Era mi primera salida después de la crisis y la internación. Hacía mucho que no nos juntábamos los siete y no estoy seguro de quién tuvo la idea; supongo que Oriana o, a lo mejor, Mario. Aunque yo no tenía nada más que hacer, al principio les dije que no podía ir. Me daba vergüenza verlos, o algo por el estilo. Pero ellos insistieron. Oriana insistió, por teléfono, tres o cuatro veces.
¿Shirley va?, le pregunté.
Sí, claro.
¿Y ella sabe que yo voy?
¿Por qué?, dijo Oriana. ¿Pasó algo entre Shir y vos?
No, no.
Entonces vení. Hasta cuándo te vas a quedar encerrado tomando las sopas de tu mamá y escuchando a tu viejo suspirar cada vez que te encuentra tirado en el sillón. Vení, te va a hacer bien, dijo Oriana.
Le dije que no tenía un peso, lo que era verdad, y ella me respondió que no me preocupara, que ellos se hacían cargo de todo.
Lo consulté con la doctora Tresit.
¿Usted qué quiere hacer?, me preguntó ella desde su sillón. Por supuesto, a la doctora Tresit yo no le había hablado de Shirley. O en todo caso, había dejado grandes blancos al respecto y nunca la había llamado exactamente por su nombre.
No sé, le respondí.
Ella se quedó mirándome, con el bloc en la mano, pero sin tomar notas.
Al final dije que sí, que iba.
Muy bien, dijo ella.
Habían reservado dos cabañas en un complejo que quedaba arriba, en las sierras, bien alto, en un valle pequeño, entre pinares, cerca del filo de la montaña. Ya hacía algo de calor, pero recién estábamos a principios de la primavera y no había nadie más por allí, éramos los únicos turistas de ese fin de semana. El resto de las cabañas estaban vacías y cerradas, menos la primera, donde se había instalado el administrador, un serrano viejo y malhumorado. Tenía un perro cruza con ovejero alemán que lo seguía a todos lados y vivía con una chica embarazada, muy joven, que no pudimos adivinar si era la mujer o la hija.
Acá no hay corriente eléctrica, nos dijo ni bien llegamos. A la tardecita enciendo el generador y van a tener luz hasta las once de la noche. A las once en punto, apago. ¿Se entendió?
Perfectamente, respondió Mario.
Muy bien, así me gusta, dijo el administrador.
Después, esa misma tarde, en cuanto el sol se puso detrás de las montañas, lo vimos caminar hasta una casilla de chapa cerca de la bajada al río y escuchamos cómo prendía el generador. Los focos en nuestra cabaña titilaron sin fuerza y el valle se llenó de la tos sorda y continua del motor. La luz de las lámparas era tan pobre que no alcanzaba a llenar las habitaciones.
Qué lámparas más caqueras. Antes que eso, mejor nada, dijo Shirley y uno por uno apagó los foquitos.
Después, iluminada por tres velas pegadas a un plato, se puso a cortar tomates para hacer la ensalada.
Por la ventaba abierta entraban bichos que revoloteaban alrededor de las llamas y el traca traca constante del generador.
Por Dios ese ruido, hasta qué hora va a estar, dijo Shirley.
Tranquila, en un rato lo apagan, le respondió Oriana, pero Shirley no le hizo caso, se dio vuelta con el cuchillo en la mano y se puso a gritar, crispada.
¡Paz! ¡Necesitamos paz! ¡No entienden que trajimos al pobre Rume hasta acá para que tuviera un poco de paz!, dijo.
Todos se quedaron callados, dejaron de hacer lo que estaban haciendo, levantaron la vista y la miraron a Shirley y me miraron a mí. Yo sentía el calor que se me amontonaba en la cara y busqué los ojos de Shirley, pero la cara le quedaba en contraluz y no pude adivinarle el gesto.
¿O no?, dijo Shirley mientras me señalaba con el cuchillo. ¿O no, Rume, que te va a dar otro ataque si ya mismo no apagan ese motor?, dijo y recién ahí todos supimos que era un chiste, una de sus formas de romper el hielo.
¡Ya mismo, que apaguen ese motor ya mismo! ¡O me da otra crisis y empiezo a patalear!, dije, mientras los chicos se largaban a reír.
Shirley, no podés ser así, dejalo a Rume tranquilo, la retó Oriana, pero Shirley no le hizo caso y siguió:
¿Qué?, ¿no van a apagar el motor? ¿De qué mierda sirve entonces tener un amigo loquito si el motor sigue prendido?
Pero más tarde, mientras los chicos ponían la mesa, me abrazó y me dijo al oído:
Te cagaste en las patas, zoncito. Tendrías que haberte visto la cara. Mirá que sos pavo, eh, si sabés que te quiero, ¿o qué?, ¿ya te olvidaste de que podés confiar en mí?
Perdoná, le respondí yo. Perdoná, todavía no estoy del todo bien, dije y la abracé.
De a poco, lo del motor y la búsqueda de paz y mi crisis como excusa para cualquier cosa se fue convirtiendo en el chiste de esos primeros días y cada vez que algo no le gustaba, Shirley se ponía a gritar, decía que a mí me iba a dar una crisis, que qué íbamos a hacer, que dónde me iban a internar, que me dieran el gusto porque el loco este saca una motosierra y nos corta a todos en pedacitos, ¿no es cierto, Rume, no es cierto que nos vas a hacer cagar?, decía y yo le respondía a todo que sí, que era verdad y mis amigos se reían, todos nos largábamos a reír y yo me sentía bien, sentía que había sido una buena idea ir a las sierras, que estaba donde tenía que estar.
