País Relato - Autores

francisco coloane

los conquistadores de la antártida

1. S. O. S
LOS relámpagos cruzaban sus bandazos de luz sobre la caseta de la radioestación mientras en su interior se paseaba inquieto el sargento Ulloa frente a la mesa de transmisiones, junto a la cual el radioperador Alejandro Silva permanecía con los auriculares puestos en una actitud desesperada.
—¿Nada más que eso? —preguntó el sargento.
—¡Nada más que eso! —respondió Silva, recalcando con el lápiz azul, con que solía escribir directamente sus recepciones radiotelegráficas, tres grandes letras impresionantes sobre el papel: S. O. S.
Un trueno retumbó como si desde el confín viniera desmoronándose una gigantesca ruma de tablas, y pasó de largo, con un vaivén sonoro, hacia otro confín lejano.
—¡Ese o ese! —repitió como un vagido del trueno el sargento Ulloa.
—¡Ese o ese! —repitió como un eco el radioperador, apretándose los auriculares a los oídos con gesto ceñudo, y agregó, volviendo a tomar el lápiz y repasándolo con nerviosidad sobre las tres letras ya intensamente grabadas de azul en el papel—: ¡Nada más! ¡S. O. S.!
S. O. S. las tres letras internacionales que significan ¡Auxilio!, para todos los oídos del mundo, sin distinción de razas o idiomas, fue el único mensaje que alcanzó a recibir la radioestación de Walaia, en medio de la tormenta, cuando un rayo, de súbito, destrozó la antena, interrumpiendo la angustiada comunicación.
La radioestación de Walaia, de la Marina de Chile, está situada en uno de los parajes más agrestes, solitarios y australes del mundo: en la desembocadura de la Angostura Murray, frente al Cabo de Hornos.
Esta angostura o canal es un verdadero tajo entre cordilleras, corto y profundo, que da salida a las aguas del canal Beagle hacia el Cabo de Hornos. La naturaleza en esa parte del fin del mundo es hostil y tempestuosa. Las costas carecen de playas porque las montañas se precipitan a plomo en el mar; la vegetación está representada por los robles aparragados y algunos pastos y líquenes que trepan en las partes bajas, y luego los cerros se yerguen mondos, cual agrietada piel de paquidermos colosales.
Entre estos lomos, en la margen Este de la Angostura Murray, aprovechando la leve llanada de un ancón, está la casa de la radioestación de Walaia, un hermoso chalet de dos pisos que contrasta extrañamente con la soledad del paraje.
El radioperador Alejandro Silva estaba de guardia cuando se desencadenó la tormenta, en medio de la cual el receptor empezó a marcar el S. O. S. de un barco cuya posición no logró comunicar porque un rayo había destrozado una de las antenas, interrumpiendo la recepción.
—¡Un barco en peligro! ¿Pero en dónde, en qué parte? —profirió el sargento Ulloa, un hombre moreno, alto y huesudo, que se meneaba como el mástil de una nave al andar.
—¡No queda otra que esperar! —dijo Alejandro, colocando los auriculares, ya inútiles, sobre la mesa de transmisión.
—Dentro de una hora me dijo el suboficial Poblete que podría estar todo arreglado; está trabajando en los desperfectos con el mecánico Frías y el radioperador Sagredo —agregó Ulloa.
—¡Si no nos cae otro rayo!
—¡Sí; es peligroso mantener la corriente eléctrica con esta tempestad; pero es nuestro deber intentar a toda costa comunicarnos con el buque que pide auxilio! —dijo el sargento.
Los dos hombres se acercaron a los ventanales de la caseta, cuyo techo caía en forma de visera, dándole el aspecto de un puesto de observación elevado en medio de las montañas. De vez en cuando un golpe de luz iluminaba el interior, y luego un trueno empezaba a derrumbarse de uno a otro confín. Afuera, el horizonte, cerrado, negro y cercano, era hendido solo por las bandas amarillas, rojas o azules de los relámpagos o por el lacerante gusano celeste, lechoso, de algún rayo que palpitaba unos instantes en el espacio para caer restallante y partirse contra el lomo de piedra de un cerro. ¡Parecía que las enfurecidas fuerzas atmosféricas hubiéranse concentrado en ese punto de la tierra para herirla y despedazarla!
—Es rara esta tempestad eléctrica —dijo Ulloa—. Hace cuatro años que estoy en esta radio y es la primera vez que la observo.
—El libro de guardias solo anota tres tormentas en diez años; pero una de ellas despedazó un cerro —recalcó Alejandro.
—Este es el fin de la cordillera de los Andes —continuó Ulloa—, y yo siempre he pensado que ese enorme lomo que corre a través de las Américas, y que termina precisamente en este lugar, debe producir algún malestar atmosférico al rodar la tierra en el espacio. Es como si al globo terráqueo se le hubiera zafado una costilla, interrumpiendo su redondez.
—Y Chile está al borde de la costilla —dijo Alejandro—. Y por eso tal vez ha sufrido tantos terremotos.
—No sé si lo que digo podrá ser científico; pero es la idea que yo tengo —dijo el sargento Ulloa, quien, a pesar de ser un estudioso y poseer cultura, prefería opinar como un campesino, con razonamientos simples y propios.
—Debe de ser así —dijo Alejandro, que siempre encontraba sabia y entretenida la charla del sargento, y agregó, volviendo al tema que más les preocupaba—: Y en el Cabo de Hornos debe de ser peor. Cuando era grumete de la «Baquedano», pasamos una vez por allí, pero apenas le vimos las narices viramos en redondo y le quitamos el cuerpo. A lo mejor es de allí de donde el buque en peligro pide auxilio.
—Seguramente que debe ser por allí —dijo Ulloa—. Cabo de Hornos es el lugar más malo de toda la tierra. Los barcos desaparecen allí sin dejar rastros. Hace un par de años el buque escuela de la armada alemana «Almirante Karlfanger» se perdió con sus trescientos cadetes sin que se haya encontrado una astilla. Se lo tragó el misterio. Una tarde dio su posición por última vez, agregando que navegaba sin novedad, y después no se supo más hasta el día de hoy.
En ese instante un rayo culebreó desde el negro pizarrón del espacio hasta cerca de la ventana; tan cerca, que Alejandro se echó instintivamente hacia atrás, cerrando los ojos, y el sargento se apretó los labios conteniendo el temor; pero la culebra de luz se azotó contra el suelo a unos metros del edificio, con un chirrido semejante al que produce el agua cuando cae en la grasa hirviente.
—¡Esta sí que pudo ser la grande! exclamó Alejandro.
—¡Como si le hubieran pisado la cola al diablo! —dijo sonriendo el sargento.
—¡Por fin está todo arreglado! —gritó, mientras subía a grandes trancos la escalera, el pequeño y ágil suboficial Poblete.
—¿Todo listo? —inquirió Ulloa.
—¡Todo listo, los dínamos ya empiezan a andar! —replicó Poblete.
La corriente eléctrica fue dada, a pesar de los peligros que significaba la tormenta, y el radioperador Alejandro Silva colocose de nuevo los auriculares, y empezó al mismo tiempo a manipular el transmisor; mas el espacio estaba mudo y sordo.
De pronto, unos prolongados tiiic…, tiiic…, tiiic…, como el canto de algunos pequeños pajarillos que habitan las umbrías de los bosques, se reprodujo en el receptor de Alejandro.
El extraño llamado se fue debilitando poco a poco. El radioperador inclinó la cabeza hacia delante, tomándose los fonos con ambas manos en un gesto con el que trataba de aguzar al máximo su sensibilidad, todo su ser, para poder percibir el entrecortado ruido.
El sargento Ulloa, afirmado sobre la mesa de trasmisiones, se inclinaba también ansioso de conocer el misterio que se acercaba y se alejaba de los oídos del radioperador al infinito del espacio.
De súbito, un ademán de atención hecho por Alejandro indicó que nuevamente se percibía algo. Los dos hombres quedaron en suspenso unos instantes, conteniendo el aliento. De pronto, el radioperador se agitó nerviosamente en su silla, como si hubiera sido removido por una fuerza extraña. El sargento se estiró sobre la mesa como si quisiera arrancar el mensaje que llegaba a los oídos de Alejandro, y este, balbuceando las palabras y grabándolas él mismo en el formulario, como si temiera que se le fueran a escapar, empezó a traducir directamente del Morse: «S. O. S., S. O. S., S. O. S., barca “Flora” desarbolada frente Cabo de Hornos punto Temporal fuerza doce punto. Nos mantenemos flote gracias aceite vertido alrededor punto El Capitán».
—Es la barca alemana «Flora», de cuatro palos; el temporal debe habérselos quebrado. Retransmita el mensaje a la Gobernación Marítima de Punta Arenas —ordenó el sargento Ulloa.
El mensaje fue retransmitido. Más o menos una hora después la radioestación de Walaia recibía el siguiente despacho de la Gobernación Marítima de Punta Arenas: «Vapor “Antártico” zarpó a toda máquina salvamento barca “Flora”»; pero la radioestación de Walaia, a pesar de todos los esfuerzos que hizo, no pudo saber si el mensaje a la «Flora» había sido escuchado por esta, porque el más profundo silencio siguió a su emocionante pedido de auxilio.
2. EL NAUFRAGIO DE LA «FLORA»
–NOSOTROS cumplimos con nuestro deber —dijo el suboficial Poblete, a cuyo cargo estaba toda la dotación de Walaia, y agregó—: Ahora le toca al «Antártico» el suyo.
—Puede que la «Flora» se haya mantenido a flote en medio del aceite, si han tenido bastante para resistir un temporal del Cabo —dijo Ulloa.
—¿Influye mucho el aceite? —interrogó un radioperador.
—Sí —contestó Poblete—; el aceite y el petróleo crudo, lanzados alrededor de un barco en un temporal, amortiguan mucho la fuerza de las olas.
Casi toda la dotación descansaba en los sillones de la sala de lectura del chalet de Walaia, que poseía todo el confort moderno para poder sobrellevar la vida en esa Angostura que parecía el último desagüe del mundo. Aun cuando hacía dos días que la tormenta había pasado, quedaba todavía un tiempo bastante picado en el mar; nadie sabía cómo este podía estar en las alturas del Cabo de Hornos, y si el «Antártico» habría llegado a tiempo o no al salvamento de la «Flora», pensamientos estos que más preocupaban a los hombres de Walaia.
Después de un buen rato de silencio, el sargento Ulloa dijo con cierta parsimonia:
—¡Bueno, pues, mi suboficial de cargo, a fin de este mes espero que me autorice la licencia de dos meses que me corresponde por mis cuatro años de servicios en Walaia, y que ya está concedida por la Superioridad!
—¿Alcanza hasta Punta Arenas, Valparaíso o Santiago? —inquirió el suboficial Poblete.
—¡No; me voy a la Antártida!
—¿A la Antártida? —repitió lleno de asombro el suboficial, y agregó—: ¡Pero si eso es una leyenda; a la Antártida no ha llegado nadie!
—¡Y si han llegado no han vuelto! —dijo el cabo mecánico Frías, que era un tanto irónico.
—No es una leyenda —contestó calmadamente el sargento Ulloa—, puesto que hace un año don Pedro Aguirre Cerda, nuestro Presidente, dictó un decreto en que señala la Antártida como el límite Sur de Chile, basándose en que hace muchos años el Gobierno de nuestro país dio una concesión en esas tierras a una compañía ballenera, y atendiendo también a muchas otras razones jurídicas y geográficas.
—Así es que su veraneo de cuatro años lo va a pasar en la Antártida, como si no se hubiera refrescado bastante en Walaia, mi sargento —agregó un radioperador.
Silva parecía estar abstraído y al margen de la conversación; pero, en realidad, era el que más profundamente conmovido estaba con las palabras de Ulloa, por quien sentía una profunda admiración y respeto. Alto, huesudo, macizo, tranquilo, era un extraño personaje en la dotación de Walaia. La mayor parte de su tiempo libre lo pasaba leyendo y estudiando, o bien ensayando en un receptor radiotelefónico de su invención. Sus pensamientos sorprendían por su claridad y simpleza, y también por su rareza, que a veces lo hacía aparecer un poco fuera de la realidad cotidiana.
—Quiero conocer todo mi país, y cuando mis huesos estén pasados de frío, pediré mi traslado para recalentarlos en ese paraíso que nosotros los radiotelegrafistas de la Marina de Chile tenemos en la Quinta Normal de Santiago —dijo, como contestando a lo que había dicho el radioperador.
—Y ya no dirá: lo conozco de Arica a Magallanes o al Cabo de Hornos, sino de Arica a la Antártida o al Polo Sur —dijo Poblete.
—Exactamente —replicó Ulloa—; creo que Chile es como un continente; aunque un poco fantástico, para mí lo es. A saber: por el Norte, llega a la zona subtropical; por el Sur, entierra los pies en las nieves del Polo; por el Este, sale con el estrecho de Magallanes, con las islas Lennox, Picton y Nueva hasta el Atlántico, y por el Oeste tenemos a nuestra isla de Pascua, esa mano extendida en plena Oceanía.
Todos quedaron asombrados, sin saber qué decir, ante la exactitud de la descripción del sargento; pero el cabo Frías reaccionó, como siempre, rápido y chistoso, agregando a la descripción:
—Y por arriba, llegamos hasta la punta del Tacora.
Todos los contertulios sonrieron ante la salida, menos el sargento Ulloa, quien alzó su cara que semejaba la de un predicador, y con un gesto ambiguo, más bien de inspiración que de réplica al chistoso, profirió:
—¡No!; por arriba llega más allá de la cumbre del volcán Tacora; por arriba limita con la Cruz del Sur; en cuya luz posan sus ojos todas las noches los chilenos.
El acento con que Ulloa pronunció estas palabras infundió respeto, y los oyentes guardaron silencio, hasta que el suboficial Poblete preguntó:
—¿Y en qué piensa ir usted?
—En la goleta de Geban, que será arrendada por Manuel, el Jefe Blanco de los yaganes que viven en «El Paraíso de las Nutrias» —contestó Ulloa.
—¿Y cómo no me ha dicho nada Manuel? —interrogó vivamente Alejandro Silva.
—Queríamos mantener el secreto hasta el día de la partida. Al Jefe Blanco, igual que a mí, lo lleva solo un interés: conocer la misteriosa Antártida; pero Geban, que es un ambicioso, no quiere arrendarnos la goleta sino a base de ciertas condiciones: que le traigamos muestras de los metales que pudieran existir en esas regiones.
—¿Y el «Agamaca»? —preguntó Alejandro, refiriéndose al cúter de su hermano Manuel, el Jefe Blanco de los indios yaganes.
—En el «Agamaca» es aventurado atravesar la zona más tempestuosa del mundo —replicó el sargento Ulloa, y agregó—: Entre el Cabo de Hornos y las costas de la Antártida está el mar de Drake, el más desolado que existe. La lucha de los dos océanos es titánica y las islas Diego Ramírez no son más que unas cuantas rocas inhóspitas levantadas en mitad de ese abismo de agua.
Un intenso aullido proveniente del mar sobresaltó de pronto a los contertulios.
—¡El «Antártico»! —dijo el suboficial Poblete, levantándose a mirar por las ventanas.
El pitazo del barco se hizo prolongado, y su eco fue perdiéndose y transformándose como en el grito de un monstruo, herido en las profundidades de esos ancones cordilleranos.
De entre paredones surgió de pronto, como un gran cetáceo negro que se deslizara sobre la superficie del mar; el «Antártico», con sus trece millas de andar. Bordeó la isla, situada como un cono gigantesco frente a la radioestación, e hizo su entrada en las aguas de Walaia, acercándose a la costa.
