País Relato - Autores

federico falco

un hombre feliz

En mil novecientos ochenta y cinco, gracias a dos ejercicios contables cerrados en positivo, el Banco Social entró en un pequeño oasis de bonanza que le permitió abrir nuevas sucursales y tomar numerosos empleados a lo largo y a lo ancho del país. Una de esas sucursales fue inaugurada en un pequeño pueblo de llanura llamado General Cabrera, justo frente a la plaza, en diagonal a la iglesia, sobre el bulevar. De entre la población local contrataron cinco peritos mercantiles y como gerente llevaron a un contador rosarino terriblemente obeso, de apellido Luque. El Gordo Luque tenía una esposa y tres hijos: Joaquín Luque, que estaba en tercer año del secundario; Martín Luque, que empezaba primero, y Valentín Luque, todavía en jardín de infantes. La señora del Gordo Luque se llamaba Gladis, era simpática y habladora y enseguida se unió a las Damas Parroquiales y, más tarde, organizó y dictó en la Casa de la Cultura unos cursos de ikebana que tuvieron mucho éxito y que irradiaron a todos los livings del pueblo -y también a todos sus panteones- el equilibrio en los arreglos florales.
Joaquín Luque, en cambio, resultó ser un chico ensimismado, poco sociable y bastante soñador. Caminaba por las calles de tierra sin prestar atención a nadie, con la cabeza en otra parte. El resto de su familia -sus padres y sus dos hermanos- habían demostrado excelentes condiciones para la vida social y en pocos días ya se los podía tomar como cabrerenses de años. Pero Joaquín, no. Atravesaba, al llegar, esa etapa en la que los adolescentes se fascinan con lo oscuro y lo trágico, por lo que a sus caminatas solitarias había sumado frecuentes excursiones al cementerio para pasar horas infinitas sentado sobre la tumba de una de las hijas de los Petoruzzo, que había muerto tuberculosa y joven y a la que él imaginaba como una doncella ataviada con etéreos camisones blancos, pequeños senos turgentes nunca acariciados y dulce sonrisa comprensiva. El idilio terminó cuando la señora de Petoruzzo, horrorizada al encontrarse sábado a sábado al hijo del gerente del banco acampando sobre los mármoles que ella iba a pulir, dio aviso a su marido y este enfrentó al chico, látigo en mano. Sin embargo, la serie de largos poemas y malogrados sonetos que Joaquín le había dedicado a su princesita de las pampas ferozmente raptada por la muerte todavía sobrevivieron un tiempo más, hasta que al hablar con algunos de sus compañeros de curso se enteró de que la hija de los Petoruzzo había sido, antes de morir, una niña más bien rolliza, olfa y bastante malhablada. La desilusión permitió que Joaquín rompiera su cuaderno de manuscritos y siguiera adelante con su vida.
Con el tiempo, Joaquín logró hacerse de dos amigos: Batallón Becario y Fito Pinta Pinta Pugliese. Batallón provenía de una de las familias tradicionales del pueblo, tenía un bisabuelo, un abuelo y un padre intendentes -siempre por el Partido Radical- y sobre él pesaba una palpable dosis de autoexigencia y preocupación por no defraudar las altas expectativas del clan, lo que lo había transformado en un muchacho ajado, con los nervios a flor de piel y miedoso de cuanto lo rodeaba. Fito Pinta Pinta, en cambio, hubiera sido un chico completamente normal, de no ser por un sábado al mediodía, ocho años antes, cuando su abuelo Pugliese se antojó de empanadas y no cejó hasta lograr que la madre de Fito, insultando por lo bajo, armara una docena y media y pusiera la grasa a calentar. Cuando las empanadas estaban a punto de ser freídas, Fito Pinta Pinta entró corriendo en la cocina, a los gritos anunciando el gol que acababa de anotar en el potrero de la esquina, gol con el que su equipo había sellado la victoria. En medio de las felicitaciones familiares y en un gesto triunfal, Fito alzó los brazos, enganchó el asa de la sartén y se bañó a sí mismo con grasa hirviente. Una larga y continua cicatriz lo vistió a partir de entonces, desde la cabeza hasta las rodillas, convirtiendo su piel en un empastado lienzo cubierto de óleo monocromo y mal distribuido, con isletas de tanto en tanto -los ojos, las tetillas, una axila- interrumpiendo el embravecido mar de células muertas. A esas cicatrices superficiales, Fito debió sumar, desde entonces, el repudio y asco popular, que minaron de llagas, también, su hasta entonces simple y feliz mundo interior.