Alrededor de nuestras cabañas, formando una herradura encajonada entre la piedra y el valle, corría un río de agua helada y transparente, el río más hermoso que vi en mi vida. La noche en que llegamos armamos una fogata en la playa. Bolo y Alvarito se pasaron un buen rato juntando leña entre los pinos y acomodándola sobre la arena, pero los troncos estaban demasiado húmedos y la fogata no prendió hasta que no le agregaron un montón de papel de diario y los bañaron con kerosén. Recién entonces el fuego tomó fuerza, los diarios ardieron y fue como una explosión que duró tres o cuatro minutos y tiró chispas para todos lados. Pero el papel se consumió enseguida y se convirtió en un montón de laminitas negras que planeaban a nuestro alrededor. La fogata se redujo a unas llamaradas azules sin fuerza lamiendo las manchas de kerosén sobre los leños y nos quedamos mirándola en silencio, hasta que las ramas más verdes empezaron a crujir y silbar porque por debajo de la corteza se les escapaba la savia y caía sobre la arena.
Bueno, ahora hablemos, dijo Alvarito. Bolo, Mario, cuéntense algo.
Habíamos llevado una botella de vino y la pasábamos de mano en mano y tomábamos del pico. Las chicas se tapaban los hombros con nuestras camperas.
No sé, vos Rume, que hace mucho que no te vemos, contá cómo andás. Qué tal tus cosas, dijo Bolo, pero enseguida Oriana lo interrumpió y le pegó en la cabeza.
Sos un bestia, le dijo.
¡Paz! ¡Rume necesita paz!, gritó Shirley.
Yo sonreí. No había viento y el humo denso de la fogata parecía estancado a nuestro alrededor.
Perdón, dijo Bolo. Se me ocurrió que por ahí le hacía bien hablar.
Mejor otro día, dije yo.
Otro día o nunca, vos tranquilo, Rume, me dijo Oriana. No le hagas caso.
Yo le respondí que estaba bien, que no pasaba nada. Después todos nos quedamos callados. Por las dudas, Alvarito volvió a tirar kerosén sobre el fuego, que había menguado un poco. Los leños ardieron con fuerza durante un momento y nos volvimos a ver las caras, pero la madera era blanda y las llamas se consumieron enseguida. Al rato no quedaba más que un puñado de brasas anaranjadas crujiendo en la oscuridad.
Esta leña es una porquería, dijo Alvarito y pateó arena sobre la fogata.
Geni dijo que había que tener cuidado, que antes de irse había que apagar bien el fuego o se iba a quemar el bosque.
No hace falta, amor, se apaga solo, le dijo Mario.
Con la humedad que hay, es imposible que se incendie nada, dijo Alvarito.
Si no lo hago me voy a quedar intranquila, dijo Geni, y fue a buscar un balde, lo cargó en el río y tiró agua sobre los carbones.
Un rato después, las luces de la cabaña del administrador pestañaron y el generador se apagó. A nuestro alrededor aparecieron un montón de ruiditos que antes no habíamos podido escuchar: el río entre las piedras, bichos que zumbaban, el cri cri de un grillo, un pájaro que ululaba entre las ramas.
¡Por fin! ¡Paz! ¡Paz!, gritó Shirley. Todos nos largamos a reír y subimos de nuevo hacia la cabaña, despacio, trepando. Mario nos indicaba el camino con la linterna.
Mientras los chicos se acostaban a la luz de las velas, Oriana me señaló su paquete de cigarrillos y me invitó a fumar afuera.
Fumá vos, pero vamos, le dije.
Hacía un frío húmedo, pegajoso. El cielo estaba completamente despejado y las estrellas brillaban tanto que sorprendían. Se podían ver hasta las más chicas, esas que parecen polvillo y nada más. Nos sentamos en unas reposeras sobre el pasto. Oriana prendió su cigarrillo, dio dos o tres caladas en silencio y me preguntó cómo estaba. Yo le contesté que estaba bien.
No, de verdad, Rume, ¿cómo estás?
Bien, volví a decir.
La claridad de las estrellas recortaba el borde de las cabañas, que parecían moles oscuras y abandonadas. Medio caída sobre el borde negro del pinar, la luna entraba en cuarto menguante. La brasa del cigarrillo de Oriana latía como una luciérnaga roja.
Vos sabés que podés contar conmigo para lo que necesites, dijo Oriana.
Yo asentí.
El frío traspasaba mi ropa y me hacía tiritar.
Disculpá, estoy helado, otro día hablamos, dije.
Me levanté y entré en nuestra cabaña. A tientas busqué mi cucheta. Shirley dormía en la parte de arriba.
¿Tuvieron la charla?, me preguntó mientras me desvestía. ¿Ya te dijo que cuentes con ella y que cualquier cosa la llames y todo ese bla bla bla?
Sí, dije yo.
¡Por Dios! ¡Qué predecible!, bufó Shirley, y se dio vuelta en su cama y toda la cucheta tembló.
A la mañana siguiente me despertó la luz del amanecer colándose por las cortinas. Me levanté sin hacer ruido, tomé mi pastilla y preparé café. Ya casi hervía cuando escuché el grito. Era Geni, en la cabaña vecina. Salí corriendo a ver qué pasaba y ahí nomás me la encontré: atravesada frente a su puerta había una vaca muerta. Era una vaca negra y flaca y se había muerto apoyada en las tablas de la cabaña. El administrador llegó corriendo detrás de mí, el perro saltaba en círculos a su alrededor.
Vaca de mierda, dijo. Hasta para morirse vino a joder.
Geni lloraba parada en el vano de la puerta, en camisón y descalza. Mario ya la abrazaba desde atrás y le pedía que se calmara. No tenían forma de salir, la vaca obstruía la única puerta de su cabaña y en las ventanas había mosquiteros.