La dotación de la radio, que había salido de la casa, presenció entonces un espectáculo emocionante y curioso: una tripulación que no era la del barco estaba formada sobre el puente, a la manera de los buques de guerra cuando son revistados, y en los momentos en que las cadenas largaban el ancla en el mar, tres «¡hurras!» y un «¡Viva Chile!» atronaron el tranquilo ambiente de la bahía.
—¡Es la tripulación de la «Flora», salvada! —dijo uno, cuando al final de los hurras el grupo formado sacó tres veces al aire sus gorras, saludando.
El barco solo se detuvo por algunas horas en Walaia. Aprovechando esa estadía, el capitán invitó a un cóctel a la dotación de la radio y a la tripulación del «Antártico», en honor de los marinos salvados; estos eran casi en su totalidad alemanes. Había entre ellos un piloto sueco, un marinero griego y el contramaestre era de las islas de Chiloé.
En el salón del barco se llevó a efecto la celebración. En un aparte, el contramaestre narró brevemente los hechos a un grupo de sus compatriotas.
La barca «Flora» había partido hacía mes y medio desde la costa occidental de Sudáfrica a la del Norte de Chile, donde cada año recogía un cargamento de salitre para las plantaciones de un hacendado sudafricano. Era una barca un poco entrada en años que el hacendado contrataba especialmente para este objeto en Cape Town, donde estaba fondeada como pontón durante la mayor parte del año.
Había cruzado una veintena de veces el Cabo de Hornos; en cada una de esas veces, el «Cabo Tieso» dejaba la huella de su paso en las velas desgarradas, palos quebrados, uno o dos marineros heridos, muertos o arrancados por las olas de ese tempestuoso mar.
El viaje desde África a la costa de Chile era el más malo. El océano Atlántico se surcaba como una gran laguna de mares tranquilas y vientos favorables; pero ya en las cercanías del Cabo de Hornos, el Atlántico, manso, se terminaba, y empezaban a reinar las furias del Pacífico, traidor y engañoso, como su mismo nombre, que seguramente le fue puesto en un día en que la calma había sobrevenido a la tempestad.
El viento que reina constantemente en este inmenso mar, que tiene tres mil leguas de ancho solo de Valparaíso a Australia, es el del Oeste, y los veleros que vienen del Atlántico tienen que voltejear días, semanas y hasta meses para cruzarlo en su extremo Sur, donde sopla de frente. Hay veces en que las millas navegadas durante semanas de penurias le son quitadas al navegante en una sola noche de tempestad, en que el Pacífico ha aventado a la nave, de un soplido, hasta más allá del Cabo, en el mismo Atlántico.
Todo este batallar demoroso se vuelve una sola carrera vertiginosa cuando los barcos van de vuelta. Recorren la costa chilena de un largo y doblan en el Cabo hacia el Este, viento en popa y a toda vela.
La «Flora» estuvo dos semanas voltejeando para pasar del Atlántico al Pacífico. No cesaba de voltejear día y noche, en grandes zigzags que parecían llevarla de un extremo a otro de ese mundo, hasta que, en una de sus viradas, la aconchó la tempestad, quebrándole los palos y desmantelándola totalmente.
Solo entonces pidió auxilio. El capitán lo pidió más por procedimiento que por la esperanza de ser salvados, pues el Cabo de Hornos dista tres o cuatro días de la ruta más cercana surcada por barcos, el estrecho de Magallanes.
Sin embargo, la tripulación luchó sobre esa barca como un náufrago que se aferra a una débil tabla en el mar. Algunos palos fueron tronchados en la base, derribándose sobre la cubierta con velamen y todo; otros, de pino, se desgajaron como tallos fibrosos, y los cables y las velas formaron tal embarazo en medio de la tempestad, que llegó un momento en que los hombres se cruzaron de brazos, resignados a esperar la muerte; pero el capitán, que era un lobo de mar, no pensó en entregar el pellejo, así no más, y ordenó que se vaciaran tambores de aceite alrededor, lo que detuvo en parte el ímpetu de las olas.
—Dos días y una noche estuvo la «Flora» como una astilla destrozada flotando en medio de esa fiera inmensidad. Al cabo; llegó el «Antártico», y ese ya no es cuento nuestro, sino de ustedes —terminó el contramaestre, dirigiéndose al tercer piloto del «Antártico», que escuchaba en el grupo.
—El nuestro empezó cuando navegábamos a la altura del canal Magdalena —dijo el aludido.
Allí el «Antártico» recibió la orden de dirigirse a toda máquina al salvamento de la «Flora».
Cuando por el Brecknock, salimos hacia el Cabo de Hornos, la tempestad estaba en toda su intensidad. El barco atrincó toda maniobra y empezó su lucha contra el mar, en dirección al punto donde la barca había dado su última posición.
Más de la mitad de la gente se mareó por primera vez en su vida; tan extraordinariamente malo estaba ese mar. En las máquinas hubo necesidad de reemplazar dos fogoneros accidentados, por dos hombres de cubierta. En más de una ocasión estuvo a punto de zozobrar al descender por la pendiente de una montaña de agua, y solo sus reconocidas condiciones marineras, empleadas por la pericia del capitán Barría, le permitieron llegar al punto de su destino. En la brumosa lejanía, la «Flora» subía y bajaba en los lomos del mar, azotada, semidestruida por la tempestad.
El capitán llamó a su gente.
—¡Se necesitan doce hombres voluntarios para tripular dos botes salvavidas que tendrán que rescatar a los náufragos! —dijo, mirando a los tripulantes.
Todos dieron un paso al frente; entonces, hubo necesidad de quintar a los que debían quedarse.
Los botes se desprendieron con sus cinco remeros y timonel, desde los pescantes mismos, en el instante en que el lomo de una ola se hinchó hasta tocar casi con los motones que los sostenían.
Nadie dice haber presenciado jamás un espectáculo semejante. Los dos botes, con sus doce valientes, subían y bajaban entre esas montañas de agua como das cáscaras de nuez. Los remeros se habían amarrado a sus bancos y el patrón a su timón, para perecer o vivir con su embarcación. Afirmando los pies en los bancos delanteros respectivos, bogaban con todas sus fuerzas, mientras en la popa, en cada remada, el patrón levantaba una mano con gesto enérgico y exclamaba un: «¡Hala, muchachos!», que daba nuevas energías a los cinco bogadores. De vez en vez se perdían por un largo rato entre la hondonada de las olas; entonces, un filo helado hacía contener la respiración, pero los botes volvían a aparecer por la falda de una de ellas, para trasponer la cumbre, una vez más, victoriosos de aquel movedizo mundo de agua. Allí en la cumbre, en ese instante, los bogadores, estirados vigorosamente sobre sus remos, parecían los dueños de ese mundo; pero solo unos segundos, porque caían de nuevo, como una brizna devorada por el vértigo del abismo.
Entre ola que sube y ola que baja, cuando estuvieron al costado, fueron rescatando uno por uno los tripulantes de la «Flora». Dos viajes hizo cada bote de la barca náufraga al «Antártico», hasta que estuvieron todos salvados, menos uno: el capitán.
Fue el último en quedar a bordo. Cuando iba a saltar al bote en la subida de una ola, se detuvo, hizo un gesto ambiguo con la mano, un gesto que podía ser una orden de partida para el bote o un saludo de adiós, dio media vuelta y se perdió por una escotilla de popa. Los marineros creyeron que había ido en busca de su perro, un policial que era la mascota de la barca, pero no regresó más. Dos grandes mares escoraron de estribor a la «Flora», luego otras y otras fueron aplastándola, hasta que la hicieron desaparecer como un mero detalle en el fondo del océano.
No existe el marino que no ame a su barco. A bordo, los tripulantes de la «Flora» lloraban como niños cuando la vieron hundirse. Le había peleado duro al mar; este se la había ganado; pero ya casi muerta, se mantuvo aún a flote, como una tabla inerte, hasta salvar a todos sus hombres, menos uno, que, por salvar un perro o por cumplir una vieja tradición del mar, se hundió con ella.
—No se me borrará jamás —concluyó el piloto—, el cuadro impresionante de esa barca desmantelada en medio de la tempestad. Aún me parece verla, destrozada, debatiéndose entre las olas, envuelta entre la bruma que producían las mares al chocar contra su casco. ¡Si parecía un ser, de brazos tronchados, de astillados muñones, manteniéndose con sus últimas fuerzas hasta el instante postrero en que podía ser útil a esas almas!
A media tarde, el «Antártico» levó anclas y abandonó Walaia en demanda de Punta Arenas, con su preciosa carga de vidas rescatadas al mar.
3. EL ABORDAJE DE LA «GAVIOTA»
EL «Agamaca» corría a más de siete nudos por hora, voltejeando entre los altos paredones del canal Beagle en busca de la Angostura Murray.
Tendido sobre la cubierta de popa y abrazado a la caña del timón, el indio yagán Félix dirigía las voltejeadas; en la trinquetilla maniobraba Alejandro Silva, y acodado sobre el cubichete, Manuel, el Jefe Blanco, vigilaba el mar.
El «Agamaca» era un cúter de más o menos doce metros de eslora, aparejado con vela mayor, foque y trinquetilla; además, llevaba un motor auxiliar a parafina. No era un cúter de líneas corrientes, pues el Jefe Blanco lo había sacado del interior del transatlántico «Monte Cervantes», que, encallado entre unas rocas del canal Beagle, se había dado vuelta de campana, hundiéndose casi totalmente. El experto marino, de un bote salvavidas gigantesco, tinglado, construido a prueba de grandes temporales, había hecho una embarcación de cubierta corrida que, si bien no poseía la agilidad de maniobra de un buen cúter, podía resistir y rodar como una boya en medio de las grandes tempestades.
Este era el «Agamaca», digno del nombre que llevaba: el de la legendaria laguna en la cual después de un diluvio se salvaron las tres canoas de yaganes que volvieron a repoblar esa parte de la tierra que colinda con la Antártida.
El fuerte viento del Oeste soplaba en contra de la ruta del «Agamaca», por lo que este, en cada voltejeada, a pesar de la velocidad con que corría, solo avanzaba un poco en su camino.
Esta lentitud en la ruta empezaba a exasperar al Jefe Blanco, quien tenía fija la vista en las dos islas Picapedreros, que quedaban a la entrada de la Angostura Murray, como si no quisiera perder el momento en que de entre las rocosas islas viera surgir algo que esperaba con ansiedad.
El viento desflecaba la cabellera de las olas y el mar parecía un jardín selvático, de flores blancas y verdes, agitado bajo el radiante sol de la media tarde de primavera.
—¡Orza! —gritó de pronto el Jefe Blanco desde el cubichete, mientras clavaba la vista en la lejanía.
El indio Félix se sacudió, dio un golpe de timón, el «Agamaca» se recostó perdiendo casi toda la obra muerta de babor en el mar, cual si fuera a darse vuelta, y la pequeña nave quedó al pairo, con las velas flotantes frente al viento.
En ese mismo instante, una hermosa goleta blanca surgía a toda vela detrás de las islas Picapedreros.
El Jefe Blanco, un hombre de regular estatura, fornido, de barba castaña y rizada, se puso a catear cautelosamente la maniobra que pensaba realizar la goleta. Esta se veía muy cargada y su andar era un poco lento a pesar de favorecerle el viento que la hacía navegar de un largo.
La goleta salía de las islas Picapedreros en dirección al Presidio de Ushuaia, es decir, al encuentro del cúter que venía desde esa dirección. A poco andar, se vio que cazaba las escotas y variaba de rumbo, tratando de evitar al cúter.
—¡A estribor! —ordenó el Jefe Blanco, y el «Agamaca» se tumbó como un fiel animal en la dirección fijada por Félix. Corría más o menos tanto como la goleta, y si esta podía tener alguna ventaja en su andar, la posición a la distancia favorecía también al «Agamaca». La goleta, que iba en la dirección en que venía el cúter, al efectuar esas maniobras se veía claramente que quería evitarlo, y este, por el contrario, acercarse; todo dependía, pues, de la habilidad con que cada tripulación manejara su nave.
—¡Déjame la caña y dedícate a la escota! —dijo el Jefe Blanco, tomando el timón y poniendo proa en dirección a un ángulo posible en que podían encontrarse las dos embarcaciones.
La goleta corría con todo su velamen desplegado, pero sin mucha inclinación, debido al lastre y a cierto extraño cuidado que ponía en la dirección de sus velas. El cúter, en cambio, avanzaba audazmente recostado sobre las olas.
—¡Ya sé por qué los bribones no se atreven a cazar más las escotas! —dijo el Jefe Blanco, dirigiéndose significativamente a Félix. Este contestó con una enigmática y silenciosa sonrisa.
Alejandro, sin poder contener su curiosidad ante la extraña forma de maniobrar de la goleta, preguntó:
—¿Por qué no cazan más las escotas?
—Porque llevan animales en pie, carga muy peligrosa que puede dar vuelta a la embarcación si esta se ladea mucho —contestó el Jefe Blanco.
—Los animales de Cauquenes —dijo el indio.
—Sí, del pobre Cauquenes; robados por ese pirata de Geban —agregó el Jefe Blanco.
El mar, florecido, parecía gozoso de la regata que se corría sobre su superficie, y el sol, de contemplarla dorando las velas henchidas al viento.
A medida que el ángulo se iba cerrando, la persecución se hacía más interesante; hasta que, de pronto, la goleta, en vez de virar por avante, dio más velamen, viró a sotavento y continuó su carrera viento en popa y a toda vela.
El Jefe Blanco se sorprendió en el primer momento con esta inesperada maniobra de la goleta, que, aprovechando al máximo su velamen, quería ganarle la pasada al cúter; pero no bien la hubo comprendido, viró en redondo y se dirigió a cortarle el paso.
Las dos embarcaciones corrían ahora a su encuentro, formando un ángulo recto. Para ambos, las intenciones de cada uno eran desconocidas, y si emocionante era la regata entre el cúter y la goleta, con más emoción era esperado aún el vértice fatal de ese ángulo recto que las dos embarcaciones trazaban sobre la superficie del mar.
Claramente se veía que la goleta ya no trataba de evitar al cúter y navegaba a velas desplegadas dispuesta a pasar a llevar lo que se le interpusiera por delante. En un choque de ambos no cabía la menor duda de que el único hundido iba a ser el «Agamaca», cuya tabla tinglada era incapaz de resistir el golpe de la pesada goleta.
Corrían a más y mejor, sin dar ninguno de ellos señales de temor ante la colisión, a punto de producirse. Ya se escuchaban mutuamente el fragor del viento en las velas y en el cordaje, y el rumor del agua al ser rasgada por las proas, cuando la amura de la goleta avanzó soberbia, imponente; la del cúter, delicada, veloz. En ambas aparecieron destacados en letras negras los nombres: «Agamaca», «Gaviota». De pronto, el choque ya iba a producirse, cuando el Jefe Blanco largó las escotas y dio un vigoroso golpe de timón. El «Agamaca» viró en redondo. La goleta alcanzó a rozarlo con el verduguete, pero en ese mismo instante el indio Félix pescó la punta de una boza, tornó una vuelta de cabo de un cáncamo y el Jefe Blanco, para asegurarse aún más, se pescó con un bichero largo del costado de la «Gaviota». Las dos embarcaciones siguieron navegando una al lado de la otra.
—¿Qué le pasa, amigo? —dijo Geban, un hombre de cara cuadrada, rojiza y desagradable, acercándose por la borda.
—¡Qué me ha de pasar! —contestó el Jefe Blanco—. ¡Al que le debe pasar algo es a usted, que evita mi encuentro!
—¡Cada uno lleva su ruta, amigo, y yo la que quiero!
