quedar totalmente afónica. Durante días resultó un espectáculo conmovedor ver aquella criatura, hecha un ovillo en la cama, los ojos cerrados, el gesto crispado y a la vez que se mordía una mano, emitir aquel sonido fino, interminable, angustioso. Fue su grito una especie de sirena de terror que escuchó el mundo entero y que puso en marcha la operación necesaria para cambiar aquel estado de cosas que llevaban al hombre a una nueva condición de animal.
A los tres días la pobre Sofie era una especie de pelele, a la que fue necesario someter a un riguroso tratamiento para volverla a la normalidad fisiológica, que no mental, ya que quedó en un estado de alienación total, del que jamás se recuperó. Se negó a salir de una alcoba absolutamente oscura y a recibir a sus amigos y familiares. Envejecida de manera súbita, continuó en la cama hasta que el olvido y el conocimiento de las nuevas medidas tomadas por el Gobierno Internacional, distrajeron la atención de las gentes.
El caso Sofie puso en marcha el gran decreto de los tiempos nuevos, que aunque repugnaba a la mayor parte de las conciencias, resultó imprescindible para garantizar, al menos un poco más de tiempo la supervivencia de la sociedad humana dentro de la barbarie de la técnica. La técnica en manos de los filisteos y hombres comunes se había transformado en un peligro sin paralelo en la historia de la Humanidad. El famoso decreto establecía ni más ni menos, una férrea dictadura, una verdadera tiranía, con el fin de lograr “la libertad ciudadana”. Luego de un preámbulo que dejaba las manos libres al Gobierno de cada país para actuar en muchas materias, establecía legislación completa sobre la T.V.I. (televisión indiscreta, como se le llamaba de manera eufemística) y se creaban unos tribunales especiales que podían hacer juicios sumarísimos aplicando en veinticuatro horas la pena de muerte a toda persona que se demostrase que utilizaba la T.V.I. Se dio un plazo prudencial para que todo el mundo pudiese deshacerse de sus aparatos, y en seguida comenzó una inspección especial casa por casa que ya no se interrumpiría nunca.
Y entró en vigor la famosa ley de “pena de muerte a la T.V.I.” para quienquiera que le fuese hallado el aparato o se le encontrase en trance de utilizarlo. La orden fue tan tajante, tan dramática y deseada, que en su inmensa mayoría fue rápidamente obedecida, ya que la policía se reservó el derecho de emplear la T.V.I. para investigar los casos sospechosos. Cierto que el decreto garantizaba que el derecho a utilizar por parte de la policía la T.V.I. seria en casos limitadísimos, y ante un pequeño jurado permanente nombrado para el efecto.
De todas formas, durante varios meses hasta que el terror tomó estado de conciencia, hubo en todos los países que ahorcar a varias personas, especialmente mujeres cuya curiosidad ejercitada en husmear en hogares ajenos era enfermiza superior a toda fuerza coercitiva.
Resulta curioso que casi todas las mujeres que encontraron ante la pantalla de la T.V.I. eran unos seres histéricos y enmascarados completamente de negro, con una tupida careta, para no ser identificadas con facilidad.
Durante años, hasta que llegó la gran catástrofe, raro era el mes que en todos los países no se ahorcaba a una de estas enmascaradas que habían hecho de la curiosidad universal una segunda naturaleza.