Venga que los ayudo, dijo el administrador y les tendió la mano. Pise acá, le dijo a Geni mientras le señalaba el pelo duro sobre las costillas de la vaca.
Geni hizo que no con la cabeza.
Sáquela, dijo. Llévesela.
El administrador se encogió de hombros.
No es mía la vaca, dijo. Es del vecino y el vecino ahora no está. Siempre se andaba metiendo por acá la vaca, dijo. Y acá se vino a morir, por molestar, nada más.
Después caminó despacio hasta su casa, le dio marcha a la F100 y volvió manejando la camioneta. El perro, mientras tanto, se había quedado sentado muy derecho al lado de la vaca y nos miraba.
Ese perro en otra vida tiene que haber sido humano, dijo Alvarito, detrás de mí.
Oriana y Bolo estaban con él, envueltos en sus camperas. Yo no los había escuchado llegar.
El administrador estacionó la F100 marcha atrás, con una cadena ató las patas de la vaca, las enganchó a la camioneta y arrastró la vaca muerta a lo ancho de la herradura, hasta llegar al otro lado del prado. La dejó en la esquina más alejada de las cabañas, junto a la pirca que marcaba el límite de la propiedad.
Cuando por fin pudo salir, Geni se abrazó a nosotros, todavía temblando. Detrás de ella Mario revoleó los ojos y suspiró.
No fue nada, ya está, dijo. Disculpen que los despertamos tan temprano.
Rume preparó café, vayamos a molestar a Shirley así se levanta y desayunamos, propuso Alvarito y todos corrimos a nuestra cabaña.
Shirley se había tapado la cabeza con una almohada y en cuanto nos acercamos se dio vuelta a la velocidad de un rayo y nos apuntó con un cuchillo, uno de esos Tramontinas sin filo que siempre hay en las casas de alquiler.
¡Paz! ¡Paz! ¡Necesito paz!, ¡déjenme en paz!, gritó y nosotros nos largamos a reír.
Entonces Shirley se sentó en la cama y me miró con ojos lagañosos.
Rume, me extraña de vos, venir así, a traición, dijo mientras bostezaba.
Ese día, el viernes, nos lo pasamos tirados en la playa. Leímos y nos turnamos para escuchar música en un walkman que devoraba pilas de a pares. En algún momento Alvarito y Bolo se fueron a explorar el río, corriente arriba. Mario, que era el único que conocía bien la zona porque su familia iba siempre de vacaciones, les dijo que río arriba era pura piedra y no valía la pena, pero ellos insistieron y fueron igual. Oriana se metió al agua. Estaba helada y a medida que caminaba, avanzando contra la corriente, Oriana gritaba y levantaba más y más los brazos, hasta que por fin el agua le llegó a la cintura y ella tomó aire y se zambulló. Enseguida cruzó el río a nado y con la mano tocó la pared de piedra de la otra orilla.
Está en pedo, dijo Shirley acodada sobre la loneta, sin dejar de mirarla. Alcanzame sus puchos que le robo uno.
Yo le pasé el paquete. Shirley prendió un cigarrillo y le dio una calada.
¿Alvarito y Bolo se acuestan? ¿Pasa algo entre ellos?, me preguntó.
¿Alvarito y Bolo?, dije yo. ¿De dónde sacaste esa idea? Ninguno de los dos es gay.
Qué sé yo, dijo Shirley y se encogió de hombros. Como se fueron juntos.
¿Estás loca, Shir? Nos conocemos de toda la vida.
La gente es tan rara, dijo ella y siguió fumando.
Oriana, mientras tanto, iba y venía por el río dando brazadas a toda velocidad. Cuando salió, tenía los labios morados y tiritaba. Se envolvió en un toallón y se tiró sobre las piedras calientes al sol.
Te vi, yegua, le dijo a Shirley. Me robaste un pucho. Si me quedo sin antes de que termine el fin de semana, te mato.
Shirley le sacó la lengua, se dio vuelta y se puso a leer.
A la tarde, cuando subimos de nuevo a las cabañas, Shirley me pidió que la acompañara a ver la vaca muerta. Seguimos el rastro de gramilla aplastada hasta que llegamos a la pirca y encontramos a la vaca. Tenía las pezuñas para arriba, la panza se le había hinchado y la obligaba a abrir las patas y mostrar las ubres, como ofreciéndose.
No era tan grande, dijo Shirley. Hablaron tanto que me la imaginé inmensa, dijo. ¿Qué le pasa a Geni? ¿Desde cuándo es así de tonta? Hubiera saltado por encima, es una vaca nada más.
Me encogí de hombros.
Shirley se sentó en la pirca y prendió un cigarrillo. Yo arranqué una ramita de un árbol y me puse a pegarles a los penachos de los yuyos más altos.
¿Cómo era?, me preguntó entonces Shirley.
¿Qué cosa?
No te hagas el boludo, Rume. Contame que necesito saber, creo que en cualquier momento me va a dar uno a mí, dijo y se largó a reír.
¿De verdad?, le pregunté.
No seas pavo. Contame cómo fue, qué sentiste.
Que no tenía tiempo. Que el tiempo no me alcanzaba.
¿Para qué?
Vos sabés para qué. Para lo que tenía que hacer.
Lo que teníamos que hacer, dijo Shirley y bajó la vista. Ahora me dejaste sola.
Sí, dije yo.
Después me puse a hablar. Nunca antes se lo había contado a nadie.