—¡Sí; pero la última vez que nos vimos usted se comprometió a tratar conmigo el arrendamiento de la «Gaviota» para la expedición a la Antártida con el sargento Ulloa!
—¡Sí! ¿Y qué? —replicó Geban, desafiante.
—Que a eso vengo a su encuentro —dijo el Jefe Blanco, con no menos firmeza.
—Largue esa boza —ordenó Geban a Félix; pero este, inmutable, aseguró aún más su vuelta de cabo.
—¡Corte la boza! —volvió a ordenar Geban, esta vez a uno de sus hombres.
Pero en ese mismo instante el Jefe Blanco trepó de un salto por la borda de la goleta y se plantó frente a Geban. Al saltar, por precaución, se llevó la mano atrás y tentó su cuchillo lobero, gesto que no pasó inadvertido al pirata.
—No ordene cortar la boza, Geban —dijo el Jefe Blanco—. Tengo que hablarle.
Al ver la actitud decidida del Jefe Blanco, Geban hizo un movimiento de cabeza al marinero, dejando sin efecto este la orden cuando cuchillo en mano ya iba a cortar el trozo de cabo manila que habilidosamente había logrado cazar el yagan.
—¿Qué quiere de mí, hombre? —dijo Geban, fastidiado.
—¡Esto! —profirió el Jefe Blanco, mientras, con la rapidez del rayo, con una mano levantó la punta de una lona tapacarga y descubrió una ruma de cueros de vacuno recién sacados y carne salada de animales recién muertos.
En el instante en que ejecutaba este movimiento, Geban echó mano atrás y trató de sacar su revólver; pero el Jefe Blanco, si fue rápido para manotear el tapacarga destapándolo, más veloz fue aún para desenvainar su cuchillo lobero con la mano derecha y ponerlo de punta en el vientre de su contendor.
—¡Quieto, Geban! —le dijo—. ¡Si te mueves, te destripo!
—¿Por qué te metes en mis cosas? —dijo Geban, apaciguado.
—¡No me meto en tus cosas, Geban; me meto en las cosas de Cauquenes, que no tiene quién lo defienda de tus garras!
—¿Quieres ver lo que llevo en la bodega? —sonrió con ironía al verse descubierto.
—¡No! —dijo el Jefe Blanco—. ¡Ya sé lo que llevas! Por el modo de navegar sabía que eran animales en piel —y agregó—: Yo he venido a atestiguar el hecho, no a curiosear. Ahí también están de testigos el yagán Félix y el radioperador que en estos momentos ven tu robo.
—¡No es robo! —replicó Geban, indignado.
—¿Qué es?
—Son baguales de la península Dumas. Estos animales no tienen dueño.
—Tienen dueño, son de Cauquenes. ¡Ese pobre hombre a quien explotaste durante la mayor parte de su vida sin pagarle un centavo, luego lo engañaste y ahora le robas sus animales! ¡Pero yo daré cuenta de esto a la justicia y tendrás tu merecido!
—¡La justicia está muy lejos, allá en Punta Arenas! —dijo Geban, riendo.
—¡No te olvides que también hay una justicia muy cercana, la de la propia mano, Geban! —replicó sentenciosamente el Jefe Blanco, mientras abandonaba la cubierta de la goleta con cierta cautela y de un salto pasaba al cúter.
—¡Eso lo veremos! —profirió Geban, burlonamente; pero al instante su faz cambió, como si de repente lo asaltara un extraño pensamiento—. ¡Oye! —dijo, acercándose cordialmente por la borda—. ¿Ya no te interesa el viaje a la Antártida?
—¡Sí! ¿Por qué? —expresó el Jefe Blanco.
—Porque te presto la goleta y todo lo que tú quieras.
—¡No; gracias! —dijo el Jefe Blanco, y agregó, dirigiéndose al yagán—: Larga la boza, Félix.
El «Agamaca» se desabracó, viró en redondo y empezó de nuevo a voltejear sobre el jardín de olas y espumas, mientras la «Gaviota», a toda vela, corría pesadamente, como esas aves de rapiña, blancas y engañosas, cuando han devorado, hartándose, alguna cantidad de sus pequeñas víctimas.
4. LA CAVERNA DEL DESTERRADO
EL «Agamaca» recaló en el puerto de Navarino, pequeña factoría en la isla chilena del mismo nombre, donde residen el subdelegado marítimo, que es la autoridad de toda esa región austral, una pareja de carabineros y un poblador, cuya casa hace las veces de hospedería cuando alguien logra arribar por esas soledades. En total, son tres o cuatro casas como extrañas cosas refugiadas en el fondo de una bahía pintoresca, a cuya espalda se levanta el alto paredón de roca que constituye la isla, y a su frente unas hermosas islitas con vegetación, que le dan un aspecto edénico, que contrasta con la fiereza del resto de la región.
—¡Es muy poco lo que yo puedo hacer! —le dijo el subdelegado marítimo cuando el Jefe Blanco le informó de que Geban estaba sacando animales de la península Dumas. Animales que pertenecían al viejo Juan Carrasco, apodado Cauquenes, por el hecho de que siempre hablaba de esa ciudad del centro de Chile, de donde era oriundo.
—Geban explotó a Cauquenes durante cuarenta años sin pagarle su trabajo de cuidador de animales —explicó el Jefe Blanco—. Luego vendió su animalada, se trasladó a residir a Ushuaia, en el caserío de ese presidio, y lo engañó diciéndole que le dejaba una parte de animales. Ahora, la goleta de Geban, de tiempo en tiempo, pasa de largo y de noche frente a Navarino, se dirige detrás de la península Dumas, rodean los animales, los que no pueden lacear los cazan a bala y los embarcan rumbo a Ushuaia. Y el viejo Cauquenes ya apenas se mueve de su ruca con su india.
—Lo que dificulta toda acción —expresó el subdelegado— es que Geban es argentino y reside en Argentina.
—También es chileno, señor…
—¿Cómo?
—Sí; se ha nacionalizado tanto Chile como en Argentina. No se sabe de dónde ha venido. Unos dicen que es un fugado del presidio de Ushuaia, que se cambió de nombre, comprando a la policía. En una ocasión yo lo vi arriar la bandera argentina cortando la driza a balazos, y decir que él no tenía patria ni bandera.
—Yo le aconsejaría a Carrasco que se arregle por la buena con él.
—No hay buenas, señor, con ese hombre.
—Entonces que haga la denuncia. Yo enviaré los antecedentes al Juzgado del Trabajo de Punta Arenas, que es el que tiene que intervenir en esto, y de allí recibiré instrucciones.
—Eso demorará meses, señor, mientras tanto Geban seguirá sacando animales.
—¡Qué le vamos a hacer; la justicia llega tarde, pero llega! —sentenció el subdelegado, un hombre con cierto dejo de cansancio o aburrimiento en el rostro tocado por gruesos bigotes.
Al atardecer, el «Agamaca» recalaba en una pequeña ensenada formada en la trizadura de la cordillera al caer en el mar; era un rincón pequeño con un pedacito de playa, de laja, como un peldaño tendido al borde de las hondas aguas, rodeado de tupido robledal. El lugar era un verdadero escondrijo de nutria, acogedor y bello, en medio de esa naturaleza adusta. En el fondo, abierta en la roca viva, se encontraba la choza de Cauquenes; era una especie de cueva que se hundía piedra adentro, y en cuyo frente, para disimular, perdida entre el follaje, se levantaba una carpa de cuero de lobo tendida a la manera yagana, sobre arcos de mimbre entrecruzados.
Un hombre alto y encorvado por los años salió a recibir al Jefe Blanco, al radioperador y a Félix. Todos se agacharon para entrar en la choza; pero tuvieron una sorpresa cuando estaban en su interior: no era tal choza, era una enorme caverna, como una casa, en el fondo de la cual ardía una fogata, a cuya vera una mujer yagana, ya anciana, tejía unas medias de lana.
La caverna era uno de esos caprichos de la naturaleza, creado al pie de la grieta colosal que trizaba la montaña. Cauquenes, que medía más de un metro ochenta, andaba libremente en su interior, y en algunas partes podía estirar el brazo en alto sin lograr alcanzar el techo de piedra. La trizadura de la montaña había dejado bloques de granito superpuestos, por entre los cuales se abría un intersticio como un tragaluz; cerca de él estaba situada la fogata, por lo que el humo salía por allí como por una chimenea natural. Cauquenes había construido con troncos de árboles labrados un sistema de canaletas que le permitía resguardarse de la entrada de la lluvia y de la nieve, y aprovechar el agua dulce en una albufera que parecía una verdadera fuente labrada en la piedra. El piso estaba suavizado por una arenilla blanca, y había en todo tal armonía entre la mano del hombre y la de la naturaleza, que no se distinguía dónde terminaba la una y comenzaba la otra. Todo ello estaba escondido en medio de un robledal, y sobre el exterior de la caverna misma trepaban los robles enanos, la murtilla y la leñadura aparragada.
Cauquenes descolgó de una rejilla de mimbre que estaba en lo alto, cerca de donde pasaba el humo de la fogata, un robalo frescal, que el humo recién empezaba a orear, y lo puso ensartado en un asador a cocer al fuego para invitar a sus huéspedes.
Luego que estuvo cocido el sabroso pescado y comieron, el Jefe Blanco narró a Cauquenes el encuentro de la goleta de Geban y su conversación con el subdelegado marítimo de Navarino.
—¡No hay tiempo que perder, amigo Cauquenes! —dijo el Jefe Blanco—. El poblador Gil, de Navarino, me redactó en su máquina de escribir un escrito en que se denuncian al juez todas las fechorías que Geban ha cometido con usted. Aquí se lo traigo para que lo firme, y cuando haya buen tiempo cruce la Angostura Murray con su chalana, y por los senderos que usted tan bien conoce, atraviese el extremo de la isla y vaya a entregárselo personalmente al señor subdelegado, quien lo mandará por la primera escampavía que pase al juez de Punta Arenas.
Cauquenes levantó la cabeza, una cabeza noble, peinada por canas plateadas, y de rasgos alargados, en medio de los cuales aún brillaban con cierta energía sus ojos grises.
—Yo no firmo esa demanda —dijo.
—¿Tiene algo usted con Geban?
—¡No; lo que tengo es conmigo mismo!
—¿Es algo que no le permite firmarlo?
—¡No; la verdad es que no necesito esos animales!
—¡Entonces usted debe firmar este documento!
—Bueno, ya que usted se ha molestado, lo firmaré y mañana cruzaré en la chalana el Murray para llevárselo al subdelegado. Lo único que me preocupa es mi pobre vieja. Lo hago exclusivamente por ella y no por mí.
La anciana india levantó sus ojos obscuros y miró con amor a Cauquenes. Este la miró también, y luego posó sus ojos con especial atención en el radioperador Alejandro.
—¿Y este mozo? —dijo.
—Es mi hermano Alejandro, de la dotación de Walaia —replicó el Jefe Blanco, y agregó—: Cuando muchacho se embarcó de «pavo» en la corbeta «Baquedano». Hizo un crucero hasta el Cabo de Hornos, y me pasó a ver al «Paraíso de las Nutrias». Después siguió la carrera de comunicaciones y fue destinado a la radioestación de Walaia.
—Tan joven y ya con tanta historia —dijo Cauquenes, y agregó—: No es de extrañarse; todos los que estamos por estos lugares, fuera de los yaganes, no hemos nacido aquí, y quién más quién menos lo ha empujado también alguna historia.
—Así es —dijo el Jefe Blanco—. Usted ya conoce la mía; me vine aventurando y me quedé para siempre aquí.
—Y la mía —replicó Cauquenes—, que nunca se la he contado a nadie, a excepción de Geban, que por eso sabe con quién trata, carece de importancia. Por lo que me trajo aquí es que no hago nada contra él; parece que toda penuria, todo castigo fuera poco para mí. Ni la misma vieja la sabe, porque es fea, sumamente fea para un hombre… ¡Ah…, pero usted me trajo el recuerdo del Norte de Chile; hacía más de diez años que no me topaba con un hombre de por allá! —se dirigió al radioperador, y entrecerrando sus ojos prosiguió con cierta emoción nostálgica en la voz—: ¡Ah, mi Cauquenes querido, rincón de tierra más pródigo y más bello no habrá en el mundo entero!
»Queda en pleno centro de Chile, y en el interior. Ahí se da de todo, es un vergel, y la gente es buena como el pan. El único malo que ha salido de allí soy yo; por eso es que yo mismo me desterré, para no manchar el nombre de esa tierra.
—Nadie es del todo malo ni del todo bueno —intercedió el Jefe Blanco.
—Pero hay maldades que no las puede castigar sino uno mismo. ¡Y no hay más dura ley que la que ejerce el hombre sobre sí mismo, cuando se ha dado cuenta de su mal y es capaz de castigarse!
—Eso lo perdona todo —dijo el Jefe Blanco.
—No; la condena mía es a cadena perpetua y la arrastraré hasta que entregue los huesos. Si la he cumplido hasta ahora, es porque me la he impuesto yo mismo, y solo Dios ha de levantármela cuando me recoja la tierra.
Un silencio siguió a las palabras del viejo. La noche había caído afuera. Dentro de la caverna, la hoguera aleteaba como un pájaro de fuego que hacía danzar en el ámbito las siluetas humanas que la rodeaban, como fantasmas inverosímiles que subían y bajaban por las negras paredes de piedra. En el rincón de las canaletas, una gota de agua caía de tarde en tarde en el espejo de la fuente, y su nota estrangulada medía por algunos instantes la profundidad de ese silencio.
La voz del anciano volvió a romper el silencio, pero esta vez se elevó con un tono suave, como la apagada música de otra gota de agua o de una cascada que pasara murmurando a la sordina por el seno de la tierra. Del seno de la tierra parecía emanar la voz de ese hombre, encorvado por los años y moldeado en ese hueco de la montaña por los dos únicos elementos que fueron penetrando en su ser a través de la soledad: la piedra y el agua. De esos dos extremos elementales, el más duro y el más blando, estaba impregnada la voz, y tal vez el alma, de Cauquenes.
—Aquí en esta cueva —dijo— pude escuchar por primera vez lo que uno lleva adentro. Y por eso me quedé aquí; si no la hubiera encontrado, habría andado errante todavía por el mundo, sin descanso.
»El hombre tiene que estar vacío como esta cueva, limpio de todas las cosas, para que pueda escuchar algo que suena muy despacio, como esa gota de agua, dentro de sí.
»Esta mujer yagana vino un día a acompañarme; pero no perturbó mi vida; es silenciosa, fuerte como la piedra y suave como la gota de agua.
»Ustedes creerán que yo maté. No, no maté; yo impuse el sufrimiento durante vidas enteras. Mis antepasados lo impusieron durante generaciones enteras. Fueron encomenderos durante la Colonia, azotadores de indios. Luego dueños de la tierra y de sus siervos, inquilinos.
»Un día, yo heredé el bien y el mal de todo eso. Tenía veinte años, y era inmensamente rico. Me di al lujo, a los placeres, al juego y a la bebida. Fui miembro del Club de la Unión de Santiago, el socio que tenía los mejores caballos de carrera del Club Hípico, el jugador de ruleta y punto y banca más famoso.
»Todo esto ocurría mientras en mis fundos mis inquilinos comían una mala galleta al día y sus hijos trabajaban como bestiecillas desde la edad de doce años.
»La bebida y el juego fueron minando mi salud y mi riqueza hasta que una noche, enloquecido, lo puse todo en el tapete verde y lo perdí.
»Al día siguiente amanecí sin un centavo; otros eran los dueños de mis fundos, de mis bestias y de mis inquilinos.
»Pobre como el más pobre, llegué a las casas del fundo en busca de algunas ropas.