Esos eran los dos amigos de Joaquín. Un trío particular que, sin embargo y a instancias del recién llegado, encontró un lugar de resistencia en medio de la desnudez de la llanura y las risas y cuchicheos: la literatura. Pronto los tres vistieron largos sobretodos negros, incluso en verano; dejaron de bañarse y llenaron sus bolsillos con las Residencias en Tierra nerudianas y los Montevideanos de Benedetti. Se hicieron poetas y, por lo tanto, se sintieron incomprendidos. Esto les valió el amor de Ana María Somale, la hija de la viuda Somale. Lo que comenzó como admiración a la distancia pronto se convirtió en apasionada defensa y, al poco tiempo, en descarada entrega. De los tres, ella eligió para su iniciación a Joaquín. Lo arrastró una siesta de enero, sin que Fito ni Batallón se enteraran, a su tranquila cama pueblerina. Ninguno de los dos supo muy bien qué hacer; a él le sorprendió la humedad de ella y, a ella, la timidez de Joaquín y, sin embargo, de ese acto apresurado, culposo y poco o mal logrado, quedaron huellas que a los cuatro meses se convirtieron en visibles pisadas.
El embarazo significó el fin de la amistad. Sintiéndose traicionados, Fito y Batallón se alejaron del futuro padre y también de los largos sobretodos y los malos versos con errores de ortografía. Fito se hizo verdulero y Batallón consiguió que su progenitor le pagara unas vacaciones para recorrer Florida, conoció a un musculoso y tostado homosexual de Miami Beach al que deslumbró con sus historias de far west inventadas y argentinas, se emparejó con él y desde entonces recorren el golfo de México a bordo de un crucero lleno de jubilados de Queens y Nueva Jersey que se pasan las horas en el salón de las máquinas tragamonedas y los escuchan interpretar malos covers de cantautores tropicales. En el pueblo nunca más se volvió a mencionar su nombre. Joaquín, mientras tanto, sufrió el par de azotes que le propinó la mano pesada del Gordo Luque y una cachetada certera de la madre de Ana María. La viuda de Somale y el gerente del Banco Social decidieron que la criatura debía nacer, que no servía de nada obligar a los chicos a casarse, que Joaquín reconocería y daría apellido a su hijo y que comenzaría a trabajar para pasarle a los Somale una manutención semanal.
El día siguiente Joaquín se puso una camisa celeste y una corbata a rayas que tomó prestada del ropero de su padre y pasó a formar parte del plantel de contratados del Banco Social sucursal General Cabrera. Antes de que pasara un mes intentó suicidarse y fracasó sin que nadie se enterara. A los tres meses se dejó atropellar por un camión cargado de novillos Holando Argentino, sin conseguir más que dos costillas fisuradas y la quebradura de un brazo. Dos semanas antes de que naciera el bebé tomó veneno para ratas, por lo que, aunque desde hacía un tiempo ya no se hablaban más que para ladrarse, la noche en que Joaquín por fin fue padre, él y Ana María estuvieron internados en camas contiguas, en la única habitación disponible de la clínica Mayo. Ver esa pequeñez rosada que Ana María le tendió por unos instantes hundió más a Joaquín en la desesperación en la que ya casi naufragaba. Esperó a que Ana María se durmiera y huyó de la clínica y del pueblo: un hijo era demasiada carga para él. Se fue en busca de un lugar lejano, donde nadie lo conociera y donde pudiera olvidar. Ermitaño, recolectó semillas del bosque, armó pulseras y collares que vendió a los turistas y sobrevivió en la más terrible soledad. Durmió a la vera de caminos, conoció el hambre, la desolación y la desidia. Se unió a una banda de hippies posmodernos que viajaban al norte en busca de una poderosa droga que dos indios bolivianos comercializaban en la frontera y que nunca llegaron a saber si