Vos salías con ese compañero tuyo, te abriste y ya no querías saber más nada, le dije. Y yo empecé a sentir que tenía que apurarme, que el momento se acercaba y que si no me apuraba, no iba a llegar. Durante meses tuve esa sensación: que el tiempo no me alcanzaba y que me tenía que apurar. Así que me pasaba el día pensando en eso y, de pronto, no sé bien cómo, las cosas en mi cabeza se aceleraron de verdad. Todo era rapidísimo y empecé a entender, las cosas se acomodaban como por arte de magia y encajaban en su lugar y todo tenía sentido y yo lo entendía y gracias a eso podía avanzar. Fue como cuando despega un avión, Shir: pensaba a una velocidad increíble y la cabeza parecía que me iba a estallar, pero entendía, entendía todo, cada vez más, y me di cuenta de que ya estaba jugado, de que iba a despegar. Tenía miedo y hubiera querido parar, pero era como un miedo en segundo plano. El miedo no tocaba la correntada principal, iba como por atrás, por otro lado, y a mí me pareció que tenía que obligarme a seguir, dejarme ir con la gran correntada y…
¿Por qué no me llamaste?, me interrumpió Shirley.
No se me ocurrió. Había entrado como en un embudo, no podía mirar afuera, no había margen para nada más. Pensaba cada vez más rápido, entendía cada vez más, y entonces, sentí el hueco en el estómago, Shir, igual a cuando el avión sube, y floté, ya no tenía peso, mis pies estaban en el aire, ya no pensaba, ya no era mi mente, ya no había más palabras. Estaba más allá de las palabras. No sé cómo explicártelo. Era entender. Era simplemente entender, sin hacer nada, sin buscarlo.
Entonces llegaste, dijo Shirley.
Lo entreví, apenas, pero no sé si llegué. No pude soportar la aceleración, la velocidad de estar lanzado. No me resistió el cuerpo, se me quemó la mente, se me fundió. Exploté, Shir. Levanté vuelo, volé medio segundo y cuando creía que ya lo había logrado, exploté.
¿Y entonces?
Se me puso todo negro y me desperté en el hospital.
Shirley me escuchaba con la cabeza baja. Se miraba las rodillas y con los talones golpeaba la pirca.
¿Y ahora?, preguntó.
Ahora me acuerdo de la sensación, pero de nada más.
¿Cómo de nada más?
Me acuerdo de la sensación de entender, de ese medio segundo en que despegué. Pero no me acuerdo qué entendí. Y no importa. Ahora siento que no importa. Que nunca importó.
Shirley sonreía, pero con una sonrisa triste, como si me tuviera lástima.
Es por las pastillas, dijo.
Sí, creo que sí.
¿Cuándo las vas a dejar de tomar?
Nunca.
Sos un cagón, dijo ella y se levantó y se fue.
Esa noche nos quedamos hasta tarde jugando a las cartas y charlando en los sillones de la cabaña de Mario y Geni. Shirley enseguida abandonó y se durmió sobre el sofá y Alvarito ganó un partido tras otro hasta que Bolo se cansó y le dijo que dejara de hacer trampa o iba a tener que dormir afuera. Se pusieron a pelear y Shirley se despertó, pero no hizo ningún chiste de que quería paz, ni de nada. Estaba de mal humor y se envolvió en una frazada y se levantó y se fue. Yo pensé que se había ido a nuestra cabaña, pero cuando me fui a acostar, encontré la cucheta vacía. No le di importancia, tenía sueño, estaba cansado y me dormí enseguida. En algún momento de la noche sentí que la cucheta se movía y en las sombras adiviné el cuerpo de Shirley trepando a su cama.
¿Dónde estabas?, le pregunté.
Qué te importa, me contestó ella.
Antes de dormirse dio mil vueltas. Con cada movimiento suyo nuestra cucheta crujía y rechinaba, hasta que al final Shirley se quedó quieta, se le acompasó la respiración y se durmió.
Al día siguiente era sábado y cuando me desperté, todo -las paredes, las sábanas, el piso-, absolutamente todo estaba húmedo y frío, como si hubiéramos dejado las puertas de la cabaña abierta. En el piso, las hojas de los libros se habían hinchado y se ondulaban. Sobre las paredes de troncos parecía haberse condensado un rocío denso, casi de escarcha e incluso sobre la mesa y la cocina había una película de gotitas heladas, como aguanieve. Preparé café y busqué en mi bolso las pastillas, pero no las encontré. Tampoco me esforcé mucho. Enseguida supe que Shirley me las había sacado y que probablemente las hubiera tirado al río o algo por el estilo. Ni siquiera valía la pena preguntarle. Me serví café y salí a tomarlo afuera. Un sol rasante iluminaba el pinar y las copas más altas parecían incendiadas por los primeros rayos de sol. Hacía frío y no había moscas a mi alrededor, los pájaros todavía no cantaban, nada zumbaba entre las ramas.
Tranquilo, Rume, me dije mientras le daba un sorbo a la taza, tranquilo. Por un par de días que no las tomes no va a pasar nada. El lunes le pedís otra receta a la doctora y listo, ya está, me dije, pero después, casi enseguida, me puse a pensar en que el silencio que me rodeaba no era silencio de verdad, que desde que habíamos llegado nunca habíamos tenido ni un segundo de silencio, todo el tiempo habíamos estado sumergidos en un ronroneo monótono e inalterable: el ruido del río encajonado entre las piedras, un poco más abajo, más allá de la playa, al final de la herradura. Me esforcé por ignorar ese rumor constante que se superponía a todo, pero no pude. Mientras más me esforzaba por hacer de cuenta que no estaba allí, más lo escuchaba y más me obsesionaba con él.