»No sabía trabajar. No sabía a dónde ir. Entonces, ocurrió de golpe el acontecimiento maravilloso que transformó toda mi vida:
»En los momentos en que salía de las casas del fundo, como un miserable extraño, se me acercó Nicasio, un viejo inquilino que me había visto crecer desde niño. “¡Tome estos ahorros —me dijo— para que pueda irse!”.
»Miré los ojos del viejo; eran claros, transparentes. Me miraban con serenidad, sin dejar traslucir ni una emoción de lástima o servilismo.
»Cogí el dinero, lo apreté en mi mano. Miré los ojos del inquilino como seguramente se miran los ojos de Dios, y no pude expresarle el sentimiento ni el pensamiento que en ese segundo estremecían angustiosamente todo mi ser. ¡Si en ese instante hubiera sido dueño de mis riquezas, las hubiera repartido todas entre ellos; pero en vez de repartírselas, había vendido sufrimientos quizás para cuántas generaciones más! No me atreví a decirle nada. Di vuelta la cara y salí, vacilante, como deben haber salido nuestros primeros padres del jardín del Edén, después de haber visto el rostro de Dios por última vez.
Cauquenes calló y dos gruesas lágrimas rodaron por sus ancianas mejillas. Un leño crepitó en la hoguera, el pájaro de fuego aleteó haciendo danzar las sombras, y en la fuente cayó una gota de agua, con un suave y musical rumor, desprendido del misterio.
—No quise saber nunca más del dinero —dijo el anciano, reponiéndose—, y por eso me quedé aquí, cuando encontré este hueco al pie de la montaña, y le pedí a Geban que me permitiera servirle a cambio no más de algunos víveres. Después él se fue de la península y me dejó un grupo de animales por mi trabajo, dijo, y para que me alimentara. Muchos de ellos remontaron la cordillera y se fueron reproduciendo en forma salvaje hasta convertirse en las manadas de baguales que hoy pueblan la península y que dicen que es una gran riqueza. A mí no me importa esta riqueza. No me importaría tampoco que se la llevara Geban si no hubiera renegado a su nacionalidad chilena. Esta tierra es chilena, los animales han brotado en ella como los pastos, como los robles, y deben pertenecer a los que no reniegan de su suelo, a los que la quieren y la pueblan. Lo único que me interesa son los días que mi pobre vieja viva después que yo muera —terminó Cauquenes, acariciando con la mano la grisácea cabellera de la anciana yagana.
5. EL PINGÜINO FANTASMA
DESPUÉS de haber pernoctado en la pequeña ensenada de Cauquenes, el «Agamaca» ascendió con su motor auxiliar por la Angostura Murray en dirección al canal Beagle, con el objeto de que el radioperador Alejandro Silva entregara un despacho telegráfico para el poblador Carlos Martínez, que habitaba en las hermosas playas de Kanasaka.
Al doblar un pequeño cabo, pararon el motor, izaron la mayor, trinquetilla y foque, y el «Agamaca» empezó a navegar de un largo por la costa Sur del Beagle. La brisa refrescaba por parejo; un sol brillante rutilaba en el mar, y los hombres, sentados en la popa, se solazaban con la espléndida navegación.
El yagán Félix había abandonado su característica actitud entumecida, y siempre con la caña del timón entre manos, silbaba una extraña y monótona melodía. El Jefe Blanco, con su castaña barba rizada flotando al viento, recorría con ojos placenteros los contornos; de vez en cuando se frotaba las manos, con una alegría que apaciguaba la energía que bullía en su vitalidad, y aspiraba la brisa marina, dilatando las aletas de la nariz como un lobo de mar.
El radioperador, que contemplaba la recia figura de su hermano, dijo de pronto, mirando a las aguas:
—¡De todo he visto aquí, menos una cosa!
—¿Qué cosa? —preguntó el Jefe Blanco.
—¡La centolla, que es tan grande y abunda tanto en el estrecho de Magallanes y en los canales, parece que no existiera en el Beagle!
—¡Exactamente, no existe! —confirmó el Jefe Blanco.
—¿Y por qué?
—¡Ah… esa es una historia muy larga y muy triste, que no es de la centolla solamente! ¿Quieres saberla? Pues, te la voy a contar tal como la oí de labios de un viejo yagán:
»Un monstruo pasó sembrando la muerte por los mares del Beagle. Millones de centollas fueron arrojadas por el oleaje. A la simple vista parecían intactas, pero cuando los yaganes iban a tomarlas, se encontraban con que unos tentáculos sutiles habían devorado la delicada carne, misteriosamente, a través de los intersticios de las caparazones que, como grandes flores de carey, flotaban vacías en las márgenes del canal.
»El aliento fatal ascendió desde el lecho del mar hasta más allá de la superficie de las aguas. Primero desaparecieron los peces; luego las manadas de focas hambrientas huyeron por los brazos del canal hacia el Atlántico y hacia el Pacífico; enseguida los pingüinos y otros pájaros, no teniendo qué comer, emigraron a otras regiones.
»Todo desapareció con esta devastación, y años más tarde, cuando se repoblaron los mares y los aires, solo una no volvió jamás a decorar el fondo del Beagle: ¡la centolla, tan grande y suculenta, que una sola daba de comer a toda una familia yagana!
—¿Se supo al fin lo que fue aquello? —interrumpió Alejandro a su hermano Manuel, mientras el cúter daba una ronzada de estribor.
—¡No se supo nunca! —respondió el Jefe Blanco, y agregó—: Hay algunas versiones yaganas que dicen haberse visto una cosa obscura debajo del mar, como una Ola negra submarina que pasó rodando por el canal hacia el océano Atlántico; otras que fue un pulpo monstruoso que avanzó respirando la muerte por el suelo del mar. En fin, yo no he querido contradecir esas versiones; pero creo que como la cordillera de los Andes se hunde aquí, puede haberse destapado el cráter de algún volcán submarino y en su erupción vomitado lavas, gases u otras materias que produjeron la muerte en las aguas.
—¿Y los yaganes? —preguntó Alejandro.
—¡Ah…, los yaganes!; eso era precisamente lo que te iba a contar —dijo el Jefe Blanco, y señalando con la mano una roca que quedaba a la distancia, continuó—: ¿Ves esa piedra?
—Sí —respondió el radioperador.
—¿Y encima de ella no ves nada?
Alejandro puso la mano a manera de pantalla, agudizó la vista, quedó mirando fijamente hacia la roca, y luego exclamó:
—¡Sí; cuando revienta la ola se forma una cosa sobre la piedra, como un penacho blanco o un pájaro que fuera a volar!
—¡Eso es —dijo el Jefe Blanco— el pingüino fantasma! Y la leyenda es esta:
»Desaparecidas las centollas, los robalos, los lobos y los pingüinos del Beagle, la muerte empezó a caminar tierra adentro y comenzó a diezmar a las tribus yaganas, que en aquellos años formaban un pueblo pacífico y alegre.
»Cuando entre los yaganes muere alguien, entierran el cadáver, hacen sobre él una gran fogata, donde queman los objetos que pertenecieron al muerto, recogen la carpa de cuero de foca que les sirve de ruca, se embarcan en sus canoas y van a establecerse en otro lugar. En esta ocasión las tribus vagaban como enloquecidas de una costa a otra, huyendo de la muerte; ya no quedaba ensenada ni ancón que no tuviera su cadáver.
»De esta manera llegó a refugiarse en esta costa, frente a la cual pasamos, una tribu de yaganes guiados por su jefe, un hombre valiente y vigoroso.
»El hambre empezó a arreciar, y la familia yagana se fue convirtiendo en una familia de esqueletos vivientes que se miraban famélicos unos a otros, concentrando sus últimas fuerzas en sus miradas que se estiraban a través del canal, en esos días más borrascoso que nunca.
»Una mañana sus ojos se dilataron de asombro al contemplar un pájaro carnero que llegó a posarse en unas rocas que quedaban mar adentro. Era casi tan grande como un cóndor; pero negro, tan negro como la muerte.
»Pero el pájaro se fue y la muerte quedó rondando en torno a los yaganes, que en su flacura se iban confundiendo cada vez más con los grises acantilados donde estaban guarecidos.
»Al caer de una tarde triste y desolada, el joven jefe yagán tomó una decisión heroica.
»Los yaganes ejercitan una manera de cazar pingüinos muy curiosa: cuando empieza a llegar la noche se dirigen a las rocas donde acostumbran pernoctar los pingüinos, se tienden entre las grietas, se cubren el cuerpo con sargazo, cochayuyo u otras algas para mimetizarse, y esperan sin moverse la llegada de los pingüinos, que, como no vuelan, suben gateando a la roca. Allí se echan a dormir doblando el cuello y dejando al descubierto la parte más delicada de la garganta. Entonces el yagán se desliza sigilosamente de entre las algas, se acerca al pájaro como si fuera a besarlo en el blanco cuello, y con certera precisión le clava los dientes, especialmente los colmillos, hasta que el ave muere silenciosamente, sin producir un solo ruido. Así los va matando uno tras otro, hasta completar la provisión que necesita.
»—Voy a ver —dijo el joven jefe— si algún pájaro como el de esta mañana llega a pararse entre las rocas.
»Lo condujeron en una canoa. De un salto trepó a la piedra más alta, la que tenía forma de una pequeña meseta, y allí se acostó, en una hendidura, tapándose con una mata de sargazo.
»La canoa volvió a la costa, y la noche se cerró sobre el canal, entre cuyas rocas había una que guardaba en su seno de algas al joven más valiente de la tribu: el yagán que, débil y hambriento, daba el último esfuerzo de su vida para mantener la de los viejos, mujeres de la tribu.
»Junto con la monstruosidad que pasó sembrando la muerte, esa región, que es como la punta de la ancha cola donde termina la América, fue azotada también en esos días por fuertes tempestades.
»Una de estas, desencadenada sobre el canal, impidió que la canoa pudiera acercarse a las rocas al siguiente y subsiguiente días.
»El mar embravecido golpeaba las costas del Beagle como si las aguas hubieran aumentado extraordinariamente su caudal y quisieran romper las altas cordilleras que las aprisionaban. ¡Lucha de elementos que desde que el mundo es mundo viene desarrollándose en esa tierra destrozada por los cataclismos y los vendavales!
»Así estuvo la tribu yagana temblando de frío, hambre y terror en espera de que amainara aquella tempestad.
»Sus ojos estaban puestos en la roca durante el día, y en la noche enmudecían de pesar pensando en la agonía horrorosa que el joven yagán estaba sufriendo.
»Solo al cuarto día, como si una mano divina hubiera dado la señal del término del combate de los elementos, una calma de cristal se trasparentó por las aguas y los aires del canal.
»La canoa se alistó y se dirigió hacia las piedras donde había quedado el joven yagán.
»Los cuatro tripulantes que iban en ella llevaban los corazones palpitantes de emoción ante la incógnita de encontrar muerto o vivo aún al jefe de la tribu.
»Mas, cuando la canoa atracó a la roca grande, una alegría inmensa invadió a los tripulantes: ¡un pingüino real!, de esos que de tarde en tarde vienen desde la Antártida, estaba muerto sobre la pequeña meseta de la roca; extendido, cual gigantesco era, pues tenía casi el tamaño de un hombre, y luciendo su plumaje brillante, de pecho blanco, espaldas negras y un mechón tornasol en la cabeza.
»El instinto de conservación o la debilidad, el hambre o el alma primitiva de los yaganes que iban en la canoa, hizo que vieran en el primer instante solo la codiciada presa que salvaría a toda la familia; pero pasado ese primer impulso, una honda tristeza se fue reflejando en sus rostros: ¡el joven indio no estaba sobre la roca!
»—Habrá muerto —dijo uno— después de dar caza al pingüino, y alguna ola lo habrá arrastrado al mar.
»—Pero también debió haber arrastrado al pájaro —dijo el otro.
»—Seguramente Anakai se acercó a los costados para recoger el sargazo y continuar cazando y de un resbalón cayó al mar —intervino el tercero.
»—Vamos a ver si chupó la sangre del pingüino —dijo el más viejo, y se acercó al gran pájaro tendido sobre la roca; pero el pingüino estaba intacto.
»Cargaron con él en la canoa y regresaron a la costa, confundiéndose sus almas entre la alegría de tener algo que comer y el dolor de haber perdido a tan valiente jefe.
»Esta descompostura afectó también a la pequeña tribu; pero… la vida pertenece a los vivos…, y comieron del pingüino hasta quedar ahítos.
»Ahítos y somnolientos quedaron con la sabrosa carne del pájaro real, bajo la carpa de cuero de lobo y junto a la pequeña fogata.
»—¡Estaba rico! —dijo un yagancito.
»—¡Como habría comido Anakai! —exclamó de pronto con profunda tristeza la viuda del indio muerto entre las rocas.
»—¿Y si papá se hubiera vuelto pingüino para darnos de comer? —habló de nuevo sonriendo, con inocente sonrisa, el yagancito, y agregó—: ¡Una vez me dijo que él podía ser de todo, pingüino, lobo, patolile, nutria y hasta ballena, como esa que quedó en la laguna de Agamaca, y que dicen que dio de comer al mundo entero!
»Las ingenuas palabras del niño, que recordaban los cuentos con que su padre solía entretenerlo, o la mención de la laguna de Agamaca, el lago sagrado de los yaganes, que queda en el interior de la costa Sur de la Tierra del Fuego, y en la que, según cuentan las tradiciones, después de un diluvio quedó una ballena que dio de comer a las tres únicas canoas de indios salvados del cataclismo, que gracias a ella se reprodujo de nuevo la raza como las flechas que se transformaron en los cañaverales que hoy circundan al lago; todo esto, tal vez, conmovió esas conciencias supersticiosas, porque poco a poco las caras de los adultos se fueron poniendo graves y en sus ojos reflejándose el espanto.
»Se miraron unos a otros, como si trataran de encontrar un culpable entre ellos. El culpable de un crimen abominable. Las caras agravaron su descompostura; los niños miraban a sus mayores sin comprender de qué se trataba; una anciana empezó a aullar y un viejo a dar quejidos. Entonces los niños empezaron a llorar; el pánico se apoderó de toda la tribu y toda la carpa de cuero gemía y aullaba estremeciéndose de horror y bullicio.
»¡El pingüino real que habían devorado era el valiente joven que se había convertido en ese pájaro para salvar de la muerte a su tribu!
»A la medianoche, los alaridos de terror bajo la carpa disminuyeron hasta que un silencio de muerte reinó en ella. Y termina la leyenda —concluyó el Jefe Blanco— diciendo que en la mañana siguiente fueron saliendo de debajo de la carpa, uno tras otro, una familia de pingüinos reales, desde el más chico hasta el más grande, y se dirigieron al mar, dispersándose aguas abajo, hacia las regiones del Polo.
Son unos pingüinos que llevan un mechón de plumas amarillas en la cabeza y los que más parecido tienen con los seres humanos.
Cuando en alguna muy rara ocasión llegan hasta estos lugares, los yaganes los respetan, no permiten que los cacen y menos se atreven a comerlos, porque recibirían la maldición que los convertiría, a su vez, en la raza de los grandes pingüinos polares.
6. EN MEMORIA DE UN PRESIDENTE
ESA radiante mañana de noviembre el «Agamaca» doblaba la isla que, como un trozo de cordillera clavado en el mar, está situada en la entrada norte de Walaia.
El radioperador había cumplido sus comisiones y el Jefe Blanco adquirido diversas mercaderías para los yaganes que vivían con él en «El Paraíso de las Nutrias»; además, iba un tanto satisfecho por el acto de justicia que había realizado en el asunto de Cauquenes y Geban.
Las altas montañas que acantilan la entrada de Walaia proyectaban sus grandes sombras sobre las tersas aguas del canal, obscura y silenciosa ruta que ahora horadaba solo el «chuco-chuco» del motor a querosén.