era mito, habladuría o realidad. Se perdió en los basurales de una ciudad inmensa. Vivió días enteros sin recordar cuál era su nombre ni por qué portaba un ramo de lirios mustios entre las manos. Pidió limosna. Actuó como guitarrista en un grupo folclórico, y con ellos ganó algo de dinero y de autoestima. Fue en esa época cuando el Gordo Luque murió. Dos ataques al corazón consecutivos, la madrugada de un sábado, después de un asado con los muchachos del taller mecánico, dieron cuenta de él. Lo encontraron cubierto de escarcha a la mañana siguiente, tirado en una de las veredas de la plaza, por la que volvía, seguramente, caminando ahíto y plácido a su hogar. Avisaron a la policía y esta se empeñó, pero no logró ubicar a Joaquín hasta mucho después del entierro. Igual él volvió a Cabrera, con barba larga y seguido por un perro flaco que en principio no le dejaron subir al colectivo y por el que tuvo que pagar un pasaje extra y resignarse a no comer hasta llegar a la casa paterna, pues el dinero que su madre le había girado era apenas el justo y necesario. El perro se llamaba Cachilo y Joaquín lo había encontrado en las cercanías de Tartagal. Ambos se instalaron en su antigua habitación de adolescente y durmieron casi doce horas de corrido antes de salir al living y saludar.
Antes de morir, y siguiendo un impulso que se reveló profético, el Gordo Luque había comprado en el cementerio de Cabrera el panteón que había sido de los Bermini y que en plena decadencia familiar los herederos revendieron a buen precio. Al día siguiente, Joaquín fue con su madre a conocerlo. Con calas erguidas y ramas de espinillos florecidos, la ayudó a llenar estética y orientalmente los búcaros sobre el altar y se quedó solo y en silencio cuando su madre se retiró y lo dejó sentado en medio del panteón oloroso a encierro, flores viejas y drenaje, frente al cajón de su padre y con Cachilo durmiendo a su lado, al pie de la silla. Joaquín rezó, o hizo como que rezó, y se volvió caminando despacio por las soleadas calles del pueblo, escoltado por el perro, que de tanto en tanto se entretenía correteando algunas gallinas u olfateando perras a las que todavía les faltaban semanas para entrar en celo. Esa noche golpearon a la puerta de su habitación, y la voz suave de su madre anunció que lo buscaban. Ana María se había convertido en una mujer madura y compacta y vestía como cualquiera de las señoras que asistían a los cursos de ikebana de la Casa de la Cultura. De su mano colgaba un chico pálido y peinado con fruición, que miraba todo con ojos grandes.
Se llama Oscar y tiene ocho años, dijo ella.
Hola, Oscar, dijo Joaquín.
Hola, papá, respondió el chico.
Ana María se había casado y había sido madre dos veces más. Su esposo tenía una venta de semillas y agroquímicos y parecían felices. Una noche lo invitaron a cenar en su casa. El esposo de Ana María se llamaba José Manuel, y era de ese tipo de hombres que emanan vitalidad por los poros, que juegan al paddle todos los fines de semana y que se sienten inmensamente satisfechos y lo demuestran. A pesar de eso, a Joaquín le cayó bien, y mientras el pollo se cocinaba en el horno charlaron largo rato sobre el precio del maíz y el control de la isoca. Ana María los miraba desde la ventana de la cocina y el pequeño Oscar jugaba con sus hermanos a tirarle la cola a Cachilo. Ana María sacó tres álbumes de fotos y le mostró a Joaquín imágenes de unas vacaciones en el mar y de cada uno de los cumpleaños del pequeño Oscar. Los banderines y la decoración de la torta se repetían en la de uno y en la de dos años, pero a partir del tercero eran cada vez más lindos y más costosos. Después, Ana María acostó a los chicos, y Joaquín y José Manuel tomaron café sentados en el living.