Basta, susurré y me obligué a frenar antes de que las ideas se me hicieran un bucle. Respiré como la doctora Tresit me había enseñado. Me concentré en una sola cosa por vez, traté de percibir mi respiración, la sensación del aire entrando y saliendo por mi nariz, bajando por mi garganta, inflándome el pecho, ese tipo de cosas. Después dejé la taza de café sobre la gramilla y salí a caminar. Pasé frente a las cabañas cerradas y seguí hasta la tranquera. Ya subía por el camino cuando por entre unos arbustos apareció el perro del administrador. Venía todo mojado y con la lengua afuera, como si hubiera corrido un buen rato, pero igual se alegró de verme y se puso a saltar a mi alrededor. Le acaricié el lomo y seguí caminando con el perro a mi lado, como si fuera mío. Subimos mucho más allá de la curva, hasta arriba, hasta donde podía verse el vallecito completo y las ocho cabañas en semicírculo, bordeando la herradura, el río y la playa. Para cuando llegamos arriba ya estaba otra vez tranquilo. En nuestras cabañas todos seguían durmiendo y me hubiera quedado ahí un rato largo, sin hacer nada, pero de la cabaña del administrador ya brotaba un hilo de humo por la chimenea y me imaginé que la chica embarazada estaría preparando café, así que le dije al perro que mejor bajáramos o se iban a preocupar.
Esa mañana también la pasamos en la playa. Al mediodía, cuando el sol estaba alto y no quedaban ni rastros de la humedad del amanecer, Oriana volvió a meterse al agua. Dijo que ya no estaba tan fría y nos invitó a unirnos a ella, pero ninguno le creyó y no nos levantamos de nuestras lonetas. El río allí era profundo, pero no lo parecía. El agua transparente tenía un leve tono dorado que contrastaba con la piel muy blanca de Oriana y cuando ella se sumergía y nadaba rozando el fondo de arena quieta, veíamos las sombras de la correntada dibujarse sobre su cuerpo, ondeando sobre ella, como acariciándola. En algún momento, casi entre sueños, escuché un zumbido cerca de mi cabeza. Pensé que podría ser una avispa, pero cuando abrí los ojos vi que era un colibrí verde brillante, pequeño, que, atraído por el olor de los protectores solares, nos sobrevolaba mientras nosotros dormíamos. Se deslizaba en líneas perpendiculares y cambiaba de rumbo con brusquedad, como trazando con su vuelo ángulos de noventa grados. Sus alas se movían tan rápidas que eran casi invisibles. Aleteó un rato largo sobre el pelo húmedo de Shirley, siempre en el mismo punto, suspendido ahí, sin avanzar ni retroceder, haciendo fuerza para quedarse quieto. De tanto en tanto, hurgueteaba con su pico entre los rulos de Shirley, como si buscara algo en lo profundo, entre los mechones enredados, hasta que sin terminar de despertarse, Shirley lo espantó de un manotazo y el colibrí se fue.
Más tarde, volvimos a las cabañas, preparamos mate y sacamos las reposeras al pasto. El cielo todavía estaba celeste, pero ya había estrellas. Vimos a la chica que vivía con el administrador cruzar la tranquera acariciándose la panza. El perro la seguía. Se alejaron despacio por el camino que yo había recorrido a la mañana y desaparecieron detrás de la sierra, más allá de la curva. Volvieron al rato. La chica traía una rama entre las manos y se acercó a nosotros.
Miren lo que encontré, nos dijo.
La rama estaba cubierta de flores blancas.
Duraznero, dijo la chica. Es para ustedes.
Era bajita y tal vez por eso su panza de embarazada parecía desmesuradamente grande. Geni le preguntó de cuánto estaba.
Falta todavía, respondió ella. Por ahora no hay de qué preocuparse.
Después se fue y nos dejó la rama.
Pobre, dijo Geni.
Callate que vos también querés uno, dijo Shirley.
Ni se te ocurra, dijo Mario. Todavía no.
¿Sabés qué, Shirley? Me tenés cansada con tu mal humor. No sé para qué viniste, dijo Geni y se levantó y se fue.
Bla, bla, bla, bla, se burló Shirley.
Por favor, chicas, no peleen, vinimos a relajarnos, dijo Oriana, y buscó una jarra de vidrio para poner la rama en agua.
Después armamos unos sándwiches con la carne que había sobrado del mediodía y comimos en silencio. Cuando terminamos, ya se había hecho completamente de noche y estábamos aburridos. Mario propuso que cruzáramos el pinar y fuéramos al camping que estaba al otro lado.
En el camping hay un bar, dijo. Los fines de semana dejan el generador prendido hasta tarde.
Él conocía al chico del bar y dijo que siempre organizaban fiestas y ponían música y había muchos turistas extranjeros. El camino que unía las cabañas con el camping rodeaba el pinar, iba hasta el pueblo y desde ahí volvía a subir.
Es muy lejos, dije.
Geni estuvo de acuerdo conmigo.
Al cruce se llega enseguida, trató de convencernos Mario.
La linterna se está por quedar sin pilas y hay poca luna.
Mario dijo que no importaba, que había un sendero fácil de recorrer, cruzando el pinar, él lo conocía bien.
Alvarito y Bolo dijeron que ellos iban. Oriana también. Shirley se había puesto a juntar la mesa y cuando le preguntamos se encogió de hombros, como si lo que nosotros hiciéramos no le interesara en lo más mínimo.
¿Qué hacemos?, le dije a Geni.
¿Vos cómo te sentís?, ¿estás bien?, ¿tenés ganas de caminar hasta allá?, me preguntó.
Yo pensaba en las pastillas, en que si hubiera tenido las pastillas no me hubiera preocupado en lo más mínimo y la odié a Shirley por sacármelas.