Al virar a la cuadra de la última punta, los ojos de los tres tripulantes miraron con agrado la costa que anunciaba la llanada donde se levantaba la radioestación. Allí esperaban los buenos amigos, el reposo y más de algún regalo para el paladar.
Poco a poco fue apareciendo la suave llanada donde está ubicado el chalet, que, aunque es un edificio grande, de dos pisos, semeja una casita de palomas en medio de las ciclópeas montañas. Mas, cuando este apareció, los ojos del Jefe Blanco y del radioperador se llenaron de un cierto asombro, como si no dieran crédito a lo que veían; luego, ante la evidencia, los dos se miraron con gesto ceñudo, entristecidos y preocupados: frente al chalet, en el mástil de la bandera, la enseña tricolor flameaba a media asta, con un crespón negro atado sobre el azul, y que a veces, batido por el viento, empañaba la blancura de la estrella.
—Puede haber muerto algún compañero —dijo el radioperador, y agregó—: El marinero de la cocina solía sufrir de algunas agitaciones cardiacas.
El Jefe Blanco nada respondió, se deslizó por el cubichete y aceleró a full el motor del cúter. Al rato, este largaba el ancla frente a las casas. Desembarcaron en la chalana, y se dirigieron apresurados al chalet; pero al llegar a este no notaron nada de extraño, a excepción del pabellón que flameaba a media asta.
En la puerta principal los esperaba de pie el sargento Ulloa.
—¿Qué ha pasado, mi sargento? —preguntó Alejandro, mientras le tendía la mano.
—El Presidente de la República ha muerto —contestó el sargento con un acento grave en la voz.
—¿Don Pedro Aguirre Cerda, «don Pedrito», como le dicen?
—¿Don Pedro? —agregó el Jefe Blanco.
—Sí; don Pedrito, que es el nombre con que todo Chile lo llamaba cariñosamente —replicó el sargento Ulloa.
—Triste noticia; era un presidente del pueblo —intervino el suboficial Poblete, acercándose al grupo, y agregó—: Yo lo conocí personalmente cuando viajó a Punta Arenas en el «Araucano», el buque-madre de los submarinos. Era un hombre sencillo, querido por todo el mundo. A veces se le veía bajar al recinto de los marineros y charlar con ellos y hasta sentarse a su mesa y compartir con la tripulación el modesto rancho.
—Representaba una nueva época en Chile, y quien sabe si haya alguien que se ponga a la altura de su comenzada obra, para continuarla —agregó el sargento Ulloa.
El cabo Frías y el radioperador Solzona se acercaron al grupo; en todos se notaba que la noticia los había afectado hondamente.
—Murió ayer a las 13.37 horas, en la Casa de la Moneda.
—Era el Comandante en jefe de las Fuerzas de Mar, Tierra y Aire —dijo otro.
—Era un hombre popular —recalcó el sargento Ulloa, y agregó—: El mejor homenaje que se le puede rendir no es la tristeza, sino la acción. Él agrandó el alma y el cuerpo de Chile. A él se debe el decreto que extiende los límites de nuestro país hasta la Antártida. Si antes mi viaje tenía un objetivo, ahora tiene otro principal; iré a esas tierras y clavaré allí nuestra bandera sin el crespón y en memoria de su nombre. ¡Adelanto mi viaje y parto cuanto antes, si es posible hoy mismo, hacia la Antártida!
—La goleta de Geban está perdida para nuestro viaje —intervino el Jefe Blanco.
—¿Y el «Agamaca» acaso no está allí? —replicó el sargento, indicando con un gesto al cúter anclado en la bahía.
—Sí; pero habría que echarle una revisada.
—¿Qué le falta?
—Un poco de calafate en la cubierta.
—¿Nada más?
—¡Nada más!
—¡Eso no es nada, lo podemos hacer en el camino! —y acompañando la acción a la palabra, el sargento se dirigió al piso alto en busca de sus ropas.
—¡Yo no tengo más que esto! —dijo, bajando con un saco cacharpero entre las manos.
—¿Usted se atreve a navegar hasta esas peligrosas regiones en ese pequeño cúter? —interpeló el suboficial Poblete a Ulloa, mientras lo miraba con cierta atención.
—¿No es posible? —dijo el sargento, interrogando al Jefe Blanco.
—¡Si usted se atreve!… —replicó este—; lo que es por mí, con el «Agamaca» iría hasta el fin del mundo.
—¡Estamos ya en el fin del mundo! —advirtió otro—. ¡No hay mar que lo eche a pique!
Del grupo se apartó uno cuyo rostro denotaba una honda preocupación. Era el radioperador Alejandro Silva.
Siempre le había atraído la aventura, por ella había sido el último grumete que la corbeta «General Baquedano» entregó a la Armada antes de su desguazamiento; por la aventura estaba en esas apartadas regiones, y ahora que se le presentaba la más maravillosa de su vida, se veía obligado por su cargo a quedarse vegetando en la radioestación.
Más de pronto una esperanza lo iluminó. Llamó aparte a su compañero de curso el radioperador Solzona, habló breves momentos con él, y luego se presentaban ambos ante el suboficial Poblete.
—Yo voy a hacer las guardias de Silva —dijo Solzona, y agregó—: Nos hemos puesto de acuerdo, porque es necesario que él acompañe a su hermano, el Jefe Blanco, en la expedición a la Antártida.
—Aunque esto no es reglamentario —dijo el suboficial Poblete, con una cara no muy complaciente—, asumiré la responsabilidad y lo autorizo.
Esa misma tarde cargaron en el cúter algunas provisiones, armas, carpas y todo lo necesario para una larga travesía. Se despidieron de los compañeros de la radio y emprendieron el viaje hacia «El Paraíso de las Nutrias», para finiquitar los preparativos. De recalada, pasaron donde Cauquenes, quien los aprovisionó de varios fardos de charqui de vacuno, el alimento más nutritivo, duradero y fácil de llevar en toda expedición.
En «El Paraíso de las Nutrias» embarcaron un trineo liviano de ciprés, el barril de agua y una chalana recién construida.
Una mañana de fines de noviembre, la mejor época para la navegación en los mares australes, el «Agamaca» salió de «El Paraíso de las Nutrias» y enfiló rumbo hacia la lejana Antártida.
7. LAS BALLENAS AZULES
Llevaba seis días de navegación el «Agamaca» a través de ese otro tempestuoso océano que forma la conjunción del Atlántico y el Pacífico al Sur del Cabo de Hornos. Habían pasado las islas Diego Ramírez, esos islotes desolados puestos por una mano caprichosa y extraña en medio de esa inmensidad de agua y cielo.
La infinitud de ese horizonte sin límites, de este solitario mundo de aguas insondables, no arredraba a los intrépidos navegantes. Sabían que su mundo era el «Agamaca», y que podía desaparecer lo mismo a una milla de la tierra que en medio de esa inmensidad. Sus naturalezas estaban acostumbradas al mar, y lo que les preocupaba era solo el no saber a ciencia cierta la exacta situación en que se encontraban, pues la pequeña corredera con que median el andar del cúter había sido comida por un pez de un tamaño mayor que el de una sierra y de piel tan lisa como esta, cuyos dientes habían tronchado la piola.
Exceptuando los dos temporales que corrieron cuando se desprendían de las costas del Cabo de Hornos, el resto de la navegación había sido bueno, y no habían disminuido el andar de ocho millas por hora, empujados por un viento parejo del Oeste.
A pesar del cuidado que había puesto en el timón, el Jefe Blanco calculaba que habían derivado un hacia el Este.
A bordo de las cuatro tablas del «Agamaca» la vida había adquirido un ritmo especial. Poco a poco se había ausentado del ánimo de los hombres esa inquietud que produce el desaparecimiento de la tierra, y se adaptaron como si el mar hubiera sido siempre el único elemento de sus existencias.
Las guardias en el timón fueron más descansadas y a medida de la voluntad de cada cual. La navegación de un largo no requería cambios en la maniobra, y en las noches, que apenas duraban tres horas en esa época y en esa latitud, se turnaban de a uno cada cuatro.
Una noche en que la luna ascendía como un globo rojo en un cielo trasparente, y el «Agamaca» cortaba el mar cual una navaja que rasgara una tela de seda, el Jefe Blanco, de guardia en el timón, fue sorprendido por una maravillosa visión de las aguas.
Millares de lucecillas azules, rojas y verdes nadaban entre dos aguas, encandilando la vista. Al principio creyó que eran noctilucas o los reflejos de esa luna tan roja que se descomponían debajo de las aguas en otros matices; pero luego comprendió que no se trataba de noctilucas ni de reflejos, sino de un extenso y tupido cardumen de peces y camaroncillos.
El Jefe Blanco supuso que los pececillos venían del Atlántico perseguidos por alguna manada de ballenas, porque esa clase de peces no era común en aquellas aguas.
A la vista de ellos, una idea germinó en su mente, y, como una entretención, se dispuso a realizarla.
Como la brisa del Oeste corría pareja sobre el mar amarró la caña del timón con rumbo fijo, y, con cautela, para no perturbar el sueño de sus compañeros, bajó por el cubichete a la pequeña cámara que servía de dormitorio con sus cuatro literas de tablas adosadas a los costados, y sacando un grueso carretel de lienza, en cuyo extremo se amarraba un poderoso anzuelo, volvió a cubierta.
Allí extendió una pequeña red de arrastre y la lanzó al mar por la popa del cúter. Al rato la recogió llena de peces que saltaban como trocitos de luz sobre la cubierta.
Enseguida arrió la mayor; la trinquetilla y el foque; y la nave fue disminuyendo su andar hasta quedar al garete.
El mar estaba en completa calma, pero siempre existía un movimiento latente de grandes olas extendidas, que se levantaban lentamente como un pecho gigantesco que se hinchara con una leve respiración interior. Era la respiración de ese mar inmenso dormido bajo los astros y descansando tal vez por una sola noche de su tempestuosa y agitada vida. Sobre el dilatado pecho, el «Agamaca», era una brizna mecida por esa lenta respiración.
El Jefe Blanco, con su barba flotante, alto y ceñido por su hermoso traje de piel de nutria, en medio de los pececillos que le brincaban por la caña de las botas como graciosas lenguas de luz, buscó uno de los más grandes, lo cogió por la cola, ensartó en ella el anzuelo del carretel y lo tiró al mar, parándose en la borda a desarrollar la lienza para que el pez nadara con más facilidad; este se hundió casi verticalmente hacia el fondo del océano.
El carretel se había desarrollado casi entero cuando la lienza se detuvo entre los dedos del pescador. El Jefe Blanco se sentó a esperar sobre el cubichete, sonriente, con la esperanza de poder entregar su guardia en la madrugada, con una grata sorpresa para el paladar de sus compañeros, que hacía tres días no probaban ración fresca.
Era aventurada la idea que había cruzado por su mente, pero todo podía suceder. Si aparecían esos peces en la superficie del mar, ¿por qué no podía haber alguna vidriola en esas profundidades? El sabroso pez de las profundidades solo era posible pescarlo usando como carnada esa clase de pececillos vivos. Pececillos que también tenían su treta, pues afloraban a la superficie solo en las noches de luna muy brillante o cuando se los atraía por medio de una linterna. El hecho de que tuvieran que concurrir todas estas coincidencias hacía de la pesca de la vidriola una de las aventuras más tentadoras.
Y el Jefe Blanco la tentó. Se disponía a recoger el anzuelo, cuando de pronto la lienza saltó de entre sus dedos. Había tomado la precaución de pasarla entre el puño de su mano izquierda y de esta manera volvió a cogerla y la fue conteniendo de a poco; por los tirones, se dio cuenta de que no se trataba de un animal muy grande.
Empezó a recogerla, y le extrañó la facilidad con que el pez se dejaba tirar suavemente; pero cuando una forma plateada surgió en la superficie, el estirón que dio fue tan formidable que para no cortar la lienza tuvo que ceder. Pasándole una vuelta en un pequeño cáncamo, la fue tesando poco a poco hasta que de nuevo el pez apareció en la superficie; lo enganchó de las agallas y lo subió a cubierta. Mas, no era una vidriola.
Al contemplarlo extendido sobre la cubierta bajo la luz de la luna, se asombró de la curiosa estructura del animal que había pescado: medía más de metro y medio de largo, delgado, con tal número de aletas y de formas tan curiosas, que parecía un fantástico bibelot vestido con los encajes y pedrerías más extraordinarios.
Retrocedió un poco espantado al verle la cabeza; era una cabeza que hacía pensar en algo diabólico, envuelta en un retorcido casco cartilaginoso y trasparente. La trasparencia llegaba hasta el interior de los huesos y de las masas obscuras que sombreaban entre ellos. Cuando sus ojos tropezaron con sus ojos verde claro, el Jefe Blanco hizo rechinar sus dientes en un gesto de desagrado. ¡Aquellos ojos tenían una vaga e inquietante expresión humana!
Lo colgó en un garfio del palo mayor, más por curiosidad de mostrarlo a sus compañeros que por el deseo de probar su carne. Colgado estuvo latiendo un largo rato aún, a la luz de la luna; con su ropaje de pedrería, plata y verde, semejaba un fantástico disfraz que de un carnaval hubiera ido a parar a esa horca.
«No vale la pena que siga sacando esa clase de monstruos», se dijo el Jefe Blanco, y con la misma rapidez con que había arriado las velas, las izó, tomando de nuevo el «Agamaca» su andar enfilado hacia la Antártida.
Mas, no bien se había sentado al timón, cuando notó que los millares de camaroncillos y pececillos rutilantes, entre cuyos reflejos se abría paso la proa del cúter, empezaron a cabrillear y a saltar fuera del agua de una manera inusitada.
Un vago presentimiento aceleró el ritmo de su corazón. Atisbó los alrededores y sus ojos casi se desencajaron de espanto; en la distancia, una manada de enormes ballenas azules, el tipo más grande de las ballenas, avanzaba con sus fauces abiertas a flor de agua, recogiendo a los pequeños camaroncillos.
Era una manada de olas negras que hinchaba el mar como un rodillo amenazante que hacía desaparecer todo lo que encontraba a su paso; así tal vez pasaría la muerte a través del mar, en los grandes cataclismos.
El Jefe Blanco no quiso gritar a sus compañeros que dormían en la paz de la noche porque creyó más bondadoso hacerlos pasar de una viada desde el sueño de la vida al de la muerte. Se aferró a la caña del timón; pero al instante un pensamiento relampagueó en su mente, y la abandonó corriendo por el cubichete hacia la cabina del motor, y las explosiones de este rompieron el silencio de la noche.
Pero al mismo tiempo el cúter se bamboleó cual si lo hubieran levantado en vilo. Los que dormían fueron lanzados de su litera y el «Agamaca» dio un tumbo tan grande como si hubiera caído del vacío al mar. Nadie pudo darse cuenta de lo que fue.
—¡Gracias a Dios! ¡Han pasado! —exclamó el Jefe Blanco, cuando, como galvanizado aún, se encontró de un salto en la cubierta.
—¿Qué pasó? —gritaron los demás, emergiendo por el cubichete de la cámara.
—¡Una enorme manada de ballenas azules que seguían a un cardumen de camarones! —dijo el Jefe Blanco mirando en rededor.
Los otros tres hombres miraron un momento el incierto horizonte cercado por la noche, con un vago temor de que el peligro regresara.
—¿Y eso qué es? —dijo Ulloa cuando sus ojos tropezaron con el extraño pez colgado en el palo mayor.
—Eché al fondo una carnada para ver si por estos lados habría una vidriola y me salió ese adefesio.