Joaquín pasó unos días más en General Cabrera y se volvió a marchar convencido de que su hijo estaba sano, tenía inteligencia y no padecía problemas mayores. Con la plata de la herencia construyó una serie de cabañas en lo más alto de las sierras, en un valle precioso y rodeado de pinares que había descubierto durante sus días errantes, y decidió organizar allí definitivamente su vida.
El negocio funcionaba. Los turistas llegaban desesperados desde las grandes ciudades buscando paz, tranquilidad y silencio. Todos los días Joaquín amasaba pan casero y se los servía tibio con el desayuno, preparaba grandes ollas de dulce y se aseguraba de que los pájaros poblaran los árboles que rodeaban las cabañas y de que Cachilo no ladrara. No hablaba mucho, atendía a la gente y cobraba lo justo. Poco a poco fue juntando dinero, construyendo más cabañas y reinando sobre ellas como un padre anciano reina sobre su tribu. Los atardeceres solían encontrarlo sentado sobre un peñasco, el perro dormido a su lado, la vista sobrevolando los siete tejados rojos que eran todo su capital, las manos ocupadas en tallar un pequeño trozo de madera. Desde alguna de las cabañas subía por entre los pinos un humo tenue de carbón mal quemado y el olor a asado envolvía y acariciaba a Joaquín, llenándole los pulmones. Oscar de a poco se convertía en un chico sensible, perspicaz y alegre. Se visitaban de tanto en tanto, pero sobre todo se comunicaban con largas cartas manuscritas, que cada uno redactaba con mucho cuidado, eligiendo las frases, atendiendo a cada adjetivo y cada adverbio como si fueran un regalo. Intercambiaban una o dos por mes. Oscar le contaba sus cosas: estaba por terminar el secundario, amaba a una chica, leía a Neruda y a Benedetti, no le gustaba jugar al fútbol. A la vuelta de correo Joaquín le recomendaba lecturas, incluía hojas secas de fresno y arce entre los pliegos del papel y bocetos a mano alzada de truchas corcoveando sobre el aire del arroyo grande o de la vista de las cabañas en el valle.
Se aproximaba el verano y para una de las cabañas Joaquín todavía no había encontrado inquilinos. Pensó entonces que no era mala idea invitar a José Manuel y a Ana María a pasar unos días en las sierras; Oscar vendría con ellos y también sus dos hermanos. Todos estaban dispuestos a disfrutar unas felices vacaciones juntos. Llegarían el sábado al mediodía, Joaquín los esperaría con el almuerzo en la mesa.
Salieron de Cabrera temprano, con el baúl del auto y el portaequipajes cargado de valijas. José Manuel manejaba y Ana María, a su lado, cebaba mates mientras sus hijos, tres muchachos de entre doce y diecisiete años, dormían en el asiento de atrás. Los dos más grandes la noche anterior habían salido a bailar y se subieron al auto sin siquiera cambiarse la ropa, que todavía estaba impregnada de humo de cigarrillo y fermento de cerveza. Ana María escuchaba las radios de los diferentes pueblos: cuando la frecuencia se perdía, giraba el dial y buscaba otra. En la ruta había poco tránsito y la mañana parecía gloriosa. De pronto vieron al Renault 12 que iba delante de ellos detenerse en la banquina. José Manuel disminuyó la velocidad y veinte metros antes de llegar a él, el Renault 12 explotó y se convirtió en una gran bola de fuego. Un hombre abrió la puerta incendiada y salió corriendo, sus ropas embebidas en llamas anaranjadas. El hombre atravesó la ruta agitando los brazos, tratando de desprenderse del fuego. Obnubilado por el fulgor y la sorpresa, José Manuel no atinó a frenar y lo atropelló. Sintieron cómo los huesos rozaban la panza del auto. El cuerpo pasó bajo las ruedas, y Oscar y sus hermanos, en el asiento trasero, despertaron por el salto. José Manuel frenó treinta metros más adelante. Todos se bajaron y corrieron hacia el hombre en llamas. Hacía calor. El hombre estaba inmóvil. En la banquina el auto seguía ardiendo, brotaba de él una columna de humo negro y pesado. Estallaron los vidrios de las ventanillas y por unos segundos pudieron oír, en el interior del Renault 12, el llanto de un bebé. Después se hizo silencio en medio del campo celeste y solo se oyó el croar de unos sapos en los charcos junto al alambrado y el crepitar del fuego que se apagaba.