Vamos, no sean aburridos, insistió Mario. Al final decidimos ir. Nos pusimos las camperas y salimos por el camino, cruzando frente a las cabañas a oscuras. Ni bien pasamos la curva, Mario nos hizo doblar a la derecha y tomar un sendero que se internaba en el bosque. Primero, en el borde del pinar, tuvimos que pasar por entre unos arbustos pinchudos, que raspaban. Hubo que sostener las ramas para que las chicas no se lastimaran y andar medio agachados, pero después, casi enseguida, empezaron los pinos y el camino se despejó. Mientras caminábamos en fila india por el medio del pinar me puse a pensar en lo lindo que era estar allí. La claridad de las estrellas atravesaba la enramada de las copas en lo alto y caía oblicuamente sobre nosotros, formando conos de luz gris y polvorienta. Los troncos de los pinos absorbían hasta el último sonido y solo escuchábamos nuestros pasos rítmicos sobre la pinocha y nuestras voces, que llegaban como envasadas al vacío, como si habláramos envueltos en frazadas. De tanto en tanto, por sobre nuestras cabezas aleteaba una paloma o algún pájaro al que sin querer Mario le interrumpía el sueño con el haz de la linterna, pero hasta eso se escuchaba lejano y ensordecido. Seguíamos un sendero que hacía zigzags entre los fustes altos y cenicientos y Mario, que iba adelante, a cada rato se detenía y uno por uno nos iluminaba la cara con la linterna y nos preguntaba si estábamos bien.
¿Geni?, ¿estás bien?, preguntaba.
Re bien, respondía Geni.
¿Oriana? ¿Shirley?
Todo bien.
¿Alvarito?
A la orden mi comandante.
¿Rume? ¿Bolo?
Estamos perfectos.
¿Rume? ¿Todo bien? ¿Seguro? ¿Querés que descansemos un rato?
Estoy bien, sigamos, decía yo.
Bueno, cualquier cosa me avisás, me respondía Mario, y apartaba la linterna de mi cara y volvía a iluminar el sendero.
Los pinos conservaban el calor del día y lo iban liberando de a poco, y a cada rato crujían y rechinaban, como si se estuvieran cuarteando. Por entre la corteza algunos rezumaban una goma pegajosa, que cuando nos apoyábamos nos ensuciaba las manos y que llenaba el aire de un aroma picante, mezcla de aserradero con jarabe para la tos. Alvarito se puso a cantar una canción de campamento, y Shirley, que caminaba justo delante de mí, le gritó que se callara. Alvarito no le hizo caso y siguió cantando.
De verdad, dijo Shirley. De verdad o te parto la cabeza con un palo.
Bueno, bueno, dijo Alvarito, y se calló. Yo me alegré en secreto porque me gustaba que camináramos en silencio y hubiera querido que siguiéramos así por siempre, caminando callados y en fila india, con mis amigos, en el pinar.
Tardamos casi media hora en llegar al camping. Primero oímos el ruido de su generador entre los pinos y casi enseguida se terminó el bosque y salimos a un claro con siete u ocho carpas desparramadas al azar, la mayoría iglúes. Al lado de una de las carpas vi un par de botas de trekking y unas cacerolas de aluminio tiznadas. Adentro se escuchaban ronquidos.
Acá no pasa nada, dijo Bolo.
Están todos durmiendo, dijo Alvarito.
Mario no respondió y siguió caminando hacia una construcción de madera con techo a dos aguas, cerca de la orilla del río. A un costado, en lo alto de un poste, había un reflector de luz muy blanca que iluminaba el claro y las carpas.
El piso del bar era de cemento y del techo colgaban banderines de colores. Al fondo, detrás del mostrador, un chico leía una revista. Tenía nuestra edad, o un poco más. Tardó un rato en reconocer a Mario, pero al final lo saludó con un abrazo.
Estamos en las cabañas de más arriba, le explicó Mario.
¿Las de Pullanta?
No sé cómo se llama, dijo Mario. El que tiene la chica embarazada.
Las de Pullanta, dijo el chico del bar. ¿Y hasta acá caminaron?
Al cruce no es lejos, dijo Mario.
Es largo el trecho, pero lo importante es que llegaron, dijo el chico, y nos señaló un par de sillones desvencijados, alrededor de la salamandra, y unas sillas de caños, con el logo de Coca-Cola impreso en el respaldo.
Pensábamos que habría gente, dijo Alvarito.
Es tarde ya, respondió el chico. Hace rato que se fueron a dormir. No hay muchas carpas este fin de semana.
Nos preguntó qué queríamos tomar y todos pedimos cervezas, menos Shirley, que no quiso nada y le robó un cigarrillo a Oriana y salió a fumar.
El chico del bar puso música electrónica, y nos tiró las latas de cerveza una por una, desde atrás del mostrador. Destapó una para él y vino a sentarse sobre el apoyabrazos del sillón, al lado de Bolo y Alvarito. Enseguida empezó a contarnos sobre las fiestas que habían organizado allí mismo hacía una semana, o dos, o tres, o el verano pasado. Grandes fiestas, llenas de extranjeras salvajes y drogas nuevas, fiestas con parlantes y bandas en vivo tocando en el bosque. Nos hablaba como si fuera un vendedor de autos usados, como si estuviera tratando de convencernos de algo. Nosotros tomábamos nuestras cervezas sin decir nada. Geni tenía frío y de tanto en tanto se refregaba las manos. Entonces, el chico del bar abrió la puerta de la salamandra, tiró adentro unos troncos y algunas piñas para que reavivaran el fuego y siguió hablando como si nada. Shirley volvió de fumar, se sentó en una de las sillas de Coca-Cola, señaló al chico del bar y le preguntó a Mario de dónde había sacado a ese idiota.
Haceme el favor, pedile que se calle un poco, querés.
Eh, loca, qué mala onda, dijo el chico del bar y se levantó y se volvió al mostrador.
Shirley, ¿me acompañás al baño?, le pidió Oriana. Shirley protestó pero terminó yendo con ella.
Ni bien salieron, Mario me preguntó si sabía qué le pasaba.