Todos miraron al pez, y Félix, el yagán, abrió desmesuradamente sus ojos, y sin mediar palabra, presa de un raro arrebato, corrió hasta el palo, descolgó al pez y lo lanzó al mar, con un gesto en que se mezclaban la repulsión y el horror. Y mirando al Jefe Blanco, con cierto tono de advertencia y reproche, profirió en su media lengua:
—¡Malo, malo, muy malo! ¡Desgracia!
El mar volvió a quedar en calma; la noche, silenciosa, y la luna, a dorar las tranquilas superficies; sin embargo, algo flotaba en el ambiente, como el hálito del misterio después de su paso.
8. LA ANGOSTURA DEL ABISMO
LAS noches se iban acortando extraordinariamente a medida que avanzaba la época y navegaban hacia el Sur. Más bien ya no eran noches, sino un prolongado crepúsculo donde las últimas luces del atardecer se confundían con las alburas mañaneras.
En las guardias ya no se tomaba en cuenta la noche, y para poder dormir bien se tapaban las claraboyas de la pequeña cámara.
Una madrugada, después de varios días de navegación, fue emergiendo en el horizonte una fina línea blanca que al cabo de algunas horas se precisó poco a poco en una tierra de nevadas costas. Era una tierra como cualquier otra; pero cubierta de nieve en las cumbres y algo deshelada en la base, por la influencia del mar y la avanzada primavera.
—¡La Antártida! —dijo el Jefe Blanco, que iba en el timón.
—¡La Antártida! —repitió el sargento Ulloa, reflejándose en su rostro el júbilo.
Alejandro y Félix dormían. El sargento bajó a la cámara y los removió en su litera.
—¿Qué es lo que hay? —dijo el radioperador.
—Suban a cubierta para ver la Antártida. Ya estamos llegando.
Félix y Alejandro se levantaron y subieron a cubierta restregándose los ojos aún adormecidos.
—¡Bah…, parece que hemos vuelto al norte! —dijo este al ver que la costa era más suave y acogedora que la de las propias regiones del Beagle.
Félix las miraba indiferente y como diciendo en su interior: «¡Bah, para ver esto hemos venido!».
—Aquí, al parecer, no hay nada que llame la atención —dijo el sargento Ulloa, viendo el desencanto de sus compañeros—. Pero nadie sabe todavía lo que se esconde detrás y debajo de esas tierras; así como ni el mismo Colón supo del mundo maravilloso que descubría al toparse con las Antillas. Además, hay un inmenso placer en ver tierras desconocidas. Cuanto más lejos y apartadas de la civilización están, mejor; y cuando se sabe que se es el primero, o uno de los primeros, en posar la planta en ellas, una alegría especial compensa todos los sacrificios. Alguien dijo que a veces la belleza no estaba en las cosas sino en los ojos que las miraban.
Dejando las tierras a babor, el «Agamaca» siguió navegando a lo largo de las costas.
—Si seguimos al sur —dijo el Jefe Blanco—, debemos tomar una ruta apartada de la tierra, porque como no conocemos estos lugares; no sabríamos dónde guarecernos de una tempestad que podría empujarnos contra la costa y hacernos pedazos contra los hielos.
—Reconozcamos un poco más de costa —replicó el sargento Ulloa—, y si no hallamos algo que valga la pena, salimos mar afuera.
En esos momentos el cúter empezaba a doblar un cabo cuya punta se internaba como una aguja en el mar. Para bordearlo, fue necesario cazar la escota y caer al máximo a barlovento.
Pasada la punta, una extensa playa se mostró a la vista de los navegantes; era una playa pedregosa que un poco más arriba de la alta marea estaba bordeada de una extraña vegetación, que, como una cinta grisácea, corría a través de toda su extensión.
—¡Qué curiosa vegetación! —dijo el sargento Ulloa.
—Se parece a la poa, esa especie de quiscal barbucho que abunda en algunas islas del Atlántico —expresó el Jefe Blanco, acercando directamente el cúter a la costa con el objeto de reconocerla.
Pero el reconocimiento fue sorprendiendo a todos. Las tales poas, a medida que el cúter se acercaba, se fueron convirtiendo en unos montículos pisciformes, cuyo césped pardusco se movía en alguno de ellos superficialmente por la acción de una energía propia, interior, y no por la brisa que peinaba al mar.
—¡Ah! —exclamó el Jefe Blanco al percibir más claramente los montículos grises—. ¡Son leones de mar!
—¿Leones de mar? —repitió, asombrado, el radioperador.
—Sí; y lo que parecía poa son sus melenas —explicó el Jefe Blanco.
La cercanía del cúter hizo que algunos de ellos levantaran sus cabezas y sacudieran sus melenas, no tan largas, pero tan imponentes como las de sus congéneres africanos o asiáticos, de los cuales, según algunos hombres de ciencia, descienden. Los había por millares.
El «Agamaca» continuó a lo largo de la costa, y la hilera de leones marinos acostados en la playa permanecía siempre igual.
La lenta tarde austral se acercaba y el Jefe Blanco, con su acostumbrada pericia y prudencia, empezó a buscar la lejanía de la costa; mas no pudo avanzar mucho aguas adentro porque una tupida nata de algas marinas le impidió el paso; viró, y al margen de las algas siguió buscando un claro por el cual pudiera salir.
No encontró este claro, y comprendió que se encontraba con la famosa «alga antártica», cuyas hojas tienen más de quinientos pies de largo. Así es que se decidió a seguir por la vía limpia que le quedaba entre la playa y la selva marina.
La noche crepuscular empezaba ya a arrastrarse por los contornos, y el mar y la playa a imprecisar sus límites. Arriba, la obscura hilera de bestias confundíase también con las sombras del anochecer.
El «Agamaca» intentó por tres veces más atravesar la zona de algas y le fue imposible.
—¡Si no hay mal que dure cien años, como dice el refrán, tampoco habrá algas que duren cien leguas; sigamos, pues, adelante! —dijo el sargento Ulloa.
El Jefe Blanco asintió con la cabeza y el «Agamaca» no buscó más salidas, y de un largo continuó su navegación.
Las sombras estrecharon más el horizonte, y la tierra y el agua avivaron su fantasmal corporeidad.
—Es mejor que fondeemos —dijo el Jefe Blanco, y agregó—: Noto que corre una corriente más fuerte en medio de la vía que queda entre la costa y el banco de algas; seguramente este se halla sobre un cordón de arrecifes o el comienzo de una cordillera submarina que forma un canal que no sabemos dónde puede terminar. Hay que navegarlo con buena luz y con precaución.
El cúter empezó a buscar fondeadero. Félix tomó el escandallo y parándose en la proa lo lanzó para medir la profundidad del mar; pero por sus dedos fueron pasando los nudos que señalaban las brazas de agua; hasta que se desenrolló todo el cordel sin encontrar el fondo.
—¡Es un barranco de mar! —exclamó el Jefe Blanco.
Por fin, el cúter encontró fondo muy cerca de la playa las aguas eran tranquilas, pues el mar de algas amortiguaba completamente el golpe de las olas que venían de mar afuera.
—¡Aquí debe haber peces! —dijo el Jefe Blanco, oteando el mar—. ¡Los leones nunca están muy lejos del lugar de su comida!
Entre él y Félix bajaron la chalana, embarcaron el trasmallo en ella y lo empezaron a tender cerca del cúter. Los corchos de la red de tres mallas fueron formando un cordón circular de puntos suspensivos en la superficie del mar a medida que Félix impulsaba la embarcación con los remos y el Jefe Blanco arrojaba las brazadas de red en las aguas.
Después de esta operación, los cuatro tripulantes del «Agamaca» se sentaron tranquilamente sobre la cubierta a merendar la olla de sopa de harina y charqui que había preparado el sargento Ulloa.
No bien habían terminado su comida, cuando se dejó oír el rugido de un león en la cercanía de la costa; al poco rato se escuchó otro, y luego otro y otros, hasta que se fue formando un solo y continuado rugido como un coro mugiente cuyo eco resbalaba por el mar.
El Jefe Blanco y Félix corrieron rápidamente a la chalana, remaron hasta el trasmallo y empezaron a recoger la red, presurosos; a pesar del poco tiempo que este estuvo fondeado, más de veinte grandes peces desconocidos habían quedado enredados entre la triple malla.
Como si los leones se hubieran comunicado una consigna, dejaron de rugir y un rumor sordo, entre las piedras, de masas que se arrastraban sobre ellas, invadió al silencio; luego siguió un formidable chapoteo de aguas, y después otro silencio suavemente rasgado por el nadar de estas bestias en el mar.
El mar costero se llenó de masas grises que nadaban entre dos aguas. Algunas de ellas se acercaron al cúter, pero pasaron de largo en busca de sus presas.
—Son inofensivos —dijo el Jefe Blanco—. Solo atacan cuando se les molesta o en defensa de sus pequeñas hembras, a las cuales cuidan y vigilan con entrañable celo.
A pesar de esta explicación, Alejandro, que quedó de guardia nocturna, no se sentía muy tranquilo cuando veía pasar por la popa más de un león luchando con algún pez que se debatía como un brazo espejeante que diera de puñetazos en las fauces que lo aprisionaban de la cola.
Toda la breve noche crepuscular duró la pesca de los leones, que, conociendo el paso de los cardúmenes se interponían en ese curioso desfiladero submarino para darles caza.
Al otro día el «Agamaca» reemprendió su ruta entre las algas y la costa, y los leones de mar, su ascensión por la pendiente pedregosa en busca de una buena siesta.
El Jefe Blanco no quiso izar el velamen. El motor auxiliar casi no había sido empleado con el objeto de preservar el petróleo en previsión de contratiempos; pero ahora el banco de algas se iba estrechando en tal forma a la costa, que no permitía un buen gobierno, por lo que hubo necesidad de emplearlo.
A la hora de navegación, las algas empezaron a disminuir; pero un nuevo fenómeno vino a empeorar la situación: empezaron a aflorar en la superficie los filudos cantos de una hilera de arrecifes que corrían en la misma forma que el banco de algas, paralelos a la costa.
A medida que se avanzaba, los arrecifes fueron saliendo del mar y formando el comienzo de una tierra que poco a poco se iba levantando y adquiriendo la forma y la altura de la otra que quedaba a babor del cúter. La playa pedregosa de esta empezó a transformarse también en un acantilado, y el cúter fue penetrando en un estrecho y correntoso canal.
—Es preferible seguir que volver —dijo el Jefe Blanco, y agregó—: Primero fueron las algas, luego los bancos, enseguida los arrecifes, y por último esta tierra que se nos levanta a estribor y que tiene que ser forzosamente una isla, por la clase de corriente marina que vemos aquí.
El sargento Ulloa no quiso preguntar la razón por la cual esa corriente marina determinaba que la tierra de estribor debía ser necesariamente una isla. Confiaba tanto en los conocimientos como en cierta intuición especial que el Jefe Blanco poseía para las cosas de mar. Por lo demás, si aquello, en vez de un canal se convertía en un seno sin salida que se internaba hasta el corazón de la tierra, tenía para él tanta importancia como lo otro, pues al final de esa corriente habría también algo que ver.
Poco a poco las paredes de los cerros empezaron a caer verticalmente a plomo en las aguas del canal y a adquirir un extraño color.
—¡Esto es peor que el «Paso del Abismo», de los canales magallánicos! —dijo el radioperador.
El sargento Ulloa empezó a mirar con curiosidad las obscuras paredes coronadas de hielo, y al ver el pulimento de ellas, exclamó, pegándose con la palma de la mano en la frente:
—¡Pero si esto es basalto; aquí existe una gran riqueza!
—¿Qué es el basalto? —interrumpió Alejandro.
—Es una roca negra que tiene la dureza del hierro, y aquí hay toda una cordillera de este valioso material.
Luego las negras paredes se estrecharon tanto que parecía que se iban a juntar en las cumbres, y la corriente aumentó de tal modo, que el cúter perdió el gobierno y fue llevado como un madero a la deriva.
El Jefe Blanco cogió el bichero e intrépidamente se paró en la proa a afrontar el peligro. Tomando los remos de la chalana, Ulloa y Alejandro hicieron otro tanto a cada costado de la embarcación. En la popa, tendido como un perro sobre la caña, Félix trataba de gobernar inútilmente; pero no fue necesario realizar la maniobra para la cual los hombres se habían aprontado; como por un milagro, el «Agamaca» corrió un buen trecho entre los paredones gigantescos, y enseguida la angostura se abrió, y un ancho canal volvió a normalizar la corriente y la navegación.
El radioperador y Ulloa sacaron sus pañuelos para secarse el sudor que perlaba sus frentes. Habían escapado indemnes de un gran peligro.
—¡Creo que debemos llamarla «Angostura del Abismo»! —dijo recobrado ya, el sargento.
Al cabo de dos horas de navegación, el Jefe Blanco encontró la afirmación de su aserto: aquella tierra era una isla y el «Agamaca» salió al mar abierto.
Se paró el motor y se izó el velamen, gozosos de la libertad del mar que, aun cuando encerraba grandes peligros, permitía afrontarlos en lucha más leal que la traicionera encrucijada por la que acababan de pasar.
9. EL VALLE MISTERIOSO
DURANTE más de una semana navegaron a lo largo de la Antártida, reconociendo sus costas, internándose por las ensenadas en busca de pingüinos y focas con que variaban su alimentación.
Así fueron hallando los ejemplares más extraordinarios de la fauna que puebla esa región: el lobo de dos pelos y de un pelo; la foca peluda tan buscada por su aceite como por su piel; la morsa; el elefante y el leopardo marinos, dos especies curiosas de animales del mar cuyos nombres les han sido dados por las semejanzas que guardan con sus congéneres terrestres, y de los cuales descienden, según explican algunos naturalistas, después de haber ido adaptándose poco a poco a las condiciones del mar.
El elefante era el más grande de todos, pues en algunas playas encontraron ejemplares de más de cinco metros de largo. De color gris y a veces blanco, de gruesa piel, y solo con el rudimento de la larga trompa que caracteriza a su semejante de tierra adentro, habita preferentemente las playas arenosas o cubiertas de líquenes, y siempre reunidos en grandes rebaños. Tiene un poco de la apacibilidad de su homónimo, y solo abre sus fauces cuando es molestado por algún majadero.
En cambio, el leopardo marino es un animal manchado, delgado y ágil, que por su manera de coger la presa, su rapiña y su habilidad puede competir con el felino de tierra adentro.
Un día de calma chicha el sargento Ulloa y el radioperador Alejandro, aprovechando la detención del «Agamaca» en una ensenada en que el Jefe Blanco le iba a hacer algunas reparaciones, salieron a explorar con la chalana por los alrededores.
A poco de bogar, se encontraron con un seno de mar que se internaba como un río tranquilo tierra adentro. Una costa arenosa marcaba la desembocadura, y hacia las márgenes superiores veíase levantarse un liquen verde obscuro. Invitados por la sugestión del paisaje y la idea de que pudieran encontrar huevos de cerceta y de paloma del cabo, que en esa época estaban en plena postura, se fueron internando seno adentro.
A una milla de la desembocadura sus deseos empezaron a realizarse; de las márgenes se levantaron pequeñas bandadas de cercetas y palomas. Atracaron la chalana a tierra y recogieron una buena provisión de huevos.
Era un mediodía de sol y regresaban seno abajo satisfechos del hallazgo, cuando un rebaño de elefantes marinos empezó a nadar a su encuentro. El tamaño y el aspecto de estas bestias inquietaron un poco a los bogadores, quienes levantaron los remos por precaución, cuando el rebaño se acercó a la chalana; mas los enormes animales pasaron al lado de la embarcación nadando pausadamente, y sacando sus cabezas a trechos para contemplarla con inexpresivos ojos.