El hombre muerto resultó ser un pastor protestante que había emigrado de Norteamérica a principio de los años setenta y se había hecho cargo de los feligreses de su religión en la Argentina. Viajaba frecuentemente por las rutas del país y, por lo que se sabía, no tenía esposas ni hijos. El bebé carbonizado fue una intriga durante algunos días, hasta que supieron de dos alpinistas de Iowa que, dispuestos a ascender al Aconcagua, confiaron su pequeño hijo al sacerdote y que no se enteraron de la tragedia hasta su descenso de las cumbres heladas, una semana más tarde. José Manuel fue, en principio, encontrado culpable y pasó unos días en la cárcel, pero su abogado logró justificar la sorpresa y el resto de la familia atestiguó la falta de dolo. Ana María tuvo una crisis nerviosa de la que no se recuperó en mucho tiempo. Mientras tanto, en las sierras, Joaquín, que los había esperado la mañana entera, supuso que algo malo había pasado. Sin embargo, ocupado en atender a los turistas que poblaban las otras cabañas, nada pudo hacer ni averiguar. Días después Oscar le escribió una carta contando lo sucedido y también, creyó entender Joaquín, culpándolo de haberlos puesto en tal encrucijada: “Si las cosas entre nosotros fueran más fáciles, si nunca nos hubieras invitado”, decía. También decía que había decidido estudiar medicina, que se mudaría a Buenos Aires, que ya no creía posible viajar a verlo; que no sabía si le volvería a escribir, que no se preocupara y que no tratara de buscarlo.
Las tardes de Joaquín, entonces, fueron ocupadas por un solo pensamiento: si nunca los hubiera invitado, si nunca hubiera huido, si nunca se hubiera acostado con Ana María, si nunca se hubiera mudado a Cabrera, si el Banco Social no hubiera abierto esa sucursal. Enloquecía ya en su desesperación cuando una turista alemana se apiadó de él, le cortó el pelo y afeitó su barba, lavó sus pies y le permitió llorar sobre sus hombros; lo desnudó en la noche y le enseñó a hacer el amor a la manera en que lo hacen las alemanas: un poco brusco, pero lento y lleno de afecto, como una gran madre o una institutriz comprensiva que lava y cura las heridas. “La vida es complicada, no vale la pena tratar de desenredarla”, decía con su voz llena de acentos guturales mientras lo acariciaba. Se llamaba Gertrud y ella y Joaquín se casaron un día de primavera. Tuvieron una hija hermosa, a la que pusieron el nombre de Luz. Cachilo murió tiempo después. En algún momento, cuando pasó la conmoción y las revelaciones de la pira funeraria del pastor protestante y su ahijado eran ya un recuerdo calmo y lejano, Oscar retomó la costumbre de escribir a su padre y dio noticias de su vida. Estudiaba, haría la especialización en psiquiatría, tenía una novia artista que pintaba obsesivamente su retrato. Las cartas llegaban todos los meses, primero lacónicas y distantes y, después, mientras la corriente de cariño entre padre e hijo se reencauzaba y crecía, mucho más largas, con letra apretada y ansiosa por compartir lo vivido, con muchos signos de exclamación y, a veces, acompañadas por fotografías o postales o recortes de diarios, o boletos de colectivo capicúas. Joaquín las leía sentado en su banco de madera, pasando lentamente las hojas y deteniéndose en los puntos y aparte para posar la vista en el pinar, las cabañas y la pequeña Luz jugando en el bosque. Junto a él, Gertrud pelaba chauchas, o descarozaba ciruelas para hacer dulce. Joaquín miraba entonces hacia atrás y recordaba. Todo tenía, ahora, sentido. Estaba en paz. Era un hombre feliz.