¿Tiene problemas en la casa? ¿Se peleó con el chico ese con el que salía?, me preguntó.
Le habrá venido, dijo Bolo.
Desde que llegamos que está inaguantable. No la soporto más, dijo Geni.
Está enojada conmigo, dije yo. Eso es todo.
¿Enojada con vos? ¿Por qué?
Me encogí de hombros.
Ya se le va a pasar, dije.
Aunque no había nada que hacer, nos quedamos un rato más en el camping. Tomamos varias cervezas y también una botella de vino. Hablamos de cuando éramos chicos y nos volvimos a contar una y otra vez las anécdotas del secundario que siempre repetíamos. Te acordás de la vez que robaste la mano del esqueleto del laboratorio. Te acordás de cuando la profe de matemáticas se cayó en la entrada del colegio. ¿Cómo se llamaba? La señora de Cispino. Eso, se cayó y se quebró y Geni la quiso ayudar, pero al verle el hueso que le asomaba por la piel, se desmayó y al final quedaron las dos tiradas, en el hall, la de Cispino gritando y Geni desmayada. ¿Te acordás cuando Mario se enamoró de la chica esa de cuarto y al poco tiempo ella quedó embarazada y se escapó y todos decían que Mario era el padre? Tomábamos vino en los vasitos de plástico que nos había pasado el chico del bar y nos contábamos historias y nos reíamos y, de tanto en tanto, Alvarito decía que teníamos que juntarnos más seguido, que no podía ser que dejáramos pasar tanto tiempo sin vernos.
Organicemos algo para el próximo fin de semana largo, yo consigo el auto, decía.
Después, el chico del bar se acercó a avisarnos que ya era tarde y tenía que cerrar.
No, un ratito más, por favor, le pidió Oriana.
Tengo que cerrar, dijo el chico.
Bueno pero vendenos una botella de vino para la vuelta, pidió Bolo.
Ningún problema, dijo el chico.
Cada uno puso un poco de plata para pagar la cuenta, menos Bolo, que se había olvidado la billetera en la cabaña. Geni nos preguntó en voz baja si debíamos dejar propina y agregamos algunos billetes al montón, pero el chico no los quiso recibir.
Hoy por ti, mañana por mí, dijo mientras abrazaba a Mario. A nosotros nos saludó con la mano, medio de lejos, nada más.
Salimos y afuera estaba mucho más frío que antes. Se había nublado y ya casi no se veían las estrellas ni la luna.
A la perinola, qué fresquete, dijo Bolo mientras cruzábamos entre las carpas, y las chicas le hicieron shh shhpara que se callara y no despertara a los que dormían.
Entramos en el pinar y en los primeros metros las luces blancas del camping todavía iluminaban los troncos, pero después, casi enseguida, los fustes de los árboles se cerraron a nuestro alrededor y el bosque se volvió negro y empezamos a caminar por el pinar oscuro, bajo el cielo opaco de nubes, sin estrellas, y yo casi enseguida me empecé a sentir mal.
No debería haber tomado cerveza, me enojé conmigo mismo. Tranquilo, Rume, no pienses, no pienses, me repetía una y otra vez. En un rato estamos de vuelta en la cabaña y te acostás y ya está.
Mario iba adelante porque era el único que conocía el camino. Iluminaba el suelo con la linterna, buscando el rastro, y nos iba anunciando sus avances: es por acá, por acá, decía. Durante un rato, todavía oíamos el ruido del motor del camping, pero después el chico lo apagó, o simplemente ya estábamos tan lejos que el pinar se lo tragó por completo y lo dejamos de escuchar. Yo apenas si veía los hombros y la capucha del buzo de Alvarito, que iba delante de mí. Si miraba hacia abajo, oía el ruido de la pinocha bajo mis pies, pero no distinguía mis zapatillas, ni las ramas de los pinos en lo alto, ni sus troncos, ni nada más. Solo seguía el bulto que era el cuerpo de Alvarito y los reflejos de la linterna de Mario, adelante, zigzagueando sobre los árboles, y le prestaba atención a los comentarios que hacían Bolo y Oriana, más atrás en la fila, y a la risita nerviosa de Geni, y trataba de no pensar.
De tanto en tanto, alguno se tropezaba, buscaba apoyo al tanteo, Mario lo iluminaba con la linterna y nosotros lo ayudábamos a incorporarse. Después seguíamos caminando. Caminamos en la oscuridad durante mucho, demasiado tiempo, y todos estaban cada vez más callados. Supongo que los siete estábamos pensando lo mismo pero nadie lo quería decir. A mí la idea me daba vueltas en la cabeza cada vez a más velocidad: nos perdimos, nos perdimos, nos perdimos. Me estaba empezando a obsesionar. Paso a paso, me decía. Avanzando lento, Rume, como te enseñó la doctora Tresit, me decía. Nada malo puede pasar.
No podemos estar muy lejos, dije en voz alta, por decir algo, para quebrar el silencio que ya se hacía demasiado largo. Nadie me contestó.
Di un paso a un costado del sendero y dejé pasar a Geni y a Bolo, hasta quedar al lado de Shirley. La tomé del brazo.
¿Vos tenés las pastillas?, le pregunté. Si las tenés, por favor, devolvémelas, le susurré al oído, pero Shirley me dio un codazo y siguió caminando sin prestarme atención.
Por favor, de verdad, no me siento bien, le dije.
¿Qué pasa, Rume? ¿Querés que paremos?, me preguntó Oriana, que había escuchado.
No, no hace falta, dije.
Oriana me agarró de la mano.
¿Estás bien?, me preguntó.
Le dije que sí. Sentir su calor me había tranquilizado.
No me sueltes, sigamos así un rato, le pedí.
Ningún problema, vos cualquier cosa me avisás, dijo ella.