Cerca de la desembocadura, un espectáculo entretenido les llamó la atención. Un leopardo de mar realizaba su caza diaria entre las algas. Asomó su estrecha cabeza de reptil, de mirada viva y observadora, traidora y antipática, y dando un salto en el aire se hundió en el agua. A los pocos instantes volvió a surgir, también de un salto, con un blanco pingüino entre las fauces, que fue devorado a grandes tragadas. Los suaves y elegantes movimientos con que se zambullía entre las algas, la forma airosa con que levantaba la cabeza fuera del agua y miraba en rededor, demostraban la energía y voracidad de un felino audaz.
La chalana iba pasando a la cuadra del leopardo. Este cesó en su cacería y sacó la cabeza fuera del agua fijando su mirada atentamente en el paso de la chalana; su mirada era muy diferente de la de los elefantes: parecía mirar a la embarcación y a los hombres, diferenciándolos, y extrañado de la curiosa visión que sus ojos de animal salvaje contemplaban por primera vez. ¿Creyó el leopardo, acaso, que los dos hombres y la chalana formaban algo así como un solo cuerpo animal? De pronto, movió la cabeza como si vacilara ante una decisión, y lanzándose a nado velozmente se dirigió en persecución de la pequeña barca. El sargento Ulloa, que iba en la boga, impulsó vigorosamente a la chalana con todo el poder de sus fuerzas; esta adquirió más velocidad, pero el leopardo, al ver que la presa o el objeto de su curiosidad se le escapaba, pareció enfurecerse, dio un salto y se zambulló debajo de las aguas.
El radioperador se levantó con el bichero entre las manos y, vigilante, empezó a mirar los contornos de la embarcación; pero nada aparecía rompiendo la tersura de las aguas; mas de pronto la cabeza de mirada penetrante y aviesa surgió en la popa misma de la chalana y clavó los aguzados colmillos en la borda, al mismo tiempo que el radioperador descargaba el bicherazo sobre el animal. Este lanzó un rugido y se hundió de nuevo en las aguas.
Por el sacudón, el sargento comprendió que en un nuevo asalto por el costado podría hacer zozobrar la chalana, y abandonando los remos desenfundó su revólver y esperó el otro asalto. Este no se hizo esperar; el leopardo saltó fuera del agua y cayó sobre el borde de la embarcación, con la parte anterior del cuerpo afirmada en la obra muerta, Alejandro se echó al otro costado para que la chalana no se volcara; el sargento hizo el mismo movimiento, pero al mismo instante descargó tres tiros de su Colt sobre el hocico abierto. El leopardo resbaló como un peso muerto al mar.
—¡Nos han costado caros estos huevos! —dijo enfundando su revólver el sargento, y volvió a remar en dirección al cúter.
A pesar de la peligrosa aventura, el sargento quedó interesado por la forma cómo se internaba ese seno de mar tierra adentro y por el paisaje atrayente de sus márgenes, y convenció al Jefe Blanco de la necesidad de efectuar una exploración a través de aquello que él creía un seno por la forma cómo sus riberas demostraban el paso de las mareas.
Terminadas las reparaciones en el aparejo, levaron anclas, y por medio de su motor auxiliar el «Agamaca» se fue internando por esa especie de ría.
Las márgenes bajas seguían. Sin embargo, no eran muy anchas, y las escarpadas montañas empezaban a ascender muy cerca con sus nieves a media falda, todo lo cual demostraba que aquello podía haber sido el gigantesco lecho de un ventisquero desaparecido. Solo cerca de la desembocadura encontraron algunas manadas de elefantes y algunos pequeños grupos de inquietos leopardos.
Después de unas siete millas de navegación, el seno se abrió de repente y un pequeño pero ancho golfo sorprendió con sus tranquilas aguas a los navegantes.
El Jefe Blanco continuó enfilando el mismo rumbo que traía, y cuyo punto de referencia era un valle que aparecía a la otra orilla del golfo y por el que descendía un pequeño río. Hasta allí llegaba el seno de mar.
El sargento Ulloa, tocando en el codo al Jefe Blanco, le señaló las montañas que se levantaban a pique en el borde del golfo por el lado de estribor.
El Jefe Blanco miró hacia esa parte sus ojos se agudizaron bajo el ceño apretado: grandes vetas doradas refulgían al sol y bajaban través de toda la altura de la montaña, pintándola como los anillos de una cebra.
El «Agamaca» viró un cuarto de grado y se fue acercando hacia los curiosos paredones.
—¡Parece oro! —dijo el radioperador.
—¡Es cobre!; de todas maneras es una gran riqueza —recalcó el sargento.
Las aguas del golfo llegaban hasta esos bordes mismos con gran profundidad, de manera que no hubo necesidad de bajar la chalana, y, atracando la popa a la piedra, con un cincel extrajeron trozos del brillante metal. Luego, el cúter reemprendió su marcha hacia el valle del frente.
Extrañó a los navegantes, el profundo silencio que reinaba en el golfo, cuyas aguas parecían muertas, y la ausencia de vida que se notaba en todas partes. El cúter lo atravesó con su andar económico hasta que llegó al borde del valle, y no pudo seguir porque el seno no continuaba y el río era apenas de unos cinco metros de ancho y a la simple vista poco profundo por la fragorosa correntada con que desembocaba.
Al largar el ancla, el ruido de la cadena al pasar en el pequeño escobén de hierro rasgó el silencio, y ante los asombrados ojos de los tripulantes, una inmensa bandada de pájaros amarillos, del tamaño de una paloma, se levantó por los aires; al mismo tiempo, desde otra parte del valle se levantaron otra bandada azul y otra parda.
—La primera no sé lo que es —dijo el Jefe Blanco, y agregó—: las otras son patos, de los «chirriantes» y de alguna otra especie.
Los pájaros no huyeron; parecía que por primera vez habían sido turbados en sus dominios, y las bandadas amarilla, azul y parda describieron un círculo en torno al cúter y volvieron a descender perdiéndose entre las márgenes.
—¡Esto es un paraíso! —dijo el sargento Ulloa, con los ojos brillantes de emoción, mientras contemplaba otra bella novedad: pastizales de rojo claro sobre la nieve, una especie de liquen florecido.
Sin embargo, un hecho curioso llamó la atención del Jefe Blanco: esta hermosa vegetación no llegaba hasta las aguas mismas del río, sino que este corría entre dos márgenes áridas, rasadas y mondas, como si por ellas hubiera pasado una segadora destruyendo hasta las mismas raíces.
¡Aquel valle los invitaba con su hermosura a desembarcar sin tardanza! El Jefe Blanco, el sargento y el radioperador se embarcaron en la chalana y bogaron hacia tierra, en dirección a la desembocadura del río. Al llegar a las cercanías de este, un fuerte olor sulfuroso les cosquilleó en las narices y algo como una tibia onda de viento los envolvió por unos instantes. Un quetro verde surgió de las aguas y emprendió su característico vuelo frustrado, sin lograr despegarse de la superficie.
—Hoy tendremos cazuela de paloma amarilla y asado de quetro verde —exclamó el radioperador, cargando la escopeta de calibre doce.
La tibia y azufrada lengua de viento envolvió de nuevo a la chalana al entrar en plena corriente del río.
El Jefe Blanco se agachó, y al recoger el agua con la mano, la retiró exclamando:
—¡Está caliente! —y llevándose los dedos a la boca, agregó—: ¡Qué amarga! ¡Tiene un gusto a azufre!
—Es un río de aguas volcánicas o termales —dijo el sargento Ulloa—, y debe nacer muy cerca de aquí, por cuanto sus aguas llegan aún calientes hasta el final de este valle; sin embargo, es extraño también ese color verde amarillento de las piedras del lecho —terminó, mirando intrigado la piedra lisa y redonda sobre la cual se deslizaba, bullente, el río.
—Si las palomas amarillas son de azufre —dijo sonriendo el radioperador—, tendremos que irnos de aquí sin cazuela. Desde luego, habrá que cocinar con agua que llevamos bordo.
No obstante, los curiosos pájaros amarillos, que eran una especie de cerceta, resultaron sabrosos, y el río una buena piscina temperada, como el mejor baño caliente que se habían dado en su vida.
Hubiéranse quedado allí por algún tiempo, gozando de esa especie de paraíso antártico, si la curiosidad por descubrir el secreto de ese río no los hubiera llevado al macabro hallazgo que hizo un poco inconfortable la permanencia en el valle; especialmente para Félix, cuyo ánimo fue hondamente afectado por el sensacional hecho.
Un día en que este, el radioperador y el sargento Ulloa se internaban ribera arriba, la persecución de una huella curiosa de mamífero los apartó de su camino. Se trataba de un mamífero cuyo tranco media más o menos un pie, y tenía las uñas semejantes a las del huemul, el hermoso ciervo que decora el escudo de Chile.
A poco trecho, las huellas se perdieron en el pasto. Rondaron los alrededores inútilmente en su búsqueda, y se disponían a seguir el curso ascendente del rio, cuando en un claro del pastizal descubrieron una «anan» de grandes dimensiones.
El asombro se reflejó en el rostro de los tres hombres, que desde el primer momento no comprendieron cómo esa embarcación pudo haber llegado hasta allí.
La canoa, recostada del lado en que ellos llegaban, se veía vacía en su interior. Se acercaron a examinarla. El tiempo, desde que había sido abandonada, incalculable, había grabado su leve pero inconfundible rastro en la madera.
El grupo la rodeó para contemplarla del otro lado; pero al hacerlo, el yagán Félix dio un grito despavorido, que hizo agacharse instintivamente al radioperador y al sargento.
En el otro costado, afirmados contra la embarcación tres esqueletos permanecían sentados, como si las cuencas de sus calaveras contemplaran el paisaje circumpolar.
¿Cómo esa embarcación tan pequeña para atravesar esos mares y tan grande como para ser arrastrada por ese pedregoso rio había llegado hasta el interior de ese apacible valle?
Algunas leyendas decían que la raza yagana provenía de una canoa que en tiempos inmemoriales fue llevada por una ola desde el fondo lejano y misterioso del Pacífico hasta el último y destrozado rincón del canal Beagle.
¿Qué aventura, pues, llevó a esos tres descendientes yaganes en forma tan extraña a tan extraño lugar y a tan extraña muerte?
Los dos hombres blancos y el yagán se dieron media vuelta, y sin decir una palabra abandonaron el rastro del misterioso mamífero.
Cuando narraron al Jefe Blanco, que había quedado al cuidado del cúter, el encuentro de la canoa y las tres osamentas, este tampoco pudo explicarse el curioso fenómeno.
—Sé —dijo el sargento Ulloa—, de embarcaciones encontradas al garete en alta mar, y sin un alma en su interior. Incluso hay una hermosa historia, que se ha generalizado entre los hombres de mar, de un gran barco encontrado en pleno océano sin un ser viviente a bordo y con todos sus aparejos y maniobras, demostrando que solo había sido abandonado unos momentos antes. Por curiosidad un marinero se llevó un papel impreso de un fardo que encontró en la bodega. Tiempo después, en un puerto del Oriente sacó este papel, que resultó ser un billete acuñado en un exótico país. El barco llevaba una inmensa fortuna, de cuyo destino nadie supo más.
»Pero el misterio de esta “anan” es más grande aún, porque está ahí hecho una realidad, en esa canoa de raras dimensiones que nadie puede explicarse cómo y por qué está varada en medio de este valle.
Después de hacer algunas provisiones de caza, el «Agamaca» emprendió la salida nuevamente al mar abierto.
10. EL FIN DEL «AGAMACA»
Amedida que el «Agamaca» avanzaba hacia el sur, la temperatura iba descendiendo y las faldas de nieve de las montañas bajaban cada vez más cerca del mar.
Nuevos descubrimientos enriquecieron la ruta. Una montaña de mica fue encontrada casualmente un día en que el radioperador tendido sobre una colina escuchó que la tierra vibraba como si estuviera recibiendo un mensaje radiotelegráfico.
Efectivamente, al aplicar oído sobre una especie de laja color sepia, percibió claramente el golpeteo del alfabeto Morse.
Cuando el sargento Ulloa acompañó al radioperador al lugar del fenómeno, este ya había desaparecido, pero pudo comprobar que se trataba de una mina de mica, ese delicado mineral escamoso; cuyas hojuelas sensibles se utilizan en la industria radiotelefónica.
Las extensas guaneras creadas durante miles de años por los excrementos de los millones de pingüinos, gaviotas, pájaros carneros, patoliles, adelíes y otras aves que pueblan la Antártida, fueron otras de las riquezas que asombraron los ojos de los navegantes.
En la parte en que la Antártida empezaba a confundirse con los hielos continentales del Polo apareció una montaña cubierta con nieves eternas hasta el mar, en cuya pendiente dos interminables cintas obscuras se movían como las orugas de una escalera mecánica o de un andarivel que por un lado subía lentamente y por el otro bajaba con una velocidad vertiginosa.
Muchas cosas les habían sorprendido durante la venturosa expedición, pero ninguna les había dejado tan confundidos e intrigados como la que ahora veían.
La confusión se fue convirtiendo en una sensación cómica o humorística, como si hubieran sido engañados por algo que no sospechaban. Habían reído de buena gana con una foca rabiosa que se rascaba la nuca con una de sus aletas; habían gozado viendo a un pájaro bobo tironear de las orejas a su mujer que se resistía a acompañarlo por los acantilados; pero lo que ahora veían sobrepasaba los límites de todas esas cosas:
La oruga sin fin, que subía y bajaba por la pendiente, eran los pingüinos que apretando sus alitas rudimentarias al cuerpo se echaban de guata sobre la nieve, y levantando las patitas se largaban como un tobogán, deslizándose por la pulida cancha, barranca abajo, hasta el mar. Por otro sendero labrado en la parte más suave de la pendiente, otra hilera de pingüinos ascendía con pasos penosos y lentos hacia la cumbre.
Al verlos bajar y subir de esta manera, con sus figuras cómicamente humanizadas, parecían niños vestidos con trajes negros y pecheras blancas, dedicados con absurda gravedad a un gracioso juego.
Pero para ellos era algo más que un juego. Era la solución del más grave problema: el de la conservación de la especie. Empollaban sus huevos en las partes más inaccesibles para que sus enemigos del mar no se los comieran.
Habían hecho una sola cancha de deslizamiento, y labrado un solo sendero de ascensión que mantenían ocupados constantemente, porque en la alta planicie había millares esperando su turno en el comienzo del deslizador, y en el mar otros tantos que se estorbaban para tomar el primer peldaño, camino de los nidos, después de haber conquistado su alimentación.
—¡Si el hombre pusiera tanta sabiduría y sacrificio en la conservación de su especie —dijo el sargento Ulloa, conmovido ante las caravanas de pingüinos que bajaban y subían—, hace tiempo que se habrían terminado todos los males y guerras de la humanidad! ¡Pero el hombre pone su inteligencia y su sacrificio más en la guerra, en su propia destrucción, que en otra cosa!
El «Agamaca» llegó a una zona de mar tan cubierta de pequeños trozos de hielo que, aunque no ofrecían peligro, disminuían considerablemente su andar.
—¡Estamos en los linderos del casquete polar! —exclamó el sargento.
—Entonces hemos llegado al término de la Antártida —dijo el Jefe Blanco.
—En cierto modo sí —replicó Ulloa—, y en cierto modo no. Las tierras de la Antártida son una cosa y la Antártida chilena otra; esta última llega hasta el Polo mismo, es decir, donde terminan los meridianos que la limitan.
—¿Cree usted prudente que avancemos más allá?
—La noche ha desaparecido casi totalmente, tenemos una luz constante, y creo que podríamos seguir hasta donde llegue este canal que se abre a nuestro frente —contestó el sargento.
El cúter siguió abriéndose paso por entre los carámbanos. Luego, estos desaparecieron de las aguas, y el canal, entre los dos acantilados de hielo, se hizo más navegable.
Los cuatro hombres sobre cubierta empezaron poco a poco a sobrecogerse por la grandeza de la inmensidad blanca en que iban penetrando. A pesar de estar acostumbrados a ver nieves, ventisqueros y soledades blancas, jamás imaginaron un paisaje de semejante soledad y grandeza. ¡Desolación y blancura por todas partes; pero una desolación y una blancura de tal infinitud y magnificencia, que atraían con poderosa sugestión!
El paisaje era fascinante, omnipresente. La luz se descomponía en múltiples colores entre los cristales del hielo y las fantasmagorías más impresionantes se producían entre el cielo y el casquete. El sol, lejano, parecía no pertenecer a ese paisaje.
Un día entero habrían navegado, si se pudiera hablar de días en ese inmenso y solitario día del Polo, que dura seis meses en el verano, cuando fueron notando que el canal entre los hielos se hacía más estrecho.
—Debe estar llegando a su término —dijo el sargento.
—Yo creo que no es conveniente seguir más adelante —replicó el Jefe Blanco, con cierta gravedad en la voz, y echando una ojeada a los acantilados, agregó con acento más grave aún—; me parece sospechoso este acercamiento de los hielos.
Y uniendo la acción a la palabra, viró en redondo y el cúter empezó a desandar la ruta recorrida; mas había desandado mucho, cuando se dieron cuenta de que la parte del canal por la cual habían venido también se había estrechado.
El Jefe Blanco y el sargento Ulloa se miraron: un mismo pensamiento los sobrecogía. Sin embargo, a pesar de que ningún gesto se reflejó en sus rostros, a través de esa mirada se comprendieron plena y trágicamente: ¡los hielos, por una causa que en esos instantes ellos desconocían, se iban acercando!
El Jefe Blanco se dirigió a la cabina y aceleró el motor a full. El «Agamaca» aumentó su velocidad, pero inexorablemente también las masas de hielo, en forma casi imperceptible, tendían a juntarse.
Paulatinamente aquello se fue convirtiendo en una angustiosa carrera con la muerte. ¡Doce horas tenían que navegar a toda máquina, calculaban, para volver a salir al mar de los carámbanos!
La faz del Jefe Blanco se fue poniendo más adusta.
—¡Saquemos todo el equipo sobre cubierta en precaución de lo que pueda suceder! —dijo en un tono de voz que sus compañeros jamás le habían escuchado.
A las cuatro horas de navegación, el espanto empezó a reflejarse en la cara de Félix y del radioperador. La tragedia parecía inevitable; con toda esa velocidad no alcanzarían a ganar el mar deshelado, a menos que ocurriera un verdadero milagro.
Pero este no ocurrió. A las ocho horas, los hielos encajonaron al cúter tan estrechamente, que el Jefe Blanco detuvo el motor, y labrando con la picota una subida en el acantilado de estribor, amarró la embarcación al hielo y desembarcaron el equipo y los víveres más indispensables, especialmente el trineo de ciprés.
—¡De todas nos salvamos menos de esta! —dijo el sargento Ulloa cuando saltó del cúter al acantilado.
—Creo que este viaje ha terminado —exclamó el Jefe Blanco, con extraño acento.
Un rato después los hielos empezaron a apretar el casco y el cúter comenzó a crujir.
Al Jefe Blanco se le ensombreció el rostro. Félix y Alejandro se acercaron al borde del canal. Los crujidos aumentaron, como si la embarcación, al presentir su fin, se quejara.
El Jefe Blanco contempló con una intensa mirada el «Agamaca», por última vez, y con una voz trizada dijo:
—¡Vámonos de aquí! ¡Cualquier cosa puede suceder ahora!
Y cargando los enseres sobre el trineo, tomó la soga y partió con él de tiro. Ocultaba el rostro, presa de honda pesadumbre.
El «Agamaca» volvió a crujir con un gemido prolongado.
Los otros tres hombres lo miraron también por última vez, y cabizbajos siguieron al trineo. Todos iban silenciosos. El indio Félix lloraba.
La caravana se internó lentamente por la planicie blanca y desolada. El Jefe Blanco iba adelante, siempre con la cabeza baja, tirando de la soga. Detrás, el sargento Ulloa, Alejandro y Félix ayudaban a empujar el vehículo, conservando una prudente distancia para dejar solo al jefe, cuyo dolor respetaban.
Era el fin del «Agamaca». Aquel hombre intrépido lo había arrancado al mar y el mar ahora se lo quitaba.
La caravana se perdió hielo adentro, bajo el sol que en el cielo semejaba una enrojecida lágrima cuajada.
Con la muerte del «Agamaca», la extraordinaria aventura de la Antártida también tocaba a su fin.
11. DOS FANTASMAS QUE RETORNAN
UN día en que el viento huracanado barría las superficies heladas levantando un polvillo de nieve con un sinuoso mar ceniciento, dos hombres famélicos, como dos fantasmas que surgieron de ese mar impreciso, se acercaron a una factoría ballenera del lado oriental de las tierras de la Antártida.
A los pocos metros de llegar a una de las casitas de material ligero del campamento, uno de ellos cayó de bruces. El otro lo levantó, y como pudo lo arrastró hasta la puerta de la casa; pero al alzar la mano para llamar, también cayó, doblándose junto a su compañero.
Adentro, un ballenero noruego que sacaba sus cuentas en un cuaderno grasiento, percibió el sordo golpe del cuerpo que cayó. Se levantó y al abrir la puerta vio, mudo de asombro, dos cuerpos doblados como masas inertes a sus pies.
Dominada la sorpresa, se agacho para auscultarles el corazón.
Puso oído en el pecho en uno de ellos, y su ancha cara enmarcada en tupida barba rubia se distendió en una alegre sonrisa. La sonrisa desapareció en el instante en que separó el oído para escuchar el corazón del otro; pero este estaba vivo también, y la sonrisa volvió a florecer en su rostro.
Allí mismo acomodó los cuerpos para que descansaran mejor y corrió hacia otra casa en busca del médico de la factoría.
Atendidos por el especialista, solo al día siguiente recobraron la conciencia y después de algunos días de tratamiento pudo, sin agotarse, el de más edad, hacer el siguiente relato, cuya primera parte parecía traer a la mente de este hombre imágenes pasadas que recordaba con agrado y ponían en su voz notas alegres y exaltadas. En cambio, en la segunda parte, el rostro de este hombre se resquebrajó como la tersa superficie del hielo cuando un peso superior a su resistencia ha trizado hasta sus más profundas y cristalinas fibras. La nota alegre que vibró en el acento de su primera evocación se transmutó en una hesitación cansada, como si aquella mente y aquella lengua se resistieran al recuerdo de ese inmenso y doloroso día blanco.
Después del desaparecimiento del «Agamaca», que marcó el fin del viaje por la Antártida, los expedicionarios empezaron una desesperada peregrinación a través del casquete polar.
Las penurias que tuvieron que soportar fueron minando la salud de algunos de ellos. El primero que sucumbió fue el yagán Félix.
Luego el sargento Ulloa fue cayendo en una especie de locura. Entre sus enseres conservó siempre una bandera que pensaba clavar en el Polo mismo en nombre de la patria. Hasta que un día, creyendo haber dado cima a su sueño, la clavó en lo más alto de un promontorio, del cual no se supo si resbaló o se arrojó a un escarpado precipicio. Murió al pie de la bandera de su Chile austral.
Entonces se tornó más dolorosa para los dos sobrevivientes la ruta sin rumbo a través de ese desierto blanco.
Construyeron una vela cuadrada que con un mástil encajaron en el trineo, y por este curioso medio recorrieron durante semanas las extensas planicies, impulsados por todos los vientos y los huracanes, siempre hacia el Este y a vertiginosas velocidades. Ascendieron penosamente las cumbres y se deslizaron por pendientes como abismos, dispuestos a encontrar una súbita muerte, antes de continuar el castigo implacable de ese andar sin esperanza.
Mas, después de cada etapa recorrida, algo vago pero poderosamente fuerte los impulsaba a seguir adelante, ascendiendo de nuevo la agotada llama de sus energías, aunque al término de cada jornada volvían a encontrar el blanco infinito.
La provisión de charqui fue racionada al mínimo, y algunos cangrejos helados que lograron desenterrar ayudaron providencialmente a mantenerlos en pie.
Sus cerebros no cayeron en la locura como el del malogrado sargento; pero se vaciaron de tal manera de toda idea y pensamiento, que durante días y días vagaron como entes de ese desierto helado, impulsados solo por el viento y por un instinto pertinaz.
Sin saber cuánto tiempo habían andado así, llegaron al término de una meseta, cuyo borde daba comienzo a una pendiente de gran altura que caía con cierta suavidad, atenuándose cada vez más hasta llegar a una llanura baja, en el fondo de la cual sus afiebrados ojos vieron por primera vez algo que se parecía al mar y, como si hubiera sido un espejismo, un grupo de pequeñas casas diseminadas sobre la nieve.
Hacía tres días que se les había terminado toda provisión y el radioperador tenía cegado un ojo.
Ante la visión que se les presento desde el borde de la meseta, creyeron que soñaban o que hacía mucho tiempo que habían muerto, y que aquello era otro mundo al cual llegaban, otra realidad u otra locura como la del sargento.
Mas, sueño o realidad, locura o muerte, cerraron los ojos y como un bólido se lanzaron sobre el trineo, pendiente abajo.
Como dos fantasmas perdidos en la inmensidad, trataban de llegar hasta las casas, cuando el hambre y la emoción quebraron por fin la resistencia de uno de ellos, el hermano del Jefe Blanco, quien, apelando hasta sus últimas fuerzas, avanzó arrastrándose con él. En el instante en que iba a alzar la mano para llamar a una puerta, el último chispazo de su mente le hizo comprender que aquello era un sueño, que estaba loco o muerto, que era todo menos realidad, y cayó también, a su vez, definitivamente, ante la que era en verdad la puerta de la casita del ballenero.
Al siguiente día de este relato, la estación de radio de la factoría se puso en contacto con Walaia y dio cuenta de los hechos. Horas después un despacho del Apostadero Naval de Punta Arenas expresaba que un hidroavión de la base aérea de Bahía Catalina partía con rumbo a la factoría ballenera.
Entre dos crepúsculos, un trimotor amarizó frente al campamento ballenero, embarcó a los dos sobrevivientes, ya repuestos, y reemprendió la ruta hacia las islas australes del Beagle.
12. ÚLTIMOS RASTROS
UNA mañana del mes de febrero, en la caseta de la radioestación de Walaia, el radioperador Alejandro Silva Cáceres transmitía personalmente el siguiente radiotelegrama: «María Cáceres. Talcahuano. Te abrazan sanos y salvos tus hijos Manuel y Alejandro».
A esa misma hora, el Jefe Blanco conversaba con el poblador Carlos Gil, frente a las tranquilas aguas de Puerto Navarino.
Una goleta blanca, que venía voltejeando mar afuera, dio una última bordada y a toda vela entro en la bahía. Arriando el aparejo y aprovechando la viada, vino a largar el ancla muy cerca de la playa, con alarde de pericia marinera.
—¡Qué gracioso! ¡El pez vino a caer en la boca del lobo! —dijo Gil, y corrió en dirección a la casa de los carabineros.
La pareja de policías salió con sus carabinas terciadas a la espalda, se embarcaron en una chalana y se dirigieron a la goleta. Subieron a la cubierta, y por un cubichete desaparecieron debajo de ella; al rato, volvieron a aparecer con un hombre que conducían entre ellos. Se embarcaron con él en la chalana y regresaron a tierra.
Desde la playa se dirigieron a la casa de la Subdelegación Marítima.
Gil invito al Jefe Blanco a la Subdelegación. En la sala principal, el subdelegado marítimo leyó a Geban, que escuchaba entre los dos policías, la sentencia del juez del Trabajo de Punta Arenas, por la que mandaba pagar la suma de ciento veinte mil pesos a Juan Carrasco, por salarios devengados al servicio de Geban. Declaraba, además, que todos los animales existentes en la península Dumas pertenecían al viejo campañista.
Geban firmó la notificación y se retiró, acompañado siempre por los policías.
El subdelegado entrego una copia de la sentencia al Jefe Blanco para que se la llevara a Cauquenes, y cuando este salía, le dijo con parsimonia:
—¡La justicia llega tarde; pero llega!
Con una chalana que le facilito Gil, el Jefe Blanco atravesó el Murray y se dirigió en busca de la caverna de Cauquenes, contento por la noticia que le llevaba.
Desembarcó en la playita de laja, tendida como un peldaño al borde del canal, varó la chalana, amarró la boza a unas hierbas y se internó por el robledal.
Le pareció extraño que Cauquenes no saliera a su encuentro como lo había hecho en otras ocasiones, y su extrañeza se volvió inquietud cuando encontró que la carpa de cuero de lobo, con que el viejo disimulaba la entrada, estaba tirada en el suelo con la armazón de mimbre derrumbada.
Dominado por un presentimiento, entro violentamente en la caverna. El cambio de la luz de afuera a la obscuridad de adentro lo cegó y anduvo un rato a tientas. No vio tampoco la hoguera que la anciana yagana mantenía siempre encendida en el fondo, y el silencio más completo le respondió cuando en voz alta dijo:
—¿No hay nadie aquí?
Cuando sus ojos se acostumbraron a la obscuridad, descubrió sobre un camastro del fondo el cadáver de Cauquenes. Se acercó y en la penumbra vio en su rostro una serenidad que no logró reflejar en vida.
Permaneció unos instantes en suspenso y, de pronto, estremeció, cogido de sorpresa por un sonido vago, cuyo rumor casi musical quedó flotando en la espesura del silencio: una gota de agua había caído de la canaleta al seno de la fuente. Quedó estático un momento, y una emoción confusa lo fue invadiendo lenta y hondamente, y sin saber por qué, se hincó con ambas rodillas junto al cadáver y trató de balbucir algo que no pudo. Entonces hizo la señal de la cruz en silencio. Repuesto, cerró los ojos al cadáver, y al abandonar la caverna, se acordó de la anciana yagana. No estaba en ninguna parte, y en la búsqueda solo encontró un papel clavado con un cuchillo lobero en horcón de ciprés.
Lo desprendió, salió con él al aire libre y leyó:
Amigo Jefe Blanco: mi vieja ha muerto y está sepultada en el mismo lugar donde voy a morir. Esto creo que va ser muy pronto y me gustaría que la caverna fuera también mi tumba. Si esa justicia llega, los animales y todo lo que me pertenece se lo dejo a usted; es decir, no a usted, porque no lo recibiría, sino a los yaganes a quienes quiere tanto como yo quise a mi vieja, y para que realice el sueño de toda su vida: colonizar algo de la tierra que fue de ellos, fundarles una escuela y hacerlos más felices. Gracias, amigo y adiós. Juan Carrasco, o más bien Cauquenes.
El Jefe Blanco dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, miró el escondrijo de nutria hecho en la grieta de esa naturaleza árida y adusta, desprendió la chalana de la blanca playita de laja, se embarcó y, tomando los remos, partió bogando canal adentro.
De entre las algas surgió de pronto la cabeza reluciente de un lobo de un pelo que siguió nadando detrás de la chalana. El Jefe Blanco continuó su boga sin apremio, y el lobo, nadando apaciblemente detrás de la estela de la embarcación, lo acompañó hasta la otra orilla, y cuando el hombre desembarcó, el lobo dio un rodeo como un perro que esperara una orden o un llamado, y como este no llegará, se perdió de nuevo entre las aguas.