Llegamos a una zona donde entre los pinos crecían unos yuyos altos que nos rasparon las piernas. Después, la linterna de Mario iluminó unos troncos caídos, seis o siete pinos secos y algunos que crecían torcidos, como si por allí hubiera pasado un tornado o algo así. Tuvimos que saltar por encima de algunos troncos y pasar por debajo de otros.
A la ida no saltamos por arriba de ningún tronco, dije yo, que ya no me podía quedar callado.
Tiene que ser por acá, no falta mucho, nos desviamos un poco pero tiene que ser por acá, dijo Mario, y seguimos caminando.
Oriana me llevaba de la mano y yo por dentro insultaba a Shirley y me convencía cada vez más de que caminábamos en círculos, de que habíamos entrado en un bucle del que no podríamos salir más. Estaba a punto de decirlo cuando sentí que alguien adelante se tropezaba y escuché el ruido de un bulto que se caía al suelo.
¡Shirley! ¡Shirley! ¿Qué te pasa? ¡Shirley! ¿Estás bien?
Era Geni la que gritaba.
Mario giró con la linterna, nos iluminó y vimos a Shirley en el suelo, boca arriba, con los ojos blancos y los puños apretados, temblando.
¿Qué le pasa? ¿Qué le pasa?, gritó Geni.
Se cayó, se tropezó con algo, dijo Bolo. Se cayó arriba mío.
El cuerpo de Shirley se movía en espasmos, tenía los labios muy apretados y aunque estaba rígida, tiritaba.
¿Es epiléptica?, preguntó Oriana, desesperada. ¿Alguien sabe si Shir es epiléptica?, dijo mientras se arrodillaba a su lado y trataba de sostenerle la cabeza.
No, dije yo. No es epiléptica.
Fue un segundo, un instante. Repasé lo que había pasado esos días y entendí. De pronto, entendí.
Háganse a un lado, dije. Dejame a mí, Ori.
Me arrodillé junto a Shirley. Se movía como si le estuvieran aplicando electricidad. Tomé su cabeza y la apoyé sobre una campera. La piel le ardía, tenía el pelo completamente empapado. Le sequé la frente y acerqué mis labios a su oído.
¿Por qué no me lo contaste?, le dije. Está pasando. Estás a punto de despegar, le susurré.
Ella asintió. Estoy seguro de que asintió.
No te desconcentres, dije. No te desconcentres, vos seguí, dije y la cara de Shirley se relajó, pero no dejó de temblar.
Me robaste las pastillas porque te dio miedo, dije. Es eso, ¿no? Pensé que estabas enojada conmigo, pero era que habías empezado el despegue y te dio miedo y te quisiste bajar, dije mientras le acariciaba la frente.
Las pastillas no te van a hacer efecto, Shir, le dije. Hay que tomarlas muchos días para que funcionen, así que relajate y no dejes que nada te detenga. Vos sos mucho más fuerte que yo, no te va a pasar nada. No tengas miedo, yo te cuido. Vas a despegar.
Espasmos en oleadas recorrían su cuerpo de la cabeza a los pies. Todos sus músculos estaban rígidos, tensos, resistiendo. Sus ojos seguían blancos y la cabeza se le caía hacia atrás, pero yo sé que me escuchaba, yo sé que a su modo me dijo gracias, gracias por acompañarme, gracias por estar acá.
No frenes, le susurré al oído, mientras atrás los otros gritaban, asustados, pidiendo ayuda, corriendo por el bosque, perdidos. No frenes, le dije, seguí la línea palabra por palabra hasta que se empiecen a esfumar y sientas que ya no las necesitás más. Seguí, Shir, seguí. Vas a despegar.
Geni lloraba. Alvarito gritaba pidiendo ayuda. ¿Qué pasa?, ¿qué pasa?, preguntaba Oriana. Mario sostenía la linterna sobre el cuerpo de Shirley, que se azotaba contra el suelo.
¡Apagá esa luz!, le grité. La luz le molesta, la retiene. Apagala. Ya mismo. ¡Ya!, grité y de un manotazo le arranqué la linterna de la mano y la tiré contra un pino.
Y entonces, en la oscuridad, vimos como el cuerpo de Shirley empezaba a brillar. Con un brillo dorado, suave, como si un gas incandescente se le escapara por los poros, el cuerpo de Shirley brillaba y en su cara ya todo era paz.
El cuerpo de Shirley flotaba sobre la pinocha y ascendía lentamente. Liviana, ya casi traslúcida, y dorada, cada vez más dorada, subía en medio de nosotros, subía como si alguien la izara desde las caderas, la cabeza un poco caída, el cuerpo describiendo un arco laxo, subía áurea, esplendorosa, diáfana. A la luz de su resplandor dorado vi las caras asombradas de mis amigos, sus ojos acompañando al cuerpo de Shirley, que se elevaba hacia las ramas.
Despegaste, Shir. Ya estás, murmuré.
Cuando llegó a lo alto, el cuerpo de Shirley atravesó las copas de los pinos como un soplo, como una bocanada de aliento, y siguió subiendo, una nube de polvo casi intangible, deshaciéndose en la noche. La enramada opaca se interpuso, ocultándonos su brillo, pero todavía podíamos ver el relumbre de su resplandor. Hasta que los últimos fulgores se confundieron con las nubes bajas, Shirley terminó de diluirse y quedamos de nuevo en la oscuridad.
Terminó, dije entonces. Resistió, pudo hacerlo, despegó, dije.
Ellos todavía no entendían. Gritaban, corrían de un lado a otro, llamaban a Shirley, gritaban su nombre, lloraban. Mario intentó treparse a un pino, subir a revisar las ramas.
Yo les dije: Vamos, chicos, volvamos a las cabañas, Shirley ya no está.